lunes, 4 de agosto de 2014

En el pantano del capitalismo tardío

En la orilla


Incontables son las novelas que se han escrito y continúan escribiéndose sobre las consecuencias de la Guerra Civil Española. Hay toda una narrativa que no deja de volver sobre esta herida que no cierra y que la transición no hizo más que ahondar. Y Rafael Chirbes, sin ser la excepción, traza una línea que dolorosamente la une con la brutal crisis que a partir del 2008 destruyó la economía de los países más débiles de Europa, de la que España se pensaba a resguardo.
Comienza la novela con el hallazgo de un cadáver disputado por dos perros a orillas de un pantano en la región de Olba, escena registrada por un emigrado marroquí que acaba de perder su trabajo. Pero el protagonista es Ernesto, el dueño de la carpintería heredada de su padre, a quien le han embargado todo, una vez que su socio en varios emprendimientos inmobiliarios terminó de fugarse con rumbo desconocido.
Y es ese mismo pantano el espacio literario que este autor elige para proferir su diatriba contra una sociedad que le dio la espalda a la generación que luchó contra el franquismo y se sumó al tren de la posmodernidad, y que al descarrilar, dejó a la mayoría hundiéndose en la desesperación. Con una escritura despojada y un lenguaje directo, describe a los miserables de su época: recientes propietarios de emprendimientos exitosos quienes se han desentendido de los límites que la ética reclama, a costa de los mismos de siempre, los millones que migran en busca de una vida posible.
Y si bien en este juego Ernesto lo ha perdido todo, descubre que lo que ha perdido jamás le perteneció, porque en su lucha personal contra el mandato de un padre comunista que ha vuelto vencido de la guerra y la cárcel, quedó atrapado en una historia de derrota en la que fue hundiéndose como los cadáveres en el pantano.

Sobremodernidad llama la antropología actual a este presente veloz y saturado que nos impide entender nuestro pasado y nos empuja a la desilusión hasta hacernos perder la brújula. Algo que este autor vislumbra sin llegar a encontrarla.

Publicado en diario Perfil, 3/8/2014  

martes, 22 de julio de 2014

Políticas de la lengua

Escritos sobre el lenguaje


Atento a la formación inicial de Gramsci como catedrático -brillante- en Lingüística, Diego Bentivegna, responsable de la edición de los textos de este autor, (que fue escribiendo, algunos, como apuntes sobre trabajos de otros, la mayoría, desde la cárcel), recupera un aspecto central de la elaboración política que su lectura confirma: la importancia que Gramsci le atribuyó al estudio del lenguaje en toda su complejidad (la cuestión de la enseñanza, la normativa, el habla dialectal, los procesos de formación de las lenguas, el vínculo con su tradición, en definitiva, la lengua en relación con la clase y el poder) consciente de que lengua y sociedad no son términos individuales sino que, por el contrario, la lengua constituye una metáfora de lo social.
Si bien los vientos de la historia lo llevaron a abandonar los estudios académicos para enrolarse en las filas de la militancia activa, del periodismo partidario y de la producción teórica, sus planteos conjugan lo más avanzado de los estudios lingüísticos de la escuela italiana (Croce, Gentile, Bartoli) con la visión clasista del marxismo y de haber continuado, habría llegado seguramente a las mismas conclusiones a las que arribaron por esos años los formalistas rusos respecto de los modos en que se producen los cambios lingüísticos, desde una perspectiva histórico-cultural, opuesta a la que, contemporáneamente desarrollaba Saussure, operando sobre la lengua como un sistema inmanente.
La mezcla y las transformaciones que realizan los hablantes serán para Gramsci la base sobre la cual analizar, desde una concepción política del lenguaje, los fenómenos de la comunicación desde la que se opuso a la idea de “italianizar” a todos los hablantes, cuando la centralización política de Italia avanzaba. Es en relación con la lengua materna -el dialecto- que el aprendizaje de la lengua oficial se enriquece, dirá, pensando en un proyecto político de cambio social y cultural en función de los intereses de las clases populares.
Distingue de la gramática normativa, una gramática no escrita, como todo aquello que los hablantes consideran legítimo y que circula a través de los medios masivos y que, como toda relación de lenguaje, se da en términos de conflicto. Por lo tanto, concluye, la norma es una construcción hegemónica y es este mismo concepto de hegemonía el que lo lleva a destacar el rol de los intelectuales en esta construcción, como agentes organizadores de la cultura.
En sintonía con las formulaciones de Brecht y Benjamin, analiza el impacto de los medios masivos en la difusión de una lengua particular que se deberá (tomando como ejemplo la difusión del dialecto toscano en los siglos XIV al XVI) a la actividad productora de escritura, de tráfico y de comercio de los hombres que la hablan, y como lingüista perspicaz, incluye todas las formas en las que la lengua se reproduce, como las canzonettas y las arias famosas cantadas por el pueblo una y otra vez. Los procesos lingüísticos, recuerda, se dan sólo desde lo bajo hacia lo alto y jamás se mantienen fijos sino que cambian junto con los hablantes, motivo por el cual un idioma artificial e impuesto desde arriba como el esperanto, sólo puede defenderse desde una posición conservadora.
Como historiador de la lengua y políglota advierte sobre aquellas teorías que no rastrean todas las dimensiones de un vocablo para demostrar su verdadero origen, oponiéndose a la tesis de la monogénesis, tan apreciada por los sectores católicos, que Gramsci pulveriza con ejemplos que cita de memoria por las condiciones materiales de encarcelamiento en las que se encuentra.

