lunes, 11 de mayo de 2026

La manzana de Cézanne

            Estos tres textos sobre pintura fueron escritos en 1929, durante los oscuros años de entreguerras. Su autor tenía 40 años y ya había publicado sus novelas más conocidas, cuando comenzó a pintar y encontró en la materialidad de la pintura, todo lo que había expresado en su “escandalosa” literatura: la primacía del cuerpo y los sentidos por sobre lo racional.

            Escritos con una prosa militante, denuncian el fracaso de los ingleses en las artes visuales y encuentra su origen a fines del siglo XVI, cuando la sífilis hacía estragos en la nobleza (la clase que podía disfrutar del arte) y sobrevino un terror hacia la vida sexual que afectó la imaginación y la conciencia, negando el cuerpo y convirtiendo a hombres y mujeres en seres ideales, dominados por la razón. El mismo terror que advierte en la dramaturgia de Shakespeare, donde su complejo parricida, sostiene, se debe al espanto frente a las consecuencias de la “buba” como se la llamaba en la época isabelina. Y si la sífilis fue traída de América, Europa se la devolvió en la forma del puritanismo, agrega.

Lo cierto es que el miedo a los instintos y a la intuición ganó la batalla en Occidente y la pintura, según él, se convirtió en puros “cadáveres en un mundo que es una tumba de fantasmas, de réplicas.” No resulta difícil percibir el contexto bélico en que esto fue enunciado. Pero su apuesta es, definitivamente, estética. Sólo hay creación artística, dirá, cuando se siente religiosamente la verdad de lo real. El arte, que es “percepción y expiación”, es una forma de religión, “salvo por el asunto de los diez mandamientos, que es sociológico”, ironiza.

            Y si el ojo y la mente sólo perciben el frente de un objeto, su apariencia, la intuición, en cambio, nos permite captarlo en su completud, hasta ver el lado oscuro de la luna. Y es en las naturalezas muertas de Cézanne donde percibe el esfuerzo del pintor por desterrar la idea de la manzana para dejarla que viva por sí misma y donde encuentra, por primera vez en muchos siglos, en el arte occidental, a un pintor capaz de admitir que la materia, que es “energía compacta”, existe realmente. No habían pasado muchos años desde la presentación de la teoría de la relatividad, cuando plantea que los grandes descubrimientos artísticos y científicos se producen cuando toda la conciencia -instinto, intuición e intelecto- trabaja junta para producir una percepción física. La misma que descubre cuando decide dejar la pluma y agarrar el pincel.

           Publicado en La gaceta literaria, 10/5/2026

Amigos, el libro póstumo de Silvia Molloy

Este libro quizás sea el homenaje perfecto a una de las críticas más agudas que tuvo nuestro país quien, desde la diáspora intelectual de los 60 y 70, se propuso leer “ese texto que es Buenos Aires” con la agudeza y la gracia que tanto admiraron autores fundamentales de la crítica hispanomericana como Ana María Barrenechea o Enrique Pezzoni,

Con un trabajo riguroso de edición crítica, una de sus alumnas, la investigadora Adriana Amante, editó los textos que esta autora escribió sobre José Bianco, Manuel Puig, Victoria y Silvina Ocampo, Enrique Pezzoni, y Borges luego de su muerte. Una despedida a sus compañeros de ruta (muchos ellos, amigos entrañables), con una mirada capaz de capturar, en los gestos que los hicieron únicos, la cifra de una vida transformada en literatura.

Con el foco puesto en ese centro de irradiación de la alta cultura liberal que fue la revista Sur, recupera el impacto de la primera vez que se encontró allí con las figuras de un espacio que descubrió excéntrico y cosmopolita al que describió en las “notas de un closet a dos voces”. Un lugar que fue central en el campo literario argentino del que no se sintió heredera sino donde encontró afinidades literarias y amorosas a las que dio vida en cada una estas despedidas.

Maestra del anecdotario, describe la vez que conoció a José Bianco, al que llamó “un espía irreverente” y al que, como a Oscar Wilde, consideró un texto en sí mismo, en la desmesura de un cruce de espadas con Victoria Ocampo que a ella la dejó aterrada. Como performer literario, nos cuenta, hacía de la conversación su arte poética y del sarcasmo y el chisme malintencionado, un entre-nos antiburgués y queer con una voz que afirma, fue la que le dio voz a su segunda novela, El común olvido.

