martes, 20 de septiembre de 2016

¿Cosa de chicas?



Edna O'Brien




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            Medio siglo después de su edición original llega la traducción al castellano de la saga con la que Edna O’Brien escandalizó a la conservadora sociedad irlandesa de entreguerras y que llevó al párroco de la iglesia de su pueblo a comprar en una librería de provincia los tres ejemplares de la novela que era suceso en Londres y Nueva York, para, “con el dinero del cepillo del domingo, llevárselas de vuelta a la aldea y quemarlas públicamente en la plaza que queda frente a su iglesia” como se nos informa en el colofón de la edición española.
            Difícilmente un lector actual pueda tener una reacción similar pero lo que sí es cierto que la lectura de la saga no puede dejar de lado el contexto en el que fue escrito ni los avatares biográficos de su autora, quien, en forma bastante casual y a pedido de sus jefes en la editorial donde trabajaba como lectora de manuscritos, comenzó a delinear su infancia y con ella, al campesinado pobre y ultracatólico de Irlanda, con el explícito título de Las chicas de campo.

            Y las chicas, las protagonistas, son dos: Caithleen y Baba, amigas y enemigas inseparables, dos caracteres opuestos pero no arquetípicos, que transitarán su infancia en el opresor espacio familiar, se escaparán del internado de monjas donde cursan su bachillerato y se mudarán a Dublín para pasar a integrar el ejército de trabajadores de los pequeños comercios de la ciudad, en busca de su emancipación económica.

            Es que el destino que les espera no es muy alentador: las mujeres que pueblan su infancia son víctimas de la mezquindad y el desamor que sustenta una estructura familiar en la que hombres y mujeres sobrellevan una vida de embrutecimiento que el olor impregnado de la bosta de los animales subraya y el alcohol, puerta de salida de la violencia, es el lado B de una religiosidad sin fisuras.

            Y tanto la oralidad como la tradición literaria tienen un papel central en esta escritora -innegable precursora de la exquisita Claire Keegan- que moldea sus personajes a partir de bloques de percepción y sentimientos como la brutalidad del padre alcohólico, la aflicción resignada de la madre, la impostura de los hombres amados, la mezquindad de los inmigrantes que una vida de privaciones inculca, el sarcasmo feroz de su contracara Baba y la ternura que asoma a pesar de la dureza de las condiciones en algunos personajes secundarios, a los que dota de profundidad y claroscuros.

            Con una prosa directa y descarnada aunque no lineal -con la que Caithleen se expone, sin la menor conmiseración, en la primera persona asumida por ella- describe el pedazo de tierra tapado de malezas donde se yergue la casa paterna, registrando la paleta de colores de su terruño amado: “Era una casa de mampostería roja que se erguía entre los árboles; y, por las tardes, cuando caía el ocaso, brillaba con luz propia la casa y los prados que se desplegaban en derredor formando una extensión infinita de liso verdor.”

            Pero Caithleen (a la que su sofisticado e izquierdoso marido llamará Kate porque su nombre original le recueda la “Irlanda profunda” tanto como Baba pedirá que la llamen “Baobra” por el mismo motivo) difiere de su amiga en el imaginario femenino forjado en horas de lecturas juveniles: “Los mejores hombres habitaban en los libros: hombres extraños, complejos, románticos; los que yo más admiraba”, mientras que Baba, por el contrario, con un pragmatismo inmune al ideal romántico, elige al que mejor pueda garantizarle una vida acomodada. Y en esa búsqueda transitarán los primeros años vividos en la pensión de Dublín, relatados en La chica de ojos verdes, años de aprendizaje amoroso, unas veces alocado y otras, atormentado, con el telón de fondo de la tragedia familiar que vuelve a la vida de Kate desde el pasado y a la que intenta conjurar mudándose a Londres y probando a ser escritora.

            En el tercer tomo, Chicas felizmente casadas, vemos a Baba asumiendo la narración, un acierto de la autora, cuyas coordenadas biográficas habían quedado peligrosamente pegadas al derrotero de Kate, y su mirada ácida acerca del matrimonio le permite bajar el tono de solemnidad trágica de su amiga y revelar las fisuras que el sueño de felicidad marital esconden (“Si es así como terminan los amores verdaderos, me alegro de no haber pasado por esa experiencia”): el nido de amor para una y la opulenta vida burguesa para la otra.

