lunes, 22 de diciembre de 2025

Entrevista a Amaury Colmenares

 


Acequia, la novela con la que el mexicano Amaury Colmenares ganó el premio Las Yubartas, concedido por un grupo de editoriales independientes de América Latina -entre ellas, la uruguaya Estuario- junto a la feria del libro de Nueva York, es un caleidoscopio de relatos inexplicables, personajes entrañables, mitos apócrifos y referencias literarias unidos entre sí, que hace de la puesta en abismo y de los juegos ópticos el procedimiento formal con el que su autor construye la imagen de su ciudad amada, Cuernavaca.

Y en un laberinto de calles y de rutas que devuelven a los viajeros al mismo hotel abandonado volviéndolos locos, de grietas donde perderse en un tiempo dislocado, de edificios tapizados de espejos desde donde ver, como en un Aleph, toda la ciudad, logra el milagro de reformular el realismo mágico, a contrapelo de las tendencias actuales, con un resultado sorprendente. De todo esto y de su original propuesta literaria, habló con El País.

 

¿Cómo fue el proceso de escritura de Acequia?

Tardé diez años en escribirla, aunque desde muy temprano, en el proceso creativo, descubrí cuál era el tono y la sensación que quería provocar, pero no tenía muy clara la parte formal. Una vez que descubrí eso, pues ya fue concretarlo. Y creo que la novela es como estos juegos infantiles que son una hoja en blanco con puntos numerados y el niño tiene que unirlos. Tú unes los párrafos con tu imaginación y al final el dibujo que obtienes tiene tu propio trazo y creo que eso es lo que quería. Lo que me interesaba, además, era que cada fragmento aportara conceptualmente algo más al resto.

¿Cuánto del realismo mágico hay en esta novela?

Es una novela marcada totalmente por ese género, en el sentido de lo que decía Carpentier, que es estar en una realidad que incluye las cuestiones mágicas como parte de ella. Y yo así vivo la vida. No solo es una pretensión artística, es una reconstrucción de un modo de vivir.

Otra de las tradiciones con la que dialoga la novela es el barroco caribeño. ¿Qué le ofrece a tu escritura la tradición de la literatura latinoamericana?

Pues me parece que la literatura latinoamericana es muy experimental, muy explorativa y en esa tradición me inserto. O sea, nuestro barroco es producto de meterse a la selva y luego tratar de recrearla, mientras que el barroco en Europa es otra cosa. Ahora pienso que hay una generación menos barroca, mucho más intelectual, que coquetea con el ensayo, con la crónica, como ejercicios más reflexivos. Pero, de todas maneras, todavía existe ese barroquismo.

Uno de sus personajes es una editora de libros apócrifos, Lucía Pensamiento Borges. ¿Considerás a Borges un escritor puramente intelectual?

Es un homenaje contradictorio. Por un lado, Borges es un autor que tiene una obra que te puede llevar a pensar y a imaginar mucho. Pero por otro lado también es solamente un nombre que vende mucho en una librería. Entonces el juego de Lucía es ese. Ella nunca ha leído un libro de él y le da igual quién es.

Muchas de las formas del infinito aparecen en esta novela laberíntica, donde la puesta en abismo, el trompe l’oeil, los espejos enfrentados son parte de su estructura. ¿Qué significa para vos esta figura del infinito?

Yo creo que lo que Borges hace es tomar paradojas o posibilidades lógicas o imposibilidades lógicas y ponerlas en acción y mostrarlas, en vez de simplemente reflexionar sobre ellas y eso me parece que es muy valioso de su literatura.

Y en el caso de Acequia, lo que yo quería era pensar en dos o tres asuntos muy abstractos y procurar ponerlos en acción de distintas formas. Entonces, cada trama de la novela recrea o explora estos temas, el tiempo, los sueños, el amor, la necesidad de realizar un proyecto. Y quería que la novela misma fuera una puesta en acción de los temas sobre los que reflexiona.

Otro de los homenajes que aparece es al humor mexicano, en la figura de Cantinflas y Chespirito, maestros del sinsentido y de los juegos de lenguaje. ¿El humor mejora la literatura?

El humor es una manera de ver las cosas y es como un filtro. Creo que para que algo sea completo tiene que incluir la mayor cantidad posible de aspectos. Y ahora veo una falta de humor y es necesario incorporarlo. Como hay que incorporar la dimensión religiosa, la dimensión científica, la dimensión estadística. Todas esas dimensiones en torno a las cosas hay que tomarlas en cuenta para hacer arte y para convivir con el mundo.

¿Cómo impacta literatura indígena mexicana en tu obra?

Más que la literatura, el pensamiento que sigue vivo me interesa muchísimo. La cosmovisión originaria, que no es una, sino varias. No tengo mucho contacto de manera directa con las comunidades, pero siempre me ha interesado saber cómo es ese tipo de pensamiento. Y desde el punto de vista teórico, académico, también me parece muy interesante. Y he aprendido que la gente de las comunidades originarias vive su vida cotidiana en algo que podríamos llamar realismo mágico, en el sentido de que están muy instalados en el presente. Y como el mestizaje fue muy pronunciado, muchas de las maneras en las que pensamos obviamente vienen de ahí.

¿Qué significa el premio las Yubartas para la literatura latinoamericana?

A mí el premio me parece increíble y por lo tanto ganarlo ha sido asombroso. Cuando leí la convocatoria pensé que era una respuesta muy inteligente a una problemática muy marcada. Entonces, que doce editoriales independientes de distintos países se unan desde sus esfuerzos locales para un esfuerzo internacional, me parece que articula muy bien lo que está en tensión que es lo global frente lo local.

Pienso que la gente de las localidades a veces está muy desesperada por tratar de abrirse paso hacia el mainstream hegemónico globalizado y quienes lo logran pues ya se quedan ahí. Pero esto es diferente, es unir los esfuerzos de distintas editoriales locales sin abandonar lo local. Y eso es lo que me parece muy interesante.

¿Cómo ves la literatura latinoamericana actual?

Me parece que hay mucha calidad literaria, pero además creo que lo que hay es una nueva generación de lectores y lectoras que está muy interesado en voces nuevas, en temas actuales como el feminismo. Que están regresando al libro impreso, que tienen el aprecio por el esfuerzo artesanal. Y articulando todo esto con las redes sociales. Yo creo que hay como un nuevo mercado, un nuevo público. Y creo que esa sería la característica más notable de la actualidad literaria. No tanto las plumas, sino la gente que lee. Esto es lo que más me entusiasma.

Publicado en El País de Montevideo, 21/12/25

martes, 16 de diciembre de 2025

Prueba de cámara

 Entrevista a Andrés Di Tella

 

El último libro del cineasta Andrés Di Tella, Prueba de cámara, del que conversó con La gaceta literaria, es un viaje a la infancia y la adolescencia, ese territorio donde se forja la identidad construida a partir de los amigos, las canciones, los libros, las inclinaciones, y a la vez, es un homenaje a las figuras que lo ayudaron a encontrar en el arte sus propias coordenadas.

 

- ¿Qué es una prueba de cámara?

