lunes, 26 de octubre de 2015

Una teoría de los desechos

La exforma

Resultado de imagen para la exforma nicolas bourriaud

Un fantasma recorre la teoría del arte en este siglo que comienza: lo insignificante, residual, lo negado, reprimido y accidental y que este autor define con el nombre de “exformas”. Son los restos que, según el modelo de la termodinámica, la Revolución Industrial produjo cuando los vínculos entre arte y política se vieron moldeados por esta fuerza centrífuga que creó una zona de exclusión social y de rechazo a ciertos signos e imágenes, donde habitan los explotados, la cultura popular, lo inmundo y lo inmoral. Esa frontera donde se desarrollan las negociaciones entre lo excluido y lo permitido, entre el producto y el residuo, es la zona de lo exformal.
Con el propósito de interrogarse acerca de los modos actuales en que esta negociación se produce, recupera la figura de Althusser -borrada de la escena filosófica a pesar de haber sido el maestro de todas las “luminarias” actuales- a la luz de la reciente crisis financiera del 2008, por sus formulaciones sobre la ideología que le permiten abordar con una nueva (o vieja) mirada el vínculo entre política y arte y poner en cuestión a todas las corrientes que desde el post-estructuralismo, según Bourriaud, enmascararon, con su rechazo a las concepciones omnicomprensivas de la realidad, el triunfo del pensamiento unipolar, con el derrumbe de la U.R.S.S., a fines de los 80.

Siguiendo la huella que trazó Althusser en cuanto a la presencia material de la ideología en los aparatos ideológicos del Estado, encuentra en las formulaciones de los estudios culturales y poscoloniales la misma concepción de la ideología como práctica y no como sistema de ideas, por lo que sostiene que la tarea política del arte contemporáneo no deberá reducirse a denunciar tal o cual hecho político, sino a intervenir en el mundo, ampliando el potencial creativo del ser humano en todas sus formas. Aquello que Marx denominó poiesis y que Bourriaud invita, tomando la idea benjaminiana de “salvamento histórico”, a recuperar para la praxis artística.

Publicado en diario Perfil, 25/10/15

El triunfo de la inteligencia

Enrique Raab. Periodismo todoterreno
Selección, comentarios y prólogo de María Moreno

Resultado de imagen para enrique raab maria moreno

Con un ojo puesto en su propio contexto de enunciación, María Moreno, una periodista de fuste -como solía adjetivarse-, se pregunta cómo es posible que el trabajo de Enrique Raab no haya quedado en los anales del periodismo argentino, y recupera en esta selección la mayoría de las notas que desde mitad de los años sesenta hasta mitad de los setenta -ese aleph cronológico que concentró los hechos que delinearon el mapa político de la Argentina- publicó en los medios de Jacobo Timerman como Confirmado, Primera Plana, La Opinión y en la revista Nuevo Hombre del PRT, organización en la que militó hasta su secuestro y desaparición en 1977.
Y el personaje en cuestión, judío desterrado a los seis años de su lugar de nacimiento, Austria, cuando la invasión nazi, encontró en la Buenos Aires politizada y cosmopolita de los 60/70, el espacio donde desplegar el radar heredado de la mitteleuropa con el que captó los signos de las luchas en el campo cultural (su especialidad) y muy agudamente en el campo político.
La distancia entre alta y baja cultura no parecía constituir un problema para él. Formado en el cruce del autodidactismo voraz, la militancia política y sindical y la “universidad laica” como llama Moreno al circuito de cineclubs y bares de la calle Corrientes, fue un periodista de amplio espectro que tanto podía analizar la exitosa novedad de Leonardo Favio, Nazareno Cruz y el lobo, desde la crítica especializada como describir el ascenso de Palito Ortega a la luz del nacimiento de la industria discográfica nacional mientras que con el mismo rigor criticaba a artistas consagrados en los ámbitos más exigentes de la intelectualidad porteña, atenta receptora de la teoría francesa a la que acusa de hablar en jeringozo (y lo demuestra). Capaz de sumergirse en la coyuntura hablando del impacto de la inflación en el consumo veraniego, como entrevistar al filósofo Bertrand Rusell y responder a sus interrogantes; hacer la crónica de la tarde en que Perón echó a los montoneros de la plaza o componer el -imperdible- reportaje a Mujica Láinez como un combate entre dos maestros del estilo.
Y si su vocación primera fue el cine según cuentan sus amigos cineastas, es en la escritura donde explota los recursos aprendidos en sus primeros años, haciendo del montaje estilo literario. Como cuando hermana las arengas del nuevo director de Radio Ciudad de Buenos Aires con los documentos de constitución de la prensa y la radio en el Tercer Reich. Y de la misma manera, aprovecha los recursos del documental cuando transmite el clima político enrarecido que se percibe con el avance de la ultraderecha peronista en el gobierno, dejando simplemente hablar a los funcionarios puestos por López Rega.

