domingo, 27 de septiembre de 2026

Colección “Lectores” de Ampersand

Veinte son, hasta hoy, los títulos publicados por la colección Lector&s de Ampersand, una editorial enfocada en la cultura escrita que entiende que la reflexión sobre la lectura es un aspecto esencial de ella.

Para eso, convocó a diferentes escritores latinoamericanos, a los que invitó a narrar su autobiografía lectora que, en algunos casos, resultará un sólido trabajo de crítica literaria, en otros, un manual de teoría literaria, una lectura política del campo editorial latinoamericano, un recorrido a contrapelo de los circuitos intelectuales o una clase de filología clásica y de la historia de nuestra lengua, entre muchas otras experiencias personales con la lectura.

Dirigida por Graciela Batticuore, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires, hoy reúne a los principales críticos y escritores contemporáneos de nuestro continente, quienes comparten sus reflexiones sobre una práctica que es pasión, oficio y un diálogo cada vez más necesario con nuestra tradición cultural, como lo demuestran algunos de estos trabajos.

 

“Libros chiquitos” llama Tamara Kamenszain al suyo, mientras comparte su experiencia como lectora fervorosa de poesía, una pasión que logra transmitirnos en sus lecturas de un género que define como una “suspensión placentera del sentido que atrapa con su ritmo.” Pero también es un rechazo a la grandilocuencia de los grandes maestros y una toma de posición a favor de ese género “menor” que nos permite “pescar el murmullo de una voz fragmentaria”, desde César Vallejo a Mariano Blatt, pasando por las más actuales experiencias performáticas, que ella analiza con la pasión propia de los grandes maestros como Enrique Pezzoni, con el cual se formó.

            Su recorrido como lectora nos habla de un estado de nuestro campo cultural y político, en el que Barthes deslumbraba y formaba a toda una generación de intelectuales, la universidad pública le daba una formación rigurosa en filosofía, medios como La Opinión la albergaban en su staff; la biblioteca de la Sociedad Hebraica le ofrecía su enorme biblioteca de libros en idish y México se convertía, durante los años de la dictadura, en su segunda patria.

 

            Si de dictaduras se trata, del otro lado de la cordillera, Diamela Eltit ensaya en “El ojo en la mira” su biografía intelectual y el título elegido por la chilena, que conjuga violencia política y eficacia poética, habla de una escritura que pone en escena las condiciones de enunciación en un continente como el nuestro, atravesado por la violencia y la desigualdad.

           De Corín Tellado a Marx, de la teoría feminista al Siglo de Oro español, este cruce de lecturas, que la llevó a construir ficciones donde los cuerpos femeninos se constituyen en “zona de sacrificio”, le permitió, a la vez, conectar con el habla de las comunidades, con la vida en las plazas, con las historias que encierran los chismes y las tragedias que cuecen en las cocinas familiares, sin caer en concepciones de lo literario que refuerzan el lugar de la mujer como excepción en relación a la norma, porque de lo que se trata, sostiene, es de “abolir la norma.” Una posición que rechaza la “genitalidad literaria”, porque considera que por muy progresista que sea, construye un nuevo gueto.

 

Por su lado, Daniel Link, uno de los más sólidos intelectuales y pedagogos de nuestro país, comienza su biografía lectora con una escena de iniciación a la lectura casi proustiana, la de “un niño pobre y enfermizo” que se convierte en un bibliófilo exquisito.

            “La lectura: una vida…” es el título elegido por su autor, que habla de una relación vital con el pensamiento y una posición respecto de su tiempo, expuesta en cada una de sus intervenciones: como ensayista, crítico literario, profesor universitario, editor e investigador. Y en cada capítulo describe los fundamentos de los oficios que ejerció, que sintetizan sus ideas acerca de lo que entiende como política cultural y, como buen profesor, desarrolla los temas teóricos que lo han acompañado en su trabajo, con la profundidad de un manual de teoría literaria.