Es, básicamente, filmar a una persona para ver cómo da en cámara. Y Andy Warhol tomó esa idea para hacer una serie de películas cortas. A cada persona que entraba a su famoso estudio, The Factory, él los sentaba delante de una cámara, con la instrucción de mirar hasta que se terminara el rollo, que eran cuatro minutos. Y entonces yo cuento en el libro el caso de una chica que se pone incómoda, porque cuatro minutos son eternos, y no sabe cómo posar y se empieza a poner nerviosa y le agarra un ataque de llanto y se le corre todo el maquillaje, la desesperación total, y de pronto se le pasa. En el rostro se percibe como si hubiera tenido una iluminación religiosa o un orgasmo, no sé. Esa película que yo vi de Andy Warhol a los 18 años me resultó una síntesis del potencial del rostro humano y que eso también podía ser cine.

- Sos un hijo de las vanguardias del 60 y tuviste la suerte de vivir en Londres en los 70. ¿Qué le dio a tu trabajo cinematográfico esta experiencia con la poderosa cultura inglesa?

Yo creo que más que la cultura inglesa era mi familia. Mis padres siempre vivieron rodeados de amigos y entonces en mi casa de Londres podía venir, como lo cuento en el libro, Caetano Veloso, Daniel Cohn Bendit o Fernando Enrique Cardoso, el futuro presidente de Brasil, y nosotros éramos esponjas que absorbíamos todo lo que pasaba.

-  Durante la dictadura participaste de los grupos de estudio clandestinos que hubo en Buenos Aires. ¿Cómo impactó la posdictadura en tu vida artística? 

Yo había estado en el año 79 unos meses y ahí fui de oyente a una cátedra de Enrique Pezzoni, que daba clases en el profesorado de Letras y eso fue inolvidable, esas clases fueron las mejores de mi vida. Mirá que yo estaba estudiando en Oxford, ¿eh? Después tomé clases con Beatriz Sarlo, durante los años 82, 83 y 84 y antes había estado tomando clases con Josefina Ludmer. Y esa fue la mejor época de mi vida. No, corrijo, creo que fue una época de mucha efervescencia, de descubrimientos. En ese momento era realmente fantástico saber que lo que parecía eterno se derrumbaba. Y el impacto que tuvo en mí todo lo que se empezó a develar de lo que había pasado durante la dictadura, eso fue súper formativo. Cuando hice mi primer largometraje, Montoneros una historia, en simultáneo estaba leyendo a Dostoievsky. Y bueno, era Dostoievsky pero en la vida real, como muy revelador de las contradicciones del alma humana.

- En este homenaje a tu madre, la figura de tu padre, Torcuato, está notoriamente borroneada y en cambio aparece otra figura muy diferente, la del mentor, Ernesto, un arquitecto amigo de tus padres. ¿Qué aprendiste con él?

Bueno, lo que él me transmitió a través de Andy Warhol, el concepto de kitsch. Desconfiar del buen gusto, desconfiar de lo solemne, del arte serio. Y en ese momento, a los 18 años, yo acababa de descubrir a Bergman, que me parecía la máxima expresión del cine y del alma humana y a él le parecía una grasada. Yo después con el tiempo, recupero a Bergman, pero me parece que Warhol es como alguien que te da un par de lentes para ver las cosas de otra manera. Entonces, Ernesto es un poco la síntesis de ese grupo de gente que venía a casa como Caetano Veloso que aparecía con las uñas pintadas o mi vieja, que traía a casa a los pacientes del centro de antipsiquiatría donde trabajaba. Todo eso era bastante transgresor y te hacía pensar.

- El libro es como un réquiem por la infancia y la adolescencia. ¿Es necesario hacer el duelo por el paraíso perdido para seguir adelante?

No lo había pensado. Para mí, en primer lugar, fue al revés, fue una recuperación de algo que ya estaba perdido. Entonces, cuando empecé a hacer este ejercicio de memoria, me daba miedo que no pudiera recordar tanto. Y me sorprendió cómo fui tirando de la cuerda y empezaron a aparecer cosas muy concretas. También con un poco de licencias, siempre con el criterio de armar escenas, algo que me permitió avanzar cuando me topaba con una pared del olvido. Entonces fue un poco querer recrear ese universo en el que me crié, que desapareció porque no quedó un registro de eso. También siento una especie de deuda con mi propia experiencia y también con mis padres, aunque está centrado específicamente en mi madre, que yo creo que era el alma de la fiesta.

­ - El libro narra una escena de lectura de una historieta en un idioma desconocido, que tiene como el germen de lo que sería para vos el cine que te gustaría hacer, aquel en el que el espectador entendiera a medias lo que está pasando. ¿Este sigue siendo tu proyecto estético o lo fuiste reformulando?

Buena pregunta. Viste que el proyecto estético no es necesariamente lo que hacés sino lo que te gustaría hacer. Yo creo que hoy sí es mi proyecto estético, no necesariamente lo fue. Quizás la última película, Mixtape La Pampa, sea la que más cerca está de eso, es como un ideal de una narrativa cinematográfica en la que el argumento quizás no es tan evidente. Tenés que hacer un pequeño esfuerzo para entender. Y ese esfuerzo hace al disfrute y siempre me motivó. Pensar qué quiere decir, por qué hizo eso. Ah, no sabía que se podía hacer eso.

- ¿Estás trabajando en algún proyecto nuevo?

Estoy escribiendo un libro para la editorial Ampersand de mi historia como lector. Para cine, estoy escribiendo dos proyectos en simultáneo, uno de ficción, en este momento, bastante complicado de realizar, y un documental, donde la idea es volver a la India, el país donde nació mi madre, y hacer ese viaje con mis hijos, como una conversación entre un padre y sus hijos, pero dentro de ese marco, que espero poder concretar.

Prueba de cámara

Escrito al calor del final de su matrimonio, este trabajo es una novela de aprendizaje en la que su autor recupera las escenas de una infancia y adolescencia poco frecuentes, la de crecer dentro de una familia de la burguesía ilustrada cuyos nombres perviven en instituciones culturales de vanguardia, en universidades y en la historia de la industrialización del país.

En cada escena, como planos de un documental, nos encontramos frente a una confortable casa en la que se podía encontrar a Caetano Veloso o Gilberto Gil, a revolucionarios exiliados, pacientes de un centro de antipsiquiatría o a un arquitecto heterodoxo que lo arrancó de la formación clásica y le hizo empezar por el camino contrario, por el cine de Andy Warhol, y con el que descubrió el cine que era posible hacer. Y esta “universidad”, quizás más nutrida que la de Oxford, en donde estudió Letras, fue la que le dio forma a su curiosidad artística.

Profundamente conectado con la Argentina, la entrada en la juventud lo encontró en plena posdictadura, cuando el país volvía de la noche más siniestra, trabajando como periodista, desarrollando su carrera de cineasta y formando parte de la extraordinaria movida cultural de esos años.

