domingo, 25 de julio de 2021

Entrevista a Diamela Eltit

Entrevista a Diamela Eltit y la publicación de El ojo en la mira



La Diamela, así la llaman sus lectores chilenos y así la bautizaron sus progenitores, con el nombre de una flor. Que también es el nombre de la perra de El inglés de los güesos, de Benito Lynch, lo que la llevó a pensarse, muchos años más tarde, como una “perra literaria.”  Hija única de una familia donde no abundaban los libros, rápidamente, la lectura se convirtió en un territorio a conquistar.

Comenzó a publicar en la década del 80, cuando su país transitaba por una de las dictaduras más feroces del continente. Sin embargo, la censura y la persecución a los sectores de la izquierda intelectual a los que pertenecía no le impidieron desarrollar una obra que fue ampliándose hasta abarcar todas las zonas de su interés: la ficción (desde las novelas Lumpérica, de 1983, hasta Sumar, de 2018), el ensayo político (desde Elena Caffarena: El derecho a voz, el derecho a voto, de 1983 hasta A máquina Pinochet e outros ensaios, de 2017), el feminismo (Crónica del sufragio femenino en Chile, de 1994) y la literatura latinoamericana, como los diferentes tomos de sus Escritos sobre literatura, arte y política, hasta la escritura de guiones cinematográficos.

Sus cuentos integran varias antologías como Excesos del cuerpo. Ficciones de contagio y enfermedad en América Latina, que publicó Eterna Cadencia en 2009, así como los congresos y textos críticos sobre su obra se multiplican.

Es profesora invitada de varias universidades norteamericanas donde imparte clases de escritura creativa y literatura latinoamericana y además de ganar importantes premios en su país, este año fue galardonada con el premio Carlos Fuentes a la creación literaria.

El ojo en la mira es el libro que la editorial Ampersand acaba de publicar, dentro de su colección Lectores, en el que repasa, en primera persona, su autobiografía literaria.


Hay una escena de iniciación a la lectura al comienzo del libro que está relacionada con el hecho de ser hija única. ¿En tu casa era frecuente la lectura, habías libros, bibliotecas?

La condición de hija única porta privilegios y desventajas. Como problema, la frecuencia y el peso material de la soledad. En ese sentido, parece necesario encontrar un espacio que supere la lentitud del tiempo en la infancia y en la adolescencia y la lectura rompió mi monotonía. En mi casa no había biblioteca pero busqué y encontré de diversas maneras lo que necesitaba y buscaba: libros. Ese descubrimiento fue intenso y apasionante. 

Transitar la adolescencia durante los 60 ha dejado una marca ineludible en esa generación, tanto política como cultural. ¿Qué cosas rescatás de esos años tan intensos y cuáles criticás?

Los sesenta impregnaron los cuerpos adolescentes no capturados por la hegemonía conservadora ni pautados por el catolicismo. Permitieron la pluralidad y rompieron los feroces cercos y traumas impuestos a la sexualidad de la mujer. En suma, permitieron una cierta liberación en los tránsitos sociales. Desde mi perspectiva, puedo equivocarme, los partidos políticos sesenteros de izquierda, más allá de sus grandes cualidades, se centraron más bien en aumentar su caudal de militantes, conservando formas autoritarias. El partido operó también como una familia que acogía pero a su vez normalizaba para promover una cierta uniformidad. Siempre me he definido, más allá o más acá de los tiempos, como una persona de izquierda. Nunca milité. He votado siempre por partidos que promueven la equidad social, pero pienso que la sensibilidad sesentera no penetró bien esa subjetividad y mantuvo intactas las jerarquías, una cierta rigidez organizativa que me parece que todavía puebla a los partidos de izquierda. 

El impulso feminista que se hizo visible a partir del “MeeToo” y el “Ni una menos” tuvo en tu país a “Las tesis” como expresión artística donde se cruzan el arte con la política. ¿Qué lectura hacés de este movimiento desde tu experiencia anterior con el feminismo?

"Las tesis" construyeron un espacio performático muy valioso que configuró el cuerpo como dispositivo para promover un "baile político" bastante popular pero dotado de una gran densidad intelectual. Me parece que su eficacia y la extensión de la propuesta se funda en que emana de un colectivo, de una microcomunidad. Sus cuatro integrantes y creadoras establecieron una alianza comunitaria. Se restaron del individualismo neoliberal para convocar a otras comunidades. Pienso que el feminismo es diverso, pero a la vez, continuo. Lo que ocurre es que su transcurso y su historia son parte de una opresión y represión de la memoria por parte de la "gran historia". Así, siempre, cada emergencia feminista es considerada como inaugural, lo cual se trata de una estrategia política de la dominación para promover el olvido.   

Más allá de modas o tendencias ¿Hay una estética femenina?