            Desde los primeros libros que recibió de manos de sus maestras como El principito (al que le dedica una lúcida lectura que lo saca del lugar común del best seller), recorre cada una de las etapas de su formación intelectual, donde aprendió, junto con la filología, la importancia para una cultura de la reconstrucción de los archivos, cuando trabajó con los archivos dispersos de Rodolfo Walsh que la dictadura había desmantelado y de su experiencia pedagógica en el nivel medio, lo mucho que hacía falta en materiales de estudio, que luego elaboró en la serie de El lecturón.

  

            También docente, pero de literatura medieval española, además de poeta y narradora, la colombiana Carolina Sanín es la autora de “La voz del buey”. Con un título que alude a esa voz inhumana producida por la mirada que recorre el texto y que ella encuentra en el acto de leer, nos entrega su recorrido por mil años de historia de la lengua española en un trabajo erudito, didáctico y, como es su estilo, muy poético.

            La cultura árabe, el latín vernáculo del que deriva nuestro idioma, la Biblia, el Corán, Alfonso X, la cuentística medieval, la tradición oral y los clásicos universales (entre los cuales, Borges tiene un lugar destacado) son el territorio fértil de un trabajo donde las propias reflexiones sobre la lectura adquieren un espesor notable. Como la que le recuerda que el mismo verbo legere significa tanto leer como recolectar y encuentra un campo roturado la imagen de un libro abierto, cuyos reglones son los surcos. O en el encuentro íntimo entre un libro y un lector, una metáfora de la relación amorosa, ambos indisolublemente unidos a la posición yacente. Amar, leer y estar ocioso parecen ser los únicos espacios por fuera de la productividad, nos dice. Y uno de los pocos reductos de libertad que nos quedan.

 

            Muy diferente a todas las anteriores es la experiencia que cuenta María Moreno en Contramarcha y su título la pone en evidencia. Una vocación por el desvío que la convirtió en una cronista única en su especie, capaz de dinamitar con su prosa barroca y plebeya todos los lugares comunes de la cultura.

El radioteatro y la poesía de los tangos, la enciclopedia “ágrafa y visual” como la llama su autora, desde la que partió, hasta la redacción del diario La Opinión; de la lectura “de reojo” de la bibliografía universitaria y el descubrimiento de Simone de Beauvoir hasta la primera revista travesti de Latinoamérica, El Teje, que fundó. Un recorrido donde construyó esa mirada desde los márgenes tanto de la academia como de la doxa con la que encontró un modo único de “escribir al otro” y abrió el camino de la autonomía de la literatura al género crónica. Quizás sea por eso que logra que unos textos escritos al calor de los acontecimientos políticos no tengan fecha de vencimiento y alcancen algo así como la atemporalidad.

 

La colección, que se completa con los nombres de Silvia Molloy, Silvia Iparraguirre, Alan Pauls, Jorge Monteleone, Edgardo Cozarinsky, Carlos Altamirano, Margo Glantz, Daniel Guebel, Luis Gusmán, María Teresa Andruetto, Carlos Battilana, Luis Felipe “Yuyo” Noé, Ida Vitale, Mariana Enríquez y Nora Catelli -recién publicado- conforman esta imprescindible “biblioteca de lectores” que esperamos siga creciendo.


Publicado en Tiempo argentino, 27/9/2026

Entrevista a Cynthia Rimsky

Es la reciente ganadora del Premio Nacional de Literatura de Chile, vive en Argentina desde hace varios años y tiene una larga trayectoria dentro de la ficción y la crónica, de las que logra desdibujar sus límites, gracias a su afilado sentido de la observación y una curiosidad desbordante por el mundo que habita para, a partir del mínimo detalle, desenredar el hilo de una historia.

Viajera infatigable, en Poste restante, hizo de la literatura de viajes la excusa para indagar sobre ese rompecabezas que es la identidad, cuando descubre en una feria de antigüedades un álbum de fotos familiares con el nombre “Rimski” y esa pequeña diferencia en el apellido le abre las puertas al deseo de sortear esa “pregunta por el olvido” que es la historia familiar de sus ancestros migrantes, haciendo el viaje inverso al que emprendieron los suyos.

