domingo, 25 de octubre de 2026

Tuve días peores

             La historia comenzó con el encargo de un dossier sobre la obra de Leopoldo Brizuela para la revista El Ansia. Lo que parecía una tarea relativamente apacible, con su repentina muerte y un viaje a la casa que aquél había compartido con su amor, derivó en un trabajo de investigación de cinco años que se convirtió en una obsesión por reconstruir la vida, la intimidad y la obra reflejada en un archivo inabarcable de este escritor al que el éxito editorial lo encontró demasiado pronto, que desde muy joven se propuso delinear su figura de autor y que a la vez, fue el crítico más feroz de su obra y al que sus amigos definían como un joven “victoriano”.

Y ese primer viaje a Tolosa resultó el comienzo de una crónica de la historia silenciada de un padre con el que mantenía una relación complicada, de los lugares donde se desarrollan sus principales novelas, de los talleres literarios donde comenzó su formación, de sus primeros romances, de su faceta de folklorista junto a Leda Valladares, de los circuitos gay de la ciudad de La Plata, de su amistad entrañable con María Elena Walsh, de su trabajo con las Madres de Plaza de Mayo (a las que le dedicó el premio Clarín por Inglaterra, una fábula) y de la conflictiva relación que tenía con su propia obra, de la que los innumerables diarios, cuadernos, manuscritos, archivos y trabajos inéditos dan cuenta.

Y el autor de este libro, investigador del Conicet, lejos de seguir los lineamientos ortodoxos de un trabajo académico, registra las numerosas entrevistas que hizo a un círculo cada vez más amplio de gente que lo conoció (y hasta los últimos audios que intercambió con él unas horas antes de su muerte), exhibiendo su propia subjetividad en cada uno de los diálogos, que parecen publicados casi sin edición.

Si hubiera que encontrarle una palabra clave a esta biografía, quizás sería “intensidad” la que mejor la definiría, no sólo por la insistencia con que se repite, sino por el tono que adquiere a medida que se interna en la vida de su biografiado, pero además, por su literatura que descubre, muchas veces, intrincada y difícil de penetrar. Una intensidad que se replica en las controversias que se generaron alrededor de los premios que recibió, de las relaciones que estableció y de las que luego renegó (con Marta Lynch, su principal mentora, con Hebe de Bonafini), o en la toxicidad de unas relaciones amorosas en las que se enredó hasta el encuentro con quien terminó compartiendo su vida. Un personaje, en esta biografía, casi tan importante como su protagonista, al que el autor acompañó en su duelo (y al que le dedica especialmente este trabajo) y quien generosamente le abrió las puertas del monstruoso archivo de Brizuela, cuyo destino sea, muy probablemente, la Biblioteca Nacional, el lugar donde, en un bucle literario, este escritor trabajó los últimos años de su vida, organizando el archivo de sus autores más queridos.

Publicado en diario Perfil, 25/10/2026

lunes, 19 de octubre de 2026

Un bosque rodeado de árboles

“Había una vez…”, seguramente, el primer acceso a la ficción al que nos enfrentamos como lectores, como el “abracadabra”, es una fórmula que de tan convencionalizada produce un efecto de extrañamiento, dispara la imaginación y abre las puertas a la aventura.

Pero lo que había era un escritor consagrado, gran poeta y cuentista que se propuso reformular “Hansel y Gretel”, uno de los cuentos de hadas con los que afortunadamente fuimos criados, que fueran recopilados por los hermanos Grimm, ambos filólogos pertenecientes al romanticismo alemán, el movimiento nacionalista que se planteó recuperar las raíces campesinas de su literatura.

Indestructibles, a pesar de los embates de la pedagogía, la moral y hoy, del progresismo literario, sobreviven porque conectan directamente con la psiquis infantil y les hablan a sus pequeños interlocutores de los miedos que la humanidad ha padecido desde siempre en esta etapa de la vida: al abandono, a la destrucción, a ser comidos por fieras salvajes. Y es el bosque, el umbral a lo desconocido y el espacio mítico para la literatura folklórica, el lugar donde estas fuerzas se ponen en juego.  

