domingo, 8 de febrero de 2026

Pan de ángeles



            La autora de estas memorias quizás sea una de las últimas artistas renacentistas, aquellas y aquellos para quienes no existían límites entre las artes y el conocimiento. Hija de la posguerra y del “baby boom”, cuando el mundo resurgía de sus cenizas y todo estaba por hacerse, desde pequeña tuvo muy claro su deseo de experimentar, conocer, pensar, escribir, crear, mientras leía como una poseída a Lewis Carroll, Baudelaire, William Blake, Rimbaud o la Biblia, los nombres que le abrieron las puertas a su propia percepción poética del mundo que le tocó vivir.

Dueña de un impulso que la habitó desde siempre y que ella define como su “joroba rebelde”, “tan repulsiva como necesaria”, abandonó la casa paterna, luego de dar en adopción un bebé no deseado, rumbo a Nueva York, con el propósito claro de convertirse en artista. Su encuentro con Robert Mapplethorpe, al que homenajeó en Éramos unos niños, fue el big bang de un movimiento contracultural surgido al calor de la Guerra de Vietnam que tuvo al Hotel Chelsea y al bar CBGB como epicentros, donde veremos aparecer nombres como los de William Burroughs, Allen Ginsberg, Sam Shepard (su pareja por esos años y quien la impulsó a animarse a los escenarios) o su admirado Bob Dylan. Un movimiento que se propuso fundir poesía y rock, del que ella fue su madrina indiscutida.

Su primer disco, Horses, un debut tan explosivo como la corriente de libertad juvenil que expresa, le valió un lugar en la cultura norteamericana, junto con el rock and roll, el jazz, el expresionismo abstracto y los beatniks, la gran contribución de EE.UU. a la cultura occidental, y con el que comenzó las giras, en una de las cuales conoció al amor de su vida, el músico Fred Sonic Smith, con el que se casó y tuvo dos hijos.

Escrito con una prosa deslumbrante, bajo la tutela de los poetas que la formaron, e ilustrado con bellísimas fotos (algunas de las cuales le pertenecen), resulta el legado perfecto de una artista que sobrevivió a muchos de su generación, diezmada por las drogas y el Sida. Un legado dedicado a su generación, la que creció en las calles, se curó con remedios caseros, se educó en el temor a Dios, leyó a los clásicos y fue libre hasta lo impensado, y para el mundo del futuro, donde la naturaleza será reemplazada por un holograma y la libertad será una palabra desconocida, de parte de una creadora que vivió el arte y el amor a sus prójimos como lo único valioso y digno de resguardar.

Publicado en La gaceta literaria, 25/1/26

La lectura: una vida

             Quien vive atravesado por la pasión de la lectura y el conocimiento sabe que “los libros son voluminosas cartas a los amigos.” Con esta premisa, el autor de este trabajo pensó su autobiografía lectora, en la que agradece la fortuna de haber conocido a los grandes maestros con los que se formó: Enrique Pezzoni, Beatriz Sarlo, Ana María Barrenechea, Elvira Arnoux, y a los compañeros de ruta que lo acompañaron en los numerosos proyectos que llevó adelante.

            Desde los primeros libros que recibió de manos de sus maestras como El principito (al que le dedica una lúcida lectura que lo saca de la serie del bestsellerismo), recorre cada una de las etapas de su formación intelectual, donde aprendió, de la filología, la importancia de la reconstrucción de los archivos, como el de Walsh, que la dictadura había desmantelado; del formalismo ruso, a leer en forma clandestina; del análisis del discurso, a desmontar los discursos políticos y publicitarios (muchas veces, indiscernibles); de la literatura contemporánea, las rupturas de las vanguardias y de su experiencia pedagógica en el nivel medio, lo mucho que hacía falta en materiales de estudio, que luego elaboró.  

Pero como su afán pedagógico lo puede, explica cada una de estas disciplinas y transforma esta Memorabilia en un sólido manual de Teoría Literaria, con una prosa que tiene la belleza de lo arcaico para hablar del presente, donde vocablos como petulante, botarate o tarambana nos recuerdan que lo nuevo no siempre está por llegar.

