martes, 16 de mayo de 2023

Cartografías imaginarias

Cartografías imaginarias





En este bellísimo trabajo (con una muy cuidada edición a tono con la calidad de los incunables) el autor, reconocido historiador del libro y la lectura, se propuso elaborar una genealogía histórica de la presencia de mapas en los relatos ficcionales europeos del Renacimiento. 

Novelas, sátiras, utopías, distopías y relatos místicos tuvieron en sus frontispicios mapas que acompañaron unos relatos que, a pesar de su carácter ficcional, se pensaron según el modelo tan exitoso entre los lectores de la época, de los diarios de viaje, lo que acentuaba en ellos la ilusión de realidad.

Desde el Quijote, cuyos itinerarios por España invitan a los lectores a convertirse en compañeros de viaje de los protagonistas; los viajes de Gulliver, con nombres de tierras imaginarias junto a lugares reales; la isla de Robinson Crusoe, con sus mapas narrativos; la sátira política inglesa Mundus Alter et Idem en la que se basó Jonathan Swift para los Viajes de Gulliver; la representación de ese no-lugar que es la Utopía de Tomás Moro; los viajes sentimentales del preciosismo francés con los caminos para alcanzar el amor y los viajes espirituales de Juan de la Cruz, con los que se debían seguir para alcanzar a Dios hasta las aventuras de Orlando furioso, las obras de este período se hicieron eco del interés provocado por los viajes de descubrimiento, que despertaron, para siempre, la conciencia de la globalidad.


Publicado en El Dipló, marzo 2023


domingo, 12 de febrero de 2023

Una temporada en el infierno

S-3. Una memoria


            Comenzar una carrera literaria con un libro autobiográfico sobre la propia estadía en un neuropsiquiátrico después de un intento de suicidio, seguramente sea la forma más descarnada y expuesta de salir al ruedo literario.

            Pero hacerlo y además, escribir uno de los mejores libros que se hayan publicado sobre la locura (ese campo minado en el que locos y cuerdos, pacientes y médicos se reparten los roles necesarios para poner a funcionar el dispositivo psiquiátrico) es casi un milagro literario. Y la escritora norteamericana Bette Howland lo llevó a cabo. Con la lucidez propia de quien la ha perdido, narra ese punto ciego donde el sufrimiento no encuentra salida en un mundo que se ha vuelto inhabitable. Con una adjetivación que crece y se multiplica, intenta rodear ese pozo ciego que es el suicidio, cuando el yo, agotado, queda fuera de servicio y descubre el hilo que atraviesa a la mayoría de los personajes en el peso del ocultamiento en el relato familiar. “Quería abandonar esta historia personal, sacármela de encima como una tapa de alcantarilla.”

            Por su novela desfilan criaturas alienadas que ella transforma en personajes plenos, de varias capas y sin subrayados, frente a los psiquiatras, unidimensionales y burocratizados, con la mirada lúcida de quien sabe de qué está hablando y que, como Orfeo, volvió del infierno para contarlo.

            Lejos de los relatos gore de los pabellones psiquiátricos que el cine nos ha provisto, Howland describe, desde sus primeros registros de conciencia en la sala de emergencias hasta esa vida entre paréntesis que es una “estadía en un loquero”, y lo narra desde un plural en el que se desdibuja hasta la convertirse en omnisciente.

            Capta, en la vitalidad de los detalles y con mucha empatía, todo lo que de espectáculo circense tiene una sala psiquiátrica. Las hilachas, el maquillaje corrido, el pelo chamuscado por la plancha, las pelucas torcidas, las caras transformadas en máscaras producto de la medicación, todas formas de lo descentrado, de un estar fuera de lugar que es la experiencia de la alienación.

            Descubre en las voces como graznidos o en los susurros casi inaudibles de los internados, “las voces venidas de la tumba” y en la preocupación de todos por la falta de ropa, a aquello que une el alma con el cuerpo y que con tanto fervor todos se empeñan en restaurar.

            Howland ha escrito uno de esos libros que no dan ganas de que terminen. La editorial promete seguir publicándola. Que así sea.

