domingo, 23 de agosto de 2026

Principio, medio, fin

        “En el principio, eran una madre y una hija”. Así comienza esta historia y no queda muy claro de qué principio habla, si de los tiempos o de la novela. Pero, lo que sí queda claro es que es femenino y que, más que un principio es un volver a empezar luego de un divorcio y de una crisis creativa que llevarán a la protagonista a emprender, junto a su hija, un viaje hacia la semilla, el reverso del viaje que su abuela había hecho desde Catania trayendo un mosaico del dios Proteo, robado de una tumba romana.

Con el fantasma del alzheimer rondando a su madre, y como en un juego de espejos, escribe este relato de viajes para ella, mientras revisita la tradición cultural europea y elige a Plinio como su dios tutelar, con el telón de fondo de la erupción del volcán Etna y la catástrofe inminente, mientras su hija colecciona viejas postales en las que escribe, en el reverso, su propia novela.

            Escrito junto a la Historia Natural de Plinio, esa enciclopedia de la Antigüedad de todo lo existente y contra La Odisea y la idea de patrimonio masculino como herencia cultural, elige la genealogía de mujeres como transmisora de saberes. Pero si hay un autor que ilumina este relato es Borges, quien construyó su propio camino en la literatura, al hacer de la lectura desviada de la tradición su modus operandi.

Y si el viaje de la protagonista se parece más a una fuga o a “un plan maestro”, le servirá a la vez para encontrar la libertad de reinventar su relación con la escritura, con la maternidad y con el deseo. Un viaje que también emprenderá por la historia y el origen de las palabras, haciendo de la etimología su oráculo personal, y en el que descubrirá el sentido de la palabra griega “catástrofe”, como el momento previo al final, donde se desata el nudo del conflicto, y en el que finalmente podrá encontrar, en el sonido del tecleo de la computadora, la propia casa.

Entrevista a Valeria Luiselli

- Hace unos años, un presidente nuestro dijo: “los argentinos descendemos de los barcos”, exhibiendo el inconsciente de una sociedad que niega su origen indígena y criollo. ¿Cómo se construyó en México el imaginario sobre el origen?

México es un país bastante más mestizo que Argentina, con una presencia indígena mucho mayor pero también con una presencia criolla que como en toda América Latina, suele ser la clase alta. Pero el imaginario con el que yo crecí es muy distinto al que se está reconstituyendo ahora. Por ejemplo, de mi bisabuela materna, que era otomí, siempre nos habían dicho que la había adoptado una familia española y entonces el mensaje era, bueno, es indígena, pero educada por españoles. Pero resultó que no era cierto, que no había sido adoptada, sino que era trabajadora en una hacienda española y que por el derecho de pernada, el terrateniente español podía disponer del cuerpo de las mujeres que trabajaban para él. Y entonces nacían en las haciendas muchos niños mestizos. Fue muy chocante saber que el linaje de uno viene de una violación. Pero, de cuántas no ¿no?

- “En el principio eran una madre y una hija” se lee en el comienzo. Y frente a lo masculino como fundador de civilizaciones, sostiene lo femenino como transmisor de conocimientos. ¿Esta es tu relectura de la tradición europea occidental?

Pues sí. La novela revisita antiguos mitos griegos, con el intento de entender cómo se resignificaría la historia si no estuviera definida por las estructuras que inventaron los hombres para ellos. Hay un ensayo maravilloso de Ursula K. Le Guin que habla sobre eso, e invita a imaginar un mundo cuyas instituciones fueran inventadas por las mujeres. Dice que imagina que sería un mundo un poco más horizontal y fluido, como un caudal, y no una estructura rígida, vertical. Y fíjate que durante todo el periodo en que estuve escribiendo esta novela, mi vida cotidiana se redefinió por completo. Tras un divorcio, yo había comprado una casona vieja en el Bronx y vivía ahí con mi hija y mi perra. Llegó al poco tiempo mi madre a ayudarnos, luego llegó una sobrina a vivir conmigo y luego otra sobrina. Y luego la sobrina número uno tuvo una hija. Y luego se vino a vivir una amiga divorciada y luego otra amiga. Y a lo largo de los años, llegamos a ser siete, ocho mujeres viviendo en casa. Y eso redefinió la manera en que entendía la forma del cuidado, la forma de la conversación, la manera de estar.