Publicado en El Dipló, edición de febrero 2026

martes, 13 de enero de 2026

El cielo en desorden

            “Hay un gran desorden bajo el cielo; la situación es excelente.” La cita es de Mao y el autor de estos textos escritos durante la pandemia de Covid-19 la retoma para desarrollar su propia posición ideológica, que lo lleva a ser el blanco de furiosas críticas, tanto del espacio de la derecha como de la izquierda. Un planteo claramente anticapitalista pero que advierte sobre los errores del dogmatismo y que llama a superar el comunismo tal como lo conocimos.

            Porque frente a la pavorosa crisis sanitaria pero también, climática, energética, inmigratoria, sostiene que la única salida posible es la gestión de los bienes en común, con transparencia y bajo control de los ciudadanos, y que la pandemia, un punto de inflexión en la historia, también es una oportunidad para afrontar este desafío, el de organizar una izquierda “moderadamente conservadora” que abogue por recuperar los valores de la decencia y la ética. Algo que los populismos de derecha triunfantes en gran parte del mundo se han propuesto barrer.

            Con la mirada puesta en la realidad norteamericana, analiza las razones del triunfo de Trump (de notorias coincidencias con la actualidad argentina) y sostiene que el magnate representa mucho más a la clase trabajadora, no sólo blanca, sino negra y latina, que los demócratas, porque ganó la disputa por la hegemonía ideológica. Un cambio radical que va de la mano del auge del antisemitismo, que él define como un anticapitalismo desplazado, que proyecta la causa del antagonismo en un agente exterior, los judíos, y que se opone a la protesta como consecuencia de haber percibido la injusticia de la propia condición de la que son responsables la clase dominante o el Estado.

            En este nuevo mundo poshumano, el desafío, para este autor, será cambiar la vida económica para que sea capaz de sobrevivir a los confinamientos, y para que el mundo no se convierta en propiedad de unos pocos multimillonarios, dueños de las empresas tecnológicas, lo que algunos pensadores han llamado tecnofeudalismo.

            Dando vuelta la famosa frase de Marx, Herbert Marcuse señaló que, después del nazismo, la historia se repite, primero como farsa y luego como tragedia. Hitler, que pasó de ser un payaso políticamente marginal a ser el amo de Europa, se replica en el asalto al Capitolio por los seguidores de Trump y en tantos líderes políticos surgidos de programas de TV de dudosa calidad, lo que nos muestra la cara siniestra de un presente que Žižek llama a enfrentar.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 11/1/26

La ficción del ahorro

 Entrevista a Carmen Cáceres 

 

Con la crisis del 2001 como marco, la autora de La Ficción del ahorro, la novela ganadora del premio Fundación Medifé Filba, reflexiona, con mucha lucidez, sobre todo lo que hacemos para ganar, gastar, ahorrar y perder el dinero, ese objeto que, como la vista de un cadáver, nos atrapa y repugna a la vez.

 

- Esta novela pone el dedo en la llaga sobre dos temas tabú: el dinero y el suicidio adolescente. ¿Cuál fue el disparador?

 El disparador fue la escena de la chica con los dólares con su segundo padre, porque ahí nomás vi la cosa sucia del dinero en la intimidad familiar, como una especie de juego entre lo obsceno del dinero y lo obsceno del cuerpo con su padre. Después, la primera versión de esta novela, que fue rechazada por todas las editoriales, se metía mucho más con el dilema de lo familiar y de la ciudad. A mí me parecía interesantísimo hablar de una ciudad de provincia, porque en la literatura argentina tenemos mucho el escenario urbano de Capital Federal y el resto del país como algo exótico y casi siempre rural. Después, cuando mi pareja, que también es escritor, me dijo, tu novela va de la plata, todo lo demás es un contexto para hablar de la plata, yo entendí eso, ahí dije, sí, vamos a seguir el dinero.

- Marx llamaba al dinero “la mierda económica”. ¿Qué relación tenés vos con el dinero?

