sábado, 19 de agosto de 2023

La otra Elizabeth Taylor

 Una corona de rosas

            Nadie más lejano al glamour de Hollywood que la autora de esta novela y de ese boom editorial que fue Prohibido morir aquí, redescubierta gracias al buen gusto de Luis Chitarroni. Y el epígrafe con que se abre el libro, de Virginia Woolf, habla del lugar en las sombras que eligió esta autora, desde el que observó el paso del tiempo en los infinitos detalles con que aquél esculpe la vida de los hombres y en especial, la de las mujeres.

            Una estación de tren -gran tópico de la literatura inglesa- es el lugar donde un suceso inquietante deja una marca en el comienzo del relato en el que tres amigas de muy diferente edad se encuentran, como todos los años, para pasar sus vacaciones en casa de una de ellas. Todo menos una temporada de armonía se avecina cuando descubren que la vida las ha llevado por caminos bien diferentes y que la extrañeza va cubriendo los vínculos que unos años antes habían sido fraternales y el disfrute de los reencuentros, perdiéndose sin remedio.

            Frances, la anfitriona, vieja institutriz, vive rodeada de sus cactus, un piano maltratado y sus pinturas cada vez más oscuras y abstractas. Su antigua alumna Liz, joven esposa de un sacerdote más comprometido con sus feligreses que con su vida conyugal, acaba de tener un bebé, lo que modifica el precario equilibrio emocional del grupo de amigas. Y la protagonista, Camilla, rígida en su coraza emocional, sarcástica e intolerante, conoce en el tren a un hombre al que sus prejuicios la llevan, en principio, a rechazar.

            Reuniones literarias imaginarias donde se desgranan ideas sobre la literatura escrita por mujeres y sobre el sentido del arte, sin más, en las que se deja ver la tensión entre la vocación artística y el mandato del matrimonio, son el fondo sobre el que se recorta la historia de la amistad entre estos tres personajes contradictorios, imperfectos y muy bien construidos. En especial el de Camilla, quien lleva adelante el punto de vista, a la que la narración pone frente al espejo de todas sus neurosis.

            Todo el campo semántico de la soledad se despliega en este texto. Solos y solas, personajes solitarios, solterones o atados a un matrimonio en el que “pasarían el resto de sus vidas, separados uno del otro, pero también separados del mundo a causa del otro”, pura humanidad, en la que se pueden reconocer todas las variantes de ser mujer y en sus detalles, “un retazo de vida”, con los que esta gran autora construye un relato capaz de prescindir de ese tirano megalómeno, el yo.

Publicado en La gaceta literaria, 6/8/23

martes, 18 de julio de 2023

Entrevista a Alan Pauls

 

Un nuevo seminario de Barthes acaba de publicarse en nuestro país, siempre gran receptor de la teoría francesa, y la editorial Eterna cadencia le encargó su traducción a Alan Pauls.

El léxico del autor es un trabajo muy complejo de crítica genética con sus manuscritos encarado por grandes especialistas en su obra, quienes lograron ensamblar las notas del seminario que impartió durante los años 73 y 74 en la École pratique des hautes études, en paralelo a la elaboración de Roland Barthes por Roland Barthes, con los textos que quedaron afuera de ese libro.

Cada una de las “sesiones” como llama a las clases se plantea como un espacio de investigación conjunta para su futuro libro y de conceptos que cambiaron para siempre lo que entendemos por estudios literarios, como el de biografema, con el que resolvió dialécticamente la cuestión del autor como propietario del sentido de su texto, superando, avant la lettre, a todas las variantes de la literatura del yo que se impusieron en los últimos años.

Enseñar literatura se convirtió, a partir de Barthes, en el intento de construir un espacio para la transferencia, en sintonía con el horizonte de la teoría psicoanalítica, y para el descubrimiento del propio deseo para producir otro texto, que es el sentido de la crítica literaria.

Dueño de una cultura pluridisciplinaria que lo mantenía atento a las producciones contemporáneas y a la cultura clásica simultáneamente, su lengua permeó la de varias generaciones de intelectuales a los que les enseñó que la literatura es la razón de la existencia de cualquier teoría, a poner en cuestión las propias herramientas conceptuales y a pensar desde adentro del lenguaje.

El traductor de este “nuevo Barthes” conversó con Perfil sobre los motivos por los que la publicación de un seminario inédito suyo es un acontecimiento y de la posibilidad de disfrutar del despliegue de su pensamiento en acto, con notas marginales que muchas veces descalifican lo que nos parecen genialidades, provocando a sus fervorosos lectores desde esta lejana y cosmopolita Sudamérica.


- Sos uno de los traductores argentinos de Barthes (o por lo menos, con este libro, te convertiste en uno de ellos), que no es poco, teniendo en cuenta que este país ha contado con una altísima tradición en traductores barthesianos como Nicolás Rosa, José Bianco, Héctor Schmucler, Oscar Terán. Digamos que las mejores traducciones al castellano de este autor son de acá. ¿Hubo una apropiación argentina del pensamiento barthesiano o la fascinación de la intelectualidad vernácula por el psicoanálisis propició el ingreso de este corpus?

Es cierto lo que decís de esa familia ilustre de traductores. De hecho yo leí a Barthes por primera vez en las versiones de Bianco y de Rosa. Significa que los que traducían a Barthes eran los mismos que lo leían, discutían, versionaban y enseñaban. Traducir era parte esencial de la práctica crítica y teórica de la época, no un trabajo aparte del que se ocupaban otros. Se traducía lo que se quería o se necesitaba leer, estratégicamente, un poco a la manera salvaje iniciada por Oscar Masotta, de la que el lacanismo argentino quizá sea una derivación espectacular. Pero más que el psicoanálisis, es el estructuralismo —y la resonancia formidable que tuvo en Buenos Aires desde fines de los 60 hasta mediados de los 70— el contexto que explica, creo, la circulación privilegiada de Barthes.

- Barthes, como Borges, es inabarcable, en el sentido de que no es posible encontrar a alguien a quien se lo pueda calificar como único especialista en su obra. ¿Será por eso que sigue siendo un acontecimiento literario la publicación de sus escritos inéditos?