Militante del antipopulismo como fustigador de la intelectualidad de izquierda en su rechazo a la cultura de masas, “gorila erudito o marxista aplicado” lo define su antóloga, aunque el mismo Raab podría refutarla cuando afirma que enjuiciar a un libro por ser promarxista es lo mismo que acusar a la astronomía de ser procopernicana. Un libro-escuela quisiera ella que fuera. No vendría mal una cátedra de irreverencia en tiempos de alineación acrítica y de combates estériles.

Publicado en diario Perfil, 24/10/15

lunes, 19 de octubre de 2015

Entrevista a Juan Tauil

Resultado de imagen para juan tauil

Cronista de la escena queer, recopiló en Testiga parte de los textos publicados en el suplemento SOY de Página 12, mientras rodaba el documental T, con el que siguió, por otros medios, a algunos de estos personajes.

- ¿Por qué TESTIGA?
Porque, cuando era chico había en mi casa una enciclopedia que contaba la destrucción de Pompeya y me encantaba leer estas historias que hablaban de Plinio el joven, que había escrito sobre esto y atestiguado y me gustó esa idea de estar en los momentos de los acontecimientos -sufrirlos o disfrutarlos- y atestiguar, que no es ponerse afuera. Entonces, me di cuenta que es lo que hago siempre, contar historias. De todas las profesiones que tengo creo que ése es el eje. Y con la banda, Sentime dominga, también contamos historias. Me gusta esa idea del fogón y creo que de ahí viene eso de atestiguar.

- ¿Sos un periodista especializado en la temática LGTB?
No. Mi búsqueda, en el caso del libro y del documental era indagar sobre los cuerpos, sobre las identidades, sobre lo femenino, pero no me considero especialista en el tema.
Sí hay un libro que me cambió la forma de ver el mundo que es Fiestas, baños y exilios de Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli. Ahí empecé a ver el tema de los cuerpos, de la calle como escenario del deseo y de la privatización de ese circuito.

- ¿Cuál es la trayectoria política que pone en juego la transexualidad?
Yo creo que, básicamente, la discusión sobre la privatización de los cuerpos. ¿De quién somos? Yo, hombre, tengo más potestad sobre mi cuerpo que vos, por ejemplo. Vos no podés decidir abortar, entonces yo, hombre, gay, estoy en un escalón más. Mirá cómo son las cosas. Ahora, el hombre, dueño de su cuerpo, está sometido al poder médico, a la publicidad, a la obligación de ser joven. Me parece que esa es la gran discusión que tenemos que tener y creo que la transexualidad forma parte de esto “natural” que nos estamos empezando a preguntar.

- ¿El activismo LGTB sería el nuevo espacio de radicalización política?
Te voy a decir que acá, en la Argentina, con las leyes que se lograron, se licuaron un montón de demandas. Falta muchísimo y hay un montón de compañerxs que están sin trabajo o con el acceso a la educación restringido, pero igualmente las demandas están cubiertas. Falta gente que perfore los muros y entre al sistema.

- Cuál sería la opción: ¿defender la identidad sexual o pelear por abolirla?

Bueno, mi postura es muy travesti, que es meterse por todos los intersticios posibles y dar a conocer mi trabajo, mi forma de ver el mundo. Estamos en un momento que muchxs quieren asumirse de un modo y levantarlo como bandera: me asumo trans, me asumo travesti, loca o gay, entonces va a haber un tiempo en que esos compartimentos van a estar pero después me parece que nos vamos a dar cuenta que todxs potencialmente podemos ser todo. Eso es muy travesti, eso de que no hay un orden natural, ni físico ni social. Además la sociedad es mucho más permeable de lo que creemos. Soy muy optimista, creo que nos vamos a dar cuenta que no hay que poner ni “varón” ni “mujer”, como en Australia y que vamos a encontrar una corriente que nos va a unir y que puede ser adueñarnos de una vez de nuestros cuerpos.