Pero no es la filología la que lo convocó finalmente sino la historia, a la que estaba vitalmente comprometido y frente a la cual no tuvo escapatoria.

Publicado en diario Perfil, 20/7/2014

martes, 1 de julio de 2014

Preferiríamos no hacerlo

Con el sudor de tu frente. 
Argumentos para la sociedad del ocio


En el origen de la extraña costumbre de trabajar que tenemos los humanos está la maldición bíblica que la divinidad nos impuso por haber querido conocer más, y que paradójicamente, sólo es posible alcanzar mediante la contemplación y la reflexión.
Entre anarquista -por explotador- y aristocrática -por ser propio de las clases subalternas-, la crítica al trabajo ha atravesado los discursos a lo largo de la historia, a pesar de lo cual sigue siendo una posición minoritaria asediada desde la lógica de la productividad y el progreso, que hoy ha comenzado a estar en entredicho.
Inspirado en la editorial anarquista londinense Freedom Press, de la que toma varios de sus trabajos publicados, este libro deconstruye los fundamentos ideológicos de la cultura del trabajo -como el que ensalza sus bondades, muy conveniente para quienes viven del trabajo de los demás-, denuncia el control sobre el tiempo -categoría líquida si las hay- que el capitalismo alcanzó cuando inventó el reloj, modelo en escala de la maquinaria de la revolución industrial, y aboga por la desaparición del trabajo como modo de disciplinamiento, sea en beneficio de la acumulación de capital o de un estado colectivizado.
Frente a las semejanzas entre los modos de esparcimiento en la sociedad capitalista y el trabajo, donde, tanto el placer como el espíritu están ausentes, Adorno opone a la productividad, creatividad y juego, para enarbolar el derecho a la pereza.
Muy atrás en la historia, en los Diálogos de Séneca, se oyen las críticas a la deshumanización que éste encuentra en la urbe más avanzada de su época, la Roma imperial, olvidada de los preceptos de la filosofía griega, para quien los ociosos son los únicos que están libres para la contemplación y por lo tanto, para saber vivir, como enseña el Tao, sobre la quietud. “El elegido vive para no hacer nada” afirmará Oscar Wilde, porque la vida tiene como finalidad el ser y no el obrar.
No muy alejada de esta concepción del ocio opuesta a la ocupación constante y pendiente de un presente esquivo, está el concepto de ocio actual, que se ha subsumido bajo el dominio del consumo, por lo que el tiempo de trabajo y el que dedicamos al descanso, ya no tendrían muchas diferencias, de la mano de la desmaterialización de la economía virtual, lo que sus analistas conciben como una compresión del espacio-tiempo, no muy diferente a la denunciada por Séneca.
Consumir entretenimiento está tan alejado de experimentar como conectarse y comunicar, de producir sentido. Es lo que leemos en la apología de los holgazanes que hace Stevenson, quien afirma que mirar y escuchar con atención y con una sonrisa en los labios nos hará mucho más inteligentes (y felices) que encerrarnos a estudiar. Fatigarse es valioso, nos dice Bertrand Russell, sólo porque permite el ocio de los que no trabajan y no porque sea digno, como han predicado los ricos mientras se cuidaban de mantenerse a salvo de esa virtud.
En una de sus aguafuertes, Arlt nos regala una clase de “filología lunfarda”, distinguiendo la palabra “fiaca” (“Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo”) del verbo “esgunfiarse”, referido a los vagonetas que se desmarcan del culto al trabajo que los inmigrantes enriquecidos representaban por aquellos años. Y el sustantivo “squenun”, referido a los “filósofos de azotea” que han decidido tomar vacaciones eternas, de los que “se tiran a muerto”, aquellos que, haciendo que trabajan, viven de los demás.