No tanto inabarcable como irreductible, en el sentido en que siempre hay un resto en él que parece resistir a las lecturas sinópticas, las periodizaciones, los “panoramas”. Básicamente porque —más allá de las etiquetas de época: semiólogo, semiólogo literario, etc.— era un ensayista, es decir un escritor, alguien que practicó y teorizó como nadie una cierta manera de surfear, incluso histeriquear con, los saberes más conspicuos del siglo XX, mimetizándose con ellos pero conservando al mismo tiempo una distancia estratégica, como de dandy nietzscheano, lo que le permitía usarlos y criticarlos a la vez, apoyarse en ellos y traicionarlos. Barthes, el más contemporáneo de todos, siempre se preocupó mucho por preservar cierto arcaísmo, cierta pulsión demodée, como si el anacronismo fuera el arma secreta para sobrevivir a los efectos de la moda y conseguir una posteridad de largo aliento. Como los cursos de Derrida, Deleuze o Foucault, la publicación de los seminarios de Barthes son un acontecimiento porque leyéndolos leemos paso a paso, casi en vivo, no sólo cómo enseñaba lo que pensaba, sino hasta qué punto todo lo que escribía nacía de esa palabra oral que producía y hacía circular en la enseñanza.

- Leo a Barthes y me parece escuchar la voz de Jorge Panesi, Nicolás Rosa, Daniel Link. ¿Su lengua permeó la de los intelectuales y docentes argentinos?

La de los mejores, sí: los que nos formaron. Agreguemos a Beatriz Sarlo, María Moreno y Tamara Kamenszain, tres grandes lectoras no miméticas de Barthes.

- Leer El léxico del autor, un libro complejo y ultrafragmentario, es estar frente a la máquina Barthes en funcionamiento. ¿Por qué creés que no envejeció, que esta máquina sigue produciendo pensamiento?

Recién ahora, en parte gracias a la publicación de los seminarios y cursos, vemos blanco sobre negro los distintos “giros” que hay en la obra de Barthes: el giro autobiográfico, el giro ético, el giro novelesco... Y la manera extraordinaria que tenía Barthes de transgredir dos tabúes intelectuales: uno, avanzar retrocediendo; dos, conectar dos pensamientos incompatibles (Brecht y el zen, por ejemplo) gracias a una intermediación única, extemporánea, la de su propia escritura, que volvía radioactivo todo lo que tocaba. Esos “pasos”, que los libros a menudo disfrazan o embellecen, aparecen en los seminarios de manera flagrante, con toda su fragilidad y su incertidumbre, como en un laboratorio o una sala de ensayos.

- Claramente, el marxismo es uno de los horizontes de Barthes. Algunos de sus postulados están en sintonía con los de Michel De Certeau, en relación a la importancia que le asigna a la enunciación y en cuanto a las estrategias de los hablantes frente al discurso tanto del poder como de la doxa. ¿Qué es lo que lo atrae de una filosofía como el marxismo al que en algún momento describe como coartada, como ficción?

El marxismo que le interesaba a Barthes era muy idiosincrático, un mix de pensamiento estético, close reading y experimentación política que no encajaba necesariamente en el molde marxista clásico. El marxismo resbaladizo de Brecht, digamos: el único marxista que reaparece una y otra vez en su trabajo, a veces como modelo de lector-mitólogo (que lee el artificio, la construcción ideológica, allí donde pretende imponerse la “naturaleza”), otras como un materialista de la forma (el Brecht del montaje, la discontinuidad, la distancia), otras como ejemplo de marxista convencido que no renuncia al placer, al saber vivir, al hedonismo.

- Los lugares donde Barthes enseñó, el Collège de France y la École pratique, fueron instituciones extrauniversarias por donde pasaba lo más disruptivo y renovador del pensamiento francés, en oposición a lo que sucedía en una universidad como la Sorbona, y recordaba la experiencia de la “universidad de las catacumbas”, durante la última dictadura, de la que vos formaste parte. ¿Sólo es posible renovar el pensamiento situándose en los márgenes?

Los grupos privados eran la única posibilidad de pensar durante la dictadura. Era eso o el páramo siniestro de una universidad arrasada por la represión. Los grupos, de algún modo, fueron la respuesta contrainstitucional, “menor”, móvil, ubicua, casi clandestina, a un contexto extremo. Por extrauniversitarios que sean, el Collège y la École pratique son instituciones fuertes, que sólo pueden pensarse como “alternativas” en relación con una institucionalidad geológica monumental como la de la Sorbona. (Aunque la universidad francesa también produjo sus monstruillos disidentes internos: París VIII, por ejemplo, donde enseñaba Deleuze.) No idealizaría los márgenes en abstracto. Quizá lo más estimulante para pensar sea estar en relación de tensión, adentro-afuera, con alguna clase de institución mayor, desmarcándose de ella y a la vez que debatiendo con ella. En realidad, todas las formas del pensamiento, así sean radicales, encuentran siempre su institución, un teatro a su escala. Y si no lo encuentran lo inventan.

- Volviendo a El léxico del autor, Barthes está impartiendo uno de sus seminarios durante los años 73 y 74, él ya es uno de los grandes intelectuales franceses (en la lista de alumnos aparecen Alain Finkielkraut e Yves Bonnefoy) y en estas “sesiones”, como llama a las clases, está planteando desarmar el andamiaje pedagógico de los estudios superiores, nada menos. ¿Qué impacto tuvieron en ese momento sus seminarios, eso que “irrumpe agujereando los códigos del saber y la enseñanza”, fueron una excepción en el sistema educativo francés o generaron cambios?

No sé qué pasa a nivel de la enseñanza, pero en el campo de lo que se escribe, Barthes está más presente hoy, probablemente, que hace veinte años. Todo lo que se mueve alrededor de la autoficción, las escrituras del yo, la literatura autoteórica —de Maggie Nelson a Nathalie Lèger, pasando por Brian Dillon y Moira Davey—, le debe algo a Barthes, sobre todo al del Barthes por Barthes.

- Barthes no es Sartre, que viajó a Cuba con Simone de Beauvoir para entrevistarse con el Che, pero se pronuncia en contra del golpe de estado en Chile. ¿No suena raro, en el contexto de un pensador que plantea que todo es un efecto de lenguaje y de un libro que se va a ocupar de su propia obra, una frase salida de la realidad inmediata de un lugar que no es Francia, su único marco de referencia cultural?

No: la “vía chilena al socialismo” había sido muy importante para la izquierda francesa. El golpe del 73 cayó como un baldazo de agua helada y despertó la solidaridad de todo el mundo (incluso de Barthes, que, efectivamente, no tenía una relación muy ferviente con la “actualidad”).

