domingo, 22 de marzo de 2026

La mano del pintor

Este libro es el producto de un encuentro fortuito: el de un cuadro hecho por Cándido López del médico que le amputó la mano, Teodosio Luque, con la artista plástica María Luque, su tataranieta. Un encuentro entre dos paletas, dos “manos de pintor”, dos estéticas, que su autora ya había ensayado en Noticias de pintores, su personal lectura sobre la historia del arte. Y una vez más, la novela gráfica fue el formato perfecto que le sirvió para contar la experiencia de este pintor, fotógrafo y soldado durante Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, en un cruce de tiempo y espacio, donde el propio Cándido vuelve de la muerte para pedirle que termine los bocetos de la guerra que le quedaron sin pintar, en un “mano a mano”, donde ambos artistas intercambiarán experiencias sobre el oficio.

            Pero también es una búsqueda de su lugar en la trama familiar y en la historia del arte argentino. Criada al calor de los relatos familiares sobre el tatarabuelo que participó en esa guerra siendo estudiante de medicina, la intensa investigación sobre la vida de Cándido López la llevó a explorar su forma de ver y representar el mundo que le tocó vivir, entender cuál era su búsqueda, cuál, su imaginario, mientras reproducía, en cada una de las viñetas, su propia mirada sobre la obra de este pintor y sobre la guerra más sanguinaria del siglo XIX.

            Así, los verdes intensos de los cuadros apaisados de “el manco de Curupaytí”, (¡pintados con la mano izquierda!), como las escenas panorámicas de guerra representadas en todos sus detalles y desde el punto de vista de los soldados (la verdadera “carne de cañón”), son plasmadas por esta autora, cuyos personajes sin perspectiva, sus colores brillantes y su estética naif revelan muchos de los puntos en común que tiene con su modelo, cuyos cuadros nos hacen recordar aquellos escenarios de los juegos infantiles con miles de soldaditos desplegados.

            Y esta segunda edición, publicada diez años más tarde, nos encuentra, una vez más, sumergidos en un escenario bélico de proporciones mundiales, un contexto que impacta en la lectura de esta obra antibelicista sobre la obra de un “historiador con pinceles” que retrató el sufrimiento de los que ponen el cuerpo en guerras que deciden otros, pero que también habla de la capacidad de resiliencia, de la amistad y de la importancia de dejar un testimonio que honre la memoria histórica y al arte argentino.

Publicado por La gaceta literaria, 22/3/2026

jueves, 12 de marzo de 2026

Querer es perder

 

           Con un título tan sugestivo como lírico, esta narradora y poeta jujeña acaba de publicar un excelente conjunto de cuentos en los que el realismo de sus atmósferas provincianas se enturbia hasta metamorfosearse y pasar al otro lado de la realidad.

             Como el relato de un pescador que descubre, en la rutina semanal de una cosecha gris y anodina, la aparición de un pez dorado que, como el mito que enloqueciera a los conquistadores, lo arrebata. O el de la empleada de un club de barrio, hija de un futbolista fracasado, a la que el brillo que irradia la blonda cabellera de la esposa del Diez la deslumbra hasta perderse en ella.

            El amor por el hijo recién nacido, de todo menos natural y sencillo, pone a una pareja frente a la experiencia de lo inexplicable, como la de la aparición de los hijos, esa “gente rara que encontrás por ahí”. Y es en esa distancia, como una perimetral, donde se pone en juego todo lo que no sabemos sobre el amor, cuando una anciana jubilada descubre el don de leer los pensamientos de cualquiera que esté a menos de dos metros de ella. O como la que une y tensa, en un equilibrio inestable, a una familia ensamblada alrededor de un secreto y de la cruda certeza de que “una madre no está obligada a querer”.

            Muchas mujeres pueblan estos cuentos, soñadoras de una vida más plena y glamorosa, pequeñas madame Bovary detrás de su propio “dorado”: un collar, un peinado o un cartel con su nombre que brillará iluminando el gris de una vida igual a cualquier otra.