Publicado en La gaceta Literaria, 12/2/2023

Las mujeres de los otros

Las mujeres de los otros

 

            Quizá la tan remanida frase escuchada durante los años de la dictadura militar, la importancia de defender “los valores occidentales y cristianos”, cobre su real dimensión a la luz de la perspectiva histórica.

En efecto, fueron estos valores, moldeados en la fragua de diez siglos de dominio del cristianismo, los que los viajeros de Europa Occidental llevaron en sus alforjas, con los que percibieron, juzgaron y comprendieron a los muy diversos pueblos que encontraron más allá del Mar Caspio. Un espacio que los maravilló tanto como los repelió, del que tuvimos noticias por los relatos de su viajero más famoso, Marco Polo, aunque no fue el único. Los siglos XIII a XV fueron los de los viajes de exploración en los que se embarcaron peregrinos, mercaderes, guerreros, embajadores, misioneros, cuyos relatos estaban destinados a un público noble, religioso y, por supuesto, masculino.

Y este trabajo se enfoca en las mujeres con las que se encontraron, cuya doble otredad las convirtió en un objeto privilegiado para poner a prueba su andamiaje ideológico, sustentado en la figura de la Virgen María, modelo de virtud, recato y sumisión, que los numerosos manuales de comportamiento que existían para encuadrar a aquellas que consideraban particularmente propensas al pecado, se proponía difundir. La mirada de estos viajeros no hizo más que confirmar la superioridad moral de su propia cultura.

Publicado en El Diplo, enero de 2023

domingo, 29 de enero de 2023

Entrevista a editores de Hiperbórea, Guillermo Piro y Diego Zappa

 

Una nueva editorial acaba de asomar en el siempre vital campo editorial argentino: Hiperbórea, de la mano de dos amigos ligados desde hace muchos años al mundo del libro, la edición y la traducción: Diego Zappa y Guillermo Piro.

Con un nombre elegido, no según la definición del diccionario, sino por sus resonancias literarias, fue la primera novela de Héctor Libertella, El camino de los hiperbóreos, la que los llevó a elegirlo.

Como tantos proyectos cocinados cuando todavía el mundo no conocía la pandemia, recién pudo ser llevado a cabo a fines del año 2022, con la publicación de un diálogo con Dios soñado por Giacomo Casanova, Sueño de un cuarto de hora.

Ambos editores conversaron con Tiempo argentino de este nuevo proyecto editorial, con el que se proponen ofrecer un catálogo de autores excéntricos respecto del canon.

¿Cuándo y cómo surgió la idea de armar una editorial?

D. Z.: Antes de la pandemia, hace tres años aproximadamente y comenzó con un twit que yo había disparado. Estaba leyendo una columna de Quintín que hablaba de un libro descatalogado y puse en Twitter: “si tuviera una editorial, lo publicaría”, ahí Guillermo me mandó un mensaje diciéndome que hacía mucho que quería armar una editorial y así empezó todo.

¿En qué consiste el proyecto? ¿A qué está vinculado?

D. Z.: De mi parte, a gustos particulares que comparto con Guillermo.

G. P.: En mi caso, además del gusto personal, es una extensión de la traducción, en el sentido en que lo que más me atrae de traducir es compartir libros que no circulan o que no están traducidos y deberían.

¿Van a publicar solo traducciones?

G.P.: Por ahora, sí. Empezamos por un Casanova traducido por mí del francés, no del italiano (Casanova, como homme de lettres de su época, escribía en francés). Pero la línea editorial va a ser sustancialmente heterogénea.

D.Z.: En principio van a ser traducciones de libros que no circularon nunca o que hace mucho tiempo que no circulan, pero básicamente van a ser libros que nos gusten a los dos, que podrá ser ficción o no. De hecho, este Casanova no es exactamente un libro de ficción, es un libro de filosofía, pero lo próximo que vamos a sacar son dos novelas.

¿Qué editores son sus referentes a la hora de pensar un proyecto editorial?

D.Z: Yo, personalmente, no tengo un modelo de editor que me gustaría seguir.