- La anécdota de la migraña que le provocó su viaje a China es memorable, causada por lo que llama “el desierto erótico de un país del que había sido borrada toda sexualidad”. Frente a la necesidad de pronunciarse sobre su viaje, responde con el cuerpo. ¿Qué relación tenía Barthes con el grupo “Tel Quel”, con el que emprendió ese viaje?

Se dejaba arrastrar, halagado por el aura de radicalidad del grupo. Pero aparte de Sollers, que por alguna razón inexplicable le interesaba, y de Kristeva, que le daba curiosidad, el vanguardismo de Tel Quel era demasiado enfático, demasiado militante para Barthes, siempre obsesionado por no quedar pegado a nada. Creo que Barthes piensa en Tel Quel cuando una noche, antes de acostarse, lee las Memorias de ultratumba de Chateaubriand y se pregunta: “¿Y si los modernos estuvieran equivocados?” Por lo demás, China estaba entonces en el top de la agenda de izquierda, y Barthes quería ir y ver. Colarse en el viaje de los telquelianos era la solución perfecta. Pero era un viaje cien por ciento oficial, organizado por el servicio de relaciones exteriores del gobierno chino, y ya en el artículo que escribe para Le Monde al volver (“¿Y China, entonces?”) se leen su decepción y su tedio. Y el Diario de un viaje a China recopila todo lo que hace recrudecer sus legendarias migrañas: visitas a fábricas, excursiones a granjas modelo, asambleas políticas, clases de historia política, cataratas de estadísticas y propaganda, desfiles militares... Por no hablar del entusiasmo frenético, abrumador, con que sus amigos telquelianos encaran cada mañana el fixture de compromisos que les armaron. Es decir: el ABC del monolítico triunfalismo maoísta en un contexto social donde cualquier signo de deseo —es decir de temblor— aparece sofocado, mucho más si involucra el contacto con visitantes occidentales. Creo que hay solo dos cosas que lo sacan de ese marasmo: los colores, pálidos, muy de su paleta, y el paso fugacísimo de un muchachito que Barthes tiene la impresión de que lo mira con algo que quizá, con viento a favor, sea una forma asordinada de la simpatía erótica. El Diario de un viaje a China es la fascinación de la intelectualidad progresista occidental con China en clave de comedia deadpan.

- Su planteo de que “las ideas son coartadas del cuerpo” ¿qué teoría está postulando?

¿Una versión nietzscheana de la sublimación? Pensamos con el cuerpo, con nuestros deseos, apetencias, propensiones y fobias, pero el pensamiento borra ese origen, lo abstrae, lo espiritualiza. Pensamos algo para poder desear sin culpa eso que pensamos. Siempre queda mejor dedicarse a una idea que a un objeto de deseo.

- ¿Qué significó o significa para vos, Barthes, qué te enseñó?

A leer y a escribir.


Beatriz Sarlo, barthesiana de por vida

En Escritos sobre Roland Barthes, publicado por la Universidad Diego Portales, Beatriz Sarlo le rinde homenaje al maestro, del que fue su discípula a la distancia y a quien considera “uno de los lectores más sensibles, audaces, benevolentes e implacables de todo el siglo XX”.

Contemporánea de los textos que llegaban a través de las primeras traducciones a nuestro idioma, que a partir de los 70, por obvias razones plíticas, se publican en México (El grado de la escritura ya lo había editado Jorge Alvarez en 1967, en la gloriosa traducción de Nicolás Rosa), encontró en él a un lector sofisticado capaz de construir un modelo de lectura para cada objeto de su interés y abandonarlo para construir otro cuando su deseo crítico cambiaba, que podrá ser el trabajo de escritor, las formas contemporáneas de la significación, la moda o la voz y la escucha, conjugando la práctica pedagógica de los seminarios con la escritura de libros que se convirtieron en ineludibles para entender el arte del siglo XX.

En él encontró a un pensador que atravesó todas las disciplinas del lenguaje (la semiología, la lingüística, el psicoanálisis, la filosofía) y que hizo de ellas un uso estético o, lo que es más interesante, sostiene, las convirtió en literatura.

Un verdadero manual de crítica literaria, considera Sarlo a S/Z y el único libro que elegiría, sin dudar, para llevar a la famosa isla desierta. Una muestra del fervor que produce en quienes lo leen desde hace más de medio siglo o de que Barthes, como le gusta decir, vuelve barthesianos a sus lectores. Ahora y siempre.

Publicado en diario Perfil, 16/7/2023

jueves, 22 de junio de 2023

El “affaire” Roald Dahl

 El “affaire” Roald Dahl


Si hay algo que despertó el rechazo unánime de los lectores de gran parte del mundo occidental fue la edición modificada de los libros de Roald Dahl por la filial británica de Penguin Random House, Puffin UK, para adaptarlos a los nuevos y culposos tiempos. Rechazo al que, por razones que no vale aclarar, nos sumamos desde acá.

Pero como escandalizarse de las barbaridades ajenas para que nuestras almas bellas queden a salvo resulta casi tan abominable como la censura, es que intentaremos una lectura del “caso Dahl” desde el corazón mismo de la literatura, un espacio que, una vez más, demuestra los límites de su autonomía ya que, como toda relación social, sufre las tensiones a las que la somete la Historia.

Los libros de este autor galés, que en las últimas décadas se ha convertido en best seller, no escatiman escenas de crueldad, violencia e injusticias y sus pequeños protagonistas resultan la imagen de la vulnerabilidad, como sus pares de los cuentos tradicionales en los que su obra abreva. Pero, a pesar del carácter maravilloso de sus relatos, su “incorrección” quizás debería caracterizarse como puro realismo ya que, los años pasados en los tenebrosos internados ingleses (como en la escuela pública de Repton, cuyo director, el futuro arzobispo de Canterbury, se destacaba por la crueldad con la que aplicaba los castigos físicos) le proveyeron de buena parte del material para sus historias.

Dahl conocía los tormentos que son capaces de infligir los mayores (“los padres y los maestros son el enemigo” declaró alguna vez) por lo que sus historias eran un guiño hacia los pequeños lectores, una suerte de conspiración contra el mundo adulto. Una propuesta muy difícil de digerir en tiempos donde los mecanismos de control producen niños que no son otra cosa que el proyecto ideológico de sus padres: niños sobresaturados de protección, pequeños yuppies con celular, agrandaditos que constituyen el futuro, ya no de la raza sino de su clase, con padres empeñados en defender la pureza de sus mentes, algo que el departamento de ventas del conglomerado internacional Penguin Random House entendió muy bien.


