lunes, 20 de julio de 2026

Diario chino, editorial Bosque energético y Los días chinos

Santiago Loza lo hizo otra vez. Como en Pequeña novela de Oriente, convirtió su viaje a las antípodas (en esta oportunidad, a la China milenaria) en una experiencia física y estética. Y este viaje, que había sido postergado por la pandemia, resultó la excusa perfecta para plasmar, con Diario chino, publicado por la editorial Bosque energético y la película Los días chinos (que en una feliz coincidencia, se publican al unísono) una obra bifronte con la que narra la experiencia de salirse de sí para ir al encuentro de la otredad.

Ambos, salidos de una misma matriz, y por momentos intercambiables, parecieran poner en escena el procedimiento que elige, de escribir como se filma y filmar como se escribe. Con frases cortas, algunas unimembres, en tiempo presente y sin conectores, que captan, como un haiku, el momento, va armando el registro de sus días, sus neurosis y su futuro como creador, mientras descubre la felicidad de fundirse con un entorno mucho más amable para su sensibilidad que el que dejó en su país.

Con una toma por día y una entrada cada vez en el diario, con fotografías que sube a las redes y poemas sobre lo que acontece que intercambia con su distante amiga, intentará dejar en suspenso su propia mirada sobre ese país y sus esfuerzos por comprender, para ejercer el arte de la contemplación. Y algo de la espiritualidad oriental se filtra cuando escucha a una mujer decirle que la medicina china no le servirá para su cefalea porque “su dolor está apurado”. Casi como un pequeño y bello hexagrama del I Ching o un mensaje dentro de una galleta de la fortuna.

            Y si la crónica de viajes, el género canónico de los siglos XIV, XV y XVI, usaba el recurso de la metáfora comparativa para explicar lo que nunca antes se había visto, en el encuentro con este espacio tan diferente a nuestro imaginario, que tanto lo deslumbrará como hostigará, el autor elige un lugar al margen de lo que la mirada del exotismo muestra y ubica la cámara sobres sillas, ventanas y pisos, en los bordes de la escena, para contar a contraluz.

            Perderse en el laberinto de la ciudad y del idioma, sentirse desamparado bajo la lluvia constante, padecer el propio cuerpo que se niega a aceptar la comida autóctona es quizás la paradoja del viajero que no llega nunca a integrarse al lugar al que tanto deseó llegar y cómo en esa incomodidad se cifra la del propio el lenguaje, el de la escritura, el cine o la fotografía, que siempre resultan rezagados respecto de la experiencia misma, y que no permiten dar cuenta de lo que el arte pretende abordar.

            Pero perderse también puede ser liberarse de la tiranía del yo, otra paradoja, para un autor que narra desde una primerísima persona el impacto en su cuerpo de su temporada en la China y que a la vez encuentra en ese lugar la posibilidad que le ofrece una pileta pública o entre innumerables bicicletas, de fundir su cuerpo en la multitud. O de experimentar ser el otro, dentro de un zoológico, para los niños orientales, mientras descubre lo poco interesantes que pueden ser los osos panda. O en la ceremonia del té, los beneficios de una deliciosa bebida que le hace olvidar los padecimientos de la comida excesivamente condimentada. Como decir, una visita al país del yin y el yan, del que se sale, apenas, transformado. O mutado, como diría ese gran libro que los occidentales han hecho famoso.

Entrevista a Santiago Loza

- Tenés en cartel una película, Los días chinos y acaba de salir tu libro, Diario chino. Que son como las dos caras de lo mismo.

Son proyectos un poco hermanos. En realidad, ese viaje a China invitado por la Asociación de Escritores de Shanghái sucedió hace varios años. Entonces me propuse escribir un diario de esa experiencia y al mismo tiempo ir haciendo una toma por día. Ahora, finalmente cuando salen a la luz, se han juntado medio casualmente porque, el Diario… salió por Bosque Energético en mayo y no creíamos que todavía la película iba a estar en cartel, así que fue maravilloso.

- Para nosotros la China puede ser muchas cosas: la máquina de guerra comercial, para Mafalda, el peligro demográfico, el lugar donde se originó el Covid o cuando algo es muy complicado se dice “es un chino”. Hoy probablemente, nos remita a la China Suárez. ¿Vos con qué esperabas encontrarte?

Yo creo que sí, todo lo que nombraste, incluida la China Suárez, son cosas que a mí me resuenan en el cotidiano cuando pienso en China. También ciertas ideas de una cultura milenaria inabarcable. Supongo que cuando pensaba en China tenía la idea de que iba a ser un espacio abarrotado de personas y que iba a ser barato. Todo eso se fue desarmando. Yo pensaba que algo de los embrollos mentales se podía simplificar en China y eso me atraía. Y después también era el lugar del Covid. Inclusive el viaje se pospuso porque yo iba a viajar en el 2020 y en realidad todos esos años de pandemia, para mí fueron años de mucha introspección, algo cambió en relación a la escritura. Empecé a escribir textos como corridos de lo ficcional.

- Registraste este viaje a través de la fotografía, el cine, la prosa, la poesía. ¿Tuviste la necesidad de apelar a diferentes artes para capturar ese gran otro que es la China?

Es como si no dieran abasto los lenguajes que tenía para dar cuenta de eso. Finalmente, de lo único que uno puede dar cuenta es de cómo el viaje va actuando en nuestra alma, cómo esa distancia, ese desconcierto va actuando en el cuerpo. A veces uno pone la cámara y mira lo que está iluminado y te das cuenta que lo que está pasando a espaldas de esa zona de iluminación es más interesante. Entonces, me pasaba eso, que siempre estaba tratando de mirar al costado de lo que me mostraban o de lo que había para ver.

- En esta obra no hay una intención de explicar Más que una crónica de lo visto ¿es una crónica sobre tu propio ver, tu sentir y tu estar en ese espacio de la otredad?

Creo que es así, también porque yo no soy alguien que venga del oficio del periodismo, entonces me pasa que inevitablemente aparece un grado grande de distorsión en lo que miro y armo unos artefactos que son más bien híbridos. Acá me propuse construir pequeñas imágenes, entonces, era inevitable reflexionar sobre lo que estaba mirando, cómo era mi mirada. ¿Estoy generando otro discurso exótico más sobre Asia? Bueno, yo ponía la cámara, armaba ese pequeño trípode y por momentos me daba como una sensación de peligrosidad, de ser descubierto. Es que siempre filmar tiene algo de clandestino, como que estás robando el alma.

