domingo, 17 de enero de 2021

Entrevista a Selva Almada

Salvaje federal, la primera librería con un fondo editorial íntegramente formado por libros escritos y editados en las provincias, surgió del encuentro y el deseo de cinco amigas: Maricel Cioce, Carla Gorlero, Natalia Peroni, Raquel Tejerina y Selva Almada, quienes, pandemia mediante, decidieron lanzarla en forma virtual a la espera de poder abrir la librería física y convertirla en un lugar de encuentro de los autores y las literaturas que habitan nuestro territorio.

De eso hablamos con Selva Almada, una autora “de provincias” cuyos libros ya traspasaron varias fronteras e idiomas.




¿Cómo surgió Salvaje federal?

Nosotras nos conocimos en un taller de escritura que yo coordinaba y después nos hicimos amigas y en esas charlas informales, un día Maricel dijo que su sueño era tener una librería y ahí Natalia contó que ella, de chica, jugaba a tener una librería. Las demás dijimos, bueno, las apoyamos y vemos cómo seguimos. La primera cosa que se nos ocurrió fue armar una librería itinerante. Por qué no armar un book-track dijimos, que pueda moverse por los parques de la ciudad, pero después pensamos en poner una librería tradicional y buscamos un lugar. Cuando la idea tomó forma nos pusimos a pensar en cómo sería la librería y se nos ocurrió que estuviera dedicada a las literaturas de las provincias, ya que en Buenos Aires circula muy poco. Sólo se conoce lo que podemos ver en los suplementos literarios, que se pueden ocupar de algún escritor de provincia cuando está publicado por una editorial importante, sino, es muy difícil rastrear esta literatura. Entonces, nos entusiasmamos con la idea de hacer circular estas literaturas.

 

¿Qué pasa con los libros de las grandes editoriales?

Las editoriales grandes no entran por el momento dentro de nuestro radar, porque las autoras y autores que publicamos ahí ya tenemos mucha difusión a través de sus propias vías. Nuestro propósito es el rescate, ese es nuestro pequeño aporte a la circulación de estas literaturas menos conocidas. Después vino la pandemia y pensamos que era una buena oportunidad para reconvertirla en una librería online y cuando se pueda, sí, tener un espacio. Y la verdad que terminó siendo mucho mejor de lo que habíamos pensado, porque no sólo permitió traer esas literaturas y hacerlas circular por Buenos Aires, sino que viajen por otras regiones del país, donde tampoco se conocen.

 

¿Por qué “salvaje federal”?

Más allá de la referencia histórica tan conocida de “salvajes unitarios”, básicamente nuestro objetivo es ser una librería lo más federal que podamos y salvaje en el sentido de tener que ir a descubrir esas literaturas desconocidas, pero también en oposición a lo establecido, a las recomendaciones de los suplementos. Como una lectura más curiosa, arriesgada, sin tantas ataduras con el canon impuesto. La idea es construir un lector que se anime a descubrir. Tenemos muchos autores consagrados, pero sobre todo mucha literatura contemporánea nueva.

 

Los nombres de las secciones (Literatura fluvial, montaraz, andina, pampeana, patagónica) hablan de una idea de literatura regional. ¿Esa es la literatura que te interesa?

A mí me gustan las escrituras que tienen sus particularidades, no me interesan los lenguajes neutros que suele ser una tendencia hoy, pensando en que ese libro se pueda leer en cualquier parte del mundo. A mí me interesan las literaturas donde se puede ver un universo formado por el lenguaje que a veces puede dar cuenta de una región real o imaginaria. De esas particularidades hay muchísimo en las literaturas de las provincias, por eso me parece muy valioso que tengan más circulación.

 

¿Cómo llegan a las pequeñas editoriales provinciales?

Estamos todo el tiempo buscando a través de las redes sociales, en internet. Así descubrimos una editorial tucumana, Gerania, que próximamente va estar en la librería, que es muy nueva y nos gustó mucho.

 

¿La librería se propone como un modo de intervención cultural, más allá de lo comercial?

Sí, de hecho, la idea del espacio físico sigue en pie porque queremos que ahí se produzcan cosas. Queremos invitar a escritores de las provincias a dar charlas y que ese espacio físico sirva para generar encuentros, lazos, que cuando esos escritores vengan a una feria o a un festival, tengan un lugar en Salvaje federal. Así que sí, excede lo comercial y tiene más que ver con la promoción cultural de esas literaturas.

