Desde que la cordobesa Chai publicó por primera vez al galés Cynan Jones, los lectores no pararon de crecer y los motivos son muchos.
Con una
prosa intervenida por otras voces, algunas en gaélico,
otras, propias de la naturaleza, otras, quizás, salidas de un cuaderno de
notas, todas, en definitiva, mostrando su propio origen, construye una poética de hombres
solitarios, rústicos y, sobre todas las cosas, vulnerables, enfrentados a la
hostilidad de una naturaleza cuyo salvajismo y ferocidad son narrados en lo que
son, sin ser convertidos en el “otro” del mundo civilizado. Que se afanan en
trabajos agotadores que, a la manera de los objetivistas, describe
descomponiéndolos en cada parte del proceso. Y reproduce en la escritura los
silencios de un mundo alejado de la experiencia de la vida urbana, donde el
entorno rural, en cada uno de sus elementos, deviene el personaje central, del
que pareciera sólo se puede hablar a través de los sentidos del oído y el tacto,
poniendo de relieve la íntima relación de los personajes con su
espacio vital.
Como en
el cuento “El peregrino”, donde un cazador de pichones de halcón descubre la
violencia insoportable sobre los menores, cuando su pasado, en el que un
compañero de clase acosado por el grupo fuera empujado al suicidio, resuena en
su nuevo oficio.
En “Los
renos”, un hombre contratado para cazar a un oso que está diezmando el ganado
se interna en la espesura de un bosque nevado y, junto con el desdibujamiento
del paisaje, el perseguidor se confundirá con el perseguido y la ferocidad
cambiará de bando.
Un test
de embarazo negativo abre el cuento “La vaca” como espejo invertido de la
temporada de partos del ganado y marca la tensión que atraviesa a unos
personajes enfermizos, cuando el protagonista, al que las agujas le producen
pánico, decide enfrentarse al espectáculo pavoroso de la cesárea de una vaca
para salvar a su ternero moribundo.
En “El inventario”, el rechazo a la
modernización convierte a un padre obligado a estar alejado de su hija en un
anarquista en fuga y en “Cuadrados blancos”, a uno recién divorciado, en
justiciero, ambas caras de la misma estrategia de los derrotados.
Y el
cuento que da título al libro, “La tormenta”, quizás, el más emblemático de la
serie, pone en relación las emociones de una pareja a la que el nacimiento de
su hijita ha alejado físicamente, con la catástrofe que se desata cuando una
tempestad amenaza con derribar los enormes árboles que rodean la casa sobre los
cables de alta tensión.
Lo no
narrado, tan decisivo como lo que se narra, sostiene estos relatos donde las pérdidas -el gran tema de su literatura- en los
embarazos fallidos, los terneros nonatos, los duelos, exhiben el vínculo
indestructible de la subjetividad con el propio terruño para plasmar lo que este
notable autor entiende por literatura: un modo de elaborar la experiencia
permaneciendo fiel a sí mismo y a la historia que se propone contar, sin convertir su
inconfundible estilo en una mera marca.
Publicado en diario Perfil, 30/8/2026
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