            Y la maternidad, destino incuestionable para la generación de mujeres previa a la revolución  de la píldora, lejos de colmar sus corazones ávidos, resulta una fuente de inseguridad y malentendidos que el dispositivo médico-religioso (“Dios ha bendecido su seno”) no hace más que exasperar.

            Hacia el final, la escritura, de la mano de Baba, cada vez más mordaz y amarga, pone de manifiesto uno de los temas centrales de la saga: la amistad entre mujeres como salvavidas y su complicidad en épocas de desigualdad explícita, frente a una realidad que se empeña en malograr cualquier idea de final feliz. Y es Baba la que lo intuye, cuando la risa sarcástica da paso a la lucidez extrema, y con una prosa que se tensa con la ferocidad del discurso alucinado, impreca contra la tendencia malsana de su amiga (“una puta mendicante”) a entregarse en sacrificio. “Tenía ante sí a una persona a la que habían arrebatado demasiadas cosas, alguna región importante que ambas ignoraban por completo.”

            Una buena noticia su publicación en nuestro idioma que demuestra que nunca es demasiado tarde para descubrir a las que se abrieron camino solas.

el que fue escrito ni los avatares biográficos de su autora, quien, en forma bastante casual y a pedido de sus jefes en la editorial donde trabajaba como lectora de manuscritos, comenzó a delinear su infancia y con ella, al campesinado pobre y ultracatólico de Irlanda, con el explícito título de Las chicas de campo.

            Y las chicas, las protagonistas, son dos: Caithleen y Baba, amigas y enemigas inseparables, dos caracteres opuestos pero no arquetípicos, que transitarán su infancia en el opresor espacio familiar, se escaparán del internado de monjas donde cursan su bachillerato y se mudarán a Dublín para pasar a integrar el ejército de trabajadores de los pequeños comercios de la ciudad, en busca de su emancipación económica.

            Es que el destino que les espera no es muy alentador: las mujeres que pueblan su infancia son víctimas de la mezquindad y el desamor que sustenta una estructura familiar en la que hombres y mujeres sobrellevan una vida de embrutecimiento que el olor impregnado de la bosta de los animales subraya y el alcohol, puerta de salida de la violencia, es el lado B de una religiosidad sin fisuras.

            Y tanto la oralidad como la tradición literaria tienen un papel central en esta escritora -innegable precursora de la exquisita Claire Keegan- que moldea sus personajes a partir de bloques de percepción y sentimientos como la brutalidad del padre alcohólico, la aflicción resignada de la madre, la impostura de los hombres amados, la mezquindad de los inmigrantes que una vida de privaciones inculca, el sarcasmo feroz de su contracara Baba y la ternura que asoma a pesar de la dureza de las condiciones en algunos personajes secundarios, a los que dota de profundidad y claroscuros.

            Con una prosa directa y descarnada aunque no lineal -con la que Caithleen se expone, sin la menor conmiseración, en la primera persona asumida por ella- describe el pedazo de tierra tapado de malezas donde se yergue la casa paterna, registrando la paleta de colores de su terruño amado: “Era una casa de mampostería roja que se erguía entre los árboles; y, por las tardes, cuando caía el ocaso, brillaba con luz propia la casa y los prados que se desplegaban en derredor formando una extensión infinita de liso verdor.”

            Pero Caithleen (a la que su sofisticado e izquierdoso marido llamará Kate porque su nombre original le recueda la “Irlanda profunda” tanto como Baba pedirá que la llamen “Baobra” por el mismo motivo) difiere de su amiga en el imaginario femenino forjado en horas de lecturas juveniles: “Los mejores hombres habitaban en los libros: hombres extraños, complejos, románticos; los que yo más admiraba”, mientras que Baba, por el contrario, con un pragmatismo inmune al ideal romántico, elige al que mejor pueda garantizarle una vida acomodada. Y en esa búsqueda transitarán los primeros años vividos en la pensión de Dublín, relatados en La chica de ojos verdes, años de aprendizaje amoroso, unas veces alocado y otras, atormentado, con el telón de fondo de la tragedia familiar que vuelve a la vida de Kate desde el pasado y a la que intenta conjurar mudándose a Londres y probando a ser escritora.