Y el famoso escritor, decíamos, quiso reformular la historia de los hermanos abandonados por su padre y, como si hubiera disuelto el cuento tradicional en una fuente de ácido, escribió cinco relatos aleatorios donde no sólo se pierden unos hermanitos incestuosos, sino también un padre culposo que cae en las garras de unos viejos caníbales, un brujo, atrapado en sus propios hechizos, el propio bosque, talado hasta quedar irreconocible y otra pareja de hermanos, los famosos antólogos alemanes.

Con una prosa muy alejada del trabajo y la sutileza de sus textos anteriores, simplona y reiterativa, como entiende que fueron escritos estos cuentos populares, reescribe a su gusto el relato tradicional, despojándolo de la densidad psicológica que lo hizo atravesar los siglos, en el que los motivos del viaje (elegido o impuesto, como en este caso), la pérdida inicial, la astucia del protagonista y el enfrentamiento con el enemigo, harán crecer al protagonista que, gracias al encuentro con un cofre de dinero o joyas, siempre resplandeciente, se transformará en un hombre rico y afortunado. Lo cierto es que estas historias, estructuralmente reconocibles, daban a los pequeños lectores u oyentes las herramientas para atravesar la dura etapa del crecimiento, en especial, en las sociedades campesinas del siglo XIX, para las cuales la naturaleza no estaba amenazada, sino que era amenazante, las familias rotas no formaban parte de su universo social, las mujeres no tenían el rol principal, los niños eran las auténticas víctimas y era inconcebible que pudieran transformarse en victimarios, tal como lo imaginó nuestro famoso escritor que, en una vuelta por la historia de la literatura, intenta un nuevo derrotero. Pero una cosa es salir en busca de la aventura y otra muy diferente es perder el rumbo. En la vida y en la ficción.

Publicado en diario Perfil, 18/10/26

domingo, 27 de septiembre de 2026

Colección “Lectores” de Ampersand

Veinte son, hasta hoy, los títulos publicados por la colección Lector&s de Ampersand, una editorial enfocada en la cultura escrita que entiende que la reflexión sobre la lectura es un aspecto esencial de ella.

Para eso, convocó a diferentes escritores latinoamericanos, a los que invitó a narrar su autobiografía lectora que, en algunos casos, resultará un sólido trabajo de crítica literaria, en otros, un manual de teoría literaria, una lectura política del campo editorial latinoamericano, un recorrido a contrapelo de los circuitos intelectuales o una clase de filología clásica y de la historia de nuestra lengua, entre muchas otras experiencias personales con la lectura.

Dirigida por Graciela Batticuore, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires, hoy reúne a los principales críticos y escritores contemporáneos de nuestro continente, quienes comparten sus reflexiones sobre una práctica que es pasión, oficio y un diálogo cada vez más necesario con nuestra tradición cultural, como lo demuestran algunos de estos trabajos.

 

“Libros chiquitos” llama Tamara Kamenszain al suyo, mientras comparte su experiencia como lectora fervorosa de poesía, una pasión que logra transmitirnos en sus lecturas de un género que define como una “suspensión placentera del sentido que atrapa con su ritmo.” Pero también es un rechazo a la grandilocuencia de los grandes maestros y una toma de posición a favor de ese género “menor” que nos permite “pescar el murmullo de una voz fragmentaria”, desde César Vallejo a Mariano Blatt, pasando por las más actuales experiencias performáticas, que ella analiza con la pasión propia de los grandes maestros como Enrique Pezzoni, con el cual se formó.

            Su recorrido como lectora nos habla de un estado de nuestro campo cultural y político, en el que Barthes deslumbraba y formaba a toda una generación de intelectuales, la universidad pública le daba una formación rigurosa en filosofía, medios como La Opinión la albergaban en su staff; la biblioteca de la Sociedad Hebraica le ofrecía su enorme biblioteca de libros en idish y México se convertía, durante los años de la dictadura, en su segunda patria.

 

            Si de dictaduras se trata, del otro lado de la cordillera, Diamela Eltit ensaya en “El ojo en la mira” su biografía intelectual y el título elegido por la chilena, que conjuga violencia política y eficacia poética, habla de una escritura que pone en escena las condiciones de enunciación en un continente como el nuestro, atravesado por la violencia y la desigualdad.