G.P.: La editorial Adelphi o Roberto Calasso, porque como editor, hizo lo contrario de lo que hizo Herralde en Anagrama, es decir, puso en circulación libros en traducciones increíbles, y es eso lo que me gusta de tener una editorial, el hecho de poner a circular libros y pensadores extraños. 

¿Qué pasa en este país que, con la situación económica agobiante que vivimos hace décadas y la alta concentración de la industria, proliferan pequeñas editoriales todo el tiempo?

G.P.: Porque editar es (siempre fue) un acto heroico y los argentinos amamos ser héroes.

D.Z.: A mí me parece que, además del costado casi heroico que tiene el oficio de editar en nuestro país, en Argentina se sostiene, a pesar de todo, una tradición fuertemente lectora y eso lleva a que haya una demanda de libros y de gente que se dedique a publicarlos. En nuestro caso, no sé si es una cuestión de heroísmo, pero sí es una jugada importante empezar una editorial prácticamente de la nada.

¿Por qué si los libros digitales son más baratos y adecuados al entorno digital en el que vivimos no le ganan la pulseada al libro en papel?

G.P.: Porque el libro en papel no es perfectible, no se puede modificar porque es absolutamente perfecto, como la cuchara o el tenedor. Es imposible que alguien haga algo mejor. Es absurdo imaginar que un libro pueda desaparecer, porque el formato alcanzó un estado de perfección. Los libros digitales creo que, en general, son usados para libros de consulta o para burlar a los sellos editoriales con libros imposibles de pagar por su precio prohibitivo. No sé si recuerdan un video que circuló en internet hace unos años de un chico que presentaba un libro en papel como si fuera una novedad y marcaba todas las ventajas que tenía como si fueran grandes avances. Eso es un libro en papel, algo absolutamente novedoso y perfecto a la vez. 

¿El libro físico no genera, además, una relación diferente con el cuerpo?

G.P. En mí eso no pesa demasiado, porque yo leo en la cama, así que no cambia si es un libro en papel o digital. No es una cuestión de lealtad o fetichismo, simplemente que es un objeto perfecto, eso de pasar páginas unidas por un lomo, poder tomar notas. El que se le ocurrió eso tiene que haber sido muy inteligente. Poder ampliar la tipografía o escuchar un audiolibro, por otro lado, son otros modos de lectura muy interesantes pero orientadas, creo yo, más al consumo de información.

La diferencia entre ambos formatos es abismal: me interesa el libro digital solo para un consumo práctico, cuando tengo que consultar un libro que está publicado en otro país, por ejemplo. Nunca me interesó (y creo que a Diego tampoco) publicar libros digitales porque quienes los editan tienen una intención comunicativa de la que yo carezco. Yo lo que quiero es traer un libro más al mundo.

D.Z.: Acuerdo totalmente con este punto de vista y agregaría algo que me llama mucho la atención, lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito de la música. Los jóvenes, que jamás escucharían música en un vinilo o en un CD, que es como yo la escucho, sin embargo, a la hora de leer, eligen libros en papel. Es algo bastante misterioso para mí y creo que tiene que ver con el ritual de la lectura, por lo menos, yo tengo rituales a la hora de leer.

¿Qué es una editorial independiente?

G.P. Es un término utópico, porque si lo pensamos detenidamente, nadie, en el campo editorial, es independiente (ni en ningún otro campo). De lo que se está hablando es de cierto rasgo que comparten las editoriales pequeñas y es que, al no tener un plan prefijado a dos años, por ejemplo, tienen una autonomía en cuanto a la toma de decisiones que las grandes editoriales no tienen.

¿De qué trata Sueño de un cuarto de hora, el primer título de Hiperbórea?

D.Z.: Es un libro que estaba inédito y que Guillermo ya tenía traducido. Cuando me lo pasó me gustó mucho y además, por una cuestión de practicidad, nos vino muy bien para arrancar la editorial, nos ahorró el pago de los derechos de traducción.

Es uno de los libros de filosofía que escribió Giacomo Casanova en la última etapa de su vida. 

Bueno, es un diálogo imaginario con Dios que, si bien muestra las largas lecturas de Casanova sobre teología, tiene características ficcionales.