Mi punto político radica en la democratización de los espacios, en la equidad. En ese sentido ya sabemos que la posición de la mujer porta una desigualdad asombrosa. Los binarismos: hombre-mujer que generan masculino-femenino, son parte crucial para ejercer la opresión. Desde luego la literatura experimenta idéntico efecto. La llamada "literatura de mujeres" es una forma más de gueto, porque, en definitiva, queda fuera de esta definición "la literatura" y así, le pertenece al hombre de acuerdo a esta clasificación binaria. Existe una biologización de la escritura literaria, una genitalización de la letra. Mi interés radica en romper los binarismos, democratizar la letra. Desde mi perspectiva, lo literario debe ser leído de acuerdo a sus engranajes, a su propuesta, a su pericia. Ser escritora no es una garantía, pero ser escritor tampoco, por lo tanto, no estoy segura de que exista una estética femenina, existen estéticas. Otro tema es el mercado literario que se precipita sobre la "ola feminista" para capturar escritos ilustrativos de la "ola", pero las estéticas literarias son múltiples, se establecen como espacios de libertad, de deseo, menos programables, enteramente simbólicas.

¿Qué le suma a tu escritura la docencia?

En mi caso personal, a lo largo de mi vida, he estado ligada, en la docencia, al campo literario, eso me ha permitido estar "dentro" de ese espacio, he necesitado leer para actualizar saberes y he escrito en esa atmósfera cultural. 

Leer, para vos ¿es abrir un espacio propio?

En mi caso particular la lectura literaria me permitió expandir mi horizonte, salir de mí misma, ser otra, viajé, pensé, comprendí, valoré, transité a través de la lectura de libros. Leyendo pude desarrollar un espíritu crítico y ser también autocrítica. Fue mi modo de habitar el mundo, de conocer a los otros y lo que me permitió conquistar un espacio de escritura.

Por lo que contás en este libro, tenés una relación muy fuerte con la Argentina y con su literatura. ¿Viviste en Buenos Aires en qué años?

En realidad, antes de vivir en Buenos Aires yo había leído bastante literatura argentina, pero la estadía amplió mis lecturas. Vivimos allá del 2000 al 2004, justo a lo largo de la crisis política, fue muy impactante todo, el corralito, los patacones, la rotación presidencial, las asambleas barriales, la rápida recuperación. 

¿Qué diferencias encontrás en el campo cultural chileno previo a la dictadura y el actual?

En los comienzos no tenía un conocimiento acabado del campo cultural chileno, pero como estudiante de literatura estaba atenta a la literatura clásica y a las emergencias literarias, todo eso en el marco del boom y sus efectos. Me parece que hoy existe, gracias a la proliferación de editoriales independientes, un campo muy amplio e importante de escritoras y escritores, pero, por otro lado, el neoliberalismo ha impulsado escrituras medio confesionales, centradas en el yo autoral, insuficientes y despojadas de recursos literarios. Aunque, desde luego, existen literaturas del yo con una calidad literaria importante. 

¿Qué significa haber ganado el premio Carlos Fuentes?

El premio fue muy estimulante para mí, fue asombroso. Lo que me emociona es que los libros han hecho sus propios recorridos en forma independiente y ese es el verdadero premio para mí. 


El ojo en la mira

En una librería de barrio que alquilaba libros usados. Así comenzó la historia de esta lectora inquieta que empezó, como empezamos todos, por la literatura de masas. De Corin Tellado -ese manual de educación romántica para las mujeres- a Agatha Christie, continuó con Chandler, Marx y la teoría feminista, hasta descubrir los claroscuros de nuestro idioma con el Siglo de Oro español y las formulaciones de la biopolítica, que la llevaron a construir unas ficciones donde los cuerpos femeninos se constituyen en “zona de sacrificio.”

Hija de una militante comunista, elige inscribirse en esta tradición que le garantizó la identidad que, durante la dictadura, la resguardó emocionalmente, la misma que configuró el imaginario que la conectó con las subjetividades y las hablas populares, con la vida en las plazas, con las historias que encierran los chismes y las tragedias que fermentan en las cocinas familiares. 

Frente a las concepciones de lo literario que, sumándose al feminismo como tendencia, refuerzan el lugar de la mujer como excepción, como lo marginal y exótico en relación a la norma, sostiene que de lo que se trata es de acabar con la norma. Con respecto a la literatura hecha por mujeres, habla de una suerte de “genitalidad literaria” que las agrupa en congresos, colecciones y hasta editoriales (algunas, que publican sólo a mujeres). Un gueto progresista que sigue siendo un gueto.

Sus años vividos en la Argentina le permitieron asistir al juicio que se llevó a cabo en nuestro país por el asesinato del general Prats y descubrir una activa vida literaria reflejada, no sólo, en la atención puesta en sus grandes nombres (y recuerda el “golpe al ego” que le provocó la lectura de Borges), sino en su importante tradición crítica sostenida en figuras como las de Josefina Ludmer o Noé Jitrik, que le hicieron ver el lugar que la lectura tenía para nuestra sociedad. Cree que la sociedad chilena, por el contrario, ha sufrido una fractura en su memoria literaria, ocasionada por largos años de hegemonía neoliberal que instaló la idea de competencia en el debilitado campo literario chileno, la causante, para ella, de esa la literatura del yo que, como una extensión del facebook, le resulta confesional y estereotipada.