Por el contrario, el público, especialmente el infantil, disfrutó tanto de sus libros como de las versiones cinematográficas. Su primera publicación para niños fue un relato escrito especialmente para Disney en 1943 que se llamó Los gremlins, sobre unas traviesas criaturas mitológicas que los pilotos de la Royal Air Force (de la cual fue uno de sus miembros durante la Segunda Guerra) invocaban como explicación a los problemas mecánicos de sus aviones. Pero la popularidad llegó en 1964 con Charlie y la fábrica de chocolate y con ella, las ventas millonarias. Su obra fue traducida a 17 idiomas y fue en el año 1978 cuando encontró en el dibujante Quentin Blake a su verdadero par, capaz de ofrecer con sus ilustraciones una lectura personal y aguda de los personajes, captando su costado perturbador, algo que más adelante haría Tim Burton, otro gran lector de Dahl.

En Las brujas, de 1983 (un verdadero manual para cazadores de hechiceras), el protagonista es convertido en ratón por un congreso de brujas reunidas bajo la apariencia de una sociedad “para la prevención de la crueldad con los niños”. El protagonista, de la mano de su sabia y brujófila (sic) abuela, dedicará su corta vida de ratón a desmantelar esta asociación.

Los señores Wormwood (“gusano de la madera”), padres de la precoz Matilda, expresión del adulto ambicioso y depredador, desprecian a su hija, una auténtica bruja inteligente y vengativa, que decide hacer justicia explotando sus poderes paranormales.

Todos los protagonistas de los relatos maravillosos son los héroes de un único relato, aquél que Vladimir Propp definió como la base morfológica de todos los cuentos maravillosos: el mito. En él encontró una sucesión de funciones idénticas que lo constituyen: una situación inicial de carencia que da lugar a la salida del héroe en busca de un objeto mágico que le permita reparar el daño sufrido a causa del malvado agresor. El fundamento de la serie es el viaje, que adoptará distintas formas: podrá realizarse en un ascensor de cristal desde la fábrica de Willy Wonka, en una media tejida por la abuela del ratón de Las brujas o a través de la literatura universal, que Matilda emprende de la mano de la bibliotecaria del pueblo, la señora Phelps, una auténtica auxiliadora como lo señala su nombre.

Si la utilización del objeto mágico permite salir de la pobreza, siempre resplandecerá, mostrará su valor. Los billetes dorados que Willy Wonka reparte en sus chocolates, son, como la cornucopia, la fuente de la alimentación eterna, el fin de la miseria para su familia y la entrada a la fábrica que, como la casa de la bruja de Hansel y Gretel, se deja comer desde los cimientos.


Dahl entendió muy bien que la forma de lidiar con los miedos es simbolizándolos, que de eso trata la mejor literatura infantil y la razón de ser de los relatos tradicionales. Derivados de los ritos de pasaje y de iniciación, indican de forma simbólica a sus pequeños oyentes y lectores cuál es la batalla que deben librar para alcanzar la madurez, garantizándoles un final feliz. Estos relatos tienen, por otro lado, la capacidad de conectar directamente con el imaginario infantil para el cual los pensamientos y las fantasías tienen el mismo estatuto, son la materia prima de su yo.

Es que los cuentos de hadas y la literatura maravillosa en general, categoría a la que pertenece la obra de Dahl, son una elaboración fantástica de la realidad tal como el pequeño la ve y en esto reside su eficacia a través de los siglos. Pero además, operan en un nivel más profundo: proyectan alivio a sus pulsiones. Todos los procesos inconscientes (sus emociones violentas, la fantasía de destruir a los adultos, sus ansiedades sexuales y terrores ancestrales) se hacen mucho más comprensibles mediante imágenes que hablen directamente a su inconsciente y no mediante explicaciones realistas, ya que para él las exageraciones fantásticas son más reales que cualquier explicación.

Pero la razón siempre prevalece, por lo que la impugnación a la literatura maravillosa tiene una larga historia. Muchos fueron los momentos en que se condenó a estos relatos, primero por mentirosos y supersticiosos, después por crueles y por inmorales. Para los cánones de la Ilustración, la fantasía de los cuentos de hadas, ogros y brujas era incontrolable y debía ser desterrada del mundo infantil. Fue entonces cuando pasaron a la clandestinidad y se refugiaron en las clases populares de donde habían salido y en las ediciones de mala calidad que se vendían por pocos pesos en los mercados, para regresar, mucho tiempo después y reformulados, con la cultura de masas.


Hoy asistimos a un nuevo embate contra los cuentos de hadas pero desde una posición bienpensante que no difiere demasiado en sus fundamentos de la crítica contenidista de hace tres siglos. Así lo prueban los diferentes experimentos editoriales pergeñados por padres y editores preocupados por los mensajes que la literatura le estaría dando a sus pequeños herederos.

Son relatos que denuncian la subordinación de los personajes femeninos de los cuentos tradicionales y le oponen la figura de las “antiprincesas” transformándolas en mujeres luchadoras y activistas. Algunos de ellos, desde una perspectiva latinoamericana y popular, eligen a Frida Kahlo, Violeta Parra o Juana Azurduy, como la que impulsa la cooperativa editorial argentina Chirimbote, cuyas editoras decidieron encarar la publicación de estas biografías noveladas para ofrecerles a las chicas, que “sólo tenían como referentes a las princesas de Disney”, una alternativa más real, que pudiera hacerlas sentir más libres e independientes, ya que los relatos clásicos de caballeros y princesas, sostienen, reafirman el mandato de la mujer en el hogar, cuyo único fin respetable es el de ser madres y amas de casa.

Otro grupo de padres de Argentina, decidido a tomar el toro por las astas, se propuso reversionar los cuentos tradicionales adaptados a los nuevos tiempos y creó el podcast “Cuentos feroces” a través de las plataformas YouTube y Spotify con títulos como “Caperuzota”, “Cenigenia”, “Chica Sirena” y “Blanquita Nieves”, con historias plagadas de personajes muy respetuosos de todas las variantes de la inclusión.

