Este
trabajo de investigación sobre la cultura escrita (hecho, como
no podía ser de otro modo,
bajo
el signo de Borges) es
un homenaje a un oficio humilde y casi invisible en la industria editorial que
hasta hoy no ha podido ser reemplazado por un software, sin resignar calidad y
profundidad: el de indexador. Una tecnología que comenzó hace ocho siglos con
el códice y que llegó hasta la era digital, ya que la primera página web de la historia
no era otra cosa más que un índice temático.
Para eso busca en la Antigüedad la
protohistoria de los sistemas de clasificación, desde las tablillas escritas en
cuneiforme, pasando por la organización de la biblioteca de Alejandría, hasta
la primera tabla de contenidos de los Evangelios que un monje inglés
confeccionó para hacer de la prédica una tarea más sencilla y que los maestros
y alumnos de las incipientes universidades adoptaron como metodología.
Y
si cualquier texto escrito puede ser reducido a “unidades de conocimiento”,
esta historia también es una historia de la lectura, es decir, de los usos que
los lectores han hecho de estas “unidades de conocimiento” a través de los siglos
y de su necesidad de ubicarlas en el cúmulo cada mayor de textos.
Encuentra
en los resquemores que genera la tecnología aplicada al conocimiento o en los
algoritmos, el mismo rechazo que la escritura suscitaba en Sócrates, que no es
otra cosa, sostiene, que la desconfianza en las mediaciones, de las que el propio
lenguaje sería el primer responsable.
Publicado en El Dipló, edición noviembre/26

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