domingo, 8 de noviembre de 2020

Un cuarteto de seis

 La mujer poco probable

 


 

            






Que la proximidad de la muerte es una usina de relatos nadie lo duda, así como tampoco de la certeza (absolutamente incomprobable) de que en los últimos instantes vemos pasar la película completa de nuestra vida. Y aunque no estén frente a un pelotón de fusilamiento, sino dentro de un avión con el tren de aterrizaje roto, los protagonistas de esta novela, Martina y Leo -un matrimonio de más de dos décadas- repasan su vida en común y desarman ese entramado de relaciones peligrosas que es el parentesco, una estructura elemental más parecida al modelo de las muñecas rusas que al árbol genealógico.

            Y este viaje último que emprenden “para ahogarse o salvarse” los encuentra a cada uno en su propia burbuja, simbólicamente sentados en asientos separados, incapaces de ofrecerse consuelo o protección y preguntándose qué los llevó a elegirse uno al otro. Y es en un pasado común cuyo origen se remonta a Rusia y en algunos personajes-satélites (un amante de Martina, padre biológico de su segundo hijo y una amiga del matrimonio, eterna enamorada de Leo) donde se juega la posibilidad de ese encuentro que nunca es fortuito y que convierte a la familia en “un mecanismo que funciona”, un engranaje que sigue girando a pesar de sus dientes averiados.

            Pero como lo siniestro (aquello del orden de lo familiar destinado a permanecer oculto que ha salido a la luz, según una definición ya clásica) pareciera estar mucho más presente de lo que nos gustaría admitir, es a partir de sus zonas oscuras desde donde ambos construyen ese objeto polimorfo que es la familia tipo. Le tocará al lector decidir si finalmente servirá para salvarse o ahogarse.

Publicado en diario Perfil 8/11/2020

domingo, 1 de noviembre de 2020

domingo, 11 de octubre de 2020

Pequeño manual de exoliteratura

Lugones

 


            Ustedes, lectores, son muy jóvenes, pero hubo un tiempo en que Leopoldo Lugones acaparaba todo el campo intelectual argentino. Entonces llegó Borges y se propuso desbancarlo. Algunos años después escribió Lugones, un ajuste de cuentas con su maestro, en el que disfrazó de homenaje lo que quería ser una crítica con la cual corroer el pedestal que la generación anterior le había construido y lo despidió, magistralmente, de esta manera: “Entonces, aquel hombre, señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra, sintió en la entraña que la realidad no es verbal y puede ser incomunicable y atroz, y fue, callado y solo, a buscar, en el crepúsculo de una isla, la muerte.”

            Cuatro décadas más tarde, Aira, el más borgeano de nuestros escritores, escribe su propio Lugones, donde relata, en clave de vodevil, la misma escena, que comienza con un mal paso del poeta, quien, queriendo sacar el reloj de bolsillo (del bolsillo, agregaría Aira) saca el revólver que se dispara solo al caer. Y el disparate, ese mecanismo salido de la arena circense que abre, entre la literalidad y lo metafórico, un universo de posibilidades, será el modelo de una narración donde las reglas son inventadas sobre la marcha y las peripecias se encadenan según la lógica de la acumulación, la solución mágica y el absurdo, minando siglos de verosimilitud narrativa.

            Con un humor que le saca varias carcajadas al lector, construye personajes salidos del grotesco que nunca son lo que parecen (una viuda que nunca enviudó, traficante de papel para una editorial clandestina, un malevo disfrazado de Horacio Quiroga, dos viejas brujas, madre e hija, que esconden la identidad de dos integrantes de la policía secreta de Lugones hijo, un pintor japonés que no es tal, un poeta que se hace pasar por médico, una polaca poseída convertida en sirena) con los que se burla despiadadamente de un Lugones devenido un hombrecito derrotado al que el azar -ese dios que preside toda la literatura aireana-  le impide acabar con su propia vida. El disfraz, la máscara, el universo de lo trans y todas las variantes de la metamorfosis replican la eficacia que el teatro y la magia tienen para Aira, que, como una “miniatura del mundo”, le permiten reinventarlo, sacando cada vez “un conejo de la galera”.

            Y en el choque entre la erudición y la vulgaridad (ese zarpazo que anula todas las distancias) se juega gran parte de una literatura que combina como pocas, tradiciones populares y cultas y que, frente a la contradicción entre ambas, elige “el disparo de la realidad: la ficción”. Como lo maravilloso que encuentra en una anécdota biográfica contada por una señora mayor donde aparecen un oso amaestrado y una trompeta, y que, como los encuentros fortuitos de la poética surrealista, se justifica para él por su carácter novelesco.

            Y en el medio de tantas peripecias enloquecidas, personajes inverosímiles (como un narrador- yacaré salido del bolsillo del poeta) desgranan sus ideas sobre la creación literaria y la tragedia de descubrir el fraude de ser el más grande escritor argentino y no reconocerse escritor. Si para Lugones la gauchesca era lo que la épica, para las incipientes naciones europeas, Aira sostendrá que la única forma que puede adoptar la literatura argentina es la de la transmutación y el simulacro, ya que su propia inexistencia quedó grabada en nuestro imaginario desde que el siglo XIX nos legó su idea de desierto cultural.