Para los que preferiríamos no hacerlo aunque no nos quede más remedio, conviene no olvidar los “Consejos a los criados” que da Jonathan Swift para boicotear las obligaciones y tomar venganza de los empleadores y tener siempre a mano los versos de Lessing: “Debemos haraganear en todo, salvo en amar y en beber, salvo en haraganear.”

Publicado en diario Perfil, 29/6/14

lunes, 9 de junio de 2014

Para invocar al espectro

Sarmiento en intersección: literatura, cultura y política


Este libro es el resultado de las jornadas que el Centro Cultural Rojas organizó en el año 2011 cuando se cumplieron 200 años del nacimiento de Sarmiento, en el convencimiento de que su obra (de la que su autobiografía resulta el modo privilegiado de construcción) sigue produciendo significaciones para la literatura, la historia, la política, la pedagogía y hasta para cierta militancia actual.
Volver sobre el interrogante que planteó Borges, acerca de qué hubiera sucedido si en lugar de canonizar el Martín Fierro se hubiera ubicado en ese lugar al Facundo, -que mientras nos habla de determinadas políticas de la lengua exhibe una confianza en el poder de la letra- no parece ser una opción errada, sobre todo cuando los ecos de la posición política de Borges que lo llevó a considerar al peronismo como una consecuencia de la exaltación de la barbarie -que es lo que le reclama a la generación del Centenario, cuando gauchos e indios habían dejado de ser una amenaza y la conciliación aparecía como una necesidad- resuenan en el abucheo de los jóvenes asistentes a un acto oficial al escuchar el nombre de Sarmiento o en el rechazo de los alumnos en algunos colegios primarios, en los últimos años, a cantar el himno al padre del aula.
Y frente a esta nueva dicotomía (Facundo o Martín Fierro) los autores de estas intervenciones se declaran a favor del primero y si bien lo fundamentan por razones muy diferentes a las de Borges, en la potencia de una prosa que desborda el género ensayístico en el cual fue pensado encuentran la marca de ficcionalidad que lo convierte en origen –palabra de la que deriva originalidad- de la literatura argentina.
Las marcas del romanticismo en la configuración de su figura de autor por la que militó toda su vida, las rastrean varios de los especialistas, así como las huellas de la máquina de escritura que puso en funcionamiento en sus facetas de periodista, cronista de guerra “munido de su imprenta volante”, ideólogo, pedagogo o viajero y que, para Piglia, se agotó cuando llegó a ocupar formalmente el poder y dejó de ser antagonista.
La edición de este libro pone a dialogar trabajos críticos sobre Sarmiento que se han vuelto clásicos -como la lectura que hace Piglia de su lugar como escritor, la de Halperin Donghi en relación a la filosofía política en su obra, el extenso prólogo al Facundo de Noé Jitrik para la Biblioteca Ayacucho y el análisis de las fuentes de la idea de despotismo que Carlos Altamirano encuentra en su obra- con la mirada actualizada de los nuevos investigadores, muchos de los cuales discuten con sus precursores, porque creen, sus compiladoras, que lejos de la canonización, la máquina sarmientina sigue vigente.
Frente a la pregunta acerca de cómo leer a Sarmiento hoy, si a la literatura que se está produciendo en el país su escritura tiene algo para decirle, en uno de los primeros artículos se sospecha que, contrariamente a lo que Piglia sostiene (“A veces pienso que los escritores argentinos escribimos, también, para tratar de rescatar y reescribir ese texto perdido” decía este autor en los años 80, en relación con el discurso que Sarmiento había escrito para asumir como presidente y que sus ministros no le dejaron leer) su voz, su imaginación desbordada, su estilo, ya no ejercen la seducción que Piglia le encuentra. Y es, agrega, desde un concepto moderno de ficción, que lo vuelve todo juego de lenguaje, que se le dio un carácter literario al Facundo, lectura anacrónica pero no por eso menos estimulante a la hora de leerlo y proponerlo como el gran clásico de la literatura argentina.

El destino de prócer pareciera ser la sacralización. Pocos, muy pocos, se resisten al homenaje vacío y continúan interrogando los tiempos por venir, el lugar en que, para nuestro campo intelectual, Sarmiento pervive.