Como “un cuento realista y actual” definen Nunila López y Myriam Cameros, las autoras de La cenicienta que no quería comer perdices, un relato nacido a propuesta de un grupo de mujeres maltratadas en España, que sentían que el final del cuento “y fueron felices y comieron perdices”, no las convocaba. Es una historia en las que Cenicienta vuelve a las doce pero del día siguiente y borracha, se rehúsa a usar zapatos de taco y a cocinar perdices para el príncipe porque es vegetariana y descubre que el hada madrina es una voz interior que la impulsa a decir “basta”. Y lo que comenzó siendo un proyecto de autoedición terminó formando parte del catálogo de la editorial Planeta.

De España, también, es el proyecto “Erase dos veces”, surgido de Verkami, una plataforma web de micromecenazgo, y del impulso militante de un grupo de padres que se propuso bajar línea a la hora de dormir a sus vástagos cuando sintieron que con los cuentos tradicionales le estaban transmitiendo a sus hijas que no podían ser valientes, que el amor romántico las salvaría de cualquier desgracia, que la belleza es imprescindible y que debían ser sumisas y aceptar su destino. Como Caperucita que, en esta ocasión, no temerá a ningún lobo, no se asustará de unos grandes dientes y tomará sus propias decisiones, junto a las reversiones de La Sirenita, La Bella Durmiente y Hansel y Gretel, “tres clásicos cargados de cosas feas, violencia, sexismo y miedo que queremos reescribir”, según sus palabras.

O los Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, otra iniciativa llevada adelante gracias a una plataforma de mecenazgo que llegó a vender un millón de ejemplares y ser traducido a 20 idiomas, con historias inspiradoras e ejemplares, que incitan a no perder la confianza y a apostar por la sororidad, más cercanas al manual de autoayuda para mujeres adultas que al imaginario de las pequeñas lectoras al que alude el título.

Y si la corrección política jamás dio buenos frutos en su propio ámbito, en literatura, mucho menos. Si hay algo que define a los relatos tradicionales es la capacidad de ofrecer modelos específicos para sublimar los inaceptables impulsos para la conciencia adulta con los que los “perversos polimorfos” tienen que lidiar. Si Caperucita no se asustará de los grandes dientes del lobo y está capacitada para tomar sus decisiones, difícilmente tenga algo para decirle a su pequeño interlocutor, dominado en esa etapa de su vida por el miedo al abandono y por impulsos como la violencia, la maldad, los celos fraternales o los deseos destructivos. Los personajes planos, unívocos de los cuentos de hadas con los cuales resulta fácil la identificación, por el contrario, le permiten proyectar sus preocupaciones emocionales, las mismas que Freud describió en “La novela familiar del neurótico”, como las ensoñaciones del hijo adolescente de ser hijo de otros padres más encumbrados. Los personajes del rey y la reina serán por tanto disfraces del padre y la madre de los primeros años de la infancia, mientras que el de la madastra o bruja encubrirá a los padres rechazados y amenazantes de la pubertad y le permitirán sentirse molesto ante el impostor -padre en la adolescencia- sin culpas.

Espejos de la experiencia interna, no de la realidad, los cuentos de hadas no se ubican en un tiempo y espacio real sino en un estado mental infantil en que los deseos son órdenes y enseñan que a partir del crecimiento se aprenden los límites a nuestros deseos. Embarcan al pequeño lector en un viaje maravilloso para devolverlo a la realidad, mientras que muchas versiones realistas y actualizadas parten de una realidad que no es la suya sino la del adulto, quien decide “representarlo” pero para transportarlo a ningún lado.

Los relatos maravillosos -auténtico mapa de nuestro inconsciente- responden a las preguntas por la identidad, el origen y la finalidad de todo lo que existe de la misma manera en que el pequeño experimenta el mundo, con los mismos principios de su pensamiento animista, donde no hay división entre objetos y cosas vivas. Al proyectar su espíritu en las cosas -en términos de Piaget, al adaptar la realidad al yo-, no resultará imposible que los hombres se conviertan en animales o que los personajes desaparezcan, como en los espectáculos circenses que tanto fascinan a los pequeños. Y lo que para los adultos no es más que falsa información, mensajes conservadores o discriminadores, para él son sus preocupaciones emocionales.


Editores independientes junto a padres y madres politizados al calor del movimiento que explotó en las calles y que tiene a las mujeres conduciéndolo, resultan la expresión de un cambio de paradigma en la lectura que de alguna manera se replicó en la decisión editorial más controvertida de los últimos tiempos.

Porque finalmente, lo que la editorial Penguin hizo fue atender los cambios en el consumo que los algoritmos y los focus groups le señalan, según unos parámetros que encuentran exceso de violencia verbal en un mundo donde la crueldad, la violencia y las injusticias someten a la mitad de la población infantil del mundo, cuya vulnerabilidad es una constante en la historia de la humanidad.

Pero los buenos lectores resisten y llegado a este punto, las reacciones no se hicieron esperar. ¿Cómo es posible semejante atropello a nuestros derechos civiles? ¿Qué es eso de traducir un libro a su mismo idioma? se escucha por ahí. Pero no nos ofusquemos tanto, la historia de la edición demuestra que si hoy seguimos leyendo los clásicos es gracias a las ediciones críticas que “traducen” el texto de la lengua en la que fue escrita a un estado actual de esa misma lengua, para poder ser comprendida por sus contemporáneos.

“Uno olvida que un libro cambia por el hecho de que no cambia mientras el mundo cambia” dice Pierre Bourdieu que dijo un especialista en China, Levenson. Y sí, cambia todo en este mundo y lo primero, parece, es la lectura, una vez que nuestro “horizonte de expectativas”, como bien señaló la Escuela de Constanza en los años 60, ya no es el mismo que tenía el autor del texto al que, por alguna razón, nos seguimos empeñando en leer.

Publicado en revista Mercurio, 31/5/2023

El modelo

 El modelo


Robert Fordyce Aickman, un autor inglés de relatos de fantasmas del siglo pasado descendiente de un escritor gótico victoriano, escribió, en el final de su vida, esta increíble novela fantástica que fue publicada póstumamente, ambientada en la Rusia del siglo XIX, el momento en que la literatura de este país transitaba su siglo de oro.

Su protagonista, Elena, es una niña curiosa y “gran pensadora” que, encerrada en el asfixiante mundo familiar de la burguesía rural, recibe de regalo un libro de prodigios envuelto en un refulgente papel de plata, Las corifeas de la pequeña cava, que lee fervorosamente a la luz del ícono, hasta el amanecer, como un manual de instrucciones para la vida que desea y que está por comenzar.

