sábado, 6 de noviembre de 2021

La vuelta del castellano en todo su esplendor.

Los mejores narradores sub 35 en español, según GRANTA

 

            Una revista fundada hace 130 años por estudiantes de una universidad pública inglesa creada a comienzos del siglo XIII, la universidad de Cambridge, se convirtió, a partir de su refundación en la década del 80 del siglo pasado, en la vidriera de la literatura anglosajona y, desde hace diez años, de la escrita en español. 

            Todo el dream team de Anagrama salió de aquella primera selección de escritores británicos con nombres como Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes y Salman Rushdie. Más tarde le tocaría el turno a la nueva literatura norteamericana y a partir de ahí, GRANTA se convertiría en una cantera de jóvenes promesas de las letras.

            En 2010, realiza la primera selección en español, que da como resultado una lista colmada de escritores argentinos: Oliverio Coelho, Federico Falco, Matías Néspolo, Andrés Neuman, Pola Oloixarac, Patricio Pron, Lucía Puenzo y Samanta Schweblin, quienes, a partir de ahí, comenzaron su carrera internacional.

            Luego de 10 años, la revista ha seleccionado a veinticinco narradores en español menores de treinta y cinco años entre los cuales están los argentinos Martín Felipe Castagnet, Camila Fabbri y Michel Nieva; los españoles Andrea Abreu, David Aliaga, Munir Hachemi, Cristina Morales, Alejandro Morellón e Irene Reyes-Noguerol; los mejicanos Andrea Chapela, Mateo García Elizondo, Aura García-Junco y Aniela Rodríguez; los cubanos Carlos Manuel Alvarez, Dainerys Machado Vento y Eudrys Planches Savón; los chilenos Paulina Flores y Diego Zúñiga; el colombiano José Ardila; el nicaragüense José Adiak Montoya; el uruguayo Gonzalo Baz; la peruana Miluka Benavides; el costarricense Carlos Fonseca; la ecuatoriana Mónica Ojeda y, de Guinea Ecuatorial, Estanislao Medina Huesca, la nueva cantera de escritores en nuestro idioma. El resultado es el libro que acaban de publicar las editoriales Big Sur y Candaya, Los mejores narradores jóvenes en español 2.

            Su editora, Valerie Miles, quien es miembro del comité evaluador de la revista, afirma que el propósito que anima a GRANTA es la producción de “instantáneas generacionales” y sostiene que después del boom, el único escritor que tuvo un lugar de reconocimiento en el viejo continente fue Roberto Bolaño, por lo que era necesario abrir una vía de tránsito entre las literaturas del viejo mundo y las del nuevo. Por supuesto, las leyes del mercado editorial -ávido de nuevas voces en una lengua que es hablada en tres continentes- también hicieron lo suyo.

            La pandemia, el marco en el cual se desarrolló el concurso, fue su tema tabú, ya que no se les permitió a los participantes enviar diarios de la pandemia ni relatos testimoniales. La búsqueda activa del comité evaluador, con plena conciencia de ser la plataforma de lanzamiento de las nuevas literaturas, se dirigió, según ella, a la búsqueda de escritores osados, capaces de dar el salto, alejados de la bastardeada literatura del yo y decididos a construir un mundo propio desconocido para los lectores.

            Y en esta nueva selección, la lengua española, en toda su riqueza y diversidad, en sus tonalidades y usos, en sus mixturas y sonidos encontró veinticinco voces que le dieron cabida.

            El libro (muy bien editado), agrupado por similitudes temáticas y estilísticas, pone en relación la literatura de anticipación con las tradiciones indígenas; las distopías políticas con las reflexiones sobre los usos del lenguaje; la desigualdad endémica de nuestra región con las formas que adopta la magia y la cultura new age, los vínculos poliamorosos con la violencia política y el humor y la ironía (esa fuerza desacralizadora que hace más soportable cualquier escenario apocalíptico), con el universo transgénero del grotesco, cuyos personajes extremos parecen salidos de un cómic.

            Si bien la mayoría de estos escritores no reside en su lugar de origen, es evidente que han elegido renunciar al español neutro o cosmopolita de la generación anterior (cuya escritura deslocalizada pareciera, en algunos casos, una traducción de sí misma) y volver al regionalismo y a la exuberancia lingüística. La sonoridad, propia de los grandes nombres de la tradición como Rulfo o Cabrera Infante, vuelve, sorpresivamente, entre los más jóvenes. Es que “los tiempos ya no están para el castellano estándar de los capítulos de Dragon Ball”, afirma la narradora de uno de los cuentos mientras ofrece a los lectores un diccionario chileno de cronolectos.

            Una suerte de resistencia a la contemporaneidad pareciera mostrar el diálogo que estos escritores establecen con su tradición (en especial, con la tradición indígena) pero para hacer algo propio, como se puede leer en el cuento de la ecuatoriana Mónica Ojeda, donde el mundo campesino, el terror atávico, las fiestas orgiásticas y la crueldad infantil componen un oscuro relato de iniciación.

            Las identidades sexuales como categorías fijas han sufrido, cómo no, un replanteo. El binarismo ha quedado sepultado y comprobamos que el lenguaje inclusivo (un motivo de debate que creíamos, se daba sólo en nuestro exasperado país) atravesó definitivamente la frontera que separa la vida del arte.

            Como la narradora de “Buda Flaite”, de la chilena Paulina Flores, que entra y sale de la narración para ir detrás de su protagonista (quizás una de las pocas palabras de género femenino que engloba a todos) que fluye entre los géneros, y en ese fluir, cuenta una historia de desamparo y de resistencia (hoy diríamos, de empoderamiento), impensable por fuera del proceso político insurreccional chileno de los últimos años, narrada con mucho humor y sin una pizca de condescendencia.

            Pero si hay algo que sus veinticinco integrantes tienen en común es haber encontrado en la dialéctica entre su lugar de origen y el mundo que los cobija, el espacio donde instalar su propia voz.

