domingo, 21 de mayo de 2023

Entrevista a Fernando Martín Peña

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           Fernando Martín Peña pertenece a una rara especie que afortunadamente no está en extinción: la de los coleccionistas de películas en fílmico. Pero su pasión no se agota ahí. Con Octavio Fabiano, Fabio Manes y Christian Aguirre, un día decidieron unir sus colecciones particulares -nutridas en compras, donaciones y encuentros de material abandonado en contenedores cuando el soporte digital se impuso- para fundar la Filmoteca Buenos Aires, el lugar donde se dedica amorosamente a restaurar películas para después divulgarlas en todos los ciclos que programa.

            Gracias a una audaz iniciativa comercial de la editorial Blatt&Ríos, acaba de publicar Diario de la Filmoteca, un trabajo en el que detalla un año en la vida de esta institución, dedicándole cada día a una película, ilustrada con un fotograma y un texto donde sintetiza abundante información sobre el contexto de cada película y las condiciones de su producción, con esa mezcla de erudición, saber popular y comentarios irónicos (como la fórmula para determinar el “índice de fascismo” de una película norteamericana) pero sobre todo, mucha pasión.

            Consciente de que la calidad artística es una categoría entre otras, tanto como la de “cine de autor”, todo material fílmico (desde películas caseras hasta animaciones eróticas anónimas, documentales de propaganda durante la Guerra Fría hasta joyas inhallables) entra en su colección, en el que el cine argentino, ese género en sí mismo que años de colonización ideológica han descalificado, tiene un lugar preferencial.

            A propósito de la aparición de este verdadero acontecimiento editorial, La gaceta literaria conversó con él sobre esa “alegría sin fin” -el lema que lo acompaña desde siempre- que le provoca el cine desde que recibió de regalo, siendo muy chico, un proyector. 

 

- Me gustaría empezar por la foto de la contratapa, donde estás vos, trabajando concentrado, de cara a un hermoso vitral y rodeado de una cantidad enorme de rollos de películas como en una especie de templo pagano ¿El coleccionismo es un tipo de religión donde se puede encontrar, por ejemplo, a un comisario, a un solitario rodeado de gatos o a uno de los mayores coleccionistas de películas rusas del mundo?

Me he encontrado con toda clase de personas que juntan películas, a muchos no les encuentro explicación, pero recuerdo a un fanático de los westerns de clase B, su coleccionismo era un modo de replicar lo que lo había hecho feliz en su infancia, entonces, en un altillo de su casa reconstruyó un cine que había existido en Villa Urquiza que se llamaba “el tachito”, e invitaba a los vecinos y les pasaba las películas que él había visto de chico, en los años 20. Era gente que tenía una relación indirecta con el cine porque lo que los movilizaba a ellos era una necesidad personal, no todos compartían lo que tenían. Pero el coleccionismo no es un oficio. Nos transformamos accidentalmente en coleccionistas los que, como yo, queríamos ver películas que estudiábamos en los libros de historia del cine, pero a las que jamás accedíamos porque ni en VHS existían. Después se difundió este formato, pero la calidad no nos gustaba, eran películas que no se podían proyectar, las veías en el televisor. A nosotros nos gustaba la pantalla grande y sobre todo nos gustaba pasar las películas con gente, la cosa cinecluística. Yo me formé con Salvador Sammaritano en el Cineclub Núcleo, con Octavio Fabiano con el Club del Cine, lugares que le daban un sentido a juntar películas y el sentido era compartirlas con los demás. Entonces, yo no me defino como coleccionista, soy coleccionista por necesidad, pero sí me defino como archivista, eso sí es un oficio. El coleccionismo es más amateur y está ligado a una forma de la pasión, no sé si muy sana, incluso.

- El trabajo diario de la Filmoteca parece no terminar nunca: además de clasificar los rollos, ordenarlos, restaurarlos, airearlos, poner en cuarentena los que están enfermos, una vez que se termina se vuelve a empezar y así, hasta la eternidad. ¿Vos vendrías a ser una especie de Sísifo pero feliz?

Es un loop sí, que me convierte en un Sísifo, pero muy feliz.

- Una forma de leer este libro es abrirlo en cualquier parte porque no sigue un recorrido cronológico y consultarlo como el I Ching, por ejemplo. Además de ser más grande que la vida ¿el cine es nuestro manual de comportamiento, nuestro espejo deformado, para vos qué es el cine?

Me parece que es más un espejo deformante, porque si lo vas a ver como un manual de comportamiento para tu vida, lo más seguro es que hagas macanas. Me parece que el efecto más sanador es el de sacarte de la realidad, lo que te sirve para la vida del cine es que tiene un efecto catártico, las cosas que no vas a experimentar en la vida real, podés acercarte a ellas a través del cine y muchas veces, es terapéutico, hay películas que te levantan el ánimo automáticamente. Pero para mí, fue y es un modo de descubrir el mundo, una especie de enciclopedia “Lo sé todo”. Yo el otro día estaba viendo Los amantes, cuya música es de Brahms y a partir de ahí lo empecé a escuchar más. Me sirve para meterme en otros lugares donde nunca había ido. Así conocí a Shakespeare, siempre fue un motivo de descubrimiento. Ver una película me lleva a investigar al director, la historia alrededor de la filmación, qué lugar ocupa en la obra de la gente que la hizo, me sigue generando, por suerte, mucha curiosidad, y además me divierte. Ahora existe Internet, pero hay mucha basura, yo sigo consultando mis revistas de cine, contrasto la información, como se hacía el periodismo antes. Para mí es un modo de aprendizaje de otras artes y del mundo, muy eficaz.