En Tel Aviv, capta, a través de las puertas entreabiertas de los negocios, la tradición libresca de la religión judía. Descubre, en los migrantes pobres que se instalan alrededor de las terminales de trenes y buses, que “aunque no van a ninguna parte, el límite es el lugar posible.” En la ciudad donde se quemó a la última bruja, en Polonia, la frustración y el alcoholismo de su gente sojuzgada por todos, y en Ulanov, el pueblo de Ucrania que “ya no es posible” donde nació su abuelo paterno y donde lo imagina comiendo y viendo lo mismo que ella.

Otro viaje, esta vez a la frontera con Nicaragua, en los años más duros de la revolución sandinista, es el fondo con el que dialoga El futuro es un lugar extraño, el viaje que una ex militante de izquierda emprende a su pasado, recuperado en el relato de un ex preso político con el que militó contra la dictadura de Pinochet. Mientras descubre las dificultades para insertarse en el nuevo orden neoliberal y las miserias de aquellos que lo lograron, se pregunta por la subjetividad de ese “sujeto popular”, por el sentido del dolor sufrido por los militantes y sus familias, a la luz de este nuevo “sujeto a crédito” que reclama orden y seguridad.

Otras son las preguntas que se abren en Clara y confusa, su última novela, ganadora del premio Herralde, en la que, una historia de amor entre un plomero y una artista plástica pone en escena las mismas tensiones que se plantean entre el autor y obra, entendida como producción, como trabajo artesanal o laboratorio de ideas y materiales, siempre en transformación, y propone un arte que, como un artefacto nuevo no tenga interlocutores y se pregunta por la relación de este objeto nuevo con el sistema de exhibición, de difusión, con la comodidad de la tradición y la herencia literaria. 

Entrevista

- Antes que nada, ¡felicitaciones! ¿Qué significó para vos este premio?

Bueno, este premio es importante porque, primero, es quedar en la tradición, en la historia de la literatura chilena. Pero lo más interesante que me parece es que, a lo largo de la historia chilena, este premio se le daba a literaturas más centrales. Y por este motivo quedaron un montón de escritores y escritoras afuera como Lemebel, como Bolaño, como Juan Emar, como Enrique Lihn. Y entonces fue para mí un orgullo que en Chile se estén premiando escrituras más experimentales, que tengan otro tipo de búsquedas, además que eso se abra de aquí para adelante.

- Haciendo un repaso por tu obra, pensaba que en El futuro es un lugar extraño, entre otras cosas, hacías una crítica a las políticas de la memoria. Desde tu historia militante, ¿pensás que habría posibilidad de recuperar estas experiencias para enfrentar el avance de la ultraderecha en América Latina hoy?

Yo creo que claramente el modelo que impulsó la izquierda a partir de la Revolución Rusa no funcionó. Uno defendió a la URSS, a Cuba, a Nicaragua, y vimos que no eran lugares paradisíacos, ¿no? Yo creo que la izquierda partía de lo ideal y una de las cosas buenas que nos ha enseñado el devenir del mundo es que no hay que partir de lo ideal, sino de la experiencia de lo posible. Por otro lado, creo que estamos viviendo una crisis tremenda de la democracia representativa. En el fondo, estamos llegando a un punto en que hay que atreverse a repensar todo, la justicia, la educación y sobre todo la representación política, porque la sociedad está completamente desconectada de los políticos, que en vez de hacerle caso al marketing, tienen que empezar a conversar con la gente que está pensando esos temas. Pero, tampoco los políticos actuales tienen una capacidad intelectual que uno diga, wow. Y por otra parte, la pandemia, que cambió muchísimo la correlación de fuerzas, o sea, nunca hubo como hoy estos millonarios modelados a semejanza de los malos de la historieta. Que si no fuera tan trágico, sería cómico. A mí me llamó la atención lo de Epstein, fíjate, no solamente por los bordes tremendos hacia las mujeres, sino que también sentí que por primera vez los ricos ya no tenían límites.

- Después de años de viajes a zonas de conflicto como la frontera de Nicaragua, Israel o Medio Oriente, te estableciste en un pueblito de la provincia de Buenos Aires. ¿Esto es el reposo del guerrero?

