Este
libro es el testimonio de la existencia de una genealogía de
intelectuales que nutrieron los estudios literarios en la Argentina,
cuando un grupo de brillantes exiliados republicanos fundó los
estudios filológicos en Latinoamérica junto con varias editoriales
que pusieron a la Argentina en la discusión internacional, como
Losada y Sudamericana.
Pero
también es una muestra de las tensiones entre literatura y política
que en nuestro país fueron y son especialmente exasperadas, de las
transformaciones en los modos de abordar la literatura -el arco que
va de la filología a la teoría literaria- y de una historia
intelectual que hizo de la figura del discípulo su más lograda
herencia. Una línea que podríamos trazar desde Amado Alonso,
Raimundo Lida, Enrique Pezzoni hasta Daniel Link quien, en el
prólogo, se declara orgulloso epígono de su maestro.
Gracias
al archivo Lida de la Universidad de Harvard y de El Colegio de
México, nos encontramos con 34 cartas que Pezzoni le enviara a Lida
y unas pocas de este último a su alumno, un corpus que su
nieta,
Miranda Lida, organizó, junto
con
un aparato crítico que repone los datos contextuales para completar
el armado de una parte importante de la historia literaria argentina
y de la biografía intelectual de Enrique Pezzoni.
Alumno
de los hermanos Raimundo y María Rosa Lida en el Profesorado de
Lenguas Vivas, el vaciamiento del Instituto de Filología durante el
primer gobierno peronista y el posterior exilio de sus principales
figuras, primero en México, y luego en la academia norteamericana,
lo dejó huérfano de referentes y con la fantasía recurrente de
escapar de la Argentina, cuya inestabilidad política y económica
(“las cosas en la Argentina siguen peor que nunca”) es lo único
que, a lo largo de los años, mantiene una coherencia.
La
misma inestabilidad económica lo llevó a hacer traducciones del
inglés, del francés, del italiano y eventualmente del alemán,
actividad en la que rápidamente se destacó, y gracias
a la cual los lectores pudieron
sortear
las engorrosas traducciones españolas.
Desde
el comienzo de
su producción crítica, se mostró como uno
de los lectores más refinados e inteligentes del campo cultural (su
lectura del recién publicado
Otras inquisiciones,
de Borges, le valió el entusiasmo de su autor) aunque en sus cartas
demuestra que la única opinión que de verdad le importa es la de su
maestro. “Como siempre, quedé deslumbrado por todo lo que usted
sabe, por la sorpresa con que nos hace releer a los clásicos”.
Pezzoni,
uno de los maestros admirados hasta la devoción por sus alumnos del
Instituto del Profesorado “Joaquín V. González” como de la
Universidad de Buenos Aires, amó y padeció la docencia por partes
iguales. Frente a la decepcionante experiencia como alumno de una
universidad norteamericana de segundo orden, construyó un modelo de
enseñanza que sacó a la literatura del lugar de mero documento de
una época para transformarla en un campo textual de problemas a
explorar. Un modo de abordar los textos que cambió para siempre lo
que entendemos por literatura y que formó a toda una generación de
críticos académicos.
Una
nueva embestida contra la universidad, esta vez, del gobierno de
facto de Onganía, en 1966, lo llevó a renunciar a su cátedra de la
UBA y poco tiempo después, a quedar cesante en el Colegio Nacional
Buenos Aires, momento
en que recibe
la beca Guggenheim para trabajar sobre la obra de Octavio Paz.
El
año 68 lo encontró ocupando el lugar de José Bianco como
secretario de redacción de Sur,
con la difícil tarea de maniobrar en una revista identificada con el
antiperonismo más recalcitrante, replegada sobre sí misma en un
momento de ebullición política en todo el mundo y en Latinoamérica,
especialmente. Con el fin de salvarla de la agonía, se propuso
acercar a la actualidad a una publicación que, de
espaldas al fenómeno del boom,
no dialogaba con su presente y cuya época de gloria había quedado
atrás.
