lunes, 13 de septiembre de 2021

Wilcock, de Adolfo Bioy Casares

 Wilcock, de Adolfo Bioy Casares




De los inagotables papeles personales de Adolfo Bioy Casares que quedaron al cuidado de Daniel Martino, el editor del monumental Borges, entre otros títulos, llega este nuevo libro, un riquísimo material centrado en la figura de Juan Rodolfo Wilcock, quien tuvo el raro privilegio de participar de ese triángulo literario que formaron Borges, Bioy y Silvina Ocampo, alrededor del cual circularon muchos de los principales escritores de la época y que se reunían todos los miércoles en casa del matrimonio Bioy-Ocampo. 

Por sus salones desfilaban, cada semana, además de Borges y Wilcock, Estela Canto, Eduardo Mallea, Manuel Peyrú, José “Pepe” Bianco (secretario de redacción de Sur durante casi treinta años), Ricardo Baeza, las hermanas Norah y Haydée Lange y un largo etcétera que incluía a algunos pocos plebeyos como el fotógrafo Pepe Fernández o la periodista Marta Mosquera. Con la literatura como tema principal, estas tertulias también fueron el lugar donde circulaban los chismes maliciosos sobre los escritores ausentes y se despotricaba contra Perón y sus seguidores, celebrando el triunfo de la autodenominada “revolución libertadora”.

Pero la “mesa chica”, una suerte de pléyade que se mantenía a una distancia relativa y en tensión con la figura de Victoria Ocampo y el grupo Sur, brillaba con luz propia y conformó una de las sociedades intelectuales más productivas del campo literario argentino del siglo pasado. Durante algunos años, el grupo compartió encuentros, discusiones, viajes y proyectos literarios con Wilcock, un personaje contradictorio y talentoso, incómodo y perturbador que entró al grupo bajo el ala de Silvina Ocampo (juntos escribieron la pieza de teatro Los traidores) y después de muchas visitas a la casa familiar -donde lograba exasperar al padre de Bioy- llegó a convertirse en un amigo entrañable de aquél y en el mayor difusor de su obra en Italia, el país donde se instaló, en una suerte de exilio lingüístico, a partir de 1957.

Inteligente y sensible, critica la conferencia que da Victoria Ocampo sobre el género historieta al advertir el desconocimiento profundo de la oradora sobre el tema y demuestra ser un gran lector de la vanguardia, en clara oposición al tradicionalismo de Borges, Bioy y Silvina. 

Frente al estupor que le genera al selecto grupo constatar que muchos de los más destacados escritores argentinos han leído muy poco, Wilcock descubre que, hasta la llegada de los exiliados españoles por la Guerra Civil, no había en nuestro país narrativa extranjera traducida al español.

En Italia desarrolló una carrera que lo distinguió dentro del medio cultural italiano, al punto de convertirse en un influyente crítico y en una amenaza para figuras como Calvino o Moravia, el lugar donde publicó una obra compleja, muestra de su independencia intelectual y afianzó su trabajo como traductor en el que ya se había destacado en Buenos Aires, traduciendo algunos títulos de la colección “El séptimo círculo”. 

En su país de adopción se dedicó a difundir la obra de Bioy y de Silvina, abriéndoles el camino al mundo cultural italiano al conectarlos con las editoriales Adelpi y Bompiani. Así comienza un riquísimo tránsito cultural entre ambas orillas que lo encuentra a Wilcock empeñado en lograr un premio de poesía para Borges traduciendo contrarreloj sus poemas que publica en los periódicos donde colabora; traduce además las antologías de cuentos y poesía argentina y latinoamericana que habían compilado Borges y Bioy; traduce toda la obra de Bioy al italiano junto a su hijo adoptivo, Livio Bacchi e introduce la cuentística de Silvina en ese país.

Su muerte, en marzo de 1978, a consecuencia de un infarto mientras leía El infarto cardíaco, le hace honor a un personaje “lúcido e insensato”, como lo calificó su amiga Silvina, y en esa puesta en abismo, se cifra la figura perfecta de aquel que “de joven fue un excelente escritor argentino y de grande, un excelente escritor italiano.”