Yo siempre quise tener un lugar un poco más tranquilo. Ahora, el otro día pensaba que en mi pueblo se dan todas las batallas universales. En ese sentido, lo de Chejov, pinta tu aldea y tendrá el mundo. Entonces creo que es un lugar donde yo puedo mirar ahí, lo puedo caracterizar, puedo observar los gestos, los detalles, y trabajar a partir de ciertos nudos de conflicto, como la tensión entre dos personas que tienen distinto poder y trasladarlo a una cosa más universal. Por ejemplo, la novela en la que estoy trabajando ocurre en un restaurante de campo, imagínate, y estoy trabajando sobre los discursos de odio.

- No necesitas viajar. ¿Y qué tipo de literatura te imaginás en este nuevo espacio?

Y bueno, un poco lo que empecé a desarrollar en Yomurí, con más fuerza en Clara y confusa, y que estoy continuando ahora, que es una ficción más documental. Lo que pasa es que, a diferencia de Ramal o Poste restante, no pongo los andamios ahora. O sea, no se nota lo documental. Pero soy una persona que estoy todo el tiempo muy abierta a lo que ocurre. Por lo tanto, está todo entrando ahí. Pero bueno, trabajando mucho en la imaginación, porque tengo la sensación de que está imponiéndose una idea que a mí me causa una tremenda tristeza, que es la idea de lo inexorable. Entonces, creo que la imaginación es una forma de sortear lo inexorable.

- En tu última novela, Clara y confusa, planteás una idea del arte como work in progress, como oficio, como laboratorio. ¿Esta es una idea cercana a las vanguardias?

Me imagino que sí. Aunque hablar de vanguardia es otro ideal, otra utopía. Pero bueno, podríamos decir que frente a un estilo de arte donde solo interesa el producto final, hay otras personas, entre las cuales yo me cuento, que planteamos que lo más interesante del arte es el proceso, las preguntas que se van abriendo, los desvíos, los errores, y no el producto final acabado.

- Pensaba también que el malentendido es un elemento muy importante dentro de tu literatura. ¿Publicar en editoriales grandes, ganar premios, atenta contra este malentendido que está en la base en tu obra?

Es que para mí los premios no son un lugar de poder. Y eso creo que hace una pequeña diferencia. Para mí son una posibilidad colectiva de que podamos tener más espacios para este tipo de literatura que los autores, las autoras que me gustan, con los que tengo alguna afinidad, podamos ir abriendo espacios a este tipo de literatura. Entonces, creo que ese es un proceso colectivo. Lo veo más como eso, como posibilidad de promover, de hablar de otras cosas. Por ejemplo, cuando me daban el premio me preguntaban, ¿cuál es el mensaje? Yo no doy mensajes. Después un amigo me dijo que Borges decía, no soy mensajero. Cuando me gané el premio Herralde, decíamos, es como la sensación de que lo podía ganar uno de nosotros.

- ¿Estás trabajando en algún título nuevo, tenés planes de publicación?

Ahora en noviembre sale una nueva edición de Los Perplejos, por Anagrama. En marzo voy a ir con unas crónicas nuevas, y al final de año con una editorial chilena, un libro de ensayo, y bueno, tengo montones de proyectos, estoy trabajando en una novela, que lo único que quiero es que pase esto para poder seguir, porque estaba muy entusiasmada. Y bueno, ahora tengo una jubilación que no tenía, no tenía idea cómo iba a ser cuando dejara de trabajar, así que me voy a dedicar a escribir, llenar las mesas de las editoriales. ¡Y a leer!

Publicado en La gaceta literaria, 27/9/2026

lunes, 21 de septiembre de 2026

Raider Tõzõ

            Hay una conexión evidente entre Mike Wilson y los lectores argentinos que, desde la salida de Leñador, adoptaron rápidamente sus novelas. Instalado en Chile desde hace algunas décadas, parece compartir con ellos un “destino sudamericano”, cuyo último título, Raider Tõzõ, un relato fantasmagórico y apocalíptico que, en un bucle muy interesante, se inscribe bajo el signo de Borges, lo refuerza.

Con una dedicatoria escrita verticalmente, vamos entrando en la atmósfera oriental de un texto con capítulos titulados en forma bilingüe, en escritura kanji (nos informa Wikipedia) y español, donde se relatan los últimos días de un policía y ex yacuza que, devastado por el escorbuto, la soledad y un pasado de violencia, se encierra en su pequeña oficina, mientras la ciudad de Tokio sucumbe a la llegada de un tifón que, como un Godzilla enfurecido, destroza todo a su paso, dejándola bajo el agua.

