lunes, 23 de abril de 2018

Marcha atrás con los panfletos antisemitas de Céline

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Razones humanas y éticas esgrime el editor de Gallimard para dar marcha atrás con la reedición de unos panfletos antisemitas que Ferdinand Céline escribió entre 1937 y 1941, Tonterías por una masacre, La escuela de los cadáveres y Los buenos trapos.
No es el mejor momento, está claro, pero la historia de estos libelos es un poco más sinuosa.
Según parece, Céline no quiso reeditarlos después del 45 –a pesar de que durante la ocupación habían sido un best seller- cuestión que su viuda, que todavía vive, respetó hasta el momento en que decidió aprobar el proyecto de una edición crítica que Gallimard le propuso. Frente a la indignación del campo político –cuyas instituciones de lucha contra la discriminación se multiplican junto con la población xenófoba- lo abandonó, advirtiendo sobre los peligros de la censura para una verdadera comprensión de las causas del antisemitismo.

Pero escandalizarse por cómo la corrección política triunfa sobre el arte es tan insensato como escandalizarse por lo contrario: la historia literaria, lejos de ser una sucesión armónica de movimientos artísticos, no es otra cosa que la historia de las luchas por la imposición de un sentido.

Publicado en diario Perfil, 13/1/2018

Al borde de lo imposible

Cuerpos al límite

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Muchos siglos pasaron desde que la figura del héroe, en la literatura, descendió desde la épica hasta transformarse en su contrario, el antihéroe beckettiano y que en el imaginario social abandonara la literatura (y la vida) para trasladarse al deporte. En este ámbito, el éxito -en todos los casos, coronado con una copa- dará la medida del heroísmo, sobre todo si se obtiene a costa del rival histórico y el fracaso logrará convertir al mejor de todos los tiempos en objeto de desprecio. Pero la vida puede ser mucho más cruel con los héroes derrotados, como lo atestigua uno de los protagonistas de este libro, un ex combatiente de Malvinas.
Y estas crónicas no hablan de esta clase de heroísmo construido por el mercado para el blanqueo de capitales, sino de un modo de entender el deporte extremo y de alta competición como una forma de estar en el mundo, donde, paradójicamente, los atletas se someten a una disciplina extrema que empuja los límites de su resistencia física hasta casi desaparecer.
Publicados en revistas locales y extranjeras donde la crónica es la niña mimada de la literatura de no ficción, los relatos de Bianchini logran concentrar el punto de vista en una tercera persona que ha reducido la distancia con su objeto hasta el mínimo para intentar responder el interrogante acerca de cómo funciona la cabeza de una atleta que ha decidido desoír las alertas que manda el cuerpo hasta lograr dominar sus necesidades vitales, como el impulso de respirar, o, sencillamente, la necesidad de parar.
Su mirada hace foco en cuerpos desfallecidos por la pérdida de glucosa, al borde la muerte por la falta de oxígeno, abiertos en una sala de operaciones improvisada, adelgazados después de tres días completos de maratón, doloridos hasta el agotamiento, soportando temperaturas extremas o alucinando por la falta de sueño y relata cada hazaña deportiva siguiéndolos de cerca como una cámara ubicada dentro de la cabina de un Fórmula 1.
Así acompañamos a la nadadora argentina que logró el récord panamericano de apnea dinámica sin aletas, con 134 metros nadados sin respirar, el ritmo de su corazón, el entumecimiento de sus músculos y el enrarecimiento de su sangre cuando no recibe el oxígeno que necesita. Asistimos a la carrera de 100 km. de un hombre que en la Antártida, a 20 grados bajo cero, entabla un juego mental contra sí mismo para soportar 17 horas corriendo en un territorio que no parece de este mundo, sin horizonte y sin noche, quien, entre las dificultades de una carrera larga y la vida, no parece encontrar diferencias.
Dominar la frustración o los recuerdos dolorosos provocados por la experiencia de la guerra puede ser también una forma de entrenamiento. Como la que llevó a un ex combatiente de Malvinas a inventar una ultramaratón de cuarenta y cinco horas, la 602K, con la que logró vencer el impulso de suicidio que llevó a la muerte a la misma cantidad de ex combatientes que de soldados muertos en combate. “Con trabajo y disciplina el límite es uno” afirma uno de los pocos ganadores de esta demencial maratón, que cambió la pasión por el fernet y las comilonas por el entrenamiento de alto riesgo.
Y la resistencia al dolor resulta otro de los modos posibles del entrenamiento. La historia del corredor y cirujano plástico argentino que operó a otro corredor en medio de una maratón de cinco días en México ocupó los titulares de varios diarios, el año pasado. Después de haberle reconstruido la cara (y de haber sufrido él también una caída importante), terminaron juntos la carrera, el objetivo que se habían impuesto y que no pensaban resignar.

