sábado, 8 de mayo de 2021

Feminismo de la forma

 El gran despertar

 


Pocas veces un debut literario exhibe las marcas de madurez en la escritura y la formulación de ideas literarias sólidas. Es el caso de El gran despertar, un conjunto de cuentos con el que su autora ganó en su país el reconocimiento inmediato de la crítica.

Sus relatos transitan ese borde donde el realismo se enturbia hasta fundirse en una atmósfera fantástica en la que los personajes podrán devenir en zombis, fantasmas, muertos-vivos, mujeres-lobo o monstruos marinos. Criaturas de la noche como adolescentes en fuga, cuyos cuerpos son el territorio de una guerra popular y prolongada. Como la que lleva adelante un grupo de colegialas católicas contra esa “doble falla” que es la propia imagen, y que el despertar sexual potencia hasta hacer de la experiencia de un beso un tsunami de piel desbordada y del crecimiento, un relato ovidiano de metamorfosis.

En el cuento que le da título al libro -una reformulación en clave contemporánea de las historias de zombis- los sueños se desprenden de unos personajes insomnes que deambulan por una ciudad fantasmal y, como mimos molestos, los ponen frente a un espejo donde anidan todos los malestares de la cultura, minando la vieja ilusión de la unidad del yo.

Una “fogata de novia” con los recuerdos de un novio traidor es el disparador de un experimento que una joven despechada lleva adelante para construir al Hombre Perfecto, y que, en forma aterradora, va convirtiéndolo en una suerte de Frankenstein. Y algo que pareciera formar parte del ADN de la cultura inglesa, la referencia paródica a la monarquía, desde Lewis Carroll, Martin Amis hasta la música progresiva y a la que esta autora -gran lectora de su tradición- también le dedica un pequeño homenaje.  

Toda la literatura maravillosa y su monstruosidad están funcionando en estos relatos, como aquel en el que una loba domesticada resulta la compañera fraterna de una niña que ha quedado separada de su refinada hermana, una “grieta” de la que elige el lado material y salvaje, frente al artificio de la civilización. O aquel en que la gira de una banda pop de mujeres desata la furia de sus fans que, como una horda de lobas aullando a la luna, atacan a los hombres en una escena de utopía violenta. O el cuento donde una perturbadora vecina, como una vieja bruja, lanza un maleficio que transformará al amado en piedra.

Literatura maravillosa en tiempos de Lastesis o Pussy Riot y de puesta en cuestión total de las formas que adoptan los lazos amorosos mientras las teorías sobre el amor inundan las charlas entre mujeres como salidas de un libro de autoayuda.

Hay una pregunta por el cuerpo en estos textos que se responde desde el arte: los cuerpos femeninos, sangrantes, exasperados y al límite de la destrucción no serán imagen, sino volumen, forma significativa. Quizás en esto resida su potencia feminista y no en el mensaje, tal como reclaman hoy quienes reescriben los cuentos de hadas en clave antipatriarcal.

Publicado en Otraparte, 6/5/2021

domingo, 18 de abril de 2021

Cuentos completos de Lorrie Moore


 

            Después de cosechar el fervor de un público cada vez mayor y de que su visita a Sudamérica en el año 2019 se haya convertido en un acontecimiento literario, llega a las librerías la compilación de los cuatro libros de cuentos de esta exquisita narradora norteamericana: Autoayuda, de 1985; Como la vida misma, de 1990; Pájaros de América, de 1998 y Gracias por la compañía, de 2014. Una summa literaria de su narrativa breve cuya pavorosa traducción en España no logra destruir una escritura de una potencia asombrosa.

            Sus relatos, con comienzos in media res y finales que se desvanecen en una aparente trivialidad, se desentienden de la estructura perfecta del cuento y nos hablan de aquellos hechos de la vida que nunca cierran, sino que llegan y pasan. Sus personajes que, a falta de una definición mejor, llamaremos reales, nos ponen frente a un espejo que nos obliga a reconocernos en esas criaturas tan desamparadas como intensas a las que interpela, desde el primer libro, con una segunda persona del singular, para darle una vuelta completa a ese género, la autoayuda, que promete la utopía de dominar nuestras zonas erróneas.

            Con una prosa que logra incorporar las metáforas, estructuralmente, al texto, aborda los vínculos amorosos, poniendo el foco en detalles con los que logra captar los pliegues de la subjetividad, tomándole el pulso a todo lo que se juega en las relaciones amorosas de cualquier signo, en especial, las que unen y separan a las madres y sus hijas. (“Te da un beso húmedo en la mejilla con un velo navideño en los ojos. Cree que eres maravillosa. Es, sin duda, tu mayor admiradora. Está envejecida y menopáusica. Desea ser tú con muchas ganas, con mucha vehemencia.”)

            Pensando en Proust, Deleuze definió los sentimientos y percepciones que se independizan de quienes las experimentan y adquieren peso propio dentro de la obra, como un bloque de afecciones y sensaciones. Algo así como esculpir el propio texto, un oficio que esta autora practica con gran maestría.

Publicado en La gaceta literaria, 18/4/2021

viernes, 19 de marzo de 2021

Humor en cuarentena

Corría el mes de marzo de 2020 y el mundo descubría, con estupor, la existencia de una pandemia que lo confinaba al interior del hogar, y por tiempo indeterminado. Las redes sociales, ese no-lugar donde volcar la furia o, desde entonces, la angustia por el encierro, se convirtió en el espacio donde varios humoristas encontraron el modo de ejercer la parodia, ese género polivalente, capaz de transformarse cada vez.

