domingo, 21 de agosto de 2022

Entrevista a Marcelo Cohen

Marcelo Cohen acaba de recibir una hermosa noticia. La Biblioteca Nacional lo distinguió con la “Rosa de Cobre”, un reconocimiento a la trayectoria de aquellos autores que han hecho un aporte significativo a la literatura argentina y aunque teme que suene a homenaje póstumo, es unánimemente compartido por sus pares.

Con una poderosa obra narrativa de más de veinte títulos que se nutre de la reflexión sobre el lenguaje que tantos años de práctica como traductor le proporcionaron, llevó la ficción especulativa al territorio de la literatura utópica, la isla, para crear un nuevo espacio literario, el Delta Panorámico, al que le inventó una lengua, el deltingo, en el que caben todos los pasados y futuros de una lengua rica y porosa como el castellano.

Sus últimos dos libros de relatos, publicados por la editorial Sigilo, La calle de los cines y Llanto verde, reúnen las películas del Delta Panorámico, contadas por un personaje homónimo que, como su autor, creció viendo cine y se formó con él.  

Estos relatos, de una diversidad enorme, gozan de la libertad que ese “espectáculo más grande que la vida” es capaz de transmitir: hay un policial con aires borgeanos; una humorada sobre la justicia social por mano propia; un circo, reliquia de un pasado que desconocía el concepto de igualdad de las especies; un ermitaño elegante que huyó de la sociedad del mal gusto y se encuentra con una neohippie, producto de esa misma sociedad; una ciudad del futuro sometida a un régimen medieval; la última cena de un grupo de amigos a las puertas del fin del mundo, hasta un espacio bucólico donde los árboles lloran. 

En diálogo con La capital, lo felicitamos por el premio honorífico y le preguntamos cuál es el aporte a la literatura argentina que cree haber hecho.

“Uno nunca sabe si hizo un aporte real, pero sí creo que fui uno de los primeros en hacer en la Argentina una literatura de anticipación del tercer mundo. Yo fui desde siempre un seguidor de lo que se llama “ficción especulativa”, alrededor de autores como James Ballard, Philip K. Dick, por nombrar a algunos, a los que también estaba traduciendo en ese momento para la editorial Minotauro. Pero los componentes de la ciencia ficción a mí no me interesaban, me parecía que nuestro mundo geográfico no estaba en condiciones de acceder a los futuros que planteaba. De todas maneras, en el famoso prólogo a Arthur Clark, Ballard dice que la ciencia ficción es el género más apto para lidiar con la nueva realidad y hay una afirmación suya muy categórica en la que dice: no nos interesa el espacio exterior y el futuro lejano, sino el futuro inmediato y el espacio interior. Dice que frente al grado de irrealidad que va cobrando el mundo contemporáneo, el único nodo de realidad está en el centro de uno, es decir, hay que comprender por qué el espacio que nos rodea somos nosotros. Y eso, indudablemente, me influyó. Yo quise hacer algo por ese lado, adaptándolo a la realidad del tercer mundo, donde todo está atado con piolines y en ese momento, era muy difícil prever adelantos técnicos. Ahora, con internet y la globalización, pero, sobre todo, con la ocupación del espacio interior por los dispositivos, la cosa se parece mucho en todos lados. Después aparecieron en mi vida otros escritores como Gene Wolfe y esto que se llama la "weird fiction", ficción extraña, que no tiene solo un componente futurista, sino que está habitada también por otras potencias de la imaginación. Entonces lo mío fue evolucionando hacia un tono fantástico, donde empiezan a tener lugar otras cosas con las que la literatura realista no puede lidiar. Todo esto parte de la consideración que la realidad no tiene lógica, empezando porque las dos palabras, lógica y realidad, son palabras humanas, y ni siquiera son leyes, son modos de existencia de lo real, de los cuales, un esfuerzo realista no puede dar cuenta, siempre hay algo que excede. Esto sucede con un tema del cual me ocupé durante un tiempo que son las coincidencias. Yo les presto mucha atención y trato de no darles una interpretación mística o misteriosa. Lo que sí se puede hacer es impregnarse de ese hecho para el cual no tenemos lenguaje y no tratar de definirlos, sino de narrarlos y además se puede permitir que funcione como disparador de lo que uno ha empezado a narrar. Y está este mundo que cambió y nos involucra a todos, de manera que estos espacios sintéticos que yo intenté durante mucho tiempo, más o menos cerrados, en un momento me pareció que necesitaba encontrar un lugar donde me pudiera quedar pero que no conociera enteramente, que se pudiera ir desarrollando a medida que escribía y así fue como surgió eso que se llama el “Delta Panorámico”, un mundo de islas de río. Con los años eso se convirtió en un mundo para mí sin fin, con su lengua, su cultura. Y ese lugar donde me quedé durante tantos años, también obró cambios en mí. El hecho de que lo que uno va inventando tenga una relación con la experiencia, pero al mismo tiempo, la abra, lo podemos considerar como mi pequeño aporte.”

- Esa translengua inventada, el deltingo, entre otras cosas ¿es una posición frente al discurso homogeneizador del sentido común?

La disidencia, la insatisfacción como actitud que suscita posiciones políticas ha estado siempre en mí. Yo fui militante de izquierda y, con los años, a medida que cambiaban mis lecturas, mi posición con respecto a las izquierdas cuyo pensamiento está un poco congelado, fue crítica. Pero voy pensando y en ese sentido, la consideración del lenguaje que se usa siempre está presente. Mientras iba intentando un mundo a medida que lo escribía y sentía la presencia de gran parte de ese mundo que iba poblando, la gran ocurrencia, que se la debo a Gene Wolf (cuyas sagas transcurren en un mundo lejano poblado de muchas cosas, no sólo materiales sino costumbres o fenómenos que subsisten más o menos enterradas, de un tiempo pasado) me hizo dar cuenta que no tenía mucho sentido para mí hablar de lo que viene, porque el tipo de neurosis que gobierna el mundo o el triunfo mundial del espíritu burgués hacía que no tuviera sentido hablar de lo que vendría después. Porque, a pesar de las innovaciones permanentes, hay un fondo continuo de repetición, entonces me gustó que en el Delta Panorámico hubiera cosas que todavía no existen (algunas tienen cara de que pueden llegar más o menos rápido, como los taxis volantes, los “flaytaxis”) que conviven con otras que ya pasaron y otras que se repiten, pero fueron subsanadas, como en uno de los cuentos en el que la gente fuma y el narrador dice que ya se había descubierto que el cigarrillo no hacía daño. Esas cosas a mí me divierten y también me permiten hablar de la repetición y de cómo los cambios se producen dentro de un marco muy poco elástico. Por otra parte, estando ahí había cosas que había que nombrar y así empezó ese vocabulario nuevo y empezaron a surgir los modos del habla y traté de darle una coherencia interna como para no engañar al lector. Cuando se me ocurría nombrar una flor, un animal o una nueva ciudad, me fui haciendo un vocabulario, con una mínima enciclopedia. Y resulta que conozco lectores que adoptaron esas palabras, que las usan en conversaciones entre amigos.