Encontrar placer en el dolor es una motivación que estos atletas reconocen sentir y que liga esta experiencia con la vocación religiosa y con algo que se parece bastante a haber encontrado un sentido a la propia vida.

Publicado en diario Perfil, 31/12/2017

En primera persona

Periodismo

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La autora de este libro, recientemente reeditado, se propuso hablar en estos relatos de lo que más conoce -la primera premisa de todo buen narrador-: el backstage del oficio periodístico. Y es el periodismo el lugar donde se cruzan el trabajo físico y el intelectual y el núcleo duro de estas historias, que hacen interrogar el estatuto mismo del género “cuento” (una flecha que parte del arco para ir a dar directamente en el blanco) como señaló magistralmente Horacio Quiroga.
Más cercanos a la crónica, estos relatos narrados en una primerísima persona, ponen en escena las contradicciones de una clase, la del “proletarioburgués”, en un universo en el que conviven (o compiten) estrellas rutilantes, ambiciones encubiertas, trabajadores con poca conciencia de clase (“esclavos pusilánimes”, para la enfervorizada narradora), empresarios con clara conciencia de clase, editores temerosos, aspiraciones literarias y altas dosis de misoginia.

Una verdadera carrera de obstáculos parece devenir la vocación –por etimología, el llamado de los dioses- que la narradora, en un ajuste de cuentas que bien se parece a un escrache, denuncia en cada uno de los relatos. Los comienzos prometedores con una pasantía en el programa central de un canal de TV abierta; el trabajoso día a día de una medida de fuerza gremial que parece no tener fin (“el paro es un sacrificio de los trabajadores” reconoce, agotada, la narradora); los impedimentos para acceder a una nota con una estrella del fútbol que los compañeros de la sección deportes, varones todos ellos, no ayudan a despejar; la despedida tras diez años de trabajo en la misma editorial que había protagonizado la medida de fuerza; las miserias del trabajo en una agencia publicitaria, no muy diferentes a las de hacer prensa para una funcionaria pública, muestran a una primera persona del singular que le puso el cuerpo a un oficio que, burocratizado y entregado a razones empresariales, en muchas ocasiones, perdió el rumbo y la chaveta.

Publicado en diario Perfil, 24/12/2017

Oda a Tokio

Lagartija

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En el cielo (digamos mercado) de la literatura japonesa no sólo brilla Murakami. Banana Yoshimoto hace tiempo que tiene un lugar en las preferencias de muchos lectores, quienes descubrieron en esta autora una obra plagada de alusiones a la literatura maravillosa y a relatos tradicionales con los que delinea, con la sutileza y el refinamiento de los grabados japoneses, unos personajes femeninos al límite de lo espectral, para construir el gran relato de la soledad.
Y es la construcción de los personajes un punto fuerte de su literatura. En este nuevo conjunto de cuentos, no será la imposibilidad de comunicación lo que sostiene a sus personajes -si bien, más materiales que los anteriores, están atravesados por la inhumanidad, como la mujer que da nombre al título y hasta por lo sobrenatural- sino el interrogante por el otro amoroso, un otro que se percibe extranjero y propio al mismo tiempo. Sus protagonistas, esta vez, no se reducen al universo femenino: los personajes masculinos exploran a sus compañeras (y se aburren con sus tradicionales esposas) prevaleciendo en todos ellos un punto de vista femenino y una percepción sensorial que hace del cuerpo el espacio de la escritura (y del deseo), la marca en el orillo de esta singular autora.
Pero también podría definirse a estos relatos como una oda a Tokio, la ciudad vivida, amada y transitada como un cuerpo otro: una literatura urbana que abreva en lo tradicional, en una ciudad donde confluyen la hipermodernidad y la productividad capitalista con su opuesto exacto, el ascetismo de la religiosidad budista.
Quizás estos relatos no tengan el brillo de los anteriores y se advierta poco trabajo con la materia del lenguaje. Ojalá sea nada más que un altibajo y no responda a las exigencias del tirano mercado literario capaz de transformar una estética que declara: “mi visión de la belleza se desarrollaba en un jardín en miniatura” en un producto “streaming”.