           De Corín Tellado a Marx, de la teoría feminista al Siglo de Oro español, este cruce de lecturas, que la llevó a construir ficciones donde los cuerpos femeninos se constituyen en “zona de sacrificio”, le permitió, a la vez, conectar con el habla de las comunidades, con la vida en las plazas, con las historias que encierran los chismes y las tragedias que cuecen en las cocinas familiares, sin caer en concepciones de lo literario que refuerzan el lugar de la mujer como excepción en relación a la norma, porque de lo que se trata, sostiene, es de “abolir la norma.” Una posición que rechaza la “genitalidad literaria”, porque considera que por muy progresista que sea, construye un nuevo gueto.

 

Por su lado, Daniel Link, uno de los más sólidos intelectuales y pedagogos de nuestro país, comienza su biografía lectora con una escena de iniciación a la lectura casi proustiana, la de “un niño pobre y enfermizo” que se convierte en un bibliófilo exquisito.

            “La lectura: una vida…” es el título elegido por su autor, que habla de una relación vital con el pensamiento y una posición respecto de su tiempo, expuesta en cada una de sus intervenciones: como ensayista, crítico literario, profesor universitario, editor e investigador. Y en cada capítulo describe los fundamentos de los oficios que ejerció, que sintetizan sus ideas acerca de lo que entiende como política cultural y, como buen profesor, desarrolla los temas teóricos que lo han acompañado en su trabajo, con la profundidad de un manual de teoría literaria.

            Desde los primeros libros que recibió de manos de sus maestras como El principito (al que le dedica una lúcida lectura que lo saca del lugar común del best seller), recorre cada una de las etapas de su formación intelectual, donde aprendió, junto con la filología, la importancia para una cultura de la reconstrucción de los archivos, cuando trabajó con los archivos dispersos de Rodolfo Walsh que la dictadura había desmantelado y de su experiencia pedagógica en el nivel medio, lo mucho que hacía falta en materiales de estudio, que luego elaboró en la serie de El lecturón.

  

            También docente, pero de literatura medieval española, además de poeta y narradora, la colombiana Carolina Sanín es la autora de “La voz del buey”. Con un título que alude a esa voz inhumana producida por la mirada que recorre el texto y que ella encuentra en el acto de leer, nos entrega su recorrido por mil años de historia de la lengua española en un trabajo erudito, didáctico y, como es su estilo, muy poético.

            La cultura árabe, el latín vernáculo del que deriva nuestro idioma, la Biblia, el Corán, Alfonso X, la cuentística medieval, la tradición oral y los clásicos universales (entre los cuales, Borges tiene un lugar destacado) son el territorio fértil de un trabajo donde las propias reflexiones sobre la lectura adquieren un espesor notable. Como la que le recuerda que el mismo verbo legere significa tanto leer como recolectar y encuentra un campo roturado la imagen de un libro abierto, cuyos reglones son los surcos. O en el encuentro íntimo entre un libro y un lector, una metáfora de la relación amorosa, ambos indisolublemente unidos a la posición yacente. Amar, leer y estar ocioso parecen ser los únicos espacios por fuera de la productividad, nos dice. Y uno de los pocos reductos de libertad que nos quedan.

 

            Muy diferente a todas las anteriores es la experiencia que cuenta María Moreno en Contramarcha y su título la pone en evidencia. Una vocación por el desvío que la convirtió en una cronista única en su especie, capaz de dinamitar con su prosa barroca y plebeya todos los lugares comunes de la cultura.

El radioteatro y la poesía de los tangos, la enciclopedia “ágrafa y visual” como la llama su autora, desde la que partió, hasta la redacción del diario La Opinión; de la lectura “de reojo” de la bibliografía universitaria y el descubrimiento de Simone de Beauvoir hasta la primera revista travesti de Latinoamérica, El Teje, que fundó. Un recorrido donde construyó esa mirada desde los márgenes tanto de la academia como de la doxa con la que encontró un modo único de “escribir al otro” y abrió el camino de la autonomía de la literatura al género crónica. Quizás sea por eso que logra que unos textos escritos al calor de los acontecimientos políticos no tengan fecha de vencimiento y alcancen algo así como la atemporalidad.