Pero una atmósfera de melancolía rodea a esta memorabilia, cifrada en la respuesta que nunca le mandó a su mejor amigo de la infancia londinense, quien había tomado un camino opuesto al suyo y que quizás demuestre la imposibilidad de recuperar aquella época en la que fuimos tan felices.

Publicado en La gaceta Literaria, el 7/12/25

Memoria de Buenos Aires

 

A la búsqueda de tesoros patrimoniales

 


 

 




Con la certeza de que el patrimonio arquitectónico y natural es una fuente de asombro y felicidad para quienes habitan la ciudad, los autores de este trabajo, un documento ilustrado de algunas joyas patrimoniales descuidadas, también es una guía de cómo valorarlas y preservarlas.

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Del encuentro de dos apasionados por el patrimonio arquitectónico de Buenos Aires, el licenciado en paisajismo Fabio Márquez, al que entrevistamos por acá: https://n9.cl/9ovsyb y la arquitecta y artista plástica Natalia Kerbabian, la iniciadora del proyecto @ilustroparanoolvidar, quienes entusiasmaron a la editorial Futurock, nació este bellísimo libro ilustrado, un compendio de muchos de los valiosos edificios que ya no existen más en nuestra ciudad, con el propósito no sólo de documentar las pérdidas del patrimonio, sino de proponer ideas y estrategias que las eviten en el futuro.

 

Su ilustradora, Natalia Kerbabian, egresada de la UBA, es la creadora del proyecto educativo centrado en la memoria "Ilustro para no olvidar" en el que encontró la manera de unir ambas vocaciones y de expresar sus ideas sobre la arquitectura, los paisajes y objetos a través del dibujo a mano alzada. Un trabajo de gran calidad artística y a la vez comprometido con los desafíos que implica la preservación de un patrimonio irremplazable.

Edificios de departamentos, casas, petit hoteles, fábricas, usinas eléctricas, pero también veredas, calles adoquinadas, jardines, plazas, luminarias, herrajes, carteles, buzones, vitrales, cúpulas o tapas de servicios públicos, todo cae bajo la mirada atenta y amorosa de los autores de Memoria de Buenos Aires, que saben cuánta información de la historia y, lo más importante, de la vida de quienes la habitaron y habitan, guardan estos elementos patrimoniales.

El objetivo principal de este trabajo, dicen sus autores, es despertar conciencia sobre la importancia del cuidado de nuestro patrimonio arquitectónico pero también natural, porque entienden la idea de progreso como la posibilidad, para quienes habitan la ciudad, de vivir en armonía con su entorno.

Como la posibilidad de volver a disfrutar de la enorme zona balnearia que la ciudad tenía hasta el año 1975, un importante espacio de ocio para sus habitantes, que se cerró por la contaminación del río y que urge recuperar, como las riberas del Riachuelo. O los innumerables “bares de la esquina”, esos espacios de encuentro y de reconocimiento tan importantes para la vida en los barrios.

Arquitectura a cielo abierto

Y Buenos Aires, como lo demuestran los autores de este trabajo, tiene una diversidad de estilos notoria, por lo que resulta una biblioteca de arquitectura a cielo abierto: desde edificios art déco, art nouveau, beaux arts, californianos, neorrenacentistas, racionalistas, neoclásicos, neocoloniales, neotudor, iglesias neogóticas y hasta edificaciones neorrománicas como las subestaciones eléctricas de la ex empresa de electricidad Italo Argentina, hasta las famosas “casa chorizo”, que los constructores italianos copiaron de las edificaciones romanas, adaptándolas a las necesidades del lugar e inaugurando, sin saberlo, un estilo propio del Río de la Plata. De todos estos estilos encontramos edificaciones que por su singularidad o por los materiales con los que fueron construidas hoy son irremplazables. De todas ellas se ocupó la ilustradora, como una forma de homenajear en el recuerdo a esos bienes patrimoniales hoy desaparecidos.

Pero los autores también se preguntan por qué y para qué conservar: lejos del criterio museístico o del cenotafio ilustrado, se proponen advertir sobre cuánto queda por recuperar, cuidar y conservar de todo ese patrimonio que está vivo y que tenemos el derecho de disfrutar.

Para eso, enumeran todo lo que, según ellos, hace falta: un profundo relevamiento, catalogación y diagnóstico del estado actual para elaborar un plan de preservación consistente, que se podría sostener a través de alianzas entre el sector público y el privado, mecenazgos, ventajas impositivas y, especialmente, una normativa actualizada. Todo, insisten, consensuado con los vecinos y con el aporte de especialistas de diferentes disciplinas. 

La búsqueda del tesoro

            Como somos muchos los que amamos esta ciudad, acá van algunos de los espacios que, con mucho amor y convicción, fueron recuperados por vecinos, particulares y gobiernos:

- Bar El Tokio. En el corazón del barrio Santa Rita, este “bar notable” tiene una historia de amor de casi cien años con los vecinos, al punto que cuando, este año, el hijo del mítico dueño lo reabrió, dio ocasión a una fiesta barrial. (foto1)

- Casa Anda. Av. Entre Ríos 1077. Con una historia de fantasmas a cuestas, esta joya art nouveau de Virginio Colombo está en proceso de restauración, gracias a la acción decidida de organizaciones barriales que lograron frenar su segura demolición. (foto 2)

- Plaza Clemente, en Colegiales. Después de una década de lucha vecinal, se construyó este espacio verde 100% con flora nativa y un circuito educativo para aprender a colaborar con el ecosistema.

- Caminito. Gracias a la feliz idea del pintor Quinquela Martín, que en 1959 propuso a los vecinos transformar sus calles en un museo a cielo abierto, hoy es el destino turístico más buscado por los visitantes extranjeros. (foto 3)

- Usina del arte. El emblemático “palacio de la luz” que albergó el edificio de la compañía Italo Argentina de Electricidad, fue creado por el arquitecto italiano Giovanni Chiogna, con reminiscencias de un palacio florentino, cuya restauración y transformación en un complejo artístico de vanguardia llevó varios años y gestiones.

            Lo sabemos: los libros no cambian el mundo, pero quizás éste sea el puntapié inicial de una acción colectiva que, continuando el camino que muchos vienen recorriendo, logre que el Estado cumpla con el fin para el que fue llamado: administrar los recursos públicos para el bien de todos.

Publicado en Buenos Aires Connect, 5/12/25

 

Mi niñera de la KGB

             No debe haber nada más apasionante que la vida de un agente secreto y el género de espionaje, tan exitoso durante la guerra fría, supo sacar provecho de él. Pero descubrir que la amable señora que cosía la ropa y cuidaba de los niños del grupo de amigos de los padres había sido una émula de la Mata Hari, envenenado a su marido, un espía italiano, casado con Felisberto Hernández (quien le dedicó el extraordinario relato Las hortensias) y como si le faltara épica, participado activamente en el asesinato de Trotsky, excede todo lo imaginado.

            Y esta es la excéntrica historia que cuenta la escritora Laura Ramos, hija insumisa de una familia cultora de la vanguardia estética y política de los 60 (su padre, Jorge Abelardo Ramos, recordarán los más grandecitos, fue el máximo dirigente de lo que se llamó el “trotskismo nacional” y su madre, Faby Carvallo, una feminista culta y militantes del amor libre), la de la espía de la KGB Africa de las Heras, que llegó a recibir la Orden de Lenín, la máxima condecoración de la URSS, y a la que ella conoció como la entrañable María Luisa.