            En “El color del globo”, la cubana Dainerys Machado Vento construye un relato desde el punto de vista de lo que la izquierda llamó los "gusanos", que a la vez es un grotesco sobre el medio pelo cubano de exiliados, narrado desde el corazón mismo de la “república de Miami”

            Su autora, que vive en esa ciudad desde hace cinco años adonde fue a hacer un doctorado en Lenguas y Literaturas, sostiene que su lugar de residencia es móvil. “Voy y vengo, vivo donde quiero o donde hay trabajo. Sé que la imagen de Cuba es muy política, precisamente por el sistema que ha prevalecido en el país. Pero creo que despolitizar mi relación personal con el lugar donde nací es el interés de buena parte de mi generación, que sabe que solo después de borrar ciertas excepcionalidades grabadas en el imaginario colectivo se podrán producir cambios muy necesarios en Cuba. Por eso también me encanta usar la ficción para reírme un poco de los extremos que tanto nos han asfixiado, especialmente cuando se trata de la isla y su espejo favorito, Miami.”

            Estos nuevos escritores, dueños de una clara conciencia política, histórica y ecológica, ponen en escena el presente de estos países fruto de la colonización española, cuya dependencia económica y pobreza endémica los condena al atraso estructural. “Un caos travestido de destino”, como lo define el chileno Diego Zúñiga en el cuento “Una historia de mar”, donde la ciudad de Iquique resulta la cifra de un pasado que no cesa de pasar.

            Y la ciencia ficción, como sabemos, gran laboratorio de hipótesis sociales, encuentra a muchos de estos escritores proyectando las propias, como es el caso de Andrea Chapela, y su cuento “Anillos de Borromeo”, cuyo escenario es un futuro después del colapso climático y a la vez es un cuento sobre hacer las paces con el pasado y dejar ir, donde las herramientas del género le sirven para hablar del dilema emocional de la protagonista.

            Frente a la inminencia del fin del mundo, sin embargo, la protagonista mantiene la esperanza en otros mundos posibles. “Sin duda, en la literatura hay un lugar para esa esperanza. Particularmente en la ciencia ficción en los últimos años han aparecido nuevas corrientes como el hopepunk o el solarpunk que intentan encontrar esa esperanza incluso en medio de futuros distópicos. Creo que la literatura, sobre todo la especulativa que está tan enraizada en la imaginación, puede ser un espacio donde encontremos ideas sugerentes y esperanzadoras sobre el futuro. Es el primer paso de dar forma a los cambios.”

            En la vereda contraria, el mejicano Mateo García Elizondo, en su cuento “Cápsula”, imagina el modelo superador de todas las torturas posibles: el encierro de un preso en una cápsula espacial en un viaje sin retorno para exponerlo a la experiencia de la eternidad.

            Una nueva generación de escritores hispanohablantes asoma al mercado internacional y por lo que parece, tienen mucho para decir. Vale la pena escucharlos.

 

Ciencia ficción gaucho-punk

            Michel Nieva es uno de los tres argentinos seleccionados por la revista con su cuento “El niño dengue”, una distopía política que se abre con el mapa de la Argentina del 2272, cuyo territorio quedó reducido (como si hubiera sido carcomido) a la mitad, donde el dengue, esa endemia negada, produjo, como el glifosato, mutaciones en los cuerpos de los pobres.

            Y el texto, que evoca a Martínez Estrada y su Radiografía de la pampa, habla de un autor para el cual los ensayos tienen un lugar destacado en su horizonte de lecturas. “Siempre que escribo intento fusionar mundos por venir en un diálogo crítico con la tradición del ensayo y la política fundantes de nuestra nación (la de Sarmiento, Martínez Estrada, Alberdi o Roca)” y que lleva adelante un proyecto de escritura donde explora problemas críticos del presente en la simultaneidad del futuro con el pasado al que bautizó "ciencia ficción gauchopunk".

            Frente al desafío de hacer ciencia ficción hoy, cuando pareciera que el futuro ya llegó, sostiene que “una de las grandes audacias del capitalismo contemporáneo es haber incorporado la estética hollywoodense de ciencia ficción al fetichismo que inviste sus mercancías. Por poner un ejemplo, el diseñador de los trajes espaciales y los cohetes de SpaceX (la compañía de Elon Musk) es José Fernández, el diseñador de la estética de todas las películas de Marvel. Así, el consumo de estas mercancías produce la fantasía de que vivimos en el futuro.” Pero a él, la ciencia ficción que le interesa es la que practica la crítica política, “la que justamente des-estetiza esos imaginarios tecnológicos, dejando así aflorar toda la violencia y el horror que los constituye.”

Publicado en Tiempo argentino, 6/11/21

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Cynan Jones, el galés que enamoró a los lectores argentinos

         Cynan Jones, el narrador galés que llegó a las librerías argentinas con las novelas Tiempo sin lluvia y La tejonera, gracias al buen gusto de la editorial cordobesa Chai (y felizmente, a las traducciones de Esther Cross y Laura Wittner) es un escritor definitivamente instalado en la narrativa rural. Si hubiera que ponerle un título a su obra sería “Los trabajos y los días”.

Con una prosa concentrada que enhebra párrafos aislados, desgrana los temas de los que se va a ocupar delicada y amorosamente: los trabajos rurales, los ciclos de la naturaleza y sus catástrofes, el comportamiento de cada una de las especies, el ritual de los partos y los entierros de los animales, los silencios abrumadores de la vida campesina, la brutalidad y la violencia solapadas, que replican, en su solemnidad, toda su densidad existencial.

            Y en esa isla que es la familia y la vida de granjero (todo el imaginario claustrofóbico de los relatos insulares propios de la literatura británica está funcionando en estos textos) los temas, como nudos, se concentran para expandirse: el tiempo y las marcas que deja en los cuerpos y los cambios que produce en el deseo y en el amor; las pérdidas -el gran tema de su literatura- en los embarazos fallidos, los terneros nonatos y los duelos; la ira contenida en sus silenciosos personajes y la naturaleza como un ser omnipresente.

