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domingo, 6 de septiembre de 2020
Todo lo que se pudre forma familia
Tierra fresca de su tumba
La obra de Giovanna Rivero -en algún momento elegida uno
de los “25 secretos mejor guardados de Latinoamérica” que afortunadamente no
quedó en promesa- es, entre muchas otras cosas, un campo minado en el que
estallan todas las líneas que atraviesan su escritura, deconstruyendo lo que la
antropología alguna vez llamó sincretismo. En guerra contra el exotismo (un enemigo
al que la literatura latinoamericana post-boom le costó mucho vencer) sus
textos ponen en escena todas las identidades posibles de unos personajes en
tránsito para quienes “ser boliviano es una enfermedad mental”.
Escrito bajo la sombra de la tragedia clásica y de una de
las peores tragedias personales, aquella que persigue a los sobrevivientes de
un suicidio con preguntas que no tienen respuesta, la oscuridad de sus cuentos se
ahonda en busca de esa sombra que diseña los contornos de unos personajes liminares
-como el de la loca, la poseída o la borracha- que vienen, entre otras cosas, a
despertarnos del sueño de la razón, o de aquellos que, como los muertos-vivos, retornan,
una y otra vez, para empujarnos al borde de nuestro propio abismo y conectarnos
con la tierra como última morada.
En “La mansedumbre”, un secreto inconfesable dentro de una
comunidad menonita se transforma en la hipérbole de una ofrenda a la Pachamama hecha
por un descendiente originario.
El diálogo, en el segundo cuento, devenido
interrogatorio, entre el sobreviviente de un naufragio y la madre de su
compañero muerto, reconstruye el mítico viaje griego y hace de la venganza el
ritual más esperado que una madre anciana en busca de la verdad puede alcanzar.
La fascinación que la cultura oriental, en su delicada
perfección, ejerce sobre Occidente describe, en la curva que va del origami -ese
universo de papel- al grotesco del espantapájaros, y de la refinada crueldad
oriental a un trabajo de hechicería india, las dos caras de una misma pasión
por la venganza.
El regreso a la casa familiar de una expatriada con su marido
yanqui y sus mellizos desata un aluvión emocional, cuando la tía enajenada revela
un tabú familiar en el destino de su hijo, el “ahorcadito”, reflejado en el
rostro de uno de los mellizos. Y el cuerpo de la loca, ese terreno que se disputan
varias instituciones: la familia, la medicina, la psiquiatría, el patriarcado, la
religión, desborda “como el arco del vómito de un hígado en metástasis”, y en el
exceso de sus carcajadas demoníacas, espanta las culpas por el suicidio del
hijo. Los relatos alucinados de lluvias legendarias que el marido de la
protagonista registra, grabando los sonidos guturales de la loca (“estábamos
malditos”), conforman una suerte de realismo mágico atravesado por el horror de
los cuentos de hadas, en los que aquél descubre que la evangelización jesuítica
provocó en América “un arte fresco, salvaje, demasiado puro”. Casi una
definición de la poética de esta autora.
El largo testimonio de la sanación a través del góspel de
una sobreviviente de mil batallas frente a su comunidad religiosa resulta la
excusa perfecta para relatar una historia de terror en la que la protagonista y
su hermano, como los clásicos huerfanitos, deambulan por los confines del mundo
para vivir en una cabaña en ruinas junto a su tía alcohólica, una suerte de
bacante o heroína de Bataille, sedienta de alcohol y de relatos de asesinatos
en serie.
Y en el final, el cuerpo de una cierva muerta visitada
por su manada resulta el espacio donde alojar el dolor por la pérdida del
hermano que no tuvo defensas para enfrentar las agresiones de este mundo.
Todos
guardamos un muerto bajo la alfombra, parece decirnos esta autora. Ella, como
una auténtica hechicera india, los convoca y nos obliga a enfrentarlos, quizás para
que no olvidemos la materia de la que estamos hechos.
domingo, 23 de agosto de 2020
Tan triste como Trieste
Trieste
Primero vino Katsikas (2016), un conjunto de relatos que produjo los personajes y las historias que, como una matriz literaria, aparecen una y otra vez desde diferentes aspectos. Después llegó Trieste, esta vez con Katsikas de protagonista, y aunque ambos mantienen su autonomía, forman parte de un mismo proyecto narrativo que su autor bautizó “La Lira Argentina”, un poco en honor a la antología que inauguró la lírica en nuestro país.