            Pero más allá del anecdotario familiar, la autora entendió los alcances históricos de este descubrimiento y emprendió un periplo que la llevó por Montevideo, Cuba, México, Ceuta, en el norte de Africa, donde comenzó todo, hasta Inglaterra, donde se encuentran los archivos secretos de la ex URSS, en el Churchill College.

            Dedicado a su alocada y ultramoderna madre, modelo femenino al que se opuso programáticamente y en la que descubrió más similitudes con la espía soviética de las que le hubiera gustado, se metió en cuerpo y alma en una historia que la involucraba personalmente y que la profusa bibliografía consultada respalda históricamente.

            Sigue la vida de la protagonista desde sus días en la resistencia republicana donde se destacó como una aguerrida combatiente y donde conoció a la famosa partisana Caridad Mercader, madre de quien ejecutara el asesinato de Trotsky, por otro lado, el genio tutelar de la familia Ramos. De allí, convocada por los servicios secretos soviéticos, pasó a integrar un comando paramilitar de la KGB y a infiltrarse en la retaguardia alemana en Ucrania, donde se destacó por su valentía, al punto de recibir la ciudadanía rusa. Cuando el estado soviético decidió establecer un centro de espionaje en Sudamérica, la envió a Montevideo (un verdadero “nido de espías”, según uno de los entrevistados por la autora), donde vivió y trabajó durante veinte años sin ser descubierta por ninguna agencia de Inteligencia ni por los amigos de la izquierda rioplatense, para los cuales, el descubrimiento de esta historia fue un verdadero shock.

            Si la literatura es la infancia recuperada, leemos en la dedicatoria del libro, esta investigación tan rigurosa no impide recuperar el costado literario de una figura casi legendaria que la puso frente al espejo de la experiencia personal y colectiva de una generación que se crió al abrigo de la revolución que se creía inminente.

Publicado en El Dipló, 30/11/25

domingo, 16 de noviembre de 2025

La lectura: una vida

 

Historiar una biografía lectora no sólo es el objetivo de esta colección de la exquisita editorial Ampersand, sino también, el de este intelectual -aquel que tiene una relación vital con el pensamiento y una posición respecto de su tiempo expuesta en cada una de sus intervenciones-, un defensor a ultranza de las Humanidades como las únicas capaces de formar ciudadanos con autonomía crítica, es decir, un público, sin el cual no habría libros ni literatura.

            Y en esta segunda edición, corregida y aumentada, asistimos al recuerdo amoroso de los grandes maestros que lo formaron -Pezzoni, Sarlo, Barrenechea, Arnoux- y de los compañeros de ruta, gracias a los cuales llegó a ser lo que hoy es: uno de los intelectuales y pedagogos más sólidos de nuestro país.

Pero no sólo de los nombres que lo marcaron, sino de los libros que lo llevaron a formular teorías de la lectura, proyectos de alfabetización y de formación superior. Como los que heredó de la biblioteca de un “primo tarambana” que sería secuestrado y desaparecido unos años más tarde. O de los poetas que descubrió en su trabajo editorial, de los nombres que pasaron a formar parte de su “caja de herramientas” como Barthes, Borges o Deleuze o el de Walsh, de quien, gracias a su formación filológica, pudo restaurar sus archivos dispersos e incompletos, con la convicción de la necesidad de recuperar nuestra tradición cultural que la dictadura había desmantelado.

             Describe, en cada capítulo, los fundamentos de cada uno de los oficios que ejerció: la docencia, la crítica literaria, el periodismo cultural, el trabajo editorial, la elaboración de manuales, en fin, de la política cultural, a la vez que desarrolla los temas teóricos que lo han acompañado en su trabajo con la profundidad de un Manual de Teoría Literaria.

Porque es en la bibliofilia, el amor por los libros en su capacidad de convertir a “un niño pobre y enfermizo” en feliz poseedor de un vasto capital simbólico, el lugar de Link en nuestra tradición cultural.

Publicado en La gaceta literaria, 16/11/25

lunes, 27 de octubre de 2025

Un lugar donde convertirse en naturalista

 

La asociación Aves Argentinas, una ONG con más de cien años de vida empeñada en proteger y conservar la biodiversidad de nuestro país, organiza todas las semanas encuentros, charlas y salidas gratuitas para aficionados a la observación de las aves.

 

Para participar, no es necesario ser especialista, aunque hoy cuentan con un equipo de más de cien personas en todo el país entre biólogos, técnicos, agrónomos, veterinarios y abogados dedicados al armado de estrategias para la conservación de las especies amenazadas y la creación de áreas protegidas.

Pero como creen que lo más importante es divulgar esta pasión, también ofrecen cursos y seminarios para quienes compartan el deseo de hacer del lugar donde viven un espacio de armonía con la naturaleza.

Unirse a alguno de sus Clubes de Observadores de Aves (COA), es empezar a transitar un camino que, como cuentan en esta entrevista, no se termina nunca.

 - ¿Cómo funcionan los Clubes de Observadores de Aves?

 Los COA funcionan coordinados por Aves Argentinas, pero se manejan de manera autónoma. Son más de 90 clubes en todo el país (en nuestra web está el listado) pero no hace falta anotarse a través nuestro, se pueden comunicar directamente ellos. En Buenos Aires hay uno en la Reserva Ecológica Costanera Sur, otro en la Reserva Ecológica Universitaria, está el COA de Palermo y así en todas las regiones y provincias.

Su objetivo es proponer actividades que tengan que ver con la observación de naturaleza, especialmente aves. Algunos COA hacen solo eso y otros también van a escuelas, se vinculan con autoridades para ver la posibilidad de hacer áreas protegidas nuevas, trabajan en plantaciones, hacen relevamientos de aves que se convierten en datos científicos. La verdad que es un universo muy lindo, pero el común denominador es que los COA son un espacio para que las comunidades puedan descubrir su entorno natural.

 - ¿Cuáles son los requisitos para formar parte de un COA?

 Ninguno, solamente tener ganas de hacerlo. No se necesitan conocimientos previos, todo lo contrario. Con la naturaleza el aprendizaje nunca termina, siempre te va a faltar descubrir un ave, entender un canto, es algo que dura toda la vida. Por eso, los que trabajamos en conservación, lo que buscamos es involucrar a todo el mundo en esto. Capaz no vas a ser en una guiada el que vaya identificando bichos, pero por ahí podés ser el que los encuentra. Lo lindo de las aves es que no hace falta ir a un parque nacional para verlas. En una placita de barrio o en un patiecito como este, unas cuantas especies van a aparecer.

 - La asociación se llama Aves Argentinas pero ustedes abrieron el abanico a la conservación de otro tipo de fauna.

 Sí, es parte de lo que somos. Porque, al conservar el ambiente donde están las avesconservas también el ambiente de otras especies animales y vegetales.