          Tiempo sin lluvia, publicada en nuestro país el año pasado, narra un día en la vida de su protagonista, un puro presente que se proyecta hacia el pasado en el único libro que, como la Biblia, ilumina sus días: las memorias del padre escritas en galés y al mismo tiempo, hacia el futuro, en los planes de compra de unas tierras que unirán a su descendencia al terruño, ese “espacio significativo” que es el propio lugar.

           En La tejonera, el título recientemente publicado, narra el duelo de su protagonista que acaba de enviudar y esa ausencia cobra una dimensión material, como su íntima relación con la naturaleza, de la que pareciera sólo se puede hablar, a partir del sentido del tacto.

            Invitado al FILBA de este año, este notable autor galés habló con Tiempo argentino de lo que entiende por literatura: un modo de elaborar la experiencia permaneciendo fiel a sí mismo y a su historia.


Los trabajos rurales y la vida de granjero, tan rigurosamente detallados en estas dos novelas ¿forman parte de tu experiencia personal?

Mis abuelos eran granjeros. Los primeros años de mi vida estuvieron definidos por el mundo que la granja me proveía. Era una granja pequeña, pero para mí, siendo un niño, era como un territorio sin fin. Tenía un bosque, un terreno rústico y campos que llegaban hasta el mar. Tenía todo el campo de juego que podría querer. Cuando yo nací criaban sólo a un puñado de vacas lecheras.

Aparte de esto, crecí y fui a la escuela con niños de distintas granjas; y la familia de mi esposa son productores de ovejas. Los procesos agricultores siempre han sido parte de mi vida, parte del ritmo del año.


La relación con el tiempo y los ciclos naturales, propia de la vida rural, es un tema central en estas dos novelas. Un tiempo que no está vinculado a la memoria sino al cuerpo. ¿Qué es lo que más te interesa explorar en esta relación?

Estos ciclos y ritmos tienen una directiva innata con cualquiera que esté conectado con los procesos de la granja. Ya sea el parto de las ovejas, la henificación (el proceso de conservación del forraje) o la rutina diaria de ordeñe del ganado. Las demandas que estos ritmos requieren traen consigo una estructura y una restricción a los involucrados. Eso, creo, puede crear una relación compleja con temas como el cuidado y la responsabilidad.


Dentro de tu tradición literaria ¿a quiénes considerarías tus referentes?

Todo lo que leo me influencia, de una manera u otra. Pero es el mundo a mi alrededor el que me moviliza a contar historias, en vez de la inspiración que me proveen los libros. Lo que obtengo de los libros es la inspiración técnica. Todo lo que sé sobre escribir lo aprendí de los grandes escritores. Pero, cuando tiene que ver con mis historias, trato de mantener mi vista en la realidad, no en la literatura. Una historia tiene que ser fiel a sí misma, no debe ser similar a otra situación ya escrita anteriormente.


El terruño cobra un protagonismo tal en estas dos novelas, al punto que, en La Tejonera, Daniel considera que el lugar al que se pertenece también posee una memoria de los que vivieron en él. ¿Se trataría no de vivir en un lugar sino de pertenecerse mutuamente?

Creo que sí. Ya mencioné anteriormente la relación de la estructura y la obligación con la recompensa. Siento que soy un producto de este paisaje y, como consecuencia, también lo son mis historias. Cada vez más y más personas viven su vida en movimiento. Aquellos que siguen conectados con el lugar que los formó tienen quizás una relación diferente con el mundo que aquellos que se establecen de forma transitoria. Como resultado, la relevancia de un lugar es o profundizada o disminuida y creo que la tierra en sí misma puede albergar eso. (¿Por qué las áreas más castigadas -o duras- de la ciudad en donde las familias tienden a quedarse tienen más alma que las áreas exclusivas donde las personas vienen y van?).


En esta novela, el contraste entre la ternura del trabajo del duelo del protagonista y la crueldad y violencia de algunas escenas es muy marcada. ¿Cómo narrar la brutalidad, el salvajismo, la ferocidad sin convertirlo en un “otro” del “mundo civilizado”?

Intenté duramente ser un testigo, no un voyeur. Espero que mis textos reflejen eso. La violencia no está modificada. Sólo intento escribir lo que pasa. El presente es algo que el lector debe juzgar por sí mismo, en vez de yo decirles cómo deberían reaccionar.

En esta novela casi no hay diálogos entre los personajes. ¿El diálogo es con la materia a través de los sentidos, sobre todo, del tacto?

Gran parte de las tareas de un granjero son llevadas a cabo de forma solitaria. Una vez más, esto es una espada de doble filo. Por un lado, hay tiempo para la reflexión, no hay un requerimiento de portarse de cierta manera delante de nadie o lidiar con el humor de nadie; pero por el otro lado, hay aislamiento. La salud mental de los granjeros se ha convertido en una preocupación seria. Pero creo que el consuelo, la compañía, y la conversación pueden encontrase en los procesos físicos que deben ser hechos, y en las cosas físicas que rodean a esos procesos.


Los espacios en blanco entre párrafos subrayan la concentración de tu prosa y le dan un tono religioso o místico a los textos. ¿Es un efecto buscado?

Absolutamente.


¿Estás trabajando en algún proyecto nuevo? ¿Podés contarnos algo?

Usualmente, soy muy monógamo con lo que respecta a un nuevo proyecto. Una historia determina que quiere ser escrita y yo me comprometo. Recientemente, por un gran número de razones, ese no ha sido el caso. He estado trabajando en una variedad de cosas. Historias cortas, varias como borrador. Una “reedición” de una historia anterior. Tengo “algo” nuevo en progreso -no estoy seguro de qué es todavía. Quizás una historia larga-corta más experimental. Y durante la cuarentena escribí una novela de aventuras de 50.000 palabras. El tipo de historia que me atrajo a los libros cuando era más joven, como La isla del tesoro, Los contrabandistas de Moonfleet, 20.000 leguas de viaje submarino. Me atraparon, a todo el mundo a mi alrededor lo atraparon. ¡Así que decidí irme a un viaje extraordinario!