Con una prosa que es puro presente del indicativo, describe -magistralmente- el deterioro del protagonista y del mundo a su alrededor, cuya única tabla de salvación es un cuaderno donde escribe, puntualmente, la novela sobre un anciano que ha olvidado todo y que, en el umbral de la muerte, en una cabaña en la Patagonia, reescribe febrilmente una única escena: la de la contemplación del cuerpo sagrado del luchador de sumo, Raider Tõzõ.

Como en un juego de espejos, cada relato, enmarcado en el otro, pone en escena la materia de lo que están hechos: de sueños y pesadillas, de imaginación y deseo, y en un diálogo con el cuento “Las ruinas circulares”, concluye, como Borges, que tanto el autor como su personaje son puro simulacro, haciendo de los problemas de la escritura, el centro de esta novela de fantasmas. Como los que atraviesan las paredes de las escenas y resuenan en las de su personaje, trayendo consigo su mundo de olores, sonidos y colores. O como su doble reflejado en el vidrio de la ventana que le devuelve, con unos segundos de diferencia, su historia ligeramente desviada.

Como el gran libro de los relatos enmarcados, Las mil y una noches, de lo que se trata, pareciera decirnos, es de narrar contra la muerte que, más que sustantivo será verbo, definido por el anciano moribundo como un “recordar el olvido del que provenimos”. Y mientras el mundo se hunde, el narrador recibirá la visita de una figura femenina, en una escena preciosa y delicadamente erótica, en la que imagina poder salvarse del naufragio de su vida y de la ciudad, teniendo como única certeza el cuaderno en el que ambos, narrador y personaje, escriben desesperadamente.

Violentamente dulce es este texto, un oxímoron con el que Cortázar, otro autor afecto a los pasajes inquietantes entre la vida y su representación, tituló uno de sus últimos libros. Quizás, este autor norteamericano considerado por la crítica como “un narrador sin paralelo en la literatura latinoamericana contemporánea” haya encontrado, finalmente, su “destino sudamericano” en nuestra literatura fantástica.

Publicado en diario Perfil, 20/9/2026

martes, 1 de septiembre de 2026

Amigos

          El libro póstumo de Sylvia Molloy, al que su autora llamó Amigos, reúne los bellísimos textos escritos para despedir a José Bianco, Manuel Puig, Victoria y Silvina Ocampo, Enrique Pezzoni y Borges luego de su muerte, y hoy se publica en una edición crítica a cargo de la investigadora Adriana Amante, quien tuvo la feliz idea (producto de un riguroso trabajo de investigación) de incluir muchas de las cartas que la autora intercambió con sus amigos del grupo Sur a lo largo de las décadas del 60 y 70.

Escritos con una gracia e inteligencia que no opacan el tono de auténtica melancolía, su compiladora encuentra en ellos una matriz propia de su escritura en la que, a partir de una anécdota que la involucra, logra correrse de la escena para cederle el protagonismo al homenajeado, y desde allí, armar, en unas pocas frases, su sistema literario.

En las cartas, editadas en forma cronológica, asistiremos a su crecimiento dentro de la academia norteamericana y a la cocina de sus mejores textos críticos y ficcionales, mientras disfrutamos con el relato de anécdotas desopilantes, asistimos a las internas en la revista Sur y los comentarios maledicentes sobre su directora, a los chismes sobre la vida sexual del grupo de amigos (muchos de ellos, verdaderos personajes literarios) que conformó una parte muy importante del campo literario argentino, el de la derecha exquisita, antiperonista y liberal, de la que Molloy no necesariamente se sintió heredera, sino compañera de una fraternidad intelectual mordaz y brillante.

Publicado en El Dipló, septiembre 2026

domingo, 30 de agosto de 2026

Más allá de las razones

Este libro puede ser una de las novedades literarias más deslumbrantes y movilizadoras o resultar una lectura peligrosa. Fue escrito por una de las escritoras norteamericana más notables de los últimos tiempos, Yiyun Li, ganadora del premio Pulitzer 2026, para su hijo mayor, luego de que éste se suicidara a los 16 años.