- ¿Cuáles son las diferencias entre el soporte fílmico y el digital?

Para el espectador, la textura de la imagen fotográfica es totalmente distinta, la luz se refleja de otra manera, entonces los colores, también. Además, las copias digitales que se han hecho del cine del pasado, no sólo tienden a no respetar la paleta de colores con la que fueron filmados, sino que se las limpia de imperfecciones como si fueran defectos. Hay imperfecciones que tienen que ver con la mecánica, hay un pequeño movimiento porque son piezas mecánicas, la película es un objeto, hay una vibración que además tiene que ver con el obturador, entonces eso, al no estar en el digital, resulta perturbador, le falta algo, yo veo una imagen muerta, mucho más brillante pero muerta. Lo que yo creo es que hay que ver las dos cosas para poder comparar. Las últimas dos o tres generaciones no han tenido la experiencia de ver cine en fílmico entonces no tienen forma de saber cómo era. Yo doy clases en la UBA, en la Universidad de La Plata y en la ENERC, por lo que estoy en contacto con gente muy joven y cuando paso películas en fílmico, entienden que es algo totalmente distinto, porque su información visual es siempre digital, pero ven esto y les encanta. Pienso que hay que mantenerlo vivo y quedarse con lo mejor de los dos mundos, que tiene que haber espacios donde poder ver las películas en su imagen fotográfica original, no tengo dudas.

- Hoy la Filmoteca tiene cerca de 7.500 películas. ¿Es una de las más nutridas del mundo?

De la Argentina, sí. Y respecto de otros países, es una colección importante.

- En cuanto al tema de la tan vapuleada Ley de Creación de la Cinemateca, que entiendo que está reglamentada, pero por algún misterio no funciona. ¿En qué consiste, qué permitiría, es una buena ley o se la puede mejorar?

Era una buena ley, han pasado 24 años, ya no sé si lo es. Era una buena ley porque fue pensada (yo formé del equipo que la redactó. Pino Solanas fue el “alma pater” de todo esto) y la idea era basarse en las experiencias de las instituciones que no habían funcionado para que la nueva tuviese todo lo que no habían tenido las anteriores. Sobre todo, tenía un presupuesto importantísimo y una serie de cuestiones como la libertad para restaurar películas aunque no se localizara al dueño de los derechos, cosa que pasa muchas veces. Entonces, se declaraba el estado de emergencia del patrimonio, de manera que si vos te encontrabas con un material en un tacho de basura pudieras levantarlo, copiarlo y preservarlo, eso se le permitía a la nueva Cinemateca. Lo importante era tener los recursos suficientes para proteger el material, para la búsqueda y repatriación del material que hay afuera. Hay un montón de cosas para hacer porque nunca se hizo nada. Es un tema del cual no quiero seguir hablando, yo decidí dedicar mi energía en hacer todo esto por mi lado, quejarme en cada ocasión que tengo, pero no quedarme enganchado en la frustración por no haber logrado que la ley funcione, lo hago yo en la escala que puedo y en ese sentido, estoy muy satisfecho.

- El día que la Cinemateca sea una realidad ¿qué función pasaría a cumplir un lugar como la Filmoteca Buenos Aires?

No tendría razón de ser. Siempre pensamos que todo el material que nosotros juntamos, sobre todo el argentino, tendría que sumarse algún día al acervo de la Cinemateca Nacional, una institución que existe en cualquier país civilizado,  que cree en la importancia de preservar su memoria audiovisual.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 21/5/23

Mundos compartidos


Benjamin Lacombe (1982), uno de los más importantes ilustradores europeos del momento, y el escritor Sébastien Perez (1975) son dos autores franceses de libros ilustrados que han venido a la Feria del Libro de Buenos Aires, donde se encontraron con un nutrido público de fans deleitado con los dibujos que Lacombe les hace a modo de dedicatoria. Unas ilustraciones caracterizadas por una enorme carga emocional y cierto aire melancólico, que no son sólo un apoyo visual para el texto, sino que se convierten en el centro de atención.


Ambos comparten la elaboración de muchos trabajos -Genealogía de una bruja, El herbario de las hadas, Frida, El mago de Oz son algunos- publicados por la editorial Edelvives, la misma que editó Las hadas y Las brujas, títulos que forman parte de la “Enciclopedia de seres mágicos” que Lacombe dirige y que vinieron a presentar, junto con una nueva traducción del original danés de La Sirenita de Hans Christian Andersen. 