Publicado en diario Perfil, 17/10/15

La novela familiar del neurótico

La habitación del Presidente

Resultado de imagen para la habitacion del presidente

“¿Es posible que el secreto esté expuesto ante nosotros, que ya sepamos qué es?” se lee en el epígrafe que abre la novela y cualquiera que haya pasado por el diván de un analista lo puede confirmar. Y si hay un producto de la creación humana donde anidan los secretos es la casa, la protagonista de esta historia de fantasmas, para seguir con la metáfora psicoanalítica.
Una casa que su morador -el hijo del medio, ese lugar desdibujado dentro de la estructura familiar- describe recorriendo, palpando y acechando, desde sus cimientos hasta el altillo y que, como todas las casas del barrio, carece de sótano porque están prohibidos, pero incluye una habitación reservada para la visita del Presidente.
Y fue la fenomenología, siguiendo a Jung, la que desarrolló el concepto de “topoanálisis”, en la idea de que no somos otra cosa que funciones del habitar la casa de la infancia, aquella en la que el espacio conserva tiempo comprimido y el lugar donde el inconsciente reside.
Siguiendo el plano del ensueño y no de la lógica, nos dirá Bachelard, el sótano es irracionalidad, y a partir de Poe, locura enterrada. (No en vano, en la ciudad de esta historia, los sótanos están prohibidos). El altillo, el espacio de la soledad constitutiva, es el lugar donde el protagonista se recluye para pensar y mirar la ciudad a lo lejos tanto como sobre el gran árbol de la calle, el sitio donde la infancia construye sus guaridas. La escalera, los rincones o la enigmática habitación del Presidente serán otras tantas zonas habitadas (origen de la palabra “hábito”, según Bachelard, “ese enlace apasionado de nuestro cuerpo que no olvida la casa inolvidable”) así como las paredes medianeras le recordarán la piel tensa y caliente durante las fiebres. Y la luz de la entrada que permanece encendida por las noches -el ojo de la casa, según Bachelard, ya que por esa luz la casa ve, vigila y muestra su humanidad- el escenario en el que, lo que debía permanecer oculto, finalmente se muestra.