            En el tercer tomo, Chicas felizmente casadas, vemos a Baba asumiendo la narración, un acierto de la autora, cuyas coordenadas biográficas habían quedado peligrosamente pegadas al derrotero de Kate, y su mirada ácida acerca del matrimonio le permite bajar el tono de solemnidad trágica de su amiga y revelar las fisuras que el sueño de felicidad marital esconden (“Si es así como terminan los amores verdaderos, me alegro de no haber pasado por esa experiencia”): el nido de amor para una y la opulenta vida burguesa para la otra.

            Y la maternidad, destino incuestionable para la generación de mujeres previa a la revolución  de la píldora, lejos de colmar sus corazones ávidos, resulta una fuente de inseguridad y malentendidos que el dispositivo médico-religioso (“Dios ha bendecido su seno”) no hace más que exasperar.

            Hacia el final, la escritura, de la mano de Baba, cada vez más mordaz y amarga, pone de manifiesto uno de los temas centrales de la saga: la amistad entre mujeres como salvavidas y su complicidad en épocas de desigualdad explícita, frente a una realidad que se empeña en malograr cualquier idea de final feliz. Y es Baba la que lo intuye, cuando la risa sarcástica da paso a la lucidez extrema, y con una prosa que se tensa con la ferocidad del discurso alucinado, impreca contra la tendencia malsana de su amiga (“una puta mendicante”) a entregarse en sacrificio. “Tenía ante sí a una persona a la que habían arrebatado demasiadas cosas, alguna región importante que ambas ignoraban por completo.”

            Una buena noticia su publicación en nuestro idioma que demuestra que nunca es demasiado tarde para descubrir a las que se abrieron camino solas.

Publicado en diario Perfil, 18/9/2016

lunes, 5 de septiembre de 2016

Para reírse de las diferencias

Cuentos de otros mundos

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No hay nada mejor que descubrir que en el futuro las cosas importantes siguen siendo iguales: el comienzo de clases es tan incierto como cada mes de marzo, las escuelas adolecen de espacio físico y de recursos y las maestras se las ingenian para resolver los problemas, aunque lleguen al colegio en teletransportador.
Es que la ciencia ficción es un género muy apropiado para hablar de nuestro presente y el humor, el procedimiento que mejor lo desenmascara, así como la parodia, la mejor manera de debilitar al poderoso. Los invasores de La guerra de los mundos tendrán, en uno de los cuentos, la forma de un aguerrido bicho de luz al que se lo desarma encerrándolo en un vaso. En otro, una familia tipo, cansada de vacacionar en las mismas galaxias lejanas que todo el mundo, se sube a un “vacacionatrón”, dispuesta a viajar adonde la tecla “azar” los lleve. Las diferencias físicas -motivo de tantos problemas sociales- se vuelven grotescas cuando en una clase de yoga con participantes de todas las galaxias, los seres con las formas más extravagantes intentan seguir las instrucciones de su humana profesora.
Y si de minimizar las diferencias se trata, qué pasa cuando las computadoras y los robots se niegan a cumplir con su trabajo aduciendo derechos laborales vulnerados, es lo que descubre un atribulado astronauta, o cómo se las ingenian en un día de playa los padres de una familia más que numerosa cuando tienen que lidiar con sus cincuenta y ocho hijos.
Con pocas ilustraciones y mucha imaginación desplegada, estos cuentos convocan a sus pequeños lectores a poner en cuestión los estereotipos y en el mejor de los casos, a descubrir un género literario que puede llegar a ser muy serio.