- ¿Qué pasa cuando la lengua materna se desintegra, se pierde?

Una vez, en Nueva York, una mujer triqui que es otro grupo indígena oaxaqueño, me dijo una frase sobre cómo las mamás nos enseñan a hablar y luego el mundo no hace más que callarnos. Ella me dijo eso como respuesta a mi pregunta de si sus hijos hablaban triqui y me dijo no, porque tienen miedo de que se rían de ellos en la escuela. Entonces, hay algo ahí de las lenguas maternas que se pierden constantemente. Pero en esta novela creo que tiene que ver más con la pérdida de la memoria. ¿Qué pasa cuando una madre, un padre, que fueron el sustento de tu estar en el mundo, pierden la memoria?

- En un texto de Borges, “Kafka y sus precursores”, él plantea que el escritor elige a sus precursores, inventa su genealogía y pensaba que en la novela hay dos robos: el del mosaico del dios Proteo y el de los libros de Plinio. ¿Qué le dio Borges a tu novela?

Me encanta que estés viendo ahí algo que creo que se piensa poco, que uno elige a sus precursores, pero también usurpa lo que suele pensarse como perteneciente a solo un grupo de elegidos. No sé, solemos pensar pasivamente y cuando nos pronunciamos contra el canon, creo que tenemos que pensar que podemos usarlo para hacer lo nuestro, para reinventarlo.

- Pensaba si el dios Proteo, el que cambia de forma cuando se lo quiere atrapar, no sería una imagen de la lectura.

Y de la escritura, en el sentido de que quien puede finalmente apresar a Proteo es quien tiene una capacidad suficientemente aguda, paciente, meticulosa de observación como para entender cómo se está transformando en una cosa u otra, como supuestamente lo fue Menelao. Pero, ahora que lo dices, me gusta más que sea una gran metáfora de la lectura. Así que me lo robo.

- Hay un diálogo en el que la hija le pregunta cómo es posible que no tenga licencia de conducir (antes se había hablado de la licencia por maternidad) y ella le responde, “la llevo perdida”. Es muy lindo este modo ¿mexicano? de expresarlo, que habla de llevar la pérdida con uno. ¿Ese pánico con el que se vive por perder a un hijo es lo propio de la maternidad?

Sí, es un modo muy mexicano, “la tengo perdida”. Pero, ahora que me haces consciente de eso, sí es un modo rarísimo de decirlo. Y sí, siempre estás atravesada por ese rayo psíquico de terror por la pérdida. Pero te iba a decir que me encanta lo que destilaste de este modo extranjero para ti, de decir las cosas. Esa es la belleza de moverse entre idiomas, en donde uno es ligeramente extranjero en un idioma tan vasto como el nuestro, que ocupa un continente entero y más. Y es muy rico poder traducirnos así.

Publicado en La gaceta literaria, 23/8/2026

domingo, 16 de agosto de 2026

Temporada de ballenas

Quizás habría que empezar por el final, por el epílogo injertado de otra edición, para hablar de esta novela ganadora del Segundo Premio Nacional de Literatura de su país, Uruguay. Desmarcada de su género, nos muestra a una autora que, aunque muy joven, posee una notable madurez poética que se exhibe, en bruto, en este pequeño texto lateral, donde define su novela como “un libro esquivo, siempre en fuga. Lo que quedaba atrás, una estela, servía para seguir ese rastro.” Y siguiendo la huella de los recuerdos deshilachados de una infancia de provincia, cuando el miedo y la felicidad formaban parte de una misma vida rodeada de mujeres amorosas, arma este rompecabezas, donde el habla propia del Uruguay parece ser lo único que permanece, con estudiantes de túnica y moña, niños en championes, madres con sutienes y tardes de verano pasadas en la piscina.

Y si su escritura es consciente de la época que le tocó transitar, la de la destrucción sistemática de la naturaleza y del mundo que habita, no está al servicio de la denuncia o la reivindicación, ni se inscribe en la ola de lo mayoritariamente escrito por mujeres, sino que va en busca de una voz propia antes de llegar siquiera a ser una voz. A la caza de ese estado previo al lenguaje, donde, como en un útero, todo lo que existe fluye y que las fotografías en blanco y negro que ilustran las páginas entre “capítulos”, como tramas u oleajes, reproducen.