G.P.: Creo que no es un libro de ficción, porque, a fines del siglo XVIII, las fronteras entre la filosofía y la literatura estaban menos demarcadas que hoy. Se conocía el Quijote, sí, pero no se sabía muy bien qué era la novela. Por ejemplo, en su novela Icosamerón, en determinado momento, Casanova introduce dos ensayos filosóficos, algo que estaba permitido porque era un género inestable todavía. Hoy, cuando editan esta novela, esos ensayos filosóficos los sacan y entiendo que lo hagan porque es anacrónico, pero en ese momento, la novela era una especie de cofre en el que se podía meter cualquier cosa. En ese contexto, Casanova escribe. Y en Sueño de un cuarto de hora él se dedica a escribir sus reflexiones teológicas y al mismo tiempo imagina un sueño en el que dialoga con Dios. Pensado desde el concepto de ficción actual, es claramente un ensayo filosófico disfrazado de ficción, lo que lo hace más ameno, divulgativo diría. De hecho, está escrito en una época en la que él lo único que quiere es ser respetado y considerado un escritor.

Hay otro libro de él que me gustaría sacar que se llama Conversaciones entre un filósofo y un teólogo donde él asume el papel del filósofo, está a punto de morir, ficcionalmente, y aparece un teólogo tratando de convertirlo, a último momento, para entrar al paraíso, y él se niega y discute con el teólogo. Y no es que no crea en Dios, sino que lo que hace es demostrar todas las contradicciones que para él tiene el libro sagrado. Siente un desprecio marcado por la Iglesia pero, indudablemente, es un creyente.

¿Con qué títulos piensan continuar?

G.P.: Hay uno del que estoy obsesionado yo y otro del que está obsesionado Diego.

Mi obsesión es una autora alemana que nació en la República Democrática, la Alemania comunista, que se llama Gisela Elsner, que es increíble. Un poco encarna ese personaje de la mamá de Adiós, Lenin. El muro cayó al final del 89 y ella se suicidó en el 92, no soportó vivir sin comunismo. En el año 64 ganó el premio Formentor con su primera novela Los enanos gigantes, así que entró a la literatura por la puerta grande. Esta es una novela absolutamente desopilante, de un grotesco muy poco alemán, además. Tiene otros libros traducidos, inhallables y otros más que habría que traducir. Los enanos gigantes es el próximo libro que vamos a sacar. Del otro, te habla Diego.

D.Z.: El siguiente es de un escritor norteamericano, John Hawkes, que está enrolado en lo que se llamó el posmodernismo, pero este autor es distinto. El decía que no le importaban ni los personajes, ni la historia, ni la trama, que eso había arruinado la literatura. Vos entrás en los libros de él y, más allá de que lo leas traducido, entrás en una lengua y eso a mí me fascina de sus libros. Yo creo que leo eso en un libro más que lo que me pueda contar. El libro que vamos a sacar se llama Segunda piel y lo tradujo, en la década del 70, Alberto Manguel, que tuvo la amabilidad de cedernos la traducción, así que va a ser el segundo libro que saquemos este año.

G.P.: Tenemos muchas ideas de qué es lo que nos gustaría sacar, estamos todo el tiempo pensando en libros, pero en concreto, este año empezamos con estos dos.

¿Por qué es necesario que exista Hiperbórea?

D.Z.: Porque vamos a sacar muy buenos libros. No sé si será una necesidad seguir trayendo libros al mundo, pero para mí es una felicidad. Me pone muy contento haber plasmado este proyecto.

G.P.: Sí, que vamos a hacer buenos libros, es indudable.

 

Sueño de un cuarto de hora

Giacomo Casanova

Un diálogo con Dios durante un largo sueño de un cuarto de hora que el libertino más famoso mantuvo en los finales de su vida es el texto con el que los responsables de la novísima editorial Hiperbórea eligieron para inaugurar su catálogo, traducido por primera vez a nuestro idioma por uno de sus editores, Guillermo Piro. Y uno de los textos filosóficos que este personaje dieciochesco y aventurero escribió al amparo del conde de Waldstein, en cuya biblioteca se refugió los últimos trece años de su vida, cuando la justicia de varios países lo perseguía por estafador.

