Recién
llegado a Buenos Aires para participar del Filba, el
autor de uno de los títulos que
inauguraron la
colección “Efectos
colaterales” de
la editorial Caja negra, Tim Maughan, es un artista escocés que vive
en Canadá trabajando
para las empresas y gobiernos que desarrollan proyectos que se
encargan de pensar el futuro. Pero además, proviene del riñón de
la contracultura inglesa cuyo epicentro fue la ciudad de Bristol,
cuando el arte callejero y la música urbana se apropiaron de una
ciudad que había reemplazado la conflictividad social por la
gentrificación y que sus habitantes, mayoritariamente jóvenes,
convirtieron en una caja de resonancia del espíritu contestatario.
Detalle
infinito,
la novela que vino a presentar, es una ficción especultativa que nos
pone frente a un escenario donde las sociedades centrales
hipertecnificadas han alcanzado un grado de control sobre sus
habitantes mediante el concepto de “ciudad inteligente” que
sorprendería al mismo George Orwell y que un ataque de un grupo
hacker organizado hace implosionar.
En
una larga entrevista, el autor habló con La
Capital
acerca de las motivaciones que lo llevaron a escribir esta novela en
la que un ciberatentado hace colapsar internet de una vez y para
siempre, produciendo una revolución en el sentido político e
histórico con consecuencias extremas.
-
¿A
qué te referís con el oxímoron “detalle infinito”?
Es
una expresión que usé en un cuento que escribí en 2012 y siento un
gusto personal al encontrar una frase o motivo que me guste y volver
a ese grupo de palabras. Algo así pasa en la música, los músicos
tienen motivos a los que vuelven recurrentemente, entonces quise
hacer algo similar a lo que ellos hacen, pero en la literatura. Y el
título, como te decía, originariamente tenía otro nombre: God’s
switch,
algo así como la tecla de Dios, que era el nombre de un sello
discográfico y la idea era que el mundo se apagaba con un botón,
pero a mí no me gustaba el tono religioso que tenía. Y aunque por
mucho tiempo ese fue el título que iba a tener, volví a esa frase
que me parece que captura mejor el sentido de lo que se habla en el
libro: que hay cosas que pasan en el mundo de las que no sabemos
nada, que son invisibles, como los flujos de datos, y el oxímoron me
pareció que expresaba todo esto.
-
Esta
es
una novela retrofuturista que plantea un escenario futuro, una vuelta
atrás en el aspecto tecnológico. ¿El futuro sólo es posible
pensarlo dialécticamente y no como continuación o evolución?
No
me gusta mucho que me consideren un escritor retro-futurista. Yo
trabajo para varias empresas y gobiernos en proyectos que se encargan
de pensar el futuro, por lo que siempre estoy pensando en la
tecnología y en el futuro como dos factores que se entrelazan. Y me
gusta transmitir esto en la literatura. Eso que vos captaste acerca
del progreso, respecto de lo que el sentido común ve como algo
lineal, que evoluciona, estamos viendo que eso puede cambiar, ser
interrumpido, ir para atrás o hacerse cíclico y esto es algo que el
Norte global ya ve, que ese progreso puede verse interrumpido. Algo
que podemos ver en las noticias, con todo lo que está pasando con
las mujeres en el mundo, la inflación, la guerra de Ucrania, donde
la tecnología se ve muy afectada. En el libro hay cosas que, si bien
no han sucedido todavía, es muy probable que sucedan. Y si bien,
desde los centros de producción tecnológica siempre se sostuvo que,
cada dieciocho meses, las tecnologías se vuelven el doble de
poderosas y el doble de baratas, hoy vemos que no es así. Las
tecnologías no son baratas, al contrario, son cada vez más caras,
cada vez menos gente puede acceder a ellas y esto genera una brecha
en la gente. Eso lo vi en las cadenas de suministro que estudié en
China cuando estuve viajando durante una semana en un buque
porta-contenedores de mercancías y ahí pude ver la fragilidad del
comercio mundial.
