Veinte son, hasta hoy, los títulos publicados por la colección Lector&s de Ampersand, una editorial enfocada en la cultura escrita que entiende que la reflexión sobre la lectura es un aspecto esencial de ella.
Para eso, convocó a diferentes
escritores latinoamericanos, a los que invitó a narrar su autobiografía lectora
que, en algunos casos, resultará un sólido trabajo de crítica literaria, en
otros, un manual de teoría literaria, una lectura política del campo editorial
latinoamericano, un recorrido a contrapelo de los circuitos intelectuales o una
clase de filología clásica y de la historia de nuestra lengua, entre muchas
otras experiencias personales con la lectura.
Dirigida por Graciela
Batticuore, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires, hoy
reúne a los principales críticos y escritores contemporáneos de nuestro
continente, quienes comparten sus reflexiones sobre una práctica que es pasión,
oficio y un diálogo cada vez más necesario con nuestra tradición cultural, como
lo demuestran algunos de estos trabajos.
“Libros
chiquitos” llama Tamara Kamenszain al suyo, mientras comparte su experiencia como
lectora fervorosa de poesía, una pasión que logra transmitirnos en sus lecturas de
un género que define como una “suspensión placentera del sentido que atrapa
con su ritmo.” Pero también es un rechazo a la grandilocuencia de los grandes
maestros y una toma de posición a favor de ese género “menor” que nos permite “pescar
el murmullo de una voz fragmentaria”, desde César Vallejo a Mariano Blatt,
pasando por las más actuales experiencias performáticas, que ella analiza con
la pasión propia de los grandes maestros como Enrique Pezzoni, con el cual se
formó.
Su
recorrido como lectora nos habla de un estado de nuestro campo cultural y
político, en el que Barthes deslumbraba y formaba a toda una generación de
intelectuales, la universidad pública le daba una formación rigurosa en
filosofía, medios como La Opinión la albergaban en su staff; la
biblioteca de la Sociedad Hebraica le ofrecía su enorme biblioteca de libros en
idish y México se convertía, durante los años de la dictadura, en su segunda
patria.
Si
de dictaduras se trata, del otro lado de la cordillera, Diamela Eltit ensaya en
“El ojo en la mira” su biografía intelectual y el título elegido por la chilena,
que conjuga violencia política y eficacia poética, habla de una escritura que
pone en escena las condiciones de enunciación en un continente como el nuestro,
atravesado por la violencia y la desigualdad.
De Corín Tellado a Marx, de la teoría
feminista al Siglo de Oro español, este cruce de lecturas, que la llevó a
construir ficciones donde los cuerpos femeninos se constituyen en “zona de
sacrificio”, le permitió, a la vez, conectar
con el habla de las comunidades, con la vida en las plazas, con las historias
que encierran los chismes y las tragedias que cuecen en las cocinas familiares,
sin caer en concepciones de lo literario que refuerzan el lugar de la mujer
como excepción en relación a la norma, porque de lo que se trata, sostiene, es
de “abolir la norma.” Una posición que rechaza la “genitalidad literaria”,
porque considera que por muy progresista que sea, construye un nuevo gueto.
Por su lado,
Daniel Link, uno de los más sólidos intelectuales y pedagogos de nuestro país,
comienza su biografía lectora con una escena de iniciación a la lectura casi
proustiana, la de “un niño pobre y enfermizo” que se convierte en un bibliófilo
exquisito.
“La
lectura: una vida…” es el título elegido por su autor, que habla de una relación vital con el pensamiento y
una posición respecto de su tiempo, expuesta en cada una de sus intervenciones:
como ensayista, crítico literario, profesor universitario, editor e
investigador. Y en cada capítulo describe los fundamentos de los oficios que
ejerció, que sintetizan sus ideas acerca de lo que entiende como política
cultural y, como buen profesor, desarrolla los temas teóricos que lo han
acompañado en su trabajo, con la profundidad de un manual de teoría literaria.
Desde
los primeros libros que recibió de manos de sus maestras como El
principito (al que le dedica una lúcida lectura que lo saca del lugar
común del best seller), recorre cada una de las etapas de su formación
intelectual, donde aprendió, junto con la filología, la importancia para una
cultura de la reconstrucción de los archivos, cuando trabajó con los archivos
dispersos de Rodolfo Walsh que la dictadura había desmantelado y de su
experiencia pedagógica en el nivel medio, lo mucho que hacía falta en
materiales de estudio, que luego elaboró en la serie de El lecturón.
También docente, pero de literatura
medieval española, además de poeta y narradora, la colombiana Carolina Sanín es
la autora de “La voz del buey”. Con un título que alude a esa voz inhumana producida
por la mirada que recorre el texto y que ella encuentra en el acto de leer, nos
entrega su recorrido por mil años de historia de la lengua española en un
trabajo erudito, didáctico y, como es su estilo, muy poético.
La cultura árabe, el latín vernáculo del que deriva nuestro idioma, la
Biblia, el Corán, Alfonso X, la cuentística medieval, la tradición oral y los
clásicos universales (entre los cuales, Borges tiene un lugar destacado) son el
territorio fértil de un trabajo donde las propias reflexiones sobre la lectura
adquieren un espesor notable. Como la que le recuerda que el mismo verbo legere
significa tanto leer como recolectar y encuentra un campo roturado la imagen de
un libro abierto, cuyos reglones son los surcos. O en el encuentro íntimo entre
un libro y un lector, una metáfora de la relación amorosa, ambos
indisolublemente unidos a la posición yacente. Amar, leer y estar ocioso
parecen ser los únicos espacios por fuera de la productividad, nos dice. Y uno
de los pocos reductos de libertad que nos quedan.
Muy diferente a todas las anteriores es la experiencia
que cuenta María Moreno en Contramarcha y su título la pone en evidencia.
Una vocación por el desvío que la convirtió en una cronista única en su
especie, capaz de dinamitar con su prosa barroca y plebeya todos los lugares
comunes de la cultura.
El radioteatro y la poesía de los tangos,
la enciclopedia “ágrafa y visual” como la
llama su autora, desde la que partió, hasta la redacción del diario La
Opinión; de la lectura “de reojo” de la bibliografía universitaria y el
descubrimiento de Simone de Beauvoir hasta la primera revista travesti de
Latinoamérica, El Teje, que fundó. Un recorrido donde construyó esa mirada
desde los márgenes tanto de la academia como de la doxa con la que encontró un
modo único de “escribir al otro” y abrió el camino de la autonomía de la literatura
al género crónica. Quizás sea por eso que logra que unos textos escritos al
calor de los acontecimientos políticos no tengan fecha de vencimiento y
alcancen algo así como la atemporalidad.
La colección, que se completa con los nombres de Silvia
Molloy, Silvia Iparraguirre, Alan Pauls, Jorge Monteleone, Edgardo Cozarinsky,
Carlos Altamirano, Margo Glantz, Daniel Guebel, Luis Gusmán, María Teresa
Andruetto, Carlos Battilana, Luis Felipe “Yuyo” Noé, Ida Vitale, Mariana
Enríquez y Nora Catelli -recién publicado- conforman esta imprescindible
“biblioteca de lectores” que esperamos siga creciendo.
Publicado en Tiempo argentino, 27/9/2026