Como ONG el sostenimiento de nuestro trabajo depende en gran medida de los socios, pero eso no alcanza, así que también aplicamos a fondeo de fundaciones e instituciones de afuera. Y eso nos permite trabajar, porque los proyectos de conservación son realmente caros, pero más caras son las consecuencias de no proteger las especies.

 - ¿Qué podemos hacer en lo cotidiano para ayudar a esta perspectiva conservacionista?

 Tener una mirada conservacionista en la vida cotidiana es algo relativamente sencillo, que implica tener también hábitos más saludables, en todo sentido. Desde prestar atención a cuánta basura generamos o cuánta energía consumimos, hasta tener plantas nativas, que le dan refugio y alimento a un montón de, no solo aves, sino también insectos. Es una propuesta, que cada uno tenga su mini reserva ecológica en su casa, en su trabajo, que hace que cada vez seamos más los que nos preocupamos cuando descubrimos que eso está en peligro.

 - ¿Cuál es el valor de las reservas ecológicas?

 Son el reservorio de la naturaleza nativa, especialmente en ambientes degradados. Y la ciudad de Buenos Aires tiene algo prácticamente único en el mundo, que es la Reserva Ecológica de la Costanera Sur donde podés ver, en un buen día de primavera, más de cien especies de aves, a metros del Obelisco. Pensá que la Argentina tiene un número muy elevado de aves, más de mil especies, o sea, somos un lugar privilegiado para ver aves.

Y esta reserva tiene la particularidad de que, como está de cara al río, y el río mueve plantas y animales, es una autopista de vida. Entonces eso hace que lleguen un montón de especies que no vas a ver en ningún parque o plaza. Aves grandes, como los chajaes o aves rapaces. Me ha tocado guiar gente que viene de afuera y realmente alucinan, porque lo más parecido a nivel urbano y tamaño podría ser el Central Park en Nueva York, pero la cantidad de especies que podés ver acá no tiene comparación.

 - Los niños son los que tienen una relación más amorosa con la naturaleza. ¿Ustedes trabajan con las escuelas?

 Sí, a través de los COA, que muchas veces visitan las escuelas. Además, tenemos el Club de Jóvenes Naturalistas, que por ahora funciona solo en Buenos Aires, que es básicamente un grupito de nenes con sus familias que hacen encuentros en nuestra sede y también en reservas, para descubrir un poco de la biodiversidad. El último encuentro fue una clase de plástica donde dibujaron todo lo que lo que se estuvo viendo en el streaming del CONICET.

 - ¿Cómo podemos acceder a las actividades?

 Todos los jueves en nuestras redes sociales publicamos la agenda para el fin de semana siguiente de todos los COA del país y de las actividades guiadas, abiertas y gratuitas que hacemos, por ahora, en Costanera Sur.

Además, tenemos la Escuela Argentina de Naturalistas, de nivel terciario, no oficial, que lo que busca es formar gente para que aprendan a interpretar la naturaleza y poder guiar a otros. Y después tenemos los cursos, que hay de lo que quieras. De aves, de plantas, de arañas, incluso astronómicos.

 Y si bien recaudar fondos para poder sostener el trabajo es una necesidad, asumimos el compromiso de que la mayor cantidad de gente posible se involucre con el cuidado de la naturaleza. Ese es nuestro mayor objetivo.

 Publicado en Buenos Aires Connect, 9/10/2025

Premio Nóbel 2025: László Krasznahorkai


         Si bien nuestro corazón estaba con César Aira, fue una grata sorpresa saber que este año el premio Nóbel fue para el notable narrador húngaro László Krasznahorkai, del que teníamos noticia gracias a la editorial Sigilo, que publicó El último lobo y recientemente, Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río y a la española Acantilado, que publicó toda su obra traducida a nuestro idioma.

Cuentan en su biografía que después de abandonar su país en los últimos años de vida comunista, se dedicó a viajar (y a escribir), y residió en Europa, en los países de Oriente y hasta en el piso donde vivió Allen Ginsberg en Nueva York para, en una vuelta propia de su literatura, terminar recluido en las colinas húngaras de Szentlászló, donde vive hoy.

Ya desde la aparición de su primera novela, Tango satánico, en 1985, se perfiló como una figura importante del campo cultural húngaro, cuando fue llevada a la pantalla por el cineasta Béla Tarr, junto con Melancolía de la resistencia. El nuevo siglo lo consagró con varios premios importantes hasta el reciente Nóbel, por su obra que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”, dijeron los académicos suecos. Del arte como resistencia hacia donde se dirige el mundo, podríamos agregar.

 

En Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río, emprendemos un viaje, junto al protagonista, el nieto del príncipe Gengi, en busca de un monasterio abandonado en las afueras de Kioto donde, según un libro que éste leyó, se encuentra el pequeño jardín secreto más simple y perfecto que se haya construido. Una deriva onírica digna de los estudios Ghibli por un laberinto de calles que, con largas frases paratácticas, casi sin puntos, que expresan perfectamente la idea de continuo o de letanía, asistimos a la experiencia del conocimiento a través de la contemplación. Porque de lo que se trata, nos dice, es de aprender a “mirar y callar”, para abrir la percepción a esa fuente de maravillas que puede ser el mundo en lo que tiene de armonía, levedad y belleza. Como la de los pórticos y pagodas, con sus techos “curvos como alas” o los caminos de piedra ondulada que, como la ola de Hokusai, congelan la imagen de un mar bravío.

Contra la experiencia literaria de la modernidad, fragmentaria y autorreflexiva, la novela invita a dejarse absorber por la contemplación del paisaje como un todo y en la descripción detallada del trabajo sobre los materiales para la construcción del monasterio, nos pone frente al experiencia del tiempo, gran tema de su literatura.

 

Y es durante las horas perdidas en un bar de Berlín y frente a un barman húngaro que el protagonista de El último lobo, un profesor de filosofía desocupado, desgrana la historia de su viaje a la región española de Extremadura, invitado por una fundación, para que escriba sus impresiones sobre el lugar.

Creyendo que es un error acepta la invitación, mientras se pregunta qué puede escribir él sobre un lugar que desconoce. Pero el encuentro fortuito con un artículo que hablaba del “fallecimiento” del último lobo al sur del río Duero lo saca de su apatía. Pronto descubre una afinidad profunda entre ese paisaje yermo y su propia alma y se entrega a los relatos que, sin saberlo, los lugareños le cuentan sobre el final de una época que la gentrificación hará desaparecer. De un mundo campesino donde los lobos, como el que persigue a la famosa niña de capa roja, concentran los miedos de la humanidad al poder irresistible del deseo.

El relato de la cacería de la última pareja de lobos que escucha de un atribulado guarda forestal le devuelve su propia imagen de lobo estepario, último narrador de un mundo donde la literatura se desentendió de la experiencia de lo ancestral.

Una mención aparte merece la traducción del chileno Adán Kovacsics, que nos libra a los latinoamericanos del español peninsular y hace de la lectura una experiencia más que gozosa, que esperamos se repita.