-
Los sucesos de la novela se desarrollan en la ciudad de Bristol, la
cuna de un movimiento contracultural que tiene a Bansky entre sus
activistas más conocidos y en un barrio en particular, Stokes
Croft.
¿Por
qué elegiste un contexto tan realista para elaborar un relato de
ciencia ficción?
Yo
viví en Bristol por más de diez años en la época en la que salía
mucho, iba a tomar algo, trabajaba de disc jockey y siempre fue un
barrio muy conflictivo, con mucha inmigración china, jamaiquina,
pero después vino la gentrificación y recién después la
contracultura. Y el graffiti siempre fue muy importante para mí,
donde encontraba un fuerte sentido de rebelión, aunque me costaba
explicar la relación entre el graffiti y la ciudad de Bristol. Al
principio yo estaba en contra pero después me convertí en un
defensor y empecé a promocionar hasta festivales de graffiti. En
cuanto a Bansky, para muchos puede parecer que su trabajo es
inmaduro, básico o hasta obvio, pero en realidad representa bien lo
que es el graffiti, que es la inmediatez. Cuando yo iba a trabajar me
encontraba con tres obras de Bansky en el camino y hoy sería como
ver un Van Gogh y pienso que en cien años su valor va a aumentar. La
relación que yo le encontré con la ciencia ficción es su poder de
hackear la ciudad. Es una tecnología que permite saquear el espacio
de una manera lícita. En mi primer libro, Paintwork,
que es una colección de cuentos, de lo que se trata es de hacer un
hacking digital y se me ocurrió yendo a trabajar. En esa época
había unos carteles publicitarios al costado del camino diseñados
para estar muy cerca de la gente. Nosotros pasábamos en colectivo o
caminando y estaban tan cerca que podías ver hasta los píxeles.
Resultaban, la verdad, opresivos, sofocantes, muy invasivos. Y la
gente empezó a rayarlos, a destruirlos, entonces los terminaban
bajando y dejando libres las paredes que aparecían todas
graffiteadas y terminaban intercalándose con los otros carteles. Es
interesante ver el contraste entre las imágenes legales y las
ilegales y ese contraste me parecía de ciencia ficción. Me interesa
toda manifestación visual contracultural porque me sirve para
explicar cuestiones del presente y del futuro.
(N.de
R.: En total sintonía con el propósito de la colección, la imagen
de la tapa pertenece a Denys Evol, un artista brasilero que hace
graffitis digitales, a la que luego se trabajó para transformarla a
3D.)
-
Y en medio de ese escenario apocalíptico se desarrolla una hermosa
historia de amor. ¿Este es un relato optimista?
Me
suelen llamar un escritor distópico por obvias razones, pero ese es
un término que no se ajusta demasiado a lo que hago. Como dijimos,
el progreso no es el mismo para todos, todo depende de dónde estés
parado. Los problemas de suministro, las problemáticas laborales son
diferentes para cada realidad. Pero creo que escribir sobre distopías
y apocalipsis es un ejercicio optimista, cuando lo hacés por las
razones correctas, es decir, para señalar lo que está mal, lo que
hay que cambiar. Y en este libro yo no quise preocupar sobre qué
pasaría si nos quedáramos sin internet, sino pensar para qué lo
usamos y a quién pertenece. Y hay un ida y vuelta entre un antes y
un después del apocalipsis (que quizás esté más en el antes que
en el después) y el final es deliberadamente conflictivo y violento
pero a la vez, optimista. Y si bien el amor es muy importante, para
mí es súper importante la música. El amor y la música son cosas
que, aunque todo vaya mal, vamos a seguir buscando y disfrutando. Así
que, sí, definitivamente el libro tiene una veta de optimismo.
- En un
momento de desarrollo tecnológico en el que el
mundo
virtual está
al borde de reemplazar
al mundo físico, con el metaverso, la ciencia ficción está poblada
de fantasmas. ¿Esto habla de un estado de nuestra sociedad actual,
por lo menos en los países centrales?
