Santiago
Loza lo hizo otra vez. Como en Pequeña novela de Oriente, convirtió su
viaje a las antípodas (en esta oportunidad, a la China milenaria) en una
experiencia física y estética. Y este viaje, que había sido postergado por la
pandemia, resultó la excusa perfecta para plasmar, con Diario chino,
publicado por la editorial Bosque energético y la película Los días chinos
(que en una feliz coincidencia, se publican al unísono) una obra bifronte con la
que narra la experiencia de salirse de sí para ir al encuentro de la otredad.
Ambos,
salidos de una misma matriz, y por momentos intercambiables, parecieran poner
en escena el procedimiento que elige, de escribir como se filma y filmar como se
escribe. Con frases cortas, algunas unimembres, en tiempo presente y sin conectores, que captan, como un haiku, el momento, va armando el
registro de sus días, sus neurosis y su futuro como creador, mientras descubre
la felicidad de fundirse con un entorno mucho más amable para su sensibilidad
que el que dejó en su país.
Con una toma por día y una entrada cada
vez en el diario, con fotografías que sube a las redes y poemas sobre lo que acontece
que intercambia con su distante amiga, intentará dejar en suspenso su propia mirada
sobre ese país y sus esfuerzos por comprender, para ejercer el arte de la
contemplación. Y algo de la
espiritualidad oriental se filtra cuando escucha a una mujer decirle que la
medicina china no le servirá para su cefalea porque “su dolor está apurado”. Casi
como un pequeño y bello hexagrama del I Ching o un mensaje dentro de una
galleta de la fortuna.
Y si la crónica de viajes, el género canónico de
los siglos XIV, XV y XVI, usaba el recurso de la metáfora comparativa para explicar
lo que nunca antes se había visto, en el encuentro con este espacio tan
diferente a nuestro imaginario, que tanto lo deslumbrará como hostigará, el
autor elige un lugar al margen de lo que la mirada del exotismo muestra y ubica
la cámara sobres sillas, ventanas y pisos, en los bordes de la escena, para
contar a contraluz.
Perderse en el
laberinto de la ciudad y del idioma, sentirse desamparado bajo la lluvia
constante, padecer el propio cuerpo que se niega a aceptar la comida autóctona es
quizás la paradoja del viajero que no llega nunca a integrarse al lugar al que
tanto deseó llegar y cómo en esa incomodidad se cifra la del propio el lenguaje, el de la escritura,
el cine o la fotografía, que siempre resultan rezagados respecto de la
experiencia misma, y que no permiten dar cuenta de lo que el arte pretende
abordar.
Pero perderse también puede ser liberarse de la tiranía del yo, otra paradoja, para un autor que narra desde una primerísima persona el impacto en su cuerpo de su temporada en la China y que a la vez encuentra en ese lugar la posibilidad que le ofrece una pileta pública o entre innumerables bicicletas, de fundir su cuerpo en la multitud. O de experimentar ser el otro, dentro de un zoológico, para los niños orientales, mientras descubre lo poco interesantes que pueden ser los osos panda. O en la ceremonia del té, los beneficios de una deliciosa bebida que le hace olvidar los padecimientos de la comida excesivamente condimentada. Como decir, una visita al país del yin y el yan, del que se sale, apenas, transformado. O mutado, como diría ese gran libro que los occidentales han hecho famoso.
Entrevista a Santiago Loza
- Tenés en cartel una película, Los días
chinos y acaba de salir tu libro, Diario chino. Que son como las dos caras de lo mismo.
Son proyectos un poco hermanos. En realidad, ese viaje a China invitado por la Asociación de Escritores de Shanghái sucedió hace varios años. Entonces me propuse escribir un diario de esa experiencia y al mismo tiempo ir haciendo una toma por día. Ahora, finalmente cuando salen a la luz, se han juntado medio casualmente porque, el Diario… salió por Bosque Energético en mayo y no creíamos que todavía la película iba a estar en cartel, así que fue maravilloso.
- Para nosotros la China puede ser muchas
cosas: la máquina de guerra comercial, para Mafalda, el peligro demográfico, el
lugar donde se originó el Covid o cuando algo es muy complicado se dice “es un
chino”. Hoy probablemente, nos remita a la China Suárez. ¿Vos con qué esperabas
encontrarte?
Yo creo que sí, todo lo que nombraste, incluida la China Suárez, son cosas que a mí me resuenan en el cotidiano cuando pienso en China. También ciertas ideas de una cultura milenaria inabarcable. Supongo que cuando pensaba en China tenía la idea de que iba a ser un espacio abarrotado de personas y que iba a ser barato. Todo eso se fue desarmando. Yo pensaba que algo de los embrollos mentales se podía simplificar en China y eso me atraía. Y después también era el lugar del Covid. Inclusive el viaje se pospuso porque yo iba a viajar en el 2020 y en realidad todos esos años de pandemia, para mí fueron años de mucha introspección, algo cambió en relación a la escritura. Empecé a escribir textos como corridos de lo ficcional.
- Registraste este viaje a través de la
fotografía, el cine, la prosa, la poesía. ¿Tuviste la necesidad de apelar a
diferentes artes para capturar ese gran otro que es la China?