- Hay algo de la espiritualidad oriental que se reproduce en la forma de escritura. ¿Esto fue pensado así?

A mí me pasa que como siempre he sido un poco tímido, tuve la fantasía de que en Oriente algo de esa timidez podía llegar a empatarse con la de esa cultura o con cierta delicadeza, cierta idea la contemplación. En Oriente vi que uno se siente a gusto, se pierde, se disuelve y creo que tiene que ver con ciertas ideas espirituales. En el diario se habla de los templos, del taoísmo y del budismo y hay algo en relación a la belleza, creo que esas culturas tienen lo artístico casi como parte de lo cotidiano. En realidad, la forma de la película tuvo que ver con Lorena Moriconi que es la montajista y con Fernando Kabusaki, que hizo la música. Creo que la película intenta armar como pequeños poemas en cada secuencia. Y que incluso el diario está dividido en escenas.

- La vista de Shanghái produce un impacto muy fuerte. ¿Qué tiene esta ciudad que la distingue de cualquiera de las que hayas visto?

El primer recuerdo que tengo es de decir esto no es la China que yo creía. Después, lo que es impresionante, que está en la primera imagen de la película, es el Bund, que es como una suerte de Times Square, pero diez veces más grande. Hay un río que divide la parte francesa, la parte vieja, con la parte moderna de la ciudad. A ese lugar, las personas van a la tarde, a pasear. Es una ciudad de negocios, de muchos de tránsito de Asia, entonces es muy vital, muy sofisticada y lujosa. Otras ciudades de China no son así, son más de laburantes. Shanghái es como una ciudad futurista, con partes con arquitectura francesa, es muy desconcertante. Y después, hay algo muy cálido en la gente, son muy graciosos, además. Cada vez que me perdía, se acercaban tres o cuatro personas, quizás por ser occidental y les divierte, a indicarte cómo llegar, por señas, y esa sensación de solidaridad no la viví en Corea, porque son culturas que tienen una distancia más rígida. Para mí es como si hubiera algo más del orden de lo colectivo en China.

- ¿Décadas de comunismo?

Sí, puede ser eso. Incluso algunas de las cosas que escribo tienen que ver con eso que se llama el yo confesional, que es algo que no pueden ni concebir ellos. Cuando empecé a ir a una pileta, al principio me veían como un bicho raro, porque era el único occidental, pero de pronto empezás a ver que te vas invisibilizando, vas siendo parte de eso, y es un alivio, algo del yo que se suelta.

- Tu anterior libro de viajes, Pequeña novela de Oriente, en el que contás tu viaje a Corea y a Japón, termina con el anuncio del viaje a China y claramente hay una unidad de sentido. ¿Qué significan estos relatos de viajes en el contexto de tu obra?

Cuando tuve la oportunidad de viajar al festival de cine en Corea, empecé a pergeñar la idea de armar unos relatos que tuviesen que ver con Corea, con Japón y con China. Y escribí ese libro que sacó la editorial Entropía. Y, de alguna manera, creo que el Diario chino viene a completar algo de esa experiencia. Son personajes que se ven un poco acorralados por su propia existencia, entonces, siempre fantasean con irse. A ver, ¿qué pasaría con ese irse? ¿qué pasa cuando uno se va lejos? Hagamos el experimento. Pero nunca te vas tan lejos. Tu límite, tu patria es más o menos el alma que pudiste armar. También pasa que, al no ser un turista ávido de aventuras, en esos viajes uno va provocando ciertas experiencias solo para escribir.

- Tenés una larga carrera como cineasta y dramaturgo. En el final del libro, decís que esta es la última vez que filmás. ¿Es así?

Mientras estaba sucediendo la película, creía que tenía algo de despedida. Yo no me imagino haciendo películas como hacía hace diez años porque también el contexto no estaría colaborando. Entonces en el futuro, si el cine sucede, va a suceder de una forma que hoy no conozco todavía. Quizás más parecido a Los días chinos.

Pubicado en La gaceta literaria, 19/7/2026

martes, 14 de julio de 2026

Index. Historia de los índices

En la historia del libro, los índices no parecen haber tenido la consideración que merecen. Con esta premisa, el autor de este trabajo llevó adelante una investigación exhaustiva desde las primeras tablillas en cuneiforme conteniendo un alfabeto completo hasta la primera página web que era, sostiene, un índice temático, donde encuentra el impulso de los humanos por sistematizar esas “unidades de conocimiento” a las que se puede reducir cualquier texto escrito.

Desde los monasterios europeos del siglo XIII donde surgieron las universidades hasta Silicon Valley, de la revolución de la imprenta hasta los hashtags, esta historia también es una historia de los usos que los lectores han hecho de estas “unidades de conocimiento” a través de los siglos y de su necesidad de ubicarlas rápidamente en el cúmulo de textos. Y en este desarrollo, resalta la revolución que supuso la aparición, en 1470, del primer número de página impreso en la historia, una verdadera innovación sin la cual los lectores estaríamos perdidos y que todavía, los libros electrónicos no han podido resolver.

Con ejemplos salidos de la política, la literatura o las redes sociales, nos cuenta cómo en el siglo XIX, los índices fueron utilizados por los opositores políticos para filtrar mensajes que ridiculizaban al autor del libro, los “falsos índices”, haciendo las delicias del cotilleo político de la época. O los incluidos en algunos libros de ficción, donde llegaron al extremo con la publicación de un índice del índice temático de la monumental novela sentimental Clarissa, que ocupaba 85 páginas. O los que confeccionaba Sherlock Holmes, un “Google humano” de la época victoriana, enciclopédicos y cargados de palabras claves. O los hashtags, esas etiquetas surgidas en las redes sociales, propias de una comunidad en línea que ya ha aprendido a usar los motores de búsqueda y se dedica a categorizar la información y que, como un indexador espontáneo, filtra hasta encontrar las palabras claves para un determinado concepto.

