domingo, 30 de agosto de 2026

Más allá de las razones

Este libro puede ser una de las novedades literarias más deslumbrantes y movilizadoras o resultar una lectura peligrosa. Fue escrito por una de las escritoras norteamericana más notables de los últimos tiempos, Yiyun Li, ganadora del premio Pulitzer 2026, para su hijo mayor, luego de que éste se suicidara a los 16 años.

Pero si al abrirlo buscamos respuestas, explicaciones, una catarsis o alguna enseñanza purificadora, este no es el libro indicado. Su autora, dueña de una sensibilidad poética abrumadora, descubre en el lenguaje el lugar donde volver a reunirse con su hijo para continuar un diálogo que le permita encontrar las preguntas indicadas para este hecho atroz y llegar, no a la comprensión, sino a la aceptación de una decisión irrevocable, como única forma de no quedar atrapada en un callejón sin salida. Y el resultado es un libro compuesto, finalmente, a cuatro manos, el lugar donde poder “atrapar cada palabra con el papel pegajoso de la memoria”. Donde las muchas poesías compartidas, las citas literarias y su propia obra serán la mejor coartada para transitar la pérdida sin caer en la trampa del duelo, esa suerte de purgatorio que, entendió rápidamente, no lleva a ningún cielo prometido.

Fuera del tiempo y dentro de la gramática, el único lugar posible, es donde se juega esta historia, más precisamente, en la literatura, en la que la muerte dará lugar a la omnisciencia y el trabajo consistirá en encontrar los adjetivos indicados para un hecho “tan triste que ya no me quedan otros adjetivos”, en reamar el diccionario cuando muchas de sus palabras (sufrir, nunca, siempre) quedaron vaciadas de sentido, en dar vida con palabras a lo que antes habían hecho de carne y hueso, para entender lo que su hijo llamaba un “modo de vivir sin ser un sustantivo” y sobre todo, en destruir todos los lugares comunes del lenguaje donde descansan quienes no saben dar consuelo a los dolientes.

Y en esta ocasión, sin regodearse en el dolor, la autora, sin embargo, escribió un texto profundamente doloroso, una no-elegía para su hijo, en la convicción de que “ningún padre debería escribir la elegía para un hijo”, con la delicadeza que su tradición oriental le enseñó, mientras desarma todos los supuestos sobre la maternidad, ese monstruo imposible, y dispara preguntas más allá del tema que dio origen al libro y que cualquier lector que haya pasado por la experiencia de la maternidad o la paternidad, no podrá evitar hacerse.

Publicado en La gaceta literaria, 30/8/2026

La tormenta

            Desde que la cordobesa Chai publicó por primera vez al galés Cynan Jones, los lectores no pararon de crecer y los motivos son muchos.

Con una prosa intervenida por otras voces, algunas en gaélico, otras, propias de la naturaleza, otras, quizás, salidas de un cuaderno de notas, todas, en definitiva, mostrando su propio origen, construye una poética de hombres solitarios, rústicos y, sobre todas las cosas, vulnerables, enfrentados a la hostilidad de una naturaleza cuyo salvajismo y ferocidad son narrados en lo que son, sin ser convertidos en el “otro” del mundo civilizado. Que se afanan en trabajos agotadores que, a la manera de los objetivistas, describe descomponiéndolos en cada parte del proceso. Y reproduce en la escritura los silencios de un mundo alejado de la experiencia de la vida urbana, donde el entorno rural, en cada uno de sus elementos, deviene el personaje central, del que pareciera sólo se puede hablar a través de los sentidos del oído y el tacto, poniendo de relieve la íntima relación de los personajes con su espacio vital.

Como en el cuento “El peregrino”, donde un cazador de pichones de halcón descubre la violencia insoportable sobre los menores, cuando su pasado, en el que un compañero de clase acosado por el grupo fuera empujado al suicidio, resuena en su nuevo oficio.

En “Los renos”, un hombre contratado para cazar a un oso que está diezmando el ganado se interna en la espesura de un bosque nevado y, junto con el desdibujamiento del paisaje, el perseguidor se confundirá con el perseguido y la ferocidad cambiará de bando.

Un test de embarazo negativo abre el cuento “La vaca” como espejo invertido de la temporada de partos del ganado y marca la tensión que atraviesa a unos personajes enfermizos, cuando el protagonista, al que las agujas le producen pánico, decide enfrentarse al espectáculo pavoroso de la cesárea de una vaca para salvar a su ternero moribundo.