Como autora, se reconoce heredera de Severo Sarduy en cuanto a su apuesta por la escritura como un salto al vacío; de Juan Rulfo, en su particular configuración de un mundo popular; de Antonin Artaud, por entender la letra como escenario y de todas las escritoras que ejercieron su oficio sacándole tiempo al tiempo, realizando un triple trabajo: estar a cargo de un hogar, sostener un trabajo remunerado y dedicarse a un oficio que es puro deseo.


Textual

“Mi madre y mi abuela tenían zonas difíciles que he olvidado, o que no recordaré jamás por escrito. Ellas son perfectas en mi memoria. Se trata de una decisión inquebrantable. Las recuerdo aquí porque, como lectora, también las “leí” a ellas con extraordinaria atención. Las leí de manera detallista. Lo hice de forma incesante para entenderlas y entenderme. Fui distinta e idéntica a ellas. Leerlas me permitió comprender que la lectura de libros es una manera de ingresar a la realidad psíquica de los cuerpos, porque en mí la lectura ha sido lo que me ha permitido una comprensión integral del mundo. Leyendo pude pensar a las dos mujeres de mi familia como personajes. Las analicé y accedí así a sus deseos y sus carencias, y valoré de manera inconmensurable el afecto que tuve el privilegio de recibir. Leí y releí a mi padre. Leyendo escogí un sitio político. Leyendo pude encontrar un espacio de escritura. Leyendo me sobrepuse. Y leyendo he podido modificar algunos de mis presupuestos. Cambiar la óptica, pero dentro de una misma matriz.”

Publicado en La capital de Rosario, 25/7/21


lunes, 7 de junio de 2021

Gótico femenino

 La sed

 







Que el gótico es un género bifronte, no quedan dudas. Oscilando entre el erotismo y el terror, como antepasado del policial (según demostró Poe), sus crímenes esconden una causalidad desviada, morbosa que muestran el terrible poder que ejerce el mundo de las tinieblas sobre la razón. Con una escenografía excesiva y espeluznante, sus bóvedas, criptas, iglesias, sótanos o castillos, siempre en ruinas, ponen en escena el lugar que lo reprimido y los tabúes sociales ocupan en esa “poética del espacio” que es el cuerpo deseante.

            Dedicada a un fantasma, la madre, esta novela homenajea a lo mejor de un género que la modernidad ha bastardeado por anacrónico, para abordar el miedo que la muerte y el dolor físico (los dos grandes motivos del gótico) provocan hasta la enajenación en una mujer que, decidida a transgredir un mandato materno, descubre el poder del deseo aniquilador que aguarda, agazapado, en los secretos familiares, desde siempre.

            Y esta historia de vampiras que comienza con una criatura de la noche bajando de un barco lleno de inmigrantes en una Buenos Aires infectada de cadáveres por la fiebre amarilla y la guerra del Paraguay, ofrece la mirada del “otro salvaje” sobre la ciudad del siglo XIX, emparentando fantasmas, indios y gauchos para ensamblar, magistralmente, los escenarios decadentes del gótico europeo con la ciudad de barro rodeada de ese misterio que el imaginario nacional llamó desierto.

            Y en ese eterno retorno del tiempo que caracteriza a este género, despertando fuerzas maléficas que invaden el presente, la protagonista, sumida en la melancolía y el terror por la enfermedad terminal de su madre que la ha convertido en una muerta-viva, descubre, en el escenario teatral del cementerio de la Recoleta, el umbral donde conviven sexo, sangre y furia, figuras del horror y la fascinación, que nutren a este género de altas dosis de erotismo, sordidez y belleza, haciendo de esta novela uno de los mejores exponentes del gótico en mucho tiempo.

Publicado en La gaceta literaria, el 6/6/2021            

domingo, 23 de mayo de 2021

Cuentos completos de Ricardo Piglia, un compendio de su ficción paranoica


 

            Ricardo Piglia, quizás, sea el último intelectual moderno que haya dado nuestro país, si por esto se entiende a aquella figura atravesada por dos grandes ethos: la política y la escritura literaria, un modelo de intelectual que encuentra su antecedente en aquellos que enarbolaron “la espada, la pluma y la palabra”. Con una importante participación política en el espacio de la izquierda maoísta durante las décadas del 60 y 70, fue en el campo cultural y literario donde desgranó sus reflexiones sobre los destinos de nuestro país, en especial, a partir del quiebre que la última dictadura produjo en las expectativas de cambio dentro del espacio de la militancia política de izquierda sobreviviente del desastre.