En esos años, quien finalmente pasó a la historia por su afición a las mujeres (aunque su nombre no se convirtió en sinónimo de seductor serial como ocurrió con Don Juan, una diferencia que, en el prólogo, se señala muy bien) produjo una cantidad importante de manuscritos de variados géneros y de los temas más diversos: una única novela, Icosamerón, las Memorias (el primer libro de su autoría publicado pocos años después de su muerte y el más conocido), textos sobre filosofía, teología, ciencias físicas, matemáticas, arte, viajes y aventuras que terminaron catalogándose un siglo más tarde.

Un corpus de varios miles de folios que demuestran que no solo de carne se nutrió la vida de Casanova. Las cosas del espíritu, como buen aristócrata refinado, lo convocaron especialmente y la lista de autores clásicos entre sus lecturas sorprende a quienes fuimos educados en el mito del decadentista disoluto.

Y este diálogo con Dios, escrito durante los años de la revolución que inauguró la Modernidad, ese “ácido que disuelve a los dioses”, quizás sea, entre otras cosas, además de una muestra de su concepción materialista de la religión, la de su rechazo por las ideas que enarboló la Ilustración, de las que se mantuvo al margen.

Pero también puede ser leído como el intento desesperado por reconciliarse con un dios al que, más de diez siglos de dominio del cristianismo habían impuesto -a sangre y fuego- el tributo a la virtud, la contemplación, el ascetismo y el predominio del espíritu sobre la carne, un terreno que el autor de estos diálogos había frecuentado bastante poco durante los años de su juventud.    

Podríamos preguntarnos qué interés puede despertar un personaje como Giacomo Casanova en tiempos de heroínas empoderadas. Quizás editar (y leer) contra el “espíritu de época” sea la mejor respuesta y una de las más interesantes apuestas literarias.

Publicado en Tiempo argentino, 29/1/2023

           

El cuidado de sí, de los griegos a las redes sociales

Filosofía del cuidado



        Cada vez más y con mayor insistencia, se nos conmina desde los medios, la publicidad y las redes (los canales por donde la doxa hacer circular todos los discursos sociales) a cuidar nuestro cuerpo como el último de los bastiones de la trascendencia que, como todo mandato social, tiene causas y consecuencias concretas.

Pero esto es algo más que una exigencia actual. Si bien el cuidado de las vidas humanas es lo que define a las sociedades contemporáneas, para las cuales, la medicina ha pasado a ocupar el lugar de la religión, y el bienestar físico reemplazó a la salvación de las almas (y el hospital, a la Iglesia), es uno de los nudos centrales de la filosofía occidental. Y su autor, reconocido en nuestro país por sus trabajos orientados al arte contemporáneo, fruto de sus reflexiones sobre la modernidad, la posmodernidad y la subjetividad, recorre las diferentes escuelas filosóficas que se ocuparon del vínculo entre el cuidado y el cuidado de sí (cuando el yo se convierte en un objeto de cuidado) para entender la genealogía de esta relación. 

Encuentra ya en el método socrático, la mayéutica, una analogía entre cuerpo y cuidado, al considerar al filósofo la partera de la verdad y nos recuerda que, frente a la centralidad del cuidado y el control de las almas durante los siglos de dominio del cristianismo, fue la Revolución Francesa como culminación de la historia, según Hegel, la que destronó el temor a Dios y lo reemplazó por el temor a la muerte.

Del Estado de Terror, dice Foucault, se pasó a un Estado Pastoral, legitimador del statu quo, que propende a la autoconservación y cuyo objetivo será el cuidado de la salud de la población. Y aquí es donde nace el Estado biopolítico, aquel que, paradójicamente, nos enferma para cuidarnos con el único objeto de que podamos seguir trabajando.

Una de las consecuencias del paso del cuidado al cuidado de sí,según Groys, es la aparición del ser creativo que exigía presentarse a sí mismo como excepción, de lo cual el arte de vanguardia hizo su estandarte, mientras que el mundo digital nos exige presentarnos a nosotros mismos como si fuéramos otra persona, otro de los modos posibles de la autoprotección.