Publicado en Tiempo argentino, 31/10/21

domingo, 31 de octubre de 2021

Del homo sapiens a Jack Reacher

 El héroe

    Esta vez Lee Child, el exitoso autor de la saga de Jack Reacher, quiso rendirle homenaje a ese personaje que nació junto con el homo sapiens y atravesó los siglos hasta convertirse en la estrella de la cultura de masas: el héroe. 

Porque, si hay algo que conjuga esta figura (que, por sobre todas las cosas, es una función dentro del relato) es haber servido a las necesidades tanto de las clases dirigentes como de las populares. Y es este último el que a él le interesa, aquel capaz de convertirse en “el protagonista de un libro popular”. 

Pero Child, conocedor de la cultura clásica y atento a las derivas de la filología, encuentra en la palabra inglesa “hero” los restos sonoros de la voz griega gyro, moldeada en la cosmovisión de la Antigüedad (es decir, en sus necesidades, en sus miedos, deseos y aspiraciones) y elabora su hipótesis acerca del origen de esta figura, cuando los pocos sobrevivientes de la glaciación (“unos locos, armados, con una voluntad de vivir feroz”), gracias a haber desarrollado un lenguaje articulado, pudieron imaginar situaciones más allá de su realidad inmediata y lo forjaron a su imagen y semejanza.

Lo cierto es que esos personajes que con el tiempo se volvieron epónimos -ejemplo de comportamiento ideal y honorable- cumplieron, desde siempre, la función de dar compensación y consuelo frente a una realidad salvaje y hostil en la que muy pocos lograban sobrevivir.

Y toda esta larga introducción le sirve para enmarcar al personaje que apareció por primera vez en 1997 en EE.UU., Jack Reacher, y que hoy es leído en cincuenta idiomas. Un personaje forjado en el imaginario norteamericano, mezcla de cow-boy y caballero andante, con el que su autor siguió la premisa dickensiana de escribir no lo que el público quiere, sino querer lo mismo que él. Y lo que él quería era construir un personaje intimidante, capaz de darle su merecido a los que en la vida real siempre quedan impunes. Millones de lectores parecen haberle dado la razón.


Publicado en La gaceta literaria, 31/10/2021


viernes, 29 de octubre de 2021

Juan Forn, un editor de rara avis

 


No hay dudas de que la colección Rara Avis que Juan Forn dirigió para Tusquets fue una de las mejores noticias que nos dio la industria editorial en mucho tiempo.

Y la elección de los títulos parecía estar en sintonía con su propia concepción de la escritura, ligada a la oralidad, donde las historias de vida tienen un lugar central tanto como la performance del narrador. Es que la vida de los escritores, el contexto histórico del que surgieron, es un plus de lectura que siempre lo fascinó, lo que se pone de manifiesto en la atención sobre esa zona donde termina la vida y empieza el arte: la cocina del escritor.

Los autores elegidos para esta “colección de autor” son todos escritores excéntricos (hay un ex-critor, una joven descendiendo en paracaídas del cielo moscovita, un viaje a los confines del mundo, otro a la ciudad prohibida y uno al interior del cerebro del autor) y sus libros resultan difíciles de clasificar en una categoría, en un momento de la industria editorial donde la segmentación -por géneros, por edades, por sexo- es cada vez más excluyente.

Y Forn, lector omnívoro y conocedor del fanatismo que las colecciones han despertado en los lectores argentinos -como la del Séptimo Círculo, los breviarios del Fondo de Cultura, los amarillos de Anagrama y tantas otras- se propuso ofrecer estos títulos a los lectores cómplices, como una suerte de regalo.

Paola Lucantis, editora de Tusquets, quien trabajó codo a codo con Forn en el armado de la colección, habló con La capital de esta hermosa experiencia editorial.

 

¿Cómo surgió esta colección?

La idea original fue de Ignacio Iraola (director editorial de Planeta) que me preguntó a mí qué me parecía, se lo propusimos a Juan y él se tiró de cabeza, porque para él significó algo así como encontrar un lugar para sus caprichos, con esa marca suya importantísima de editor, con un altísimo criterio. La colección es una joya porque tiene todo un trabajo que se nota en el diseño de tapa, en la tipografía moderna, en las traducciones y, por supuesto, en los prólogos.

 

¿Las contratapas que él escribía para Página 12 construyeron al lector ideal para esta colección?

¡Claro! Y en paralelo, también fueron saliendo los tomos de los viernes y todo eso se retroalimentó. En sus columnas hablaba de libros que no estaban disponibles en el mercado y Rara Avis apuntaba a ese llamado de atención que proponía Juan sobre algunos nombres, ya que la idea era alimentar ese interés sobre estos autores. Para las traducciones fueron convocados escritores argentinos como Alejandro González que es el mejor traductor argentino del ruso.


Estos rescates, estos hallazgos ¿dónde los buscaba, en su biblioteca mental?

Algunos salieron de nuestro fondo editorial, como el de Leonardo Sciascia y el de Vasco Pratolini, que había sido publicado por Emecé. Pero la cabeza de él era un fondo editorial en sí misma. El era absolutamente autodidacta y además leía muchísimo, estaba al tanto de todo lo que circulaba por el mundo. Era una persona dedicada a leer con una vida muy curiosa, ya que, muchos años fuera de las corporaciones le dieron una libertad de lectura importante. Y en ese momento de su carrera, tener un techo para sus caprichos, desligado de las cuestiones administrativas que eran tan engorrosas para él fue, como dijo en alguna entrevista, como haberle dado un juguete.

 ¿La elección de los títulos era consensuada con los editores o él tenía libertad absoluta?

No, él los proponía y con Ignacio Iraola lo consensuábamos. Por ejemplo, Las malas fue un título muy discutido porque no teníamos pensado publicar escritores argentinos, salvo Adriana Lestido, una fotógrafa que, por ese motivo, entraba como rara avis. Pero Juan conoció a Camila en un festival y se interesó mucho en ese libro que ella estaba escribiendo en ese momento que, en verdad, es una bomba, y lo quiso incluir.