Lejos del bucolismo, el espacio de la infancia no será el del tiempo perdido ni recobrado, sino el del síntoma de un quiebre con el entorno, en el que la explotación minera ha castigado los pulmones de sus habitantes, alejado a su padre y una pastera finlandesa, secado el arroyo donde sólo aparecen cuerpos desmembrados.

Y será el descubrimiento de una ballena solitaria, única en su especie, que canta a una frecuencia imposible de escuchar, el que ponga en movimiento el deseo de afinar la percepción y capturar, como un científico o un artista, en un más allá del lenguaje y del sonido, como “un traductor interespecies”, lo que la naturaleza tiene para decirle. Donde descubrir el lugar donde anida el corazón del mundo, esa “máquina del tiempo” que podrá encontrar en una cicatriz en el pecho de la bisabuela, en la estatua de una virgen protectora sobre un cerro, en un “río sin orillas” visto por primera vez junto a su abuelo, en un cachorro abandonado, en los hongos de las frutas, en todo lo que vive y respira, tanto como en el dolor infantil por la muerte inentendible de quienes ama.

“Escribir mientras todo se derrite, se parte, se desvanece”, sostiene la autora mientras habla del lugar de enunciación que le tocó habitar. En todo caso, es una gran noticia dentro del mapa de la literatura latinoamericana y una apuesta literaria fuerte que se hace cargo del presente sin perder el Norte que, cuando todo desaparezca, parece decir su joven autora, seguirá siendo la poesía.

Publicado en diario Perfil, 16/8/2026

sábado, 1 de agosto de 2026

Los días de la Zona

            En política hay una frase que dice que “todo puede empeorar”. Y nuestra realidad no hace más que confirmarlo. Con esta premisa, el autor de esta novela distópica, un reconocido periodista de investigación, imaginó una Argentina en la que la dictadura no terminó, la cordillera fue completamente detonada para extraer lo que le quedaba de minerales, las Malvinas, intercambiadas por dinero y los inmigrantes bolivianos viven encerrados en La Zona, un gueto del que sólo salen para trabajar de sirvientes. Un escenario donde las peores tendencias mundiales han alcanzado niveles demenciales, hasta el momento en que la Historia se acelera y estalla la insurrección de los oprimidos.

            Con una narración a dos voces, la del líder de la facción ultraderechista del gobierno de facto y la del periodista de la agencia de noticias clandestina ANCLA, y con un ritmo vertiginoso, explora ese vórtice de la Historia donde conviven, apenas disimulados, López Rega, Rodolfo Walsh, Leopoldo Lugones, el Che Guevara, Alvaro García Linera y diciembre del 2001, mientras avanzan los planes de limpieza étnica de un Estado que ha barrido con todos los límites.

            Y en el final de su vida, Diego Rojas nos deja una novela épica, rabiosa y militante, cuyo gran acierto no es haberle dado voz al pueblo boliviano, sino haber hecho de su prosa el lugar del encuentro con su modo propio del español, donde la sintaxis pone en primer lugar la acción por sobre el sujeto, logrando que forma y contenido se confundan en uno solo.

Publicado en El Dipló, agosto de 2026

domingo, 26 de julio de 2026

Incidente en el Ox-Bow

En el mar de novedades literarias donde predominan los linajes de mujeres con historias largamente silenciadas y personajes perdidos en los meandros de su propia mente, una editorial independiente argentina, Palmeras Salvajes, decidida a publicar buenas traducciones de literatura norteamericana poco conocida en nuestro país sorprende con un western. Nada más a contrapelo de la tendencia actual que un género popular y masivo que reinó en el cine y la TV hasta bien entrada la década del 70 y que hizo del culto a la virilidad su razón de ser, donde las mujeres, indiferenciadas, masculinizadas o escandalosamente atractivas, son el otro absoluto.

Un género que con los años se volvió de culto y que fue revisitado por grandes directores como Kurosawa (qué otra cosa son las películas de samurais), que pone en escena una narrativa de los límites, tanto geográficos como morales de la que esta novela publicada en 1940 y protagonizada en el cine por Henry Fonda y Anthony Quinn es un perfecto exponente.