Si de desmesura se trata, Manuel Puig (o “la Rita” como lo llamaba Pezzoni) la encarna en toda su dimensión en las escenas que lo tienen de protagonista. La misma que rescató de los radioteatros y de la doxa argentina con los que construyó una obra que tuvo que esperar bastante para ser considerada como tal en su propio país, que lo acusaba de una falta de artificio a la que Molloy considera pura literatura.

Gran narradora, con la capacidad de ver en la superficie de una escena la profundidad de una estética, sus semblanzas parten del impacto que sus homenajeados tuvieron en ella para convertirlos en protagonistas de una escena de una potencia visual notable. Como la que elige para despedir a Victoria Ocampo, vieja y sola, corriendo detrás de un hermoso adolescente en fuga, por las calles de París.

O con la que recuerda a un Enrique Pezzoni saliendo del baño privado de Victoria Ocampo envuelto en una nube de perfume, cuya muerte significó para Molloy el fin de una época, la de una fraternidad intelectual lúdica, jocosa, irónica, brillante, que las cartas exhiben en toda su dimensión.

Un diálogo disparatado con Silvina Ocampo le alcanzó para entender que estaba frente a un personaje fuera de lo común cuando, al llevarle su primera novela, En breve cárcel, su interlocutora entendió “En breve cáncer”, y cómo, en ese malentendido se cifraba la inquietante simplicidad que encontraba en sus cuentos.

            Una conversación con Borges sobre literatura junto a una mesa con ropa interior femenina mientras esperan a la singular esposa del escritor (antes de la Kodama) es el disparador de un texto que sintetiza las claves de lectura de un autor que fue su genio tutelar y al que le agradece haberle enseñado a leer con irreverencia y extrañeza y a desconfiar de la cultura libresca.

 

            Sesenta y ocho son las cartas incluidas que intercambió Molloy a lo largo de las décadas del 60 y 70 con Edgardo Cozarinsky, Ivonne Bordelois, Héctor Murena, Victoria Ocampo, Severo Sarduy, Enrique Pezzoni, Manuel Puig, Silvina Ocampo, José Bianco y Esmeralda Almonacid, que le dan marco a estos textos y que dan cuenta de la existencia de un campo intelectual que comenzó a disgregarse poco antes de la muerte de sus principales figuras, a finales de los ochenta, con el cierre de Sur y la muerte, en 1979, de su directora.

            Editadas en forma cronológica, permiten comprobar la debacle científica que el gobierno de Onganía generó, la radicalización de la sociedad de la mano del aumento de la violencia, la represión generalizada, las eternas penurias del trabajo intelectual, mientras disfrutamos con las desopilantes anécdotas y los chismes sobre la vida sexual del grupo de amigos que no parecen reconocer límites entre vida y obra. O que practican el género epistolar con la misma convicción que cualquier otro género.

            En este relato a varias voces, asistimos al crecimiento de su carrera académica y de su producción crítica, con una prosa que fluye entre el castellano, el francés y el inglés, a la cocina de sus ficciones, al día a día del trabajo editorial y la vida familiar, junto a anécdotas incrustadas en las cartas con escenas fellinianas protagonizadas por una Pizarnik al borde del delirio, un intento de cena preparada por Silvina Ocampo, de antología, el lamento desesperado de Puig por un desengaño amoroso, la maledicencia de todos (“no soy viperina, soy objetiva”, afirma ella mientras destroza a la mujer de Borges), los epítetos venenosos de Pezzoni que no perdonaba a nadie y sus ruegos desesperados por una beca que le permitiera escapar del caos de la Argentina, las internas en la redacción de Sur, y sobre todo, la admiración que el trabajo de Molloy iba despertando en cada uno sus interlocutores.

            Como Susan Sontag, tenía un radar para captar lo nuevo, las marcas de lo contemporáneo, junto con una formación rigurosa y una gran erudición con las que construyó, a la manera de Borges, una máquina de “leer expansiva, disgresiva, perversamente.”

 

 

Entrevista a Adriana Amante

 

- Fuiste alumna de Silvia Molloy. ¿Qué aprendiste con ella?