En él descubre la historia de las corifeas, bailarinas de menor rango en el ballet, metáfora del destino menor que les espera a las mujeres comunes, frente al futuro de gloria que le depara a las primeras bailarinas. Un culebrón en el que no faltarán costureras, madres solteras, duques y champagne francés.

  Encerrada en el altillo de su casa y siguiendo los dibujos del libro, construye un modelo a escala de un teatro de ópera, pequeño artefacto que, como las linterna mágicas, las miniaturas o los relicarios, son representaciones tanto del mundo del arte como del juego y la infancia.

Como relato maravilloso clásico, la heroína recibirá la visita de un personaje benefactor y diabólico a la vez que la sacará de la casa familiar para convertirla en una estrella del ballet. En el camino encontrará diferentes personajes fantásticos (perros fantasma, dragones, una condesa loca e invisible, revolucionarios que parecen salidos de una novela de Dostoiesvski) y atravesará paisajes brumosos por la estepa rusa para alcanzar el destino de gloria presagiado en el libro o en pos de su vocación, ese “llamado de los dioses” que la convoca a transgredir los preceptos familiares. 

Con diálogos absurdos y una sintaxis dislocada que la exquisita traducción respeta, Elena vive, como en un ensueño (“estoy hechizada”) las escenas del libro y como buena historia de transformación que abreva en la tradición clásica de los relatos de metamorfosis, será tanto bailarina clásica como soldado y junto a personajes andróginos y otros, mitad humanos, mitad animales, volverá a la casa paterna, esta vez sí, preparada para enfrentar la realidad.

Una gratísima sorpresa esta novela en la que su autor demuestra su amor por el ballet, la ópera y el ocultismo, con gran maestría.


Publicado en La gaceta de Tucumán, 11/6/2023

miércoles, 21 de junio de 2023

Entrevista a Osvaldo Baigorria

 Un barroco de trinchera


A 30 años de la muerte de Néstor Perlongher, uno de los poetas y activistas contraculturales más consecuentes del panorama argentino de los 80, su amigo Osvaldo Baigorria, el destinatario de un intercambio epistolar que se mantuvo a lo largo de una década, sorteando las requisas de los servicios de inteligencia, decidió publicar por la editorial Blatt&Ríos las cartas que fueron encontradas azarosamente en la cabaña donde vivía por aquellos años, en el norte de Canadá.

El resultado es un riquísimo material literario, biográfico y bibliográfico y una muy buena ventana a la poética de Néstor Perlongher, que se puede reconocer en todos los géneros en los incursionó, incluido la escritura de cartas.

Las notas al pie lo ubican en su contexto, reponen datos bibliográficos y recuperan parte de su biografía política, en la que se destaca como un personaje incómodo, tanto para el Frente de Liberación Homosexual, donde militó, que lo consideraba de ultraizquierda, como para el trotskismo universitario, insensible, a fines de los 60, a la problemática de género.

En diálogo con La capital de Rosario Osvaldo Baigorria recuerda los años en que la utopía podía ser hallada en una comunidad hippie o en la periferia de una megalópolis como San Pablo, para alguien como Perlongher.

 

- En el prólogo a Un barroco de trinchera, contás que muchos años después de la primera publicación de las cartas de Perlongher por la editorial Mansalva, encontraste 16 cartas más. ¿Qué significó para vos ese encuentro con ese material literario y afectivo?

Recibí la noticia con mucho asombro, cuando un familiar que había viajado a la comunidad donde viví en Canadá, visitó a mi ex pareja en la cabaña donde habíamos vivido y me cuenta que allí habían quedado fotos, materiales y cartas, entre ellas, cartas de Perlongher. Después, en un viaje que hice para visitar amigos y viejos afectos, encontré todos estos materiales en una valija de cuero y fue como leerlas por primera vez.

- A la profusa literatura escrita sobre la última dictadura y la posdictadura, creo que le faltaba la mirada de cómo se vivió este período dentro del espacio LGBT. ¿Sus cartas pueden ser leídas como una crónica de este momento histórico desde ese lugar preciso?

Sí, por supuesto que pueden ser leídas así. En general, todo lo que se ha escrito sobre este espacio en ese período tiene que ver con los “años del destape” o con la problemática de género y si bien Perlongher era sensible a cuestiones puntuales de la discriminación, tenía una mirada muy personal y muy política. Sus reclamos no estaban reducidos a un pedido de tolerancia, a una defensa de los derechos civiles, él era un activista del deseo. Lo que él llamaba “el campo en que son posibles las relaciones entre personas del mismo sexo” lo veía como un punto de partida para cruzar las fronteras de la identidad en contra de la normatividad patriarcal y capitalista. Al mismo tiempo, militaba contra los edictos policiales que castigaban la visibilidad y consideraban la exhibición pública como indecorosa o una incitación al acto carnal.

- El seudónimo que él usaba, “Rosa Luxemburgo”, concentra varias líneas de sentido: está el color rosa, ligado a lo femenino, Doña Rosa como lo popular, masivo y la figura de Rosa Luxemburgo, del espacio político del comunismo libertario. ¿Se podría establecer una continuidad entre el Manuel Puig de El beso de la mujer araña y Perlongher?

Hay una especie de “lengua de mujer” en ambos: formas de decir, de pasarse información, guiños imbricados con lo femenino y que toman abiertamente tanto Puig como Perlongher. Cada uno desde un lugar diferente, Puig era mucho más pudoroso, más cauto que Perlongher, en cuanto a su política sexual, que tenía una actitud militante y mucho más desafiante.

- Durante los 70 hiciste este viaje iniciático por Latinoamérica, una experiencia bastante extrema, la de vivir en una comunidad en el norte Canadá, rodeado de osos. ¿Cómo fue esta experiencia, cuántos años duró?