Wilcock


Daniel Martino, el editor de los papeles privados de Bioy, esta vez convirtió en libro lo que parece haber sido un proyecto inconcluso de ABC al momento de enterarse de la muerte de Wilcock: la publicación de sus reminiscencias sobre este gran amigo de Silvina que terminó formando parte del selecto grupo de pares al que incomodó con sus exabruptos, sus flagrantes contradicciones y una vida personal que le ganó el mote de pederasta y para el que, además de las libretas, cartas y diarios de Bioy, consultó las memorias publicadas por muchos de los escritores que aparecen aquí.

Sus opiniones sin filtro sobre el personaje en cuestión hablan más del narrador que del objeto narrado. El desprecio de Bioy por la falta de clase de su amigo, por la cultura popular, por lo nuevo en todas sus formas, y sus opiniones políticas conservadoras y golpistas. Su descripción de los conocidos ilustres, apellidos patricios (“pedantes bizantinos” como sus enemigos ideológicos los llamaron) 

Viajes de larguísimos meses que comparten por Europa (en los que el excéntrico Wilcock simula no entender el español) donde Bioy desnuda escenas que parecen salidas del film Titanic, en las que, como un auténtico dandy, se lamenta de las deplorables condiciones en las que viaja su amigo en tercera clase y de los hoteles y restaurantes baratos donde se hospeda y come, por otro lado, invitado de la distinguida pareja que viaja, como es su costumbre, en primera clase y elige cuidadosamente los restaurantes donde el delicado estómago del anfitrión no se resienta. 

Quedan al descubierto las tensiones que el ego provoca en estos escritores, y a pesar de la molestia que el carácter excéntrico y provocador de Wilcock generaba en Bioy, que lo consideraba un ególatra y desconsiderado, estas opiniones, que con el tiempo se fueron matizando, jamás hicieron mella en el respeto por su inteligencia que mutuamente se profesaron.

Y si hay algo en lo que coincidían era en las diatribas dirigidas a todos los escritores de su entorno que no fueran Borges o Silvina Ocampo, a quienes consideran loso únicos dueños del privilegio de vivir en “la Atenas de Europa”, a espaldas de Latinoamérica. 


Publicado en La gaceta literaria, 13/9/2021


domingo, 15 de agosto de 2021

Libros para las infancias

            De los argentinos Federico Levín y Nico Lassalle Limonero acaba de publicar Una niña con un lápiz, que es lo único que ella tiene, además de sueño. Y de él van surgiendo todas las cosas que necesita para descansar y de las que carece: una casa adonde volver, una cama cómoda donde dormir o una ventana por donde descubrir el mundo.

            Y esta es una historia que hace de la carencia virtud y, frente al desasosiego que esta nueva normalidad generó en grandes y chicos, apuesta por esa capacidad infinita que es el imaginario infantil, expresado, sobre todo, en el dibujo, el territorio donde aprenden a explorar un mundo, incluso antes de dominar el lenguaje, cuyas reglas desconocen. Y esta historia pensada para los primeros años conjuga la simpleza de un texto mínimo con imágenes planas, como recién salidas de un dibujo infantil.

            De la cantera de grandes autores italianos para chicos llega Noemí Vola con Calamitoso, un precioso libro publicado por Limonero que cuenta, en clave humorística, lo que siglos de tradición literaria vienen narrando: el impacto que el encuentro con los animales salvajes produce en los humanos desde tiempos inmemoriales.

            Y Calamitoso es un oso gigante y pesado que se mete de prepo en la vida de una niña, quien descubre que no hay forma de sacárselo de encima, ni viajando a otro planeta. Los grandes animales, que han sido siempre un enigma, aparecen ya en las fábulas de la Antigüedad, en los bestiarios medievales y hasta en las constelaciones. Ellos nos recuerdan que son un producto de la civilización, figuras que habitan nuestro imaginario y el oso, figura masculina y propia del hemisferio norte, logró atravesar los siglos hasta transformarse en el tierno peluche que todos los niños del mundo aman.