Publicado en diario Perfil, 8/6/2014

lunes, 19 de mayo de 2014

Los locos años locos

La sonrisa secreta



Este pequeño libro, entre sus rarezas, tiene en su solapa un texto escrito por su autora, una escritora nonagenaria que firma por primera vez un texto propio, ya que se ganó la vida como gost-writer escribiendo, por ejemplo, con doce seudónimos diferentes, sobre geopolítica durante la Segunda Guerra, además de vivir su vida y ser habitué del bar “El moderno” donde se concentraba gran parte de la vanguardia porteña. Con el tiempo, nos informa, adquirió el sobrenombre de “Mutante”.
Instalados en las primeras décadas del siglo, sus relatos giran alrededor de la figura del tránsfuga, ese personaje fugitivo que atraviesa los espacios para reaparecer convertido en otro. Como leemos en el relato en primera persona de los meses que Duchamp vivió en Buenos Aires (de donde escapó en un barco disfrazado de prostituta judía) y que no consigna en sus memorias.
Porque hay que ser poeta o investigador (o mutante) para recuperar y rearmar los fragmentos de la vida y la obra de aquellos personajes atravesados por la Historia y que a la vez la protagonizaron, como Marcel Duchamp o el poeta expresionista August Stramm, el personaje en el que se centra el segundo relato.
Los años de la Gran Guerra que desangraba a Europa son narrados por esta autora con una lente queer que recorta los espacios de la clandestinidad, como las zonas prostibularias donde “los hombres abrazan a las mujeres más puras y las sostienen mientras les enseñan a abrirse de piernas y a aceptar su cuerpo. Luego […] las hacen suyas y las entregan a otros hombres”, o fumaderos de opio visitados por mujeres de la élite, o mansiones donde reinan exóticas y bestiales madamas que someten a sus rituales de dolor y placer a los artistas extraviados.
Fueron esos mismos años los que empujaron a sus artistas a abandonar la lírica amorosa o el arte consolatorio por la ferocidad de un arte que se planteó como estrategia defensiva frente a la inhumanidad de la guerra y reemplazar la música armoniosa y académica por el sonido del obús. Y fue en las trincheras donde descubrieron los cuerpos desmembrados y desnudos en todo su erotismo y violencia que tanto el cubismo como la poesía reprodujeron.
Macedonio, Gerchunoff, Ingenieros, Borges, Aldo Pellegrini, podrán aparecer como personajes o como cita al pie en ese cruce que la autora establece entre la experiencia personal y el arte y que las vanguardias se encargaron de horadar.
“Zunz, Emma” es el tercero de los relatos y en esa inversión del título se cifra el modo en que la anécdota, narrada como en sordina en el cuento borgeano, se transforma, junto con la protagonista, tensando los límites, hasta hacer de la joven y vengativa obrera una máquina asesina al servicio de la mafia de la Chicago argentina en los años 30. Algo así como un sobrio policial inglés filmado por Tarantino.
Sobreimpreso sobre el relato original, citándolo en algunos de sus párrafos, como el del final, reproduce la sustitución que conforma el eje en ambos relatos, en una puesta en abismo en la que una misma frase explica dos historias divergentes: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.”

El relato se expande hasta incluir a los tratantes de blancas de Onetti y a vendedores de biblias y prostitutas de Arlt, al detective Isidro Parodi y los informantes de la policía, Bustos y Domecq, y hasta a su propio editor, incluyéndolo como posible personaje en una cita al pie. Todos conviven en esta historia que reduplica y amplía una trama posible pero falsa, como son, en definitiva, las grandes historias literarias.

Publicado en diario Perfil, 18/5/2014

lunes, 12 de mayo de 2014

Batallas cotidianas

La guerra civil


Schnagel tiene un oficio raro: es corrector de destinos. Munido de una máquina para hacer tatuajes y unas agujas de varias puntas, corrige el dibujo de la palma de la mano de sus pacientes, según su pedido. Una nueva terapia alternativa, inocua como cualquiera, salvo que ese día Schnagel se levantó de muy mal humor. Su mujer, Marita, acababa de abandonarlo después de enrostrarle su pusilanimidad para afrontar su propio destino. Entonces decide tomar la iniciativa y modificar el dibujo de los dos primeros pacientes que lo visitan, según su propio saber y entender. Hacer justicia por mano propia, en definitiva, que es lo que la radio informa que está ocurriendo en la calle: un estallido de furia colectiva provocada por la demora en la salida de un tren. Como un efecto dominó, el choque de un automovilista con la locomotora y el suicidio de una mujer en la misma estación (ambos, recién salidos del consultorio de Schnagel) son la causa del atraso que provoca la cólera que se multiplicó por toda la ciudad, convirtiéndola en una guerra de todos contra todos.
Sobreviviente de “la guerra de los sexos” y sabiendo que fuera del amor y del odio, no hay nada, decide modificar su destino de solitario empedernido y se sumerge en la batalla desatada que es la calle (y los linchamientos que por estos días se suceden parecen una mala copia de este relato) dispuesto a recuperar el amor de Marita, para siempre.