Yo creo que pude escribir la novela porque no tengo tanto mambo con el dinero. Cuando tengo mucho, lo disfruto, y cuando no tengo mucho, sé que es lo normal. Obviamente soy de una clase media privilegiada, porque hay muchas personas que, trabajando en cultura, no les alcanza. Nosotros estamos llegando a fin de mes. Como digo en el libro, mantenerte es toda una virtud. Y también el privilegio, aunque no debería serlo, de vivir de lo que quiero, la ilustración, la traducción, la escritura, los talleres.

- Diciembre del 2001 está narrado en un segundo plano, no se narra el estallido, sino todo lo que se lleva puesto, como los cadáveres y la ropa que aparecen luego de la crecida del río. ¿Esta distancia fue deliberada? 

No fue deliberada, pero sí es cierto que yo necesito mucha distancia física y temporal para no escribir desde la emoción. Porque desde la emoción yo no funciono bien.

- Hay una muy buena observación sobre los límites de la sociología y del progresismo, que pareciera ser el único segmento para el cual el dinero es un problema abstracto, además de incómodo. ¿La sociología es una disciplina urbana, blanca y pequeño-burguesa?

No sé. A mí me interesa mucho la sociología. Lo que pasa es que si vos te pones en la cabeza de alguien de 20 años que está tratando de entender lo que pasa, la sociología sí se vuelve una abstracción que delimita la cancha, pero no se mete adentro.

Entonces, para dar ese salto empático que es la literatura, hace falta una mentira para decir mejor una verdad. No sé si vos te acordás todo lo que era el discurso del progresismo en el 2001, había que usar ciertas palabras, sobre todo en Capital Federal, era una manera de hablar de la cual yo como provinciana me sentía un poco afuera. Pues yo creo que eso es lo que me permitió pensar la sociología desde afuera.

- Como dice Chitarroni en el epígrafe, “Provincia” es la tierra de los vencidos. ¿La literatura escrita en las provincias tiene su propio circuito o el centro sigue estando en Buenos Aires?

Sin duda, el centro sigue estando en Buenos Aires. Igual que el centro editorial de habla hispana sigue siendo Barcelona. Es cierto que, a diferencia de hace por ahí 10 años, ciudades como Córdoba, Rosario o Tucumán están teniendo polos editoriales que dan visibilidad a cosas que luego se retoman a nivel nacional. (De hecho, estuve este año en el FIL, en Tucumán, y me encantó). Pero digo, sacando 3 o 4 ciudades, para que esos autores sean consumidos a nivel nacional, tienen que pasar por Buenos Aires. Yo ahora vivo en Misiones y fui publicada en una editorial de Buenos Aires, Fiordo.

- Pensaba en esta novela como un homenaje a las familias ensambladas amorosamente. ¿Y a los trabajadores que se caen y se levantan una y otra vez al ritmo de nuestra cruel economía?

Sí, yo creo que sí. Es bonito lo que decís. Sí, es un homenaje a la clase media, porque yo sí creo, y me gusta que lo digas, que está escrito con amor, esa resiliencia, esta idea de que una crisis cada 20 años es una forma de estabilidad. Y eso está un poco condensado en la madre. Ella es como que lo vive todo sin sorpresa, y sin dolor. Mantenerse es lo máximo a lo que aspiran.

- ¿Qué significó este premio para vos?

El premio para mí es un regalo. Porque hace que el libro sea leído bajo otra luz. Obviamente uno quiere pensar que un jurado tan prestigioso está diciendo que vale la pena, pero al final lo que genera esto es que gente a la que le pasó desapercibido el libro en una ola de novedades constante, lo lea. Y además, porque yo no volví a escribir después de esta novela, estoy maternando, laburando, haciendo lo que puedo también, y en ese sentido es una enorme alegría. Y además de una palmadita en la espalda, es un impulso para seguir escribiendo.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 4/1/2026

lunes, 22 de diciembre de 2025

Entrevista a Amaury Colmenares

 


Acequia, la novela con la que el mexicano Amaury Colmenares ganó el premio Las Yubartas, concedido por un grupo de editoriales independientes de América Latina -entre ellas, la uruguaya Estuario- junto a la feria del libro de Nueva York, es un caleidoscopio de relatos inexplicables, personajes entrañables, mitos apócrifos y referencias literarias unidos entre sí, que hace de la puesta en abismo y de los juegos ópticos el procedimiento formal con el que su autor construye la imagen de su ciudad amada, Cuernavaca.