Esta versión “lacombiana” incluye un aparato crítico con dos prólogos, varias cartas inéditas del autor y un epílogo, donde se plantea una reivindicación del homoerotismo de Andersen, en contra de la invisibilización que la historia literaria oficial hizo de este dato de su biografía.

“Libros del pasaje” fue el lugar elegido para la entrevista a los autores de estas obras que proponen una mirada ampliada a otras tradiciones y que parecen estar dirigidas a los responsables de la transmisión ideológica a las nuevas generaciones.


¿Para ustedes, a quién está dirigido este género dentro del género infantil que son los libros ilustrados?


Sébastien Perez – Creo que están dirigidos a todos. Cuando uno escribe, tal vez lo que propone son distintos niveles de lectura, pero sus mensajes afectan a todas las generaciones. El libro de las hadas, lo que trata es de la relación de los seres humanos con la naturaleza, de las consecuencias climáticas que hoy estamos viviendo y que habría que poner en conocimiento de los niños, aunque muchos adultos todavía necesitan aprender sobre estos temas.


Bejamin Lacombe – Esta nueva colección se inserta en una continuidad con la colección sobre los cuentos clásicos de Víctor Hugo, Poe o Carroll que hice, porque en realidad, estos personajes pueblan todos los cuentos tradicionales. Lo que quisimos hacer con esta enciclopedia es salir de una visión etnocéntrica y tratar de ofrecer un panorama más global porque estos seres fueron creados por la humanidad para enfrentar distintos problemas. En definitiva, terminan siendo como esos espejos deformantes donde poder encontrarnos y por esa misma razón atraviesan épocas y fronteras.


¿Qué significan los cuentos de hadas, para ustedes, como adultos y como autores, hoy?


BL – Uno siempre tiene la idea de que un cuento de hadas es algo naïf pero, aunque tienen elementos sobrenaturales, son historias que conllevan una reflexión y que muchas veces fueron elaboradas de una manera dogmática como fue el caso de los hermanos Grimm, con su visión patriarcal y eclesiástica. Lo importante en estos cuentos es tratar de comprenderlos, sobre todo cuando hay un autor que dice cosas de sí mismo, de su tiempo.


En Las brujas, la protagonista, Lana, es una nena solitaria, que juega encerrada en su habitación y que, como el héroe de los relatos tradicionales, tiene una marca en la cara, que es la marca de su distinción. ¿El juego infantil sería como un acto de hechicería, un “abracadabra”, en el sentido de esa capacidad de hacer aparecer un mundo?


BL- Por supuesto, la imaginación es el terreno de los niños, es en esta imaginación sin límites donde estos seres cobran verdadera vida, pero la verdad es que forman un universo muy complejo, porque siempre detrás de las leyendas hay razones. Los Yokais, por ejemplo, esos espíritus del Japón que se pueden enojar si hay una vulneración de la naturaleza, funcionan un poco como alarmas. O estos seres que aparecieron en la Edad Media europea, tan chiquitos que no se ven, pero que tienen la capacidad de entrar en tu cuerpo y matarte, es lo que hoy llamamos microbios. Lo mismo se puede decir sobre los cuentos de Poe. Hace un tiempo, escuché en la radio que se descubrió que el maullido de los gatos tiene la misma frecuencia que el llanto de los bebés. Poe escribe “El gato negro” y en ese cuento él asimila el llanto de un gato al de un bebé, en una época en que no había ningún estudio sobre esto. La literatura trabaja con intuiciones que también responden a una gran capacidad de observación o quizás se deba a su capacidad anticipatoria.


¿Cómo fue el proceso de investigación para la escritura de Las hadas?


SP – Primero partí de un catálogo propio que tenía sobre las hadas, luego lo organicé por temas (las hadas peligrosas, las benéficas, las que alertan, las que confunde, etc.) y a partir de ahí, el propósito fue no tener una visión eurocéntrica y decidí abrirlo a otras tradiciones.


Esta edición de La sirenita, además de sus bellísimas ilustraciones casi cinematográficas y de ser traducida del danés original, con una Sirenita bastante andrógina que la aleja de la imagen de princesa de Disney, plantea una lectura en clave queer. ¿Considerás que esta sería la lectura legítima de la novela de Andersen?


BL – ¡Oh, no lo creo! En todo caso, es mi lectura, pero es una lectura que se sostiene en una cantidad de elementos que para mí fueron una sorpresa. Yo sabía que había toda una leyenda alrededor de esas cartas pero hubo que ubicarlas, traducirlas y una vez que aparecieron ya no podíamos hacernos más los tontos, a partir de ahí, la lectura se dirigió hacia ese lugar. Hay muchas otras lecturas de La Sirenita, está la versión de Disney que es hermosa, está la versión de Edmund Dulac, de principios del siglo XX, que cito en mi trabajo. La mía es una lectura sincera, es lo que yo sentí frente a esta historia y lo que sí me enorgullece es haber editado las cartas y haberle dado una voz a Andersen, que pudiera expresar lo que en su época no pudo.