            Para alegría de los fanáticos de Nicolás Schuff y Pablo Picyk, la editorial Ojoreja reeditó Así queda demostrado, un libro donde las ilustraciones fantásticas se combinan con elucubraciones absurdas, que emparentan este libro con los bestiarios medievales o los antiguos tratados de medicina.

            A partir de frases cristalizadas como los proverbios, el autor juega con ellas, desarmando esas frases hechas y todas las formas que adopta el sentido común como cuando piensa, por ejemplo, que “si contar ovejas diera sueño los pastores se quedarían dormidos”, lo cual, convengamos, sería una verdadera catástrofe.

            Con un catálogo pensado como las viejas enciclopedias, la editorial Océano acaba de reeditar uno de sus títulos más famosos, El sistema solar, un libro impreso con partes fluorescentes que resaltan en la oscuridad.

            En el cincuentenario de la llegada del hombre a la Luna, este libro, ideal para los astrónomos aficionados de cualquier edad, descubre los secretos de nuestro sistema solar como cuál es el planeta más grande, cuál el más lejano del Sol, por qué Marte es rojo, cuál es el origen de los anillos de Saturno, cuál es la temperatura ardiente de Venus o qué es un cinturón de asteroides. De la tierra al universo, las explicaciones más difíciles al alcance de todos.

            La editorial Iamiqué, especialista en “traducir” los temas más intrincados de las ciencias duras al mundo de los infantes, publicó Pubertad en marcha, de Gloria Calvo, Camila Lynn y Agostina Mileo e ilustrado por Martina Trach. Este libro informativo dirigido a los preadolescentes, explica las cuestiones básicas sobre los cambios que se dan en el cuerpo durante en esa etapa desde una perspectiva de género, abordando las diferencias sexuales que incluyen todas las variantes y orientaciones sexuales. Explican, además, todo sobre genes, hormonas, olores y estereotipos, lo que lleva a cuestionar los modelos de belleza, algo tan necesario en esa etapa. Como siempre, un manual muy recomendable para leer, comentar y disfrutar en familia.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 15/8/2021

domingo, 25 de julio de 2021

Entrevista a Carolina Sanín

 


 

Carolina Sanin, una autora colombiana cuyos libros viene publicando, en nuestro país, la editorial Blatt&Ríos, habla en esta entrevista de su último título, Tu cruz en el cielo desierto, con la misma erudición y belleza con la que narra esta confesión “a calzón quitado” de una pasión amorosa a distancia y de su traición.

Auténtica heredera de Clarice Lispector pero con una voz propia, su prosa configura un modo de acercamiento a la experiencia para capturar el ser de las cosas, en un viaje filológico por la tradición literaria de la cual, además, es especialista.

 

¿Hubo una decisión deliberada, en la novela, de exponer la intimidad de los amantes como un modo de desquite?

Sí, creo que existió la intención de desquitarme por una experiencia de manipulación y, a la vez, de ennoblecerla escribiendo a partir de ella. Creo que si te apropias del modo de representar un drama en el que has participado puedes resarcir el daño. Pasar del lugar de objeto de deseo al de autora y espectadora de la escena romántica es también una manera de afirmar tu dignidad humana, que reside en el intento por comprender. La historia íntima fue, también, un pretexto para lo que realmente me interesaba, que iba más allá de la confesión: hacer un estudio del amor y observar los desequilibrios de poder entre los hombres y las mujeres en las relaciones sentimentales, la ambivalencia del género en el deseo heterosexual, la violencia de los mecanismos de la seducción, etc. Quería también honrar la tradición romántica y darle la vuelta al mostrar a la mujer como amante y al hombre como amado, y al mostrar a los dos amantes como dos autores.

Las relaciones amorosas a distancia ponen en escena la dialéctica entre cuerpo y discurso. ¿Es la ética la forma de superar esta contradicción?

Creo que el amor solo existe por fuera -y antes- del lenguaje, pero también creo que lo único que podemos hacer con el amor romántico es decirlo, y que el discurso del romance -la lírica o la declaración- es lo único que podemos saber de él. En cuanto a las relaciones amorosas a distancia: en alguna medida, todas las relaciones amorosas son a distancia. La más obvia es la que se forma entre una autora y su lector. La pregunta sobre la ética es importante porque impone una reflexión sobre la verdad que le debemos al objeto de nuestro deseo. La responsabilidad del amante es la misma que la del escritor: la claridad.