- Frente a la contemporaneidad de la experiencia del fin del mundo, con el cambio climático ya entre nosotros ¿Cómo es narrar la catástrofe?

La verdad es que no lo he intentado. Mi posición frente al hecho real es una posición compleja. Yo creo que en esto hay que actuar, ahora, evidentemente yo no soy Greta Thunberg, mi papel, junto con el de otros compañeros, es trabajar en este campo de la lengua, mantener la llama de algo que está cada vez más amenazado, aunque no tanto como el planeta. Pienso que tenemos que prepararnos para trabajar comunitariamente frente al desastre. Literariamente, lo hago con una tendencia al absurdo melancólico, y probablemente, donde mejor esté plasmado sea en el cuento “Cómo fuimos” del último libro, donde hay tres jóvenes que se preparan para el fin porque es la última noche del mundo pero, al mismo tiempo, han alcanzado un alto grado de serenidad moral, una especie de aceptación que no es resignación. Y como me tienen podrido los voceros del apocalipsis, a mí me interesa decir: no se queden tranquilos con que esto se va a terminar de golpe, esto va a ser una agonía muy dolorosa, entonces, preparémonos para convivir con esto, ver cómo luchamos contra lo que no es irremediable. Pero, en este libro, también hay algunas historias que transcurren en un inusitado marco natural que me dieron para pensar en algunos aspectos del mundo natural. Esto es mi posición literaria sobre esta cuestión. Es muy difícil narrar el fin del mundo y al mismo tiempo zafar de la literatura apocalíptica.

- En estos dos libros, La calle de los cines y Llanto verde, los relatos retrofuturistas son de una diversidad enorme. ¿Tu cinefilia fue una excusa para abrir el espectro de temas?

Yo soy cinéfilo desde la infancia. Yo iba al cine de mi barrio (que después se transformó en el cine Cosmos y luego fue el Centro Cultural Rojas) que se llamaba Cataluña, y sigo viendo y hablando de cine. Cuando quiero que alguien vea una película, la cuento y la recomiendo con tanta efusividad que la gente me pide que pare, entonces inventé este personaje que se llama como yo, que se da cuenta que cada vez que empieza a contar una película, la gente se empieza a cansar, a mirar para otro lado y entonces decidió escribirlas y llega a la conclusión, como dice en el prólogo de La calle de los cines, que escribir una película es una forma de la traducción y al mismo tiempo le da la posibilidad de inventar. Por otra parte, como todo esto ocurre en el Delta Panorámico, a medida que fui avanzando me di cuenta que podía escribir cualquier cosa que se me ocurriera, acá puede pasar de todo. Un poco como en esas tardes de cine donde daban una de guerra, una de cowboys, una de monstruos, una de amor y así. Tengo una gran libertad para contar cualquier tipo de historias libradas de la censura, teniendo lo real sólo como base.

- Co-dirigís junto a Graciela Speranza Otraparte, una revista de reseñas de libros, de discos, de artes plásticas ¿Cómo ves el estado de la ciencia ficción que se está escribiendo hoy?

Otra Parte Semanal es una revista de reseñas breves sobre artes visuales, literatura, música, cine, teatro y crítica, una fraternidad con muchos compañeros entusiastas y conocedores de la ciencia ficción, y sobre todo, de escritores aledaños como Kurt Vonnegut. No siempre estamos en todo de acuerdo. Yo creo que, si bien hay una barbaridad de sagas postapocalípticas, de espada y brujería y de afirmaciones de género, por dar solo tres rubros, la menos complaciente, la más inquieta, la que encuentra gusto en lo indagado, está cambiando temáticamente, para bien. Hay novelas buenísimas que encuentran formas y recursos singulares para poner en primer plano el futuro inmediato y absurdo del trabajo asalariado, como La fábrica, de Iroko Oyamada, una japonesa muy joven, Los empleados, de la danesa Olga Ravn, o el enfrentamiento final entre los hombres y una naturaleza en crecimiento desenfrenado, como Aniquilación, de Jeff Vander Meer. Es un buen panorama, chico pero bueno.

- Hay en estos cuentos muchas figuras de artista. Además de Marcelo Cohen me pareció encontrar a Borges (un tímido, un explorador sin paz que comienza todos sus textos con una pregunta, dudando). ¿El arte produce paciencia, como dice uno de los personajes, es anticapitalista por definición?

Las figuras de artistas de estos cuentos aparecieron en la mayor parte de los casos pedidas por los primeros esbozos de la historia. Y sí, es muy posible que encarnen algo de la calma, al menos de la búsqueda de calma, o de la comprensión de la calma. Lo de la paciencia: me guio por Peter Handke, que dijo, textualmente, que la paciencia es la plusvalía de la literatura. Y en una civilización de la ansiedad impelida por el capitalismo, lo prepara a uno para otra forma de vida.

Publicado en La Capital de Rosario,14/8/2022


domingo, 10 de julio de 2022

El maridaje perfecto: cine y diseño gráfico

 Afiches de películas

 

            Una buena noticia para los amantes del cine es la publicación de este libro que, como una de esas hermosas ediciones de libros de arte, reúne algunos de los mejores afiches de películas, para mostrarnos todo lo que el cine le debe al diseño gráfico. Una dupla que estuvo presente desde los comienzos del séptimo arte, en los carteles inspirados en la estética de Toulouse-Lautrec anunciando las películas de los hermanos Lumière y que en la actualidad se potencia en los productos de la industria audiovisual.