En el año 96, fuimos con David Oubiña, mi pareja, a estudiar con ella en New York University donde en ese momento estaba dando un curso sobre literatura latinoamericana y género y la verdad que fue maravilloso porque fue verla en acción, pensando textos fundamentales de la literatura latinoamericana. Lo que aprendí, sobre todo, fue la sutileza que tenía al abordar un texto desde el punto de vista de las cuestiones de género, sin encajarle al texto lo que el texto no demandaba, pero descubriendo allí lo que insospechadamente traía. Y esa finura que tenía para leer, cierta mordacidad o inteligente malicia.

- Esta edición póstuma de sus textos ¿también puede ser leída como un homenaje a su vida y su obra?

Sí, me gusta que lo pienses así. Es un acto de amor, eso seguro, de amor lector y de amor de amiga y de discípula. Fue pensarme como la lectora testigo de los efectos que la literatura de Molloy podía producir, de los efectos que provocan los textos, las frases, la modulación de su escritura. Y esos textos para mí tenían un núcleo común, que se origina en una anécdota que la involucraba de manera personal a ella, pero que tenía la maestría absoluta de ir corriéndose hacia una tercera que podía explicar desde ahí todo el sistema literario de esa persona. Y además, la capacidad que tenía para desplegar una escena de la nada.

Entonces, en esos textos que titula Amigos, claramente había una relación de pares, salvo con Borges, que tiene una colocación diferente. Yo creo que ese es un poco el aleph de la literatura de Molloy, de la crítica de Molloy, me parece que es un texto en el que ella empieza como traductora, continúa como narradora, sigue como crítica y vuelve a levantar una cuestión muy personal.

- ¿En qué momento decidiste incluir las cartas?

El primer acercamiento al archivo lo hice en diciembre del 2022, de cosas que estaban en el departamento donde vivía con Emily, su compañera. A partir de ahí comenzó un trabajo exhaustivo, de empezar a hacer el inventario. Y una noche cuando me estoy yendo, abro una caja, y encuentro cartas. Las abro y eran cartas de Silvina Ocampo, de Victoria Ocampo, de Pezzoni, de Cozarinsky. Entonces al otro día fui muy temprano a ordenarlas, fechar, inventariar, leerlas y me di cuenta que eran muy importantes para sus lectores, que había que compartirlas. Entonces compilé todas las que encontré, y en 2024 me fui a Princeton para ver en los archivos de escritores latinoamericanos que habían sido amigos de Molloy, qué rastros de Molloy pudiera haber, básicamente en el archivo de Pizarnik, Cozarinsky, Bianco, Silvina y Victoria.

Y entonces, en esa sucesión cronológica, se puede ver cómo se va desplegando una narración donde vemos a Molloy sufriendo, eligiendo, descubriendo Nueva York y a la vez vas viendo la novela de sus amigos también y a mí lo que más me fascinaba era que de algún modo esos textos son como la novela sentimental de Molly, su novela de formación, cómo hay un espíritu de solidaridad, se pasan trabajos, y entre los descubrimientos de esas cartas, está la revelación de cuando Pezzoni le agradece la traducción de varias páginas de Moby Dick. Lo que se ve en esas cartas, de algún modo es una historia de la literatura, de la crítica, de la edición argentinas y del campo intelectual latinoamericano.

- ¿Por qué llegan sólo hasta el año 79?

Como Sur es un poco el eje del grupo de amigos, entonces me parecía que era apropiado llegar hasta la muerte de Victoria. Pero además, descubro en ese reguero de cartas el momento donde empieza a recuperar a ese Borges que ya estaba en el final de su tesis y de ahí sale ese trabajo fundamental para la crítica que es Las letras de Borges. Lo otro que se empieza a ver es el origen de En breve cárcel, cuando ella dice, estoy escribiendo algo que no sé muy bien dónde va a dar y me parecía que todo eso generaba una unidad de sentido.

- Las extensas notas al pie reponen mucha información sobre la vida y la obra de toda la constelación de amigos y de otros también. ¿Esto fue pensado así desde el comienzo?

Como yo conozco mi grado de exhaustividad y obsesión, corro el riesgo de agregar muchas cosas y como originalmente este era y es un libro de Molloy en el que yo tenía que hacer una compilación, definir, establecer y fijar la edición de Amigos como ella lo habría fijado, agregarle las cartas me pareció que era una buena idea, entonces Leonora Djament, que es la editora de Silvia histórica, me propuso hacer notas a las cartas. Y yo dije, si anoto, anoto todo lo que creo que hay que anotar y desaté ahí lo que naturalmente hago con el siglo XIX, con Sarmiento, el tipo de trabajo de archivo que hago con los epistolarios. Yo siempre hago el elogio de la nota al pie, las buenas notas al pie, las que son como mini ensayos, intuiciones fundamentadas, breves iluminaciones, y entonces acá desplegué un poco eso.