            La insalvable grieta política, de un lado y del otro; las dudas sobre la nueva normalidad; la convivencia forzada; los desafíos de las clases online o el empoderamiento de la derecha fascista, tomados en clave de solfa, han hecho de este mundo pandémico un lugar un poco más amable de habitar, gracias al trabajo de algunos humoristas llegados del stand-up, el teatro under y el humor gráfico. Con los recursos de la edición, esa herramienta de los medios audiovisuales que, como el montaje en el cine, transforman el mensaje, potenciándolo, lograron provocar, en un público cada vez más amplio, el impacto necesario para que la maquinaria del humor eche a andar.

            Desde el “toque de quena” anunciado por una de las deliciosas criaturas animadas por Gabriel Lucero en “Gente rota”, pasando por los vertiginosos contrapuntos entre Guille Aquino y su antagonista recargada, hasta el robótico rugbier-cristiano pergeñado por el actor Ezequiel Campa y su par femenina, la vecina del country, a cargo de Verónica Llinás, la sátira política y social, de la mano de la exasperación ideológica, ha copado la parada.

            Que estamos rotos, ansiosos, desorientados, y por sobre todas las cosas, atomizados, no es ninguna novedad. Que la agenda diaria nos provee de personajes cada vez más extremos, noticias inverosímiles y datos duros sin chequear, tampoco. Y ahí es donde algunos guionistas, pegados a las noticias de actualidad, logran tomarle el pulso a un estado de la sociedad que ha normalizado escenas que parecen salidas de la ciencia ficción más distópica, como el ataque de un grupo de rugbiers desatados, digna de La naranja mecánica.

            Ya la definición aristotélica de “parodia” lo anunciaba: se trata de un género con personajes imitados “peores de lo que nosotros somos”. Con una clara función lúdica, expone a su objeto de burla y lo degrada frente a un espectador cómplice, aunque éste sea, al mismo tiempo, el burlado. Implica siempre un juicio de valor y utiliza la transformación semántica como su recurso estrella.

            Pero es en la sátira donde la realidad dialoga mano a mano con el arte. Nacida de la tragedia clásica, se propone, como crítica de las costumbres, denunciar vicios y prejuicios sociales y apoyada en los recursos de la ironía (esa figura retórica que supone un espectador capaz de decodificar el mensaje implícito opuesto al texto pronunciado) le suma capas a un género de por sí, travestido.

 

Humor autogestivo y producción artesanal

 

            Guillermo Aquino lleva varios años como artista multifunción en la TV, el teatro y, desde hace un tiempo, en las redes, donde escribe sus propios guiones, los dirige, actúa y edita. Con un equipo mínimo de producción lleva adelante una de las propuestas más viralizadas, que encontró en su contraparte femenina, Lucía Iacono, aún más extrema (¿o quizás las incorrecciones suenen más brutales en boca de una mujer?) el timing justo para un ping pong vertiginoso de actualidad, absurdo y golpes de efecto.

            Con un humor autorreferencial que se burla de las encendidas luchas políticas que estallan en las redes, lleva la ironía hasta el límite y expone las contradicciones de una sociedad que encontró en la grieta una trinchera desde donde vociferar su descontento y exhibir su decadencia.

            Empezaba el aislamiento obligatorio y la noticia de que el propietario de una casa en un country había sido descubierto llevando a su mucama en el baúl del auto, se convirtió en uno de los subtextos con los que el actor Ezequiel Campa dialoga a través de su personaje “Dicky del Solar”, el rugbier cristiano que baja línea desde el borde de la pileta del country. El estereotipo, ese subrayado que muchas veces se agota en sí mismo, encuentra en el otro lado del espejo, la realidad, una fuente inagotable de miserias y clasismo desembozado. Del otro lado del cerco, Verónica Llinás, de larga trayectoria en el teatro, el cine y la TV, compone un personaje recalcitrante, nutrido en el grotesco, ese género en el que se formó junto a los grandes referentes del país.

            Con una propuesta bastante original, Gabriel Lucero, que comenzó animando audios de whatsapp como un ejercicio de estilo, ideó “Gente rota”, un producto donde el guión lo escriben los usuarios.

            Sin subtexto que parodiar, el cruce entre los audios reales y su animación produce un efecto cómico a partir de equívocos y cambios semánticos (“la tenía engendrada en el celular”). Quizás esta función de whatsapp, tan denostada por sus destinatarios, sea el formato que permita a sus locutores confesar sus angustias, temores o hipótesis sobre casi todo, sin interrupciones y como en el origen de los géneros cómicos, todas las variantes del sentido común se convierten en materia prima.

            Hoy los seguidores de estos géneros plebeyos, que han pasado largamente el millón, los llenan de comentarios agradeciéndoles ser una de las pocas experiencias disfrutables en pandemia, mientras ellos se dan el gusto de jugar y cruzar sus personajes en sketches compartidos. Que finalmente de eso se trata, de seguir jugando, a pesar de todo.