Y el “incidente” del que habla el título le hace honor a sus principios constructivos en los que, como en los mejores relatos de Borges, se juega el destino de un hombre. Porque en el western no hace falta más que un probable incidente para que se eche a andar, literalmente, el relato, en el que una partida de hombres armados y furiosos sale en busca de unos ladrones de ganado. Claro antecedente de la road movie norteamericana, será el camino el gran co-protagonista de la historia. Y la naturaleza, mucho más que un decorado, forjará el carácter de los vaqueros, cuando una tormenta de nieve borre la visión del camino a través de la montaña y sea el oído el sentido que se haga cargo, magistralmente, de la descripción.

Una literatura de pura acción sostenida en interminables soliloquios y debates filosóficos y morales propios de una sociedad de posguerra (en este caso, la Guerra de Secesión), “sin lugar para los débiles”, donde la justicia por mano propia, un orador mesiánico o el miedo frente al grupo de pares se imponía a unas proto-instituciones que no parecen haber ganado la partida cuando se trata de la propiedad privada amenazada. Donde héroes y villanos ocupan lugares intercambiables, tanto como las ideas de civilización y barbarie.

“Cuando un hombre acepta desenfundar un arma… no puede echarse atrás sin una buena excusa” afirma el narrador de esta verdadera novedad editorial, literatura de la pura experiencia como conjuro contra el poder de la razón libresca.

Publicado en La Gaceta Literaria, 26/7/2026

lunes, 20 de julio de 2026

Diario chino, editorial Bosque energético y Los días chinos

Santiago Loza lo hizo otra vez. Como en Pequeña novela de Oriente, convirtió su viaje a las antípodas (en esta oportunidad, a la China milenaria) en una experiencia física y estética. Y este viaje, que había sido postergado por la pandemia, resultó la excusa perfecta para plasmar, con Diario chino, publicado por la editorial Bosque energético y la película Los días chinos (que en una feliz coincidencia, se publican al unísono) una obra bifronte con la que narra la experiencia de salirse de sí para ir al encuentro de la otredad.

Ambos, salidos de una misma matriz, y por momentos intercambiables, parecieran poner en escena el procedimiento que elige, de escribir como se filma y filmar como se escribe. Con frases cortas, algunas unimembres, en tiempo presente y sin conectores, que captan, como un haiku, el momento, va armando el registro de sus días, sus neurosis y su futuro como creador, mientras descubre la felicidad de fundirse con un entorno mucho más amable para su sensibilidad que el que dejó en su país.

Con una toma por día y una entrada cada vez en el diario, con fotografías que sube a las redes y poemas sobre lo que acontece que intercambia con su distante amiga, intentará dejar en suspenso su propia mirada sobre ese país y sus esfuerzos por comprender, para ejercer el arte de la contemplación. Y algo de la espiritualidad oriental se filtra cuando escucha a una mujer decirle que la medicina china no le servirá para su cefalea porque “su dolor está apurado”. Casi como un pequeño y bello hexagrama del I Ching o un mensaje dentro de una galleta de la fortuna.

            Y si la crónica de viajes, el género canónico de los siglos XIV, XV y XVI, usaba el recurso de la metáfora comparativa para explicar lo que nunca antes se había visto, en el encuentro con este espacio tan diferente a nuestro imaginario, que tanto lo deslumbrará como hostigará, el autor elige un lugar al margen de lo que la mirada del exotismo muestra y ubica la cámara sobres sillas, ventanas y pisos, en los bordes de la escena, para contar a contraluz.

            Perderse en el laberinto de la ciudad y del idioma, sentirse desamparado bajo la lluvia constante, padecer el propio cuerpo que se niega a aceptar la comida autóctona es quizás la paradoja del viajero que no llega nunca a integrarse al lugar al que tanto deseó llegar y cómo en esa incomodidad se cifra la del propio el lenguaje, el de la escritura, el cine o la fotografía, que siempre resultan rezagados respecto de la experiencia misma, y que no permiten dar cuenta de lo que el arte pretende abordar.

            Pero perderse también puede ser liberarse de la tiranía del yo, otra paradoja, para un autor que narra desde una primerísima persona el impacto en su cuerpo de su temporada en la China y que a la vez encuentra en ese lugar la posibilidad que le ofrece una pileta pública o entre innumerables bicicletas, de fundir su cuerpo en la multitud. O de experimentar ser el otro, dentro de un zoológico, para los niños orientales, mientras descubre lo poco interesantes que pueden ser los osos panda. O en la ceremonia del té, los beneficios de una deliciosa bebida que le hace olvidar los padecimientos de la comida excesivamente condimentada. Como decir, una visita al país del yin y el yan, del que se sale, apenas, transformado. O mutado, como diría ese gran libro que los occidentales han hecho famoso.