- Los cuentos de hadas, con ese potencial de hacer emerger los deseos más profundos y reprimidos, para el estado actual de la lectura ¿son subversivos? Pensaba en la censura a los relatos de Roald Dahl.


BL – Hay una evolución que nos interroga. Por ejemplo, que Disney haga una Sirenita negra me parece interesante, que mi Sirenita sea fluida, indefinida, que exista una cultura que cambia y que esto se le transmita a los niños, muy bien. Lo que es un no total es a la reescritura de los autores ya muertos. Se pueden recontextualizar las obras, de hecho, puede ser un enorme aprendizaje para el público infantil, pero maquillar, sólo para que encaje en lo que queremos que suceda hoy. 

En el fondo, estos personajes son subversivos porque son anti-sistema. Las hadas, las brujas son seres libres, autónomos y estamos en un momento en que se nos quitan cada vez más libertades, hay palabras que nos están vedadas. En Rusia no se puede decir “guerra”, en China hoy no se puede decir “dictadura”, por ejemplo. Por mi parte, en los próximos contratos, decidí poner una cláusula que prohíba que se reescriban mis textos cuando yo ya no esté.



En esta nueva enciclopedia progresista de seres mágicos, las hadas son seres protectores de la ecología, las brujas, mujeres empoderadas, víctimas de la intolerancia y la Sirenita, un personaje trans. Quizás, en el camino de las buenas intenciones, sus autores pierdan un poco de vista la función que estos personajes tenían en los relatos infantiles, la de elaborar los miedos ancestrales y la relación que estos relatos tenían con los mitos, que convierte a los cuentos de hadas en un mapa de nuestro inconsciente, donde las sirenas serán el símbolo de la fascinación mortífera del deseo y las brujas y ogros, los encargados de enfrentar simbólicamente a sus pequeños lectores con las batallas que deben librar para alcanzar la madurez.

Pero nadie escapa a la época que le tocó vivir y en el primer mundo, la industria editorial, como la del entretenimiento, le impide a sus autores contar historias propias de otra cultura, negra o indígena (y hasta de traducirlas) si no son ellos mismos negros o indígenas, y esto, según Lacombe, “es la negación del proceso creativo. La literatura es la capacidad de ponerse en el lugar del otro” afirma, mientras encuentra una salida elegante frente a la pregunta de si conoce a sus pares de la Argentina. “Cuando me gusta un autor, no miro su pasaporte, sólo me importa su trabajo.” 



Manuel Rud y Lulu Kirschenbaum son los responsables de la editorial Limonero y acaban de recibir el premio a los editores del año en la FILBA, el segundo que reciben en un año, ya que, uno de sus títulos, Todo lo que pasó antes de que llegaras, de Yael Frankel, obtuvo a comienzos de este mismo año el premio al mejor libro de ficción en la Feria del Libro de Bologna, que ya los había elegido en 2019 como mejor editorial infantil de América Latina. 

Muy contento por el galardón, Rud entiende que los premios sirven para visibilizar su catálogo y a su autores y, como consecuencia, colaboran también con la difusión del género infantil en general, un rubro relativamente pujante en el contexto de una industria que está a todas luces en crisis. 

Los libros-álbum, con un nivel de elaboración cada vez mayor, a pesar de que son caros, tienen mucha salida en el mercado lo que, según su opinión, se debe a que, en un momento de imperio de las pantallas, el álbum se ha transformado en un espacio de resistencia del libro-objeto: obras que convocan a una experiencia de “lectura lenta” y que parece difícil de reemplazar por una aplicación o un dispositivo. Supone que los progenitores ven en este tipo de libros una herramienta para sacar a los chicos de las pantallas, cosa que ha marcado muy fuerte la pandemia, cuando aparecieron nuevas editoriales, librerías virtuales y clubes de lectura. 

Encuentra en los últimos años una flexibilidad mayor en las escuelas para incorporar textos no instrumentales, más dirigidos al goce lector y en cuanto a quién llegan, finalmente, estos libros, reivindica una de las premisas fundantes de la editorial: hacer libros elegidos con cuidado, de gran calidad literaria y gráfica, que no resulten ni exclusivos ni excluyentes. Que así sea.


Publicado en diario Perfil, 21/5/23

 





 

martes, 16 de mayo de 2023

Cartografías imaginarias

Cartografías imaginarias





En este bellísimo trabajo (con una muy cuidada edición a tono con la calidad de los incunables) el autor, reconocido historiador del libro y la lectura, se propuso elaborar una genealogía histórica de la presencia de mapas en los relatos ficcionales europeos del Renacimiento. 

Novelas, sátiras, utopías, distopías y relatos místicos tuvieron en sus frontispicios mapas que acompañaron unos relatos que, a pesar de su carácter ficcional, se pensaron según el modelo tan exitoso entre los lectores de la época, de los diarios de viaje, lo que acentuaba en ellos la ilusión de realidad.