Publicado en eldiario.AR, 19/3/2021

domingo, 14 de marzo de 2021

Entrevista a Fabián Casas


Fabián Casas es uno de los pocos escritores argentinos contemporáneos que gozan de una pequeña mitología: se dice de él que nació en Boedo y no en Buenos Aires, y algunos de sus versos, como contraseñas, han corrido de boca en boca. Suerte de estrella de rock barrial, sobrevivió al peligro de quedar encasillado como representante de una generación -los 90, en su caso- y construyó, con los ecos de los escritores de su generación y de nuestra excelente tradición literaria, una voz propia. 

Papel para envolver verdura es -por ahora- su último libro, editado por el sello Emecé y el título hace referencia al espacio donde fueron publicados estos textos originalmente, la edición de los sábados del diario Perfil, donde su autor fue columnista durante casi seis años.

La poesía, la narrativa, el ensayo, el teatro, el guión cinematográfico y en los últimos tiempos, la docencia -una experiencia para él impensada, “como haber descubierto un nuevo género”- son el territorio de una escritura ampliamente conocida, leída y divulgada, que habla de una osadía a la hora de posicionarse en el conflictivo campo literario.

Estos textos, que podrían ser leídos como un cuaderno de notas de escritor ¿qué relación tienen con tus ficciones o tu poesía?

Muchas veces, algunas de estas columnas se transformaban en poemas y algunas otras, en relatos. Pienso que tiene que ver con mi forma de trabajar, yo no tengo mucho respeto por los géneros. Creo que dividir la literatura en géneros tiene un efecto tranquilizador para la academia o a la hora de editar, pero para escribir, a mí no me resulta productivo diferenciar por géneros. Más bien los voy mezclando, como si fuera una especie de soldador. Creo que lo que tienen en común estos textos es eso, son como textos inestables que se conectan con distintas situaciones de la vida.

Sos uno de los pocos escritores contemporáneos al que lo rodea una especie de pequeña mitología fundada en un territorio propio, el barrio de Boedo y su club insignia, San Lorenzo, al que la crítica ubicó rápidamente como representante de una generación poética, la de los 90. ¿Te sentís cómodo con esta caracterización?

(Después de describir las calles del barrio donde estaban todas las casas en las que vivió, continúa): Te cuento una anécdota, yo me di cuenta que formaba parte de la generación de los 90 cuando lo leí en un libro que había editado el Centro Cultural Rojas donde se daban determinadas características con las que mi trabajo coincidía. Creo que las generaciones son una categoría muy poco precisa. A la par mía hay un montón de escritores increíbles que no tienen nada que ver con mi literatura y que a mí me estimula mucho leer porque me amplía la paleta de colores. Si sos Flaubert te conviene leer a Cucurto y si sos Cucurto te conviene leer a Flaubert para no quedarte preso de ese “matrimonio de primos” que son los grupos literarios. Ahora, si leés a Flaubert y te causa un efecto invalidante, creo que eso tiene más que ver con la idea que tengas de la literatura. Si te podés emancipar y tomarte las cosas con alegría, como dice Spinoza, y liberarte de la idea de originalidad, me parece que ese es el camino. Pero además soy contemporáneo de tantísimos escritores más grandes y más jóvenes que yo a los que me gusta mucho leer. No me resulta determinante o interesante pensarme dentro de una generación.

Una de nuestras grandes críticas literarias, María Teresa Gramuglio, decía que los escritores escriben libros pero que la literatura la hacen los críticos.

Bueno, yo lo decía más en términos de que pensarse dentro de la literatura te impide escribir. Cuando doy clases de escritura -dar taller, para mí, es como haber descubierto un nuevo género, es muy productivo, los doy caminando, de manera presencial- siempre lo que planteo es que está bueno salirse de la literatura, de la filosofía, que muchas veces te impiden pensar. Este año pude empezar a dar de vuelta los talleres presenciales, con protocolo, y fue una alegría enorme porque estaba lleno de gente que esperaba para hacerlo. Para mí, el contacto con las personas en ese espacio es como meditar, porque no preparo mucho las clases, solamente las estructuro, y eso me da la posibilidad de perderme y me hace sentir que estoy más presente. Ayer, por ejemplo, nos olvidamos de prender la luz, estábamos a oscuras y seguíamos conectados con lo que estábamos hablando. Además, cuando entrás a la clase te olvidás de todos tus problemas. Es que para mí la literatura es un hecho colectivo, contrariamente a lo que se piensa sobre la soledad del lector y del escritor.

Muchos de los textos hablan de situaciones muy personales. ¿Te sirvieron como catarsis o fueron el modo de hablar de una ruptura amorosa, hablando de otro tipo de lazos amorosos?

Son como una marca de lo que me iba pasando y yo intentaba sacarlos del lugar de que tuvieran importancia solamente para mí, entonces, si lograba ese estado, lo ponía en una columna. Tenía que provocarme deseo de investigar ahí ese sentimiento y entonces lo escribía, pero no tiene que ver con la catarsis personal. Yo no creo en el estado catártico, que puede servir al comienzo, pero después uno tiene que trabajar los textos como una máquina. A veces escribo poemas de quince páginas y después tengo que pasar por un estado de desapego del texto para seguir al poema. En ese sentido me pasa algo del orden de lo maquínico, es como meterme abajo del auto para repararlo. Yo a los textos los trabajo como si fueran una máquina.

Muchos de estos textos hablan de una formación ligada a un colectivo de amigos-escritores, pero también aparecen algunos nombres funcionando como mentores. Fogwill, Piglia, Gombrowicz. ¿Cómo fue tu formación como lector y como escritor?