Publicado en La Gaceta Literaria, 19/10/2025

Entrevista a Cynthia Rimsky

Cynthia Rimsky, la escritora chilena ganadora del último premio Herralde de novela con Clara y confusa, tiene una larga carrera literaria en la que la crónica de viajes tiene un lugar preponderante.

Dueña de una mirada que convierte cualquier pequeña historia en una experiencia lírica y a la vez política, hace del malentendido la ventana por la que observa el tiempo que le tocó vivir para poner en cuestión los relatos acerca de la identidad, la revolución o la tradición literaria. 

De su militancia contra la dictadura pinochetista, sus crónicas viajeras y su arte poética, de todo esto conversó con El País.

- Foucault decía que la condición del ser humano es el errar, en su doble acepción. ¿Cuál sería la condición del migrante, el tema de las crónicas de Poste restante

Mira, pienso que hay una especie de desposesión. Es como que uno nunca termina de agarrarse a un lugar. Siempre hay como una distancia respecto a ese lugar, nunca se abandona el estado de extranjería.

- Hay algo que se repite en los descendientes de los que migran y es que sueñan con volver a una patria que no les pertenece. ¿Qué es este viaje, una suerte de Odisea?

Yo creo que lo que hay básicamente es un relato mítico. O sea, ellos tienen un relato incompleto, lleno de agujeros y entonces uno crece con una cierta pasión por rellenar esos huecos, por querer ir a ver con tus propios ojos eso que dejaron. Pero creo que tiene que ver con el relato mítico de los marineros, con esa idea de Benjamin de que el que vuelve, vuelve para contar algo que vivió, y el escritor que mira esa historia es un doble extranjero. 

- Las zonas de frontera que recorriste hace poco más de veinte años, Israel, Medio Oriente, Ucrania, hoy son zonas de guerra declarada. ¿Hay algo allí que encontraste que pueda explicar lo que está pasando hoy? 

A mí me pasó algo personal y es que no me sentí bien en Israel. Quizás esa cosa de que ellos son los amos, con todo ese derecho de propiedad. Y para mí el judaísmo fue todo lo contrario, siempre tuvo el sentido de la errancia, justamente, de la desposesión. Entonces llegar a un lugar y ver que son los dueños y expulsan a otra gente, no me gustó. Porque yo estuve en Marruecos, estuve en Túnez, y es una cultura maravillosa. De hecho, fui a un balneario que quedaba en el límite entre Israel y Egipto y los árabes se reían de los judíos porque decían, vienen acá a fumar porro y a sentirse libres. 

Ucrania, en ese momento era un país devastado, no tenía economía, a la gente le pagaban con bonos, sin embargo, era muy alegre. Y Eslovenia, con todos esos bloques de vivienda que habían sido construidos por la clase trabajadora y que estaban siendo arrendados por artistas o gente de plata, se convirtió en un país hipercapitalista. Y pienso que ese cambio debe haber sido muy traumático para la gente.

Justamente El Futuro es un lugar extraño trata sobre la gente que había sido militante de izquierda y había luchado contra Pinochet, y que de repente, en democracia se queda sin lugar, porque todo ahora es dinero, éxito, hacer una carrera, nada de lo que interesaba cuando tú estabas en la lucha contra Pinochet. Y cuando fui a Nicaragua a conocer la revolución sandinista, y diez años después, para hacer el libro, empecé a googlear los nombres de los revolucionarios que había entrevistado, eran todos delincuentes. Nos tocó vivir la caída de la utopía. Mis libros tratan un poco sobre esa cosa generacional que nos pasó.

- En tus libros aparecen fotos e imágenes que remiten directamente a los hechos que se están narrando. ¿Qué te ofrece la crónica, el diario personal, que no te ofrece la ficción? 

Lo que a mí me pasa es que soy hiper curiosa, como que mientras estoy escribiendo ficción estoy en un estado de apertura muy grande y entra lo real. Pasa una liebre, como en La vuelta al perro, y la sigo. O sea, soy muy dispersa en un sentido y voy siguiendo mi curiosidad. Ahora estoy dando un curso de cómo los escritores construyen su mirada. Y entonces hay un módulo que es sobre observar. Y a los estudiantes les cuesta mucho observar. Es impresionante. Al tiro empiezan a poetizar. Como que creen que la observación es una tontera. Ahora, si yo veo los pelitos de tu chomba y recuerdo que ayer mi pareja me dijo que los gatos habían traído algo con plumas, por ahí en algún momento se produce una nueva imagen. Y eso es lo que más me atrae, porque si no yo me aburro mucho escribiendo “abrió la puerta, cerró la puerta.” Esta es un poco mi manera de trabajar.

- En El futuro es un lugar extraño también hay un viaje, pero al pasado de la protagonista, cuando se reencuentra con un ex preso político con el que había militado veinte años antes. ¿La revuelta estudiantil del 2011 retoma esas banderas? 

Creo que es muy diferente la forma de militar que hubo durante la dictadura de Pinochet y la revuelta, que es una cosa mucho más inorgánica, es muy distinta a lo que fue la militancia en los 80, donde los partidos eran clandestinos y sin embargo, eran los que elaboraban las estrategias como para ir uniendo estos pequeños focos de rebeldía y darles una dirección. Y creo que la revuelta fue como una reacción a la promesa del libre mercado de que todos iban a estar bien, iban a ir a la universidad, que después iban a comprar una casa, de mejoría de las condiciones económicas, que por supuesto no se produjo.

- La protagonista no recuerda absolutamente nada de su paso por el movimiento rebelde juvenil y son los otros los que se lo relatan a ella. ¿De qué trauma está hablando esta amnesia? 

Mira, yo estaba un poco cansada de esta memoria oficialista que hasta tiene un “museo de la memoria”, donde todos los luchadores eran buenos y siempre la moral estaba del lado de los combatientes. Y lo único que se recuerda de ese período es a los detenidos-desaparecidos y no quizás todos los errores que cometieron los partidos de izquierda, entonces, quería alguien que no tuviera memoria de ese período y que fuera como de a poco construyéndola con todos los agujeros, con sus contradicciones.

- El terremoto de 2010 está contado desde el interior de la cotidianidad de la gente, literalmente, y recordaba el terremoto del año 60 donde, Ariel Dorfman hablaba de cómo la sociedad chilena se organizó para ayudar a los damnificados ¿Esos dos terremotos pueden ser leídos como metáforas de los dos contextos políticos? 

Sí, claro. De hecho, después de este terremoto vino la primera revuelta estudiantil donde salieron líderes como la Camila Vallejo, porque lo que desnudó fue que las cosas no estaban bien, que era todo una cáscara. Porque hasta ese momento nosotros éramos “los jaguares de América Latina”, entonces ese terremoto resquebrajó esa fachada y la gente vio lo que había adentro que eran todos estos edificios hiper mal construidos, que se resquebrajaron enteros. Entonces, ese sueño fue lo que se agrietó en Chile.

- ¿Los movimientos revolucionarios fueron ciegos a la dimensión subjetiva de la gente? 