            Pero sólo saliéndose de la literatura es como se la puede reconocer, parece

decirnos Aira, creador de lo que podríamos denominar una “exoliteratura”, aquel espacio

utópico que, como las miniaturas, las maquetas y todas las formas de la puesta en abismo, permite entrar y salir para ir a jugar/narrar, pero sobre todo, observar, como un demiurgo, la propia obra.

Publicado en diario Perfil, 11/10/2020

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Libros chiquitos

 https://www.lagaceta.com.ar/nota/859127/la-gaceta-literaria/experiencia-lectora-gran-escritora.html

Todo lo que se pudre forma familia

Tierra fresca de su tumba

 

Tierra Fresca de su Tumba, Giovanna Rivero

 

            La obra de Giovanna Rivero -en algún momento elegida uno de los “25 secretos mejor guardados de Latinoamérica” que afortunadamente no quedó en promesa- es, entre muchas otras cosas, un campo minado en el que estallan todas las líneas que atraviesan su escritura, deconstruyendo lo que la antropología alguna vez llamó sincretismo. En guerra contra el exotismo (un enemigo al que la literatura latinoamericana post-boom le costó mucho vencer) sus textos ponen en escena todas las identidades posibles de unos personajes en tránsito para quienes “ser boliviano es una enfermedad mental”.

            Escrito bajo la sombra de la tragedia clásica y de una de las peores tragedias personales, aquella que persigue a los sobrevivientes de un suicidio con preguntas que no tienen respuesta, la oscuridad de sus cuentos se ahonda en busca de esa sombra que diseña los contornos de unos personajes liminares -como el de la loca, la poseída o la borracha- que vienen, entre otras cosas, a despertarnos del sueño de la razón, o de aquellos que, como los muertos-vivos, retornan, una y otra vez, para empujarnos al borde de nuestro propio abismo y conectarnos con la tierra como última morada.

            En “La mansedumbre”, un secreto inconfesable dentro de una comunidad menonita se transforma en la hipérbole de una ofrenda a la Pachamama hecha por un descendiente originario.

            El diálogo, en el segundo cuento, devenido interrogatorio, entre el sobreviviente de un naufragio y la madre de su compañero muerto, reconstruye el mítico viaje griego y hace de la venganza el ritual más esperado que una madre anciana en busca de la verdad puede alcanzar.

            La fascinación que la cultura oriental, en su delicada perfección, ejerce sobre Occidente describe, en la curva que va del origami -ese universo de papel- al grotesco del espantapájaros, y de la refinada crueldad oriental a un trabajo de hechicería india, las dos caras de una misma pasión por la venganza.

            El regreso a la casa familiar de una expatriada con su marido yanqui y sus mellizos desata un aluvión emocional, cuando la tía enajenada revela un tabú familiar en el destino de su hijo, el “ahorcadito”, reflejado en el rostro de uno de los mellizos. Y el cuerpo de la loca, ese terreno que se disputan varias instituciones: la familia, la medicina, la psiquiatría, el patriarcado, la religión, desborda “como el arco del vómito de un hígado en metástasis”, y en el exceso de sus carcajadas demoníacas, espanta las culpas por el suicidio del hijo. Los relatos alucinados de lluvias legendarias que el marido de la protagonista registra, grabando los sonidos guturales de la loca (“estábamos malditos”), conforman una suerte de realismo mágico atravesado por el horror de los cuentos de hadas, en los que aquél descubre que la evangelización jesuítica provocó en América “un arte fresco, salvaje, demasiado puro”. Casi una definición de la poética de esta autora.

            El largo testimonio de la sanación a través del góspel de una sobreviviente de mil batallas frente a su comunidad religiosa resulta la excusa perfecta para relatar una historia de terror en la que la protagonista y su hermano, como los clásicos huerfanitos, deambulan por los confines del mundo para vivir en una cabaña en ruinas junto a su tía alcohólica, una suerte de bacante o heroína de Bataille, sedienta de alcohol y de relatos de asesinatos en serie.

            Y en el final, el cuerpo de una cierva muerta visitada por su manada resulta el espacio donde alojar el dolor por la pérdida del hermano que no tuvo defensas para enfrentar las agresiones de este mundo.   

Todos guardamos un muerto bajo la alfombra, parece decirnos esta autora. Ella, como una auténtica hechicera india, los convoca y nos obliga a enfrentarlos, quizás para que no olvidemos la materia de la que estamos hechos.

 Publicado en diario Perfil, 6/9/2020

domingo, 23 de agosto de 2020

Tan triste como Trieste

Trieste


REY, PEDRO B. - Trieste (Un cuento) - Banana Libros

        Primero vino Katsikas (2016), un conjunto de relatos que produjo los personajes y las historias que, como una matriz literaria, aparecen una y otra vez desde diferentes aspectos. Después llegó Trieste, esta vez con Katsikas de protagonista, y aunque ambos mantienen su autonomía, forman parte de un mismo proyecto narrativo que su autor bautizó “La Lira Argentina”, un poco en honor a la antología que inauguró la lírica en nuestro país.