Pero si al abrirlo buscamos respuestas, explicaciones, una catarsis o alguna enseñanza purificadora, este no es el libro indicado. Su autora, dueña de una sensibilidad poética abrumadora, descubre en el lenguaje el lugar donde volver a reunirse con su hijo para continuar un diálogo que le permita encontrar las preguntas indicadas para este hecho atroz y llegar, no a la comprensión, sino a la aceptación de una decisión irrevocable, como única forma de no quedar atrapada en un callejón sin salida. Y el resultado es un libro compuesto, finalmente, a cuatro manos, el lugar donde poder “atrapar cada palabra con el papel pegajoso de la memoria”. Donde las muchas poesías compartidas, las citas literarias y su propia obra serán la mejor coartada para transitar la pérdida sin caer en la trampa del duelo, esa suerte de purgatorio que, entendió rápidamente, no lleva a ningún cielo prometido.

Fuera del tiempo y dentro de la gramática, el único lugar posible, es donde se juega esta historia, más precisamente, en la literatura, en la que la muerte dará lugar a la omnisciencia y el trabajo consistirá en encontrar los adjetivos indicados para un hecho “tan triste que ya no me quedan otros adjetivos”, en reamar el diccionario cuando muchas de sus palabras (sufrir, nunca, siempre) quedaron vaciadas de sentido, en dar vida con palabras a lo que antes habían hecho de carne y hueso, para entender lo que su hijo llamaba un “modo de vivir sin ser un sustantivo” y sobre todo, en destruir todos los lugares comunes del lenguaje donde descansan quienes no saben dar consuelo a los dolientes.

Y en esta ocasión, sin regodearse en el dolor, la autora, sin embargo, escribió un texto profundamente doloroso, una no-elegía para su hijo, en la convicción de que “ningún padre debería escribir la elegía para un hijo”, con la delicadeza que su tradición oriental le enseñó, mientras desarma todos los supuestos sobre la maternidad, ese monstruo imposible, y dispara preguntas más allá del tema que dio origen al libro y que cualquier lector que haya pasado por la experiencia de la maternidad o la paternidad, no podrá evitar hacerse.

Publicado en La gaceta literaria, 30/8/2026

La tormenta

            Desde que la cordobesa Chai publicó por primera vez al galés Cynan Jones, los lectores no pararon de crecer y los motivos son muchos.

Con una prosa intervenida por otras voces, algunas en gaélico, otras, propias de la naturaleza, otras, quizás, salidas de un cuaderno de notas, todas, en definitiva, mostrando su propio origen, construye una poética de hombres solitarios, rústicos y, sobre todas las cosas, vulnerables, enfrentados a la hostilidad de una naturaleza cuyo salvajismo y ferocidad son narrados en lo que son, sin ser convertidos en el “otro” del mundo civilizado. Que se afanan en trabajos agotadores que, a la manera de los objetivistas, describe descomponiéndolos en cada parte del proceso. Y reproduce en la escritura los silencios de un mundo alejado de la experiencia de la vida urbana, donde el entorno rural, en cada uno de sus elementos, deviene el personaje central, del que pareciera sólo se puede hablar a través de los sentidos del oído y el tacto, poniendo de relieve la íntima relación de los personajes con su espacio vital.

Como en el cuento “El peregrino”, donde un cazador de pichones de halcón descubre la violencia insoportable sobre los menores, cuando su pasado, en el que un compañero de clase acosado por el grupo fuera empujado al suicidio, resuena en su nuevo oficio.

En “Los renos”, un hombre contratado para cazar a un oso que está diezmando el ganado se interna en la espesura de un bosque nevado y, junto con el desdibujamiento del paisaje, el perseguidor se confundirá con el perseguido y la ferocidad cambiará de bando.

Un test de embarazo negativo abre el cuento “La vaca” como espejo invertido de la temporada de partos del ganado y marca la tensión que atraviesa a unos personajes enfermizos, cuando el protagonista, al que las agujas le producen pánico, decide enfrentarse al espectáculo pavoroso de la cesárea de una vaca para salvar a su ternero moribundo.