Twitter resultó el teatro donde se desplegó toda la escena del galanteo. ¿El hecho de ser un espacio público les da un carácter diferente?

Sí, en el nacimiento del romance que el libro relata estaba ese ingrediente de exhibicionismo (que luego migra al libro mismo). La seducción y el enamoramiento se representaron en Twitter como en un escenario, frente a un público.

El modelo de la pasión cristiana sostiene esta historia de erotismo sin contacto físico (Noli me tangere) aunque con escenas de “sexo explícito”. ¿Cómo se conjugan ambas cosas?

La pasión es una sola: el deseo sexual y el deseo de martirio están entrelazados, y el amor por el cuerpo glorioso y sufriente de Dios encarnado (en el Cristo) es también el amor por otro cuerpo humano cualquiera. El amor romántico, por otra parte, es siempre -o quiere ser- el amor por el espíritu, y obedece al deseo de divinización del mundo.

El lugar del encuentro pareciera ser el lenguaje literario. ¿El impulso que lleva a escribir se lo puede relacionar con el deseo sexual?

Sí. En Tu cruz en el cielo desierto, los amantes se enamoran por leerse mutuamente. El impulso que lleva a escribir poemas (en la Vida nueva de Dante y en mi libro) es el deseo por la imagen del otro, que aparece ante ti (y que refleja el espíritu, o lo que está por fuera del tiempo, o la divinidad). El amado inspira un libro de la misma manera como el espíritu engendra a Dios en una virgen, y del mismo modo como el semen engendra un hijo en cualquier mujer. El otro -el objeto de deseo- es una anunciación que la autora puede aceptar o no. La aceptación (el “hágase en mí…”) es la obra.

¿El destinatario de esta “diatriba de amor” leyó el libro?

El hombre en quien está basado el personaje del amado (que no es exactamente el destinatario del libro) lo leyó y me hizo saber que se sintió halagado al verse impreso. Es un hombre inteligente, pero con la imaginación secuestrada por el sadismo. Me parece dudoso que haya entendido algo.


Tu cruz en el cielo desierto

            Un “desangrado son corazón” es este libro, que lleva al género “Confesiones” al extremo y hace del relato de la experiencia de un amor virtual y engañoso un infierno, con una escritura que arde y se ofrece en sacrificio, como la pasión religiosa en la que se sustenta.

            Pero también es la puesta en escena de un amor romántico, aquel que no necesita de la unión carnal para existir, que se nutre del decir sobre el amor o quizás, también, el territorio de la histeria de quien no quiere tocar a su amada.

            Su protagonista recorre la larga tradición de la literatura amorosa occidental para intentar comprender las causas de ese amor fallido y concluye que “todo romance es la encarnación de las lenguas romances”, ya que es en la lectura de los textos del otro y en el fervor por su lengua materna donde se encendió la llama de esta pasión sin cuerpos.

            Si el amor a distancia es un llamado al otro mundo, será el tópico de la resurrección -que se repite en los mitos, en los cuentos de hadas, en la tradición cristiana- el lugar del despertar, que, descubre, no es otra cosa que el impulso del deseo.

            Y la salida, la salvación, para decirlo en términos de la narradora, estará en la acción política, en “poner el cuerpo” en un proceso social que recién comenzaba en Colombia y que derivó en la presencia masiva de la muchedumbre en las calles.

            Si en la tradición de la literatura amorosa en Occidente (que, como todo, viene de Oriente) podemos ubicar a la lírica medieval, el amor cortés y todas las formas de la literatura romántica hasta llegar a Barthes, Lacan y Bataille, en la misma serie, debería haber un lugar para la prosa de esta autora.

Publicado en La gaceta literaria, 25/7/21

 

Entrevista a Diamela Eltit

Entrevista a Diamela Eltit y la publicación de El ojo en la mira



La Diamela, así la llaman sus lectores chilenos y así la bautizaron sus progenitores, con el nombre de una flor. Que también es el nombre de la perra de El inglés de los güesos, de Benito Lynch, lo que la llevó a pensarse, muchos años más tarde, como una “perra literaria.”  Hija única de una familia donde no abundaban los libros, rápidamente, la lectura se convirtió en un territorio a conquistar.