- En las cartas aparecen los bastones largos, el mayo francés, la muerte de Perón, pero sorpresivamente, el golpe de estado no está referido. ¿Esto es una marca ideológica?

No, para nada, es que no encontré cartas del año 76. Incluso, yo acompañé los últimos treinta años de Silvia, fui su amiga y vi cómo, de haber sido una escritora gorila, fue adquiriendo una conciencia social, política hasta, te diría, filoperonista y cómo fue abandonando ese gesto aristocrático que tenía muy propio de Sur. Y su archivo personal me permitió ver algunas de sus preocupaciones, por ejemplo, sobre los desaparecidos, entre los recortes. Es interesante ver cómo las cartas exponen ese desembozado gorilismo que el grupo tenía pero también me resultó fascinante ver la progresión de Silvia en términos sociales y políticos.

- Ella mantiene una prudente distancia crítica respecto de Borges pero también respecto de la grieta profunda que en los años 60 dividió el campo intelectual latinoamericano: por un lado la CIA financiando publicaciones y por el otro, la adhesión a la revolución cubana. ¿Esto podía ser el signo de una autonomía intelectual?

En todos ellos hay posiciones bastante contradictorias y me parece que no siempre es fácil desentrañar eso. Pero en relación con Borges creo que, quizás por venir de Sur, Silvia nunca tuvo el conflicto de perderse a Borges porque fuera conservador en política, como sí gran parte de la izquierda que tuvo que trabajar para reincorporar a Borges porque entendieron que se estaban perdiendo algo literariamente de avanzada.

Textual:

“Recuerdo de Enrique

Muchos, aun quienes apenas lo conocían, recuerdan la primera vez que lo vieron…. La presencia física de Enrique Pezzoni, su voz, sus elocuentes gestos, su risa eran manifestaciones tan fuertes y tan brillantes como las de su aguda inteligencia. Eran, acaso, la misma cosa: de él, como de Brummell, también podía decirse “el cuerpo piensa”. Yo recuerdo una tarde calurosa del mes de enero, hará casi treinta años, y el comienzo de la que sería una larguísima y fraterna amistad. En un departamento de la calle Tucumán que fue, por corto tiempo, local de Sur, aprovechando la generosidad de su jefa de redacción María Luis Bastos y la ausencia de su directora que me inspiraba terror, revisaba yo unos números viejos de la revista cuando entró (irrumpió sería el término adecuado) Enrique Pezzoni. Habló con Bastos, me saludó con amable indiferencia, y pasó al baño. Emergió traspasado por la muy privada colonia de la ausente Victoria Ocampo: divertido ante la previsible amonestación de Bastos y encantado con su travesura, me guiñó el ojo y desapareció dejando una estela de “Heno recién cortado” de Floris y un chisporroteo de irreverencias. Fue como una ráfaga de festiva disrupción, un deslumbramiento.”

 

“Carta de Cozarinsky a Molloy

Buenos Aires, 25 de abril, 1968

Ma chère,

…. Hace tiempo que no veo a Alejandra [Pizarnik], desde una noche en que nos invitó a visitar su nuevo departamento a Enrique [Pezzoni] y a mí… (hold tight) a comer… La experiencia pertenece al género clínico; si no al Southern Gothic. Sentados sobre cómodos almohadones, fuimos agraciados con tenedores y unas hojas de papel de duplicado a modo de servilletas. Luego trajo, Alejandra, con mucho orgullo, una especie de bol de plástico donde yacían casi treinta ñoquis de espinaca, moderadamente protegidos con manteca. Parece que como no tenía queso rallado our resourceful friend había duplicado la cantidad de sal con la idea no sé si peregina pero decididamente peligrosa de que ese condimento equivalía al otro. But the plum in this peculiar pudding eran los ñoquis themselves, que por un milagro de cocción habían alcanzado esa incomparable textura de la plastilina tibia, tan agradable al tacto si no al paladar. En mitad del ágape, mientras estirábamos tenedores meditabundos hacia el recipiente central, Enrique tuvo un ataque de histeria y fue imposible calmarlo; doblado en el piso, se reía y perdía el aliento y tosía y era necesario echarle gotitas de agua para que no se convirtiera en un enrojecido guiñapo. Alejandra quedó más bien confusa porque nadie le explicó cuál había sido el motivo de ese fit of joy, pero como todos apreciamso el postre con gran alivio (tres bloquecitos Suchard) quedó convencida de que no tenía que ver con sus primores de hostess.”

