Con un título tan sugestivo como lírico, esta narradora y poeta jujeña acaba de publicar un excelente conjunto de cuentos en los que el realismo de sus atmósferas provincianas se enturbia hasta metamorfosearse y pasar al otro lado de la realidad.
Como el relato de un pescador que descubre, en
la rutina semanal de una cosecha gris y anodina, la aparición de un pez dorado
que, como el mito que enloqueciera a los conquistadores, lo arrebata. O el de
la empleada de un club de barrio, hija de un futbolista fracasado, a la que el brillo
que irradia la blonda cabellera de la esposa del Diez la deslumbra hasta perderse
en ella.
El amor por el hijo recién nacido,
de todo menos natural y sencillo, pone a una pareja frente a la experiencia de
lo inexplicable, como la de la aparición de los hijos, esa “gente rara que
encontrás por ahí”. Y es en esa distancia, como una perimetral, donde se pone
en juego todo lo que no sabemos sobre el amor, cuando una anciana jubilada
descubre el don de leer los pensamientos de cualquiera que esté a menos de dos
metros de ella. O como la que une y tensa, en un equilibrio inestable, a una
familia ensamblada alrededor de un secreto y de la cruda certeza de que “una
madre no está obligada a querer”.
Muchas mujeres pueblan estos
cuentos, soñadoras de una vida más plena y glamorosa, pequeñas madame Bovary detrás
de su propio “dorado”: un collar, un peinado o un cartel con su nombre que
brillará iluminando el gris de una vida igual a cualquier otra.
Publicada en La gaceta de Tucumán, 8/1/26
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