Pero ya había una tendencia en el mercado a traer autores de unas décadas atrás y no marearse tanto con las novedades, a poder rescatar autores muy valiosos que por esa cosa de las modas literarias terminan quedando invisibles. Algunos libros en esa sintonía, pero de otras editoriales, como Prohibido morir aquí o Stoner son perlitas que empezaron a dar vueltas a partir del 2014 y que permiten una relectura importante. Lo mismo pasó con la obra de Aurora Venturini. La revalorización de los buenos escritores es la apuesta. Ir en contra de los algoritmos, de los seguidores, pienso que ahí está el desafío.

Vos nombraste dos editoriales independientes. Es notorio cómo las grandes empresas editoriales miran a las chiquitas.

Sí. De alguna manera, fue como traer ese aire fresco a Tusquets, con autores consagrados que habían quedado olvidados.

 Las colecciones son como un objeto en sí y esta, en particular, lo es en cuanto al cuidado de las tapas. ¿El también intervenía en el diseño, en la elección de la imagen?

Siempre proponía fotos imposibles, lo cual era una pelea. El tenía una concepción global del libro, además de ser el autor de los prólogos.

En cuanto a las traducciones, recuerdo que cuando se presentó la colección fue anunciado que se iban a hacer con los mejores traductores de acá. ¿Esto fue así finalmente?

Sí. El de Hunter Thompson lo tradujo Elvio Gandolfo, El forastero misterioso lo tradujo Esther Cross, René Leys lo tradujo Marcelo Cohen, Moscú Feliz y Mundos etéreos, Alejandro González y Trimalción lo tradujo Juan.

¿La colección va a continuar o Forn es irremplazable?

El llegó a editar once títulos. Quedó pendiente Mundos etéreos que va a salir en noviembre, sin prólogo, con la contratapa que escribió en su momento, pero la decisión es no continuarla, la colección termina acá. Vamos a respetar el último libro que teníamos contratado que estaba por entrar en corrección. Y con este terminamos esta hermosa experiencia.

Su muerte fue un golpazo en el medio de todo esto. Pensá que hasta el último día habíamos estado buscando un libro, discutiendo, trabajando.

Y la colección es una obrita de arte que no tiene sentido seguir para que se convierta en una mala imitación. Cuando falleció Juan, después de acusar el golpe que nos dejó a todos devastados, hablamos mucho sobre qué íbamos a hacer y decidimos cerrar la colección con el último libro que él editó.

 

La colección Rara Avis

 

            Promediaba el año 2017 y el grupo Planeta anunciaba la salida de la colección con la que Forn dio rienda suelta a su ars legendi, donde, además de su amor por las literaturas eslavas, exhibió su predilección por aquellos autores olvidados, secretos, fuera del canon y por los textos que convirtieron a sus autores en seres solitarios y obsesivos, en una especie de búsqueda de lo absoluto, así como de narradores afiebrados que involucran al lector en su vida.          

            Los dos primeros títulos fueron Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini (el autor del guión de Rocco y sus hermanos), “un libro único, inclasificable, inmortal, y que, por esas tres razones inicia esta colección” como anunciaba su editor. Escrito a espaldas del fervor popular por la caída de Mussolini, cuenta la historia de su familia y al mismo tiempo logra hablar del fascismo sin nombrarlo y Anticonferencias, de Isidoro Blaisten, un autor diferente a todos, con una prosa dispersa y un humor desopilante, que siguió la suerte de muchos grandes escritores argentinos cuyos libros quedaron descatalogados y que el joven Forn, cuando trabajaba en Emecé, ya había intentado publicar, a pesar de su autor.

            Le siguió Antártida negra, de la fotógrafa Adriana Lestido (una rara avis venida del campo de las imágenes) que escribió el diario del accidentado viaje que emprendió en busca del blanco absoluto (iba a instalarse en la Base Esperanza, pero terminó en Bahía Decepción, toda una metáfora) para recalar en una zona volcánica y peligrosa donde todo el paisaje era negro y su trabajo se tornó casi imposible.

            Luego vino 44. El forastero misterioso, una novela de terror de Mark Twain que su autor no llegó a publicar por motivos bastante misteriosos, cuyo mismo tema, la llegada del diablo a un pueblo remoto, enfatizó el halo de misterio que la envolvió.  

            Viaje alrededor de mi cráneo, de Frigyes Karinthy, el libro que decidió a Oliver Sacks a estudiar Neurología, fue escrito por un personaje notable de la movida miteleuropea quien relata, en primerísima primera persona (desde adentro de su cerebro) la operación a la que se sometió para extirparle un tumor maligno, mientras mandaba cada semana, al diario de Budapest en el que era su periodista estrella (una suerte de Roberto Arlt húngaro), la crónica de esta riesgosa aventura que lo tuvo como protagonista.

            Hunter, de E. Jean Caroll, es la mejor biografía escrita sobre el creador del periodismo gonzo, Hunter Thompson, hecha por su amiga personal y una de las mejores plumas que pasaron por el periodismo norteamericano, Elizabeth Jean Carroll, que en este caso inventa a una biógrafa-amante-secuestrada por su biografiado y arma un contrapunto impecable con los testimonios de muchos de los que compartieron su desquiciada y salvaje vida para terminar haciendo una auténtica “biografía gonza”.

            Las malas, de Camila Sosa Villada, es el libro con el que su autora pasó a las ligas mayores y que, fuera de la línea que se había impuesto el propio Forn, decidió publicar, cuando escuchó hablar a su autora y se encontró con una historia tan poderosa y contradictoria como “la furia y la fiesta de ser travesti”. Un verdadero cross a la mandíbula, pero quizás sea el único título que desentone un poco del conjunto. 