            La Historia -la disciplina en la que se formó en la Universidad de La Plata- y en particular, la historia argentina, fue una de sus preocupaciones centrales y que jamás lo abandonó. Mientras comenzaba a publicar sus primeros cuentos en La invasión, de 1967, la militancia política lo llevaba a organizar revistas en las que la política cultural tenía un lugar central. “Nosotros pensamos la política cultural como una política específica que parte del debate sobre las tradiciones propias”, dirá en uno de los tantos reportajes que dio. Así, dirigió Literatura y Sociedad, en 1965; más tarde, desde 1969 a 1975, junto a Héctor Schmucler y Carlos Altamirano, la revista Los libros y en 1978, junto a Altamirano y Beatriz Sarlo, la reconocida Punto de Vista hasta el año 1982, cuando decidió alejarse del comité editorial por diferencias políticas.

            El trabajo editorial, de la mano del editor Jorge Alvarez, lo llevó a dirigir algunos de sus sellos y a idear la mítica “Serie Negra”, la colección de literatura policial norteamericana, el lugar donde encontró las respuestas a qué es hacer literatura siendo de izquierda o cómo hacer literatura comprometida (un debate central en los 60), y que le permitió desarrollar sus hipótesis sobre el policial como modelo de funcionamiento de lo social desde el corazón mismo de un género popular.

            El movimiento de resistencia cultural a la última dictadura también lo tuvo entre sus filas y la historia de cómo se gestó la revista Punto de Vista está directamente ligada a aquél. Así lo cuenta Beatriz Sarlo: “Quienes trabajábamos en la revista Los Libros nos vemos obligados a pasar a la clandestinidad, cosa bastante común después del 76 en la Argentina. Surgen entonces reuniones donde nos juntábamos unos pocos a hablar de literatura, en una salita del Centro Editor de América Latina, lugar de resistencia por excelencia a la dictadura militar. Fruto de ese ateneo fue la primera edición de Punto de Vista que sale en marzo de 1978. La idea que estuvo muy presente cuando organizamos esas charlas era: muchos de nosotros veníamos de la política y dedicarse a la política era imposible; veamos qué podemos hacer para ver algunas claves políticas en el pasado argentino. El primer número sale financiado por una organización política con la que simpatizaba Ricardo Piglia (Vanguardia Comunista), con un director que presta su nombre para que no fuera ninguno de nosotros.”

            Ese mismo año comienza a escribir Respiración artificial (que saldría publicado en 1980), la novela que hizo de la lectura del siglo XIX argentino una clave de la coyuntura dictatorial. Lo cierto es que el nuevo mapa político lo encontró reflexionando sobre la historia argentina en el interior del juego literario, en la idea, tomada del historiador de la literatura Jean Pierre Vernant, de que “la forma es la historia misma” (de la que esta novela es una muestra acabada), llevando al ámbito de lo privado, la escritura, lo que hasta unos años antes debatía públicamente desde las revistas literarias.

 

Piglia profesor

 

            La docencia, dentro y fuera de la universidad, fue otro de los laboratorios donde Piglia desgranó sus hipótesis literarias. A comienzos de la dictadura, en la Universidad de California, invitado junto a Josefina Ludmer (“en enero del 77 me voy un semestre a enseñar a San Diego, un poco para descomprimir”) y en Buenos Aires, en los grupos de estudio que algunos docentes universitarios cesanteados organizaron en sus casas particulares, lo que se conoció como “universidad de las catacumbas”.  Estos grupos de estudio fueron un espacio importante de resistencia al régimen, el lugar donde se refugiaron el desconcierto y la reflexión sobre lo que estaba ocurriendo, así como el esfuerzo por preservar la propia identidad y revisar la propia tradición política, en un momento en que la vida pública había desaparecido. “En fin, que los profesores que tendrían que estar en la Universidad formábamos a la gente fuera de la Universidad, y la gente que venía a los grupos nuestros son ahora los que están en la Universidad. Y ese modo de enseñar, en mi caso, definió el campo de trabajo y la perspectiva crítica.”

            El ethos que guiaba su trabajo pedagógico era enseñar el modo de leer propio de los escritores, como una forma de desvío con respecto a la crítica académica, que tiene su antecedente en “el más extraordinario lector de vanguardia”, Borges, y que habla de un modo de posicionarse frente a la tradición y de reordenar el canon.

            Unos años más tarde, la enseñanza continuaba en las universidades de Princeton, Harvard y en la de Buenos Aires. En sus seminarios se agolpaban los alumnos para escucharlo discurrir sobre escritores que, en buena medida, pasaron a integrar el canon de lo que no podía dejar de leerse desde este lejano sur: Sarmiento, Macedonio Fernández, Borges, “el mejor escritor argentino del siglo XIX”, y Juan Carlos Onetti, al que sumó lo que consideraba el núcleo de la vanguardia literaria argentina: Saer, Puig y Walsh. Gran parte de su obra ensayística reúne las clases que les dedicó a todos ellos en: Formas breves (1999); Diccionario de la novela de Macedonio Fernández (2000); La forma inicial (2015); Por un relato futuro. Conversaciones con Juan José Saer (2015); Las tres vanguardias (2016) y Teoría de la prosa (2019).