Publicado en diario Perfil, 4/9/2016



martes, 2 de agosto de 2016

Hasta la victoria siempre, Piquito

Piquito a secas


La larga tradición de las fábulas políticas con personajes animales cuyos rasgos físicos y comportamiento remedarían los tipos sociales (Los viajes de Gulliver o Rebelión en la granja, por citar algunas) bien podría ser el horizonte donde este texto se inscribe. Su protagonista, Leonardo (que de “Piquito de oro” en la anterior novela pasó a “Piquito a secas”), un joven sociólogo que da clases de historia en el colegio privado de su esposa Josefina, ha matado a un tal Cianquaglini y la justicia está a punto de echarle el guante. Su madura y maternal esposa le ha contratado un abogado al que él define como “un ser jirafoide en todo sentido, moral y físicamente”, mientras su joven e inquieta vecina será apodada “huroncito”, “marmota”, la indiscreta testigo del hecho delictivo -perfecta representante de la doxa más acendrada- y la “foca” Peñalba, el psiquiatra y ex montonero con bigote setentista, al que visita obligado por las circunstancias.
Y Piquito, además de ser cobijado por su esposa, vive con sus muñecos de felpa, Cachimbo y Maloy, agazapado en su pequeño mundo del infans -por etimología, los que no tienen voz- seres de pura percepción y sabios en su completa ignorancia, los ayudantes indicados para su taller sobre la vida social (y sobre la contradicción que encierran sus términos) que imparte a un grupo de adolescentes dispuestos a atravesar la oscuridad de su pensamiento. Y en su mundo de diminutivos, sus “ideítas” son el atajo por donde avanzar por el conocimiento sin reducirlo y el modo de interrogar al ser humano. Para eso traza un arco que va desde los calmucos -aquellos hombres que mataron a Dios y lo dejaron tirado en el desierto- hasta la batalla de Stalingrado para enseñarles, junto con Marx, que todavía estamos en la prehistoria.
Contra todo propósito de erudición, desmonta los presupuestos de su propia disciplina y arremete contra su clase -ya no la pequeña sino la “ínfima burguesía”- donde caben todas las expresiones del progresismo: desde la beauvoiriana Josefina pero sin turbante, la izquierda “ambiental” que se respira en los pasillos de la universidad, hasta los militantes de la izquierda partidaria a los que define como mejillones adheridos a una roca en el mar. Y él mismo, Piquito guerrillero, que pertrechado por Josefina con una mochila llena de sus postrecitos preferidos y un fusil para armar, llega a la Sierra Maestra cuando la acción ya había terminado.
Con diálogos entrecortados que forman un continuo de lenguaje y sobreentendidos en lugar de un intercambio ordenado de opiniones -un artificio que este texto desmantela, tanto como a todo lo que encubre el imperativo de socialización: la normalidad, la salud, la hegemonía, el sentido común o el viento de época, y contra el discurso de la actualidad, elige el léxico arcaizante, construye un texto en el que las referencias literarias y filosóficas no son tópicos donde apoyarse, sino materiales para su trama, que junto con pequeñas incrustaciones raras configuran la sintaxis de los sueños.
Novela filosófica de pequeños ensayos como los que encuentra Josefina diseminados, derivas por las que Leonardo/Piquito se extravía en una fuga inmóvil en la que imagina escapar a Ucrania (su propia ucronía) atado a Josefina/Beauvoir, o hacia sí mismo, hacia la locura, como en las escenas de la batalla de Stalingrado que lo encuentran defendiendo el edificio en ruinas de su psiquis atormentada por un ejército de hormigas y a su psiquiatra en el papel de comisario político.

Pero hay algo en lo que Piquito no transige y es en ver en la adultez degradación, el motivo por el que los adolescentes “que saben todo lo que tienen que saber” se oponen a lo real, y como un profeta, apela a sus lectores -a los que imagina muy jóvenes- y los convoca a salvarlo de su propia humanidad.