Y en un laberinto de calles y de rutas que devuelven a los viajeros al mismo hotel abandonado volviéndolos locos, de grietas donde perderse en un tiempo dislocado, de edificios tapizados de espejos desde donde ver, como en un Aleph, toda la ciudad, logra el milagro de reformular el realismo mágico, a contrapelo de las tendencias actuales, con un resultado sorprendente. De todo esto y de su original propuesta literaria, habló con El País.

 

¿Cómo fue el proceso de escritura de Acequia?

Tardé diez años en escribirla, aunque desde muy temprano, en el proceso creativo, descubrí cuál era el tono y la sensación que quería provocar, pero no tenía muy clara la parte formal. Una vez que descubrí eso, pues ya fue concretarlo. Y creo que la novela es como estos juegos infantiles que son una hoja en blanco con puntos numerados y el niño tiene que unirlos. Tú unes los párrafos con tu imaginación y al final el dibujo que obtienes tiene tu propio trazo y creo que eso es lo que quería. Lo que me interesaba, además, era que cada fragmento aportara conceptualmente algo más al resto.

¿Cuánto del realismo mágico hay en esta novela?

Es una novela marcada totalmente por ese género, en el sentido de lo que decía Carpentier, que es estar en una realidad que incluye las cuestiones mágicas como parte de ella. Y yo así vivo la vida. No solo es una pretensión artística, es una reconstrucción de un modo de vivir.

Otra de las tradiciones con la que dialoga la novela es el barroco caribeño. ¿Qué le ofrece a tu escritura la tradición de la literatura latinoamericana?

Pues me parece que la literatura latinoamericana es muy experimental, muy explorativa y en esa tradición me inserto. O sea, nuestro barroco es producto de meterse a la selva y luego tratar de recrearla, mientras que el barroco en Europa es otra cosa. Ahora pienso que hay una generación menos barroca, mucho más intelectual, que coquetea con el ensayo, con la crónica, como ejercicios más reflexivos. Pero, de todas maneras, todavía existe ese barroquismo.

Uno de sus personajes es una editora de libros apócrifos, Lucía Pensamiento Borges. ¿Considerás a Borges un escritor puramente intelectual?

Es un homenaje contradictorio. Por un lado, Borges es un autor que tiene una obra que te puede llevar a pensar y a imaginar mucho. Pero por otro lado también es solamente un nombre que vende mucho en una librería. Entonces el juego de Lucía es ese. Ella nunca ha leído un libro de él y le da igual quién es.

Muchas de las formas del infinito aparecen en esta novela laberíntica, donde la puesta en abismo, el trompe l’oeil, los espejos enfrentados son parte de su estructura. ¿Qué significa para vos esta figura del infinito?

Yo creo que lo que Borges hace es tomar paradojas o posibilidades lógicas o imposibilidades lógicas y ponerlas en acción y mostrarlas, en vez de simplemente reflexionar sobre ellas y eso me parece que es muy valioso de su literatura.

Y en el caso de Acequia, lo que yo quería era pensar en dos o tres asuntos muy abstractos y procurar ponerlos en acción de distintas formas. Entonces, cada trama de la novela recrea o explora estos temas, el tiempo, los sueños, el amor, la necesidad de realizar un proyecto. Y quería que la novela misma fuera una puesta en acción de los temas sobre los que reflexiona.

Otro de los homenajes que aparece es al humor mexicano, en la figura de Cantinflas y Chespirito, maestros del sinsentido y de los juegos de lenguaje. ¿El humor mejora la literatura?