Yo recuerdo que en esa época nosotros hacíamos trabajo político en las poblaciones, que consistía en grupos, por ejemplo, de madres que no sabían qué hacer con sus hijos drogadictos. Incluso había un grupo de mujeres que se juntaban a hablar de su sexualidad. Era un movimiento bastante rico y diverso. El problema es cuando las cúpulas toman estos movimientos, se encaraman en los partidos políticos y toda esa riqueza se va al carajo. Entonces conversé con algunas personas que habían sido dirigentes de base en ese momento, porque quería reponer a ese personaje olvidado por la historia. Que le pasaron por encima con el sistema eleccionario, pero que durante la dictadura no luchaba para que un señor en el Senado negociara a favor de sí mismo, sino por una real democracia, por una justicia social. Pero quise reponer a esas personas con sus miedos, no con el discurso. En el fondo siento que mi literatura trata de encontrar un lugar donde ese discurso se fractura con la experiencia.

- Tu última novela, Clara y confusa, es una historia de amor bastante tóxica, entre un plomero y una artista plástica, que en un punto es la que establece el artista con su obra. ¿Ser artista es una fatalidad, una obsesión?

Yo no considero para nada que la relación entre ellos dos sea tóxica, sino que está atravesada por las dudas e inseguridades que tenemos todos en las relaciones. Creo que un artista es una persona que está, sobre todo, apasionada por su obra, entonces me preguntaba qué le pasa al otro, viéndose en un lugar lateral, que no sabe si es amado o no. 

- ¿Qué relación hay entre el oficio de reparar filtraciones y el arte? 

Lo que yo quería lograr era un personaje que abordara ese mundo como yo abordo las observaciones, con curiosidad, con sensibilidad, alguien que no solamente llega y encuentra el desperfecto, sino que mira a la gente que está viviendo en la casa para entender por qué se rompe esa cañería. Entonces, en ese sentido, fue muy intencional hacer un personaje con este oficio que es visto como muy técnico o incluso medio bruto. Porque cuando construí la casa en el campo me di cuenta de que eran oficios en los que para cada caso tienen que ir buscando una nueva solución con creatividad, como ocurre con el artista.

- Estás viviendo en un pueblo rural de la provincia de Buenos Aires. ¿Qué encontraste en este lugar tan opuesto al cosmopolitismo de una viajera libre?

Mira, yo cuando viajaba, siempre soñaba con quedarme en algún pueblo, arreglar una casita y vivir ahí. Esa era mi fantasía y viajar hoy es mucho menos atractivo porque es como que no he logrado inventar otra fantasía respecto al viaje. Este es un lugar que para mí es muy raro porque no hay ni una colina. Pero me gusta esta inmensidad que nunca había visto. Incluso creo que mi escritura antes era como de frases más cortitas y desde que estoy en la Argentina como que se explayan, como que te saliera la imaginación porque no hay dos cosas juntas. 


- El malentendido, que pareciera fundacional en tus libros, ¿es lo que está en la base de la identidad?

 

Bueno, no lo había pensado de ese modo, lo que había pensado es que escribí Yomurí en contra de Poste restante porque si aquí hay una mochilera que va en busca de su identidad, en cambio en Yomurí es una chica que encuentra rápidamente su identidad, se da cuenta que es indígena y no blanca como siempre creyó y que eso no le sirve de nada. Y bueno, al final lo tiene que destruir. Entonces me di cuenta que la identidad que ahora está tan de moda te da una ilusión de que hay algo que existe, pero no existe. Uno se va destruyendo y recomponiendo todo el tiempo, entonces me parece bien lo del error, me parece súper linda teoría. Uno cree que es alguien y funda toda una identidad creyendo en eso y resulta que no era. Y cuando se caen las verdades como con el muro, te das cuenta que no hay nada, sólo mentiras, errores, omisiones, que nunca hubo una verdad, que esa verdad era una construcción fantástica, como los frentes de las casas en Chile o como el apellido, que en cualquier aduana te lo escriben mal y se desvía su curso.

Publicado en El País, el 5/10/2025
 

lunes, 29 de septiembre de 2025

El libro de las hermanas

            La nueva novela de esta célebre escritora belga no causa mayores sorpresas, tanto en el buen sentido como en su contrario. Con su proverbial mirada afilada sobre los vínculos parentales y sus excepcionales heroínas góticas, pequeñas Merlinas dueñas de una inteligencia monstruosa, construye un relato que parece haberse desentendido de los rigores de la prosa concentrada de sus primeros trabajos con los que alcanzó notoriedad, y cuyo carácter autorreflexivo subrayado en las tapas con su foto, señala el centro alrededor del cual gravitará una literatura que la tiene a ella misma como figura literaria.

            Y en esta oportunidad, es Tristane (atención a los nombres), la hija de una singular pareja que, en su perfecta completud, bien podría ilustrar la teoría del amor para Platón (aquella del círculo perfecto que configuran dos medias naranjas) la que se hace cargo de la narración desde los primeros meses de vida, en la que no hay lugar para ella dentro de ese amor blindado que une a la pareja de sus padres.

            Junto a sus aliadas, extrañas criaturas que bordean el caso psiquiátrico (en cuyos nombres se adivina un claro homenaje a su amada Colette) conspirará contra los adultos en la figura de unos padres cuyo poder destructivo se centra en la palabra, esa “nana venenosa” que son los mandatos. Y la llegada de una pequeña y luminosa hermana le permitirá conocer el amor en un sentido absoluto y puro que su familia le había negado, como el que encuentra en la literatura francesa que devora como una poseída y que la lleva a escribir encendidas cartas de amor, esa “obra maestra para una única persona”.

            Junto a su hermana, descubrirá el mundo en toda su dimensión mágica y lúdica para desarmar la lógica adulta, tal como encontrábamos en las criaturas de Roald Dahl o Astrid Lindgren pero que en Nothomb adquieren una condición perturbada, como la que padecen sus heroínas anoréxicas, esa posesión diabólica destructora, para desembocar en una tragedia, refinada y erudita, pero tragedia al fin.

Publicado en La gaceta Literaria, 28/9/2025

domingo, 14 de septiembre de 2025

Hija biográfica

 

Entrevista a Romina Paula

 

Escritora, dramaturga, actriz y directora teatral argentina, Romina Paula, quien se define como “porteña por adopción”, cuenta con una importante trayectoria en todos estos géneros que incluye la dirección de una película propia.

En su novela más reciente, Hija biográfica, publicada por la editorial Entropía, ensaya una voz adolescente que, desligada del verosímil, narra la vida de su madre adoptiva, desde la escena en la que “pasó de brazo en brazo”, hasta el momento en el que surge el deseo de conocer a su madre biológica. Y la sierra cordobesa es el espacio literario y vital que esta autora eligió, una vez más, para narrar una suerte de utopía matriarcal, pero nada bucólica.

De todo esto y de la cocina de una escritura a contracorriente de la narrativa escrita por sus contemporáneos, habló con La Gaceta de Tucumán.

- Hija biográfica, más bien es la novela de una hija biógrafa y está escrita desde un punto de vista casi simbiótico. ¿Qué te propusiste al construir este punto de vista?  