Publicado en diario Perfil, 31/7/2016

jueves, 23 de junio de 2016

En la otra orilla del deseo

La uruguaya

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Como una larga carta de despedida podría ser leída esta novela narrada en segunda persona. El autor y la destinataria, un matrimonio (ese “monstruo de dos cabezas”) en proceso de derrumbe, viven lo que será su último día juntos en la jornada en la que Lucas, el protagonista, viaja a Montevideo a sacar los dólares que le han adelantado por los libros que tiene contratados con dos editoriales extranjeras y que las restricciones cambiarias en su país le impiden cobrar. Pero además va a encontrarse con una atractiva mujer, Guerra (así de explicíto es su nombre), que conoció en un informal evento literario en un verano caliente en la playa de Valizas.
Y si las peripecias lo llevan a posponer de todas las formas posibles el tan deseado encuentro, el derrotero de este escritor inactivo y empobrecido (y por lo tanto, mantenido por su cada vez más distante esposa) por cobrar el dinero por un trabajo que todavía no realizó y que va perdiendo minuto a minuto, lo capturan hasta dejarlo desnudo frente a su propia frustración.
Hay una suerte de vértigo en la escritura de Mairal que nos captura a los lectores también (y sus escenas de sexo son, efectivamente, de las mejor escritas) pero que no obtura el centro a donde se dirige: a su propia escritura, al lugar que el dinero tiene en ella y a los riesgos que la profesionalización (o la burocratización de la escritura) conllevan y que la poesía, ese lugar supuesto de la pura literaturidad, vendría a conjurar. Es que el dinero, esa “mierda para la que no existe otra alternativa que su supresión”, decía Marx, parece siempre estar hablando de otra cosa, como en esta novela, en la que la carrera por poseerlo, gozarlo y recuperar el equilibrio perdido no se distingue demasiado de la que lo empuja frenéticamente tras los pasos de Guerra. Es que el dinero –según Freud– es una problemática en la que “coparticipan poderosos factores sexuales”. O quizás de lo que se trata finalmente es de la trayectoria del deseo.

Publicado en diario Perfil, 19/6/2016

lunes, 13 de junio de 2016

Resucitar, una forma de inventarse

Milagro en Haití

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Una gran crítica literaria argentina que ha hecho de la distancia geográfica y lingüística el espacio de su reflexión teórica, Silvia Molloy, sostiene en su último trabajo que hay diferentes tipos de deslenguados -que no significa desvergonzados o mal hablados- sino “el que ha perdido la lengua, el que habita una lengua con melancolía o con desesperación”.
La chilena Carmen Prado, la protagonista deslenguada de esta novela, despierta -o más bien, resucita- en una clínica haitiana a la que caprichosamente ha elegido para hacerse una cirugía estética, durante los convulsionados días del golpe de estado contra Aristide. Ella, que ha vivido en muchos lugares dándole la espalda a su país, lo único que conserva es el lenguaje. Como “una bolsa rota de palabras chilenas" se reconoce en un cuerpo desgarrado que concentra en su voz toda la furia con la que impreca a su clase -la clase dirigente chilena-, a su familia y a su país.
Y la figura del aparecido, del zombi bordea la trama de esta novela que se despliega al ritmo de la memoria de su protagonista que se resiste a la memorabilia, porque “recordar es de maricones”, y que en el encierro de la clínica en la que se despierta junto a su criada negra, Elodie, las voces de ambas se ensamblan en un contrapunto de improperios y exorbitancias de la señora y réplicas notables de su criada, donde se escuchan los ecos de la lucha de clases.

De la primera, son los fantasmas de sus ex maridos y de su familia que la odia los que desfilan por su voz, mientras que Elodie, al otro extremo de la escala social, vive en un mundo donde los zombis tienen más realidad que dios, quien, por otro lado, jamás le dio pruebas de su existencia. Ambas comparten un mismo territorio sociopolítico, el de los países explotados en los que, sin embargo, la fuerza, la potencia están del lado de los subordinados, mientras que del otro, la implacable capacidad de destrucción, que esta novela logra tematizar sin metáforas obvias ni tesis unívocas.