 En “El inventario”, el rechazo a la modernización convierte a un padre obligado a estar alejado de su hija en un anarquista en fuga y en “Cuadrados blancos”, a uno recién divorciado, en justiciero, ambas caras de la misma estrategia de los derrotados.

Y el cuento que da título al libro, “La tormenta”, quizás, el más emblemático de la serie, pone en relación las emociones de una pareja a la que el nacimiento de su hijita ha alejado físicamente, con la catástrofe que se desata cuando una tempestad amenaza con derribar los enormes árboles que rodean la casa sobre los cables de alta tensión.

Lo no narrado, tan decisivo como lo que se narra, sostiene estos relatos donde las pérdidas -el gran tema de su literatura- en los embarazos fallidos, los terneros nonatos, los duelos, exhiben el vínculo indestructible de la subjetividad con el propio terruño para plasmar lo que este notable autor entiende por literatura: un modo de elaborar la experiencia permaneciendo fiel a sí mismo y a la historia que se propone contar, sin convertir su inconfundible estilo en una mera marca.

Publicado en diario Perfil, 30/8/2026

domingo, 23 de agosto de 2026

Principio, medio, fin

        “En el principio, eran una madre y una hija”. Así comienza esta historia y no queda muy claro de qué principio habla, si de los tiempos o de la novela. Pero, lo que sí queda claro es que es femenino y que, más que un principio es un volver a empezar luego de un divorcio y de una crisis creativa que llevarán a la protagonista a emprender, junto a su hija, un viaje hacia la semilla, el reverso del viaje que su abuela había hecho desde Catania trayendo un mosaico del dios Proteo, robado de una tumba romana.

Con el fantasma del alzheimer rondando a su madre, y como en un juego de espejos, escribe este relato de viajes para ella, mientras revisita la tradición cultural europea y elige a Plinio como su dios tutelar, con el telón de fondo de la erupción del volcán Etna y la catástrofe inminente, mientras su hija colecciona viejas postales en las que escribe, en el reverso, su propia novela.

            Escrito junto a la Historia Natural de Plinio, esa enciclopedia de la Antigüedad de todo lo existente y contra La Odisea y la idea de patrimonio masculino como herencia cultural, elige la genealogía de mujeres como transmisora de saberes. Pero si hay un autor que ilumina este relato es Borges, quien construyó su propio camino en la literatura, al hacer de la lectura desviada de la tradición su modus operandi.

Y si el viaje de la protagonista se parece más a una fuga o a “un plan maestro”, le servirá a la vez para encontrar la libertad de reinventar su relación con la escritura, con la maternidad y con el deseo. Un viaje que también emprenderá por la historia y el origen de las palabras, haciendo de la etimología su oráculo personal, y en el que descubrirá el sentido de la palabra griega “catástrofe”, como el momento previo al final, donde se desata el nudo del conflicto, y en el que finalmente podrá encontrar, en el sonido del tecleo de la computadora, la propia casa.

Entrevista a Valeria Luiselli

- Hace unos años, un presidente nuestro dijo: “los argentinos descendemos de los barcos”, exhibiendo el inconsciente de una sociedad que niega su origen indígena y criollo. ¿Cómo se construyó en México el imaginario sobre el origen?

México es un país bastante más mestizo que Argentina, con una presencia indígena mucho mayor pero también con una presencia criolla que como en toda América Latina, suele ser la clase alta. Pero el imaginario con el que yo crecí es muy distinto al que se está reconstituyendo ahora. Por ejemplo, de mi bisabuela materna, que era otomí, siempre nos habían dicho que la había adoptado una familia española y entonces el mensaje era, bueno, es indígena, pero educada por españoles. Pero resultó que no era cierto, que no había sido adoptada, sino que era trabajadora en una hacienda española y que por el derecho de pernada, el terrateniente español podía disponer del cuerpo de las mujeres que trabajaban para él. Y entonces nacían en las haciendas muchos niños mestizos. Fue muy chocante saber que el linaje de uno viene de una violación. Pero, de cuántas no ¿no?

- “En el principio eran una madre y una hija” se lee en el comienzo. Y frente a lo masculino como fundador de civilizaciones, sostiene lo femenino como transmisor de conocimientos. ¿Esta es tu relectura de la tradición europea occidental?