En la Antigüedad clásica, el cuidado era considerado trabajo de esclavos. Hoy, que es ejercido mayoritariamente por mujeres, todavía no es remunerado. Otra de las caras de un mundo despojado del ser que Heidegger anticipó y que hoy se expresa dramáticamente en los millones de migrantes que hay perdido el suyo.


Publicado en La gaceta literaria, 21/12/2022


lunes, 5 de diciembre de 2022

La tiranía de la elección

        “Autoayúdese, es una orden” decía un chiste a comienzos de los 90 -la década que marcó el triunfo del neoliberalismo y del surgimiento de este subgénero, la autoayuda- que quizás resuma la hipótesis del último libro de la socióloga eslovena Renata Salecl: la idea impuesta de que somos dueños de nuestro destino y por lo tanto, únicos responsables de las malas elecciones, como si las condiciones materiales no tuvieran ninguna incidencia. Una nueva trampa, sostiene, que el reinado del individualismo nos tiende para desactivar toda construcción colectiva de cambio.

            Hoy se nos conmina a reinventarnos, a convertirnos en nuestra mejor versión, a gozar sin límites, a tratarnos a nosotros mismos como si fuéramos una empresa (y la figura del emprendedor es su cara más visible), eso sí, siguiendo una serie de instrucciones que, paradójicamente, nos alivian de la angustia de enfrentarnos a las infinitas posibilidades de elección que el mundo unipolar nos ofrece.

            Y es la teoría de la elección racional, según esta autora, la verdadera idea madre para este estadio del capitalismo que requiere de sujetos sometidos por el autocontrol, que apunta a la instrumentalización de la subjetividad bajo la fachada de la libre elección y nos recuerda que la ideología de la autocuración a través del trabajo sobre sí mismo surgió en plena embestida de la privatización de la salud. No sólo de espíritu vive el hombre.

Publicado por El diplo, diciembre 2022

 

domingo, 27 de noviembre de 2022

La interna entre la norma y el uso

 Entrevista a Alicia Zorrilla


 

- “La lengua, como el león, puede domarse y amaestrarse, y salta por el aro de fuego, sí, pero se niega a que no se la tome en serio” dice el epígrafe con el que se abre el libro. Cuando lo leí, me remitió directamente al lenguaje inclusivo y me preguntaba cómo lo considera usted, si un atentado a la gramática o una prerrogativa de los hablantes a “amaestrar” la lengua.

Es una distorsión de nuestra lengua con un objetivo socio-político muy claro y no creo que se pueda cambiar de la noche a la mañana una lengua por el gusto de un grupo minoritario. Tampoco es algo de ahora, desde el año 73 se viene hablando de la necesidad de visibilizar a las mujeres en el lenguaje pero no puede una “e” cambiar toda la historia de la lengua española. Ella es la que fija la conformación léxica y sintáctica y yo me pronuncio contra esa distorsión, porque es innecesaria. Para defender una causa hay que hacerlo con respeto, hablando bien, porque todos tenemos la libertad de hablar pero tenemos la obligación de hacernos entender.

- Los ejemplos del mal uso de la lengua fueron tomados de los medios de comunicación escrita, digital y audiovisual, de discursos periodísticos y publicitarios. ¿No debería ser una política de Estado regular los mensajes públicos?

Deberían revisarse más que regularse, para que salgan decorosamente bien porque los carteles en la calle tienen también una función pedagógica. A partir de ellos se puede aprender bien o mal.

- Este trabajo conjuga el humor con mucha erudición y a la vez es una verdadera herramienta de consulta. ¿La pandemia, el encierro, hicieron estragos con el lenguaje?

Creo que se liberó la palabra, el miedo, sobre todo al contagio, a esto que se desconocía, ha creado un ambiente lingüístico casi de libertinaje. Tal vez, la gente, nerviosa, se volcó a hablar sin medir qué decían, si no, es imposible que un comunicador diga “a mato groso” por “grosso modo”.