Publicado en diario Perfil, 11/5/2026

sábado, 2 de mayo de 2026

Argentinos, ¡a las cosas!

            Citando la famosa frase de Ortega y Gasset en la que nos instaba a ser más productivos, Kohan la resignifica en busca de las huellas de una identidad nacional, a partir de pequeños detalles en toda su dimensión material. Y así elige entrar a la historia (tanto con mayúscula como con minúscula), desde un lugar lateral, y con un estilo casi cinematográfico, se acerca al tema que lo convoca, morosa y amorosamente. Y serán la historia y la literatura argentinas y el fútbol, sus grandes pasiones, los lugares donde registrará sus signos, para hacerlos dialogar entre sí.

            Como los que se despliegan en el cuadro de Gardel que preside la pizzería “Los inmortales”, donde lee, a contraluz, las marcas de una inmortalidad que comparte con Eva Perón, muerta el mismo año de su fundación. En las ruinas del hotel Edén, la grandeza imaginada de una nación, que un siglo más tarde se replica en la frase de un efímero presidente, quien la definió “condenada al éxito”. En la estatuaria (¿quién puede conocer la ubicación de las estatuas de tantos próceres?), las marcas de los ganadores y perdedores de las guerras civiles del siglo XIX. O en el lugar exacto donde se produjo el secuestro de quienes fueron fusilados en José León Suárez, relatado por Walsh en Operación masacre, el momento en que la realidad y la ficción perdieron su especificidad.

Pero quizás sea en un mural de Maradona en la final (perdida) del mundial del 90, donde el autor encuentre finalmente la identidad buscada: en una ética de la derrota.

Publicado en El Dipló, mayo/2026

 

           

sábado, 25 de abril de 2026

Entrevista a Ezequiel Martínez

 “Memoria y futuro” es el lema de esta nueva edición de la Feria del Libro de Buenos Aires en la que coinciden varias efemérides: 50 años del golpe de estado, 50 años del nacimiento de la feria y 40 años de la muerte de Borges. Una oportunidad inmejorable según Ezequiel Martínez, su director, para homenajear a la gran cantidad de autores y textos prohibidos que no pudieron estar presentes durante los años de la dictadura y acercarlos a las nuevas generaciones.

 

- Viendo en retrospectiva este medio siglo de vida, ¿qué dice de nosotros como sociedad la Feria del Libro?

La Feria nació en 1975, casi en paralelo con la dictadura militar y sobrevivió en un país atravesado por un golpe de estado sangriento, crisis económicas, inestabilidad política, lo que de alguna manera demuestra que, para los argentinos, la cultura siempre fue un refugio, un lugar de resistencia.

Y como durante los años de dictadura muchos autores no pudieron ser convocados por estar prohibidos, exiliados o, en muchos casos, desaparecidos, quisimos reivindicarlos y por eso va a haber una exposición sobre los libros prohibidos y los autores censurados, en el pabellón central y una maratón de lectura de sus textos. También un ciclo sobre cómo leíamos los libros que no se podían leer y de qué manera algunos autores, como María Elena Walsh, que estaba en las listas negras, eran convocados, porque no había manera de evitarlo.

- Por aquellos años, algunas editoriales como el Centro Editor sufrieron la quema de libros, la destrucción de colecciones enteras, mucha gente quemó o enterró sus libros. Pero al mismo tiempo, hubo un movimiento de resistencia cultural, clandestino, muy potente. ¿A qué se debe esto, somos una sociedad culturalmente muy activa?

Mirá, nosotros hicimos el año pasado, por primera vez, una encuesta de público y uno de los datos que arrojó es que el 80% de la gente que viene a la feria es gente que viene todos los años, o sea, es un público recurrente. De hecho, después del parate por la pandemia, cuando volvió la feria, en el 2022, hubo un récord absoluto de concurrencia de público y de ventas. Yo decía que lo que había era un síndrome de abstinencia. Y creo que eso habla de que hay un público lector muy fervoroso.