Yo estudié filosofía y la facultad me dio la dinámica de los grupos de estudio pero, por otro lado, leía lo que me había dado mi maestra de 7º grado que para mí fue una persona muy importante. Ella me hizo leer a los escritores del boom y a partir de ahí, lo que íbamos descubriendo con mis amigos: la poesía latinoamericana y la poesía inglesa. Después aprendí a leer inglés, italiano, portugués, en forma básica, como para poder leer poesía en su lengua original. En cuanto a Fogwill, fui muy amigo, tuve un vínculo mucho más vital que literario y con Ricardo Piglia tuve una relación más afectiva pero más distante. El, en un momento, me dio el dinero para sacar una revista de poesía que hacía con unos amigos.

Frente a la pregunta que persigue a todos los autores nóveles: cómo llegar a la edición, vos contás la anécdota de una chica que te acercó sus plaquetas y cómo, de alguna manera, se las publicaste al leerlas y comentarlas en tu nota. ¿Cómo fue tu recorrido hasta la primera edición?

Lo que me gustó de esa chica fue esa cosa espontánea de no estar esperando que te vea una editorial sino vos mismo salir a mostrar tus textos y publicar tus propias plaquetas. Es algo que hicieron Rimbaud, Juanele Ortiz, grandes poetas. Hay un culto medio raro en relación a que está mal autopublicarse y yo pienso todo lo contrario. Me parece una actitud muy valiente y muy potente, armar un grupo de amigos y editarse. Por otro lado, la mejor literatura la encuentro en las editoriales chiquitas. ¿Mi primera edición? Fue a través de Gelman. El me presentó a José Luis Mangieri, que pasó a ser una de las personas más importantes de mi vida. El me editó mis tres primeros libros en Libros de Tierra Firme, su editorial, a comienzos de los noventa. Soy un afortunado la verdad. Después publiqué El salmón; en el 2000 salió mi primer libro de relatos, Ocio, por Santiago Arcos. Después la misma editorial publicó mi primer libro de cuentos, Los Lemmings, que anduvo muy bien y después ya pasé a Planeta, pero sin dejar de publicar en Eloísa cartonera y otras editoriales independientes. (N. de P.: Hoy lleva publicados más de veinte títulos). Blatt&Ríos va a publicar ahora una obra de teatro y Caleta Olivia está por sacar un libro de poemas, también en el 2021.

¿Qué es la poesía para vos, un género literario o un modo de habitar el mundo? ¿Sería como esa mandarina invisible que pela el personaje femenino de la película de Lee Chang-don, Burning, de la que hablás en una de las columnas y que, como el sentido en la poesía, hay que olvidar que no está?

Me parece que es eso que decís vos, es la mandarina invisible. En otras ocasiones, un poco más tranquilizadoras, es un género literario, pero para mí la poesía no necesariamente tiene que ser escrita.

Aira, Saer, Lisandro Alonso parecieran tus genios tutelares. ¿Qué relación tienen con tu literatura?

Con Lisandro Alonso somos muy amigos. Yo escribí mi primer guión para él. Saer es un escritor que he leído mucho y Aira me parece que es el escritor más serio que existe, él tiene una confianza en la literatura que es algo que me encanta. Pero todos ellos tienen que ver más con mi gusto como lector.

El texto que escribiste sobre un poema de Cólera Buey, “Juguetes”, quizás uno de los más logrados, empieza en Gelman y termina en la película Cabo de miedo. En ese arco que va de una escopeta de juguete a un transformer, pensaba en cómo se juega la relación entre política y literatura, de los años 60 hasta hoy. ¿Cómo te posicionás, como poeta, dentro de ese arco?

Yo en eso soy como un hijo de los 60 y los 70 porque no puedo separar la política de la literatura. Para mí un poema es un hecho político, aunque no esté tematizada en él la política. Juan, en ese sentido, era un animal político, con él nunca pude hablar literatura, sólo de política. Sin embargo, él hablaba ocho idiomas y me acuerdo que me dijo que él escribía sin corregir, como en estado de trance. Todo lo contrario a mí.

¿Boedo es a Casas lo que Palermo es a Borges? La pregunta tiene que ver con que en cada ocasión que se habla de vos se dice: nació en Boedo, no en Buenos Aires. ¿Esa metonimia fue intencional?

No, para nada. Incluso en el extranjero lo pusieron de esa forma, y muchos preguntaban si Boedo era un país. A diferencia de Borges, que tenía una gran imaginación y podía escribir textos fantásticos, yo carezco de imaginación, por lo que estoy condenado a escribir sobre lo que conozco. Eso es todo.


Papel para envolver verdura


Un libro que se lee de un tirón no necesariamente es un libro ligero. Los textos de Papel para envolver verdura son un ejemplo. Escritos a partir de un primerísimo primer plano alrededor del cual se van armando constelaciones de gustos personales, opiniones sobre política cultural y relatos familiares, en un arco que va de lo privado-íntimo a lo colectivo-público, logran, en algunas ocasiones, un ensamblaje perfecto. 

Con un medio tono capaz de enhebrar zonas de la alta cultura con la baja, su propia biografía es la excusa para hablar de la amistad y unir, en un mismo trazo, a Montaigne con Serrat; a Lucia Berlin con Jimi Hendrix; al trabajo con la escritura de Marcelo Cohen con su padre agonizante o a Luis Miguel con Kafka, en su condición de hijos de un padre atroz. A formular la hipótesis de la autoría borgeana de La invención de Morel o de la traducción de Zizek al español como “sí, sé”. 