 

La colección, que se completa con los nombres de Silvia Molloy, Silvia Iparraguirre, Alan Pauls, Jorge Monteleone, Edgardo Cozarinsky, Carlos Altamirano, Margo Glantz, Daniel Guebel, Luis Gusmán, María Teresa Andruetto, Carlos Battilana, Luis Felipe “Yuyo” Noé, Ida Vitale, Mariana Enríquez y Nora Catelli -recién publicado- conforman esta imprescindible “biblioteca de lectores” que esperamos siga creciendo.


Publicado en Tiempo argentino, 27/9/2026

Entrevista a Cynthia Rimsky

Es la reciente ganadora del Premio Nacional de Literatura de Chile, vive en Argentina desde hace varios años y tiene una larga trayectoria dentro de la ficción y la crónica, de las que logra desdibujar sus límites, gracias a su afilado sentido de la observación y una curiosidad desbordante por el mundo que habita para, a partir del mínimo detalle, desenredar el hilo de una historia.

Viajera infatigable, en Poste restante, hizo de la literatura de viajes la excusa para indagar sobre ese rompecabezas que es la identidad, cuando descubre en una feria de antigüedades un álbum de fotos familiares con el nombre “Rimski” y esa pequeña diferencia en el apellido le abre las puertas al deseo de sortear esa “pregunta por el olvido” que es la historia familiar de sus ancestros migrantes, haciendo el viaje inverso al que emprendieron los suyos.

En Tel Aviv, capta, a través de las puertas entreabiertas de los negocios, la tradición libresca de la religión judía. Descubre, en los migrantes pobres que se instalan alrededor de las terminales de trenes y buses, que “aunque no van a ninguna parte, el límite es el lugar posible.” En la ciudad donde se quemó a la última bruja, en Polonia, la frustración y el alcoholismo de su gente sojuzgada por todos, y en Ulanov, el pueblo de Ucrania que “ya no es posible” donde nació su abuelo paterno y donde lo imagina comiendo y viendo lo mismo que ella.

Otro viaje, esta vez a la frontera con Nicaragua, en los años más duros de la revolución sandinista, es el fondo con el que dialoga El futuro es un lugar extraño, el viaje que una ex militante de izquierda emprende a su pasado, recuperado en el relato de un ex preso político con el que militó contra la dictadura de Pinochet. Mientras descubre las dificultades para insertarse en el nuevo orden neoliberal y las miserias de aquellos que lo lograron, se pregunta por la subjetividad de ese “sujeto popular”, por el sentido del dolor sufrido por los militantes y sus familias, a la luz de este nuevo “sujeto a crédito” que reclama orden y seguridad.

Otras son las preguntas que se abren en Clara y confusa, su última novela, ganadora del premio Herralde, en la que, una historia de amor entre un plomero y una artista plástica pone en escena las mismas tensiones que se plantean entre el autor y obra, entendida como producción, como trabajo artesanal o laboratorio de ideas y materiales, siempre en transformación, y propone un arte que, como un artefacto nuevo no tenga interlocutores y se pregunta por la relación de este objeto nuevo con el sistema de exhibición, de difusión, con la comodidad de la tradición y la herencia literaria. 

Entrevista

- Antes que nada, ¡felicitaciones! ¿Qué significó para vos este premio?

Bueno, este premio es importante porque, primero, es quedar en la tradición, en la historia de la literatura chilena. Pero lo más interesante que me parece es que, a lo largo de la historia chilena, este premio se le daba a literaturas más centrales. Y por este motivo quedaron un montón de escritores y escritoras afuera como Lemebel, como Bolaño, como Juan Emar, como Enrique Lihn. Y entonces fue para mí un orgullo que en Chile se estén premiando escrituras más experimentales, que tengan otro tipo de búsquedas, además que eso se abra de aquí para adelante.

- Haciendo un repaso por tu obra, pensaba que en El futuro es un lugar extraño, entre otras cosas, hacías una crítica a las políticas de la memoria. Desde tu historia militante, ¿pensás que habría posibilidad de recuperar estas experiencias para enfrentar el avance de la ultraderecha en América Latina hoy?