 

Es una toma de posición fuerte en relación al estado de nuestro campo cultural.

Tiene que ver no sólo con una estética sino con una política. Para empezar por algo obvio: la literatura argentina está hecha con autores de provincias, más allá que Buenos Aires haya sido la vidriera. Es un poco ubicarse en los bordes y a mí me convoca desde la escritura y desde la lectura. Del Chaco me acaba de llegar un mail de un grupo de artistas que tienen una editorial, Literatura tropical, así que también vamos a tener libros de ellos. Es decir, claramente, a lo largo y a lo ancho del país se producen cosas todo el tiempo, sólo que no nos enteramos.


Publicado en La gaceta de Tucumán, 17/1/2021

domingo, 3 de enero de 2021

Un cartógrafo de la literatura

Entrevista a Luis Chitarroni

 

Luis Chitarroni es, definitivamente, uno de nuestros críticos más excéntricos. Después de aprender el oficio de editor en Sudamericana con un maestro de lujo, Enrique Pezzoni, armó su propio proyecto editorial, La bestia equilátera, donde construyó un catálogo a la medida de un refinado caballero inglés.

Es autor de las novelas El carapálida y Peripecias del no; los cuentos de La noche politeísta; los libros de crítica Siluetas; Los escritores de los escritores; Mil tazas de té y Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges) y de la recientemente publicada Pasado mañana, una selección de sus artículos críticos escritos en las últimas décadas, y editada por la universidad Diego Portales.

Del título, afirma que es un homenaje a su proverbial morosidad para entregar un material que le llevó, a quien tuvo a su cargo la edición, Ignacio Echevarría, un año lograr ordenar.

Suerte de summa crítica, sus páginas construyen una cartografía infernal de sus intereses, en la que nos enfrentamos a una escritura barroca, con abundancia de subordinadas, erudita y ecléctica. Un “caos elegante”, como define al orden de su biblioteca, en el que tanto pueden entrar constelaciones enteras de nombres del policial anglosajón como la historia nunca contada del rock de los 70, y que se desmarca programáticamente de los gustos de la época que le toca transitar.

 

¿Cómo surgió la idea de este libro?

Como todos los libros de esta colección, Huellas, la idea es de Matías Rivas, el editor. Míos fueron solo la compilación y el título. Le pedí a Ignacio (Echevarría) que tratara todo como si fuera material póstumo, para que requiriera de mí la menor intervención posible y, a comienzos de 2019, casi era póstumo de veras. Tuve que someterme a una operación cardíaca, efecto de un infarto silente o blanco, como lo llaman con mallarmeana pureza, pereza o presteza.

 

¿El hecho de que no se hayan incluido las referencias del lugar y el año en que se publicaron estos textos a qué se debió?

Creo que la idea de no anunciar las fuentes fue un acto de negligencia de mi parte, pero se trata de suplementos o revistas que me pidieron alguna colaboración. Como la mayoría de los críticos, de Nicolás Rosa a Frank Kermode, puedo jactarme de una pobreza que me impide decir no ante la menor insinuación de trabajo, que, por supuesto, y como insistía Dylan Thomas, “es la muerte sin dignidad”. Conjetural, Ñ, Radar, alguna publicación chilena o mexicana, excepcionalmente española o francesa.   

 

En el prólogo hay una cita de Benjamin que habla de una posición de anacronismo del crítico en relación a su tiempo. ¿Qué le permitiría al crítico registrar de su contemporaneidad esa posición?

El anacronismo ayuda a leer con un gusto ajeno a las convenciones, algo que a menudo le proporciona un gusto “prestado”. Toulet, Valéry, Lampedusa o Machen, Starobinski, Poulet, Joaquin Kalka, Galen Strawson, Michael Schmidt… son críticos que se resbalan por aquí o por allá. El monoteísmo de la crítica es algo que me desalienta. Como contemporáneo, trato de elegir la postura del duelista y me pongo de espaldas a un adversario inventado, el dispuesto a complacer los halagos de la doxa. No es un duelo a volonté.

 ¿Sos un crítico elitista?