            La desaparición de Majorana, de Leonardo Sciascia, es el relato de una tragedia personal y colectiva, la que llevó al físico italiano Ettore Majorana, una de las mentes científicas más brillantes de su época, quien había anticipado el desarrollo de la bomba atómica, a desaparecer, en el año 1938, sin dejar rastros y que encontró en la pluma exquisita de Sciascia (“unas páginas tan bien escritas, tan llenas de inteligencia y belleza y verdad”) al interlocutor perfecto para intentar dilucidar este enigma ético.

            Moscú Feliz, de Andréi Platónov, un libro que circuló en forma clandestina en su país hasta la llegada de la Perestroika, porque su autor, uno de los tantos que cayó en desgracia a los ojos de Stalin, jamás pudo publicar un solo texto, ya que no pudo doblegar la potencia de una prosa que quiso ensalzar la nueva realidad soviética, pero desbordaba anarquía en la construcción de sus personajes, según las palabras de su protector Máximo Gorki.

            Trimalción, de F. Scott Fitzgerald, la primera versión de lo que terminó siendo, gracias a la muñeca de su editor, Maxwell Perkins, El gran Gatsby, tal como le hubiera gustado a su autor y a los fanáticos de Fitzgerald, quienes añoraron más información sobre el protagonista, la misma que encontrarán en Trimalción, junto con ese toque de genialidad propio de este autor y traducida por el mismo Forn.

            René Leys, de Víctor Segalen. es el relato alucinado de la pasión de su autor, un médico francés, por el enigma que para los occidentales representa China y la relación que estableció con su maestro belga René Leys, quien le fue develando los secretos que encerraba la Ciudad Prohibida de Pekín, para descubrir, en ese viaje a las antípodas, que China no es más que el otro esencial de Occidente.

            El último libro de la serie, Mundos etéreos, de Tatiana Tostaya, que ya se encontraba listo al momento de morir su editor y que la editorial piensa sacarlo en el mes de noviembre, completa este conjunto de títulos pensados como el mejor regalo que un lector apasionado puede hacerle a la cofradía de lectores.

            Y la decisión de los editores de no continuar con la colección resulta el mejor epílogo para unos prólogos geniales. Dentro de algunos años, los lectores ávidos estaremos recorriendo las librerías de usados en busca de los libros de Rara Avis. Un destino que sólo alcanzan los clásicos.


Publicado en La capital de Rosario, 24/10/2021

 

 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Un día cualquiera en Nueva York

 Un día cualquiera en Nueva York



Gracias al buen gusto demostrado por Martín Scorsese en los siete capítulos de su documental Supongamos que Nueva York es una ciudad, muchos descubrimos a Fran Lebowitz, una autora salida de la cantera de los grandes humoristas judíos neoyorquinos, tan apreciados entre nosotros. Y el libro recién publicado, Un día cualquiera en Nueva York, recopila las columnas que escribió para la revista Interview de su compinche Andy Warhol, para Mademoiselle y la Vogue británica, donde afiló una pluma capaz de unir lo trivial con lo trascendental como pocas, bajo la sombra tutelar de Oscar Wilde.

Pocas veces un espíritu de época se conjuga con el horizonte de expectativas de los lectores futuros. Es el caso de estos textos producidos al calor de la década del 80, cuando la gentrificación avanzaba en los barrios de esta gran urbe renombrándolos, para delicia de la tilinguería de turno y el diseño de indumentaria se convertía en la niña mimada de la sociedad neoyorquina.

Pero no son estos los únicos blancos de sus ironías, esa figura retórica con la que se dedica a criticar, por el absurdo, a una lista bastante colmada de personajes y situaciones que la sacan de quicio: la ciudad y los perros, pero sobre todo, sus dueños; la desidia de las tintorerías de Nueva York; la comida gourmet; esa zona gris donde habitan personajes ligados al mundo del arte como editores, agentes, fotógrafos de moda y sus jóvenes acompañantes; los agentes inmobiliarios; la ciudad de Los Angeles, la capital nacional del mal gusto y todas las formas que asume el sentido común como el consumo de noticias, que la llevan a añorar a la Antigüedad griega y su costumbre de matar al mensajero. 

Hay una escena de escritura que la foto de tapa de Annie Leibowitz sintetiza magistralmente: en la cama, hasta pasado el mediodía, con varias cajas de cigarrillos, el teléfono sonando y el correo diario con las principales revistas, la escena lebowitziana con la que construye la figura del bicho periodístico neoyorquino.

Y variados son los blancos de alegre misantropía: el expresionismo abstracto; las expectativas paternas frente al futuro de sus herederos; la bella Italia y sus caóticos habitantes; los artistas del SoHo o la movida gay alrededor del activo movimiento artístico neoyorquino. Pero no sólo en la crítica de las costumbres demuestra ser una gran narradora, sus especulaciones sobre cualquier dato de la realidad (la fuente de la que surgen las cosas más inverosímiles, convengamos) como la exorbitante factura de teléfono recibida o una imaginaria huelga de escritores cuya única actividad es quejarse por no poder escribir, junto con tablas comparativas, alcanzan momentos surrealistas como los consejos sobre las mejores formas de conseguir un marido indigente o adelgazar mediante una dieta a base de estrés. 

Como una verdadera asesina de la doxa, logra bajarle el precio a cualquier idea preconcebida y a todo lo que hoy conocemos como corrección política. Una idea con la que esta inteligentísima escritora hoy se haría un festín.


Publicado en revista Otraparte, 16/9/2021

Entrevista a Martín Kohan

Martín Kohan y La vanguardia permanente


Entrevista Escritor, crítico y docente universitario, Martín Kohan es autor de once novelas, cuatro libros de cuentos, nueve ensayos y numerosos textos críticos y académicos.

Dice que no encuentra diferencias a la hora de escribir para el ámbito universitario, la prensa escrita, un congreso de literatura o la industria editorial y sostiene que, a la hora de hacer crítica, es necesario quebrar tanto la endogamia universitaria como el antiintelectualismo que pueda haber en los medios.