Entrevista a Santiago Loza

- Tenés en cartel una película, Los días chinos y acaba de salir tu libro, Diario chino. Que son como las dos caras de lo mismo.

Son proyectos un poco hermanos. En realidad, ese viaje a China invitado por la Asociación de Escritores de Shanghái sucedió hace varios años. Entonces me propuse escribir un diario de esa experiencia y al mismo tiempo ir haciendo una toma por día. Ahora, finalmente cuando salen a la luz, se han juntado medio casualmente porque, el Diario… salió por Bosque Energético en mayo y no creíamos que todavía la película iba a estar en cartel, así que fue maravilloso.

- Para nosotros la China puede ser muchas cosas: la máquina de guerra comercial, para Mafalda, el peligro demográfico, el lugar donde se originó el Covid o cuando algo es muy complicado se dice “es un chino”. Hoy probablemente, nos remita a la China Suárez. ¿Vos con qué esperabas encontrarte?

Yo creo que sí, todo lo que nombraste, incluida la China Suárez, son cosas que a mí me resuenan en el cotidiano cuando pienso en China. También ciertas ideas de una cultura milenaria inabarcable. Supongo que cuando pensaba en China tenía la idea de que iba a ser un espacio abarrotado de personas y que iba a ser barato. Todo eso se fue desarmando. Yo pensaba que algo de los embrollos mentales se podía simplificar en China y eso me atraía. Y después también era el lugar del Covid. Inclusive el viaje se pospuso porque yo iba a viajar en el 2020 y en realidad todos esos años de pandemia, para mí fueron años de mucha introspección, algo cambió en relación a la escritura. Empecé a escribir textos como corridos de lo ficcional.

- Registraste este viaje a través de la fotografía, el cine, la prosa, la poesía. ¿Tuviste la necesidad de apelar a diferentes artes para capturar ese gran otro que es la China?

Es como si no dieran abasto los lenguajes que tenía para dar cuenta de eso. Finalmente, de lo único que uno puede dar cuenta es de cómo el viaje va actuando en nuestra alma, cómo esa distancia, ese desconcierto va actuando en el cuerpo. A veces uno pone la cámara y mira lo que está iluminado y te das cuenta que lo que está pasando a espaldas de esa zona de iluminación es más interesante. Entonces, me pasaba eso, que siempre estaba tratando de mirar al costado de lo que me mostraban o de lo que había para ver.

- En esta obra no hay una intención de explicar Más que una crónica de lo visto ¿es una crónica sobre tu propio ver, tu sentir y tu estar en ese espacio de la otredad?

Creo que es así, también porque yo no soy alguien que venga del oficio del periodismo, entonces me pasa que inevitablemente aparece un grado grande de distorsión en lo que miro y armo unos artefactos que son más bien híbridos. Acá me propuse construir pequeñas imágenes, entonces, era inevitable reflexionar sobre lo que estaba mirando, cómo era mi mirada. ¿Estoy generando otro discurso exótico más sobre Asia? Bueno, yo ponía la cámara, armaba ese pequeño trípode y por momentos me daba como una sensación de peligrosidad, de ser descubierto. Es que siempre filmar tiene algo de clandestino, como que estás robando el alma.

- Hay algo de la espiritualidad oriental que se reproduce en la forma de escritura. ¿Esto fue pensado así?

A mí me pasa que como siempre he sido un poco tímido, tuve la fantasía de que en Oriente algo de esa timidez podía llegar a empatarse con la de esa cultura o con cierta delicadeza, cierta idea la contemplación. En Oriente vi que uno se siente a gusto, se pierde, se disuelve y creo que tiene que ver con ciertas ideas espirituales. En el diario se habla de los templos, del taoísmo y del budismo y hay algo en relación a la belleza, creo que esas culturas tienen lo artístico casi como parte de lo cotidiano. En realidad, la forma de la película tuvo que ver con Lorena Moriconi que es la montajista y con Fernando Kabusaki, que hizo la música. Creo que la película intenta armar como pequeños poemas en cada secuencia. Y que incluso el diario está dividido en escenas.