A armar una lista de consejos de escritura para un amigo y declarar que “hay que ser políticamente concreto.” A ensamblar el disco que anunció la separación de los Beatles, Abbey Road con su propia separación, y en su escucha, encontrar la fusión perfecta entre una experiencia estética y una experiencia emocional. 

Contra la idea de que sólo el tiempo permite valorar a un artista en su justa medida, Casas propone leer a los contemporáneos como si fueran clásicos fugaces y recuerda los consejos que le dio Piglia para evitar la trampa de la generación literaria: austeridad, libertad y nomadismo. Un modo de abordar su propio proyecto literario, que estas columnas semanales parecen seguir “al pie de la letra”. 

Publicado en La Capital de Rosario, 14/3/2021 

viernes, 22 de enero de 2021

Impacto al centro de gravedad

 Teoría de la gravedad

 


 

            Frente a la literatura del yo, la autoficción o la autobiografía (un género que tuvo, en el siglo XVIII, su momento de gloria y que nunca se fue del todo), se presentan estas columnas escritas por Leila Guerriero para El país de Madrid, seleccionadas con la dedicación de quien arma un álbum de fotos familiares, y que la tienen a ella como protagonista.

            Estos textos, pequeñas manufacturas hechas con retazos de poemas y crónicas de sí misma, trabajados con el cuidado amoroso del que ama su oficio, responden deliberadamente a una estructura concentrada y reiterativa y conforman una prosa poética que, sostenida en la métrica y el ritmo, tienen a la oración -en su sentido gramatical pero también religioso- como principio constructivo.

            “Aquí yo” comienza, en forma rotunda, este conjunto de textos y mientras expone la propia subjetividad en toda su complejidad elige incluir una cita de El amor brujo de Roberto Arlt (otro de nuestros grandes cronistas) donde vemos aparecer el mito del escritor desheredado que se hizo a sí mismo y construyó su lugar a pura potencia. Toda una declaración de principios.

            Con los instrumentos del periodismo narrativo que tantas veces enumeró: saber mirar y volverse invisible para construir una escena que produzca en los lectores un golpe de efecto, sus textos transitan por todo el territorio de una experiencia personal que se transforma en colectiva: los modos en que el amor se convierte en su contrario, el equilibrio inestable entre la felicidad y la desazón, los padres, la infancia acunada con las lecturas del Struwwelpeter, la adolescencia en un pueblo de provincia (y todo el imaginario de la pampa como desierto y como monstruosidad), la huida a la gran ciudad al encuentro de la vocación, la juventud alocada, la escritura “ese bicho inhumano” como destino y como suplicio, el momento de la orfandad, el tiempo y sus trampas, la experiencia del arte como pérdida del yo, la costumbre y su máquina de deshumanización, la memoria como cadáveres de recuerdos, las cuentas pendientes con ese espejo deformado que es la propia madre, el verbo “aullar” repetido una y otra vez y toda la ferocidad de su prosa, para “venir aquí y contrabandear poemas que escribieron otros. Después, alguna vez, salir en puntas de pie, quedarme quieta y desaparecer.”

            Y si, como docente, impulsa a sus alumnos de periodismo a ampliar el universo de sus lecturas y a descubrir el arte en todas sus formas, estos textos exhiben, en los fragmentos citados de los numerosos poemas, a una finísima lectora que ha aprendido que la literatura es el manual de instrucciones para entender cuál es nuestro lugar en el mundo.

            Quienes conocen sus crónicas saben de lo que es capaz esta “voyeur invencible.” Esta vez, Leila Guerriero apunta con su arma al centro de gravedad que es nuestro propio ombligo, al fin y al cabo, lo único con lo que contamos.


Publicado en Otra parte semanal, 21/1/21

           

 

domingo, 17 de enero de 2021

Entrevista a Selva Almada

Salvaje federal, la primera librería con un fondo editorial íntegramente formado por libros escritos y editados en las provincias, surgió del encuentro y el deseo de cinco amigas: Maricel Cioce, Carla Gorlero, Natalia Peroni, Raquel Tejerina y Selva Almada, quienes, pandemia mediante, decidieron lanzarla en forma virtual a la espera de poder abrir la librería física y convertirla en un lugar de encuentro de los autores y las literaturas que habitan nuestro territorio.

De eso hablamos con Selva Almada, una autora “de provincias” cuyos libros ya traspasaron varias fronteras e idiomas.




¿Cómo surgió Salvaje federal?

Nosotras nos conocimos en un taller de escritura que yo coordinaba y después nos hicimos amigas y en esas charlas informales, un día Maricel dijo que su sueño era tener una librería y ahí Natalia contó que ella, de chica, jugaba a tener una librería. Las demás dijimos, bueno, las apoyamos y vemos cómo seguimos. La primera cosa que se nos ocurrió fue armar una librería itinerante. Por qué no armar un book-track dijimos, que pueda moverse por los parques de la ciudad, pero después pensamos en poner una librería tradicional y buscamos un lugar. Cuando la idea tomó forma nos pusimos a pensar en cómo sería la librería y se nos ocurrió que estuviera dedicada a las literaturas de las provincias, ya que en Buenos Aires circula muy poco. Sólo se conoce lo que podemos ver en los suplementos literarios, que se pueden ocupar de algún escritor de provincia cuando está publicado por una editorial importante, sino, es muy difícil rastrear esta literatura. Entonces, nos entusiasmamos con la idea de hacer circular estas literaturas.