Gracias por esa halagadora precisión y condescendencia. Soy solapada o no tan solapadamente elitista, dicho sin ironía, con afectada delectación. Queda mal decirlo: hay que abrir los brazos hoy a cualquier conformismo, ¿no? Creo que la lectura nos ahorra ciertas pleitesías y aumenta los intereses de otras deudas que no quisiéramos pagar. Si yo dijera que mi mejor ejemplo crítico es el por momentos muy estúpido Duc de Saint Simon, no estaría diciendo rigurosamente la verdad, pero preferiría esa arrogancia a someterme a ciertas gansadas, como muchas zonceras de toda laya que desfilan disfrazadas de novedades.

Recorriéndolo pareciera que hubieras nacido como lector con una idea definida de lo que es la literatura para vos. ¿Cómo fue tu itinerario como lector?

Las lecturas infantiles sin reemplazo: de Fenimore Cooper a Mark Twain. Uno odiaba al otro, como se solicita. Poca literatura en castellano entonces, ya que los niños se resisten al aburrimiento. Ni Juana de de Ibarborou ni Germán Berdiales. Verne a raudales más que Salgari, favorito de mi papá. Descubrimiento, gracias a mi hermana, de lo que es una traducción. Biografía de los Beatles de Hunter Davies, horriblemente traducida, pude advertir. El Quijote obligatorio del que el amor de mi papá no me dejaba escapar. A velar armas, a conocer a Cide Hamete Benengeli, a gobernar la ínsula Barataria. Arlt, Borges, después y, en el colegio, Cortázar. Dos libros de crítica que me abrieron los ojos (o me los cerraron definitivamente): Criticar al crítico, de Eliot, y El ABC de la lectura, de Ezra Pound, leídos con la ferocidad adolescente de la apropiación.

 En tu cartografía está el policial anglosajón, está Borges, centralmente, está Aira, como genio tutelar de lo que llamás tu generación, están algunos escritores que integran el catálogo de La bestia equilátera. ¿Qué es lo que encontraste en ellos?

En muchos policiales ingleses, la solución de que los principales sospechosos fueran, aparte de los descartados mayordomos, los editores o los asesores literarios, como se dice en alguno de los artículos de Pasado mañana. El absorbente propósito de que el investigador fuera un personaje extravagante, como el Nigel Strangeways de Nicholas Blake, inspirado en Auden. Study in Scarlet, de Conan Doyle, en la biblioteca de La Nación, traducido La mancha de sangre, Poirot en esas ediciones de El molino, con sus ilustraciones hiperrealistas son manchas imborrables en la memoria… De La bestia hay poco, creo. Viejos fanatismos como Arno Schmidt, o advenimientos como el Lewis de El caballero que cayó al mar. En realidad, los libros de La bestia fueron armando su propia órbita, y la ilusión de una galaxia de autores que complazca el gusto de todos, sencillamente se desvanece cuando alguien no la comparte, como ocurrió con autores que dábamos por sentado que enriquecían el catálogo y terminaban vendiendo poquísimos ejemplares, como Schmidt, Machen o Szell. La idea misma inicial tuvo que ser modificada, porque yo daba por cierto que Kurt Vonnegut había sido ya leído, por ejemplo, por todos los lectores. La bestia equilátera comenzó en un momento en que pocas traducciones se hacían acá. Hoy, hay nuevas traducciones argentina de Kafka, de Beckett, de Queneau, de Vian, de Burroughs. Ese es tal vez el mejor legado -inmediato- de La bestia como editorial.

 ¿Qué lugar ocupan Arlt, Puig o Saer en esta cartografía?

El juguete rabioso y El arte de narrar, dos de mis libros favoritos. El peso de Puig no es literario, como una bendición convertida en gualicho, toda una idea de lo narrativo exento del fetichismo de las palabras. Como en María Martoccia, una excelencia a la que no puedo acceder ni aspirar. Yo soy verboso, trabado.

 Los escritores de las provincias que no son leídos desde Buenos Aires ¿tienen posibilidad de caer en tu radar?

Santa Fe y Rosario están desde siempre, con su caudal simpático y adverso, en mi sangre. Charlie Feiling había nacido en Rosario, ¿no? El último Falcon sobre la tierra, de Juan Ignacio Pisano (publicado por Baltasara editora), se las arregló para llegar hasta mi mesa de lectura. Y Angélica Gorodischer, otra santafesina a quien yo admiraba desde Las pelucas, creo que su primer libro.