- Tuvimos una edad de oro de la edición, en los años 40, un boom del libro argentino en los 60 y hasta los años 90, un circuito muy poderoso de librerías. Hoy, que estamos cada vez más dispersos y desconcentrados, ¿seguimos siendo un pueblo lector?

Sí, seguimos siéndolo, afortunadamente. Por supuesto, las tiradas son menores. Y aunque hay muchas editoriales independientes y cada vez más traducciones hechas acá, esas tiradas pequeñas no permiten que los libros lleguen a las librerías de todo el país. Y ahí juegan un rol muy importante las bibliotecas populares, que por suerte es algo que se sostiene. Es un gran espectáculo ver cuando vienen los bibliotecarios de todos los rincones del país a comprar lo que ellos quieren, lo que su comunidad les pide, les dan el dinero, el pasaje, el hospedaje para que estén esos tres días. Y es maravilloso.

- ¿Los planes de incentivo a la lectura son eficaces?

Cualquier plan, ya sea que se traduzca en dinero o en acciones que fomenten la lectura, es bienvenido. Ahora que se cumplen 40 años de la muerte de Borges, va a haber una sala inmersiva con un gran laberinto, donde los chicos puedan salir a través de claves que Borges da. La idea es que de una manera lúdica se acerquen a Borges, que no sea una cosa sacralizada.

- Hoy tenemos problemas serios en la cadena del libro, los precios finales son muy caros. ¿Con qué nos vamos a encontrar en cuanto a ventas, cuando se cierre la feria?

De la cadena del libro, la librería es la más castigada, años tras año, desde ese gran escenario que es la inauguración de la Feria del Libro, se hace el reclamo por el IVA. Pero el público lector está. El 2025 repuntó y esperamos que el 2026, dentro del contexto complicado del país, sea bueno. Nosotros estamos haciendo todos los esfuerzos posibles, desde el valor de la entrada que es muy económico y que además sirve para pagar parte de un libro, hasta los “chequelibros”, por 12 mil pesos, que una vez terminada la Feria pueden canjear en librerías de cualquier parte del país. También este año estamos entregándoselos a los colegios que visiten la Feria, para que cada chico pueda elegir el libro que se quiera comprar.

- ¿Cuál es el futuro de la lectura?

Es cierto que las nuevas tecnologías le quitaron tiempo a la lectura, pero sigue siendo una ceremonia muy íntima, muy privada. Y eso creo que no va a cambiar. Ya sea que uno lea en un dispositivo o en el celular o esté utilizando el audiolibro.

A mí me gusta mucho ver a esos chicos en las redes, los tiktokers, youtubers, instagramers, fascinados contando el libro que están leyendo, recomendándolo. O los clubes de lectura, que durante la pandemia explotaron y afortunadamente, se multiplicaron. Volvemos a la pregunta de si somos un país lector, yo creo que sí. Y es fantástico.

Publicado en La gaceta literaria, 19/4/2026

miércoles, 1 de abril de 2026

Pan de ángeles

            Con una “joroba rebelde” tan monstruosa como imprescindible. Así se reconocía la autora de estas extraordinarias memorias escritas bajo el signo de los poetas que la formaron. Y el impacto estético que le produjeron las fotos de sus compañeros de ruta (Robert Mapplethorpe, Annie Leibovitz), como la primera vez que vio un cuadro de Picasso o escuchó a Bob Dylan, le abrieron las puertas a esta joven recién llegada a Nueva York a fines de los 60 con el propósito de convertirse en artista, a su deseo de conocer, crear, escribir, experimentar.

            Nacida en la posguerra, en una familia de inmigrantes pobres, criada al calor de los cuentos de hadas irlandeses y con una imaginación nutrida por los libros que su madre le compraba, esta pequeña Jo March rápidamente comprendió que su destino era dejar una huella en el arte de su época. Y el fin de la Guerra de Vietnam y la ciudad de Nueva York fueron el escenario de la poderosa contracultura de la que Patti Smith fue una protagonista indiscutida, cuando se propuso fundir poesía y rock, una mezcla explosiva que comenzó con su debut musical, Horses, y que la llevó a ser reconocida mundialmente.