Unos
años más tarde, encontró en el Instituto de Profesorado “Joaquín
V. González” el refugio donde trabajar a salvo de la cada vez más
violenta realidad argentina y el lugar donde alternó con su trabajo
como editor literario en Sudamericana.
Sólo
volvería a la Universidad de Buenos Aires con la democracia
alfonsinista, para recuperar los estudios literarios del pensamiento
anquilosado y conservador y reorganizar la carrera de Letras, de la
que fue su director.
Annick
Louis, discípula de Pezzoni en la Universidad de Buenos Aires, fue
la compiladora de las clases que éste le dedicó a Borges en esa
casa de estudios: Enrique
Pezzoni, lector de Borges. Lecciones de literatura 1984 – 1988,
un verdadero manual de lectura de una de las obras más irreductibles
de la literatura.
Doctorada
en Francia -lugar
donde reside-
con una tesis titulada
“Jorge Luis Borges. La construction de
una obra”, enseña literatura latinoamericana en la
École des Hautes Études en Sciences Sociales y en la Universidad
de Reims, y habló con La
Capital
sobre el
impacto que significó para su formación este
maestro entrañable.
-
¿Cómo fueron los comienzos de Pezzoni como crítico? ¿Su formación
filológica tenía incidencia en su trabajo crítico?
Sus
comienzos fueron en la revista Sur,
escribiendo notas sobre autores de diferentes áreas culturales,
incluyendo Argentina, claro: Moravia, Borges, John Donne, Nabokov.
Rápidamente se
dedicó a la crítica
de otras formas de arte como el teatro, y el cine, lo que muestra su
interés por la vida cultural y la actualidad, deslices entre formas
artísticas que la revista permitía. En cuanto a su formación
filológica, se puede ver no necesariamente en el vocabulario que
usaba como crítico o en su método de trabajo pero sí en su apego
al análisis textual: tanto en sus escritos como en sus clases el
punto de anclaje es el texto. Cuando habla o analiza los textos
literarios, va y viene hacia la materialidad del texto y despliega un
discurso analítico e interpretativo a partir de ese punto, que se
proyecta hacia lo social, lo político, lo histórico.
-
Su lectura contemporánea a Otras
inquisiciones
le valió el entusiasmo del propio Borges. ¿Pezzoni fue uno de los
lectores más refinados e inteligentes de nuestro campo cultural?
Creo
que se lo puede definir esencialmente como un lector: en las clases,
las críticas, en la editorial, su trabajo consistía en leer y hacer
algo con su lectura, explicitarla en una forma adaptada al auditorio
y transmitirla. Pero eso a la idea de Pezzoni como lector, habría
que agregar su capacidad para comunicar, así como su entusiasmo por
el modo en que leía: ese placer que se notaba cuando desmenuzaba una
obra, literaria, crítica o teórica, de calidad o que le pareciera
mala. Fue un gran lector, en el que se cruzaban la traducción, la
crítica y la interpretación: tres prácticas que movilizaba
simultáneamente para abordar los textos. Por eso leía desde un
lugar único y con una lucidez que es a la vez justa, cruel y tierna
(como se ve en la nota sobre los Testimonios
de Victoria Ocampo). Se lo puede, por lo tanto, definir como uno de
los lectores más inteligentes de nuestro campo cultural. Ser justo
cuando se está inmerso con tanta pasión en un medio cultural
implica un talento particular. Sus lecturas de Borges, en especial
sobre Otras
inquisiciones
y sobre Fervor
de Buenos Aires
– y las que desplegó en sus clases – forman parte de las más
inteligentes y sutiles que se hicieron sobre el escritor.
-
¿Qué fue lo que cambió Pezzoni en el modo de enseñar literatura?