Publicado en diario Perfil, 17/12/2017

viernes, 1 de diciembre de 2017

Un vacío cargado de poesía

Vacío

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Catarina Sobral es una autora portuguesa de exquisitos libros infantiles que ella misma ilustra conjugando el imaginario infantil, dibujos bidimensionales pintados a lápiz y crayón con una estética retro y un dominio notable de las herramientas del diseño editorial. Sus historias dan mucha libertad interpretativa al lector, lo que da como resultado textos que también interpelan al adulto mediador de la lectura, sorprendiéndolo con finales abiertos y personajes poco convencionales, como en achimpa y Mi abuelo, sus libros anteriores, que fueron premiados en la Feria del Libro Infantil de Boloña y distinguidos en el catálogo White Ravens.
Con Vacío dio un paso más y concibió un relato sin texto y con un protagonista invisible al que ni los espejos ni las radiografías reflejan. Nada más alejado de la estética infantil -un universo chillón y multicolor- que el despojamiento, ni del interés del adulto a cargo de entretener al infante que la ausencia de relato o de personaje. Y es a partir de la pregunta sobre cómo representar el vacío o cómo hablar -sin palabras- de lo que no existe, que la autora cuenta la historia de este “hombre invisible”, ya no como personaje de terror sino como metáfora de la invisibilidad o del desfasaje que muchas personas viven en relación a su sociedad.

Pero nuestro hombrecito, a pesar de ser invisible para los demás, demuestra ser muy sensible al mundo que lo rodea: su cuerpo se llena flores, pájaros y colores a medida que recorre plazas y museos, hasta que un día, una distraída “mujer invisible” se cruza por su camino y atravesándose, descubren el amor. Un vacío lleno de esperanza y de sensibilidad y un libro que invita a colmarlo de lecturas posibles.

Publicado en diario Perfil, 5/11/2017

Entrevista a Almudena Grandes

Una grieta sin sutura

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De visita en Buenos Aires para presentar Los pacientes del doctor García, el cuarto título de una serie en la que se propuso abarcar los 25 años de la posguerra, Almudena Grandes conversó con Perfil en su estilo verborrágico y florido como el que despliega en su prosa, sobre el origen de esta serie de seis novelas, que resultó una obra monumental sobre la Guerra Civil Española.
“Hace quince años, cuando estaba escribiendo El corazón helado, tenía la sensación de que lo que sabía sobre la guerra civil era suficiente y que iba a leer unos libros para refrescar la memoria y entonces descubrí que lo que sabía de la historia de mi país era apenas nada y eso me inquietó mucho y entonces me puse a leer sin parar en un bucle en el que he estado por más de diez años y del que todavía no he salido. Y en ese proceso me encontré con una cantidad de historias que valía la pena contar, así que esta serie es la consecuencia de esas historias que me permitieron contar la historia de la posguerra en seis novelas.”
Y Los pacientes del doctor García es la historia de dos militantes republicanos infiltrados en una red de evasión de criminales de guerra nazis que operaba una mujer alemana, “y española” –aclara- “tiene lo peor de los dos”, Clara Stauffer, desde Madrid hacia Buenos Aires. ¿La Guerra Civil Española es una herida que no cierra?
“Las consecuencias todavía duelen y no están resueltas. Porque de lo que estamos hablando es de una fragilidad congénita de la democracia española, donde no ha habido ninguna política de la memoria. España es un país muy raro, es el único país de Europa que procede de una dictadura, que no empezó su andadura democrática con una declaración solemne de repulsa de la dictadura y esa consigna que en la transición pareció dar tan buen resultado de que hay que olvidar para progresar ha dejado muchas disfunciones sociales en mi país.”
- Tus personajes tienen ese doblez de los personajes dickensianos: malvados que resultan atractivos, muchas veces bellos, y héroes con rasgos negativos. ¿Qué te atrajo de los nazis que tomaste para tu novela?
“Clara es un personaje tan fascinante, porque, trabajando para la quintaesencia del mal, ella fue una mujer enormemente abnegada, que se entregó en cuerpo y alma a ayudar a los suyos, con los que tuvo una relación casi maternal. Me atrajo mucho porque no era la típica matrona malvada, ella se la jugó, asumió sus responsabilidades, aunque estaba razonablemente segura de que el estado franquista no la iba a entregar porque ella era el estado franquista y como tantos, murió en su cama, tranquilamente.”
- El rol de Perón en esa red clandestina de evasión -de hecho, creó un organismo estatal de recepción de los prófugos- es un aspecto de su primer gobierno que no fue destacado por la historiografía. ¿Cómo creés que será leído en Argentina?
“Cuando yo vine a principios de año a la feria del libro y conté de qué iba la novela, algunos lectores se me acercaron y me hicieron unas observaciones que a mí me parecieron de ciencia ficción: si no me daba miedo que la derecha tomara mi novela para atacar al peronismo y les he dicho que yo no le buscado, simplemente eso estaba ahí. Siempre he seguido esa máxima de Aristóteles que dice: “soy amigo de Platón pero más de la verdad” y en mi primera novela hice el ajuste de cuentas con mi propia tradición, el partido comunista y ahí describí los procesos estalinistas. Perón, en verdad, fue alguien que interpretó el espíritu de la guerra fría de una forma admirable. El comprendió muy bien que los nazis habían perdido la guerra pero que habían ganado la posguerra, que habían convencido a los aliados de que el enemigo era Stalin y él intuyó que a él no le iba a pasar nada si reclamaba técnicos y científicos para que vinieran aquí a trabajar.”
El reclamo independentista catalán, sostiene, uno más en la serie de equívocos históricos, tiene su origen en un nacionalismo conservador y clerical que surge en el siglo XIX y que se desarrolla en el siglo XX con otra presentación.
“En España hay un refrán que dice: “entre todos la mataron y ella sola se murió” y un poco es lo que está pasando ahora, una sociedad fracturada, con este final esperpéntico, con medio gobierno en la cárcel y el otro medio en Bélgica y todos diciendo que se van a presentar a elecciones. En el tema catalán me ha pasado algo que no me ha pasado nunca, que descubrí que no estaba de acuerdo con nadie y luego ha evolucionado a peor porque ahora lo que estoy es en contra de todos.”
- Viendo el mundo hacia dónde se dirige y después de tantas derrotas compartidas ¿no será hora de terminar con la esperanza?