Publicada en La gaceta de Tucumán, 8/1/26

domingo, 1 de marzo de 2026

La voz del buey

             La autora de este trabajo que forma parte de la exquisita colección de la editorial Ampersand, en la que escritores y críticos relatan su experiencia lectora con la que construyen, como en este caso, una teoría posible de la lectura, es especialista en literatura española medieval, poeta y narradora, lo que se refleja en la profusa bibliografía consultada.

            La cultura árabe, el latín vernáculo del que deriva nuestro idioma, la Biblia, el Corán, Alfonso X, la cuentística medieval, la tradición oral y los clásicos universales (entre los cuales, Borges tiene un lugar destacado) son el territorio fértil de un trabajo erudito, didáctico y sobre todo, poético, donde las propias reflexiones sobre la lectura adquieren un espesor notable.

Siguiendo el hilo de las primeras lecturas silentes que tanto sorprendieron a san Agustín, encuentra en el acto de leer una voz inhumana, producida por la mirada que recorre el texto, y lo define, místicamente, como un “camino hacia el silencio.”

Describe cómo, durante la Baja Edad Media, la voz de las mujeres entró en la literatura, cuando las lenguas romances, transmitidas por madres y nodrizas, reemplazaron en la escritura al latín, dando comienzo al amor cortés. Cómo, en la famosa escena del Quijote de los molinos de viento se cifra la naturaleza metafórica de la lectura, en la que el caballero es “molido” a palos por el molino al que toma por un gigante, como los mismos granos de trigo. Es que la lectura, como la metáfora, nos dice, nos lleva de un lugar a otro (metaphorai, en griego actual, es el transporte de pasajeros). Y es capaz de reescribir un libro del siglo XVII y con sus mismas letras, hacerlo distinto, como planteó Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde ficcionaliza el acto de leer.

Para ella, un libro abierto podrá ser un campo roturado y sus renglones, surcos, cuando la filología le recuerda que el mismo verbo legere, significa tanto leer como recolectar. Descubre en la frente -el lugar donde ubicamos al pensamiento y la imaginación- la misma forma rectangular que la de un libro abierto y en la oración gramatical, un camino de lectura y purificación que comparte con la oración religiosa.

Y si leer y soñar, nos dice, están, como la relación amorosa, indisolublemente unidos a la posición yacente, se requiere de un autor y un lector dispuestos a dejar entrar al otro, a entenderse. Pero leer también es estar ocioso, por fuera de la productividad. Quizás éste sea el último reducto de libertad que nos quede.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 1/3/2026

domingo, 22 de febrero de 2026

La edición de libros y el rol del Estado en Hispanoamérica

 

           El autor de este trabajo, un especialista en la historia del libro y la edición, en esta oportunidad investigó sobre aquellas editoriales que, creadas en la “época de oro” de la edición hispanoamericana, con la llegada de intelectuales españoles exiliados durante la Guerra Civil, fueron sostenidas por el Estado. Para eso, toma seis casos emblemáticos: el Fondo de Cultura Económica, la Biblioteca Artigas, Eudeba, Monte Ávila, Editora Quimantú y la Biblioteca Ayacucho.

Surgidas en contextos políticos de grandes cambios como la Revolución Mexicana, el ascenso de Allende en Chile, el boom del petróleo en Venezuela o la caída de Perón en Argentina, tuvieron el propósito claro de dotar a estos cambios de sostén ideológico y cultural. La necesidad de actualizar la bibliografía universitaria que no existía en español, en el caso del Fondo de Cultura; el interés por reformular el canon nacional uruguayo, para la Biblioteca Artigas; la conformación de un mercado interno del libro de la mano del crecimiento de la clase media para Eudeba; la perspectiva americanista para la Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila; la política educativa de alcance masivo encarada por el gobierno socialista de Chile, en el caso de Quimantú, fueron los principales motivos de su creación.