 ¿Le debemos al grupo de Shangai (al que Aira le dedicó un homenaje en la novelita “El volante”) haber podido conocerlo?

Dudo que El volante haya sido un tributo al grupo Shanghai, del que los viajeros en elefante habíamos sido pa(sa)jeros de cierta revista de duración efímera. Con paranoica certeza, creo que Aira tenía en ese momento la idea de que las generaciones que veníamos después éramos, por supuesto, más haraganas de lo que la literatura se merece. La actividad de “Los escritores” de El volante consiste solo en asistir a cocktails y vernisages. Era el pensamiento común sobre nosotros, Shanghai, Babel o como quieran acorralarnos.

Aira es airano cuentapropista y contrapuntístico. Su Borges, a esta altura, es un helicóptero que danza con la música del tiempo impuesta por Lautréamont. La definición de Borges es un efecto de la época, en ese sentido el tiempo no hace otra cosa que deteriorarlo, dejando a la vista sus espumarajos retóricos, como los de Lugones, y con una ideología análogamente trasnochada. Pero uno dura aquello que dicta que dure su estado de lengua. El Borges conceptual que adoro está a la vuelta de la esquina, en pocas ficciones, en la mayoría de sus ensayos y, tal vez de un modo redundante, en Bustos Domecq.   

Si hay algo que no te falta es erudición, investigación, intervención cultural, interdisciplinariedad. ¿Qué te diferencia de la crítica académica?

Mis desprolijidades, en todos los sentidos. Mis desproporciones, mi falta de escrúpulos sedentarios en las literaturas nacionales. Mi prolijidad en el sentido más español, las proporciones perversas. Mi exceso de escrúpulos cuando se trata de “establecer” una tradición esquiva.

Y para el final: ¿Los Beatles o los Rolling Stones?

Los Beatles son la infancia en el barrio, como quise proyectar en El carapálida. Como si el barrio fuera Rosario, Liverpool a medida. Cada uno de los pormenores, no la historia para fans a quienes les importan las exterioridades que suelen sacralizarse. La música de Wonderwall, música de Harrison, film guionado por Cabrera Infante. Los libros de Lennon, elogiados [presuntamente] por Sam Beckett, el hecho de que produjeran en Apple los primeros álbumes de John Tavener. Pero los Stones me obsesionaron también, hasta Exiles on Main St., y con ciertos detalles de “Vidas paralelas”: Beggar’s Banquet, Performance (Jagger/Borges). Tuve la suerte de conocer a Andrew Oldham, productor de los primeros cinco o seis discos, un verdadero peatón de la psicodelia, que me reveló detalles de la primera época, como que a Brian Jones, Shelley en Hyde Park -nunca una leyenda con tan pocos elementos: la mejor melena del rock- lo llamaban, entre ellos, “Moll Flanders”.

 

 Pasado mañana

“Un ejercicio de extenuación en diversas causas perdidas, personales, literarias o editoriales.” Así define su autor a esta selección de columnas, reseñas y algunos trabajos de mayor alcance sobre escritores que, contra toda pretensión de neutralidad, integran su grupo de pertenencia y que tiene en la “digresión controlada” su principio constructivo. Un mecanismo que le permite dar rienda suelta a las hipótesis e ideas que le provocan las innumerables lecturas que despiertan su interés.  

En él se vislumbra una continuidad en el tiempo, una coherencia en sus posiciones estéticas, y un recorrido con pocas paradas pero que exhiben un conocimiento muy exhaustivo de cada una de ellas.

En el centro de su mapa estará Borges y ese ser bifronte que forma con Bioy, para enarbolar una solitaria defensa del diario de Bioy, Borges, que tanta controversia generó. En la misma serie, Aira, presidiendo el campo de la literatura argentina alrededor del cual se posicionan amigos y enemigos literarios.

Estarán Fogwill y su sádica atracción, Viñas como contrafigura del Cortázar de exportación o los escritores ligados al grupo de Babel cosechando la indiferencia del público.

El policial anglosajón, que en manos de este autor se convierte en un universo en expansión, será otra de sus obsesiones, tanto como la traducción como un modo de habitar la literatura y muchos, muchos nombres que para la mayoría de los que nos dedicamos a la lectura, resultan desconocidos.