- La vista de Shanghái produce un impacto muy fuerte. ¿Qué tiene esta ciudad que la distingue de cualquiera de las que hayas visto?

El primer recuerdo que tengo es de decir esto no es la China que yo creía. Después, lo que es impresionante, que está en la primera imagen de la película, es el Bund, que es como una suerte de Times Square, pero diez veces más grande. Hay un río que divide la parte francesa, la parte vieja, con la parte moderna de la ciudad. A ese lugar, las personas van a la tarde, a pasear. Es una ciudad de negocios, de muchos de tránsito de Asia, entonces es muy vital, muy sofisticada y lujosa. Otras ciudades de China no son así, son más de laburantes. Shanghái es como una ciudad futurista, con partes con arquitectura francesa, es muy desconcertante. Y después, hay algo muy cálido en la gente, son muy graciosos, además. Cada vez que me perdía, se acercaban tres o cuatro personas, quizás por ser occidental y les divierte, a indicarte cómo llegar, por señas, y esa sensación de solidaridad no la viví en Corea, porque son culturas que tienen una distancia más rígida. Para mí es como si hubiera algo más del orden de lo colectivo en China.

- ¿Décadas de comunismo?

Sí, puede ser eso. Incluso algunas de las cosas que escribo tienen que ver con eso que se llama el yo confesional, que es algo que no pueden ni concebir ellos. Cuando empecé a ir a una pileta, al principio me veían como un bicho raro, porque era el único occidental, pero de pronto empezás a ver que te vas invisibilizando, vas siendo parte de eso, y es un alivio, algo del yo que se suelta.

- Tu anterior libro de viajes, Pequeña novela de Oriente, en el que contás tu viaje a Corea y a Japón, termina con el anuncio del viaje a China y claramente hay una unidad de sentido. ¿Qué significan estos relatos de viajes en el contexto de tu obra?

Cuando tuve la oportunidad de viajar al festival de cine en Corea, empecé a pergeñar la idea de armar unos relatos que tuviesen que ver con Corea, con Japón y con China. Y escribí ese libro que sacó la editorial Entropía. Y, de alguna manera, creo que el Diario chino viene a completar algo de esa experiencia. Son personajes que se ven un poco acorralados por su propia existencia, entonces, siempre fantasean con irse. A ver, ¿qué pasaría con ese irse? ¿qué pasa cuando uno se va lejos? Hagamos el experimento. Pero nunca te vas tan lejos. Tu límite, tu patria es más o menos el alma que pudiste armar. También pasa que, al no ser un turista ávido de aventuras, en esos viajes uno va provocando ciertas experiencias solo para escribir.

- Tenés una larga carrera como cineasta y dramaturgo. En el final del libro, decís que esta es la última vez que filmás. ¿Es así?

Mientras estaba sucediendo la película, creía que tenía algo de despedida. Yo no me imagino haciendo películas como hacía hace diez años porque también el contexto no estaría colaborando. Entonces en el futuro, si el cine sucede, va a suceder de una forma que hoy no conozco todavía. Quizás más parecido a Los días chinos.

Pubicado en La gaceta literaria, 19/7/2026

martes, 14 de julio de 2026

Index. Historia de los índices

En la historia del libro, los índices no parecen haber tenido la consideración que merecen. Con esta premisa, el autor de este trabajo llevó adelante una investigación exhaustiva desde las primeras tablillas en cuneiforme conteniendo un alfabeto completo hasta la primera página web que era, sostiene, un índice temático, donde encuentra el impulso de los humanos por sistematizar esas “unidades de conocimiento” a las que se puede reducir cualquier texto escrito.

Desde los monasterios europeos del siglo XIII donde surgieron las universidades hasta Silicon Valley, de la revolución de la imprenta hasta los hashtags, esta historia también es una historia de los usos que los lectores han hecho de estas “unidades de conocimiento” a través de los siglos y de su necesidad de ubicarlas rápidamente en el cúmulo de textos. Y en este desarrollo, resalta la revolución que supuso la aparición, en 1470, del primer número de página impreso en la historia, una verdadera innovación sin la cual los lectores estaríamos perdidos y que todavía, los libros electrónicos no han podido resolver.