 En “El inventario”, el rechazo a la modernización convierte a un padre obligado a estar alejado de su hija en un anarquista en fuga y en “Cuadrados blancos”, a uno recién divorciado, en justiciero, ambas caras de la misma estrategia de los derrotados.

Y el cuento que da título al libro, “La tormenta”, quizás, el más emblemático de la serie, pone en relación las emociones de una pareja a la que el nacimiento de su hijita ha alejado físicamente, con la catástrofe que se desata cuando una tempestad amenaza con derribar los enormes árboles que rodean la casa sobre los cables de alta tensión.

Lo no narrado, tan decisivo como lo que se narra, sostiene estos relatos donde las pérdidas -el gran tema de su literatura- en los embarazos fallidos, los terneros nonatos, los duelos, exhiben el vínculo indestructible de la subjetividad con el propio terruño para plasmar lo que este notable autor entiende por literatura: un modo de elaborar la experiencia permaneciendo fiel a sí mismo y a la historia que se propone contar, sin convertir su inconfundible estilo en una mera marca.

Publicado en diario Perfil, 30/8/2026

domingo, 23 de agosto de 2026

Principio, medio, fin

        “En el principio, eran una madre y una hija”. Así comienza esta historia y no queda muy claro de qué principio habla, si de los tiempos o de la novela. Pero, lo que sí queda claro es que es femenino y que, más que un principio es un volver a empezar luego de un divorcio y de una crisis creativa que llevarán a la protagonista a emprender, junto a su hija, un viaje hacia la semilla, el reverso del viaje que su abuela había hecho desde Catania trayendo un mosaico del dios Proteo, robado de una tumba romana.

Con el fantasma del alzheimer rondando a su madre, y como en un juego de espejos, escribe este relato de viajes para ella, mientras revisita la tradición cultural europea y elige a Plinio como su dios tutelar, con el telón de fondo de la erupción del volcán Etna y la catástrofe inminente, mientras su hija colecciona viejas postales en las que escribe, en el reverso, su propia novela.

            Escrito junto a la Historia Natural de Plinio, esa enciclopedia de la Antigüedad de todo lo existente y contra La Odisea y la idea de patrimonio masculino como herencia cultural, elige la genealogía de mujeres como transmisora de saberes. Pero si hay un autor que ilumina este relato es Borges, quien construyó su propio camino en la literatura, al hacer de la lectura desviada de la tradición su modus operandi.

Y si el viaje de la protagonista se parece más a una fuga o a “un plan maestro”, le servirá a la vez para encontrar la libertad de reinventar su relación con la escritura, con la maternidad y con el deseo. Un viaje que también emprenderá por la historia y el origen de las palabras, haciendo de la etimología su oráculo personal, y en el que descubrirá el sentido de la palabra griega “catástrofe”, como el momento previo al final, donde se desata el nudo del conflicto, y en el que finalmente podrá encontrar, en el sonido del tecleo de la computadora, la propia casa.

Entrevista a Valeria Luiselli

- Hace unos años, un presidente nuestro dijo: “los argentinos descendemos de los barcos”, exhibiendo el inconsciente de una sociedad que niega su origen indígena y criollo. ¿Cómo se construyó en México el imaginario sobre el origen?

México es un país bastante más mestizo que Argentina, con una presencia indígena mucho mayor pero también con una presencia criolla que como en toda América Latina, suele ser la clase alta. Pero el imaginario con el que yo crecí es muy distinto al que se está reconstituyendo ahora. Por ejemplo, de mi bisabuela materna, que era otomí, siempre nos habían dicho que la había adoptado una familia española y entonces el mensaje era, bueno, es indígena, pero educada por españoles. Pero resultó que no era cierto, que no había sido adoptada, sino que era trabajadora en una hacienda española y que por el derecho de pernada, el terrateniente español podía disponer del cuerpo de las mujeres que trabajaban para él. Y entonces nacían en las haciendas muchos niños mestizos. Fue muy chocante saber que el linaje de uno viene de una violación. Pero, de cuántas no ¿no?