Era un viaje por Latinoamérica pero la diferencia con el que podía emprender la izquierda era que tenía como destino California del Norte, una experiencia contracultural que estaba más ligada al hippismo norteamericano en lo que este tenía de pacifista, que no era el mismo credo que la izquierda latinoamericana. Ese viaje fue producto de un deseo muy fuerte de conocer esas experiencias comunitarias de liberación corporal, sexual, ideas que no encontrabas en la izquierda latinoamericana en esos años. Duró bastante porque me fui en enero del 74, vendiendo artesanías, que era la única manera en que mi compañera y yo podíamos viajar, subiendo muy de a poco hacia el norte. Y había cosas muy interesantes que estaban pasando por toda Latinoamérica, así que íbamos decidiendo dónde nos quedábamos. Así que ese viaje a San Francisco por tierra duró un año, hubo una parada en México, país por donde viajamos otro año y el tercer año nos fuimos de nuevo a San Francisco. A fines del 76 me establecí en esa comunidad rural en Canadá, una aldea a 900 km. de Vancouver, cerca de las montañas rocosas, que se llama Argenta, nombrada así por la mina de plata que había a principios del siglo XX. Una zona en la que se establecieron refugiados de distintos países, desde polacos que venían del Este europeo hasta estadounidenses que habían huido del servicio militar en la época de Vietnam, cuáqueros que habían huido del macartismo, una suerte de refugio para desterrados, tanto voluntarios como obligados. Viví en ese lugar casi nueve años, haciendo las actividades de una vida rural, sembrar árboles en primavera en los programas de reforestación o combatir los incendios en verano como bombero voluntario. El pueblo más cercano estaba a 40 kilómetros, así que, una vez por semana, el o la que viajaba colgaba un cartel en la “oficina” de correos que era una cabaña de madera y se compartía el vehículo. Era una época muy idealista y las relaciones con la gente, el hecho de ir construyendo comunidad en forma no binaria, no jerárquica fue una experiencia de vanguardia propia de la costa oeste de EE.UU. y Canadá. Quizás hoy también ocurra algo así pero la sensación es que en esa época había mucha más gente involucrada en estos proyectos. Esa experiencia para mí fue muy rica, fue compartir un proyecto con personas de distintas procedencias, la mayoría, emigrados urbanos, de vivir en contacto con la naturaleza, de forma autosuficiente, por afuera de las leyes del capitalismo.

- ¿Perlongher fue un adelantado en cuanto al estudio de las políticas de la sexualidad?

El hizo una investigación militante y participante sobre la prostitución masculina, en la ciudad de Buenos Aires, en la zona de la calle Lavalle, en los años 71, 72 que luego desarrolló en la ciudad de San Pablo, en Brasil, y que se convirtió en su tesis de posgrado en Antropología Social. Perlongher participó de las prácticas que estaba investigando entre los miché, los prostitutos masculinos, y lo mismo ocurrió con el culto del Santo Daime, por su deseo de probar estas experiencias límite en relación a la disolución de la identidad, de transustanciación, de éxtasis mediante el consumo de ayahuasca. No puedo afirmarlo con seguridad, pero no creo que hubiera antecedentes de estudios académicos de esas características sobre la prostitución masculina o sobre el Santo Daime.

- El hace un cruce muy interesante con las teorías que abordaron las políticas de la sexualidad.

Sí, su marco teórico era Deleuze y en parte Foucault. Perlongher era muy deleuziano. Sus investigaciones sobre el callejeo aplicadas a la prostitución, sobre el nomadismo de los chicos de la calle, las prácticas de salirse de la familia, de la escuela, de los lugares de la vida social organizada eran analizadas desde el punto de vista de las líneas de fuga. Contra la pretensión de ser aceptadas por la sociedad, a él le interesaba ver cómo estas prácticas podían modificar la sociedad.

- ¿En cuanto a su producción poética, qué relación tenía con el campo literario argentino en los 70, en los 80?

Sobre los 70 no puedo decir mucho, porque Perlongher recién empezaba a publicar en fanzines algún que otro poema, en publicaciones hechas en mimeógrafo como la del grupo que se reunía en Parque Centenario, donde ni aparecía su nombre completo. Durante la dictadura había hasta miedo de decir que eras poeta, era considerado sospechoso. Ya en los 80, él comienza a hacerse un lugar. En el primer número de la Revista de Poesía, que después se transformó en un faro para muchos lectores, se publica a Perlongher. Pero el mayor lugar de circulación de su nombre como autor fue el espacio de las contraculturas y las minorías sexuales. El venía a dar cursos en el Colegio Argentino de Filosofía sobre la ayahuasca o en el Parakultural, sobre las formas de resistencia que había en Brasil y mucha gente iba a escucharlo. Después, en el 87, le dieron el premio Boris Vian, lo cual habla de un reconocimiento importante. Alguna gente hoy me pregunta por qué no se lo reedita y yo le respondo que eso habría que preguntárselo a las editoriales.

- Tu crítica al libro Austria-Hungría, de la que él habla en una de las cartas ¿generó algún tipo de cortocircuito entre ambos o fue un tema de diferencias estéticas?

No fue una crítica a su libro en sí. No recuerdo bien qué fue lo que dije en una carta, pero ha de haber sido alguna inquietud sobre la inteligibilidad de algunas expresiones. Néstor era muy susceptible y no quería que una opinión expresada de manera tajante pudiera erosionar el vínculo. Calculo que él ya estaba muy comprometido con el barroquismo de las formas, el neobarroco como máquina de guerra contra el sentido común y único y yo no tenía tantas lecturas en aquel momento, era un joven ignorante en muchas cosas y también, influido por el mundo en el que estaba inmerso en aquel momento, tenía una predilección por la claridad. Yo era muy anglófilo, entonces ese barroquismo quizás fuera para mí confuso y le haya cuestionado la falta de legibilidad y él me contestó que tampoco tenía claro por qué había elegido determinadas consonantes, que era solo por su sonoridad. Pero insisto, lo mío era una lectura de alguien que no tenía el compromiso poético que podía tener él, con una estética en la que intervenían el surrealismo, la generación beat, el barroquismo y todo eso producía un cóctel muy interesante desde el punto de vista de la sonoridad. Su proyecto era mucho más ambicioso que el de alguien como yo que estaba más cercano a lo que luego quizá se escribiría en los 90, con una inquietud puesta en ser comprendido.

- En una de las cartas él te pide tu opinión acerca de si publicar Alambres en Barcelona o acá. ¿El tenía especial interés en ser leído acá?

Él viajaba muy seguido a la Argentina, tenía muchas relaciones acá, y aunque tenía vínculos con poetas y editores españoles, me parece que, en el caso de ese libro, no tenía una oferta clara. Él se pagó algunas de sus primeras ediciones, y en cuanto a querer ser leído acá, pienso que sí, él estaba muy comprometido con el Neobarroco que cultivaban poetas tanto de acá como de otros países latinoamericanos.

- ¿Perlongher participó de la escuela de Neobarroco, la fundó o fue único dentro del panorama de la poesía argentina?