Fueron proyectos autónomos pero no autárquicos, por lo que, la llamativa independencia de criterio a la hora de armar los catálogos, muchas veces chocó con las presiones políticas o los cambios abruptos tan habituales en nuestros países.

Muchas fueron las causas del desarrollo de esta figura del “Estado editor”. Además de surgir en condiciones especiales difíciles de repetir, hubo una generación de editores latinoamericanos como Arnaldo Orfila Reynal, Ángel Rama, Boris Spivacow, Emir Rodríguez Monegal o Juan Pivel Devoto, todos, grandes intelectuales, con una fuerte personalidad, que tenían un proyecto definido y mucha experticia, al punto que, cuando fueron despedidos o renunciaron, fundaron otros sellos. Tal el caso de Orfila Reynal con Siglo XXI y Spivacow con el Centro Editor de América Latina. En el caso de Ángel Rama, su muerte prematura puso en evidencia el vacío que se produjo en la Biblioteca Ayacucho, la que había dirigido hasta ese momento.

En el final, el autor se pregunta por el rol del Estado como editor en la actualidad y sostiene que, más que publicar libros, debería generar políticas de incentivo a la lectura, crear lectores. Una pregunta que adquiere relevancia a la luz del dominio de los algoritmos.

Publicado en La Gaceta Literaria, 22/2/26

domingo, 8 de febrero de 2026

Pan de ángeles



            La autora de estas memorias quizás sea una de las últimas artistas renacentistas, aquellas y aquellos para quienes no existían límites entre las artes y el conocimiento. Hija de la posguerra y del “baby boom”, cuando el mundo resurgía de sus cenizas y todo estaba por hacerse, desde pequeña tuvo muy claro su deseo de experimentar, conocer, pensar, escribir, crear, mientras leía como una poseída a Lewis Carroll, Baudelaire, William Blake, Rimbaud o la Biblia, los nombres que le abrieron las puertas a su propia percepción poética del mundo que le tocó vivir.

Dueña de un impulso que la habitó desde siempre y que ella define como su “joroba rebelde”, “tan repulsiva como necesaria”, abandonó la casa paterna, luego de dar en adopción un bebé no deseado, rumbo a Nueva York, con el propósito claro de convertirse en artista. Su encuentro con Robert Mapplethorpe, al que homenajeó en Éramos unos niños, fue el big bang de un movimiento contracultural surgido al calor de la Guerra de Vietnam que tuvo al Hotel Chelsea y al bar CBGB como epicentros, donde veremos aparecer nombres como los de William Burroughs, Allen Ginsberg, Sam Shepard (su pareja por esos años y quien la impulsó a animarse a los escenarios) o su admirado Bob Dylan. Un movimiento que se propuso fundir poesía y rock, del que ella fue su madrina indiscutida.

Su primer disco, Horses, un debut tan explosivo como la corriente de libertad juvenil que expresa, le valió un lugar en la cultura norteamericana, junto con el rock and roll, el jazz, el expresionismo abstracto y los beatniks, la gran contribución de EE.UU. a la cultura occidental, y con el que comenzó las giras, en una de las cuales conoció al amor de su vida, el músico Fred Sonic Smith, con el que se casó y tuvo dos hijos.

Escrito con una prosa deslumbrante, bajo la tutela de los poetas que la formaron, e ilustrado con bellísimas fotos (algunas de las cuales le pertenecen), resulta el legado perfecto de una artista que sobrevivió a muchos de su generación, diezmada por las drogas y el Sida. Un legado dedicado a su generación, la que creció en las calles, se curó con remedios caseros, se educó en el temor a Dios, leyó a los clásicos y fue libre hasta lo impensado, y para el mundo del futuro, donde la naturaleza será reemplazada por un holograma y la libertad será una palabra desconocida, de parte de una creadora que vivió el arte y el amor a sus prójimos como lo único valioso y digno de resguardar.