Hombre de “centenarios” (en el 2017 publicó 1917, un trabajo sobre la Revolución Rusa vista desde sus personajes secundarios) hoy le tocó el turno a las vanguardias clásicas, ese movimiento artístico de ruptura ligado íntimamente a las revoluciones políticas que en la segunda década del siglo pasado transformó para siempre lo que entendemos por arte.

 

-        ¿Qué significó para la historia del arte la irrupción de las vanguardias clásicas: un antes y un después o fue un proceso entre otros?

No fue un proceso entre otros. Quizás se pueda parangonar con el establecimiento de la perspectiva en la pintura, que fue un punto de inflexión. Lo que sí diría es que esa condición de lo nuevo que pasa a tener un valor en sí, bajo una sensibilidad moderna tiene, en las primeras décadas del siglo XX, un momento de radicalización, una singularidad histórica y conceptual. Esto no se compara con los distintos momentos de novedad que aparecen en la historia del arte, en la medida en que no se propuso transcurrir como un proceso de transformación al interior de un estado de cosas, sino conmover y alterar ese estado de cosas, por lo tanto, la temporalidad cobra otra dimensión. Por eso las palabras a las que uno apela son “irrupción”, “ruptura”, para dar cuenta de un cambio en relación a la temporalidad. Es un gesto que se propone un corte en el tiempo más allá de lo que ocurra con ese movimiento después y aunque transcurre dentro de una temporalidad, al mismo tiempo se propone transformar la misma experiencia del tiempo.

-         Duchamp y su mingitorio como ejemplo universal de vanguardismo. Me preguntaba si, en última instancia, no son los curadores los creadores de la vanguardia, aquellos que decodifican lo difícil de percibir en el momento en que ocurre y lo definen como tal.

El mingitorio de Duchamp, esa referencia máxima del vanguardismo, entre todo lo que está trastornando, está la distribución de roles, porque lo que se está trastornando es la función del autor y la del curador. El gesto de colocación frente a una mirada es lo nuevo, más que la creación de un objeto. Estoy pensado que también podría ser el de crear un lugar nuevo entre la figura convencional del artista y la del curador.

-       ¿Por qué, siendo Borges, una figura central dentro de la literatura escrita en castellano, no fue un escritor rupturista? ¿Hay una cuestión de clase, de buen gusto, de elección por ese medio tono propio de la cultura británica a la que tanto amaba?

El análisis que yo seguí en ese punto fue el que hace Beatriz Sarlo sobre las condiciones socio-culturales argentinas de la década del 20, que produjeron una vanguardia moderada, la del grupo “Martín Fierro”. Cómo esa vanguardia trató de establecer una tradición contra la aparición masiva de los inmigrantes, a fines del siglo XIX y cómo esa necesidad de sostener una tradición tuvo un papel preponderante en el clima de época. A esto cabría agregar esta desconfianza que tenía Borges por toda sobreactuación o gestualidad subrayada, por la estridencia de lo nuevo, ese recelo irónico por los gestos ampulosos que la vanguardia tenía. Sin embargo, lo que Borges hace con el cuento en los años 40 es algo totalmente nuevo. El ocupa todas las posiciones: al morigerar todas las estridencias de la vanguardia al interior del grupo “Martín Fierro”; a la hora de repensar la tradición, reescribiendo en sus cuentos el Martín Fierro; al producir algo nuevo en el género más estable que es el cuento; al generar un nuevo lector, en fin, hizo todo. De alguna manera se propuso marcar una diferencia entre hacer algo nuevo y el fetichismo de lo nuevo.

-        Decís que la literatura argentina tiende a percibirse como una excepción frente a América latina, en relación a un supuesto vínculo privilegiado con Europa y la frase olvidable de Alberto Fernández puso este lugar común en evidencia. ¿Fue la crítica académica, (y estoy pensando en Josefina Ludmer, por poner un nombre), la que “descolonizó” ese imaginario de la literatura argentina?

Sí, pero no solamente. Noé Jitrik vuelve del exilio de México pero ya estaba trabajando en literatura latinoamericana con esa perspectiva, desde los años 60. Se trata más bien de un juego complejo de asimilación y transformación. En el imaginario de la identidad argentina, a partir de la gauchesca, el movimiento es desalojar la tradición indígena y negra en las ficciones de origen nacional, cuestión que está muy ligada a la frase de Alberto Fernández. La Argentina construye su identidad en el mito del gaucho, desplazando indios y negros, el propio Martín Fierro narra cómo combatir a los indios y cómo se mata a un negro. Gombrowicz, que era polaco, es decir, un europeo desplazado, es quien desarma la figura de centro-periferia y es el mayor crítico de la fascinación que veía en los escritores argentinos por todo lo que viniera de Europa. En la coyuntura de los años 20, la literatura argentina aparece desplazada en relación a las vanguardias en Latinoamérica que, por el contrario, absorben el espíritu de la modernidad, de las vanguardias europeas y al mismo tiempo inscriben eso en su propia tradición como lo que hace César Vallejo con la tradición indígena y París. El martinfierrismo lo que hizo fue construir la mitología gauchesca para asimilar la tradición europea.

-         ¿Por qué un debate sobre Cortázar y su relación con las vanguardias sigue siendo actual?

Cortázar fue clave en la escena de actualización de vanguardia de los 60. Frente a la pregunta del libro que es ¿cómo suscitar lo nuevo cuando lo nuevo ya ocurrió y es tradición? ¿Qué pasa con cada una de estas vueltas a la vanguardia? Cortázar supone un posicionamiento al respecto. Rayuela se presentó como desestabilizando convenciones. Además, él intervino activamente en los años 60 en el debate vanguardia-revolución. Yo creo que de lo que se trata es de redefinir el lugar de la vanguardia para que lo nuevo pueda ocurrir, y es lo que ocurre con Libertella, con la lectura que hace Piglia de las tres vanguardias (Walsh, Puig y Saer) mientras que en Cortázar lo que hay es la idea de que se podría volver a las vanguardias, simplemente retomarlas, y en su caso lo hace con el surrealismo, sobre la pretensión de que pueda ser nuevo. Yo lo planteo como un campo de disputa: cómo volver a la potencia de lo nuevo cuando lo nuevo ya ocurrió.