Con ejemplos salidos de la política, la literatura o las redes sociales, nos cuenta cómo en el siglo XIX, los índices fueron utilizados por los opositores políticos para filtrar mensajes que ridiculizaban al autor del libro, los “falsos índices”, haciendo las delicias del cotilleo político de la época. O los incluidos en algunos libros de ficción, donde llegaron al extremo con la publicación de un índice del índice temático de la monumental novela sentimental Clarissa, que ocupaba 85 páginas. O los que confeccionaba Sherlock Holmes, un “Google humano” de la época victoriana, enciclopédicos y cargados de palabras claves. O los hashtags, esas etiquetas surgidas en las redes sociales, propias de una comunidad en línea que ya ha aprendido a usar los motores de búsqueda y se dedica a categorizar la información y que, como un indexador espontáneo, filtra hasta encontrar las palabras claves para un determinado concepto.

Este libro pone de relieve uno de los trabajos más invisibilizados de la producción editorial: la de los indexadores y termina con dos ejemplos de índices temáticos: uno generado por computadora y otro, por una indexadora humana y la diferencia resulta muy notoria, para concluir que el criterio y la sensibilidad humanística para agrupar ideas y seleccionar las palabras claves en una red conceptual difícilmente puedan ser replicados por el más sofisticado de los motores de búsqueda.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 12/7/2026

Estación Saturno

 

Nada más aterrador que los dobles y las repeticiones, ya nos lo advirtió el maestro Kubrick. Y si el escenario es una ruta hacia la nada o hacia un hotel laberíntico del que no se puede salir, más todavía. Y allí van dos hermanos, hombre y mujer, con el gato de un hermano recién muerto, al que quedaron encargados de cuidar.

            Con el peso del dolor y del secreto que los constituye, emprenden un viaje que a poco de comenzar se va cargando de extrañeza, como los lazos que unen a unos personajes sin nombre, definidos por su posición en la estructura familiar: el hermano, la hermana, el muerto, la madre, como cuerpos muchas veces intercambiables (para seguir en la línea del terror o la ciencia ficción clase B). Una suerte de equívoco por donde la realidad se disloca, que el nombre de un pueblo acostumbrado a los avistajes extraterrestres, Saturno, perteneciente al partido de Guaminí, subraya, donde edificios futuristas muestran su abandono de la mano de una estación de tren clausurada, bajo una lluvia constante que lo difumina todo.

            Y si el fantástico argentino de la mitad del siglo pasado ponía en escena el enigma del otro (social, cultural) en esta novela será la “superficie del duelo” el espacio donde se dará el encuentro aterrador con los fantasmas que habitan la memoria desintegrada.

            Con un ritmo preciso compuesto de frases cortas y subtítulos como flechas que dirigen la lectura al campo de la percepción, García Lao construye un mundo que pareciera tener frente a sí un espejo cóncavo (con toda clase de fuentes de luz multiplicándose), donde tiempo y espacio se pliegan y extienden y criaturas duplicadas transitan los caminos en ambas direcciones. Donde personajes confabulados, manteniendo diálogos absurdos -en un hermoso homenaje a Los siete locos- se confunden con el presente de la lectura, en el que un astrólogo, un terraplanista o un desquiciado sin más puede transformarse en “un líder estrafalario que manotea el timón hacia cualquier parte y la multitud se reanima”. Un presente que no parece tener muchas diferencias con el que estaba a punto de sucumbir al crack económico y que Arlt caracterizó magistralmente.

Y un hotel chino que es una casa de té, una casa de masajes o un centro de avistamiento de ovnis resultará el escenario ideal para representar, es decir, sustituir, reemplazar una realidad que será lo que sus personajes quieran creer que sea. Donde conectarse con un más allá a través del suicidio, del placer o la abducción, figuras todas del pasaje al otro lado como forma de sortear el agobio de la realidad.

Con imágenes surrealistas como la de un piano en un gallinero (o una torre monumental de Salamone en medio de la Pampa), la autora construye una novela notable, inventora de un realismo tangencial para nombrar los desvíos (o los derrapes) de nuestra historia y preguntarse cuándo fue que se torció, quizás, como nos informa en el comienzo, hace medio siglo, en 1977, con el último tren llegando a Saturno.

Publicado en diario Perfil, 12/7/2026