            Pero los afiches tienen su propia historia del arte y sus grandes autores, como Saul Bass, el creador de los afiches, entre otros, de las películas de Hitchcock que, con un tratamiento formal sintético basado en el uso de figuras geométricas, logró plasmar el tono justo de una de las filmografías más personales de todas, como se puede ver en el afiche de Vértigo, con el contorno de los personajes cayendo por un remolino de círculos concéntricos.

            Desde las experimentaciones del expresionismo alemán, el constructivismo y la abstracción geométrica, la cartelería se convirtió en la caja de resonancia de este jovencísimo arte cuyo potencial comunicativo fue rápidamente cooptado por los líderes políticos a los dos lados de la frontera ideológica. Y con el tiempo, uno de sus más famosos productos, el afiche de Metrópolis de Frtiz Lang (del alemán Heinz Schulz-Neudamm) se convirtió en una pieza de lujo valuada en un millón de dólares.

            Los 80 fueron los años del auge del cine de entretenimiento y el diseñador Drew Struzan, el encargado de potenciarlo en las geniales aerografías con las que creó los pósters de Volver al futuro, de la saga de Rambo y Blade Runner, entre otros. Un trabajo artesanal que queda reflejado en las excelentes fisonomías y escenas icónicas, en el que los cuerpos pueden devenir extensiones del arma o, en su versión futurista, cyborgs al servicio tanto del bien como del mal.

            La guerra, los terrores ancestrales, el peligro extraterrestre, el mal en todas sus formas, dejaron su marca en el imaginario de varias generaciones de espectadores y sus imágenes publicitarias llegaron a decorar las habitaciones de varios adolescentes.

            Para quienes conocimos el cine en las salas de exhibición, el póster que acompañaba la película formaba parte del placer de ir adentrándose en ese espectáculo “más grande que la vida” y aunque hoy los espectadores se mudaron a las plataformas de streaming, continúa siendo una pieza gráfica insustituible. 

Publicado en La gaceta de Tucumán, 10/7/2022

Signos de civilización

 

En una feliz coincidencia, acaban de aparecer en nuestras librerías dos libros escritos por especialistas en la lengua: Cómo la puntuación cambió la historia, del académico noruego Bård Michalsen, publicado por la editorial Godot y las cartas prologales de Aldo Manucio (el primer editor moderno nacido con la imprenta), De re impressoria, seleccionadas por Ana Mosqueda y publicadas por la exquisita editorial Ampersand, en su colección sobre historia social de la cultura escrita. Ambos, elegantemente escritos, nos muestran los momentos históricos en que se produjeron los cambios en la escritura que hicieron de la humanidad los seres pensantes que hoy somos.

Cómo la puntuación cambió la historia nos cuenta, en forma muy amena, la historia de estos signos que sólo pudieron aparecer en momentos de alto desarrollo intelectual como el siglo III a C. con la fundación de la Biblioteca de Alejandría, el siglo VIII, con el Renacimiento Carolingio y el siglo XV con el Renacimiento italiano.

Conjugando filología, gramática y análisis del discurso, su autor describe los cambios en esa tecnología que apareció por primera vez en el año 3.500 a.C. en la Mesopotamia, en China y en Egipto, la escritura, como consecuencia de la necesidad de registrar los movimientos del incipiente comercio, hasta lo que hoy conocemos como textismo, el lenguaje escritohablado por millones de usuarios en las redes sociales que, en algún punto, reproducen la oralidad en la escritura, tal como la pensaban en la Antigüedad clásica y que en el chat reproduce formas prealfabéticas, como los ideogramas de la escritura semítica. 

Pero en algún momento, relata, se impuso la necesidad de distinguir ambas formas de expresión y fue en Alejandría, la capital intelectual de la Antigüedad, donde se desarrolló el primer sistema de puntuación, gracias al bibliotecario y tutor de los hijos de la élite, el erudito Aristófanes. El fue quien puso el primer punto en un texto escrito e introdujo la coma, dándole mayor precisión al lenguaje, dotándolo de ritmo y una entonación que permitió, poco a poco, la lectura silenciosa y, por lo tanto, una relación mucho más personal del lector con el texto.

Esto, que fue consecuencia de un largo proceso, terminó con la scriptio continua, la forma en que se copiaban los rollos y manuscritos, enteramente en mayúsculas, sin separaciones, a los que sólo podía acceder alguien que tuviera la capacidad de leerlos en voz alta, fijando, para todos, el sentido del texto.

Cinco siglos más tarde, en la corte del emperador Carlomagno (un gran lector de textos en griego y latín, pero que estaba incapacitado de escribir una oración completa), el monje y pedagogo Alcuino emprendió una “cruzada” cultural de alfabetización masiva, encargando cantidad de copias de textos clásicos en los scriptoria y creando las minúsculas carolingias que permitieron la inclusión de los signos de puntuación, como el de interrogación, una de sus grandes innovaciones.

Es que los signos de puntuación, subraya el autor del libro, son la respiración del idioma: marcan el pulso de cada lengua, dan coherencia al texto, desambiguan el sentido y transmiten los sentimientos de quien lo escribe.

 

Aldo Manucio, el primer editor moderno

Y fue con la revolución que produjo la imprenta, a mitad del siglo XV, con la que se impuso la necesidad de estandarizar la puntuación. Y el momento para la aparición del oficio de editor como lo conocemos hoy, junto a Aldo Manucio, un verdadero hombre del Renacimiento, traductor, pedagogo y tipógrafo, que potenció los alcances del invento de Gutenberg y lo convirtió en un proyecto editorial con el que llegó a publicar ciento treinta títulos.

La primera coma impresa salió de su taller y entre sus muchas innovaciones, incluyó el punto y coma, que unía y separaba dos ideas vinculadas. De su proyecto editorial da cuenta De re impressoria, el trabajo donde se traducen por primera vez algunos de los prólogos de los textos que este prolífico humanista recuperó, tradujo, reconstruyó y editó a lo largo de veinticinco años.