Este libro pone de relieve uno de los trabajos más invisibilizados de la producción editorial: la de los indexadores y termina con dos ejemplos de índices temáticos: uno generado por computadora y otro, por una indexadora humana y la diferencia resulta muy notoria, para concluir que el criterio y la sensibilidad humanística para agrupar ideas y seleccionar las palabras claves en una red conceptual difícilmente puedan ser replicados por el más sofisticado de los motores de búsqueda.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 12/7/2026

Estación Saturno

 

Nada más aterrador que los dobles y las repeticiones, ya nos lo advirtió el maestro Kubrick. Y si el escenario es una ruta hacia la nada o hacia un hotel laberíntico del que no se puede salir, más todavía. Y allí van dos hermanos, hombre y mujer, con el gato de un hermano recién muerto, al que quedaron encargados de cuidar.

            Con el peso del dolor y del secreto que los constituye, emprenden un viaje que a poco de comenzar se va cargando de extrañeza, como los lazos que unen a unos personajes sin nombre, definidos por su posición en la estructura familiar: el hermano, la hermana, el muerto, la madre, como cuerpos muchas veces intercambiables (para seguir en la línea del terror o la ciencia ficción clase B). Una suerte de equívoco por donde la realidad se disloca, que el nombre de un pueblo acostumbrado a los avistajes extraterrestres, Saturno, perteneciente al partido de Guaminí, subraya, donde edificios futuristas muestran su abandono de la mano de una estación de tren clausurada, bajo una lluvia constante que lo difumina todo.

            Y si el fantástico argentino de la mitad del siglo pasado ponía en escena el enigma del otro (social, cultural) en esta novela será la “superficie del duelo” el espacio donde se dará el encuentro aterrador con los fantasmas que habitan la memoria desintegrada.

            Con un ritmo preciso compuesto de frases cortas y subtítulos como flechas que dirigen la lectura al campo de la percepción, García Lao construye un mundo que pareciera tener frente a sí un espejo cóncavo (con toda clase de fuentes de luz multiplicándose), donde tiempo y espacio se pliegan y extienden y criaturas duplicadas transitan los caminos en ambas direcciones. Donde personajes confabulados, manteniendo diálogos absurdos -en un hermoso homenaje a Los siete locos- se confunden con el presente de la lectura, en el que un astrólogo, un terraplanista o un desquiciado sin más puede transformarse en “un líder estrafalario que manotea el timón hacia cualquier parte y la multitud se reanima”. Un presente que no parece tener muchas diferencias con el que estaba a punto de sucumbir al crack económico y que Arlt caracterizó magistralmente.

Y un hotel chino que es una casa de té, una casa de masajes o un centro de avistamiento de ovnis resultará el escenario ideal para representar, es decir, sustituir, reemplazar una realidad que será lo que sus personajes quieran creer que sea. Donde conectarse con un más allá a través del suicidio, del placer o la abducción, figuras todas del pasaje al otro lado como forma de sortear el agobio de la realidad.

Con imágenes surrealistas como la de un piano en un gallinero (o una torre monumental de Salamone en medio de la Pampa), la autora construye una novela notable, inventora de un realismo tangencial para nombrar los desvíos (o los derrapes) de nuestra historia y preguntarse cuándo fue que se torció, quizás, como nos informa en el comienzo, hace medio siglo, en 1977, con el último tren llegando a Saturno.

Publicado en diario Perfil, 12/7/2026

domingo, 5 de julio de 2026

Noticias de la literatura infantil y juvenil

         Las vacaciones de invierno y la Feria del Libro Infantil, se sabe, son una. Y será Isol, hasta el momento, la única autora argentina ganadora (merecidamente) del premio Astrid Lindgren, en el 2013, la encargada de inaugurarla. 

Este año, los libros infantiles se separan de los juveniles y volverán a su lugar histórico, el Centro de Convenciones porque, según el presidente de la Fundación El Libro, Christian Rainone, "son dos catálogos que crecieron muy fuerte en los últimos años, por lo que pensamos que cada uno merece tener un espacio diferente. Y otro de los motivos es que el público juvenil tiene una dinámica diferente que el infantil, por lo que tenemos que tener distintas estrategias de comunicación.” Por el momento, los jóvenes tendrán que esperar para su propia feria que calcula, “será más corta y estimamos que se hará en noviembre.”

Un crecimiento desigual y contradictorio, que en el caso de los libros para los más pequeños se ve reflejado en las múltiples estrategias que las editoriales y las librerías desarrollan para lograr sostener unas ventas que, según algunos de sus responsables, vienen bajando de la mano de la brutal caída del poder adquisitivo.

Los números que muestra el informe de la CAL del año pasado reflejan de alguna manera esta contradicción. Mientras registra un incremento en la cantidad de nuevos títulos en este rubro que lo llevó a liderar las publicaciones con el 17%, superando a la ficción y el ensayo, la caída del total de ejemplares, sostiene, se debe, en gran parte, a la drástica reducción de las compras por parte del Estado, que pasaron del 29% al 5%. Y estamos hablando del año pasado. El que transitamos no pareciera ir mejor.

Por lo menos, así lo cuentan quienes están en el último eslabón de la cadena: las librerías. “Muy difícil -sostiene Romina, librera de oficio y auténtica mediadora de lectura de “Casa Gerbera”, del barrio de Boedo, que pertenece a la primera editorial del país que publica libros con tipografía para disléxicos y en braille-. Pareciera que la gente se gastó todo en la feria del libro. Sólo en fechas como el día del niño, navidad y reyes, el resto del año viene muy flojo.” Como las otras librerías infantiles de la ciudad convertidas en pequeños centros culturales, ofrece un espacio de juego, escenográfico, donde las actividades se sostienen todo el año y de ese modo, poder campear el temporal. Algo que las propias editoriales vienen haciendo, al ofrecer, junto con los libros, peluches y muñecos del protagonista, stickers, hojas para colorear, juegos de cartas o colecciones de libros ya probados en ediciones de lujo. “Parece que el libro solo es poco”, se sorprende Celia, de “El gato escaldado”, una pequeña y sofisticada librería de barrio que le dedica un espacio importante a los libros infantiles.

Como su par de Gerbera, reconoce que los libros para bebés y hasta los cuatro años se venden bien y supone que hay una idea de inversión a largo plazo que está funcionando -y del hijo como heredero, hoy, casi único, de la mano de la caída de la natalidad, agregaríamos-. Junto a este segmento están los clásicos, los que “se venden solos”, como María Elena Walsh, Mafalda, El principito, Harry Potter, Narnia, Alicia… o, de la mano de Netflix, la saga de Anne…, de Lucy Montgomery, “puerta de entrada a la lectura adulta”, coinciden.