             

Crítica y ficción

 

            Mientras tanto, sus textos narrativos y críticos: las novelas La ciudad ausente (1992); Plata quemada (1997); Blanco nocturno (2010) y El camino de Ida (2013); los

relatos, cuentos, ensayos, prólogos y el Diario personal que fue escribiendo a lo largo de su vida y que publicó en tres tomos, Los diarios de Emilio Renzi (Años de formación, de 2015;

Los años felices, de 2016 y Un día en la vida de 2017) iban sumándose hasta conformar una obra construida en paralelo en la que, en muchos casos, ficcionaliza sus hipótesis teóricas.

            Piglia concebía la crítica como una hermenéutica, válida si construye conceptos a partir del análisis de los textos que sirvan para entender el funcionamiento de lo social. Es en esos términos en que plantea su análisis de la novela corta, ligando esta forma narrativa, la nouvelle, al secreto, al que vincula con la máquina estatal y el poder político, como aquel que sabe y oculta y a la vez hace hablar.

            La lectura, en todas sus formas, fue uno de sus grandes nudos teóricos, que desarrolla en El último lector (2005), un ensayo sobre las distintas figuras de lector que aparecen en la literatura. Comienza con un relato sobre un fotógrafo que en el altillo de su casa ha hecho una réplica de la ciudad de Buenos Aires, para él, más real que la real, tan reducida que sólo es posible verla de una vez y de una persona por vez y en esa visión, se cifra, para Piglia, el acto de leer.

            Como lector, asumió desde el comienzo una postura crítica de vanguardia (aunque no lo fuera como escritor), ya que “los momentos de corte, de cambio de velocidad de los conflictos políticos es algo que me permite pensar. El concepto de revolución, que es un concepto que ligo al concepto de vanguardia en el sentido de corte es el contexto en el cual yo he leído desde los años sesenta.”

            Si hay algo que le confiere el carácter de obra a toda su producción literaria es la continuidad de ciertos rasgos, la repetición de temas y la recurrencia de personajes y preocupaciones teóricas que lo llevaron al encuentro de un estilo personal con el que elaboró uno de los trabajos más sólidos de nuestro ecosistema literario y que él sintetiza de este modo: “Yo rompía un poco el esquema del político que se dedica sólo a la política, o del escritor que se dedica sólo a la literatura, o del tipo que se dedica a la historia. Y cuando pude mezclar todo eso, ahí le encontré la vuelta.”

 

La edición de los Cuentos completos

 

               La recopilación de todos sus libros de cuentos en un solo volumen que acaba de publicar la editorial Anagrama responde al deseo personal de su autor quien, los últimos años de su vida, sabiendo que se enfrentaba a una enfermedad -la esclerosis lateral amiotrófica- que le impediría seguir trabajando, quiso reunir toda su narrativa breve, dentro de un plan que él fijó con respecto a la totalidad de su obra. Para eso trabajó junto a un grupo de colaboradores y, gracias a los cuidados de su mujer, Beba Eguía, que le facilitó todos los medios para que su plan se llevara a cabo, aprendió a usar un programa de escritura con la mirada, el Tobii, y dejó muy precisas instrucciones sobre el futuro de su prolífica obra.

            Empieza con La invasión, de 1967, al que le agregó cinco cuentos que en la edición original no estaban y si decidió publicarlos fue al comprobar que no eran muy diferentes a su cuentística posterior. Escrito bajo la sombra de Roberto Arlt, todo el universo prostibulario, “malandrín y estafador” de este venerado escritor y la descripción de los trabajos artesanales como metáforas del oficio de escribir se conjugan para contar historias de personajes desesperados, obsesivos y desdoblados en diferentes identidades, propios del mundo carcelario pero también de la militancia clandestina y del espionaje, en muchos de los cuales resuenan los ecos del universo onettiano.

            La historia argentina, pasada y presente, bajo la forma del testimonio -actas, grabaciones transcriptas- encuentra el espacio donde narrar todo el horror de una historia política cuya literatura comenzó, para David Viñas, en Amalia de Echeverría, con una violación.

            Ya desde este primer título lo vemos aparecer a Emilio Renzi, figura de escritor o alter ego que atraviesa todos los espacios sociales: desde pensiones baratas con sus personajes marginales hasta infinitos bares de ciudades vacías, mientras reflexiona sobre literatura y elabora categorías críticas.

            Nombre falso, de 1975, que incluye el relato ganador de un concurso presidido por Borges, Roa Bastos y Denevi, fue el libro con el que sintió por primera vez que “había logrado percibir lo que realmente se veía del otro lado de la ventana”, es decir, hacer literatura. Y donde conjuga las historias narradas con las entradas de su Diario, en un juego de espejos que hace de la figura del doble la cifra de una vida duplicada en la literatura. Una vieja gloria del canto lírico, un boxeador derrotado por la vida, prostitutas, tahúres y jugadores son el espejo invertido de Emilio Renzi que, deplorando su aburrida vida de crítico literario, lo atraviesa en ambas direcciones.