Desde el Quijote, cuyos itinerarios por España invitan a los lectores a convertirse en compañeros de viaje de los protagonistas; los viajes de Gulliver, con nombres de tierras imaginarias junto a lugares reales; la isla de Robinson Crusoe, con sus mapas narrativos; la sátira política inglesa Mundus Alter et Idem en la que se basó Jonathan Swift para los Viajes de Gulliver; la representación de ese no-lugar que es la Utopía de Tomás Moro; los viajes sentimentales del preciosismo francés con los caminos para alcanzar el amor y los viajes espirituales de Juan de la Cruz, con los que se debían seguir para alcanzar a Dios hasta las aventuras de Orlando furioso, las obras de este período se hicieron eco del interés provocado por los viajes de descubrimiento, que despertaron, para siempre, la conciencia de la globalidad.


Publicado en El Dipló, marzo 2023


domingo, 12 de febrero de 2023

Una temporada en el infierno

S-3. Una memoria


            Comenzar una carrera literaria con un libro autobiográfico sobre la propia estadía en un neuropsiquiátrico después de un intento de suicidio, seguramente sea la forma más descarnada y expuesta de salir al ruedo literario.

            Pero hacerlo y además, escribir uno de los mejores libros que se hayan publicado sobre la locura (ese campo minado en el que locos y cuerdos, pacientes y médicos se reparten los roles necesarios para poner a funcionar el dispositivo psiquiátrico) es casi un milagro literario. Y la escritora norteamericana Bette Howland lo llevó a cabo. Con la lucidez propia de quien la ha perdido, narra ese punto ciego donde el sufrimiento no encuentra salida en un mundo que se ha vuelto inhabitable. Con una adjetivación que crece y se multiplica, intenta rodear ese pozo ciego que es el suicidio, cuando el yo, agotado, queda fuera de servicio y descubre el hilo que atraviesa a la mayoría de los personajes en el peso del ocultamiento en el relato familiar. “Quería abandonar esta historia personal, sacármela de encima como una tapa de alcantarilla.”

            Por su novela desfilan criaturas alienadas que ella transforma en personajes plenos, de varias capas y sin subrayados, frente a los psiquiatras, unidimensionales y burocratizados, con la mirada lúcida de quien sabe de qué está hablando y que, como Orfeo, volvió del infierno para contarlo.

            Lejos de los relatos gore de los pabellones psiquiátricos que el cine nos ha provisto, Howland describe, desde sus primeros registros de conciencia en la sala de emergencias hasta esa vida entre paréntesis que es una “estadía en un loquero”, y lo narra desde un plural en el que se desdibuja hasta la convertirse en omnisciente.

            Capta, en la vitalidad de los detalles y con mucha empatía, todo lo que de espectáculo circense tiene una sala psiquiátrica. Las hilachas, el maquillaje corrido, el pelo chamuscado por la plancha, las pelucas torcidas, las caras transformadas en máscaras producto de la medicación, todas formas de lo descentrado, de un estar fuera de lugar que es la experiencia de la alienación.

            Descubre en las voces como graznidos o en los susurros casi inaudibles de los internados, “las voces venidas de la tumba” y en la preocupación de todos por la falta de ropa, a aquello que une el alma con el cuerpo y que con tanto fervor todos se empeñan en restaurar.

            Howland ha escrito uno de esos libros que no dan ganas de que terminen. La editorial promete seguir publicándola. Que así sea.

Publicado en La gaceta Literaria, 12/2/2023

Las mujeres de los otros

Las mujeres de los otros

 

            Quizá la tan remanida frase escuchada durante los años de la dictadura militar, la importancia de defender “los valores occidentales y cristianos”, cobre su real dimensión a la luz de la perspectiva histórica.

En efecto, fueron estos valores, moldeados en la fragua de diez siglos de dominio del cristianismo, los que los viajeros de Europa Occidental llevaron en sus alforjas, con los que percibieron, juzgaron y comprendieron a los muy diversos pueblos que encontraron más allá del Mar Caspio. Un espacio que los maravilló tanto como los repelió, del que tuvimos noticias por los relatos de su viajero más famoso, Marco Polo, aunque no fue el único. Los siglos XIII a XV fueron los de los viajes de exploración en los que se embarcaron peregrinos, mercaderes, guerreros, embajadores, misioneros, cuyos relatos estaban destinados a un público noble, religioso y, por supuesto, masculino.

Y este trabajo se enfoca en las mujeres con las que se encontraron, cuya doble otredad las convirtió en un objeto privilegiado para poner a prueba su andamiaje ideológico, sustentado en la figura de la Virgen María, modelo de virtud, recato y sumisión, que los numerosos manuales de comportamiento que existían para encuadrar a aquellas que consideraban particularmente propensas al pecado, se proponía difundir. La mirada de estos viajeros no hizo más que confirmar la superioridad moral de su propia cultura.

Publicado en El Diplo, enero de 2023

domingo, 29 de enero de 2023

Entrevista a editores de Hiperbórea, Guillermo Piro y Diego Zappa

 

Una nueva editorial acaba de asomar en el siempre vital campo editorial argentino: Hiperbórea, de la mano de dos amigos ligados desde hace muchos años al mundo del libro, la edición y la traducción: Diego Zappa y Guillermo Piro.

