“Había una vez…”, seguramente, el primer acceso a la ficción al que nos enfrentamos como lectores, como el “abracadabra”, es una fórmula que de tan convencionalizada produce un efecto de extrañamiento, dispara la imaginación y abre las puertas a la aventura.
Pero lo
que había era un escritor consagrado, gran poeta y cuentista que se propuso
reformular “Hansel y Gretel”, uno de los cuentos de hadas con los que
afortunadamente fuimos criados, que fueran recopilados por los hermanos Grimm,
ambos filólogos pertenecientes al romanticismo alemán, el movimiento
nacionalista que se planteó recuperar las raíces campesinas de su literatura.
Indestructibles,
a pesar de los embates de la pedagogía, la moral y hoy, del progresismo
literario, sobreviven porque conectan directamente con la psiquis infantil y
les hablan a sus pequeños interlocutores de los miedos que la humanidad ha
padecido desde siempre en esta etapa de la vida: al abandono, a la destrucción,
a ser comidos por fieras salvajes. Y es el bosque, el umbral a lo desconocido y
el espacio mítico para la literatura folklórica, el lugar donde estas fuerzas
se ponen en juego.
Y el
famoso escritor, decíamos, quiso reformular la historia de los hermanos
abandonados por su padre y, como si hubiera disuelto el cuento tradicional en
una fuente de ácido, escribió cinco relatos aleatorios donde no sólo se pierden
unos hermanitos incestuosos, sino también un padre culposo que cae en las
garras de unos viejos caníbales, un brujo, atrapado en sus propios hechizos, el
propio bosque, talado hasta quedar irreconocible y otra pareja de hermanos, los
famosos antólogos alemanes.
Con una
prosa muy alejada del trabajo y la sutileza de sus textos anteriores, simplona
y reiterativa, como entiende que fueron escritos estos cuentos populares, reescribe
a su gusto el relato tradicional, despojándolo de la densidad psicológica que
lo hizo atravesar los siglos, en el que los motivos del viaje (elegido o
impuesto, como en este caso), la pérdida inicial, la astucia del protagonista y
el enfrentamiento con el enemigo, harán crecer al protagonista que, gracias al
encuentro con un cofre de dinero o joyas, siempre resplandeciente, se
transformará en un hombre rico y afortunado. Lo cierto es que estas historias,
estructuralmente reconocibles, daban a los pequeños lectores u oyentes las
herramientas para atravesar la dura etapa del crecimiento, en especial, en las
sociedades campesinas del siglo XIX, para las cuales la naturaleza no estaba
amenazada, sino que era amenazante, las familias rotas no formaban parte de su
universo social, las mujeres no tenían el rol principal, los niños eran las
auténticas víctimas y era inconcebible que pudieran transformarse en
victimarios, tal como lo imaginó nuestro famoso escritor que, en una vuelta por
la historia de la literatura, intenta un nuevo derrotero. Pero una cosa es
salir en busca de la aventura y otra muy diferente es perder el rumbo. En la
vida y en la ficción.
Publicado en diario Perfil, 18/10/26

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