Comenzó a publicar en la década del 80, cuando su país transitaba por una de las dictaduras más feroces del continente. Sin embargo, la censura y la persecución a los sectores de la izquierda intelectual a los que pertenecía no le impidieron desarrollar una obra que fue ampliándose hasta abarcar todas las zonas de su interés: la ficción (desde las novelas Lumpérica, de 1983, hasta Sumar, de 2018), el ensayo político (desde Elena Caffarena: El derecho a voz, el derecho a voto, de 1983 hasta A máquina Pinochet e outros ensaios, de 2017), el feminismo (Crónica del sufragio femenino en Chile, de 1994) y la literatura latinoamericana, como los diferentes tomos de sus Escritos sobre literatura, arte y política, hasta la escritura de guiones cinematográficos.

Sus cuentos integran varias antologías como Excesos del cuerpo. Ficciones de contagio y enfermedad en América Latina, que publicó Eterna Cadencia en 2009, así como los congresos y textos críticos sobre su obra se multiplican.

Es profesora invitada de varias universidades norteamericanas donde imparte clases de escritura creativa y literatura latinoamericana y además de ganar importantes premios en su país, este año fue galardonada con el premio Carlos Fuentes a la creación literaria.

El ojo en la mira es el libro que la editorial Ampersand acaba de publicar, dentro de su colección Lectores, en el que repasa, en primera persona, su autobiografía literaria.


Hay una escena de iniciación a la lectura al comienzo del libro que está relacionada con el hecho de ser hija única. ¿En tu casa era frecuente la lectura, habías libros, bibliotecas?

La condición de hija única porta privilegios y desventajas. Como problema, la frecuencia y el peso material de la soledad. En ese sentido, parece necesario encontrar un espacio que supere la lentitud del tiempo en la infancia y en la adolescencia y la lectura rompió mi monotonía. En mi casa no había biblioteca pero busqué y encontré de diversas maneras lo que necesitaba y buscaba: libros. Ese descubrimiento fue intenso y apasionante. 

Transitar la adolescencia durante los 60 ha dejado una marca ineludible en esa generación, tanto política como cultural. ¿Qué cosas rescatás de esos años tan intensos y cuáles criticás?

Los sesenta impregnaron los cuerpos adolescentes no capturados por la hegemonía conservadora ni pautados por el catolicismo. Permitieron la pluralidad y rompieron los feroces cercos y traumas impuestos a la sexualidad de la mujer. En suma, permitieron una cierta liberación en los tránsitos sociales. Desde mi perspectiva, puedo equivocarme, los partidos políticos sesenteros de izquierda, más allá de sus grandes cualidades, se centraron más bien en aumentar su caudal de militantes, conservando formas autoritarias. El partido operó también como una familia que acogía pero a su vez normalizaba para promover una cierta uniformidad. Siempre me he definido, más allá o más acá de los tiempos, como una persona de izquierda. Nunca milité. He votado siempre por partidos que promueven la equidad social, pero pienso que la sensibilidad sesentera no penetró bien esa subjetividad y mantuvo intactas las jerarquías, una cierta rigidez organizativa que me parece que todavía puebla a los partidos de izquierda. 

El impulso feminista que se hizo visible a partir del “MeeToo” y el “Ni una menos” tuvo en tu país a “Las tesis” como expresión artística donde se cruzan el arte con la política. ¿Qué lectura hacés de este movimiento desde tu experiencia anterior con el feminismo?

"Las tesis" construyeron un espacio performático muy valioso que configuró el cuerpo como dispositivo para promover un "baile político" bastante popular pero dotado de una gran densidad intelectual. Me parece que su eficacia y la extensión de la propuesta se funda en que emana de un colectivo, de una microcomunidad. Sus cuatro integrantes y creadoras establecieron una alianza comunitaria. Se restaron del individualismo neoliberal para convocar a otras comunidades. Pienso que el feminismo es diverso, pero a la vez, continuo. Lo que ocurre es que su transcurso y su historia son parte de una opresión y represión de la memoria por parte de la "gran historia". Así, siempre, cada emergencia feminista es considerada como inaugural, lo cual se trata de una estrategia política de la dominación para promover el olvido.   