El humor es una manera de ver las cosas y es como un filtro. Creo que para que algo sea completo tiene que incluir la mayor cantidad posible de aspectos. Y ahora veo una falta de humor y es necesario incorporarlo. Como hay que incorporar la dimensión religiosa, la dimensión científica, la dimensión estadística. Todas esas dimensiones en torno a las cosas hay que tomarlas en cuenta para hacer arte y para convivir con el mundo.

¿Cómo impacta literatura indígena mexicana en tu obra?

Más que la literatura, el pensamiento que sigue vivo me interesa muchísimo. La cosmovisión originaria, que no es una, sino varias. No tengo mucho contacto de manera directa con las comunidades, pero siempre me ha interesado saber cómo es ese tipo de pensamiento. Y desde el punto de vista teórico, académico, también me parece muy interesante. Y he aprendido que la gente de las comunidades originarias vive su vida cotidiana en algo que podríamos llamar realismo mágico, en el sentido de que están muy instalados en el presente. Y como el mestizaje fue muy pronunciado, muchas de las maneras en las que pensamos obviamente vienen de ahí.

¿Qué significa el premio las Yubartas para la literatura latinoamericana?

A mí el premio me parece increíble y por lo tanto ganarlo ha sido asombroso. Cuando leí la convocatoria pensé que era una respuesta muy inteligente a una problemática muy marcada. Entonces, que doce editoriales independientes de distintos países se unan desde sus esfuerzos locales para un esfuerzo internacional, me parece que articula muy bien lo que está en tensión que es lo global frente lo local.

Pienso que la gente de las localidades a veces está muy desesperada por tratar de abrirse paso hacia el mainstream hegemónico globalizado y quienes lo logran pues ya se quedan ahí. Pero esto es diferente, es unir los esfuerzos de distintas editoriales locales sin abandonar lo local. Y eso es lo que me parece muy interesante.

¿Cómo ves la literatura latinoamericana actual?

Me parece que hay mucha calidad literaria, pero además creo que lo que hay es una nueva generación de lectores y lectoras que está muy interesado en voces nuevas, en temas actuales como el feminismo. Que están regresando al libro impreso, que tienen el aprecio por el esfuerzo artesanal. Y articulando todo esto con las redes sociales. Yo creo que hay como un nuevo mercado, un nuevo público. Y creo que esa sería la característica más notable de la actualidad literaria. No tanto las plumas, sino la gente que lee. Esto es lo que más me entusiasma.

Publicado en El País de Montevideo, 21/12/25

martes, 16 de diciembre de 2025

Prueba de cámara

 Entrevista a Andrés Di Tella

 

El último libro del cineasta Andrés Di Tella, Prueba de cámara, del que conversó con La gaceta literaria, es un viaje a la infancia y la adolescencia, ese territorio donde se forja la identidad construida a partir de los amigos, las canciones, los libros, las inclinaciones, y a la vez, es un homenaje a las figuras que lo ayudaron a encontrar en el arte sus propias coordenadas.

 

- ¿Qué es una prueba de cámara?

Es, básicamente, filmar a una persona para ver cómo da en cámara. Y Andy Warhol tomó esa idea para hacer una serie de películas cortas. A cada persona que entraba a su famoso estudio, The Factory, él los sentaba delante de una cámara, con la instrucción de mirar hasta que se terminara el rollo, que eran cuatro minutos. Y entonces yo cuento en el libro el caso de una chica que se pone incómoda, porque cuatro minutos son eternos, y no sabe cómo posar y se empieza a poner nerviosa y le agarra un ataque de llanto y se le corre todo el maquillaje, la desesperación total, y de pronto se le pasa. En el rostro se percibe como si hubiera tenido una iluminación religiosa o un orgasmo, no sé. Esa película que yo vi de Andy Warhol a los 18 años me resultó una síntesis del potencial del rostro humano y que eso también podía ser cine.

- Sos un hijo de las vanguardias del 60 y tuviste la suerte de vivir en Londres en los 70. ¿Qué le dio a tu trabajo cinematográfico esta experiencia con la poderosa cultura inglesa?