Este libro nos habla de los gustos de un escritor que ha elegido darle le espalda a las modas intelectuales, para construir una suerte de arqueología literaria en un sentido amplio, aquél que no olvida que la traducción, la edición, la crítica, el ensayo y hasta los perfiles de escritores constituyen lo que, por convención, llamamos literatura, “una invención crítica cuyos peores enemigos son los escritores”.

Publicado en La capital de Rosario, 3/1/21 

domingo, 20 de diciembre de 2020

Los mejores libros infantiles del 2020

            Cuando a Astrid Lindgren le preguntaron de dónde había sacado la idea de su novela Pipi mediaslargas, uno de los mejores libros infantiles de todos los tiempos, dijo que simplemente lo escribió pensando en lo que le hubiera gustado leer a ella. Y así nació una historia amoral, donde no existen los adultos ni los límites que, como algunos relatos de Roal Dahl protagonizados por niños sometidos a injusticias aberrantes, resulta impensable para el estado actual de la literatura infantil, donde un grupo de padres preocupados por la ferocidad de los cuentos de hadas, decidió modificarlos y subirlos a una plataforma, en sintonía con la nueva subjetividad social.

    Por fortuna, algunas editoriales independientes van por un camino que no es el de las demandas sociales y este año, tan difícil para la industria editorial, publicaron libros de una calidad que, en el contexto del encierro obligado, demostró ser una de las actividades esenciales.

            De menor a mayor edad, aquí van nuestras recomendaciones para escribirle a Papá Noel y aliviarlo de tantos pedidos tecnológicos:

 El reino de nada, de Ronald Wohlman, de la editorial Unaluna. Con ilustraciones deudoras del teatro de marionetas, describe un reino donde vive una familia real donde no hay absolutamente nada concreto y todo lo que abunda: sentimientos, sensaciones y experiencias, alcanza y sobra para hacer de sus habitantes los más afortunados del mundo.

 De Pequeño editor, una propuesta integral de lectura: una carpa-biblioteca plegable, de madera, más cuatro libros de su exquisito catálogo pensado para los primeros años, aquellos en los que el mundo resulta una fuente infinita de posibilidades.

 Niño editor, un sello dedicado al rescate de títulos infantiles memorables, este extraño 2020 terminó de completar la serie infantil de 1945 de Bruno Munari, el genial inventor de los libros pop-up donde conjugó lo más avanzado del diseño industrial con la pedagogía.

 ¡Ya vienen! Publicado por Limonero y escrito con una prosa poética que, junto a las ilustraciones estilizadas de Albertine -la ganadora del premio Hans Christian Andersen de este año- juega con el género de terror para contar la vuelta al colegio desde el punto de vista de sus aterrados maestros.

 Los animales por dentro, editado por La marca terrible. De la ilustradora argentina Nadia Batalla, sus dibujos en blanco y negro hechos con la técnica del puntillismo nos presentan diferentes animales, su nombre científico y una característica y además, lo que imagina puede haber en su interior: un mundo de objetos cotidianos dispuestos de tal manera que forman el animal en cuestión.

 El ascensor, de la ilustradora Yael Frankel fue el título elegido para integrar el catálogo White Ravens de este año, publicado por Limonero. Con un formato alargado que reproduce el interior de un ascensor e ilustraciones enteramente en blanco y negro, cuenta un particular viaje en ascensor y todo lo que puede suceder cuando los vecinos de un edificio se quedan encerrados en él. 

 Dibuja conmigo, de la ilustradora canadiense Elise Gravel, publicado por La marca terrible, es un libro de actividades para descubrir juegos y divertirse junto a los adultos de la casa, con instrucciones para que pequeños y grandes disfruten de un encuentro lúdico y creativo.

 ¡Qué ojos tan curiosos tienes!, de Romina Carnevale y Paola Vetere, de la editorial Iamiqué, pionera en hacer de la divulgación científica un disparador de la curiosidad, incursiona en este nuevo título en el sentido de la vista, para responder todo tipo de preguntas.