Más allá de modas o tendencias ¿Hay una estética femenina?

Mi punto político radica en la democratización de los espacios, en la equidad. En ese sentido ya sabemos que la posición de la mujer porta una desigualdad asombrosa. Los binarismos: hombre-mujer que generan masculino-femenino, son parte crucial para ejercer la opresión. Desde luego la literatura experimenta idéntico efecto. La llamada "literatura de mujeres" es una forma más de gueto, porque, en definitiva, queda fuera de esta definición "la literatura" y así, le pertenece al hombre de acuerdo a esta clasificación binaria. Existe una biologización de la escritura literaria, una genitalización de la letra. Mi interés radica en romper los binarismos, democratizar la letra. Desde mi perspectiva, lo literario debe ser leído de acuerdo a sus engranajes, a su propuesta, a su pericia. Ser escritora no es una garantía, pero ser escritor tampoco, por lo tanto, no estoy segura de que exista una estética femenina, existen estéticas. Otro tema es el mercado literario que se precipita sobre la "ola feminista" para capturar escritos ilustrativos de la "ola", pero las estéticas literarias son múltiples, se establecen como espacios de libertad, de deseo, menos programables, enteramente simbólicas.

¿Qué le suma a tu escritura la docencia?

En mi caso personal, a lo largo de mi vida, he estado ligada, en la docencia, al campo literario, eso me ha permitido estar "dentro" de ese espacio, he necesitado leer para actualizar saberes y he escrito en esa atmósfera cultural. 

Leer, para vos ¿es abrir un espacio propio?

En mi caso particular la lectura literaria me permitió expandir mi horizonte, salir de mí misma, ser otra, viajé, pensé, comprendí, valoré, transité a través de la lectura de libros. Leyendo pude desarrollar un espíritu crítico y ser también autocrítica. Fue mi modo de habitar el mundo, de conocer a los otros y lo que me permitió conquistar un espacio de escritura.

Por lo que contás en este libro, tenés una relación muy fuerte con la Argentina y con su literatura. ¿Viviste en Buenos Aires en qué años?

En realidad, antes de vivir en Buenos Aires yo había leído bastante literatura argentina, pero la estadía amplió mis lecturas. Vivimos allá del 2000 al 2004, justo a lo largo de la crisis política, fue muy impactante todo, el corralito, los patacones, la rotación presidencial, las asambleas barriales, la rápida recuperación. 

¿Qué diferencias encontrás en el campo cultural chileno previo a la dictadura y el actual?

En los comienzos no tenía un conocimiento acabado del campo cultural chileno, pero como estudiante de literatura estaba atenta a la literatura clásica y a las emergencias literarias, todo eso en el marco del boom y sus efectos. Me parece que hoy existe, gracias a la proliferación de editoriales independientes, un campo muy amplio e importante de escritoras y escritores, pero, por otro lado, el neoliberalismo ha impulsado escrituras medio confesionales, centradas en el yo autoral, insuficientes y despojadas de recursos literarios. Aunque, desde luego, existen literaturas del yo con una calidad literaria importante. 

¿Qué significa haber ganado el premio Carlos Fuentes?

El premio fue muy estimulante para mí, fue asombroso. Lo que me emociona es que los libros han hecho sus propios recorridos en forma independiente y ese es el verdadero premio para mí. 


El ojo en la mira

En una librería de barrio que alquilaba libros usados. Así comenzó la historia de esta lectora inquieta que empezó, como empezamos todos, por la literatura de masas. De Corin Tellado -ese manual de educación romántica para las mujeres- a Agatha Christie, continuó con Chandler, Marx y la teoría feminista, hasta descubrir los claroscuros de nuestro idioma con el Siglo de Oro español y las formulaciones de la biopolítica, que la llevaron a construir unas ficciones donde los cuerpos femeninos se constituyen en “zona de sacrificio.”