Con un nombre elegido, no según la definición del diccionario, sino por sus resonancias literarias, fue la primera novela de Héctor Libertella, El camino de los hiperbóreos, la que los llevó a elegirlo.

Como tantos proyectos cocinados cuando todavía el mundo no conocía la pandemia, recién pudo ser llevado a cabo a fines del año 2022, con la publicación de un diálogo con Dios soñado por Giacomo Casanova, Sueño de un cuarto de hora.

Ambos editores conversaron con Tiempo argentino de este nuevo proyecto editorial, con el que se proponen ofrecer un catálogo de autores excéntricos respecto del canon.

¿Cuándo y cómo surgió la idea de armar una editorial?

D. Z.: Antes de la pandemia, hace tres años aproximadamente y comenzó con un twit que yo había disparado. Estaba leyendo una columna de Quintín que hablaba de un libro descatalogado y puse en Twitter: “si tuviera una editorial, lo publicaría”, ahí Guillermo me mandó un mensaje diciéndome que hacía mucho que quería armar una editorial y así empezó todo.

¿En qué consiste el proyecto? ¿A qué está vinculado?

D. Z.: De mi parte, a gustos particulares que comparto con Guillermo.

G. P.: En mi caso, además del gusto personal, es una extensión de la traducción, en el sentido en que lo que más me atrae de traducir es compartir libros que no circulan o que no están traducidos y deberían.

¿Van a publicar solo traducciones?

G.P.: Por ahora, sí. Empezamos por un Casanova traducido por mí del francés, no del italiano (Casanova, como homme de lettres de su época, escribía en francés). Pero la línea editorial va a ser sustancialmente heterogénea.

D.Z.: En principio van a ser traducciones de libros que no circularon nunca o que hace mucho tiempo que no circulan, pero básicamente van a ser libros que nos gusten a los dos, que podrá ser ficción o no. De hecho, este Casanova no es exactamente un libro de ficción, es un libro de filosofía, pero lo próximo que vamos a sacar son dos novelas.

¿Qué editores son sus referentes a la hora de pensar un proyecto editorial?

D.Z: Yo, personalmente, no tengo un modelo de editor que me gustaría seguir.

G.P.: La editorial Adelphi o Roberto Calasso, porque como editor, hizo lo contrario de lo que hizo Herralde en Anagrama, es decir, puso en circulación libros en traducciones increíbles, y es eso lo que me gusta de tener una editorial, el hecho de poner a circular libros y pensadores extraños. 

¿Qué pasa en este país que, con la situación económica agobiante que vivimos hace décadas y la alta concentración de la industria, proliferan pequeñas editoriales todo el tiempo?

G.P.: Porque editar es (siempre fue) un acto heroico y los argentinos amamos ser héroes.

D.Z.: A mí me parece que, además del costado casi heroico que tiene el oficio de editar en nuestro país, en Argentina se sostiene, a pesar de todo, una tradición fuertemente lectora y eso lleva a que haya una demanda de libros y de gente que se dedique a publicarlos. En nuestro caso, no sé si es una cuestión de heroísmo, pero sí es una jugada importante empezar una editorial prácticamente de la nada.

¿Por qué si los libros digitales son más baratos y adecuados al entorno digital en el que vivimos no le ganan la pulseada al libro en papel?

G.P.: Porque el libro en papel no es perfectible, no se puede modificar porque es absolutamente perfecto, como la cuchara o el tenedor. Es imposible que alguien haga algo mejor. Es absurdo imaginar que un libro pueda desaparecer, porque el formato alcanzó un estado de perfección. Los libros digitales creo que, en general, son usados para libros de consulta o para burlar a los sellos editoriales con libros imposibles de pagar por su precio prohibitivo. No sé si recuerdan un video que circuló en internet hace unos años de un chico que presentaba un libro en papel como si fuera una novedad y marcaba todas las ventajas que tenía como si fueran grandes avances. Eso es un libro en papel, algo absolutamente novedoso y perfecto a la vez. 

¿El libro físico no genera, además, una relación diferente con el cuerpo?

G.P. En mí eso no pesa demasiado, porque yo leo en la cama, así que no cambia si es un libro en papel o digital. No es una cuestión de lealtad o fetichismo, simplemente que es un objeto perfecto, eso de pasar páginas unidas por un lomo, poder tomar notas. El que se le ocurrió eso tiene que haber sido muy inteligente. Poder ampliar la tipografía o escuchar un audiolibro, por otro lado, son otros modos de lectura muy interesantes pero orientadas, creo yo, más al consumo de información.

La diferencia entre ambos formatos es abismal: me interesa el libro digital solo para un consumo práctico, cuando tengo que consultar un libro que está publicado en otro país, por ejemplo. Nunca me interesó (y creo que a Diego tampoco) publicar libros digitales porque quienes los editan tienen una intención comunicativa de la que yo carezco. Yo lo que quiero es traer un libro más al mundo.