Sus cartas prologales son, para la autora de este trabajo, un verdadero campo de batalla filológico en el que Aldo Manucio explicita su proyecto editorial, publicita sus productos, construye su lugar como el mejor editor de su época, se pelea con la competencia en un mercado que estaba en ciernes, ruega a los poderosos por ayuda económica y dialoga con los lectores estableciendo un pacto de lectura, un concepto absolutamente moderno que él parece encarnar y que incluye al lector a la hora de interpretar los textos. Un cambio revolucionario que había comenzado con la publicación en alemán de la Biblia de Lutero por Gutenberg, que terminaba con el monopolio de la lectura canonizada por la Iglesia católica.

Formado, desde muy joven, en las primeras imprentas (donde llegó a conocer a Gutenberg) se propuso llevar adelante un proyecto cultural, comercial e industrial que aprovechó los recursos que los profesores de griego exiliados en Italia por la caída de Constantinopla le dieron a la generación de humanistas, de la que él fue uno de los principales protagonistas.

Aristóteles, Hesíodo, Virgilio, Horacio, Juvenal, Catulo, Tucídides, Sófocles, Homero, Esopo, Eurípides, Píndaro, Platón, Julio César, Cicerón, Lucrecio y los principales gramáticos griegos de su época forman su fondo editorial pensado en función de la educación de sus lectores en la cultura clásica que el Renacimiento puso en foco. Muchas de estas ediciones fueron bilingües con ese mismo propósito.

Pero recuperar textos clásicos no era lo único que le importaba. Aldo Manucio entendió, quizás, antes que nadie, que los libros debían ser disfrutados y para eso introdujo una serie de innovaciones que los convirtieron en lo que hoy son.

Creó caracteres más elegantes y amables para la lectura, como la cursiva. Tuvo especial cuidado en corregir la ortografía y la puntuación, con el fin de ofrecer un producto de calidad. Recordemos que los manuscritos eran copiados a mano a lo largo de los siglos en los que el latín fue desvirtuándose hasta convertirse en las lenguas romances, por lo que el idioma en el que los copiaban no estaba estabilizado. Insertó el índice y el número de página para hacer más clara la lectura. Y para comodidad de los lectores no eruditos (un nuevo nicho que tuvo la perspicacia de descubrir) inventó el libro de bolsillo, con un formato que permitía trasladarlo, cómodamente, a cualquier lugar.

Una nueva escena de lectura aparecía con lectores ávidos de entretenimiento, de información accesible y de una educación refinada.

En Comentarios a la guerra de las Galias de Julio César, incluyó mapas a color, referencias de los lugares citados y explicaciones históricas para mayor conocimiento de los estudiantes.

En sus cartas prologales Aldo Manucio construye para sí la figura del héroe, salvador de la cultura clásica y se compara con Hércules, Sísifo o Pisístrato, quien reunió y ordenó los fragmentos de la Ilíada y la Odisea. Pero además, era un trabajador incansable y obsesivo que se sentía propietario de los textos que publicaba por haberlos encontrado, mejorado, por haber estudiado a fondo a sus autores y, sobre todo, por haber cotejado todas las versiones existentes. Un trabajo con el que se ganó un lugar de autoridad, cuyo sello editor tuvo como programa recuperar la cultura griega, dotando a sus lectores de los instrumentos para su aprendizaje como diccionarios, gramáticas (una de las cuales es de su autoría) y textos de filosofía y literatura.

Hijo de su época, con una nobleza culta que atesoraba en sus bibliotecas muchos manuscritos, tuvo a su disposición grandes mecenas que enviaban a los profesores venidos del Este que dominaban el latín, el griego y el hebreo (estos últimos dos idiomas se habían vuelto casi desconocidos en Occidente) a buscar manuscritos por Europa y a grandes traductores, entre los cuales estuvo Erasmo de Roterdam.

Aldo Manucio era consciente de que estaba creando lo que hoy llamamos un mercado editorial y de que había público para el consumo de textos eruditos, por lo que se dedicó a conquistarlo. Y en el camino, nos dejó uno de los impresos más hermosos del Renacimiento, el Sueño de Polífilo de Francesco Colonna. Una verdadera obra maestra del arte de la edición, con xilografías y grabados en madera, que tuvo mucho éxito en los siglos siguientes, donde se lo tradujo a varias lenguas. Junto con el libro de bolsillo, uno de sus más bellos legados.

 

Entrevista a Bård Michalsen

 

-  ¿En esta Babel que era el Mediterráneo en la Antigüedad, no fue la traducción lo que impulsó el desarrollo de la puntuación?

Lo que promovió el desarrollo de los signos de puntuación creo yo, fue la necesidad de tener una manera de comunicarse de una forma efectiva y precisa y por supuesto, mientras más textos tuviesen que ser traducidos, más importante resultó la puntuación.


-  ¿Considerás que sólo los pueblos económicamente prósperos son los que han producido cambios significativos en el lenguaje?

En cuanto al desarrollo de la puntuación, hace unos 1000 o 2000 años, los intelectuales (que formaban parte de la clase dominante) fueron jugadores muy importantes, pero, en cuanto la lengua en general, el lenguaje de la calle se desarrolla antes y de forma más rápida y eficaz.


-  ¿Qué pasa con la resistencia lingüística de los pueblos dominados en la evolución de una lengua?

Muchos creen que “todo solía ser mejor, incluso el lenguaje”. Pero es obvio que el lenguaje es un organismo vivo, siempre desarrollándose, y con ustedes (?) es más activo. La sociedad cambia y el lenguaje también.


-  Para Occidente, el modelo supremo de civilización parecían ser los griegos (que, paradójicamente, no utilizaron signos de puntuación) y, a pesar de haber sido conquistados, su idioma perduró a través de los siglos en la mayoría de las lenguas occidentales. ¿A qué se debió esto?

Realmente, no estoy seguro. Lo que podría ser parte de la respuesta es que las naciones occidentales siempre han admirado la antigua sociedad griega, sus desarrollos en todas las áreas del pensamiento, incluido su lenguaje.


-  ¿Cuál fue la causa de la inclusión de las vocales en el alfabeto griego? (que luego fue tan importante para el desarrollo del pensamiento abstracto).