Hija de una militante comunista, elige inscribirse en esta tradición que le garantizó la identidad que, durante la dictadura, la resguardó emocionalmente, la misma que configuró el imaginario que la conectó con las subjetividades y las hablas populares, con la vida en las plazas, con las historias que encierran los chismes y las tragedias que fermentan en las cocinas familiares. 

Frente a las concepciones de lo literario que, sumándose al feminismo como tendencia, refuerzan el lugar de la mujer como excepción, como lo marginal y exótico en relación a la norma, sostiene que de lo que se trata es de acabar con la norma. Con respecto a la literatura hecha por mujeres, habla de una suerte de “genitalidad literaria” que las agrupa en congresos, colecciones y hasta editoriales (algunas, que publican sólo a mujeres). Un gueto progresista que sigue siendo un gueto.

Sus años vividos en la Argentina le permitieron asistir al juicio que se llevó a cabo en nuestro país por el asesinato del general Prats y descubrir una activa vida literaria reflejada, no sólo, en la atención puesta en sus grandes nombres (y recuerda el “golpe al ego” que le provocó la lectura de Borges), sino en su importante tradición crítica sostenida en figuras como las de Josefina Ludmer o Noé Jitrik, que le hicieron ver el lugar que la lectura tenía para nuestra sociedad. Cree que la sociedad chilena, por el contrario, ha sufrido una fractura en su memoria literaria, ocasionada por largos años de hegemonía neoliberal que instaló la idea de competencia en el debilitado campo literario chileno, la causante, para ella, de esa la literatura del yo que, como una extensión del facebook, le resulta confesional y estereotipada.

Como autora, se reconoce heredera de Severo Sarduy en cuanto a su apuesta por la escritura como un salto al vacío; de Juan Rulfo, en su particular configuración de un mundo popular; de Antonin Artaud, por entender la letra como escenario y de todas las escritoras que ejercieron su oficio sacándole tiempo al tiempo, realizando un triple trabajo: estar a cargo de un hogar, sostener un trabajo remunerado y dedicarse a un oficio que es puro deseo.


Textual

“Mi madre y mi abuela tenían zonas difíciles que he olvidado, o que no recordaré jamás por escrito. Ellas son perfectas en mi memoria. Se trata de una decisión inquebrantable. Las recuerdo aquí porque, como lectora, también las “leí” a ellas con extraordinaria atención. Las leí de manera detallista. Lo hice de forma incesante para entenderlas y entenderme. Fui distinta e idéntica a ellas. Leerlas me permitió comprender que la lectura de libros es una manera de ingresar a la realidad psíquica de los cuerpos, porque en mí la lectura ha sido lo que me ha permitido una comprensión integral del mundo. Leyendo pude pensar a las dos mujeres de mi familia como personajes. Las analicé y accedí así a sus deseos y sus carencias, y valoré de manera inconmensurable el afecto que tuve el privilegio de recibir. Leí y releí a mi padre. Leyendo escogí un sitio político. Leyendo pude encontrar un espacio de escritura. Leyendo me sobrepuse. Y leyendo he podido modificar algunos de mis presupuestos. Cambiar la óptica, pero dentro de una misma matriz.”

Publicado en La capital de Rosario, 25/7/21


lunes, 7 de junio de 2021

Gótico femenino

 La sed

 







Que el gótico es un género bifronte, no quedan dudas. Oscilando entre el erotismo y el terror, como antepasado del policial (según demostró Poe), sus crímenes esconden una causalidad desviada, morbosa que muestran el terrible poder que ejerce el mundo de las tinieblas sobre la razón. Con una escenografía excesiva y espeluznante, sus bóvedas, criptas, iglesias, sótanos o castillos, siempre en ruinas, ponen en escena el lugar que lo reprimido y los tabúes sociales ocupan en esa “poética del espacio” que es el cuerpo deseante.

            Dedicada a un fantasma, la madre, esta novela homenajea a lo mejor de un género que la modernidad ha bastardeado por anacrónico, para abordar el miedo que la muerte y el dolor físico (los dos grandes motivos del gótico) provocan hasta la enajenación en una mujer que, decidida a transgredir un mandato materno, descubre el poder del deseo aniquilador que aguarda, agazapado, en los secretos familiares, desde siempre.