El mismo en sus ensayos se presenta como parte de esta corriente, el neobarroco, que no se trata de un movimiento como las vanguardias, con sus manifiestos y sus intervenciones de ruptura, sino de una sensibilidad de la que participaron Tamara Kamenszain, Arturo Carrera, Roberto Echavarren, Emeterio Cerro, Marosa Di Giorgio, Osvaldo Lamborghini, entre otros. A todos ellos Perlongher los incluía en el neobarroco latinoamericano que en el Río de la Plata se convertía en neobarroso, por ese barro fundacional en el que se encuentra al indio, al gaucho, al negro y a otros cuerpos marginales que se resbalan en el lodo y es ahí, a partir de esa base de hibridez cultural, donde Perlongher plantea la posibilidad de desarrollar una poética. Sin dudas, fue el principal animador de esa corriente.

Publicado en La capital de Rosario, 21/6/2023


domingo, 21 de mayo de 2023

Vivir de viaje


Si hay alguien que transformó el viaje de iniciación de los herederos de la élite criolla (a la que pertenecía por su doble filiación) en un modo personal de habitar el mundo, fue Sara Gallardo. Un modo de proyectarse en líneas de fuga y de “vivir entre” (el campo y la ciudad; el país y el extranjero), que le proporcionó esa mirada  al sesgo (pero no sesgada) con la que descubrió, exploró y leyó los signos de un mundo del que se sentía ciudadana.  

Y este nuevo trabajo, prologado por la especialista en su obra, Lucía de Leone, reúne, para felicidad de sus lectores, las crónicas de los innumerables viajes que realizó como corresponsal de los medios para los que trabajó -La Nación, Primera Plana, Claudia, Atlántida, Confirmado- y de aquellos en los que se embarcó por propia iniciativa.

Si para ella el viaje sólo tiene sentido si se emprende como una peregrinación o a la conquista de una mirada poética del mundo, el acceso masivo al turismo la encontró en una doble posición, deplorando tanto las voces altisonantes de los pasajeros de un ómnibus a la costa, como al turista burgués y snob (categoría que describe con un humor digno de Landrú), que viaja para confirmar lo que le dictan sus prejuicios.

“Me interesa lo que no se ve, lo que hace la gente con su vida” afirma y encuentra más vida en las cartas de una aldeana española que en las observaciones de aquéllos. 

Con un tono de irreverencia con el que se ríe de su propia clase y una biblioteca mental refinada y exquisita que le permitía captar, escondida en los detalles, la trama cultural e histórica, se demostró capaz de escribir sobre casi cualquier tema. 

El tabú del nazismo en la Alemania dividida de posguerra; la sorpresa de comprobar que la mitad del Mediterráneo es árabe y la invisibilización de sus mujeres (“todo fantasma negro es una mujer”); la alta costura en los principales desfiles del mundo; los primeros signos de la glasnot soviética; el entierro de Borges, la ocasión para ajustar cuentas con “ese que desde siempre usted quiso sacarse de encima”; la rebeldía juvenil neoyorquina; la noche porteña o la adorada pampa argentina, “la encarnación de la patria”.    

Y sus increíbles guías, anti-turísticas, para conocer, en un sentido profundo, las ciudades de Europa, América y Argentina a las que viajó, y poder descubrir la vida que hay en ellas, sus sabores, sus poetas y toda su riqueza, como la que encontró en el noroeste argentino, donde halló el material para algunas de sus mejores obras.


Publicado en La gaceta de Tucumán, 2/4/23

Capitalismo y pulsión de muerte

        Capitalismo y pulsión de muerte reúne una serie de entrevistas y artículos en los que Byung-Chul Han recupera a los pensadores que entendieron la humanidad como una enfermedad infecciosa. Trazando una línea directa con el estado actual del sistema que nos gobierna en forma unipolar, pone en juego el concepto de Freud de pulsión de muerte como causa de las tendencias agresivas del ser humano y sostiene que el capitalismo ha demostrado ser la forma económica a través de la cual la humanidad puede dar rienda suelta a su agresividad, destruyendo hasta su propia fuente de sustento. Por eso, afirma que el capital se comporta como maná, esa sustancia misteriosa que en la antigüedad se creía que se obtenía al matar y que dotaba del poder de dominar la muerte. El capital, al negar la muerte y separarla de la vida, genera según Han una “paradójica” pulsión de muerte, que le quita vida a la vida y que acaba siendo mortal. Y basado en la premisa de que el tiempo es dinero, el capital infinito genera la ilusión de un tiempo infinito, hoy mortíferamente plagado de zombis del rendimiento, del fitness o de la salud, en un ajuste total de la vida humana a la función y, por lo tanto, de alienación, que es la manifestación biopolítica del capital.

        Famoso fue el debate que el autor protagonizó con Antonio Negri en Berliner Schaubühne, en el que confrontaron dos visiones críticas del capitalismo. Frente al entusiasmo de Negri por la resistencia global de las multitudes interconectadas contra el “imperio”, Han sostiene que ya no hay lugar para la revolución, dado que el neoliberalismo ha cambiado la represión por la seducción y ha convertido al trabajador en un empresario de sí mismo, en un empleado autoexplotado. El Estado controlador ha dejado lugar a las corporaciones dueñas de nuestros datos, y lo peor es que somos nosotros quienes colaboramos para construir este panóptico digital subiendo nuestros datos a la red, voluntariamente. Lejos de haber una multitud cooperante alzada como masa crítica y revolucionaria, entiende que lo que hay son trabajadores, empresarios de sí mismos, aislados y, por lo tanto, desactivados políticamente. Para dar cuenta de esto, encuentra en la tienda transparente de Apple la expresión arquitectónica de una forma de dominación que se presenta como libertad y comunicación ilimitadas, pero que resulta mucho más eficaz que cualquier sistema represivo. Este panóptico de la transparencia, imagen del totalitarismo digital que penetra e ilumina todo, coincide con la vigilancia y la autoexplotación total que nos insta permanentemente a comunicar, a compartir, a participar, a opinar… Se trata de una muy exitosa tecnología de poder que no reprime nuestra libertad, sino que la explota a su favor.

        Por fin, haciendo honor a su herencia oriental, plantea que la salida ya no será la revolución sino la filosofía, la vida contemplativa y el silencio. Algo que el capital odia más que a los trabajadores organizados.

Publicado en revista Otra parte, 20/4/23