En
la universidad de Buenos Aires, cuando comienza a dirigir la carrera
de Letras en 1984, introduce cambios radicales, que afectan
prácticamente todos los aspectos de la enseñanza. Releyendo las
clases puede verse algo que hoy parece natural pero que no lo era
entonces, la explicitación del modo de evaluación y de las
expectativas respecto de los estudiantes. Por otro lado, introduce
una dinámica entre análisis y teoría, tomando siempre como punto
de partida el texto. Finalmente, innova en el uso de la teoría, que
aparece como una forma de saber que permite acercarse al texto, y
también proponer, a partir de instrumentos teóricos, una reflexión
sobre el estatuto de la literatura y su especificidad artística y
social. Dicho así parece muy abstracto, pero tal vez el aspecto más
notable era físico, porque su presencia era imponente y el modo en
que hablaba ante un auditorio era una verdadera performance que
animaba la sala. Enseñar literatura no es únicamente una cuestión
de contenidos, sino también de formas, y Pezzoni prestaba atención
a todos los aspectos de estas formas. Los exámenes, por ejemplo, ya
no consistían en una prueba oral de repetición de lo aprendido sino
en escribir, y escribir articulando el contenido teórico a los
textos literarios. Cada estudiante se convertía de este modo a la
escritura, modo de evaluación analítica que perdura en la UBA.
-
El fue uno de los renovadores de la carrera de Letras con la vuelta
de la democracia. ¿Cómo fue ese proceso?
Se
dice que el nombramiento de Pezzoni como director de la carrera de
Letras de la UBA se debió a razones políticas. Sin embargo, también
fue un reconocimiento justo a una carrera excepcional. Además de lo
mencionado, podemos decir que promovió la reestructuración y el
plan de estudios, junto con una serie de colegas como Jorge Panesi,
Beatriz Sarlo. Una de las transformaciones concierne a la estructura
de la carrera, que hasta el día de hoy, cuando se la compara con
otros planes de estudio en países variados, parece realmente
extraordinaria: un tronco común obligatorio y luego una serie de
módulos de elección libre, para terminar con una especialización.
Suele
decirse que el mayor aporte del equipo Pezzoni-Panesi fue la
introducción, o más bien re-introducción, de la Teoría literaria
en la carrera, y el lugar capital que le dieron en la formación
literaria y en otras carreras en Humanidades. Sin embargo, es verdad
que la pasión frenética por la teoría que se desató a partir de
entonces (gracias, por supuesto, a la presencia de otros profesores,
como Josefina Ludmer, Nicolás Rosa) terminó preocupándolo: temía
(y confirmaba por momentos) que hubiera alejado a los estudiantes de
la literatura, lo cual le parecía terrible. No tenía sentido para
él enseñar teoría sin analizar textos literarios.
-
Si homologamos “obra” a libros publicados, Pezzoni, que publicó
un solo libro, El
texto y sus voces,
sería un intelectual sin obra. Sin embargo, sus traducciones
legendarias, sus clases, sus artículos críticos, su trabajo como
editor tuvieron una enorme influencia en nuestro campo intelectual.
¿Pezzoni tenía una mirada que adelantaba a su época o fue un
lúcido lector de su presente?
Se
comentaba en el ambiente, y alguna vez lo escuché hablar del tema
también: la escritura – esa escritura de Pezzoni que nos deslumbra
– le costaba. Era como una broma, oponer su capacidad
extraordinaria para hablar en público, construir un discurso,
asegurar su performance, desplegando una energía que nos dejaba a
todos asombrados, y sus dificultades para escribir. Se solía oponer
su obra oral profusa a la escrita, que es poco voluminosa – y poco
visible. Porque en verdad El
texto y sus voces
es una selección, no creo que haya una edición completa de sus
artículos y entrevistas. En un sentido, puede decirse que Pezzoni
fue un intelectual muy borgeano: traducción, edición, enseñanza,
escritura crítica y teórica son tareas que tienen su especificidad,
pero entre las cuales no se establece necesariamente una jerarquía.
En el campo literario, todas son esenciales, y Pezzoni las practicaba
con felicidad y entusiasmo. La obra de Pezzoni es a la vez su
escritura crítica, sus traducciones, sus ediciones, sus clases. En
cuanto a su relación con el presente y el futuro, creo que todo
intelectual realmente anclado en su época adelanta prácticas
futuras. Leer el presente con lucidez implica generar el futuro.
Publicado en La Capital de Rosario, 19/10/2023