            Prisión perpetua, de 1988, reúne dos largos relatos, el primero de los cuales le dio nombre al libro, donde cuenta el suceso trágico que le dio origen al Diario que lo acompañó toda su vida: la fuga de la familia de su lugar de nacimiento, Adrogué, a la ciudad de Mar del Plata, después de la caída de Perón, en el 55, que le había valido un año de cárcel a su padre. “También los paranoicos tienen enemigos” fue la frase paterna que guió su vida en la convulsionada Argentina de siempre y que abre este relato de iniciación y texto enmarcado del que salen infinidad de microrrelatos y citas perfectas sobre el arte de narrar.

            Cuentos morales, de 1993, reúne una serie de relatos heterogéneos, donde conviven gauchos y paisanos con historias donde la reflexión sobre el lenguaje adopta la forma de la ciencia ficción. Y un encuentro con Ezequiel Martínez Estrada minado por la enfermedad y la furia, con la réplica a escala de la ciudad de Buenos Aires que un fotógrafo ha construido en el altillo de su casa, y que lo lleva a formular la idea del arte como “una forma sintética del universo.”

            Los casos del comisario Croce, (protagonista de la novela Blanco nocturno, de 2010), se abre con una hermosa cita de Marx donde afirma que el origen de las artes y ciencias se encuentra en el delito. Su héroe es un comisario retirado, mezcla de filósofo y paisano rastreador, metido a investigar los casos más disímiles como un enigma histórico del siglo XIX encerrado en un poema o un mito urbano que circulaba durante los años de la “revolución libertadora” que la tenía a Eva Perón como protagonista; a perseguir al “personaje más importante de la literatura”, el Astrólogo de Arlt, y hasta imaginar un diálogo con un Borges anciano y pícaro donde resuelven a dúo un caso real después de escucharlo dar una conferencia sobre literatura policial.

            Y por último, los relatos de Historias personales (2015-2017) donde recupera, en la voz de Emilio Renzi, los recuerdos de su infancia en Adrogué -uno de los territorios de la literatura borgeana- para imaginar una escena donde un Renzi de tres años, sentado en el umbral de su casa, hace que lee un libro mientras la sombra de Borges le advierte que tiene agarrado el libro al revés. Quizás sea la forma en cómo se pensó a sí mismo en relación a la historia grande de la literatura argentina o la última foto que eligió para despedirse de sus lectores.

Publicado en La capital de Rosario, 23/5/2021

             

           

domingo, 16 de mayo de 2021

Anatomía de un animal bifronte

 Despojos

 


 

            Cómo representar la experiencia -lo subjetivo per se- fue la pregunta fundacional de las vanguardias clásicas. Cien años más tarde, la escritora británica por adopción, Rachel Cusk, dándole una vuelta de tuerca al mismo interrogante, elige la autoficción para narrar el proceso que desembocó en su divorcio, cuando entendió que la novela no le ofrecía los recursos formales para hacerlo. El resultado es un texto de una factura exquisita, que a partir de la imagen con la que se abre, de un puzzle desarmado, reflexiona a lo largo de sus páginas sobre ese constructo que es el matrimonio y la familia.

            Descubre en el interior la pareja, como en su propio texto, una relación entre relato y verdad y que, a pesar de los siglos de civilización transcurridos, el fundamento de su existencia -absorber el desorden y transformarlo en un orden- pervive.

            Como una cirujana experta, disecciona el cuerpo de ese animal bifronte que es la pareja heterosexual y observa, en forma ampliada, ese lugar donde el yo se encuentra con otro yo hasta convertirlos a ambos en travestis, y en la idea cristiana de la sagrada familia, el origen de una maternidad sin fisuras, de un tributo a la adoración infantil y de la impotencia paterna.

            En el dolor provocado por la extracción de una muela concentra la imagen de la separación como una mutilación, y en la tragedia clásica encuentra la cifra de una configuración familiar nacida de la guerra y la constatación de que la paz no engendra nada.

            Y es en la imagen doméstica de una mujer donde descubre lo que “la secta de la maternidad” hace con ella, al transformarla en un ser esquizofrénico que “habla de cosas que no existen, pero lo que quiere en este momento no resulta tan evidente.” Dueña de una mirada capaz de recortar el espacio de la institución familiar, la define, magistralmente, como una fuente de luz que absorbe la oscuridad exterior y al mismo tiempo, impide ver lo que hay afuera, y nos hace esperar fervorosamente la publicación de toda su obra.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 16/5/21

sábado, 8 de mayo de 2021

Feminismo de la forma

 El gran despertar

 


Pocas veces un debut literario exhibe las marcas de madurez en la escritura y la formulación de ideas literarias sólidas. Es el caso de El gran despertar, un conjunto de cuentos con el que su autora ganó en su país el reconocimiento inmediato de la crítica.

