Quizás aceptar el destino y conservar el deseo de vivir y amar sea la idea de tragedia que sostiene esta luminosa historia de amor otoñal entre una cantante de rock gótico cincuentona y medio loca y un médico sesentón amante de la música clásica. Y aunque nada parece unirlos, el azar, ese motor que mueve al mundo y que está en el origen de la mejor literatura, según Borges, los lleva a encontrarse frente a una litografía de Odilon Redon, la primera escala de un viaje que emprenden juntos por el mapa de la alta cultura occidental (y el rock inglés, como el cine clásico, podemos afirmar, ya tienen su lugar en él), el territorio donde habitan las almas sensibles y la constelación que les ofrece un sentido posible a sus tribulaciones.
El título, que alude a
un relato mitológico alemán sobre la hija del rey de los Alisos, el Señor Olaf,
que aleja de su rumbo a los hombres, invitándolos a bailar y llevándolos a la
muerte, se replica en la historia de la protagonista, una suerte de princesa
maldita que está convencida de ser la portadora de la mala suerte universal. Y
para colmo la Guerra del Golfo, el momento preciso en el que esta historia de
amor comienza, no parece presagiar nada bueno.
Es que Christabel, tal
el nombre de la protagonista y cantante de Mobyle Mortuary (morgue portátil,
así como suena), con una larga historia de muertos a su alrededor, parece
llamar a la parca a cada paso. Y si la suerte ya está echada, Elías, su
inesperada conquista, sintoniza a la perfección esa música misteriosa que
resuena en la historia del señor Olaf y que le cantaba su madre antes de
abandonar a la familia detrás de un misterioso flautista.
Como en un juego de espejos, este relato
poblado de ecos y analogías, como las que ambos encuentran viendo Vértigo,
de Hitchcock, lo lleva a Elías a descubrir que “nunca se sabe por dónde te va a
atacar una metáfora”, al entender que el cuerpo es mucho más que pura anatomía
y la enfermedad, la metáfora de un dolor innombrable. Como el de la muerte del
ser que más se ha amado y que un compañero de viaje casual sintetiza
hermosamente en un inglés poco fluido pero muy poético: “Nombre es lápida en
pequeño cementerio dentro de mí”.
Y como todo cuento de hadas, el
maleficio se rompe cuando aparece un príncipe empeñado en liberar a su amada de
un destino funesto. Pero esto sólo funciona para quienes están abiertos a
dejarse capturar por la magia. O por el arte, que en el caso de esta novela, parece
ser lo mismo.
Publicado en La gaceta literaria, 20/7/2025
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