Publicado en La gaceta literaria, 25/1/26

La lectura: una vida

             Quien vive atravesado por la pasión de la lectura y el conocimiento sabe que “los libros son voluminosas cartas a los amigos.” Con esta premisa, el autor de este trabajo pensó su autobiografía lectora, en la que agradece la fortuna de haber conocido a los grandes maestros con los que se formó: Enrique Pezzoni, Beatriz Sarlo, Ana María Barrenechea, Elvira Arnoux, y a los compañeros de ruta que lo acompañaron en los numerosos proyectos que llevó adelante.

            Desde los primeros libros que recibió de manos de sus maestras como El principito (al que le dedica una lúcida lectura que lo saca de la serie del bestsellerismo), recorre cada una de las etapas de su formación intelectual, donde aprendió, de la filología, la importancia de la reconstrucción de los archivos, como el de Walsh, que la dictadura había desmantelado; del formalismo ruso, a leer en forma clandestina; del análisis del discurso, a desmontar los discursos políticos y publicitarios (muchas veces, indiscernibles); de la literatura contemporánea, las rupturas de las vanguardias y de su experiencia pedagógica en el nivel medio, lo mucho que hacía falta en materiales de estudio, que luego elaboró.  

Pero como su afán pedagógico lo puede, explica cada una de estas disciplinas y transforma esta Memorabilia en un sólido manual de Teoría Literaria, con una prosa que tiene la belleza de lo arcaico para hablar del presente, donde vocablos como petulante, botarate o tarambana nos recuerdan que lo nuevo no siempre está por llegar.

Publicado en El Dipló, edición de febrero 2026

martes, 13 de enero de 2026

El cielo en desorden

            “Hay un gran desorden bajo el cielo; la situación es excelente.” La cita es de Mao y el autor de estos textos escritos durante la pandemia de Covid-19 la retoma para desarrollar su propia posición ideológica, que lo lleva a ser el blanco de furiosas críticas, tanto del espacio de la derecha como de la izquierda. Un planteo claramente anticapitalista pero que advierte sobre los errores del dogmatismo y que llama a superar el comunismo tal como lo conocimos.

            Porque frente a la pavorosa crisis sanitaria pero también, climática, energética, inmigratoria, sostiene que la única salida posible es la gestión de los bienes en común, con transparencia y bajo control de los ciudadanos, y que la pandemia, un punto de inflexión en la historia, también es una oportunidad para afrontar este desafío, el de organizar una izquierda “moderadamente conservadora” que abogue por recuperar los valores de la decencia y la ética. Algo que los populismos de derecha triunfantes en gran parte del mundo se han propuesto barrer.

            Con la mirada puesta en la realidad norteamericana, analiza las razones del triunfo de Trump (de notorias coincidencias con la actualidad argentina) y sostiene que el magnate representa mucho más a la clase trabajadora, no sólo blanca, sino negra y latina, que los demócratas, porque ganó la disputa por la hegemonía ideológica. Un cambio radical que va de la mano del auge del antisemitismo, que él define como un anticapitalismo desplazado, que proyecta la causa del antagonismo en un agente exterior, los judíos, y que se opone a la protesta como consecuencia de haber percibido la injusticia de la propia condición de la que son responsables la clase dominante o el Estado.

            En este nuevo mundo poshumano, el desafío, para este autor, será cambiar la vida económica para que sea capaz de sobrevivir a los confinamientos, y para que el mundo no se convierta en propiedad de unos pocos multimillonarios, dueños de las empresas tecnológicas, lo que algunos pensadores han llamado tecnofeudalismo.

            Dando vuelta la famosa frase de Marx, Herbert Marcuse señaló que, después del nazismo, la historia se repite, primero como farsa y luego como tragedia. Hitler, que pasó de ser un payaso políticamente marginal a ser el amo de Europa, se replica en el asalto al Capitolio por los seguidores de Trump y en tantos líderes políticos surgidos de programas de TV de dudosa calidad, lo que nos muestra la cara siniestra de un presente que Žižek llama a enfrentar.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 11/1/26