La conyuntura, nunca ajena a los vaivenes del mercado, puso en primer plano dos libros sobre la última dictadura con muy buena repercusión entre los lectores: Avisale a mi mamá, de Mónica Zwaig, publicado por Siglo XXI junto al CELS y La última dictadura, de Marina Franco con las ilustraciones cubistas a dos colores de Pablo Lobato. Un libro de gran formato de la editorial especializada en los primeros años, Pequeño editor, que se desmarcó de su catálogo y ganó el gran premio de los destacados de ALIJA del 2025. Y por supuesto, el fútbol y Messi, nuestra figura estelar, que concentran gran parte de la producción de este invierno.

Dentro del panorama de las cerca de cuarenta editoriales argentinas que publican libros para chicos y jóvenes, la novedad parece ser la no ficción, que los dos títulos anteriores atestiguan y a la que la editorial Siglo XXI le abrió las puertas, con la colección “Siglo para chicos” donde conviven Eduardo Galeano con la formación política y ciudadana, conjugando infancia y política. Junto al Fondo de Cultura Económica, aparecen como dos importantes jugadores en esta franja etaria dispuestos a ocupar el lugar que los dos grandes grupos concentrados, Random House y Planeta han dejado vacante.

Y el conocimiento, objeto de interés absoluto en ese momento de la vida en que los dinosaurios, las estrellas, la mitología o lo insectos convierten a los pequeños en grandes especialistas, desplegado en enciclopedias, cada vez más atractivas, junto con libros como los de la editorial Iamiqué, pionera en el arte de estimular el deseo de explorar e investigar, haciendo de las matemáticas, la filosofía o las transformaciones del cuerpo humano una experiencia desafiante.

Del lado de los libros ilustrados, los premios internacionales se multiplican. Libros-álbum, libros-túnel, con texto o silentes, de editoriales como Limonero, Pequeño editor, Niño editor, Calibroscopio, Pípala, Del naranjo o Arte a babor, son apenas una muestra de hasta dónde es capaz de llegar un oficio que conjuga experimentación en las artes plásticas con ideas no siempre a tono con el espíritu de época, en un arte que es colectivo y que imagina a su lector como “aquel que pueda leer entre líneas, sorprenderse”, como señala Judith Wilhelm, editora de Calibroscopio. “Yo creo que los que trabajamos en libros-álbum de calidad pensamos más bien en un lector que no quiere que le demos todo servido. No estamos pensando en, no sé, libros de emociones o de valores, sino que las cosas sucedan en la trama. El libro que acabamos de publicar, por ejemplo, Capital, habla del capitalismo sin una sola palabra, todo en imágenes.”

            En cuanto al estado actual de la literatura infantil, lo grafica con una anécdota personal: “Recuerdo un libro que cayó un poco en desgracia por el tema de que no es el mejor momento para los cuentos tradicionales, hay mucho detractor, que es Las doce princesas bailarinas, uno de los cuentos de Grimm donde las doce princesas se van a dormir todas las noches y al día siguiente, cada vez que abre la puerta su padre, el Rey, las encuentra agotadas porque se fueron a bailar toda la noche y era pero, ¿por dónde salen? Entonces nos parecía que toda esa magia se merecía una buena edición y la verdad que es un libro bellísimo, que funcionó muy bien hasta un momento.”

            Natalia Méndez, autora, editora y formadora de editores, que encontró en ALIJA (una institución fundamental en el ecosistema del libro infantil cuyos premios ponen en valor el trabajo de autores y editores y selecciona a quienes competirán por el premio Hans Christian Andersen) un espacio donde la literatura para chicos era algo que se tomaba muy en serio y eligió quedarse en él para siempre. La escritura vino después, junto con la fundación de la editorial de libros artesanales Dábale arroz, donde da rienda suelta a sus fanzines, poesías visuales, collages y muñecos de plastilina.

Encuentra grandes diferencias entre los libros que leía de chica y los que se producen hoy. “Primero, hay una variedad y una cantidad de propuestas enorme y una circulación mucho más amplia. Hay también como más permisos para libros inclasificables, sobre todo desde el mundo de la no ficción, o desde la divulgación. Cuando nosotras éramos chicas, era la enciclopedia de los animales, y eso era todo.” Pero reconoce que las demandas del mercado o lo utilitario del reclamo de la escuela van en otra dirección de lo que los autores pueden producir. “Todo lo que circula en la escuela suele ser bastante más como controlado y eso se ve en los libros que se producen. Mientras que en los 80, circulaban unas novelas increíbles, pienso en autores como Roald Dahl, con esas escenas de tortura de niños, o Christine Nöstlinger que no sé si hoy podrían publicar y circular de la misma forma si no fueran ya consagrados.”

Pero no está segura de que el mensaje atente necesariamente contra la calidad literaria. “Que un libro abra una conversación, deje pensando cosas alrededor de algo, me parece muy valioso. Lo que no está bueno es cuando te dicen cómo tenés que pensar. Entiendo igual que es una línea muy difícil a veces de trazar. Creo que es una discusión que viene de la historia de la literatura, la tensión entre dar información, entretenerte y contarte una historia. Entonces, obviamente en los libros infantiles se percibe mucho más, pero a los lectores a veces les sirve encontrarse en un libro, buscar respuestas, quedarte pensando con un libro.”

Lejos, muy lejos quedó la época en la que Astrid Lindgren inventaba, para entretener a su hija convaleciente, el personaje anarquista de Pippi mediaslargas, una nena de nueve años que vive sin adultos, en libertad absoluta, en compañía de sus animales y de un cofre repleto de monedas de oro que, como la cornucopia, no se vacía nunca. Un relato verdaderamente transgresor, donde no hay vuelta a la civilización o a la normalización de una familia, impensable para una sociedad que le reclama a la literatura tips para lidiar con la ansiedad infantil más cerca del manual de autoayuda para progenitores que del imaginario del propio infans al que los cuentos de hadas le hablan desde hace siglos. Con títulos como Mi primer emocionómetro, Emocionario o Mis emociones la literatura infantil parece querer satisfacer las demandas de tantos desorientados “mapapis”.