Es como si no dieran abasto los lenguajes que tenía para dar cuenta de eso. Finalmente, de lo único que uno puede dar cuenta es de cómo el viaje va actuando en nuestra alma, cómo esa distancia, ese desconcierto va actuando en el cuerpo. A veces uno pone la cámara y mira lo que está iluminado y te das cuenta que lo que está pasando a espaldas de esa zona de iluminación es más interesante. Entonces, me pasaba eso, que siempre estaba tratando de mirar al costado de lo que me mostraban o de lo que había para ver.
- En esta obra no hay una intención de
explicar Más que una crónica de lo visto ¿es una crónica sobre tu propio ver,
tu sentir y tu estar en ese espacio de la otredad?
Creo que es así, también porque yo no soy alguien que venga del oficio del periodismo, entonces me pasa que inevitablemente aparece un grado grande de distorsión en lo que miro y armo unos artefactos que son más bien híbridos. Acá me propuse construir pequeñas imágenes, entonces, era inevitable reflexionar sobre lo que estaba mirando, cómo era mi mirada. ¿Estoy generando otro discurso exótico más sobre Asia? Bueno, yo ponía la cámara, armaba ese pequeño trípode y por momentos me daba como una sensación de peligrosidad, de ser descubierto. Es que siempre filmar tiene algo de clandestino, como que estás robando el alma.
- Hay algo de la espiritualidad oriental que
se reproduce en la forma de escritura. ¿Esto fue pensado así?
A mí me pasa que como siempre he sido un poco tímido, tuve la fantasía de que en Oriente algo de esa timidez podía llegar a empatarse con la de esa cultura o con cierta delicadeza, cierta idea la contemplación. En Oriente vi que uno se siente a gusto, se pierde, se disuelve y creo que tiene que ver con ciertas ideas espirituales. En el diario se habla de los templos, del taoísmo y del budismo y hay algo en relación a la belleza, creo que esas culturas tienen lo artístico casi como parte de lo cotidiano. En realidad, la forma de la película tuvo que ver con Lorena Moriconi que es la montajista y con Fernando Kabusaki, que hizo la música. Creo que la película intenta armar como pequeños poemas en cada secuencia. Y que incluso el diario está dividido en escenas.
- La vista de Shanghái produce un impacto muy
fuerte. ¿Qué tiene esta ciudad que la distingue de cualquiera de las que hayas
visto?
El primer recuerdo que tengo es de decir esto no es la China que yo creía. Después, lo que es impresionante, que está en la primera imagen de la película, es el Bund, que es como una suerte de Times Square, pero diez veces más grande. Hay un río que divide la parte francesa, la parte vieja, con la parte moderna de la ciudad. A ese lugar, las personas van a la tarde, a pasear. Es una ciudad de negocios, de muchos de tránsito de Asia, entonces es muy vital, muy sofisticada y lujosa. Otras ciudades de China no son así, son más de laburantes. Shanghái es como una ciudad futurista, con partes con arquitectura francesa, es muy desconcertante. Y después, hay algo muy cálido en la gente, son muy graciosos, además. Cada vez que me perdía, se acercaban tres o cuatro personas, quizás por ser occidental y les divierte, a indicarte cómo llegar, por señas, y esa sensación de solidaridad no la viví en Corea, porque son culturas que tienen una distancia más rígida. Para mí es como si hubiera algo más del orden de lo colectivo en China.
- ¿Décadas de comunismo?
Sí, puede ser eso. Incluso algunas de las cosas que escribo tienen que ver con eso que se llama el yo confesional, que es algo que no pueden ni concebir ellos. Cuando empecé a ir a una pileta, al principio me veían como un bicho raro, porque era el único occidental, pero de pronto empezás a ver que te vas invisibilizando, vas siendo parte de eso, y es un alivio, algo del yo que se suelta.
-
Tu anterior libro de viajes, Pequeña novela
de Oriente, en el que contás tu viaje a Corea y a Japón, termina con el
anuncio del viaje a China y claramente hay una unidad de sentido. ¿Qué
significan estos relatos de viajes en el contexto de tu obra?
Cuando tuve la oportunidad de viajar al festival de cine en Corea, empecé a pergeñar la idea de armar unos relatos que tuviesen que ver con Corea, con Japón y con China. Y escribí ese libro que sacó la editorial Entropía. Y, de alguna manera, creo que el Diario chino viene a completar algo de esa experiencia. Son personajes que se ven un poco acorralados por su propia existencia, entonces, siempre fantasean con irse. A ver, ¿qué pasaría con ese irse? ¿qué pasa cuando uno se va lejos? Hagamos el experimento. Pero nunca te vas tan lejos. Tu límite, tu patria es más o menos el alma que pudiste armar. También pasa que, al no ser un turista ávido de aventuras, en esos viajes uno va provocando ciertas experiencias solo para escribir.
- Tenés una larga carrera como cineasta y
dramaturgo. En el final del libro, decís que esta es la última vez que filmás. ¿Es así?
Mientras estaba sucediendo la película, creía que
tenía algo de despedida. Yo no me imagino haciendo películas como hacía hace
diez años porque también el contexto no estaría colaborando. Entonces en el
futuro, si el cine sucede, va a suceder de una forma que hoy no conozco
todavía. Quizás más parecido a Los días chinos.
Pubicado en La gaceta literaria, 19/7/2026