La verdad es que no creo saber lo suficiente como para responderte.


-  Según la lingüística, los signos de puntuación son mucho más que pausas o ritmo y entonación. Son fonemas, por lo tanto, permiten distinguir significados. En función de esto ¿cuál de los dos criterios para su uso -el gramatical o el retórico- es el más adecuado para vos?

Lo que yo creo: los dos. Necesitamos las reglas gramaticales, pero deberíamos usar sabiamente esas reglas, sin descuidar la sonoridad del lenguaje. Como Picasso debió haber dicho: “Aprendé las reglas como un profesional, así podés romperlas como un artista”.


-  Como bien describís en un capítulo, el chat está más cerca de la oralidad que de la escritura. Incluso hay diálogos enteros que prescinden de texto y utilizan imágenes como emojis, stickers o memes, pero también se generan muchos malentendidos. ¿Este ideal de la comunicación transparente que se planteaban los impulsores de los signos de puntuación es posible?

Lo que es cierto, es que el lenguaje, incluso el escrito, es un organismo vivo, siempre cambiando. Con los emojis, lo que vemos es que son signos muy populares en las redes sociales y en los canales de chat (como whatsapp). Un tipo de estilo escritohablado se ha desarrollado: el textismo. Pero, a pesar de su éxito actual, yo creo que los emojis no jugarán un rol vital en un futuro en la escritura profesional como los diarios, la academia, las escuelas o las empresas.


-  Hace muchos años, la ciencia ficción imaginó un futuro donde los humanos se comunicarían por telepatía, por lo tanto, sin necesidad de lenguaje oral ni escrito. ¿Podríamos considerar esto un avance o un retroceso para la civilización?

¡Ja ja! Personalmente, creo que eso resulta un poco aterrador.

Publicado en La Capital de Rosario, 10/7/2022

 

domingo, 3 de julio de 2022

Haroldo Conti, periodista

Este libro es el resultado de un trabajo de investigación llevado adelante por Ediciones Bonaerenses, un sello creado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires durante el fatídico año 2020, con un doble propósito: hacerle lugar a nuevas voces y rescatar textos olvidados o inéditos de autores imprescindibles de nuestro campo cultural.

Así es como acaba de publicar En prensa. 1955-1976, de Haroldo Conti, un volumen que compila sus colaboraciones en la prensa escrita, algunas entrevistas que dio e intervenciones sobre política cultural que dan cuenta de una obra en la que literatura e ideología confluyen sin perder, ninguna de las dos, su especificidad.

El trabajo trasciende el mero homenaje (que muchas veces sirve para cristalizar una figura) y recupera su producción periodística, una operación crítica muy necesaria que enriquece la lectura de una obra narrativa que, a pesar del reconocimiento que logró, no ha sido lo suficientemente valorada.

El prólogo está a cargo de un especialista en la obra de Conti, Juan Bautista Duizeide, casi un “personaje” del universo contiano (vive en una isla del Tigre, es piloto de la marina mercante, escritor y periodista cultural) con quien conversamos sobre este escritor fundamental de nuestra literatura.

 

¿Cómo fue el trabajo de investigación para la edición del libro?

El trabajo de investigación estuvo a cargo de un equipo de la editorial, formado por Guillermo Korn -que lo dirigió-, Agustín Arzac y Oliverio Coelho. De entrada, tenía como objetivo buscar más allá de lo conocido y ya publicado en libro, rastreando más allá de las fuentes habituales: la revista Crisis, la revista Nuevo Hombre, el Informe sobre Trelew del grupo Barrilete de Roberto Santoro. Así se logró un corpus más completo y amplio del Conti periodista, aunque es posible por la misma forma dispersa de su inserción en el oficio que otros textos hayan quedado afuera. Yo fui convocado para escribir el prólogo y aporté también la idea de no limitarnos a los textos producidos por él, sino sumar algunas entrevistas de las tantísimas que le hicieron. Me parece una buena forma de mostrar cuánta presencia tenía Conti en el sistema literario y mediático argentino, y cómo operaban las desapariciones de escritores: alguien que había llegado a salir en la tapa de la revista Gente como una de las “personalidades del año”, tras ganar el premio Herralde de novela con En vida, dejaba de tener presencia en los medios, en las discusiones, en las librerías. También creo que contribuye a mostrar al Conti articulador de mundos diversos, una de las razones por las cuales fue blanco temprano de los perpetradores del genocidio reorganizador, especialmente interesados en quebrar esas articulaciones, según explica Daniel Feierstein en El genocidio como práctica social.

Conti pertenece a una generación de escritores, periodistas e intelectuales con una gran formación política que le permitía producir metonimias (como por ejemplo, hablar de una isla abandonada como metáfora del saqueo económico) con gran maestría en el uso del punto de vista y del trabajo con la oralidad. ¿Conti es uno de los mejores cronistas de la Argentina?

No me arriesgaría a mencionar a Conti como uno de los mejores cronistas de la Argentina, dado que no ejerció una práctica tan constante y sistemática de ese género como sí lo hicieron Rodolfo Walsh, Enrique Raab, Ana Basualdo o Sara Gallardo. Sí es cierto que una especial capacidad de escucha, de mirada, de elección y desarrollo de un punto de vista le permitieron escribir una crónica de antología como es Tristezas del vino de la costa o La parva muerte de la isla Paulino. Alguna vez Aníbal Ford -que fuera su secretario de redacción en Crisis y amigo- se refirió a los tanteos etnográficos de Conti. Me parece que es una marca de época presente en Walsh también, tal vez relacionada con los trabajos del antropólogo Oscar Lewis, y con aquel interés, que no sólo viene de Eric Hobsbawm y Roberto Carri, por los mártires, los héroes, los bandidos populares, algo tan presente ya en un cuento temprano como es “Marcado”. Añadiría a esa afirmación de Ford que Conti era una especie de etnógrafo salvaje. No tan formado en un método, sino con una capacidad especial para relacionarse con los territorios: sabía qué preguntar a quiénes, cómo hacerlo, dónde mirar. Tenía una vinculación muy fuerte con los mundos del trabajo, con las herramientas, con los oficios y los lenguajes específicos vinculados a ellos. En tal sentido, parece un escritor norteamericano de la generación perdida, o uno de aquellos escritores italianos que, en pleno auge del fascismo, veían en esa actitud vital de los norteamericanos una forma posible de resistencia. Tales cualidades las aplicó sobre todo a su narrativa de ficción, algo notable en su primera novela: Sudeste.