Pues sí. La novela revisita antiguos mitos griegos, con el intento de entender cómo se resignificaría la historia si no estuviera definida por las estructuras que inventaron los hombres para ellos. Hay un ensayo maravilloso de Ursula K. Le Guin que habla sobre eso, e invita a imaginar un mundo cuyas instituciones fueran inventadas por las mujeres. Dice que imagina que sería un mundo un poco más horizontal y fluido, como un caudal, y no una estructura rígida, vertical. Y fíjate que durante todo el periodo en que estuve escribiendo esta novela, mi vida cotidiana se redefinió por completo. Tras un divorcio, yo había comprado una casona vieja en el Bronx y vivía ahí con mi hija y mi perra. Llegó al poco tiempo mi madre a ayudarnos, luego llegó una sobrina a vivir conmigo y luego otra sobrina. Y luego la sobrina número uno tuvo una hija. Y luego se vino a vivir una amiga divorciada y luego otra amiga. Y a lo largo de los años, llegamos a ser siete, ocho mujeres viviendo en casa. Y eso redefinió la manera en que entendía la forma del cuidado, la forma de la conversación, la manera de estar.

- ¿Qué pasa cuando la lengua materna se desintegra, se pierde?

Una vez, en Nueva York, una mujer triqui que es otro grupo indígena oaxaqueño, me dijo una frase sobre cómo las mamás nos enseñan a hablar y luego el mundo no hace más que callarnos. Ella me dijo eso como respuesta a mi pregunta de si sus hijos hablaban triqui y me dijo no, porque tienen miedo de que se rían de ellos en la escuela. Entonces, hay algo ahí de las lenguas maternas que se pierden constantemente. Pero en esta novela creo que tiene que ver más con la pérdida de la memoria. ¿Qué pasa cuando una madre, un padre, que fueron el sustento de tu estar en el mundo, pierden la memoria?

- En un texto de Borges, “Kafka y sus precursores”, él plantea que el escritor elige a sus precursores, inventa su genealogía y pensaba que en la novela hay dos robos: el del mosaico del dios Proteo y el de los libros de Plinio. ¿Qué le dio Borges a tu novela?

Me encanta que estés viendo ahí algo que creo que se piensa poco, que uno elige a sus precursores, pero también usurpa lo que suele pensarse como perteneciente a solo un grupo de elegidos. No sé, solemos pensar pasivamente y cuando nos pronunciamos contra el canon, creo que tenemos que pensar que podemos usarlo para hacer lo nuestro, para reinventarlo.

- Pensaba si el dios Proteo, el que cambia de forma cuando se lo quiere atrapar, no sería una imagen de la lectura.

Y de la escritura, en el sentido de que quien puede finalmente apresar a Proteo es quien tiene una capacidad suficientemente aguda, paciente, meticulosa de observación como para entender cómo se está transformando en una cosa u otra, como supuestamente lo fue Menelao. Pero, ahora que lo dices, me gusta más que sea una gran metáfora de la lectura. Así que me lo robo.

- Hay un diálogo en el que la hija le pregunta cómo es posible que no tenga licencia de conducir (antes se había hablado de la licencia por maternidad) y ella le responde, “la llevo perdida”. Es muy lindo este modo ¿mexicano? de expresarlo, que habla de llevar la pérdida con uno. ¿Ese pánico con el que se vive por perder a un hijo es lo propio de la maternidad?

Sí, es un modo muy mexicano, “la tengo perdida”. Pero, ahora que me haces consciente de eso, sí es un modo rarísimo de decirlo. Y sí, siempre estás atravesada por ese rayo psíquico de terror por la pérdida. Pero te iba a decir que me encanta lo que destilaste de este modo extranjero para ti, de decir las cosas. Esa es la belleza de moverse entre idiomas, en donde uno es ligeramente extranjero en un idioma tan vasto como el nuestro, que ocupa un continente entero y más. Y es muy rico poder traducirnos así.