Yo creo que claramente el modelo que impulsó la izquierda a partir de la Revolución Rusa no funcionó. Uno defendió a la URSS, a Cuba, a Nicaragua, y vimos que no eran lugares paradisíacos, ¿no? Yo creo que la izquierda partía de lo ideal y una de las cosas buenas que nos ha enseñado el devenir del mundo es que no hay que partir de lo ideal, sino de la experiencia de lo posible. Por otro lado, creo que estamos viviendo una crisis tremenda de la democracia representativa. En el fondo, estamos llegando a un punto en que hay que atreverse a repensar todo, la justicia, la educación y sobre todo la representación política, porque la sociedad está completamente desconectada de los políticos, que en vez de hacerle caso al marketing, tienen que empezar a conversar con la gente que está pensando esos temas. Pero, tampoco los políticos actuales tienen una capacidad intelectual que uno diga, wow. Y por otra parte, la pandemia, que cambió muchísimo la correlación de fuerzas, o sea, nunca hubo como hoy estos millonarios modelados a semejanza de los malos de la historieta. Que si no fuera tan trágico, sería cómico. A mí me llamó la atención lo de Epstein, fíjate, no solamente por los bordes tremendos hacia las mujeres, sino que también sentí que por primera vez los ricos ya no tenían límites.

- Después de años de viajes a zonas de conflicto como la frontera de Nicaragua, Israel o Medio Oriente, te estableciste en un pueblito de la provincia de Buenos Aires. ¿Esto es el reposo del guerrero?

Yo siempre quise tener un lugar un poco más tranquilo. Ahora, el otro día pensaba que en mi pueblo se dan todas las batallas universales. En ese sentido, lo de Chejov, pinta tu aldea y tendrá el mundo. Entonces creo que es un lugar donde yo puedo mirar ahí, lo puedo caracterizar, puedo observar los gestos, los detalles, y trabajar a partir de ciertos nudos de conflicto, como la tensión entre dos personas que tienen distinto poder y trasladarlo a una cosa más universal. Por ejemplo, la novela en la que estoy trabajando ocurre en un restaurante de campo, imagínate, y estoy trabajando sobre los discursos de odio.

- No necesitas viajar. ¿Y qué tipo de literatura te imaginás en este nuevo espacio?

Y bueno, un poco lo que empecé a desarrollar en Yomurí, con más fuerza en Clara y confusa, y que estoy continuando ahora, que es una ficción más documental. Lo que pasa es que, a diferencia de Ramal o Poste restante, no pongo los andamios ahora. O sea, no se nota lo documental. Pero soy una persona que estoy todo el tiempo muy abierta a lo que ocurre. Por lo tanto, está todo entrando ahí. Pero bueno, trabajando mucho en la imaginación, porque tengo la sensación de que está imponiéndose una idea que a mí me causa una tremenda tristeza, que es la idea de lo inexorable. Entonces, creo que la imaginación es una forma de sortear lo inexorable.

- En tu última novela, Clara y confusa, planteás una idea del arte como work in progress, como oficio, como laboratorio. ¿Esta es una idea cercana a las vanguardias?

Me imagino que sí. Aunque hablar de vanguardia es otro ideal, otra utopía. Pero bueno, podríamos decir que frente a un estilo de arte donde solo interesa el producto final, hay otras personas, entre las cuales yo me cuento, que planteamos que lo más interesante del arte es el proceso, las preguntas que se van abriendo, los desvíos, los errores, y no el producto final acabado.

- Pensaba también que el malentendido es un elemento muy importante dentro de tu literatura. ¿Publicar en editoriales grandes, ganar premios, atenta contra este malentendido que está en la base en tu obra?

Es que para mí los premios no son un lugar de poder. Y eso creo que hace una pequeña diferencia. Para mí son una posibilidad colectiva de que podamos tener más espacios para este tipo de literatura que los autores, las autoras que me gustan, con los que tengo alguna afinidad, podamos ir abriendo espacios a este tipo de literatura. Entonces, creo que ese es un proceso colectivo. Lo veo más como eso, como posibilidad de promover, de hablar de otras cosas. Por ejemplo, cuando me daban el premio me preguntaban, ¿cuál es el mensaje? Yo no doy mensajes. Después un amigo me dijo que Borges decía, no soy mensajero. Cuando me gané el premio Herralde, decíamos, es como la sensación de que lo podía ganar uno de nosotros.