Vos hablás en el prólogo del viaje como un motor de su escritura. ¿Ese estar en el camino es un viaje metafísico, es un modo habitar el mundo, de leerlo?

El viaje es central en Conti. Pero no es unívoco. Sobre todo, no es mero desplazamiento por el espacio. Los viajes en Conti -salvo el viaje a la Antártida, acerca del cual, paradójicamente, escribió poquísimo- suelen ser parcos en distancia, pero muy ricos en detalle y en intensidad. Irradian sentidos. Y son a su vez el correlato físico del destino humano según la figura del Homo Viator, de especial presencia en el existencialismo cristiano: la humanidad como forastera en la tierra, sólo de paso por ella. De esa perspectiva nace la nostalgia que impera en la escritura de Conti: todo se está yendo todo el tiempo, y escribir es un intento de salvar del olvido personajes, historias, lugares. Aunque con la certeza de que se trata de una batalla, a la larga, perdida.

La materialidad de los objetos en sus textos, sobre todo, los que tienen que ver con el mundo del trabajo (en eso es un marxista consecuente), vos la vinculabas a su mirada cinematográfica. ¿En eso se lo podría relacionar con Saer, a pesar de las grandes distancias en cuanto a proyecto estético?

Efectivamente creo que ese énfasis contiano sobre los objetos como núcleos narrativos, como nodos en los que se entrelazan las historias y la Historia se vincula con su formación cinematográfica. Formación que era, en aquella época, predominantemente neorrealista. Pero es muy original ese tratamiento de los objetos y también se vincula con las lecturas del Nouveau roman u objetivismo francés, bastante bien representado en la colección Anaquel de Fabril Editora, donde Conti publicara Sudeste: Michel Butor, Nathalie Sarraute, Claude Simon. Lecturas comunes a Juan José Saer, que también hizo de ellas una asimilación sumamente original. No creo que sus proyectos estéticos fueran, sobre todo en un principio, tan divergentes. Esa interfase entre prosa y poesía que es una forma distintiva de escritura. Esa vinculación, desde la narrativa, con Juanele Ortiz, también. Hay un texto muy conocido de Beatriz Sarlo en el cual señala que Rayuela era la novela que todo el mundo literario esperaba -editores, críticos, lectores, académicos- mientras que nadie, salvo sus amigos de Santa Fe, esperaban la primera novela de Saer. Portadora de innovación y núcleo de un proyecto narrativo a desarrollarse en lugar de culminación como era Rayuela. Algo análogo podría afirmarse de Sudeste. A tal punto desorientaba su novedad, que podía a un mismo tiempo ser celebrada por los adeptos del realismo, presentarse un adelanto de ella en la revista Sur y ser leída con interés por los jóvenes de la incipiente nueva izquierda. Ningún rótulo de los que estaban disponibles alcanzaba a contenerla.

La autonomía relativa de Conti respecto del espacio político en el que militaba, el P.R.T., y su prensa partidaria ¿es lo que le permitió alcanzar esa maestría en sus crónicas?

Quizás sea válida esa definición por la negativa. En el P.R.T. no hubo una inserción de los intelectuales en su prensa partidaria como sí la hubo en Montoneros, sobre todo con el diario Noticias, donde trabajaban Walsh, Urondo, Gelman, Bonasso entre otros. Con lo cual Conti se habría mantenido a salvo de urgencias, tensiones, confusiones entre lo que es el periodismo y lo que es la propaganda. Pero me parece más determinante la capacidad de sintonizar con los mundos populares.

Conti fue parte de un proceso histórico, la revolución cubana, los 60 y los primeros 70, que obligó a sus intelectuales a una toma de posición clara, y frente a la cuestión tan en boga por aquellos años del compromiso, él dice que escribir es asumir un compromiso con la vida, que la literatura tiene que ser un modo de penetrarla. ¿Esta es la causa por la que su literatura (y las crónicas, definitivamente, lo son) no envejeció?

Conti fue muy consciente respecto a la forma de ese compromiso, y muy claro en su enunciación, sobre todo en una de las últimas entrevistas que le realizaron, la que formaba parte del proyecto de retrato cinematográfico de Roberto Cuervo. Para él, si iba a fondo con un territorio, con su lenguaje, con sus historias, el drama político profundo emergería, sin necesidad de imponérselo como un deus ex machina, sin ceder a la tentación de juzgar o de bajar línea. Eso se cumple en toda su ficción, lo político está absolutamente entrelazado con las vidas y problemas de sus personajes, con su lengua. Incluso en las ficciones más decididamente políticas, como pueden ser los cuentos “Con gringo” o “Cinegética” y la novela Mascaró. En algunos de sus textos periodísticos, y más aún en sus declaraciones, sí se permite ser a veces muy explícito en cuanto a sus alineamientos políticos. De modo especialmente dramático en “Una misma sangre” -incluido en el Informe sobre Trelew realizado a dos años de la masacre por el grupo Barrilete-, en él llega a plantear la inutilidad de la literatura, a pesar de lo cual, por suerte, siguió escribiendo ficción hasta el último día.

Hablando de recuperar, me gustaría recuperar la figura de su compañera, Marta Acuña, que aparece en varios textos como colaboradora, compartió viajes, trabajo y la tragedia del secuestro del escritor, porque, no es la primera vez que las mujeres que comparten el arriesgado trabajo intelectual quedan invisibilizadas. (Y el caso de Enriqueta Muñiz y Walsh es un ejemplo). ¿Cuál fue el papel de ella en el trabajo de Conti?