Sus relatos transitan ese borde donde el realismo se enturbia hasta fundirse en una atmósfera fantástica en la que los personajes podrán devenir en zombis, fantasmas, muertos-vivos, mujeres-lobo o monstruos marinos. Criaturas de la noche como adolescentes en fuga, cuyos cuerpos son el territorio de una guerra popular y prolongada. Como la que lleva adelante un grupo de colegialas católicas contra esa “doble falla” que es la propia imagen, y que el despertar sexual potencia hasta hacer de la experiencia de un beso un tsunami de piel desbordada y del crecimiento, un relato ovidiano de metamorfosis.

En el cuento que le da título al libro -una reformulación en clave contemporánea de las historias de zombis- los sueños se desprenden de unos personajes insomnes que deambulan por una ciudad fantasmal y, como mimos molestos, los ponen frente a un espejo donde anidan todos los malestares de la cultura, minando la vieja ilusión de la unidad del yo.

Una “fogata de novia” con los recuerdos de un novio traidor es el disparador de un experimento que una joven despechada lleva adelante para construir al Hombre Perfecto, y que, en forma aterradora, va convirtiéndolo en una suerte de Frankenstein. Y algo que pareciera formar parte del ADN de la cultura inglesa, la referencia paródica a la monarquía, desde Lewis Carroll, Martin Amis hasta la música progresiva y a la que esta autora -gran lectora de su tradición- también le dedica un pequeño homenaje.  

Toda la literatura maravillosa y su monstruosidad están funcionando en estos relatos, como aquel en el que una loba domesticada resulta la compañera fraterna de una niña que ha quedado separada de su refinada hermana, una “grieta” de la que elige el lado material y salvaje, frente al artificio de la civilización. O aquel en que la gira de una banda pop de mujeres desata la furia de sus fans que, como una horda de lobas aullando a la luna, atacan a los hombres en una escena de utopía violenta. O el cuento donde una perturbadora vecina, como una vieja bruja, lanza un maleficio que transformará al amado en piedra.

Literatura maravillosa en tiempos de Lastesis o Pussy Riot y de puesta en cuestión total de las formas que adoptan los lazos amorosos mientras las teorías sobre el amor inundan las charlas entre mujeres como salidas de un libro de autoayuda.

Hay una pregunta por el cuerpo en estos textos que se responde desde el arte: los cuerpos femeninos, sangrantes, exasperados y al límite de la destrucción no serán imagen, sino volumen, forma significativa. Quizás en esto resida su potencia feminista y no en el mensaje, tal como reclaman hoy quienes reescriben los cuentos de hadas en clave antipatriarcal.

Publicado en Otraparte, 6/5/2021

domingo, 18 de abril de 2021

Cuentos completos de Lorrie Moore


 

            Después de cosechar el fervor de un público cada vez mayor y de que su visita a Sudamérica en el año 2019 se haya convertido en un acontecimiento literario, llega a las librerías la compilación de los cuatro libros de cuentos de esta exquisita narradora norteamericana: Autoayuda, de 1985; Como la vida misma, de 1990; Pájaros de América, de 1998 y Gracias por la compañía, de 2014. Una summa literaria de su narrativa breve cuya pavorosa traducción en España no logra destruir una escritura de una potencia asombrosa.

            Sus relatos, con comienzos in media res y finales que se desvanecen en una aparente trivialidad, se desentienden de la estructura perfecta del cuento y nos hablan de aquellos hechos de la vida que nunca cierran, sino que llegan y pasan. Sus personajes que, a falta de una definición mejor, llamaremos reales, nos ponen frente a un espejo que nos obliga a reconocernos en esas criaturas tan desamparadas como intensas a las que interpela, desde el primer libro, con una segunda persona del singular, para darle una vuelta completa a ese género, la autoayuda, que promete la utopía de dominar nuestras zonas erróneas.

            Con una prosa que logra incorporar las metáforas, estructuralmente, al texto, aborda los vínculos amorosos, poniendo el foco en detalles con los que logra captar los pliegues de la subjetividad, tomándole el pulso a todo lo que se juega en las relaciones amorosas de cualquier signo, en especial, las que unen y separan a las madres y sus hijas. (“Te da un beso húmedo en la mejilla con un velo navideño en los ojos. Cree que eres maravillosa. Es, sin duda, tu mayor admiradora. Está envejecida y menopáusica. Desea ser tú con muchas ganas, con mucha vehemencia.”)

            Pensando en Proust, Deleuze definió los sentimientos y percepciones que se independizan de quienes las experimentan y adquieren peso propio dentro de la obra, como un bloque de afecciones y sensaciones. Algo así como esculpir el propio texto, un oficio que esta autora practica con gran maestría.

Publicado en La gaceta literaria, 18/4/2021

viernes, 19 de marzo de 2021

Humor en cuarentena

Corría el mes de marzo de 2020 y el mundo descubría, con estupor, la existencia de una pandemia que lo confinaba al interior del hogar, y por tiempo indeterminado. Las redes sociales, ese no-lugar donde volcar la furia o, desde entonces, la angustia por el encierro, se convirtió en el espacio donde varios humoristas encontraron el modo de ejercer la parodia, ese género polivalente, capaz de transformarse cada vez.