 

Sola en el bosque, de Magela Demarco y Caru Grossi, editado por La bruja de papel, narra en forma metafórica el tema del abuso sexual infantil y la violencia familiar. Las autoras, que fueron asesoradas por psicólogos del Servicio de Salud mental del Hospital Materno Infantil San Roque de Entre Ríos, ofrecen, en un anexo, la información necesaria para abordar este problema atroz. 

 El ickabog, de J.K. Rowling, de la editorial Salamandra, maestra en el arte de concitar el fanatismo de sus lectores, esta vez escribió un cuento de hadas sobre las aventuras de una niña y un niño con un monstruo, ilustrado por los pequeños ganadores de un concurso mundial que la autora organizó para acompañar esta edición.

 Anatomicum, de editorial Océano, llega este libro inspirado en los viejos libros de historia natural en los que el conocimiento y el arte se fusionaba magistralmente, que invita a los lectores a visitar cada sistema del cuerpo humano como si fuera una sala de museo. La información más reciente sobre anatomía es acompañada por las exquisitas ilustraciones de Katy Wiedemann.

 El sabueso de los Baskerville, editado por Unaluna, es ajustada adaptación de la novela en la que Conan Doyle “resucitó” a su famoso protagonista después de ocho años de publicada su última aventura. Las ilustraciones conservan el formato folletinesco de un texto que se convirtió en una de las novelas policiales más leídas y reversionadas de todos los tiempos.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 20/12/2020


domingo, 13 de diciembre de 2020

Autobiografía de Nikola Tesla

 Mis inventos

 


 

            Los comienzos del siglo XX fueron años de vertiginosas transformaciones. Una nueva fuente de energía, la electricidad, impulsaba el desarrollo industrial tanto del mundo occidental (con EE.UU. a la cabeza) como de la incipiente Unión Soviética (el comunismo es el poder de los soviets más electricidad, declaraba Lenin, por ese entonces). Pero fue en el centro del mundo capitalista donde se libró una verdadera guerra por el dominio de las patentes de los nuevos inventos y el lugar donde coincidieron Edison y Tesla, los inventores (o descubridores, la línea es muy porosa), entre otros “prodigios”, de la corriente continua y la corriente alterna, respectivamente. La historia de su enfrentamiento fue antológica y la autobiografía que este último escribió a los sesenta y tres años, cuando terminaba la Primera Guerra Mundial, es una muestra más.

            Nikola Tesla nació en Croacia, a mediados del siglo XIX, y según se lee en esta afiebrada autobiografía, su pasión por los inventos y los artificios con los que dominar la naturaleza (y la tenacidad con que la defendió del mandato familiar) lo acompañó desde muy temprano.  

            Con una capacidad casi monstruosa para el estudio y el trabajo que lo mantenía despierto durante interminables jornadas y un impulso voraz por el conocimiento (dominaba varios idiomas y era un lector refinado de literatura y filosofía) afirma no haber necesitado de esquemas ni experimentos para desarrollar sus inventos ya que podía visualizarlos en su mente como si fueran reales.

            Leer su autobiografía es como asistir al laboratorio del Dr. Frankenstein cuando, percibiéndose como un autómata, describe sus intuiciones como “imágenes mentales acompañadas por fuertes relámpagos” y sus episodios de agotamiento nervioso como “la clara sensación de que mi cerebro se estaba incendiando.”

            Su encuentro con Edison -su par y contrafigura- es una marca de la contradicción entre “el sentido práctico e individualista estadounidense” y una mente nutrida por la alta cultura mitteleuropea, una diferencia que a Edison le reportó éxito económico y reconocimiento mundial, y a Tesla, la quiebra económica y la invisibilidad.

            Sus más de quinientos inventos permitieron el desarrollo de la robótica y la transmisión inalámbrica, con los que imaginó un mundo donde la abolición de las distancias garantizaría la paz por siempre, quizás la única de sus ideas que no pudo llegar a materializarse.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 13/12/2020

             

domingo, 6 de diciembre de 2020

Crónicas de una voyeur invencible

 Entrevista a Leila Guerriero

 


 

Teoría de la gravedad, el último libro de Leila Guerriero, publicado por Libros del Asteroide, es una cuidada selección de las columnas semanales que desde hace seis años escribe para el diario El país de Madrid. En ellas, puso en juego todas sus destrezas en el periodismo narrativo para elaborar unos textos concentrados, graves y líricos que, poniendo el foco en su propia experiencia, la transforman en una experiencia colectiva.