- “En el principio eran una madre y una hija” se lee en el comienzo. Y frente a lo masculino como fundador de civilizaciones, sostiene lo femenino como transmisor de conocimientos. ¿Esta es tu relectura de la tradición europea occidental?

Pues sí. La novela revisita antiguos mitos griegos, con el intento de entender cómo se resignificaría la historia si no estuviera definida por las estructuras que inventaron los hombres para ellos. Hay un ensayo maravilloso de Ursula K. Le Guin que habla sobre eso, e invita a imaginar un mundo cuyas instituciones fueran inventadas por las mujeres. Dice que imagina que sería un mundo un poco más horizontal y fluido, como un caudal, y no una estructura rígida, vertical. Y fíjate que durante todo el periodo en que estuve escribiendo esta novela, mi vida cotidiana se redefinió por completo. Tras un divorcio, yo había comprado una casona vieja en el Bronx y vivía ahí con mi hija y mi perra. Llegó al poco tiempo mi madre a ayudarnos, luego llegó una sobrina a vivir conmigo y luego otra sobrina. Y luego la sobrina número uno tuvo una hija. Y luego se vino a vivir una amiga divorciada y luego otra amiga. Y a lo largo de los años, llegamos a ser siete, ocho mujeres viviendo en casa. Y eso redefinió la manera en que entendía la forma del cuidado, la forma de la conversación, la manera de estar.

- ¿Qué pasa cuando la lengua materna se desintegra, se pierde?

Una vez, en Nueva York, una mujer triqui que es otro grupo indígena oaxaqueño, me dijo una frase sobre cómo las mamás nos enseñan a hablar y luego el mundo no hace más que callarnos. Ella me dijo eso como respuesta a mi pregunta de si sus hijos hablaban triqui y me dijo no, porque tienen miedo de que se rían de ellos en la escuela. Entonces, hay algo ahí de las lenguas maternas que se pierden constantemente. Pero en esta novela creo que tiene que ver más con la pérdida de la memoria. ¿Qué pasa cuando una madre, un padre, que fueron el sustento de tu estar en el mundo, pierden la memoria?

- En un texto de Borges, “Kafka y sus precursores”, él plantea que el escritor elige a sus precursores, inventa su genealogía y pensaba que en la novela hay dos robos: el del mosaico del dios Proteo y el de los libros de Plinio. ¿Qué le dio Borges a tu novela?

Me encanta que estés viendo ahí algo que creo que se piensa poco, que uno elige a sus precursores, pero también usurpa lo que suele pensarse como perteneciente a solo un grupo de elegidos. No sé, solemos pensar pasivamente y cuando nos pronunciamos contra el canon, creo que tenemos que pensar que podemos usarlo para hacer lo nuestro, para reinventarlo.

- Pensaba si el dios Proteo, el que cambia de forma cuando se lo quiere atrapar, no sería una imagen de la lectura.

Y de la escritura, en el sentido de que quien puede finalmente apresar a Proteo es quien tiene una capacidad suficientemente aguda, paciente, meticulosa de observación como para entender cómo se está transformando en una cosa u otra, como supuestamente lo fue Menelao. Pero, ahora que lo dices, me gusta más que sea una gran metáfora de la lectura. Así que me lo robo.

- Hay un diálogo en el que la hija le pregunta cómo es posible que no tenga licencia de conducir (antes se había hablado de la licencia por maternidad) y ella le responde, “la llevo perdida”. Es muy lindo este modo ¿mexicano? de expresarlo, que habla de llevar la pérdida con uno. ¿Ese pánico con el que se vive por perder a un hijo es lo propio de la maternidad?

Sí, es un modo muy mexicano, “la tengo perdida”. Pero, ahora que me haces consciente de eso, sí es un modo rarísimo de decirlo. Y sí, siempre estás atravesada por ese rayo psíquico de terror por la pérdida. Pero te iba a decir que me encanta lo que destilaste de este modo extranjero para ti, de decir las cosas. Esa es la belleza de moverse entre idiomas, en donde uno es ligeramente extranjero en un idioma tan vasto como el nuestro, que ocupa un continente entero y más. Y es muy rico poder traducirnos así.

Publicado en La gaceta literaria, 23/8/2026