Publicado en diario Perfil, 12/6/2016

lunes, 6 de junio de 2016

Cuando la era paría un corazón

Ensayos quemados en Chile. 
Inocencia y neocolonialismo

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La imagen de una fila de camiones saliendo de la editorial estatal Quimantú (la responsable de la mayor tirada de libros a precios populares de toda la historia de Chile), en los días posteriores al golpe de estado de Pinochet para convertirlos en pulpa y así “aprovechar” su materia prima, abre este conjunto de textos originalmente publicados en Argentina, en 1974, cuando su autor logró salir de su país y recuperar los borradores de unos trabajos que viajaban en esos mismos camiones.
Hoy se vuelven a editar estos textos que sin bien son inseparables del contexto que los produjo, ponen en circulación ideas sobre política cultural, literatura contemporánea, teoría política y crítica de los medios masivos y de la cultura de masas que, más allá del tono urgente y altisonante, resulta necesario profundizar.
Como la concepción de la historia que se puede encontrar en las masivas historietas infantiles de los años 70, Babar, el elefante y Disneylandia, que asimila a sus protagonistas a una idea de minoridad política que incluye en una misma serie a los niños y a los pueblos subdesarrollados (los bárbaros que resuenan en “Babar”), a los que los adultos-países centrales, para su bien, deben educar. Las desigualdades entre los países y las guerras colonialistas quedan de esta manera borradas frente al relato de una historia que las naturaliza. “Liberación o dependencia” es la consigna que contextualiza este análisis, que años más tarde Dorfman desarrolló junto a Mattelart en su (también masivo) Para leer al Pato Donald.
Y el peligro de lo que por esa época se denominaba “penetración cultural” era una amenza cierta para una sociedad que se había propuesto un camino de autonomía económica y política, aunque la denuncia de la propaganda encubierta que significaba el inefable Selecciones del Reader’s Digest no se agota en su contenido sino que desmenuza los procedimientos y la retórica con los que esta publicación construyó su propia máquina comunicativa.
Convencido del papel central que el lenguaje y la comunicación tienen en la construcción de una nueva sociedad, impulsa a los trabajadores a asumir junto con la dirección de las empresas recientemente estatizadas la elección del nuevo nombre, y a revertir la política cultural burguesa que desprecia la cultura de masas y sólo reconoce en los clásicos su ideal de una literatura como goce de minorías, de la que los estudiantes resultan excluídos. Propone Dorfman incluir a los medios como objeto de estudio y analizar desde ahí los procedimientos con los que la literatura construye su mundo, para poder, finalmente, apreciar las diferencias.
Como funcionario del gobierno socialista se plantea la tarea de planificar una política de
agitación cultural que impulse el nacimiento de una cultura desde los propios participantes, el camino, sostiene, para llegar a ser verdaderamente popular. Y es el compromiso absoluto con este proceso político el que parece filtrarse en el análisis de la obra de Antonio Skármeta en contraste con la de Jorge Edwards, dos visiones opuestas de la realidad chilena, porque, afirma, “cada obra de arte … es el intento de responder a un cómo, a un quién, a un por qué, dónde, cuándo.”

El último de los textos recobrados, el prólogo que escribió a La historia me absolverá, el alegato de Fidel Castro por el asalto al cuartel de Moncada tenía fecha de publicación el mismo 11 de septiembre. Para él, verdadero programa de acción política, trazó las líneas del proyecto de liberación nacional para todo el continente y así como Fidel Castro piensa el movimiento que él lidera como continuador de la revolución inconclusa que José Martí había iniciado, Dorfman lee este alegato como anticipación de la experiencia chilena pensando desde su minado campo político, a las puertas del infierno. 

Publicado en diario Pefil, 5/5/2016

martes, 17 de mayo de 2016

Había unavez un circo

Los equilibristas

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Los libros-álbum ya deberían ser considerados un género en sí mismos. Dedicados a los pequeños iletrados, se sitúan lejos de los estereotipos y los modelos (cuando no los parodian) y establecen claras conexiones con la plástica, el cine, la publicidad y la literatura. El resultado es un texto con muchos niveles de lectura que incluye a lectores de diferentes edades, sobre todo a aquellos para los que la historieta dejó de ser un género menor.
El diálogo entre los códigos plástico y literario y también su diseño como objeto, exige una lectura que trascienda lo meramente argumental, más ligada al juego con las formas y el lenguaje, al placer estético que la palabra y la imagen son capaces de provocar.
Un ejemplo claro es este nuevo libro-álbum, cuyos autores ya habían probado su eficacia como dupla creativa en Así queda demostrado, un texto donde integraban ilustraciones fantásticas con elucubraciones absurdas que lo emparentan con los bestiarios medievales o los antiguos tratados de medicina.
Y Los equilibristas no es la excepción: la invitación al juego comienza en la contratapa, con las figuras de sus protagonistas, los cinco equilibristas, Felisberto, Cloroberto, Adalberto, Humberto y Rigoberto para recortar y pintar, y la asonancia de sus nombres convocan al juego con la rima que tanto la poesía como la publicidad adoptan como principio constructivo.
La ilustración, basada sobre todo en la técnica del collage, se asocia a la construcción de unos personajes que hacen de la libertad su razón de ser, a la vez que no olvidan homenajear a la gran literatura infantil (como en el caso de Licia, la niña espejo), uno de los tantos bellos monstruos que pueblan esta historia.

Publicado en diario Perfil, 15/5/2016