Publicado en diario Perfil, 18/10/15


lunes, 5 de octubre de 2015

Peripecias del yo

La vecindad de la carne

Resultado de imagen para la vecindad de la carne magrelli

Nada más aterrador que una conciencia desdoblada observando el paso del tiempo y las transformaciones del propio cuerpo. Un “ejercicio de patopatía” llama el narrador al relato de su vida, donde “no hay trama sino trauma”, con una mirada que registra con la lucidez hipertrófica de un estado alucinado, cada una de las dolencias que, como fotos de un álbum familiar, registran la historia de su vida que se presenta, desde las primeras páginas, bajo el signo de la monstruosidad.
“Una enfermedad contraída en la infancia” es el pasado para este narrador, a quien vemos de niño, aislado, detrás de unos anteojos que lo señalan, como una pieza que no encaja o el desperfecto de una maquinaria, como una suerte de pequeño Woody Allen despojado de comicidad.
Su cuerpo, diseccionado en cada una de las zonas que lo conectan con el mundo, será el objeto de una mirada amplificada que lo convertirá en el centro de un universo, un “modelo ptolemaico” en el que el cuerpo explorado por la medicina será el equivalente del planeta examinado por la paleontología: un cuerpo colonizado por criaturas -“hormiguero de parásitos”- habitantes de grutas interiores, con un sistema hídrico por donde circulan cálculos renales, un circuito de Fórmula 1, su aparato circulatorio o donde la piel -“frontera de un Imperio”- será el lugar en el que hongos y bacterias entablan una guerra con el cuerpo asediado. “Soy un ejército en plena batalla” dirá al recordar su paso por las eruptivas infantiles.
Y como una cinta de Moebius, de la exhibición de su interior, el cuerpo se abrirá a aquello que lo conecta con los otros: la voz y la caligrafía, las marcas de un yo que también mutan y envejecen, y así como enferma del hígado, sufre de “insuficiencia lingüística”, de la misma manera que como los cementerios guardan los huesos de los muertos, encontrará en un manuscrito medieval “osarios de la grafía”. Algo del universo de Felisberto Hernández resuena en este cuerpo fragmentado y esquizoide, en este interior imaginario como un planeta solitario. No en vano la crítica definió a Magrelli como un “atleta del ojo”, de ese lugar donde confluyen la materia y la percepción.
Pero es en sus textos líricos donde se pueden rastrear las marcas de un arte poética que conjuga cuerpo y escritura: “Primero el papel, luego el cuerpo” se lee en uno de los poemas de su primer libro, Ora serrata retinae, donde uno se continúa en el otro. “Hay quien declina sólo con su cuerpo / y entonces duele más la separación” leemos en Ejercicios de tiptología y ya el límite entre lenguaje y cuerpo desapareció por completo.
Y en este, su primer texto en prosa que nos llega traducido al castellano, la serie narrada de sus dolencias (“Veo la enfermedad como una verdadera composición musical”) se encadena mediante procedimientos específicamente poéticos -juegos de palabras, aliteraciones, intertextualidad, citas de poemas propios como incrustaciones, metáforas que dejarán de pertenecer al discurso para integrar la estructura misma de la percepción- con los que construye pequeñas historias que parecen salidas de la galera de un mago. Como la descripción de una lumbalgia como el manto hechizado y frío de una bruja subiendo por su espalda, en un juego de palabras cuyo sentido las notas al pie permiten reconstruir.

Relato erudito que dialoga con la filosofía y la alta literatura europea, de una textura densa y abigarrada, exige, para su traducción, un dispositivo de notas al pie que su traductor, Guillermo Piro, repone generosamente y aunque no sea imprescindible, recomendamos leer, para su mayor disfrute, en paralelo a sus textos poéticos, donde se podrán encontrar esas imágenes que, como un latido, la respiración de un cuerpo insomne o el movimiento del agua son parte de un mismo cuerpo poético.