“Soy una optimista congénita pero sí, en eso estoy de acuerdo. No podemos esperar nada bueno, pero es que todavía no hemos encontrado una fórmula nueva para luchar por lo que queremos. Porque estamos viviendo la resurrección de demonios que creíamos que habíamos enterrado y yo creo que frente a eso hay que replantearse la forma de responder y no me parecería mal acabar con la esperanza.”

Publicado en diario Perfil, 11/11/2017

martes, 24 de octubre de 2017

La exégeta de María Elena Walsh

Entrevista a Gabriela Massuh


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Promediaba la dictadura y con una penosa enfermedad recién diagnosticada, María Elena Walsh aceptó la propuesta de su amiga Gabriela Massuh de grabar una entrevista en la que revisar su carrera, como una forma de entregar, amorosamente, su legado.
¿Cómo fue que esta larga entrevista a María Elena Walsh se convirtió en una suerte de “Vidas paralelas”?
Tiene que ver con una recomendación de mi editora, Ana Laura Pérez, que me pidió no un libro de reportajes sino una descripción de la época en la que lo hacíamos. Y lo que quedó de esa recomendación es el acento que recorre toda la escritura: quién fue y qué significó María Elena Walsh en mi propia educación sentimental. Tuvo que pasar mucho tiempo para poner la entrevista en un contexto, que era también mi vida.
¿Cuánto de esta “amistad literaria” incidió en tu trabajo con la literatura?
Incidió sí en mi formación literaria, no en la producción de escritura. Yo empecé a escribir mucho tiempo después. Nuestras charlas se referían siempre a entusiasmos respecto de libros y música. María Elena leía casi todo lo que se publicaba y contaminaba al resto de su entorno con sus fervores. No digo que con ella aprendí a leer, sino algo mucho más sutil: entendí lo que era la formación del gusto como un desarrollo político y estético a la vez.
¿Cómo pensás que pudo sortear las restricciones sociales una mujer que de muy jovencita se destacó en el campo literario, vivió la bohemia parisina de los 50, sumado a su condición sexual y su adhesión al feminismo?
María Elena jamás se sintió restringida por condicionamientos sociales. Las restricciones venían de sentir que había agotado una etapa creativa. Toda su vida fue un intento sobrecogedor de escaparle a la presión de la poesía. Es por eso que, después de publicar su primer libro (Otoño imperdonable) y de ser aclamada por la élite intelectual del continente, sale corriendo a cantar con Leda Valladares al music-hall de París, de allí pasa a trabajar para chicos, hace teatro, televisión, es guionista y, una vez que siente que es maltratada por los ejecutivos, larga todo y se pone a cantar para grandes. Así, de esta manera, a la vez intuitiva y muy profesional, es que va manejando sus talentos y sus propios hartazgos.
¿Por qué creés que sigue provocando deslumbramiento la primera vez que se la escucha?
No lo sé. Pero creo que en sus canciones los chicos perciben, por un lado, el trazo de los ritmos populares. Y María Elena manejaba con igual destreza una chacarera o una rumba que una habanera o un vals. Por otro lado está la maestría en saber manejar letras de canciones, agregale a eso la alegría del juego con el lenguaje, la sorpresa de una rima insólita, el desparpajo del absurdo. Eso es talento y nos va a conmover hasta el fin de los días.
¿Qué hay de una futura “Fundación M. E. Walsh”?
Por ahí sé que andan en algo, pero me parece que hasta el momento no está estructurada. Y, la verdad, mi legado está en este libro, por eso lo escribí. De hecho, su gran amiga Carmen Córdoba me había apodado "la exégeta". Pero no soy una exégeta sino alguien agradecido (la gratitud es una forma de la felicidad) porque la vida me acercó a María Elena de la mejor forma posible: la amistad.

Publicado en diario Perfil, 21/10/2017