 

¿De dónde surgió la idea de escribir estas columnas autobiográficas? ¿Te lo sugirieron los editores o lo propusiste vos?

Cuando los editores de El país me propusieron ser la columnista de la última página, para mí fue totalmente sorpresivo, nunca ese lugar había sido ocupado por una escritora latinoamericana. Yo quedé aterrada, no sabía si iba a tener algo para decir todas las semanas y les pregunté si lo podía pensar. “Pero qué es lo que vas a pensar -me dijeron- escribe de lo que se ocurra. Nos interesa tu mirada, te queremos a ti.” Entonces pensé: voy a hacer un mural, voy a hablar de cuestiones latinoamericanas y de cómo Europa nos mira, por un lado, y por otro, voy a meterme en cosas más gruesas de la experiencia humana y ver qué pasa. Para mí fue la primera vez, pero no fui la primera que lo hizo, por supuesto. Empecé de a poco y fui apretando el acelerador.

¿Cómo fue la experiencia de escritura de estas “crónicas de sí”?

Ser columnista semanal es tener la ansiedad atada a tu costado. Me transformé en una persona que está, que estoy -porque sigo escribiéndolas- todo el tiempo “mirando fuerte”, algo que ya formaba parte de mi ADN, pero esta vez sentí la necesidad de echar carbón al fuego, de estar mucho más atenta al afuera y al adentro, al libro que estuviera leyendo. Es una experiencia muy vertiginosa, es estar todo el tiempo pensando qué vas a escribir y es muy cansadora también porque yo las columnas nunca las escribo en automático. Mi intención fue que fueran como una llamarada, tenían que ser incendiarias.

Fue un poco echar tu propia carne al fuego, tu vida, tus recuerdos.

Sí, la materia prima está sacada de ahí pero al servicio de contar una cosa que me exceda porque de pronto, si cuento alguna escena de infancia con mi padre consolándome, por ejemplo, siento que es algo por lo que debe haber pasado mucha gente. O hay columnas que son como una advertencia, una forma de decir, cuidado, que quizás lo mejor de la vida ya pasó. Y en un punto creo que la primera columna es un poco lo que vos decís, declama una especie de conciencia absoluta de que estoy tirando mi carne al fuego.

Pero fue una experiencia de escritura, no un terreno experimental en el que yo me haya encontrado exorcizando mis fantasmas, ni nada por el estilo.

Yo las definiría, no sólo como un ejercicio de periodismo narrativo sino también de crítica literaria. Un tipo de abordaje de la literatura que pasa a través del cuerpo para producir un texto nuevo que no es ni crítica ni ficción. ¿Estás de acuerdo con esta definición?

Quizás podrían pensarse como una resignificación de esos textos. Yo lo veo como algo más brutal, como una especie de contrabando de versos y autores que me parecía que estaba muy bien que fueran dichos así, como en altavoz. Como un tráfico de ideas o una propuesta de lectura. En ese sentido, sí, podría ser pensado como un ejercicio de crítica literaria.

Uno de los principios del periodismo narrativo que vos enunciás es la capacidad de hacerse invisible. ¿Cómo hiciste para lograrlo y al mismo tiempo exhibirte?

A pesar de que son columnas en las que parece que estoy muy expuesta, si vos las ves en su conjunto, no soy yo. Es una parte de mí. Incluso en esas columnas que parecen rabiosamente expuestas hay un punto victoriano, de pudor, de mostrar hasta acá, el resto es tu imaginación. Yo tengo muy claro el grado de exposición que quiero lograr. Siempre el texto en algún momento arroja la mirada afuera de la voz de la narradora, desvía el ojo del lector hacia otro lugar, que es lo que a mí me interesa. Esas columnas están pensadas desde una escena personal que si me interesa es porque me permite hablar de algo más grande que las trasciende, y por ahí la anécdota termina siendo lo menos relevante. Cuando eso pasa tu exposición queda muy reducida. Es un efecto literario. Me gusta lo que dice Pedro Mairal en el prólogo, de alguna manera me educó, me mostró lo que yo había querido hacer y él lo puso en palabras.