 

¿Qué pasa con los libros de las grandes editoriales?

Las editoriales grandes no entran por el momento dentro de nuestro radar, porque las autoras y autores que publicamos ahí ya tenemos mucha difusión a través de sus propias vías. Nuestro propósito es el rescate, ese es nuestro pequeño aporte a la circulación de estas literaturas menos conocidas. Después vino la pandemia y pensamos que era una buena oportunidad para reconvertirla en una librería online y cuando se pueda, sí, tener un espacio. Y la verdad que terminó siendo mucho mejor de lo que habíamos pensado, porque no sólo permitió traer esas literaturas y hacerlas circular por Buenos Aires, sino que viajen por otras regiones del país, donde tampoco se conocen.

 

¿Por qué “salvaje federal”?

Más allá de la referencia histórica tan conocida de “salvajes unitarios”, básicamente nuestro objetivo es ser una librería lo más federal que podamos y salvaje en el sentido de tener que ir a descubrir esas literaturas desconocidas, pero también en oposición a lo establecido, a las recomendaciones de los suplementos. Como una lectura más curiosa, arriesgada, sin tantas ataduras con el canon impuesto. La idea es construir un lector que se anime a descubrir. Tenemos muchos autores consagrados, pero sobre todo mucha literatura contemporánea nueva.

 

Los nombres de las secciones (Literatura fluvial, montaraz, andina, pampeana, patagónica) hablan de una idea de literatura regional. ¿Esa es la literatura que te interesa?

A mí me gustan las escrituras que tienen sus particularidades, no me interesan los lenguajes neutros que suele ser una tendencia hoy, pensando en que ese libro se pueda leer en cualquier parte del mundo. A mí me interesan las literaturas donde se puede ver un universo formado por el lenguaje que a veces puede dar cuenta de una región real o imaginaria. De esas particularidades hay muchísimo en las literaturas de las provincias, por eso me parece muy valioso que tengan más circulación.

 

¿Cómo llegan a las pequeñas editoriales provinciales?

Estamos todo el tiempo buscando a través de las redes sociales, en internet. Así descubrimos una editorial tucumana, Gerania, que próximamente va estar en la librería, que es muy nueva y nos gustó mucho.

 

¿La librería se propone como un modo de intervención cultural, más allá de lo comercial?

Sí, de hecho, la idea del espacio físico sigue en pie porque queremos que ahí se produzcan cosas. Queremos invitar a escritores de las provincias a dar charlas y que ese espacio físico sirva para generar encuentros, lazos, que cuando esos escritores vengan a una feria o a un festival, tengan un lugar en Salvaje federal. Así que sí, excede lo comercial y tiene más que ver con la promoción cultural de esas literaturas.

 

Es una toma de posición fuerte en relación al estado de nuestro campo cultural.

Tiene que ver no sólo con una estética sino con una política. Para empezar por algo obvio: la literatura argentina está hecha con autores de provincias, más allá que Buenos Aires haya sido la vidriera. Es un poco ubicarse en los bordes y a mí me convoca desde la escritura y desde la lectura. Del Chaco me acaba de llegar un mail de un grupo de artistas que tienen una editorial, Literatura tropical, así que también vamos a tener libros de ellos. Es decir, claramente, a lo largo y a lo ancho del país se producen cosas todo el tiempo, sólo que no nos enteramos.


Publicado en La gaceta de Tucumán, 17/1/2021

domingo, 3 de enero de 2021

Un cartógrafo de la literatura

Entrevista a Luis Chitarroni

 

Luis Chitarroni es, definitivamente, uno de nuestros críticos más excéntricos. Después de aprender el oficio de editor en Sudamericana con un maestro de lujo, Enrique Pezzoni, armó su propio proyecto editorial, La bestia equilátera, donde construyó un catálogo a la medida de un refinado caballero inglés.

Es autor de las novelas El carapálida y Peripecias del no; los cuentos de La noche politeísta; los libros de crítica Siluetas; Los escritores de los escritores; Mil tazas de té y Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges) y de la recientemente publicada Pasado mañana, una selección de sus artículos críticos escritos en las últimas décadas, y editada por la universidad Diego Portales.

Del título, afirma que es un homenaje a su proverbial morosidad para entregar un material que le llevó, a quien tuvo a su cargo la edición, Ignacio Echevarría, un año lograr ordenar.

Suerte de summa crítica, sus páginas construyen una cartografía infernal de sus intereses, en la que nos enfrentamos a una escritura barroca, con abundancia de subordinadas, erudita y ecléctica. Un “caos elegante”, como define al orden de su biblioteca, en el que tanto pueden entrar constelaciones enteras de nombres del policial anglosajón como la historia nunca contada del rock de los 70, y que se desmarca programáticamente de los gustos de la época que le toca transitar.

 

¿Cómo surgió la idea de este libro?

Como todos los libros de esta colección, Huellas, la idea es de Matías Rivas, el editor. Míos fueron solo la compilación y el título. Le pedí a Ignacio (Echevarría) que tratara todo como si fuera material póstumo, para que requiriera de mí la menor intervención posible y, a comienzos de 2019, casi era póstumo de veras. Tuve que someterme a una operación cardíaca, efecto de un infarto silente o blanco, como lo llaman con mallarmeana pureza, pereza o presteza.