- ¿Estás trabajando en algún título nuevo, tenés planes de publicación?

Ahora en noviembre sale una nueva edición de Los Perplejos, por Anagrama. En marzo voy a ir con unas crónicas nuevas, y al final de año con una editorial chilena, un libro de ensayo, y bueno, tengo montones de proyectos, estoy trabajando en una novela, que lo único que quiero es que pase esto para poder seguir, porque estaba muy entusiasmada. Y bueno, ahora tengo una jubilación que no tenía, no tenía idea cómo iba a ser cuando dejara de trabajar, así que me voy a dedicar a escribir, llenar las mesas de las editoriales. ¡Y a leer!

Publicado en La gaceta literaria, 27/9/2026

lunes, 21 de septiembre de 2026

Raider Tõzõ

            Hay una conexión evidente entre Mike Wilson y los lectores argentinos que, desde la salida de Leñador, adoptaron rápidamente sus novelas. Instalado en Chile desde hace algunas décadas, parece compartir con ellos un “destino sudamericano”, cuyo último título, Raider Tõzõ, un relato fantasmagórico y apocalíptico que, en un bucle muy interesante, se inscribe bajo el signo de Borges, lo refuerza.

Con una dedicatoria escrita verticalmente, vamos entrando en la atmósfera oriental de un texto con capítulos titulados en forma bilingüe, en escritura kanji (nos informa Wikipedia) y español, donde se relatan los últimos días de un policía y ex yacuza que, devastado por el escorbuto, la soledad y un pasado de violencia, se encierra en su pequeña oficina, mientras la ciudad de Tokio sucumbe a la llegada de un tifón que, como un Godzilla enfurecido, destroza todo a su paso, dejándola bajo el agua.

Con una prosa que es puro presente del indicativo, describe -magistralmente- el deterioro del protagonista y del mundo a su alrededor, cuya única tabla de salvación es un cuaderno donde escribe, puntualmente, la novela sobre un anciano que ha olvidado todo y que, en el umbral de la muerte, en una cabaña en la Patagonia, reescribe febrilmente una única escena: la de la contemplación del cuerpo sagrado del luchador de sumo, Raider Tõzõ.

Como en un juego de espejos, cada relato, enmarcado en el otro, pone en escena la materia de lo que están hechos: de sueños y pesadillas, de imaginación y deseo, y en un diálogo con el cuento “Las ruinas circulares”, concluye, como Borges, que tanto el autor como su personaje son puro simulacro, haciendo de los problemas de la escritura, el centro de esta novela de fantasmas. Como los que atraviesan las paredes de las escenas y resuenan en las de su personaje, trayendo consigo su mundo de olores, sonidos y colores. O como su doble reflejado en el vidrio de la ventana que le devuelve, con unos segundos de diferencia, su historia ligeramente desviada.

Como el gran libro de los relatos enmarcados, Las mil y una noches, de lo que se trata, pareciera decirnos, es de narrar contra la muerte que, más que sustantivo será verbo, definido por el anciano moribundo como un “recordar el olvido del que provenimos”. Y mientras el mundo se hunde, el narrador recibirá la visita de una figura femenina, en una escena preciosa y delicadamente erótica, en la que imagina poder salvarse del naufragio de su vida y de la ciudad, teniendo como única certeza el cuaderno en el que ambos, narrador y personaje, escriben desesperadamente.

Violentamente dulce es este texto, un oxímoron con el que Cortázar, otro autor afecto a los pasajes inquietantes entre la vida y su representación, tituló uno de sus últimos libros. Quizás, este autor norteamericano considerado por la crítica como “un narrador sin paralelo en la literatura latinoamericana contemporánea” haya encontrado, finalmente, su “destino sudamericano” en nuestra literatura fantástica.