Pero los monstruos de colores, tan tranquilizadores para los adultos, no les permiten a los pequeños lectores explorar la rebeldía, la mentira, la necesaria transgresión que les enseña a poder elegir. Por lo que parece, la finalidad de controlar la fantasía infantil nunca desapareció, aun cuando se hable de sexualidades diversas.

Gauchesca y freestale

Gustavo Bombini es un especialista de larga trayectoria en la enseñanza de la literatura infantil y juvenil, investigador y docente de la UBA y la UNSAM que, además de publicar una numerosa bibliografía sobre el tema de su especialidad, fue coordinador del Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Educación hasta el año 2007.

Considera que para convertir a los chicos en buenos lectores lo que debe tener un libro es experimentación, juego literario y sobre todo, respeto por la inteligencia del interlocutor.

Si cada época supone una concepción de la infancia que la literatura infantil expresa, hoy encuentra grandes diferencias respecto de lo que se producía antes de la “edad dorada” de la primavera democrática, cuando aparecieron Un monstruo en el bolsillo de Graciela Montes, que discute la idea tradicional de familia y varios años después, El globo, de Isol, cuya protagonista es una nena a la que su madre gritona y desbordada no le gusta nada y prefiere a la madre de su amiga. Cosas impensables para un género que consideraba al lector un educando, futuro ciudadano, ejemplo de vida.

 

- Frente a las demandas de los padres por chicos ansiosos, frustrados, dispersos, adictos a las pantallas y la vida online ¿está cada vez más ñoña la literatura infantil?

La ñoñez siempre estuvo presente en la historia del género infantil. Maite Alvarado decía que la literatura infantil era un género mediado hasta el escándalo, incluso hasta la sobrevaloración del ser lector, una demanda de los padres y de la sociedad que le quita a la lectura lo que tiene de desafío, de apropiación. Pienso que frente a los discursos apocalípticos, negativos, de la falta de atención y demás, yo le pido a los mediadores de lectura más convicción en la tarea, que transmitan su interés, su pasión. La vieja escuela del siglo XIX, pública y masiva, que es el lugar de ingreso a la cultura letrada y por lo tanto, a la literatura, es, en este sentido, más importante que la familia a la hora de introducirlos en la lectura y tiene que ser muy firme en esto.

 

- ¿La escuela tiene que enseñar a los clásicos?

Indudablemente. Porque son los textos que, además de una calidad literaria comprobada, conforman la tradición cultural a la que los chicos cualquier edad tienen derecho. Y si fueran difíciles de enseñar, cosa que no lo son, varias experiencias que están registradas en una colección de la Universidad Pedagógica Nacional que retoma clásicos para la escuela, lo desmienten. Recuerdo una en especial que contaba una profesora de secundario a la que le tocó dar el Martín Fierro, que fueron los propios alumnos los que establecieron vínculos entre la gauchesca y el freestyle o el rap, desde el ritmo que la rima generaba y a partir de ahí, la lectura se enriqueció muchísimo, produciendo un diálogo intercultural muy interesante.

 

 Literatura juvenil on demand

            El fenómeno de la ficción personaliza o fanfiction no es nuevo y se multiplica dentro de la generación Z, especialmente, entre las mujeres. Los fans han tomado el control y, desde plataformas como Wattpad, AO3 o Fanfiction.net, construyen tramas alternativas con los personajes secundarios de sus sagas favoritas o inventan universos donde sus ídolos juveniles se transforman hasta volverse irreconocibles. Y de ahí, muchos han pasado al libro físico. “Creo que es una nueva forma en la que los lectores y fans marcan tendencia editorial” explica Álvaro Garat, editor juvenil de Planeta Argentina. “Pensar que los conceptos de lectores y de fans se eyectan entre sí es bastante plano. En la literatura juvenil recorren el mismo camino y, por lo general, comparten pasión. Por lo menos hay que decir que tienen el mismo ADN: necesidad de ficción.”

- ¿La categoría de literatura juvenil alcanza para contenerla?

Hoy en día llegan hasta la frontera con los adultos. La literatura juvenil como la conocíamos se atomizó: hoy existen libros Middle Grade, juveniles, Young Adult y New Adult conviviendo en una misma estantería. En consecuencia, con fanfics recorriendo todas las temáticas que existen, creo que el público es tan amplio que cuesta definirlo.

- ¿A qué se debe la predilección por la temática LGTBQ+?

Yo diría que se corresponde con el margen que queda de lo heteronormado. Si el autor me propone que esta pareja cis hegemónica es lo que quieren que yo estandarice en mi consumo, pero yo puedo reimaginarme eso fuera de ese contexto, el lugar que le queda a la fantasía es la flexibilidad sobre esa hegemonía. No tiene gracia repensar una historia en base a si el vestido era azul o verde, pero tal vez es atractivo pensar que quien usaba ese vestido era en realidad una drag queen y cómo reaccionaría frente a esa situación. Podés proponer esa operación para lo que quieras: que el interés romántico sea en realidad el hermano de la protagonista femenina, que el protagonista se enamore del villano, etc. Y ni hablar si el lector se encuentra dentro del colectivo... clarísimo el deseo de reimaginar la realidad en sus términos.

- ¿Cómo fue que saltaron de la comunidad virtual al libro físico?

¡Demanda! A veces las editoriales marcamos algunas tendencias de la industria, pero la mayoría de las veces el mercado se reordena en base a una necesidad. Si los lectores quieren que los fanfics que leen en redes sociales sean publicados, poder relacionarse con esa materialidad y enamorarse más de una historia... Bueno, allá vamos.

Publicado en diario Perfil, 5/7/26

 

lunes, 8 de junio de 2026

Montevideo, la eterna ciudad hermana de Buenos Aires


Además del candombe, el carnaval y la feria de antigüedades de Tristán Narvaja, Montevideo tiene mucho para ofrecer a los porteños agotados, a esta altura del año, por el calor, el ruido y el ajetreo diario, o a cualquier turista interesado en la vibrante cultura rioplatense.

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Visitar esta tradicional ciudad al otro lado del Río de la Plata puede ser un excelente plan para un fin de semana largo ya que, por sus dimensiones bastante más pequeñas que las de Buenos Aires, resulta perfecta para conocer en pocos días.

Se la puede recorrer a pie o en bicicleta, aunque, por su geografía ondulante y sus pocas ciclovías, esta última opción no es muy recomendable (“monte video” dicen que dijeron los portugueses cuando desembarcaron en sus playas) pero pedalear por su hermosa rambla resulta una experiencia sumamente agradable.