        En Trieste conviven distintos tiempos y registros: un escritor y traductor, Katsikas, vive en un departamento prestado por un músico dodecafónico cuyo paradero es incierto, en la ciudad de Buenos Aires, durante el invierno de 1977, escribiendo un relato de ciencia ficción, mientras lee las cartas escritas en un castellano arcaizante que le envía un escritor argentino, Lilienthal, que vive en Trieste, al que vio una sola vez en su vida. La idea de que la literatura argentina comenzó en el exilio (y continuó en otros), y la del viaje como cruce literario, que tanta productividad generó, están presentes en este texto y en los nombres que el autor elige escrupulosamente.

        Katsikas será narrador, autor y lector al mismo tiempo, en un relato en el que se enfrentan como en espejo dos distopías: la última dictadura militar y el futuro imaginado por él en su libro, una realidad a su vez doble donde la sociedad vive bajo el dominio de la Malla, una red donde habitan los integrados, con un chip implantado, en una especie de ficción de felicidad, y su reverso, donde están los incendiarios ejecutando actos de sabotaje. Y si le agregamos el tiempo de la lectura, que hoy es el de la pandemia, como otra distopía anunciada, nos encontramos con la idea de que el futuro siempre estuvo presente, un futuro anterior que se refuerza en el registro anacrónico del español escrito por Lilienthal y que termina contaminando el relato retrofuturista del protagonista.

        Frente al espíritu mitteleuropeo que sobrevuela las cartas de Lilienthal y al protagonista cuyo nombre evoca a Kafka, están aquellos nombres que marcaron la Argentina de los setenta como Polara, Torino, Latin Park (pequeño desvío de Italpark), elegidos para el relato de ciencia ficción. Y hasta el nombre de la ciudad futura, Tristania, en sintonía con el blanco y negro de los colores de su realidad, se refleja en la decadente Trieste.

        Cuando Katsikas termina de escribir su novela, la tipea en una máquina de escribir, una Lettera celeste a la que le falla la letra “e”. Un posible homenaje a los experimentos de las vanguardias que, leído en el contexto actual, remite a ese fonema del lenguaje inclusivo que tantas controversias viene desatando.

        La edición, muy cuidada, incluye ilustraciones de la ciudad imaginada y, a la manera de los textos antiguos, cierra con una copa invertida donde se detallan los datos de impresión del libro y, como adenda, nos regala un mini relato: el del batiscafo llamado Trieste, aquel que se sumergió en las Fosas de las Marianas hace sesenta años.

Publicado en revista Otra parte, 20/8/2020

Bienvenida al siglo XXI, Sra. Robinson

 

La señora Fletcher

 

La señora Fletcher - LIBROS DEL ASTEROIDE

 

            Las etiquetas para encasillar a las personas existieron mucho antes de que los algoritmos lo hicieran, es cierto, pero la vida online sabe hacerlo de forma mucho más creativa. La señora Fletcher, por ejemplo, una cuarentona separada que dirige con mucha eficacia un centro comunitario para ancianos está a punto de entregar a su único hijo a la universidad, cuando se entera que está dentro de la categoría MILF (el acrónimo de Mother I'd Like to Fuck), una suerte de señora Robinson pero con muchos más permisos que en los 60.

            Es el momento de superar el nido vacío y de buscarle la vuelta a la propia vida antes de que ésta pegue la vuelta por sí sola. Cursar en la universidad un seminario sobre “género y sociedad” dictado por una profesora trans es el comienzo de un periplo donde descubre todo lo que la pornografía (ese paraíso del machismo recalcitrante) tiene para enseñarle, junto con los caminos del deseo que, cuando no se lo encasilla, puede traer las sorpresas más inesperadas.

            Narrado cada capítulo, en forma alternada, desde el punto de vista de la protagonista y de su hijo adolescente, los nuevos vínculos, las conquistas de los movimiento de mujeres, el despegue de la casa familiar, las aplicaciones de citas, la tan mentada deconstrucción masculina, las nuevas sexualidades, las dificultades de salir al mundo por primera vez como las que enfrenta quien vuelve a proponérselo, las familias ensambladas, las enfermedades de este nuevo siglo como los consumos problemáticos, la vejez, la muerte y finalmente, el amor, se suceden con el ritmo preciso de quien conoce los mecanismos del guión televisivo y no desentona. Ligera, sin ser superficial, moderna sin caer en el esnobismo, lejos del didactismo y de la bajada de línea, las peripecias eróticas de la señora Fletcher y de su desorientado hijo llegaron a la TV dirigidas por su autor, con una temporada en HBO que todavía no se vio en nuestro país, y que habrá que esperar para ver si está a la altura del libro original. Que así sea.

Publicado en diario Perfil, 23/8/2020