Creo que lo que hago es jugar con esa primera persona de ella, cercana a un verosímil juvenil, aunque con mis licencias, porque de golpe tiene unas estructuras de pensamiento quizás más complejas o un vocabulario que uno diría que una chica de doce años no tiene. O cuando cita a la mamá y narra cosas que ella le contó, uno dice cómo podría recordar con tanta precisión. Después en algún momento está justificado internamente cuando entendemos que se lo está contando a la amiga. Pero es un procedimiento que decidí que fuera así y lo defiendo con mi nombre en la tapa, digamos. Por supuesto que lo hablamos con los editores de Entropía y me decían de buscar una manera en que eso esté justificado, por ejemplo, que la hija encontrara el diario de la madre y lo estuviera leyendo. Y yo la verdad es que lo pensé y finalmente decidí jugarme por esto que es como un artificio personal. Y un poco también sentía como que el triángulo se completaba conmigo. Con Leonor, su madre Leticia y yo. Sentía que yo estaba ahí como personaje también, junto a ellas.

- Los hombres parecen no tener nada que hacer en la novela. ¿Esto podría estar hablando también de un estado actual de las mujeres en relación a la masculinidad, a partir del “Ni una menos”?

Yo, en realidad, me vinculo mucho más con hombres que lo que ocurre con estos personajes. Pero no sé por qué siempre en mis novelas hay un mundo casi sin varones. Como que me voy armando unos mundos de unas vidas que me gustaría haber vivido, que tienen algo de utópico y fantasioso. Y el otro día, me decían que esta novela es rara en el sentido de que tiene un clima de ternura, de armonía, que hoy no se lee en la narrativa.

- La sierra cordobesa, como territorio literario, pero no el de alguien que nació allí, sino de quien lo adoptó como propio, como la relación de Leticia con Leo, su “hija biográfica”. ¿Hay un paralelismo ahí?

Mirá, no lo pensé de ese modo, pero sí hay algo de contraste entre la madre con esa vida tan urbana que tuvo y ahora la hija, con esa vida que transcurre en un pueblo de Córdoba. Al mismo tiempo, me hubiese dado mucha vergüenza como porteña, hacerme la que sé cómo es vivir en la sierra. Entonces quería que también estuviera esa distancia, la de alguien que se fue a vivir ahí y que no es cordobesa. Pero la verdad es que fui mucho a esa zona y realmente hay muchísimos porteños, sobre todo en Traslasierra. O sea, Leticia representa un poco ese tipo de migración, que en algún lugar es una fantasía que yo también tengo y que, por ahora, está en la ficción.

- En este mundo matriarcal, sin embargo, hay algo que trasciende lo puramente femenino y que borra las marcas de identidad sexual. El nombre de la narradora, Leonor, casi no aparece, le dicen Leo, Lolo. ¿Qué idea de lo femenino supone esta novela?

Ciertas cosas de género o preferencias sexuales, me gustaba darlas por sentado y no que ellas hicieran un manifiesto acerca de eso, que no sea un tema a plantear: “mamá, me gustan las mujeres”. Como que eso también para mí es parte de la cosa más utópica, de que esas cosas puedan ser ni siquiera un tema que haya que sacar del placard, sino que sea como una posibilidad que está sobre la mesa y uno la toma o no la toma. Y en ese sentido, yo me las imagino a Letizia quizás con una femineidad más clásica y a Leonor, no tan binaria, más fluctuante. Que también es algo que veo bastante en las nuevas generaciones y que es absolutamente imparable. Quizás por eso también el nivel de la reacción ¿no?

- Esta niña es una cotorra, una auténtica narradora. ¿Te costó encontrar el tono para esta narración?

No sé si me costó, me divirtió, seguro. A mí el estilo indirecto es algo que me fascina. Yo sabía desde el principio que podía ser un problema el verosímil de la voz infantil, juvenil. Entonces, trataba de no reprimirme a la hora de escribir, pero pensaba que en algún momento iba a tener que tomar algunas decisiones. Decir, va a tener algunos razonamientos que quizás no serían apropiadas para su edad, y ahí, tratar de reducir el daño lo más posible. Tampoco hay computadoras ni celulares, cosa que hoy en día es algo rarísimo. Creo que en eso también es un poco anacrónica la novela, excepto por algunas marcas de época, podría suceder casi en cualquier momento.

- Hay una escena que no está narrada en esta biografía de la madre y es la de la adopción. ¿Qué marca esta elipsis?

No sé, creo que sentía que era contar algo que ya la gente conoce, cómo es el proceso de adopción, que suele ser muy arduo, que se los dan en general a parejas heterosexuales que ya esperaron bastante. No sé, quería que quedara en un territorio más afectivo, ya de ellas.

- El teatro, como no podía ser de otro modo, está en el centro de la narración. ¿Hay una teoría “Romina Paula” del teatro en esta novela?

Cuando llegué al capítulo en que la amiga le decía, vayamos a conocer a tu mamá, yo pensé que tenía por lo menos dos novelas por delante y me pregunté ¿van a hacer el viaje, voy a abrir ese portal, voy a conocer yo misma a esa mujer? Ahí lo leyó uno de los editores y me dijo que para él ya había suficiente ahí, que lo resolviera en ese presente. Y no sé cómo en algún momento se me ocurrió lo de la representación. Dije, no, no van a conocer a la madre, lo van a representar. Y ahí escribí toda esa última zona, que tiene algo de la terapia gestáltica de las constelaciones, que es un poco como el teatro. Y para mí el teatro tiene algo de eso también, gente en posiciones, ocupando roles. Tenía esa otra novela posible, más realista, pero después, cuando se me ocurrió lo de la puesta en escena, me gustó mucho más y la encaré por ahí.

 

Hija biográfica 

Una novela que, desde el mismo título, juega con ese borde donde la identidad deja de ser un destino para transformarse en un camino a construir. Es el que transita Leo, la hija adoptiva de Leticia, una verdadera narradora oral que, a puro estilo indirecto, largas oraciones paratácticas y un léxico por momentos anacrónico, reproduce el discurso materno y logra ese tono provinciano que convierte a la sierra cordobesa, el lugar donde viven, en un personaje central y en territorio literario, pictórico, poético y cinematográfico (basta ver la descripción del incendio del bosque desde el punto de vista de los atribulados pájaros).

Esta pequeña protagonista, dueña de una mirada extrañada y por momentos, extranjera, explora y experimenta el mundo, mientras arma la biografía de una madre que parece haber tenido muchas vidas y a la que está amorosamente unida, en un mundo matriarcal que fueron construyendo donde la tierra, como madre nutricia, sintoniza con todas las mujeres que pueblan la novela: abuelas, madres, hijas, tías, exnovias, amigas y donde la crecida de un río y la llegada de la menstruación forman parte de un mismo cosmos.

 Y el teatro, gravitando en el centro de la novela, tanto en las anécdotas del pasado de la madre -el material narrativo preferido de la hija- como posibilidad de atravesar ese abismo que es el propio origen.

Publicado en La Gaceta Literaria, 7/9/2025