            La insalvable grieta política, de un lado y del otro; las dudas sobre la nueva normalidad; la convivencia forzada; los desafíos de las clases online o el empoderamiento de la derecha fascista, tomados en clave de solfa, han hecho de este mundo pandémico un lugar un poco más amable de habitar, gracias al trabajo de algunos humoristas llegados del stand-up, el teatro under y el humor gráfico. Con los recursos de la edición, esa herramienta de los medios audiovisuales que, como el montaje en el cine, transforman el mensaje, potenciándolo, lograron provocar, en un público cada vez más amplio, el impacto necesario para que la maquinaria del humor eche a andar.

            Desde el “toque de quena” anunciado por una de las deliciosas criaturas animadas por Gabriel Lucero en “Gente rota”, pasando por los vertiginosos contrapuntos entre Guille Aquino y su antagonista recargada, hasta el robótico rugbier-cristiano pergeñado por el actor Ezequiel Campa y su par femenina, la vecina del country, a cargo de Verónica Llinás, la sátira política y social, de la mano de la exasperación ideológica, ha copado la parada.

            Que estamos rotos, ansiosos, desorientados, y por sobre todas las cosas, atomizados, no es ninguna novedad. Que la agenda diaria nos provee de personajes cada vez más extremos, noticias inverosímiles y datos duros sin chequear, tampoco. Y ahí es donde algunos guionistas, pegados a las noticias de actualidad, logran tomarle el pulso a un estado de la sociedad que ha normalizado escenas que parecen salidas de la ciencia ficción más distópica, como el ataque de un grupo de rugbiers desatados, digna de La naranja mecánica.

            Ya la definición aristotélica de “parodia” lo anunciaba: se trata de un género con personajes imitados “peores de lo que nosotros somos”. Con una clara función lúdica, expone a su objeto de burla y lo degrada frente a un espectador cómplice, aunque éste sea, al mismo tiempo, el burlado. Implica siempre un juicio de valor y utiliza la transformación semántica como su recurso estrella.

            Pero es en la sátira donde la realidad dialoga mano a mano con el arte. Nacida de la tragedia clásica, se propone, como crítica de las costumbres, denunciar vicios y prejuicios sociales y apoyada en los recursos de la ironía (esa figura retórica que supone un espectador capaz de decodificar el mensaje implícito opuesto al texto pronunciado) le suma capas a un género de por sí, travestido.

 

Humor autogestivo y producción artesanal

 

            Guillermo Aquino lleva varios años como artista multifunción en la TV, el teatro y, desde hace un tiempo, en las redes, donde escribe sus propios guiones, los dirige, actúa y edita. Con un equipo mínimo de producción lleva adelante una de las propuestas más viralizadas, que encontró en su contraparte femenina, Lucía Iacono, aún más extrema (¿o quizás las incorrecciones suenen más brutales en boca de una mujer?) el timing justo para un ping pong vertiginoso de actualidad, absurdo y golpes de efecto.

            Con un humor autorreferencial que se burla de las encendidas luchas políticas que estallan en las redes, lleva la ironía hasta el límite y expone las contradicciones de una sociedad que encontró en la grieta una trinchera desde donde vociferar su descontento y exhibir su decadencia.

            Empezaba el aislamiento obligatorio y la noticia de que el propietario de una casa en un country había sido descubierto llevando a su mucama en el baúl del auto, se convirtió en uno de los subtextos con los que el actor Ezequiel Campa dialoga a través de su personaje “Dicky del Solar”, el rugbier cristiano que baja línea desde el borde de la pileta del country. El estereotipo, ese subrayado que muchas veces se agota en sí mismo, encuentra en el otro lado del espejo, la realidad, una fuente inagotable de miserias y clasismo desembozado. Del otro lado del cerco, Verónica Llinás, de larga trayectoria en el teatro, el cine y la TV, compone un personaje recalcitrante, nutrido en el grotesco, ese género en el que se formó junto a los grandes referentes del país.

            Con una propuesta bastante original, Gabriel Lucero, que comenzó animando audios de whatsapp como un ejercicio de estilo, ideó “Gente rota”, un producto donde el guión lo escriben los usuarios.

            Sin subtexto que parodiar, el cruce entre los audios reales y su animación produce un efecto cómico a partir de equívocos y cambios semánticos (“la tenía engendrada en el celular”). Quizás esta función de whatsapp, tan denostada por sus destinatarios, sea el formato que permita a sus locutores confesar sus angustias, temores o hipótesis sobre casi todo, sin interrupciones y como en el origen de los géneros cómicos, todas las variantes del sentido común se convierten en materia prima.

            Hoy los seguidores de estos géneros plebeyos, que han pasado largamente el millón, los llenan de comentarios agradeciéndoles ser una de las pocas experiencias disfrutables en pandemia, mientras ellos se dan el gusto de jugar y cruzar sus personajes en sketches compartidos. Que finalmente de eso se trata, de seguir jugando, a pesar de todo.

Publicado en eldiario.AR, 19/3/2021