Publicado en diario Perfil, 4/10/15

martes, 29 de septiembre de 2015

Laberinto de pasiones

libros
DOMINGO, 27 DE SEPTIEMBRE DE 2015
EZEQUIEL MARTINEZ ESTRADA

LABERINTO DE PASIONES

Reconocido sobre todo como uno de los grandes ensayistas nacionales, quizás el mayor, Ezequiel Martínez Estrada también cultivó el cuento, desde los textos más breves de La tos y otros entretenimientos hasta nouvelles muy celebradas por la crítica como Marta Riquelme o Juan Florido. Un mundo de personajes grises deambulando por espacios opresivos que recuerdan los climas de Kafka se despliega en todo el esplendor de su negatividad en la magnífica edición de los Cuentos Completos que publicó el Fondo de Cultura Económica, en la Serie del Recienvenido, dirigida por Ricardo Piglia. Aquí se propone un recorrido por estas ficciones que toavía mantienen una tensión entre la autonomía y la sombra tutelar de Radiografía de la pampa.
 Por María Eugenia Villalonga
Cuando Ezequiel Martínez Estrada escribió, a pedido de Victoria Ocampo, su autorretrato, destacó su afición en la infancia por las herrerías, quizás el lugar donde adquirió esa prosa contundente, áspera y rigurosa como el hierro cuando sale de la fragua, que “a cada martillazo aumentaba la oscuridad”, con la que construyó una obra que se pensó a sí misma como una denuncia de los invariantes históricos, económicos y sociales que percibió en el Facundo de Sarmiento y en las Bases de Alberdi y con la que, como hicieran sus admirados maestros, se propuso asimilar su imagen a la del propio país. “Mi caso puede ser comparado con el de Lugones, por homología y simetría. El es el autor de la grande Argentina; yo el de la pobre Argentina.”
Incomprendido o leído a destiempo, es uno de esos escritores cuyo lugar de enunciación pendula entre el pasado y el futuro, a pesar de lo cual, jamás resultó indiferente para sus contemporáneos. La cantidad de premios que obtuvo desde que empezó a publicar y los diferentes cargos que ejerció como presidente de la SADE y de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre desmienten su posición de profeta en el desierto que él mismo abonó. Sin embargo es un “recienvenido” para Ricardo Piglia, su prologuista, en la idea de que aquellos textos que en su momento escribió, por su densidad política y su experimentación literaria, aun nos conciernen. Los cuentos que ahora se publican completos pertenecen, todos, a los años del primer peronismo, al que criticó generosamente, por entender que sometía a los trabajadores a través de los beneficios que les proveía, tanto como al golpe del 55 que lo encontró, una vez más, enfrentado a la mayoría de los escritores de Sur, incluida su directora, quien decidió no publicarle una carta pública en la que fustigaba a aquellos que apoyaron la revolución libertadora.
Todas las lecturas coinciden en que la sombra tutelar de estos relatos son los famosos ensayos con ese tono profético y apocalíptico que los caracterizaron y que tuvieron en Radiografía de la Pampa de 1933, su paradigma, donde exhibe el cuerpo enfermo de su patria, sus dolencias y las causas de su fracaso, como invariantes que se repiten neuróticamente desde sus orígenes como estado independiente. Sin embargo, no están planteados estos textos como simple ilustración, en el plano de la ficción, de sus hipótesis políticas, aunque resulta evidente en todos ellos la misma visión del mundo que sostiene en sus ensayos. Mientras que estos son guiados por un sujeto acusador y moralizante, en sus ficciones el sujeto aparece alienado y la realidad es para él una presencia oscura e incomprensible.
Y el vínculo con Kafka se hace manifiesto, en los procedimientos y en los temas, reconocido por el propio autor, que varios años después escribió: “Confieso que le debo muchísimo: el haber pasado de una credulidad ingenua a una certeza fenomenológica de que las leyes del mundo del espíritu son las del laberinto y no las del teorema”. La imagen de profeta afiebrado con la que Piglia lo describe en su primer encuentro con el escritor, en el que vaticina el futuro del país y que resume en el gesto de las dos manos, “de hundir a un niño en una bañadera de agua turbia” lo hermana con aquellos personajes kafkianos como el padre de “La condena”, que mediante una gestualidad desmesurada, como un dios irascible y castigador, condena al hijo al suicidio.
Pero es en la construcción de universos cerrados, sobresaturados y opresivos en los que el protagonista se despierta una mañana, cuando lo insólito e irreparable irrumpe y destruye para siempre la armonía de un mundo –si bien degradado, al menos conocido– y arrojándolo en la experiencia de lo siniestro, el rasgo que lo ubica en la misma serie del escritor checo. En el primero de los relatos, el antológico “La inundación”, bajo la aparente forma de una parábola se advierte la configuración de un universo en el que conviven miserablemente y a la espera de una solución que no llega, seres desesperados y extrañados de su realidad, que toma la forma de una pesadilla universal, la atmósfera que obsesivamente se repetirá en todos los relatos. La iglesia de un pueblo que podríamos situar en algún lugar de la Pampa húmeda o en ninguno, deviene isla, cuando un diluvio que no para inunda todo el pueblo, dejando a salvo su única zona alta. Los habitantes se hacinan dentro de sus muros, reproduciendo, en un único espacio, las diferencias de clase que no parecen distinguirse demasiado de las formas que adopta la lucha por la supervivencia entre los perros que han quedado afuera. La dilación, la forma en que se representa el infinito tanto en el espacio como en el tiempo (el procedimiento que Borges celebra en la escritura kafkiana) condena a los personajes de Martínez Estrada a una guerra perdida contra el dios de la imposibilidad.