 

¿El hecho de que no se hayan incluido las referencias del lugar y el año en que se publicaron estos textos a qué se debió?

Creo que la idea de no anunciar las fuentes fue un acto de negligencia de mi parte, pero se trata de suplementos o revistas que me pidieron alguna colaboración. Como la mayoría de los críticos, de Nicolás Rosa a Frank Kermode, puedo jactarme de una pobreza que me impide decir no ante la menor insinuación de trabajo, que, por supuesto, y como insistía Dylan Thomas, “es la muerte sin dignidad”. Conjetural, Ñ, Radar, alguna publicación chilena o mexicana, excepcionalmente española o francesa.   

 

En el prólogo hay una cita de Benjamin que habla de una posición de anacronismo del crítico en relación a su tiempo. ¿Qué le permitiría al crítico registrar de su contemporaneidad esa posición?

El anacronismo ayuda a leer con un gusto ajeno a las convenciones, algo que a menudo le proporciona un gusto “prestado”. Toulet, Valéry, Lampedusa o Machen, Starobinski, Poulet, Joaquin Kalka, Galen Strawson, Michael Schmidt… son críticos que se resbalan por aquí o por allá. El monoteísmo de la crítica es algo que me desalienta. Como contemporáneo, trato de elegir la postura del duelista y me pongo de espaldas a un adversario inventado, el dispuesto a complacer los halagos de la doxa. No es un duelo a volonté.

 ¿Sos un crítico elitista?

Gracias por esa halagadora precisión y condescendencia. Soy solapada o no tan solapadamente elitista, dicho sin ironía, con afectada delectación. Queda mal decirlo: hay que abrir los brazos hoy a cualquier conformismo, ¿no? Creo que la lectura nos ahorra ciertas pleitesías y aumenta los intereses de otras deudas que no quisiéramos pagar. Si yo dijera que mi mejor ejemplo crítico es el por momentos muy estúpido Duc de Saint Simon, no estaría diciendo rigurosamente la verdad, pero preferiría esa arrogancia a someterme a ciertas gansadas, como muchas zonceras de toda laya que desfilan disfrazadas de novedades.

Recorriéndolo pareciera que hubieras nacido como lector con una idea definida de lo que es la literatura para vos. ¿Cómo fue tu itinerario como lector?

Las lecturas infantiles sin reemplazo: de Fenimore Cooper a Mark Twain. Uno odiaba al otro, como se solicita. Poca literatura en castellano entonces, ya que los niños se resisten al aburrimiento. Ni Juana de de Ibarborou ni Germán Berdiales. Verne a raudales más que Salgari, favorito de mi papá. Descubrimiento, gracias a mi hermana, de lo que es una traducción. Biografía de los Beatles de Hunter Davies, horriblemente traducida, pude advertir. El Quijote obligatorio del que el amor de mi papá no me dejaba escapar. A velar armas, a conocer a Cide Hamete Benengeli, a gobernar la ínsula Barataria. Arlt, Borges, después y, en el colegio, Cortázar. Dos libros de crítica que me abrieron los ojos (o me los cerraron definitivamente): Criticar al crítico, de Eliot, y El ABC de la lectura, de Ezra Pound, leídos con la ferocidad adolescente de la apropiación.

 En tu cartografía está el policial anglosajón, está Borges, centralmente, está Aira, como genio tutelar de lo que llamás tu generación, están algunos escritores que integran el catálogo de La bestia equilátera. ¿Qué es lo que encontraste en ellos?

En muchos policiales ingleses, la solución de que los principales sospechosos fueran, aparte de los descartados mayordomos, los editores o los asesores literarios, como se dice en alguno de los artículos de Pasado mañana. El absorbente propósito de que el investigador fuera un personaje extravagante, como el Nigel Strangeways de Nicholas Blake, inspirado en Auden. Study in Scarlet, de Conan Doyle, en la biblioteca de La Nación, traducido La mancha de sangre, Poirot en esas ediciones de El molino, con sus ilustraciones hiperrealistas son manchas imborrables en la memoria… De La bestia hay poco, creo. Viejos fanatismos como Arno Schmidt, o advenimientos como el Lewis de El caballero que cayó al mar. En realidad, los libros de La bestia fueron armando su propia órbita, y la ilusión de una galaxia de autores que complazca el gusto de todos, sencillamente se desvanece cuando alguien no la comparte, como ocurrió con autores que dábamos por sentado que enriquecían el catálogo y terminaban vendiendo poquísimos ejemplares, como Schmidt, Machen o Szell. La idea misma inicial tuvo que ser modificada, porque yo daba por cierto que Kurt Vonnegut había sido ya leído, por ejemplo, por todos los lectores. La bestia equilátera comenzó en un momento en que pocas traducciones se hacían acá. Hoy, hay nuevas traducciones argentina de Kafka, de Beckett, de Queneau, de Vian, de Burroughs. Ese es tal vez el mejor legado -inmediato- de La bestia como editorial.

 ¿Qué lugar ocupan Arlt, Puig o Saer en esta cartografía?