¿Cómo es Montevideo?

Muy entrañable, con sus negocios reconocibles, sus marcas características y sus tranquilos habitantes, a los que se los distingue de los turistas al verlos pasear tomando mate con el termo bajo el brazo. “Salimos a pasear con el mate” se los escucha decir, como si se tratara de un familiar o un amigo. Igual que los porteños, se quejan del ruido o la inseguridad y quizás no valoran lo suficiente las playas a las que pueden ir cualquier día de la semana, después del trabajo, para sortear las olas de calor. Pero ya se sabe, nadie es profeta en su tierra.

Si bien los barrios más chic están al este de la ciudad (Pocitos, Malvín, Punta Gorda, Carrasco) y son la puerta de entrada a sus cálidas playas, nuestra recomendación es alojarse en el centro y comenzar el recorrido por la Avenida 18 de Julio, para disfrutar de su notable arquitectura.

Sus barrios

- Centro. Con la Av. 18 de Julio atravesándolo, es posible ver suntuosos edificios de la década del 20 del siglo pasado, de estilos tan diversos como beaux arts, art décó, modernista o brutalista y algunos, más modestos, de estilo ecléctico. Todos en muy buen estado de conservación. (fotos)

- Cordón. Famoso por albergar la Feria de Tristán Narvaja, de visita ineludible para fanáticos de las antigüedades, las librerías de usados y la arqueología urbana.

- Ciudad Vieja. Bajando hacia el puerto, después de atravesar la Puerta de la Ciudadela (foto), se llega a esta zona turística y muy cool, con calles adoquinadas, muchos bares y restaurantes, edificios históricos, que concentra en sus calles nada menos que quince museos.

- Parque Rodó. Toma su nombre del precioso parque del mismo nombre, que además de un lago artificial y una frondosa arboleda, alberga el Museo Nacional de Artes Visuales.

- Pocitos. Joven, moderno y el más cosmopolita, que recuerda mucho a Palermo, y con una playa de gran extensión que lo transformó en el barrio céntrico más deseado de Montevideo.

- Malvín, Punta Gorda y Carrasco. Saliendo de la ciudad y yendo hacia el Este, se encuentran los barrios más acomodados, similares a los de la zona norte de nuestro conurbano.

Los imperdibles

- Palacio Salvo (foto). Construido por el mismo creador del Palacio Barolo de Buenos Aires, Mario Palanti, ambos con un faro en su torre cuya señal lumínica debía conectarlos y con referencias a la Divina Comedia. La visita guiada cuesta alrededor de 15 dólares.

- En la Ciudad Vieja, muy cerca unos de otros, están el Museo Torres García, con cuatro pisos dedicados a su obra, el Museo Gurvich, el Museo de Artes Decorativas, en el Palacio Taranco (con un lienzo de Diego Velázquez, La rendición de Breda, de 1635 y una curaduría que pone el foco en la historia del invisibilizado personal de servicio, muy interesante) y el Museo Fígari, entre otros.

- Fotogalería del Parque Rodó y Museo de Artes Visuales (Tomás Garibaldi 2283). En sus jardines, se puede ver el impactante mural en piedra de Joaquín Torres García (foto).

- Librería Escaramuza (foto). En una casona centenaria, se encuentra esta preciosa librería que, además de ofrecer una gran variedad de libros de las principales editoriales, se ha convertido en un espacio cultural muy animado. (Dr. Pablo de María 1185)

- Feria de Tristán Narvaja. (Dr. Tristán Narvaja 1545). Domingos, de 9 a 16 hs.

Dónde comer

- Si la idea es degustar un buen chivito, su plato típico, nada mejor que el mítico bar El Tinkal (Dr. Emilio Frugoni 853), aunque le siguen de cerca el del bar Trouville (Francisco Vidal 650) y el del bar Arocena (en la avenida del mismo nombre, a metros de la rambla, en Carrasco). Una dura pelea que ha resistido la invasión de las hamburgueserías foráneas.

- El mercado del puerto, en la ciudad vieja, con muchas opciones diferentes para comer (sobre todo, carne) y comprar regalos.

- Montevideo al Sur (Paraguay 1150), que además de ser un bar patrimonial, ofrece un menú muy nutrido de comidas y bebidas y eventos musicales y literarios.

El Carnaval de Montevideo

Hay dos tipos de Carnaval en Uruguay, el de las comparsas lubolas, negras, candombe puro, y el de las murgas, que van al concurso oficial del Carnaval. Las primeras se ven en los desfiles, siendo el principal el de las llamadas, cuyo recorrido y fecha se encuentran en Internet. El segundo va a los tablados, los principales en la ciudad, pero muchos de ellos en barrios. Y el concurso oficial es en el Teatro de Verano. Ambas expresiones, sobre todo, las murgas, han subido muchísimo de nivel musical y repertorio, según los propios montevideanos, que no es poco.

En febrero. Para no dejar pasar.

Datos útiles

¿Cómo llegar?

En barco directo a Montevideo o a Colonia y bus a Montevideo, a través de Buquebus, Seacat o Colonia Express.

Publicado en Buenos Aires Connect, 8/6/2026

domingo, 17 de mayo de 2026

La realidad absoluta

 

            Habría que inventar un nuevo género para definir una literatura como la de Luis Sagasti, más cercana a la composición musical que a la narración literaria. Con fragmentos yuxtapuestos de una potencia poética notable, ensambla, como cuentas de un collar o un rosario, aquellas pequeñas historias con las que intentamos comprender el mundo, en una búsqueda que tiene mucho de holística y que los humanos emprendieron desde que tuvieron lenguaje. Las mismas que surgieron al unir las estrellas en constelaciones con las que inventaron los relatos mitológicos que los guiaban, afirma este autor, en su vuelta al hogar.

            Una búsqueda que a algunos los llevará a perder la razón en su afán de aprehender la realidad absoluta, esa instancia anterior al lenguaje donde se pierden todas las certezas, tan parecida a la hoja en blanco. Como la que llevan adelante los personajes afiebrados que Herzog, o Cóppola, atrapados por la selva y devorados por ella y, en un juego de cajas chinas, sus propios directores, en la filmación demencial de sus películas. O la que llevó al historiador del arte Aby Warburg a coleccionar todo el material existente sobre la Gran Guerra hasta derrapar en la locura, su propia selva, cuya experiencia el autor sintetiza cuando afirma que “todo precipicio tiene en el fondo un imán que atrae al cuerpo”.