La serie de las instrucciones, si bien son todo lo opuesto a un manual de instrucciones, hablan de lo previsibles que somos los seres humanos, una cuestión que los algoritmos descubrieron no hace tanto. ¿Vos cómo las pensaste?

Son artefactos de ficción, retazos de cosas que me pasaron, que vi o que leí. Son cosas que parecen muy sofisticadas pero que le pasan a la gente común, cosas ante las que todos somos iguales. La primera que escribí -sobre los chispazos entre una pareja- la escuché en una cena con amigos y pensé, qué interesante, contar el derrumbe de una pareja, por partes. Son una suerte de instrucción-destrucción. Es detectar esos momentos pequeñitos que empiezan a carcomer una pareja, la escena donde escuchás el crac, y poner el foco allí, cuando los protagonistas se dan cuenta de eso tan triste que es el momento en que comienza el final. Cada una de ellas me costó sangre y sudor, porque tienen una estructura muy reiterativa.

En una de las columnas incluís entradas de un diario tuyo sobre los últimos días de vida de tu madre, escritas en una tercera persona ultradistante y el contraste con el modo en que abordás el mismo tema en estas columnas es muy fuerte. Hay todo un juego con la distancia. ¿Esto fue parte de lo que te propusiste?

No específicamente, pero tengo claro que al abordar temas muy trágicos tiendo a ser ascética. No me gustan los textos donde se nota el esfuerzo por conmover. Parte del estilo se juega en la distancia que establecemos con eso que estamos contando. Ahí se juega la voz propia, en la regulación de los matices. Tenés que ser una persona con una gran sensibilidad, pero descargarla toda en el texto, si lo que querés es producir una conmoción. Y yo sé dónde tengo que ponerme para producir esto.

¿Qué le da la poesía a tu prosa?

Yo leo mucha poesía y lo que, curiosamente me da es algo del orden de la distancia. La economía de recursos, tratar de decir mucho con poco. La conciencia de la importancia de cada una de las palabras. Para mí las palabras no son intercambiables, yo puedo estar mucho tiempo buscando una palabra específica, con un sonido, una textura, una temperatura específica. La métrica también es muy importante, sobre todo en estos textos que son muy condensados, forma parte absoluta de la atmósfera del texto. Y finalmente, lo más importante que me da la poesía es que me da ganas de escribir, es un gran disparador. También la posibilidad de estar en estado de escritura. Yo intento escribir estando en un grado de conexión profunda con el mundo que crea ese texto

Publicado en La gaceta de Tucumán, 6/12/2020

domingo, 8 de noviembre de 2020

Un cuarteto de seis

 La mujer poco probable

 


 

            






Que la proximidad de la muerte es una usina de relatos nadie lo duda, así como tampoco de la certeza (absolutamente incomprobable) de que en los últimos instantes vemos pasar la película completa de nuestra vida. Y aunque no estén frente a un pelotón de fusilamiento, sino dentro de un avión con el tren de aterrizaje roto, los protagonistas de esta novela, Martina y Leo -un matrimonio de más de dos décadas- repasan su vida en común y desarman ese entramado de relaciones peligrosas que es el parentesco, una estructura elemental más parecida al modelo de las muñecas rusas que al árbol genealógico.

            Y este viaje último que emprenden “para ahogarse o salvarse” los encuentra a cada uno en su propia burbuja, simbólicamente sentados en asientos separados, incapaces de ofrecerse consuelo o protección y preguntándose qué los llevó a elegirse uno al otro. Y es en un pasado común cuyo origen se remonta a Rusia y en algunos personajes-satélites (un amante de Martina, padre biológico de su segundo hijo y una amiga del matrimonio, eterna enamorada de Leo) donde se juega la posibilidad de ese encuentro que nunca es fortuito y que convierte a la familia en “un mecanismo que funciona”, un engranaje que sigue girando a pesar de sus dientes averiados.

            Pero como lo siniestro (aquello del orden de lo familiar destinado a permanecer oculto que ha salido a la luz, según una definición ya clásica) pareciera estar mucho más presente de lo que nos gustaría admitir, es a partir de sus zonas oscuras desde donde ambos construyen ese objeto polimorfo que es la familia tipo. Le tocará al lector decidir si finalmente servirá para salvarse o ahogarse.

Publicado en diario Perfil 8/11/2020

domingo, 1 de noviembre de 2020