En Trieste conviven distintos tiempos y registros: un escritor y traductor, Katsikas, vive en un departamento prestado por un músico dodecafónico cuyo paradero es incierto, en la ciudad de Buenos Aires, durante el invierno de 1977, escribiendo un relato de ciencia ficción, mientras lee las cartas escritas en un castellano arcaizante que le envía un escritor argentino, Lilienthal, que vive en Trieste, al que vio una sola vez en su vida. La idea de que la literatura argentina comenzó en el exilio (y continuó en otros), y la del viaje como cruce literario, que tanta productividad generó, están presentes en este texto y en los nombres que el autor elige escrupulosamente.
Katsikas será narrador, autor y lector al mismo tiempo, en un relato en el que se enfrentan como en espejo dos distopías: la última dictadura militar y el futuro imaginado por él en su libro, una realidad a su vez doble donde la sociedad vive bajo el dominio de la Malla, una red donde habitan los integrados, con un chip implantado, en una especie de ficción de felicidad, y su reverso, donde están los incendiarios ejecutando actos de sabotaje. Y si le agregamos el tiempo de la lectura, que hoy es el de la pandemia, como otra distopía anunciada, nos encontramos con la idea de que el futuro siempre estuvo presente, un futuro anterior que se refuerza en el registro anacrónico del español escrito por Lilienthal y que termina contaminando el relato retrofuturista del protagonista.
Frente al espíritu mitteleuropeo que sobrevuela las cartas de Lilienthal y al protagonista cuyo nombre evoca a Kafka, están aquellos nombres que marcaron la Argentina de los setenta como Polara, Torino, Latin Park (pequeño desvío de Italpark), elegidos para el relato de ciencia ficción. Y hasta el nombre de la ciudad futura, Tristania, en sintonía con el blanco y negro de los colores de su realidad, se refleja en la decadente Trieste.
Cuando Katsikas termina de escribir su novela, la tipea en una máquina de escribir, una Lettera celeste a la que le falla la letra “e”. Un posible homenaje a los experimentos de las vanguardias que, leído en el contexto actual, remite a ese fonema del lenguaje inclusivo que tantas controversias viene desatando.
La edición, muy cuidada, incluye ilustraciones de la ciudad imaginada y, a la manera de los textos antiguos, cierra con una copa invertida donde se detallan los datos de impresión del libro y, como adenda, nos regala un mini relato: el del batiscafo llamado Trieste, aquel que se sumergió en las Fosas de las Marianas hace sesenta años.
Publicado en revista Otra parte, 20/8/2020
Bienvenida al siglo XXI, Sra. Robinson
La
señora Fletcher
Las
etiquetas para encasillar a las personas existieron mucho antes de que los
algoritmos lo hicieran, es cierto, pero la vida online sabe hacerlo de forma
mucho más creativa. La señora Fletcher, por ejemplo, una cuarentona separada que
dirige con mucha eficacia un centro comunitario para ancianos está a punto de
entregar a su único hijo a la universidad, cuando se entera que está dentro de
la categoría MILF (el acrónimo de Mother I'd
Like to Fuck), una suerte de señora Robinson pero con muchos más
permisos que en los 60.
Es el
momento de superar el nido vacío y de buscarle la vuelta a la propia vida antes
de que ésta pegue la vuelta por sí sola. Cursar en la universidad un seminario
sobre “género y sociedad” dictado por una profesora trans es el comienzo de un
periplo donde descubre todo lo que la pornografía (ese paraíso del machismo
recalcitrante) tiene para enseñarle, junto con los caminos del deseo que,
cuando no se lo encasilla, puede traer las sorpresas más inesperadas.
Narrado
cada capítulo, en forma alternada, desde el punto de vista de la protagonista y
de su hijo adolescente, los nuevos vínculos, las conquistas de los movimiento de
mujeres, el despegue de la casa familiar, las aplicaciones de citas, la tan
mentada deconstrucción masculina, las nuevas sexualidades, las dificultades de
salir al mundo por primera vez como las que enfrenta quien vuelve a
proponérselo, las familias ensambladas, las enfermedades de este nuevo siglo
como los consumos problemáticos, la vejez, la muerte y finalmente, el amor, se
suceden con el ritmo preciso de quien conoce los mecanismos del guión
televisivo y no desentona. Ligera, sin ser superficial, moderna sin caer en el
esnobismo, lejos del didactismo y de la bajada de línea, las peripecias eróticas
de la señora Fletcher y de su desorientado hijo llegaron a la TV dirigidas por
su autor, con una temporada en HBO que todavía no se vio en nuestro país, y que
habrá que esperar para ver si está a la altura del libro original. Que así sea.
Publicado en diario Perfil, 23/8/2020