            Con frases de un preciosismo notable, que tienen la estructura de la música progresiva o de una ola a punto de romper y que crecen por acumulación hasta transformarse en otra, retoma, en una coda, el tema anterior.

            Así, siguiendo a Aby Warburg y su teoría de la transmigración de las imágenes a través de los siglos, descubre en el cuadro de Tintoretto, San Jorge y el Dragón que el padre de una adolescente secuestrada en la Noche de los Lápices mira obsesivamente, la misma estructura formal que en la famosa foto de Eduardo Longoni de la represión a las Madres de Plaza de Mayo por la policía montada. O en las letras griegas del monograma de “Cristo Vence” de uno de los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo en 1955, el de “Viva Perón”, y en un desplazamiento propio de su estilo, la síntesis de ambos en la obra tantas veces censurada de León Ferrari, La civilización occidental y cristiana, donde vemos a un Cristo crucificado sobre un avión de guerra.

            O en el largo poema de T. S. Eliot, “Los hombres huecos”, que él ubica junto a la imagen de la cabeza iluminada de Kurtz emergiendo del agua en Apocalipsis Now, el germen de la adhesión masiva a un fascismo encendido en las cabezas de millones de seguidores, alimentado a base de miedo y odio. Algo a lo que nos estamos acostumbrando a ver en muchas partes del mundo.

            En las antípodas, veremos a un viejo profesor de filosofía que había sido alumno de Heidegger contemplar, asombrado, los restos del Ser, a través de los ojos de un niño que juega. Una experiencia que sólo se podrá percibir, nos dice, en la quietud perfecta, en una improvisación inspirada de jazz o frente a algunos recuerdos de infancia, cuando todo estaba por suceder. O frente al boceto de una obra, en el avance sin certidumbres, en la potencia de lo que todavía no es.

“Debería haber un nombre para aquellas melodías que se reconocen de inmediato cuando alguien lleva su ritmo golpeando los dedos contra una mesa.” En la búsqueda de un nombre para esos pequeños destellos de sensibilidad es donde se juega, para este autor, la literatura que verdaderamente importa y la suya propia. 

 

Entrevista a Luis Sagasti

- En tu trabajo anterior, Lenguas vivas, había toda una indagación sobre el lenguaje. Y en este último, La realidad absoluta, sobre la filosofía del arte. ¿Vos pensás cada libro en forma conceptual, como un todo?

Primero están pensados como una totalidad, trato que sean muy orgánicos, que cada tópico o tema que desarrollo se replique. No debería haber, en teoría, ninguna puntada sin hilo. La idea es crear un cuerpo que se sostenga hasta donde se pueda. Ahora, el tema va apareciendo a medida que escribo, es decir, puedo tener algunas historias, algunas reflexiones sobre algo, y lo voy armando. Creo que va emergiendo algo que ya estaba latiendo. Por ejemplo, La realidad absoluta arranca con el epígrafe mismo. Había leído eso de que ningún organismo puede vivir en condiciones normales más allá de 15 minutos frente a la realidad absoluta y me encantó. Entonces ¿qué será la realidad absoluta? Una realidad sin cobijo, sin el abrigo de una filosofía, una religión. Lo que está más allá del habla. Y de a poco se fue formando ese tópico a partir de ideas que tenía. Y obviamente, una te va llevando a la otra, investigás o lees un poco más, y bueno, finalmente sale el libro.

- ¿Cómo fue el proceso de escritura?

En el proceso creativo uno improvisa mucho. Ahora, en el acto en sí, yo escribo palabra por palabra. Puedo estar una semana para diez renglones. Literalmente. Me interesa cuidar muchísimo los aspectos plásticos o formales del lenguaje, las cuestiones rítmicas, musicales. A mí me gusta trabajar a veces con síncopas o con acentos débiles, como dicen en el jazz. Pero además que eso sea congruente con el tema que estás tratando. Es un procedimiento más cercano a la poesía que a la narrativa.

- ¿Qué le da la música a tu escritura, que tiene mucho de composición musical?

Cuando edito el libro, yo lo pienso como un disco, siempre. Qué tema va primero, qué tema va después. Usualmente lo que está primero y lo que está último está claro. Pero en el medio lo voy acomodando como si fuese un disco. Del mismo modo que cuando escribo, mis imágenes son pictóricas, no literarias. Tengo una visión espacial de las cosas. Pero sí, la idea es que al final se recapitule todo.

- Justamente te iba a preguntar si las artes visuales son el disparador de tu escritura.

Claro, sí. Mirá, yo tengo toda la colección de la Pinacoteca de los Genios, que la había comprado mi abuelo, que es extraordinaria. Y yo la leía cuando era chico. Siempre me gustó la pintura, entonces tengo mucha educación en ese sentido. Me acuerdo en la universidad, yo estudié Historia, cuando teníamos Historia del Arte, me llamaba la atención que a mis compañeros les costara diferenciar un pintor de otro, que para mí era algo natural, porque desde los cinco años estaba mirando cuadros. Y tengo mucha memoria visual, entonces por ahí colecciono imágenes que veo por internet, que se replican, veo que hay ciertas resonancias plásticas, que luego me interesa llevarlas al papel. En la mayoría de los libros míos siempre hay una referencia a pinturas o historias de pintores. Ahora encontré una muy bella de una monja con Matisse, que le pide hacer una capilla, la famosa capilla Matisse, y una historia de amor muy linda entre ellos, a partir de lo que hace. Y me ocurre que, cuando encuentro esas cosas, me llama la atención que no estén escritas, porque me parecen muy bellas, muy poéticas.

- Hay como una compulsión al minimalismo, de poner la lupa en un detalle, para vincularlo a otra cosa, que en líneas generales está relacionado con la realidad política. ¿Este es el modo que encontraste de hablar de política sin bajar línea?

Yo creo que sí. Bajar línea, no hace falta en literatura, teniendo en cuenta que hoy uno puede expresarse en miles de medios. Era entendible en otra época, ahora pongo lo que quiero en Facebook y se acabó. Eso me libera a mí de hacer una literatura de denuncia. Lo que sucede es que para mí hay ciertas situaciones que no puedo soslayar. La situación actual, acá y en el mundo, no puedo hacerme el oso con eso. Yo creo que hay que debatir. Y en literatura no puedo evitar cierto estado de conmoción, de zozobra, de decir, esto es un manicomio.