- Tenemos correctores que corrigen mal, periodistas que desconocen la lengua y una nueva clase de hablantes, los que Chartier llama wreaders, aquellos que leen para escribir y escriben para ser leídos en la inmediatez de las redes sociales, mezclando los dos registros, el oral y el escrito. ¿Qué puede llegar a sobrevivir de una lengua escrita con este uso cada vez más extendido?

Yo creo que son dos cauces diferentes. Si el hablante que escribe en las redes conoce bien la lengua, va a escribir bien en contextos de formalidad, pero se libera en las redes sociales por economía verbal. Entonces a mí no me preocupa eso, me preocuparía que trasladaran la forma de escribir en los chats a otros contextos, los estudiantes a sus tesis, por ejemplo.

- Los verbos irregulares, que hacen las delicias del lenguaje infantil, son la piedra en la que tropiezan muchos de los que abusan de gerundios e infinitivos como modo de darle más distinción a su discurso, pero también pueden aparecer neologismos muy lindos como “no te sobreembarbijes”. ¿Es la creatividad de los hablantes la que renueva la lengua?

Por supuesto, siempre que no salgan del sistema gramatical de su lengua. Ese ejemplo yo no lo considero un neologismo, pero no está mal formado, entonces, puede ser que si se difunde, llegue después a registrarse. La palabra “trucho”, por ejemplo, ya está registrada y comenzó siendo un neologismo y es un término con tanta efectividad que quedó instalado. El “re”, tan extendido, es un enfático que está bien construido, los prefijos se pueden repetir. Los argentinos somos muy nostálgicos pero muy enfáticos y algo de eso quise que quedara expresado en el título.

- Hablemos de la coma, ese problema en sí mismo. No basta con aprender las maneras de utilizarla bien, resulta que se puede elegir entre una puntuación estilística o subjetiva. ¿El uso literario de la lengua es un límite a la gramática como normativa?

El ámbito de la literatura es otro, ahí el autor manda pero está muy bien que el corrector le marque el uso correcto desde el punto de vista gramatical. Lo que no se puede tolerar es colocar una coma entre el sujeto y el predicado o entre en complemento directo y el verbo, hay que cuidar eso. Puntuar significa estar de acuerdo con la gramática y con la sintaxis. Hay que hacer un trabajo doble continuamente y saber que la puntuación subjetiva nos permite elegir entre algunas cosas.

- Si como usted dice en el libro, “la función de las Academias es recoger y estudiar las normas que les vamos dictando los hablantes”, ¿por qué tanto rechazo a las “razones extralingüísticas”, que vienen de la sociedad, como el movimiento de mujeres que presionan sobre la norma?

Las normas nacen del pueblo pero la historia de la lengua nos va acomodando. Yo he hablado con mucha gente que utiliza el inclusivo y me planteaban que no quieren tocar la gramática, que ellos saben dónde tienen que usarlo. Nuestra lengua está normada. El verbo “emprolijar”, por ejemplo, no está en el diccionario, pero si buscamos bien, veremos que hay una palabra “prolijo”, a la que se le pueden agregar prefijos y sufijos, por lo tanto, es correcta desde el punto de vista gramatical.

- ¿Qué significa que el género masculino es el término no marcado? ¿Esto ocurre en todas las lenguas?

No marcado significa que comprende a todos los seres humanos, no significa predominio del hombre, ni invisibilidad de la mujer o de cualquier diversidad sexual. Esto es determinado por la historia de la propia lengua. Hay lenguas en las que el femenino es el término no marcado, por ejemplo, el guajiro, una lengua del norte de Venezuela o el afar, de Etiopía. El genérico resuelve la cuestión de la economía del lenguaje porque si no, hay que desdoblar el sintagma y resulta engorroso, como en “cámara de diputados y diputadas.” Por otro lado, hay palabras masculinas en español que terminan en e, y ahí no podemos hacer nada, como “cacique”, que tiene su femenino, “cacica”, aunque tiene muy poco uso, quizás porque no hay cacicas mujeres. Nuestra lengua viene de muy lejos, de sociedades patriarcales donde predominaba la voz del hombre, pero distorsionar su gramática no corresponde.

Publicado en La Gaceta de Tucumán, 27/11/2022