LAS FICCIONES NARRATIVAS

Y es en la construcción formal de estos universos eternizados en una suerte de maldición bíblica donde se juega la hipótesis central con la que Martínez Estrada provocó al campo intelectual argentino: los invariantes históricos que denuncia en sus ensayos –las figuras con las que se propuso explicar la degradación política y social del país–, como ese acontecimiento que se repite y se expande, pero que no se fundamenta, sino que se expone para dar a juzgar al lector, y que son en definitiva una ficción narrativa, como bien lo define Piglia desde el prólogo. Y en este sentido, es en el género de la nouvelle donde su proyecto literario encontró la forma precisa para narrar la experiencia de lo siniestro, aquello del orden de lo familiar que se vuelve extraño, donde un atribulado protagonista teje conjeturas paranoicas sobre las causas de la hostilidad de un mundo que se ha vuelto incomprensible y que la forma abierta expone sin que el sentido suture jamás.
“Sábado de gloria” (uno de sus mejores relatos) es la historia de un burócrata, un oscuro hombrecito y su angustiosa lucha por conseguir una solicitud de licencia, el mismo día en que cambian las autoridades del Ministerio donde trabaja afanosamente desde tiempos inmemoriales, después de que un golpe militar derrocara dos días antes a la anterior junta militar. La escenografía, una vez más, concentra ese universo laberíntico que someterá al sujeto a una larga serie de dilaciones hasta despojarlo de toda posibilidad de esperanza. “Cuando dos de ellos iban por el mismo camino que quedaba libre entre los escritorios y las pilas de expedientes, tenían que hacer un esfuerzo para pasar; otras veces decidían dar vueltas y encontrar cada cual su camino como en un laberinto, porque para caminar había que resolver antes el rompecabezas de los escritorios y las sillas.” Los espacios abarrotados de objetos y de personajes que no parecen tener otra función que impedir al protagonista conseguir su objetivo no dejan de apelar al humor de los cuadros circenses, pero atravesados por un sarcasmo que convierte la risa en gesto sardónico y que pasó inadvertido entre sus primeros lectores. “Pasaron varios ordenanzas cargando pilas de expedientes. Uno llevaba un legajo enorme sobre la cabeza y grandes paquetes bajo los brazos y otros papeles en las manos.” La literatura, nos recuerda Kafka, es sólo broma y desesperación.