- La realidad absoluta como aquello que devora o que quema a quien intenta acercársele, como Fitzcarraldo o el coronel Kurtz, o incluso esas estrellas de rock muriendo a los 27 años. El arte como pasión, ¿es anticapitalista?

Yo creo que sí. A mí me parece que hay como dos fuerzas. El capitalismo es el que te hace instalar los entes en el tiempo. Entonces vos empezás a ver su valor de uso, su valor de cambio. Y esa debe ser una mirada regulada por una mirada poética. Que creo yo, es lo que nos hace estar vivos. Celebrar las cosas en sí mismas. Entonces yo creo que el arte puro está por fuera del capital, aunque luego tenga beneficios económicos. Como el proceso de filmación de Apocalipsis Now. A mí me encanta eso, los tipos que dan la vida por un programa estético, como Herzog en Fitzcarrado, o en Aguirre.

- La frase final de El corazón de las tinieblas, “el horror, el horror”, que para Conrad refiere al colonialismo en África, Coppola lo lee desde Vietnam, y que vos relacionás con el bombardeo a la Plaza de Mayo o la dictadura. ¿También puede ser leída desde el auge de esta ola mundial de populismo de ultraderecha?

Yo no lo compararía. La masacre en Gaza sí es “el horror”. Pero lo que está sucediendo acá ¿acaso está mitigado mínimamente por lo grotesco? Quiero decir, esto es una mala novela de Aira.

- ¿Estás trabajando en algo nuevo?

Sí, pero todavía está en proceso de elaboración. Tiene que ver con esto de la mirada del capitalismo y la mirada poética, no como contrapuestas, sino complementarias. A partir de, como siempre, un montonazo de historias, pero esta vez vinculadas con brillos. Es decir, historias de vitrales, de diamantes, del inventor del calidoscopio, las bolitas. A partir de estas metáforas de cosas que brillan y cosas que refulgen, el tren que pasa en la noche, toda una meditación.

Publicado en La gaceta literaria, 17/5/2026


lunes, 11 de mayo de 2026

La manzana de Cézanne

            Estos tres textos sobre pintura fueron escritos en 1929, durante los oscuros años de entreguerras. Su autor tenía 40 años y ya había publicado sus novelas más conocidas, cuando comenzó a pintar y encontró en la materialidad de la pintura, todo lo que había expresado en su “escandalosa” literatura: la primacía del cuerpo y los sentidos por sobre lo racional.

            Escritos con una prosa militante, denuncian el fracaso de los ingleses en las artes visuales y encuentra su origen a fines del siglo XVI, cuando la sífilis hacía estragos en la nobleza (la clase que podía disfrutar del arte) y sobrevino un terror hacia la vida sexual que afectó la imaginación y la conciencia, negando el cuerpo y convirtiendo a hombres y mujeres en seres ideales, dominados por la razón. El mismo terror que advierte en la dramaturgia de Shakespeare, donde su complejo parricida, sostiene, se debe al espanto frente a las consecuencias de la “buba” como se la llamaba en la época isabelina. Y si la sífilis fue traída de América, Europa se la devolvió en la forma del puritanismo, agrega.

Lo cierto es que el miedo a los instintos y a la intuición ganó la batalla en Occidente y la pintura, según él, se convirtió en puros “cadáveres en un mundo que es una tumba de fantasmas, de réplicas.” No resulta difícil percibir el contexto bélico en que esto fue enunciado. Pero su apuesta es, definitivamente, estética. Sólo hay creación artística, dirá, cuando se siente religiosamente la verdad de lo real. El arte, que es “percepción y expiación”, es una forma de religión, “salvo por el asunto de los diez mandamientos, que es sociológico”, ironiza.

            Y si el ojo y la mente sólo perciben el frente de un objeto, su apariencia, la intuición, en cambio, nos permite captarlo en su completud, hasta ver el lado oscuro de la luna. Y es en las naturalezas muertas de Cézanne donde percibe el esfuerzo del pintor por desterrar la idea de la manzana para dejarla que viva por sí misma y donde encuentra, por primera vez en muchos siglos, en el arte occidental, a un pintor capaz de admitir que la materia, que es “energía compacta”, existe realmente. No habían pasado muchos años desde la presentación de la teoría de la relatividad, cuando plantea que los grandes descubrimientos artísticos y científicos se producen cuando toda la conciencia -instinto, intuición e intelecto- trabaja junta para producir una percepción física. La misma que descubre cuando decide dejar la pluma y agarrar el pincel.

           Publicado en La gaceta literaria, 10/5/2026


            Ampliamente conocido por su narrativa considerada en su tiempo, escandalosa, hoy nos llegan estos “escritos sobre pintura” cuando Lawrence, con 40 años, comenzó a pintar y descubrió en este arte los alcances de una estética que, a partir de la Primera Guerra, consideraba agotada: la supremacía del espíritu por sobre el cuerpo que Occidente entronizó. Y encuentra su origen en la Inglaterra de fines del siglo XVI, cuando la sífilis hacía estragos en la nobleza y su descendencia y el terror por la vida sexual y el cuerpo se apoderó de la conciencia y la imaginación europeas. Por la misma época, recuerda, el cartesianismo dominaba Francia y la razón se imponía como fundamento último.

            Y es en las naturalezas muertas de Cézanne donde percibe el intento por captar lo que sólo la intuición es capaz: el reverso de la apariencia que el objeto nos presenta, en toda su completud, lo que él llama la “manzanidad” de las manzanas, la imagen viviente que no se puede copiar y que se crea cada vez que el instinto y la intuición llegan al pincel para que la pintura ocurra y las artes plásticas dejen de ser puros “cadáveres en un mundo de fantasmas”. Escritos en 1929, en la oscuridad de entreguerras, estos textos abogan por la creación de pinacotecas circulantes que, como las bibliotecas circulantes, que ampliaron el número de lectores, construyan un público masivo capaz de disfrutar del placer estético de observar las obras que la humanidad viene creando desde hace tantos siglos. Que así sea.

Publicado en El Dipló, edición de mayo/2026