En mi
trabajo estoy muy enfocado en el tema de la realidad virtual pero, a
pesar de rechazar todo lo que tiene que ver con el metaverso, me
parece que tiene un potencial muy grande, ofrece un espacio ilimitado
para trabajar, para explotar y para explorar, lo malo es en manos de
quién está. Vivimos en ese sentido en un mundo de fantasmas que son
los fantasmas del capitalismo, un dinosuario que está colapsando
bajo su propio peso, con el cambio climático y tantas otras
cuestiones, pero, en vez de pensar qué está pasando ahí, sólo
pensamos en reciclarlo y mandarlo al mundo digital. Y la pandemia,
que debería habernos enseñado un montón de cosas, nos
encuentra
esperando volver a la normalidad. Yo digo, no queremos volver a esa
normalidad. Al final, con
la pandemia no aprendimos nada porque, en vez de pensar qué es lo
normal, qué es el trabajo, qué es la energía y la contaminación,
volvimos otra vez a lo mismo. A pesar de que la pandemia expuso toda
esa fragilidad del entorno, no supimos cambiar las
cosas
y terminamos viviendo con esos fantasmas.
-
Producimos datos para los dueños de las
empresas. No somos robots, como imaginaba cierta ciencia ficción de
hace cincuenta años, sino que somos usuarios que no deciden nada,
los algoritmos deciden por nosotros. ¿El hacktivismo organizado es
el camino para enfrentar esto?
El
libro se hace esa pregunta pero no necesariamente la responde. Para
mí la respuesta es sí y no. Un poco es el tema del manifiesto del
grupo hacktivista, los DRONEGOD$, que puede sonar extremista pero es
un poco esta representación. Podemos ver los debates que se dan en
las redes y plataformas en donde hay hacktivismo, que dieron sus
frutos, como el Black
Lives Matter
donde yo mismo marché en Nueva York y que me enteré porque se
estaba organizando por Twitter. Generamos capital para estas empresas
desde el momento que nos logueamos. Hay un conflicto al utilizarlas
pero hay una dualidad en esto. Son tanto una herramienta al servicio
nuestro como un mecanismo de control y de expoliación de datos.
-
¿Cómo imaginás el postcapitalismo?
He
tratado de imaginármelo pero quedo atascado, como todo el mundo, y
acá cito la frase que se atribuye a Jameson, a Fisher o a Zizek, “es
más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
Pienso que es tan difícil imaginar una cosa como la otra, pero el
hecho de que estemos haciéndonos esta pregunta significa que podemos
imaginar la respuesta. Es una lucha para la imaginación, y el arte y
la literatura son el mejor modo de ensayar una respuesta.
Detalle
infinito
Narrada
en dos tiempos: un antes y un después del crack que acabó con todo
lo que sustentaba el capitalismo, el sistema que parecía
indestructible, sostenido en las comunicaciones digitales, el flujo
de capitales y el comercio exterior, los capítulos se alternan entre
estos dos tiempos irreconciliables para describir un mundo que pasó
del control hipersofisticado de la vida, el biopoder, a un escenario
fantasmal que recuerda a Mad
Max,
donde un ejército de sobrevivientes se dedica a reciclar los restos
de los pocos productos manufacturados que han quedado en pie, ya que
los dispositivos, como los autos autónomos y las ciudades
inteligentes, han pasado a ser basura inservible.
Y
frente a una clase parasitaria que en el tiempo anterior podía
triplicar su riqueza con solo un pestañeo, los sobrevivientes de la
catástrofe tecnológica resisten la destrucción poniendo a
funcionar viejas-nuevas tecnologías y modos de producción
comunitaria, mientras rebuscan, entre los escombros de la ciudad
donde estalló el conflicto, Bristol, noticias de sus familiares
desaparecidos.
Los
protagonistas, un grupo de artistas anti-sistema (entre los que asoma
un personaje llamado Melody, una velada referencia a la película de
Alan Parker, esa gran historia de amor y de rebeldía que sucede en
una pequeña ciudad inglesa) transitan los dos tiempos, buscando los
restos de una utopía social y recuperando los sonidos de una época
trágica y desmesurada a la que parece nos estamos acercando
irremediablemente.
Publicado en La Capital de Rosario, 16/10/22