“En el principio, eran una madre y una hija”. Así comienza esta historia y no queda muy claro de qué principio habla, si de los tiempos o de la novela. Pero, lo que sí queda claro es que es femenino y que, más que un principio es un volver a empezar luego de un divorcio y de una crisis creativa que llevarán a la protagonista a emprender, junto a su hija, un viaje hacia la semilla, el reverso del viaje que su abuela había hecho desde Catania trayendo un mosaico del dios Proteo, robado de una tumba romana.
Con el
fantasma del alzheimer rondando a su madre, y como en un juego de espejos, escribe
este relato de viajes para ella, mientras revisita la tradición cultural europea
y elige a Plinio como su dios tutelar, con el telón de fondo de la erupción del
volcán Etna y la catástrofe inminente, mientras su hija colecciona viejas
postales en las que escribe, en el reverso, su propia novela.
Escrito
junto a la Historia Natural de Plinio, esa enciclopedia de la Antigüedad
de todo lo existente y contra La Odisea y la idea de patrimonio
masculino como herencia cultural, elige la genealogía de mujeres como transmisora
de saberes. Pero si hay un autor que ilumina este relato es Borges, quien
construyó su propio camino en la literatura, al hacer de la lectura desviada de
la tradición su modus operandi.
Y si el viaje de la protagonista se parece más a una fuga o a “un plan maestro”, le servirá a la vez para encontrar la libertad de reinventar su relación con la escritura, con la maternidad y con el deseo. Un viaje que también emprenderá por la historia y el origen de las palabras, haciendo de la etimología su oráculo personal, y en el que descubrirá el sentido de la palabra griega “catástrofe”, como el momento previo al final, donde se desata el nudo del conflicto, y en el que finalmente podrá encontrar, en el sonido del tecleo de la computadora, la propia casa.
Entrevista a Valeria Luiselli
- Hace unos años, un presidente nuestro dijo:
“los argentinos descendemos de los barcos”, exhibiendo el inconsciente de una
sociedad que niega su origen indígena y criollo. ¿Cómo se construyó en México
el imaginario sobre el origen?
México es un país bastante más mestizo que
Argentina, con una presencia indígena mucho mayor pero también con una
presencia criolla que como en toda América Latina, suele ser la clase alta. Pero
el imaginario con el que yo crecí es muy distinto al que se está
reconstituyendo ahora. Por ejemplo, de mi bisabuela materna, que era otomí,
siempre nos habían dicho que la había adoptado una familia española y entonces
el mensaje era, bueno, es indígena, pero educada por españoles. Pero resultó
que no era cierto, que no había sido adoptada, sino que era trabajadora en una
hacienda española y que por el derecho de pernada, el terrateniente español podía
disponer del cuerpo de las mujeres que trabajaban para él. Y entonces nacían en
las haciendas muchos niños mestizos. Fue muy chocante saber que el linaje de
uno viene de una violación. Pero, de cuántas no ¿no?
- “En el principio eran una madre y una hija”
se lee en el comienzo. Y frente a lo masculino como fundador de civilizaciones,
sostiene lo femenino como transmisor de conocimientos. ¿Esta es tu relectura de
la tradición europea occidental?
Pues sí. La novela revisita antiguos mitos
griegos, con el intento de entender cómo se resignificaría la historia si no
estuviera definida por las estructuras que inventaron los hombres para ellos. Hay
un ensayo maravilloso de Ursula K. Le Guin que habla sobre eso, e invita a
imaginar un mundo cuyas instituciones fueran inventadas por las mujeres. Dice que imagina que sería un mundo un poco
más horizontal y fluido, como un caudal, y no una estructura rígida, vertical.
Y fíjate que durante todo el periodo en que estuve escribiendo esta novela, mi
vida cotidiana se redefinió por completo. Tras un divorcio, yo había comprado
una casona vieja en el Bronx y vivía ahí con mi hija y mi perra. Llegó al poco tiempo mi madre a ayudarnos,
luego llegó una sobrina a vivir conmigo y luego otra sobrina. Y luego la sobrina número uno tuvo una hija. Y
luego se vino a vivir una amiga divorciada y luego otra amiga. Y a lo largo de los años, llegamos a ser
siete, ocho mujeres viviendo en casa. Y eso redefinió la manera en que entendía
la forma del cuidado, la forma de la conversación, la manera de estar.
- ¿Qué pasa cuando la lengua materna se
desintegra, se pierde?
Una vez, en Nueva York, una mujer triqui que
es otro grupo indígena oaxaqueño, me dijo una frase sobre cómo las mamás nos
enseñan a hablar y luego el mundo no hace más que callarnos. Ella me dijo eso
como respuesta a mi pregunta de si sus hijos hablaban triqui y me dijo no,
porque tienen miedo de que se rían de ellos en la escuela. Entonces, hay algo
ahí de las lenguas maternas que se pierden constantemente. Pero en esta novela creo que tiene que ver más
con la pérdida de la memoria. ¿Qué pasa cuando una madre, un padre, que fueron
el sustento de tu estar en el mundo, pierden la memoria?
- En un texto de Borges, “Kafka y sus
precursores”, él plantea que el escritor elige a sus precursores, inventa su
genealogía y pensaba que en la novela hay dos robos: el del mosaico del dios
Proteo y el de los libros de Plinio. ¿Qué le dio Borges a tu novela?
Me encanta que estés viendo ahí algo que creo
que se piensa poco, que uno elige a sus precursores, pero también usurpa lo que
suele pensarse como perteneciente a solo un grupo de elegidos. No sé, solemos pensar pasivamente y cuando nos
pronunciamos contra el canon, creo que tenemos que pensar que podemos usarlo
para hacer lo nuestro, para reinventarlo.
- Pensaba si el dios Proteo, el que cambia de
forma cuando se lo quiere atrapar, no sería una imagen de la lectura.
Y de la escritura, en el sentido de que quien
puede finalmente apresar a Proteo es quien tiene una capacidad suficientemente
aguda, paciente, meticulosa de observación como para entender cómo se está
transformando en una cosa u otra, como supuestamente lo fue Menelao. Pero,
ahora que lo dices, me gusta más que sea una gran metáfora de la lectura. Así
que me lo robo.
- Hay un diálogo en el que la hija le pregunta
cómo es posible que no tenga licencia de conducir (antes se había hablado de la
licencia por maternidad) y ella le responde, “la llevo perdida”. Es muy lindo este
modo ¿mexicano? de expresarlo, que habla de llevar la pérdida con uno. ¿Ese
pánico con el que se vive por perder a un hijo es lo propio de la maternidad?
Sí, es un modo muy mexicano, “la tengo perdida”. Pero, ahora que me haces consciente de eso, sí
es un modo rarísimo de decirlo. Y sí, siempre estás atravesada por ese rayo
psíquico de terror por la pérdida. Pero te iba a decir que me encanta lo que
destilaste de este modo extranjero para ti, de decir las cosas. Esa es la
belleza de moverse entre idiomas, en donde uno es ligeramente extranjero en un
idioma tan vasto como el nuestro, que ocupa un continente entero y más. Y es muy
rico poder traducirnos así.
Publicado en La gaceta literaria, 23/8/2026