Tanto la intervención de Enriqueta Muñiz en las investigaciones que darían lugar a Operación Masacre como sus diarios me parecen de una importancia inmensa. Resulta un aporte fundamental para comprender aquellos trabajos, aquellos riesgos, comprender la época y al mismo Walsh. Y, sobre todo, comprender qué grados de inserción podía llegar a tener una mujer entonces. Pero me gustaría ser cuidadoso y no hacer generalizaciones ni extrapolaciones. Creo que al menos en parte la invisibilización de Enriqueta Muñiz fue voluntaria (aunque en ella pesen mandatos y lugares sociales predeterminados). Y me parece fundamental cruzar la condición de mujer con la condición de clase. No eran invisibles las mujeres en la cultura argentina -por más machista que esta fuera o sea incluso hoy-, sino las mujeres de ciertas clases sociales. Otras no: pensemos en Victoria Ocampo, en Silvina Ocampo, en María Rosa Oliver, en Salvadora Onrubia, en Norah Lange… A su vez, me parece distinto el momento en que Enriqueta Muñiz trabaja codo a codo con Walsh con el momento en que Marta se suma a los trabajos de Conti. Me parece que a mediados de los setenta ya había toda una serie de intentos de incorporación vinculados a otra mirada sobre las mujeres, aunque todavía muy incipiente en la nueva izquierda. Y de algún modo también pesaba en la relación la diferencia de edades -Marta había sido alumna de Haroldo en un bachillerato para adultos-, de experiencias, de prácticas; mientras que la relación Walsh – Enriqueta Muñiz me aparece como más entre pares. Sí fue Marta una figura fundamental en la denuncia inmediata de la desaparición, en la búsqueda, en la difusión de lo sucedido y en los reclamos a nivel internacional.

Publicado en La Capital de Rosario, 3/7/2022

domingo, 19 de junio de 2022

Una literatura regional sin regionalismo


Grimanesa Lázaro nació en Tartagal, Salta y se formó en la Universidad Nacional de Tucumán, donde estudió Medicina y Letras.

En el año 2015 fue elegida por la editorial Blatt&Ríos para formar parte de la publicación de 40º Narrativa tucumana contemporánea y recientemente, la misma editorial publicó Niña y Basurero, dos relatos inquietantes donde el cuerpo es interrogado desde muy diferentes perspectivas, en su animalidad, pero también como resto, lo descartado y como lo que no encaja, como lo disfuncional.

Con una prosa sobria y precisa, reconstruye el imaginario rural del cual proviene, con mucha eficacia.

La gaceta conversó con su autora quien actualmente vive en Buenos Aires, donde ejerce su profesión de médica.

 

- Naciste en Salta pero fuiste convocada para una antología de narrativa tucumana contemporánea. ¿A qué se debe esta doble filiación?

Yo nací en Salta, en un pueblo cercano a Tartagal, pero de muy chica me mudé a Tucumán, donde estudié, y en los veranos volvía a Salta, a la casa de mi abuela, por lo que llevo esta doble filiación desde siempre. Y aunque hace cinco años que vivo en Buenos Aires, todo lo que escribo está ligado al lugar de donde vengo.

-¿Cómo fue tu formación como escritora?

Yo siempre quise escribir pero también me gustaba Medicina, así que estudié la dos carreras. Un día me enteré que había un taller literario donde invitaban escritores una vez al mes y ahí conocí a Damián Ríos, editor de Blatt&Ríos, con quien empecé un taller de escritura. Estando en Buenos Aires, le mandé estos dos relatos y decidió publicarlos.

-Pensaba que en Niña y Basurero hay una interrogación sobre los cuerpos. Concretamente, en el segundo relato, sobre qué pasó con ese cuerpo, en principio femenino, que aparece asesinado en un basural. Pero en Niña, esta interrogación adquiere otros sentidos: está el cuerpo materno que es uno con el del hijo y también está el cuerpo como lo que no encaja. ¿Qué es lo que te interesó explorar en relación al cuerpo en estos textos?

Los dos relatos hablan de cuestiones bien diferentes. A mí como médica me parecía que hablar de enfermedades y describir un diagnóstico no tenía mucho sentido para estos personajes campesinos tener esta información.

- Si hay algo que me gustó especialmente en tus textos es el lenguaje. Hay una economía de recursos que reproduce la economía del mundo campesino y popular. Oraciones cortas y concretas, donde nada sobra. Por ejemplo, en Niña, la palabra autista no aparece en ningún momento. La protagonista parece desconocer este concepto y sin embargo, describe la patología de su hija mejor que nadie. ¿Esto tiene que ver con la búsqueda de un estilo propio?

- El mundo pareciera estar habitado por mujeres, los hombres están lejos, están caídos o configuran un peligro. Los personajes femeninos siguen una matrilinealidad. ¿Esto es algo propio del entorno rural?

Absolutamente. Las mujeres, en nuestras sociedades, son fundamentales. Ellas, a pesar de las condiciones desfavorables en las que viven, se imponen, deciden, avanzan. Practican una forma de feminismo que es propia de este mundo rural.

- Basurero tiene la estructura de un interrogatorio policial para la reconstrucción de un crimen, cosa que finalmente no se logra, queda planteado. Acá el objeto es el cuerpo sufriente (el de la madre sangrando) y el cuerpo descartado del crimen de odio. ¿Los crímenes impunes de los jóvenes tienen que ver con esta historia inconclusa?

Esto es algo que siempre me interpeló: cómo, en lugares como el Noroeste, hay como una especie de resignación o acostumbramiento frente a los cuerpos que aparecen asesinados. Nunca queda esclarecido el crimen y por otro lado, todos tienen una hipótesis sobre el hecho. Y yo, muchas veces, pensé cómo reaccionaría si me pasara algo así y la respuesta que tengo es que yo respondería con literatura. Que es lo que creo que hice.

Publicado en La Gaceta Literaria, 19/6/2022

domingo, 22 de mayo de 2022

Cacería de niños


            Los cuentos de esta autora japonesa desconocida hasta hoy entre nosotros parecieran portar en su ADN toda una cultura del refinamiento y la crueldad al servicio de una fantasía desbocada, de la que Hayao Miyazaki bien podría ser uno de sus referentes.

            Su personajes, mujeres frías y delicadas, víctimas y victimarias demenciales, viven atravesadas por un erotismo gore, como el que practica la protagonista del cuento que da nombre al libro, cuyas fantasías sexuales ponen en escena la atracción que los niños ejercen sobre ella tanto como su rechazo por las niñas -atracción y rechazo, recordemos, no dejan de ser las dos caras de la repulsión- la misma que le provoca la idea de la maternidad y que la imagen del período menstrual como una cuna que se deshace expresa magistralmente.