EL HOMBRECITO GRIS

Y si hay una interrogación que atraviesa casi la totalidad de estos relatos es acerca de los mecanismos del poder y sus modos de configuración de la subjetividad. Si para la concepción foucaultiana el individuo es un efecto del poder que atraviesa los cuerpos y lo conforma, es en la figura del “hombrecito”, ese oficinista gris que aparecerá tanto en Kafka como en Martínez Estrada, donde se diseña el contorno preciso de la opresión. En “Sábado de gloria”, el protagonista, después de escuchar la voz imperativa de su esposa recordándole las obligaciones precisas que debía cumplir la mañana en que partirían de vacaciones, “sintió una amargura infinita en todo el cuerpo y como si se le revelara instantáneamente la causa secreta de su falta de suerte para ascender y de su abatimiento de vejez prematura”.
Nada es más material, más físico, más corporal que el ejercicio del poder, que es la guerra continuada por otros medios, concluirá Foucault, como parece aceptar el protagonista, quien, “pensaba en el inmenso poder que ese jovencito tenía en sus manos. Se le apareció como un semidiós elegido para terribles empresas. Estaba atemorizado y avergonzado, sintiéndose impotente, bajo una presión de acontecimientos que se apelmazaban en una masa indiscernible en su estómago”. La humillación física y moral es otra de las formas que el poder disciplinario utiliza en su modo particular de producción de la subjetividad.
La topografía, una de las prácticas más cercanas a la filosofía política que el postestructuralismo tomó para su análisis y que le sirvió para describir la arquitectura de los regímenes disciplinarios es la que ilumina ciertas metáforas espaciales definidas tanto por lo geográfico como por lo estratégico, como la palabra “región”, del verbo dirigir (regere) o “provincia” que no es más que territorio vencido, como nos informa Foucault en la Microfísica del poder.
Y es en la arquitectura laberíntica e hiperbólica de los espacios diseñados en todos sus cuentos donde se cifra uno de los temas centrales en este autor: la imposibilidad radical del conocimiento de la realidad y la enajenación del hombre frente a su sociedad. Como la que se percibe en los espacios que elige para estos relatos distópicos en los que la escenografía se sobreimprime a un mundo convertido en miniatura, que, para los que lo habitan, tiene los contornos de un infierno, donde la saturación pareciera perseguir el objetivo de ocupar todos los espacios hasta hacer de la miniatura, territorio del infinito.
El Palacio Bisiesto, en “Juan Florido”, horrible hotel donde conviven en una suerte de pandemóniun sus habitantes, aparece como la metáfora de una ciudad que condena a sus inmigrantes a una vida de humillación y ultraje; las ominosas oficinas ministeriales de donde pareciera que nadie puede (ni quiere) salir; el hospital, que a fuerza de expandirse, ocupa el tamaño de una ciudad en “Examen sin conciencia”, donde un grupo de médicos y estudiantes reprobados se confabula para someter al protagonista a una operación sin su consentimiento o la casa de “Marta Riquelme” (quizás el único texto de ficción de este autor posteriormente valorado en el tiempo), una propiedad construida fragmentariamente alrededor de un árbol añoso, que ha crecido junto con la familia hasta alcanzar el tamaño de todo el pueblo. Y esta singularidad de los escenarios que crecen hasta convertirse en el todo, los convierte finalmente en islas tan desiertas como la que encontró Robinson Crusoe después de su naufragio y a sus protagonistas, inmersos en la más radical de las experiencias de la soledad.
“Marta Riquelme”, el relato que más ha discutido la crítica, diferente de todos en relación con su propia obra y con la serie de la literatura argentina, se presenta a los lectores como el prólogo de las memorias de una joven, que el narrador se propuso publicar y para eso dedicó varios años de su vida a la transcripción de un manuscrito que al borde de lo ilegible (y de lo interpretable) aparece como la muestra más extrema de la obsesión literaria, cuando la ecdótica, el arte de la edición de manuscritos antiguos, se transforma en enfermedad incurable.
Las peripecias que sufre el editor y quienes lo acompañan en la monstruosa empresa de recuperar por la vía de su memoria, el único manuscrito (ya que, para sumar obstáculos, la imprenta lo perdió), el producto de tres años de engorrosa tarea de exégesis, que incluye el debate acerca de los posibles sentidos de un mismo término, como si su autora se hubiera propuesto desorientar a sus probables lectores, potencian, como en una puesta en abismo barroca, las contradictorias versiones que una u otra variante ofrecen.
El confuso material que se entrega a los lectores no hace más que borrar o contradecir a cada frase el proyecto inicial: publicar la biografía de Marta Riquelme, una niña-mujer que tanto podría ser un ángel como un demonio, de una inocencia sublime o de una perversidad extrema. Ni siquiera el mismo narrador logra dar una única versión de los motivos que lo llevaron a elegir este retrato de la pura ambigüedad. “La obra inédita de Marta Riquelme –así comienza el relato– que el lector encontrará a continuación fielmente reproducida y que por este prólogo se le presenta, ha sido escrito por su autora con la intención de que llegara a conocimiento de muchas personas. (...) Pero debo advertir que Marta Riquelme no es una escritora. Hasta diría que casi no sabe escribir.” A partir de ahí comienza la narración del accidentado derrotero del manuscrito, de la desaparición misteriosa de los implicados en su edición, de las discusiones en torno del significado de algunos términos, de la imposibilidad de determinar la moralidad de la protagonista y de algunos personajes familiares, porque si hay algo que queda en claro es que la narración ha hecho del oximoron la matriz de su escritura. “De ninguna manera podría yo asegurar que el texto de 1786 páginas manuscritas que forman el presente libro sea en efecto lo que escribió su autora. Es muy posible que hayamos cometido algunos de esos errores, tan común en los filólogos, que pueden alterar la concepción total de la obra.”
Cuentos completos. Ezequiel Martínez Estrada. Fondo de Cultura Económica 527 páginas
Un texto que, sistemáticamente, tensa los límites de lo narrable hasta romper el pacto de lectura que supone la fidelidad de los hechos que se cuentan, y que no es más que una serie de marcos concéntricos que encierran (en lugar de anunciar) las memorias de una niña que, según el narrador, tienen la intensidad de un siglo vivido, y que, contradiciendo la afirmación del comienzo, concluye afirmando: “Todo lo que sigue es sencillamente estupendo”.
Dejando de lado el hecho de que después no sigue nada, bien podría ser el epígrafe de estos extraordinarios Cuentos completos.