Yo creo que más que la cultura inglesa era mi familia. Mis padres siempre vivieron rodeados de amigos y entonces en mi casa de Londres podía venir, como lo cuento en el libro, Caetano Veloso, Daniel Cohn Bendit o Fernando Enrique Cardoso, el futuro presidente de Brasil, y nosotros éramos esponjas que absorbíamos todo lo que pasaba.

-  Durante la dictadura participaste de los grupos de estudio clandestinos que hubo en Buenos Aires. ¿Cómo impactó la posdictadura en tu vida artística? 

Yo había estado en el año 79 unos meses y ahí fui de oyente a una cátedra de Enrique Pezzoni, que daba clases en el profesorado de Letras y eso fue inolvidable, esas clases fueron las mejores de mi vida. Mirá que yo estaba estudiando en Oxford, ¿eh? Después tomé clases con Beatriz Sarlo, durante los años 82, 83 y 84 y antes había estado tomando clases con Josefina Ludmer. Y esa fue la mejor época de mi vida. No, corrijo, creo que fue una época de mucha efervescencia, de descubrimientos. En ese momento era realmente fantástico saber que lo que parecía eterno se derrumbaba. Y el impacto que tuvo en mí todo lo que se empezó a develar de lo que había pasado durante la dictadura, eso fue súper formativo. Cuando hice mi primer largometraje, Montoneros una historia, en simultáneo estaba leyendo a Dostoievsky. Y bueno, era Dostoievsky pero en la vida real, como muy revelador de las contradicciones del alma humana.

- En este homenaje a tu madre, la figura de tu padre, Torcuato, está notoriamente borroneada y en cambio aparece otra figura muy diferente, la del mentor, Ernesto, un arquitecto amigo de tus padres. ¿Qué aprendiste con él?

Bueno, lo que él me transmitió a través de Andy Warhol, el concepto de kitsch. Desconfiar del buen gusto, desconfiar de lo solemne, del arte serio. Y en ese momento, a los 18 años, yo acababa de descubrir a Bergman, que me parecía la máxima expresión del cine y del alma humana y a él le parecía una grasada. Yo después con el tiempo, recupero a Bergman, pero me parece que Warhol es como alguien que te da un par de lentes para ver las cosas de otra manera. Entonces, Ernesto es un poco la síntesis de ese grupo de gente que venía a casa como Caetano Veloso que aparecía con las uñas pintadas o mi vieja, que traía a casa a los pacientes del centro de antipsiquiatría donde trabajaba. Todo eso era bastante transgresor y te hacía pensar.

- El libro es como un réquiem por la infancia y la adolescencia. ¿Es necesario hacer el duelo por el paraíso perdido para seguir adelante?

No lo había pensado. Para mí, en primer lugar, fue al revés, fue una recuperación de algo que ya estaba perdido. Entonces, cuando empecé a hacer este ejercicio de memoria, me daba miedo que no pudiera recordar tanto. Y me sorprendió cómo fui tirando de la cuerda y empezaron a aparecer cosas muy concretas. También con un poco de licencias, siempre con el criterio de armar escenas, algo que me permitió avanzar cuando me topaba con una pared del olvido. Entonces fue un poco querer recrear ese universo en el que me crié, que desapareció porque no quedó un registro de eso. También siento una especie de deuda con mi propia experiencia y también con mis padres, aunque está centrado específicamente en mi madre, que yo creo que era el alma de la fiesta.

­ - El libro narra una escena de lectura de una historieta en un idioma desconocido, que tiene como el germen de lo que sería para vos el cine que te gustaría hacer, aquel en el que el espectador entendiera a medias lo que está pasando. ¿Este sigue siendo tu proyecto estético o lo fuiste reformulando?

Buena pregunta. Viste que el proyecto estético no es necesariamente lo que hacés sino lo que te gustaría hacer. Yo creo que hoy sí es mi proyecto estético, no necesariamente lo fue. Quizás la última película, Mixtape La Pampa, sea la que más cerca está de eso, es como un ideal de una narrativa cinematográfica en la que el argumento quizás no es tan evidente. Tenés que hacer un pequeño esfuerzo para entender. Y ese esfuerzo hace al disfrute y siempre me motivó. Pensar qué quiere decir, por qué hizo eso. Ah, no sabía que se podía hacer eso.