D.Z.: Acuerdo totalmente con este punto de vista y agregaría algo que me llama mucho la atención, lo que ocurre, por ejemplo, en el ámbito de la música. Los jóvenes, que jamás escucharían música en un vinilo o en un CD, que es como yo la escucho, sin embargo, a la hora de leer, eligen libros en papel. Es algo bastante misterioso para mí y creo que tiene que ver con el ritual de la lectura, por lo menos, yo tengo rituales a la hora de leer.

¿Qué es una editorial independiente?

G.P. Es un término utópico, porque si lo pensamos detenidamente, nadie, en el campo editorial, es independiente (ni en ningún otro campo). De lo que se está hablando es de cierto rasgo que comparten las editoriales pequeñas y es que, al no tener un plan prefijado a dos años, por ejemplo, tienen una autonomía en cuanto a la toma de decisiones que las grandes editoriales no tienen.

¿De qué trata Sueño de un cuarto de hora, el primer título de Hiperbórea?

D.Z.: Es un libro que estaba inédito y que Guillermo ya tenía traducido. Cuando me lo pasó me gustó mucho y además, por una cuestión de practicidad, nos vino muy bien para arrancar la editorial, nos ahorró el pago de los derechos de traducción.

Es uno de los libros de filosofía que escribió Giacomo Casanova en la última etapa de su vida. 

Bueno, es un diálogo imaginario con Dios que, si bien muestra las largas lecturas de Casanova sobre teología, tiene características ficcionales.

G.P.: Creo que no es un libro de ficción, porque, a fines del siglo XVIII, las fronteras entre la filosofía y la literatura estaban menos demarcadas que hoy. Se conocía el Quijote, sí, pero no se sabía muy bien qué era la novela. Por ejemplo, en su novela Icosamerón, en determinado momento, Casanova introduce dos ensayos filosóficos, algo que estaba permitido porque era un género inestable todavía. Hoy, cuando editan esta novela, esos ensayos filosóficos los sacan y entiendo que lo hagan porque es anacrónico, pero en ese momento, la novela era una especie de cofre en el que se podía meter cualquier cosa. En ese contexto, Casanova escribe. Y en Sueño de un cuarto de hora él se dedica a escribir sus reflexiones teológicas y al mismo tiempo imagina un sueño en el que dialoga con Dios. Pensado desde el concepto de ficción actual, es claramente un ensayo filosófico disfrazado de ficción, lo que lo hace más ameno, divulgativo diría. De hecho, está escrito en una época en la que él lo único que quiere es ser respetado y considerado un escritor.

Hay otro libro de él que me gustaría sacar que se llama Conversaciones entre un filósofo y un teólogo donde él asume el papel del filósofo, está a punto de morir, ficcionalmente, y aparece un teólogo tratando de convertirlo, a último momento, para entrar al paraíso, y él se niega y discute con el teólogo. Y no es que no crea en Dios, sino que lo que hace es demostrar todas las contradicciones que para él tiene el libro sagrado. Siente un desprecio marcado por la Iglesia pero, indudablemente, es un creyente.

¿Con qué títulos piensan continuar?

G.P.: Hay uno del que estoy obsesionado yo y otro del que está obsesionado Diego.

Mi obsesión es una autora alemana que nació en la República Democrática, la Alemania comunista, que se llama Gisela Elsner, que es increíble. Un poco encarna ese personaje de la mamá de Adiós, Lenin. El muro cayó al final del 89 y ella se suicidó en el 92, no soportó vivir sin comunismo. En el año 64 ganó el premio Formentor con su primera novela Los enanos gigantes, así que entró a la literatura por la puerta grande. Esta es una novela absolutamente desopilante, de un grotesco muy poco alemán, además. Tiene otros libros traducidos, inhallables y otros más que habría que traducir. Los enanos gigantes es el próximo libro que vamos a sacar. Del otro, te habla Diego.

D.Z.: El siguiente es de un escritor norteamericano, John Hawkes, que está enrolado en lo que se llamó el posmodernismo, pero este autor es distinto. El decía que no le importaban ni los personajes, ni la historia, ni la trama, que eso había arruinado la literatura. Vos entrás en los libros de él y, más allá de que lo leas traducido, entrás en una lengua y eso a mí me fascina de sus libros. Yo creo que leo eso en un libro más que lo que me pueda contar. El libro que vamos a sacar se llama Segunda piel y lo tradujo, en la década del 70, Alberto Manguel, que tuvo la amabilidad de cedernos la traducción, así que va a ser el segundo libro que saquemos este año.

G.P.: Tenemos muchas ideas de qué es lo que nos gustaría sacar, estamos todo el tiempo pensando en libros, pero en concreto, este año empezamos con estos dos.

¿Por qué es necesario que exista Hiperbórea?

D.Z.: Porque vamos a sacar muy buenos libros. No sé si será una necesidad seguir trayendo libros al mundo, pero para mí es una felicidad. Me pone muy contento haber plasmado este proyecto.

G.P.: Sí, que vamos a hacer buenos libros, es indudable.