            Las hermosas fotos que ilustran el libro, algunas de su propia autoría, dan cuenta de una vida intensa en la que el amor incondicional por quien fue su marido y por sus amigos artistas (la mayoría, muertos muy jóvenes a causa del Sida y las drogas) que deja como legado al mundo que la vio crecer y al que nos espera en un futuro poshumano que ella vislumbra como pocos. 

Publicado en El Dipló, abril 2026

domingo, 22 de marzo de 2026

La mano del pintor

Este libro es el producto de un encuentro fortuito: el de un cuadro hecho por Cándido López del médico que le amputó la mano, Teodosio Luque, con la artista plástica María Luque, su tataranieta. Un encuentro entre dos paletas, dos “manos de pintor”, dos estéticas, que su autora ya había ensayado en Noticias de pintores, su personal lectura sobre la historia del arte. Y una vez más, la novela gráfica fue el formato perfecto que le sirvió para contar la experiencia de este pintor, fotógrafo y soldado durante Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, en un cruce de tiempo y espacio, donde el propio Cándido vuelve de la muerte para pedirle que termine los bocetos de la guerra que le quedaron sin pintar, en un “mano a mano”, donde ambos artistas intercambiarán experiencias sobre el oficio.

            Pero también es una búsqueda de su lugar en la trama familiar y en la historia del arte argentino. Criada al calor de los relatos familiares sobre el tatarabuelo que participó en esa guerra siendo estudiante de medicina, la intensa investigación sobre la vida de Cándido López la llevó a explorar su forma de ver y representar el mundo que le tocó vivir, entender cuál era su búsqueda, cuál, su imaginario, mientras reproducía, en cada una de las viñetas, su propia mirada sobre la obra de este pintor y sobre la guerra más sanguinaria del siglo XIX.

            Así, los verdes intensos de los cuadros apaisados de “el manco de Curupaytí”, (¡pintados con la mano izquierda!), como las escenas panorámicas de guerra representadas en todos sus detalles y desde el punto de vista de los soldados (la verdadera “carne de cañón”), son plasmadas por esta autora, cuyos personajes sin perspectiva, sus colores brillantes y su estética naif revelan muchos de los puntos en común que tiene con su modelo, cuyos cuadros nos hacen recordar aquellos escenarios de los juegos infantiles con miles de soldaditos desplegados.

            Y esta segunda edición, publicada diez años más tarde, nos encuentra, una vez más, sumergidos en un escenario bélico de proporciones mundiales, un contexto que impacta en la lectura de esta obra antibelicista sobre la obra de un “historiador con pinceles” que retrató el sufrimiento de los que ponen el cuerpo en guerras que deciden otros, pero que también habla de la capacidad de resiliencia, de la amistad y de la importancia de dejar un testimonio que honre la memoria histórica y al arte argentino.

Publicado por La gaceta literaria, 22/3/2026

jueves, 12 de marzo de 2026

Querer es perder

 

           Con un título tan sugestivo como lírico, esta narradora y poeta jujeña acaba de publicar un excelente conjunto de cuentos en los que el realismo de sus atmósferas provincianas se enturbia hasta metamorfosearse y pasar al otro lado de la realidad.

             Como el relato de un pescador que descubre, en la rutina semanal de una cosecha gris y anodina, la aparición de un pez dorado que, como el mito que enloqueciera a los conquistadores, lo arrebata. O el de la empleada de un club de barrio, hija de un futbolista fracasado, a la que el brillo que irradia la blonda cabellera de la esposa del Diez la deslumbra hasta perderse en ella.

            El amor por el hijo recién nacido, de todo menos natural y sencillo, pone a una pareja frente a la experiencia de lo inexplicable, como la de la aparición de los hijos, esa “gente rara que encontrás por ahí”. Y es en esa distancia, como una perimetral, donde se pone en juego todo lo que no sabemos sobre el amor, cuando una anciana jubilada descubre el don de leer los pensamientos de cualquiera que esté a menos de dos metros de ella. O como la que une y tensa, en un equilibrio inestable, a una familia ensamblada alrededor de un secreto y de la cruda certeza de que “una madre no está obligada a querer”.

            Muchas mujeres pueblan estos cuentos, soñadoras de una vida más plena y glamorosa, pequeñas madame Bovary detrás de su propio “dorado”: un collar, un peinado o un cartel con su nombre que brillará iluminando el gris de una vida igual a cualquier otra.

Publicada en La gaceta de Tucumán, 8/1/26