Después de Lacan y su teoría del amor (“… es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es”) la novela romántica resulta poco menos que improbable, como lineales, los personajes bien intencionados y en búsqueda del amor absoluto. Sobre todo si ya están prefigurados por el Destino.

Publicado en diario Perfil, 11/5/2014

Tracción a sangre

La parte inventada




“Esto no es una pipa” escribió Magritte sobre el dibujo de una pipa, pulverizando la ilusión de mímesis que el realismo había construido a lo largo de los siglos. Porque de lo que se trata es de la representación, debate que ya lleva un tiempo y que el mundo de la virtualidad tecnológica vino a complejizar. En el corazón de este debate se instala el personaje del Escritor, replicado en diferentes figuras de autor, cuya obra más acabada es el relato de su combate con la escritura.
Personaje misterioso y asediado por Fresán en todos sus textos, quien reconoce en esta obsesión nacida en su infancia e incentivada por un ambiente familiar sofisticado, “una idea muy romántica del escritor, porque siempre quise serlo. Con Alan Pauls siempre bromeamos y él me pregunta cuándo voy a escribir un libro donde no haya escritores, y yo lo intento, la verdad, pero fracaso a las pocas páginas. Porque también creo que es de lo que más sé. Y en el caso puntual de este libro me interesaba escribir el libro definitivo que agotara ese material.”
Y entre muchas otras cosas esta novela trata acerca de un escritor angustiado, con un bloqueo creativo, que, hastiado de la sobremodernidad y jugando en el terreno de la ciencia ficción, decide “pasar al otro lado”, pero no al lado de la ficción como en Barton Fink, ni mudarse dentro de su cabeza como alguno de sus personajes, sino desintegrarse para, como en The Truman Show, instalarse en los bordes de la representación. ¿Venganza literaria o única salida posible a la ubicuidad de las nuevas tecnologías? “El libro es paradojal en el sentido de que es un libro muy voluminoso sobre la imposibilidad de escribir. En realidad todo el libro es como la previa a la escritura del libro. Los escritores reales que aparecen son retratados en un momento de incertidumbre, como de trance límbico y el escritor éste tiene la idea de centrifugarse, de convertirse en una especie de entidad divina que va a vengarse de todas las injusticias sufridas, como la de ver a los más mediocres convertidos en estrellas literarias. Por otro lado a mí me desconcierta ver gente leyendo todo el tiempo en pantallas, no grandes clásicos de la literatura, sino sobre ellos mismos.”
Si Bradbury imaginó la distopía de un mundo sin libros, esta novela plantea la distopía de un mundo sin lectores, o de lectores de un único libro. ¿Dónde residiría el peligro? “Me parece que estamos viviendo un fin de ciclo, que la escritura no ocupa el lugar que ocupaba antes. La lectura tampoco. La importancia social de la novela no es lo que era en el siglo XIX, donde las personas tal vez vivieran a 40 km. de Londres y no hubieran ido nunca, entonces, todo el conocimiento del mundo llegaba a través de los libros. Hoy no necesitan cumplir esa función. Me parece que, entonces, podría ser un gran momento para que se escribieran y se leyeran obras donde el estilo fuera lo fundamental, el momento de hacer lo que te dé la gana sin temores, con cierta audacia y riesgo.” Como hacer de un muñeco de hojalata a cuerda el símbolo de la resistencia de la tracción a sangre que implica el libro de papel frente al libro electrónico, o del viaje por la literatura universal que es la lectura, frente a la conectividad a una red de pantallas.
Summa literaria, novela total sobre el laboratorio demencial que puede ser la cabeza de un escritor, no parece casual que haya sido Buenos Aires el lugar al que volver, literaria y literalmente, para presentar este ajuste de cuentas con su proyecto literario.

Publicado en diario Perfil, 10/5/2014