Publicado en diario Perfil, 20/9/2026

martes, 1 de septiembre de 2026

Amigos

          El libro póstumo de Sylvia Molloy, al que su autora llamó Amigos, reúne los bellísimos textos escritos para despedir a José Bianco, Manuel Puig, Victoria y Silvina Ocampo, Enrique Pezzoni y Borges luego de su muerte, y hoy se publica en una edición crítica a cargo de la investigadora Adriana Amante, quien tuvo la feliz idea (producto de un riguroso trabajo de investigación) de incluir muchas de las cartas que la autora intercambió con sus amigos del grupo Sur a lo largo de las décadas del 60 y 70.

Escritos con una gracia e inteligencia que no opacan el tono de auténtica melancolía, su compiladora encuentra en ellos una matriz propia de su escritura en la que, a partir de una anécdota que la involucra, logra correrse de la escena para cederle el protagonismo al homenajeado, y desde allí, armar, en unas pocas frases, su sistema literario.

En las cartas, editadas en forma cronológica, asistiremos a su crecimiento dentro de la academia norteamericana y a la cocina de sus mejores textos críticos y ficcionales, mientras disfrutamos con el relato de anécdotas desopilantes, asistimos a las internas en la revista Sur y los comentarios maledicentes sobre su directora, a los chismes sobre la vida sexual del grupo de amigos (muchos de ellos, verdaderos personajes literarios) que conformó una parte muy importante del campo literario argentino, el de la derecha exquisita, antiperonista y liberal, de la que Molloy no necesariamente se sintió heredera, sino compañera de una fraternidad intelectual mordaz y brillante.

Publicado en El Dipló, septiembre 2026

domingo, 30 de agosto de 2026

Más allá de las razones

Este libro puede ser una de las novedades literarias más deslumbrantes y movilizadoras o resultar una lectura peligrosa. Fue escrito por una de las escritoras norteamericana más notables de los últimos tiempos, Yiyun Li, ganadora del premio Pulitzer 2026, para su hijo mayor, luego de que éste se suicidara a los 16 años.

Pero si al abrirlo buscamos respuestas, explicaciones, una catarsis o alguna enseñanza purificadora, este no es el libro indicado. Su autora, dueña de una sensibilidad poética abrumadora, descubre en el lenguaje el lugar donde volver a reunirse con su hijo para continuar un diálogo que le permita encontrar las preguntas indicadas para este hecho atroz y llegar, no a la comprensión, sino a la aceptación de una decisión irrevocable, como única forma de no quedar atrapada en un callejón sin salida. Y el resultado es un libro compuesto, finalmente, a cuatro manos, el lugar donde poder “atrapar cada palabra con el papel pegajoso de la memoria”. Donde las muchas poesías compartidas, las citas literarias y su propia obra serán la mejor coartada para transitar la pérdida sin caer en la trampa del duelo, esa suerte de purgatorio que, entendió rápidamente, no lleva a ningún cielo prometido.

Fuera del tiempo y dentro de la gramática, el único lugar posible, es donde se juega esta historia, más precisamente, en la literatura, en la que la muerte dará lugar a la omnisciencia y el trabajo consistirá en encontrar los adjetivos indicados para un hecho “tan triste que ya no me quedan otros adjetivos”, en reamar el diccionario cuando muchas de sus palabras (sufrir, nunca, siempre) quedaron vaciadas de sentido, en dar vida con palabras a lo que antes habían hecho de carne y hueso, para entender lo que su hijo llamaba un “modo de vivir sin ser un sustantivo” y sobre todo, en destruir todos los lugares comunes del lenguaje donde descansan quienes no saben dar consuelo a los dolientes.

Y en esta ocasión, sin regodearse en el dolor, la autora, sin embargo, escribió un texto profundamente doloroso, una no-elegía para su hijo, en la convicción de que “ningún padre debería escribir la elegía para un hijo”, con la delicadeza que su tradición oriental le enseñó, mientras desarma todos los supuestos sobre la maternidad, ese monstruo imposible, y dispara preguntas más allá del tema que dio origen al libro y que cualquier lector que haya pasado por la experiencia de la maternidad o la paternidad, no podrá evitar hacerse.

Publicado en La gaceta literaria, 30/8/2026