- ¿Estás trabajando en algún proyecto nuevo?

Estoy escribiendo un libro para la editorial Ampersand de mi historia como lector. Para cine, estoy escribiendo dos proyectos en simultáneo, uno de ficción, en este momento, bastante complicado de realizar, y un documental, donde la idea es volver a la India, el país donde nació mi madre, y hacer ese viaje con mis hijos, como una conversación entre un padre y sus hijos, pero dentro de ese marco, que espero poder concretar.

Prueba de cámara

Escrito al calor del final de su matrimonio, este trabajo es una novela de aprendizaje en la que su autor recupera las escenas de una infancia y adolescencia poco frecuentes, la de crecer dentro de una familia de la burguesía ilustrada cuyos nombres perviven en instituciones culturales de vanguardia, en universidades y en la historia de la industrialización del país.

En cada escena, como planos de un documental, nos encontramos frente a una confortable casa en la que se podía encontrar a Caetano Veloso o Gilberto Gil, a revolucionarios exiliados, pacientes de un centro de antipsiquiatría o a un arquitecto heterodoxo que lo arrancó de la formación clásica y le hizo empezar por el camino contrario, por el cine de Andy Warhol, y con el que descubrió el cine que era posible hacer. Y esta “universidad”, quizás más nutrida que la de Oxford, en donde estudió Letras, fue la que le dio forma a su curiosidad artística.

Profundamente conectado con la Argentina, la entrada en la juventud lo encontró en plena posdictadura, cuando el país volvía de la noche más siniestra, trabajando como periodista, desarrollando su carrera de cineasta y formando parte de la extraordinaria movida cultural de esos años.

Pero una atmósfera de melancolía rodea a esta memorabilia, cifrada en la respuesta que nunca le mandó a su mejor amigo de la infancia londinense, quien había tomado un camino opuesto al suyo y que quizás demuestre la imposibilidad de recuperar aquella época en la que fuimos tan felices.

Publicado en La gaceta Literaria, el 7/12/25

Memoria de Buenos Aires

 

A la búsqueda de tesoros patrimoniales

 


 

 




Con la certeza de que el patrimonio arquitectónico y natural es una fuente de asombro y felicidad para quienes habitan la ciudad, los autores de este trabajo, un documento ilustrado de algunas joyas patrimoniales descuidadas, también es una guía de cómo valorarlas y preservarlas.

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Del encuentro de dos apasionados por el patrimonio arquitectónico de Buenos Aires, el licenciado en paisajismo Fabio Márquez, al que entrevistamos por acá: https://n9.cl/9ovsyb y la arquitecta y artista plástica Natalia Kerbabian, la iniciadora del proyecto @ilustroparanoolvidar, quienes entusiasmaron a la editorial Futurock, nació este bellísimo libro ilustrado, un compendio de muchos de los valiosos edificios que ya no existen más en nuestra ciudad, con el propósito no sólo de documentar las pérdidas del patrimonio, sino de proponer ideas y estrategias que las eviten en el futuro.

 

Su ilustradora, Natalia Kerbabian, egresada de la UBA, es la creadora del proyecto educativo centrado en la memoria "Ilustro para no olvidar" en el que encontró la manera de unir ambas vocaciones y de expresar sus ideas sobre la arquitectura, los paisajes y objetos a través del dibujo a mano alzada. Un trabajo de gran calidad artística y a la vez comprometido con los desafíos que implica la preservación de un patrimonio irremplazable.

Edificios de departamentos, casas, petit hoteles, fábricas, usinas eléctricas, pero también veredas, calles adoquinadas, jardines, plazas, luminarias, herrajes, carteles, buzones, vitrales, cúpulas o tapas de servicios públicos, todo cae bajo la mirada atenta y amorosa de los autores de Memoria de Buenos Aires, que saben cuánta información de la historia y, lo más importante, de la vida de quienes la habitaron y habitan, guardan estos elementos patrimoniales.