-        Dentro de las nuevas generaciones argentinas ¿qué escritores y escritoras considerarías vanguardistas?

En cualquier lista siempre falta alguien, no hay inclusión sin exclusión, más bien lo plantearía como un mapa tentativo. Tomando nuevamente el Martín Fierro, lo que hizo Gabriela Cabezón Cámara con Las aventuras de la China Iron y lo que hace Pablo Katchdajián con El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, me parece que son dos ejemplos fuertes de cómo la literatura puede instaurar lo nuevo, con y a la vez, contra la tradición. La ruptura no es empezar de cero, algo que está muy bien expresado en lo que les dice Trotsky a los futuristas en los años veinte: no estamos haciendo lo nuevo arrasando con la tradición, sino incorporándola y transformándola.

-         ¿Para vos la vanguardia es una respuesta formal a una situación política e histórica o es un efecto de lectura?

Hay una instancia donde pensamos la vanguardia como relación entre el arte y la sociedad. Hay otra instancia en la que la pensamos como un desarrollo inmanente del arte y hay otra instancia en la que se la puede considerar como un efecto de lectura que es lo que hizo Piglia: leer en clave de vanguardia esa literatura, para volverla de vanguardia.

-         ¿La vanguardia permanente es una posibilidad real o un horizonte al que se debería tender?

Es un horizonte, como la idea de revolución permanente. Es el mismo desafío: cómo sostener el cambio, la irrupción del puro presente. Hay que pensar la temporalidad de otra manera, no ya como la del progreso. Cómo algo puede ser nuevo y durar como nuevo. Cómo sostener la vibración de lo revolucionario durante el proceso de estabilización. Para decirlo en términos marxistas, hay que pensarlo dialécticamente.

-         ¿La crítica argentina es más radical que la literatura argentina?

En algunos casos, hubo una sensibilidad de vanguardia por parte de la crítica. Y estoy pensando en Beatriz Sarlo, que lee desde un paradigma modernista, desde el horizonte de las vanguardias y aquello sobre lo que trabaja es el carácter moderado de la vanguardia martinfierrista argentina. Qué mejor que esa sensibilidad para detectarlo. Hay un complemento entre la sensibilidad vanguardista de la lectura de Sarlo y la escritura de vanguardia de Josefina Ludmer en el libro sobre la gauchesca, en particular. Es un libro de crítica tremendamente experimental cuyo objeto es la tradición. Ese cruce entre lecturas y objetos, para mí, es sumamente interesante.

 

La vanguardia permanente

            El último título publicado por Martín Kohan es un didáctico ensayo sobre la herencia de las vanguardias clásicas en el que explica, relaciona, ejemplifica, retoma conceptos, sintetiza, haciendo honor a su fama de buen docente, y se atreve a la divulgación teórica, un género nada fácil.

            En él historiza la aparición de los principales movimientos de vanguardia en Europa, hacia finales de la Gran Guerra -algunos de ellos, ligados a la primera revolución comunista del mundo- que encontraron en el espíritu de la modernidad y su fascinación por lo nuevo el impulso con el que arrasar con la misma idea de arte.

            La efeméride le sirve para preguntarse si hoy el arte no ha adoptado una posición de repliegue y cuál es el lugar que tiene aquel arte que se postula como nuevo. Y frente a las concepciones posmodernas que celebran la derrota de las vanguardias, considera que ésta no anula su legado, sino que lo integra a la obra como parte de la misma.

            Describe las teorías que pensaron las vanguardias desde diferentes perspectivas: como expresión de las condiciones objetivas, como respuesta a la autonomización del arte o como pura provocación -y la hipótesis de Boris Groys acerca del papel de Stalin como hacedor del proyecto de la vanguardia parece confirmarlo.  

            Busca en la literatura argentina -su campo privilegiado de interés- las formas que asumieron las vanguardias y se pregunta cómo hacerle lugar a lo nuevo después de su irrupción.

            Sobre el modo particular que asumió la vanguardia en nuestro país, sigue el análisis de Beatriz Sarlo, quien afirma que el grupo “Martín Fierro”, liderado por Borges, le imprimió un carácter programáticamente moderado y encontró en el pasado criollo una forma de resistencia cultural a la inmigración masiva, frente al modo que asumieron en el resto de América latina, donde el impacto de las vanguardias europeas se hace evidente en el mismo modo de nombrarlas: estridentismo mexicano, ultraísmo chileno o movimiento antropofágico brasileño.

            La segunda oleada vanguardista, la de los años 60, sostiene, tomó distintos rumbos:  el que llevó al arte pop y tuvo al Instituto Di Tella como centro de operaciones; los experimentos surrealistas de la novela en Cortázar, las formulaciones de los escritores nucleados en la revista Literal (Germán García, Osvaldo Lamborghini y Luis Gusmán) y la de los escritores considerados por Piglia referentes de la posvanguardia -Walsh, Saer y Puig- en su modo, cada uno de renovar la literatura: el primero, en el uso inédito del testimonio, el segundo, en su rechazo irreductible a los consumos literarios y el tercero, en la incorporación de lo negado, la cultura de masas.

            Pero Kohan también es escritor y se pregunta, junto con otros, cómo hacer literatura radical después de las vanguardias. Para eso retoma el trabajo de Damián Tabarovsky de 2004, Literatura de izquierda, donde su autor defiende la idea benjaminiana del arte que viene del futuro como ruina del pasado y sostiene que al impulso que guiaba a la vanguardia se lo recupera como deseo.

            Escribir contra su derrota o apostar por la vanguardia permanente: en ese equilibrio inestable, en la dialéctica entre cambio y tradición, es donde anida, para Kohan, el arte.

Publicado en La capital de Rosario, 26/9/2021