            La fantasía de salirse de la propia pareja, en un intercambio proyectado, expone la tensión fantástica que sostiene estos cuentos, con personajes dobles y fantasmáticos que vuelven, como en los mejores relatos góticos, para atormentar y hacer gozar a sus heroínas enfermizas.

            En una transformación del relato de Blancanieves de una sutileza exquisita, una madrastra despiadada que guarda un secreto familiar inconfesable proyecta en su repudiada hija el abrumador dolor de cabeza que la atosiga y que ésta padecerá cada vez que entre en contacto con la nieve, la que se tornará, como para el capitán Ahab, en objeto de una obsesión mortífera.

            Y si de transformaciones se trata, el relato clásico de la Bella y la Bestia tortuosamente reformulado, en otro de los cuentos, en un triángulo sado-masoquista en el que se replican todas las formas del abuso de poder, no apto para almas bellas.

Una mujer que ha acordado con la muerte la hora de su deceso, deja sembradas por toda la casa notas para la futura esposa de su marido, con la que establece un diálogo de fantasmas.

            Una cura de reposo para una convaleciente de tuberculosis es la excusa para alejarse del marido y el lugar donde “atrapar” a su pequeño sobrino con el señuelo de salir a buscar cangrejos.

            Brutales escenas guionadas de sadismo con niños sostienen las fantasías eróticas de estas parejas sin hijos y de estas mujeres que, como Bacantes, pierden su yo que se disipa (en todos los sentidos), obsesionadas hasta aniquilación.

            Un verdadero hallazgo la prosa de Taeko Kõno. Disfrutémosla antes de que sus libros terminen en la hoguera de la cancelación bienintencionada.

Publicado en La gaceta literaria, 22/5/2022

domingo, 15 de mayo de 2022

Escritos en viaje de Ezequiel Martínez Estrada

 Cambio de dirección. Escritos en viaje

 

             Las cartas, diarios y demás “escritos en viaje” (y no “de viaje”) hablan de la posición vital de uno de los intelectuales más autárquicos de nuestro país, dueño de una agudeza monstruosa para detectar lo que él consideraba los síntomas del cuerpo enfermo del país, como señaló en toda su obra ensayística, donde puso en práctica esa “amargura metódica” que lo disponía a pensar, según uno de sus biógrafos.

Y viajar, para él, no es más que una metáfora de ese no-lugar que habitaba en relación a sus contemporáneos (corrido tanto por izquierda como por derecha, diríamos hoy), por lo que, leer sus reflexiones sobre las ciudades que en distintos momentos visitó -en algunas de las cuales vivió y trabajó- es acceder a una mirada extrañada e incómoda que jamás se queda en la superficie, sino que “cala hasta el hueso”.

La edición incluye cartas a Victoria Ocampo, con la que mantuvo un vínculo que superaba sus diferencias ideológicas y que le permitió encontrar un refugio donde escribir, la revista Sur, y donde recuperarse de la dura reacción alérgica que sufrió en todo el cuerpo durante la década del cincuenta, quizás la más visceral de las respuestas que un intelectual le haya dado a la época que le tocó vivir.

Forman parte de esta selección fragmentos de Radiografía de la pampa y de La cabeza de Goliat donde examina, con el pesimismo de la razón, los modos en que el atraso se manifiesta en nuestro país. En el primer ensayo, reflexionará sobre el surgimiento de los pueblos de la pampa “como pájaros después de un desbande” que, rodeados de la soledad del campo, guardan “como relicarios”, todo el conservadurismo de las costumbres españolas. En el segundo, denuncia el crecimiento deforme de la ciudad de Buenos Aires, para continuar siendo una ciudad-puerto colonial en detrimento del desarrollo de todo el país. Una ciudad de la que siempre se sentirá expulsado, cuya velocidad frenética, sostiene, no es signo de actividad sino de taquicardia.

En el año 1942 viaja a EE.UU. y observa, con mucha precisión, las diferencias entre Miami, Washington, San Francisco y Chicago, como imágenes refractadas de nuestra sociedad. Descubre con sorpresa que, a pesar de estar en guerra, en Miami, sus habitantes viven en un estado de alegre consumismo. La estadía en Washington lo lleva a pensar en la tragedia que generó la abolición de la esclavitud que redujo a los negros a la servidumbre y los expulsó a su nuevo hogar, la calle.

Descubre el origen del carácter industrioso de la sociedad norteamericana en la lectura que los colonos protestantes de Inglaterra hicieron del texto sagrado. “Norteamérica es una interpretación hecha con las manos de la Biblia” concluye el viajero, al confrontarla con la lectura que hizo el catolicismo, en contra del sentido comercial que le dio el protestantismo.

Una década más tarde el destino es Europa del Este y comienza por Suiza, un país del que ironiza acerca del bienestar de sus prolijos ciudadanos, conseguido sobre el tesoro expoliado a los demás países por los dictadores del mundo.

El encuentro con el último secretario de Tólstoi en Yásnaia Poliana, la casa de campo del escritor ruso, lo llevará a añorar la “agreste soledad” de su vida ascética, mientras se pasea por las habitaciones que inspiraron escenas de Ana Karenina.

Los primeros años de la revolución cubana lo encontrarán instalado en la isla, enarbolando su apasionada adscripción al proceso revolucionario, y elige, para describirlo, tres fotos de Fidel Castro. En la primera, preso en una comisaría con el cuadro de Martí de fondo y en esa instantánea lee la continuidad de un proceso. En la segunda, junto a Camilo Cienfuegos, percibe la vitalidad de Castro frente al carácter mortífero de aquél, para llegar a la tercera, donde capta el sesgo religioso de un movimiento que lo tuvo como líder indiscutido.

Y el encuentro con el Che, otro argentino fuera de lugar, le ofrecerá, en el final de su vida, la posibilidad de redimir a la humanidad de tanta “descomposición cadavérica” de la que fue un consecuente acusador.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 15/5/2022