El objetivo principal de este trabajo, dicen sus autores, es despertar conciencia sobre la importancia del cuidado de nuestro patrimonio arquitectónico pero también natural, porque entienden la idea de progreso como la posibilidad, para quienes habitan la ciudad, de vivir en armonía con su entorno.

Como la posibilidad de volver a disfrutar de la enorme zona balnearia que la ciudad tenía hasta el año 1975, un importante espacio de ocio para sus habitantes, que se cerró por la contaminación del río y que urge recuperar, como las riberas del Riachuelo. O los innumerables “bares de la esquina”, esos espacios de encuentro y de reconocimiento tan importantes para la vida en los barrios.

Arquitectura a cielo abierto

Y Buenos Aires, como lo demuestran los autores de este trabajo, tiene una diversidad de estilos notoria, por lo que resulta una biblioteca de arquitectura a cielo abierto: desde edificios art déco, art nouveau, beaux arts, californianos, neorrenacentistas, racionalistas, neoclásicos, neocoloniales, neotudor, iglesias neogóticas y hasta edificaciones neorrománicas como las subestaciones eléctricas de la ex empresa de electricidad Italo Argentina, hasta las famosas “casa chorizo”, que los constructores italianos copiaron de las edificaciones romanas, adaptándolas a las necesidades del lugar e inaugurando, sin saberlo, un estilo propio del Río de la Plata. De todos estos estilos encontramos edificaciones que por su singularidad o por los materiales con los que fueron construidas hoy son irremplazables. De todas ellas se ocupó la ilustradora, como una forma de homenajear en el recuerdo a esos bienes patrimoniales hoy desaparecidos.

Pero los autores también se preguntan por qué y para qué conservar: lejos del criterio museístico o del cenotafio ilustrado, se proponen advertir sobre cuánto queda por recuperar, cuidar y conservar de todo ese patrimonio que está vivo y que tenemos el derecho de disfrutar.

Para eso, enumeran todo lo que, según ellos, hace falta: un profundo relevamiento, catalogación y diagnóstico del estado actual para elaborar un plan de preservación consistente, que se podría sostener a través de alianzas entre el sector público y el privado, mecenazgos, ventajas impositivas y, especialmente, una normativa actualizada. Todo, insisten, consensuado con los vecinos y con el aporte de especialistas de diferentes disciplinas. 

La búsqueda del tesoro

            Como somos muchos los que amamos esta ciudad, acá van algunos de los espacios que, con mucho amor y convicción, fueron recuperados por vecinos, particulares y gobiernos:

- Bar El Tokio. En el corazón del barrio Santa Rita, este “bar notable” tiene una historia de amor de casi cien años con los vecinos, al punto que cuando, este año, el hijo del mítico dueño lo reabrió, dio ocasión a una fiesta barrial. (foto1)

- Casa Anda. Av. Entre Ríos 1077. Con una historia de fantasmas a cuestas, esta joya art nouveau de Virginio Colombo está en proceso de restauración, gracias a la acción decidida de organizaciones barriales que lograron frenar su segura demolición. (foto 2)

- Plaza Clemente, en Colegiales. Después de una década de lucha vecinal, se construyó este espacio verde 100% con flora nativa y un circuito educativo para aprender a colaborar con el ecosistema.

- Caminito. Gracias a la feliz idea del pintor Quinquela Martín, que en 1959 propuso a los vecinos transformar sus calles en un museo a cielo abierto, hoy es el destino turístico más buscado por los visitantes extranjeros. (foto 3)

- Usina del arte. El emblemático “palacio de la luz” que albergó el edificio de la compañía Italo Argentina de Electricidad, fue creado por el arquitecto italiano Giovanni Chiogna, con reminiscencias de un palacio florentino, cuya restauración y transformación en un complejo artístico de vanguardia llevó varios años y gestiones.

            Lo sabemos: los libros no cambian el mundo, pero quizás éste sea el puntapié inicial de una acción colectiva que, continuando el camino que muchos vienen recorriendo, logre que el Estado cumpla con el fin para el que fue llamado: administrar los recursos públicos para el bien de todos.

Publicado en Buenos Aires Connect, 5/12/25