 

Sueño de un cuarto de hora

Giacomo Casanova

Un diálogo con Dios durante un largo sueño de un cuarto de hora que el libertino más famoso mantuvo en los finales de su vida es el texto con el que los responsables de la novísima editorial Hiperbórea eligieron para inaugurar su catálogo, traducido por primera vez a nuestro idioma por uno de sus editores, Guillermo Piro. Y uno de los textos filosóficos que este personaje dieciochesco y aventurero escribió al amparo del conde de Waldstein, en cuya biblioteca se refugió los últimos trece años de su vida, cuando la justicia de varios países lo perseguía por estafador.

En esos años, quien finalmente pasó a la historia por su afición a las mujeres (aunque su nombre no se convirtió en sinónimo de seductor serial como ocurrió con Don Juan, una diferencia que, en el prólogo, se señala muy bien) produjo una cantidad importante de manuscritos de variados géneros y de los temas más diversos: una única novela, Icosamerón, las Memorias (el primer libro de su autoría publicado pocos años después de su muerte y el más conocido), textos sobre filosofía, teología, ciencias físicas, matemáticas, arte, viajes y aventuras que terminaron catalogándose un siglo más tarde.

Un corpus de varios miles de folios que demuestran que no solo de carne se nutrió la vida de Casanova. Las cosas del espíritu, como buen aristócrata refinado, lo convocaron especialmente y la lista de autores clásicos entre sus lecturas sorprende a quienes fuimos educados en el mito del decadentista disoluto.

Y este diálogo con Dios, escrito durante los años de la revolución que inauguró la Modernidad, ese “ácido que disuelve a los dioses”, quizás sea, entre otras cosas, además de una muestra de su concepción materialista de la religión, la de su rechazo por las ideas que enarboló la Ilustración, de las que se mantuvo al margen.

Pero también puede ser leído como el intento desesperado por reconciliarse con un dios al que, más de diez siglos de dominio del cristianismo habían impuesto -a sangre y fuego- el tributo a la virtud, la contemplación, el ascetismo y el predominio del espíritu sobre la carne, un terreno que el autor de estos diálogos había frecuentado bastante poco durante los años de su juventud.    

Podríamos preguntarnos qué interés puede despertar un personaje como Giacomo Casanova en tiempos de heroínas empoderadas. Quizás editar (y leer) contra el “espíritu de época” sea la mejor respuesta y una de las más interesantes apuestas literarias.

Publicado en Tiempo argentino, 29/1/2023

           

El cuidado de sí, de los griegos a las redes sociales

Filosofía del cuidado



        Cada vez más y con mayor insistencia, se nos conmina desde los medios, la publicidad y las redes (los canales por donde la doxa hacer circular todos los discursos sociales) a cuidar nuestro cuerpo como el último de los bastiones de la trascendencia que, como todo mandato social, tiene causas y consecuencias concretas.

Pero esto es algo más que una exigencia actual. Si bien el cuidado de las vidas humanas es lo que define a las sociedades contemporáneas, para las cuales, la medicina ha pasado a ocupar el lugar de la religión, y el bienestar físico reemplazó a la salvación de las almas (y el hospital, a la Iglesia), es uno de los nudos centrales de la filosofía occidental. Y su autor, reconocido en nuestro país por sus trabajos orientados al arte contemporáneo, fruto de sus reflexiones sobre la modernidad, la posmodernidad y la subjetividad, recorre las diferentes escuelas filosóficas que se ocuparon del vínculo entre el cuidado y el cuidado de sí (cuando el yo se convierte en un objeto de cuidado) para entender la genealogía de esta relación. 

Encuentra ya en el método socrático, la mayéutica, una analogía entre cuerpo y cuidado, al considerar al filósofo la partera de la verdad y nos recuerda que, frente a la centralidad del cuidado y el control de las almas durante los siglos de dominio del cristianismo, fue la Revolución Francesa como culminación de la historia, según Hegel, la que destronó el temor a Dios y lo reemplazó por el temor a la muerte.

Del Estado de Terror, dice Foucault, se pasó a un Estado Pastoral, legitimador del statu quo, que propende a la autoconservación y cuyo objetivo será el cuidado de la salud de la población. Y aquí es donde nace el Estado biopolítico, aquel que, paradójicamente, nos enferma para cuidarnos con el único objeto de que podamos seguir trabajando.

Una de las consecuencias del paso del cuidado al cuidado de sí,según Groys, es la aparición del ser creativo que exigía presentarse a sí mismo como excepción, de lo cual el arte de vanguardia hizo su estandarte, mientras que el mundo digital nos exige presentarnos a nosotros mismos como si fuéramos otra persona, otro de los modos posibles de la autoprotección.

En la Antigüedad clásica, el cuidado era considerado trabajo de esclavos. Hoy, que es ejercido mayoritariamente por mujeres, todavía no es remunerado. Otra de las caras de un mundo despojado del ser que Heidegger anticipó y que hoy se expresa dramáticamente en los millones de migrantes que hay perdido el suyo.


Publicado en La gaceta literaria, 21/12/2022