Publicado en La gaceta literaria, 23/8/2026

domingo, 16 de agosto de 2026

Temporada de ballenas

Quizás habría que empezar por el final, por el epílogo injertado de otra edición, para hablar de esta novela ganadora del Segundo Premio Nacional de Literatura de su país, Uruguay. Desmarcada de su género, nos muestra a una autora que, aunque muy joven, posee una notable madurez poética que se exhibe, en bruto, en este pequeño texto lateral, donde define su novela como “un libro esquivo, siempre en fuga. Lo que quedaba atrás, una estela, servía para seguir ese rastro.” Y siguiendo la huella de los recuerdos deshilachados de una infancia de provincia, cuando el miedo y la felicidad formaban parte de una misma vida rodeada de mujeres amorosas, arma este rompecabezas, donde el habla propia del Uruguay parece ser lo único que permanece, con estudiantes de túnica y moña, niños en championes, madres con sutienes y tardes de verano pasadas en la piscina.

Y si su escritura es consciente de la época que le tocó transitar, la de la destrucción sistemática de la naturaleza y del mundo que habita, no está al servicio de la denuncia o la reivindicación, ni se inscribe en la ola de lo mayoritariamente escrito por mujeres, sino que va en busca de una voz propia antes de llegar siquiera a ser una voz. A la caza de ese estado previo al lenguaje, donde, como en un útero, todo lo que existe fluye y que las fotografías en blanco y negro que ilustran las páginas entre “capítulos”, como tramas u oleajes, reproducen.

Lejos del bucolismo, el espacio de la infancia no será el del tiempo perdido ni recobrado, sino el del síntoma de un quiebre con el entorno, en el que la explotación minera ha castigado los pulmones de sus habitantes, alejado a su padre y una pastera finlandesa, secado el arroyo donde sólo aparecen cuerpos desmembrados.

Y será el descubrimiento de una ballena solitaria, única en su especie, que canta a una frecuencia imposible de escuchar, el que ponga en movimiento el deseo de afinar la percepción y capturar, como un científico o un artista, en un más allá del lenguaje y del sonido, como “un traductor interespecies”, lo que la naturaleza tiene para decirle. Donde descubrir el lugar donde anida el corazón del mundo, esa “máquina del tiempo” que podrá encontrar en una cicatriz en el pecho de la bisabuela, en la estatua de una virgen protectora sobre un cerro, en un “río sin orillas” visto por primera vez junto a su abuelo, en un cachorro abandonado, en los hongos de las frutas, en todo lo que vive y respira, tanto como en el dolor infantil por la muerte inentendible de quienes ama.

“Escribir mientras todo se derrite, se parte, se desvanece”, sostiene la autora mientras habla del lugar de enunciación que le tocó habitar. En todo caso, es una gran noticia dentro del mapa de la literatura latinoamericana y una apuesta literaria fuerte que se hace cargo del presente sin perder el Norte que, cuando todo desaparezca, parece decir su joven autora, seguirá siendo la poesía.

Publicado en diario Perfil, 16/8/2026

sábado, 1 de agosto de 2026

Los días de la Zona

            En política hay una frase que dice que “todo puede empeorar”. Y nuestra realidad no hace más que confirmarlo. Con esta premisa, el autor de esta novela distópica, un reconocido periodista de investigación, imaginó una Argentina en la que la dictadura no terminó, la cordillera fue completamente detonada para extraer lo que le quedaba de minerales, las Malvinas, intercambiadas por dinero y los inmigrantes bolivianos viven encerrados en La Zona, un gueto del que sólo salen para trabajar de sirvientes. Un escenario donde las peores tendencias mundiales han alcanzado niveles demenciales, hasta el momento en que la Historia se acelera y estalla la insurrección de los oprimidos.

            Con una narración a dos voces, la del líder de la facción ultraderechista del gobierno de facto y la del periodista de la agencia de noticias clandestina ANCLA, y con un ritmo vertiginoso, explora ese vórtice de la Historia donde conviven, apenas disimulados, López Rega, Rodolfo Walsh, Leopoldo Lugones, el Che Guevara, Alvaro García Linera y diciembre del 2001, mientras avanzan los planes de limpieza étnica de un Estado que ha barrido con todos los límites.

            Y en el final de su vida, Diego Rojas nos deja una novela épica, rabiosa y militante, cuyo gran acierto no es haberle dado voz al pueblo boliviano, sino haber hecho de su prosa el lugar del encuentro con su modo propio del español, donde la sintaxis pone en primer lugar la acción por sobre el sujeto, logrando que forma y contenido se confundan en uno solo.

Publicado en El Dipló, agosto de 2026