El juguete rabioso y El arte de narrar, dos de mis libros favoritos. El peso de Puig no es literario, como una bendición convertida en gualicho, toda una idea de lo narrativo exento del fetichismo de las palabras. Como en María Martoccia, una excelencia a la que no puedo acceder ni aspirar. Yo soy verboso, trabado.

 Los escritores de las provincias que no son leídos desde Buenos Aires ¿tienen posibilidad de caer en tu radar?

Santa Fe y Rosario están desde siempre, con su caudal simpático y adverso, en mi sangre. Charlie Feiling había nacido en Rosario, ¿no? El último Falcon sobre la tierra, de Juan Ignacio Pisano (publicado por Baltasara editora), se las arregló para llegar hasta mi mesa de lectura. Y Angélica Gorodischer, otra santafesina a quien yo admiraba desde Las pelucas, creo que su primer libro.

 ¿Le debemos al grupo de Shangai (al que Aira le dedicó un homenaje en la novelita “El volante”) haber podido conocerlo?

Dudo que El volante haya sido un tributo al grupo Shanghai, del que los viajeros en elefante habíamos sido pa(sa)jeros de cierta revista de duración efímera. Con paranoica certeza, creo que Aira tenía en ese momento la idea de que las generaciones que veníamos después éramos, por supuesto, más haraganas de lo que la literatura se merece. La actividad de “Los escritores” de El volante consiste solo en asistir a cocktails y vernisages. Era el pensamiento común sobre nosotros, Shanghai, Babel o como quieran acorralarnos.

Aira es airano cuentapropista y contrapuntístico. Su Borges, a esta altura, es un helicóptero que danza con la música del tiempo impuesta por Lautréamont. La definición de Borges es un efecto de la época, en ese sentido el tiempo no hace otra cosa que deteriorarlo, dejando a la vista sus espumarajos retóricos, como los de Lugones, y con una ideología análogamente trasnochada. Pero uno dura aquello que dicta que dure su estado de lengua. El Borges conceptual que adoro está a la vuelta de la esquina, en pocas ficciones, en la mayoría de sus ensayos y, tal vez de un modo redundante, en Bustos Domecq.   

Si hay algo que no te falta es erudición, investigación, intervención cultural, interdisciplinariedad. ¿Qué te diferencia de la crítica académica?

Mis desprolijidades, en todos los sentidos. Mis desproporciones, mi falta de escrúpulos sedentarios en las literaturas nacionales. Mi prolijidad en el sentido más español, las proporciones perversas. Mi exceso de escrúpulos cuando se trata de “establecer” una tradición esquiva.

Y para el final: ¿Los Beatles o los Rolling Stones?

Los Beatles son la infancia en el barrio, como quise proyectar en El carapálida. Como si el barrio fuera Rosario, Liverpool a medida. Cada uno de los pormenores, no la historia para fans a quienes les importan las exterioridades que suelen sacralizarse. La música de Wonderwall, música de Harrison, film guionado por Cabrera Infante. Los libros de Lennon, elogiados [presuntamente] por Sam Beckett, el hecho de que produjeran en Apple los primeros álbumes de John Tavener. Pero los Stones me obsesionaron también, hasta Exiles on Main St., y con ciertos detalles de “Vidas paralelas”: Beggar’s Banquet, Performance (Jagger/Borges). Tuve la suerte de conocer a Andrew Oldham, productor de los primeros cinco o seis discos, un verdadero peatón de la psicodelia, que me reveló detalles de la primera época, como que a Brian Jones, Shelley en Hyde Park -nunca una leyenda con tan pocos elementos: la mejor melena del rock- lo llamaban, entre ellos, “Moll Flanders”.

 

 Pasado mañana

“Un ejercicio de extenuación en diversas causas perdidas, personales, literarias o editoriales.” Así define su autor a esta selección de columnas, reseñas y algunos trabajos de mayor alcance sobre escritores que, contra toda pretensión de neutralidad, integran su grupo de pertenencia y que tiene en la “digresión controlada” su principio constructivo. Un mecanismo que le permite dar rienda suelta a las hipótesis e ideas que le provocan las innumerables lecturas que despiertan su interés.  

En él se vislumbra una continuidad en el tiempo, una coherencia en sus posiciones estéticas, y un recorrido con pocas paradas pero que exhiben un conocimiento muy exhaustivo de cada una de ellas.

En el centro de su mapa estará Borges y ese ser bifronte que forma con Bioy, para enarbolar una solitaria defensa del diario de Bioy, Borges, que tanta controversia generó. En la misma serie, Aira, presidiendo el campo de la literatura argentina alrededor del cual se posicionan amigos y enemigos literarios.

Estarán Fogwill y su sádica atracción, Viñas como contrafigura del Cortázar de exportación o los escritores ligados al grupo de Babel cosechando la indiferencia del público.

El policial anglosajón, que en manos de este autor se convierte en un universo en expansión, será otra de sus obsesiones, tanto como la traducción como un modo de habitar la literatura y muchos, muchos nombres que para la mayoría de los que nos dedicamos a la lectura, resultan desconocidos.

Este libro nos habla de los gustos de un escritor que ha elegido darle le espalda a las modas intelectuales, para construir una suerte de arqueología literaria en un sentido amplio, aquél que no olvida que la traducción, la edición, la crítica, el ensayo y hasta los perfiles de escritores constituyen lo que, por convención, llamamos literatura, “una invención crítica cuyos peores enemigos son los escritores”.

Publicado en La capital de Rosario, 3/1/21