            Y esta historia de vampiras que comienza con una criatura de la noche bajando de un barco lleno de inmigrantes en una Buenos Aires infectada de cadáveres por la fiebre amarilla y la guerra del Paraguay, ofrece la mirada del “otro salvaje” sobre la ciudad del siglo XIX, emparentando fantasmas, indios y gauchos para ensamblar, magistralmente, los escenarios decadentes del gótico europeo con la ciudad de barro rodeada de ese misterio que el imaginario nacional llamó desierto.

            Y en ese eterno retorno del tiempo que caracteriza a este género, despertando fuerzas maléficas que invaden el presente, la protagonista, sumida en la melancolía y el terror por la enfermedad terminal de su madre que la ha convertido en una muerta-viva, descubre, en el escenario teatral del cementerio de la Recoleta, el umbral donde conviven sexo, sangre y furia, figuras del horror y la fascinación, que nutren a este género de altas dosis de erotismo, sordidez y belleza, haciendo de esta novela uno de los mejores exponentes del gótico en mucho tiempo.

Publicado en La gaceta literaria, el 6/6/2021            

domingo, 23 de mayo de 2021

Cuentos completos de Ricardo Piglia, un compendio de su ficción paranoica


 

            Ricardo Piglia, quizás, sea el último intelectual moderno que haya dado nuestro país, si por esto se entiende a aquella figura atravesada por dos grandes ethos: la política y la escritura literaria, un modelo de intelectual que encuentra su antecedente en aquellos que enarbolaron “la espada, la pluma y la palabra”. Con una importante participación política en el espacio de la izquierda maoísta durante las décadas del 60 y 70, fue en el campo cultural y literario donde desgranó sus reflexiones sobre los destinos de nuestro país, en especial, a partir del quiebre que la última dictadura produjo en las expectativas de cambio dentro del espacio de la militancia política de izquierda sobreviviente del desastre.

            La Historia -la disciplina en la que se formó en la Universidad de La Plata- y en particular, la historia argentina, fue una de sus preocupaciones centrales y que jamás lo abandonó. Mientras comenzaba a publicar sus primeros cuentos en La invasión, de 1967, la militancia política lo llevaba a organizar revistas en las que la política cultural tenía un lugar central. “Nosotros pensamos la política cultural como una política específica que parte del debate sobre las tradiciones propias”, dirá en uno de los tantos reportajes que dio. Así, dirigió Literatura y Sociedad, en 1965; más tarde, desde 1969 a 1975, junto a Héctor Schmucler y Carlos Altamirano, la revista Los libros y en 1978, junto a Altamirano y Beatriz Sarlo, la reconocida Punto de Vista hasta el año 1982, cuando decidió alejarse del comité editorial por diferencias políticas.

            El trabajo editorial, de la mano del editor Jorge Alvarez, lo llevó a dirigir algunos de sus sellos y a idear la mítica “Serie Negra”, la colección de literatura policial norteamericana, el lugar donde encontró las respuestas a qué es hacer literatura siendo de izquierda o cómo hacer literatura comprometida (un debate central en los 60), y que le permitió desarrollar sus hipótesis sobre el policial como modelo de funcionamiento de lo social desde el corazón mismo de un género popular.

            El movimiento de resistencia cultural a la última dictadura también lo tuvo entre sus filas y la historia de cómo se gestó la revista Punto de Vista está directamente ligada a aquél. Así lo cuenta Beatriz Sarlo: “Quienes trabajábamos en la revista Los Libros nos vemos obligados a pasar a la clandestinidad, cosa bastante común después del 76 en la Argentina. Surgen entonces reuniones donde nos juntábamos unos pocos a hablar de literatura, en una salita del Centro Editor de América Latina, lugar de resistencia por excelencia a la dictadura militar. Fruto de ese ateneo fue la primera edición de Punto de Vista que sale en marzo de 1978. La idea que estuvo muy presente cuando organizamos esas charlas era: muchos de nosotros veníamos de la política y dedicarse a la política era imposible; veamos qué podemos hacer para ver algunas claves políticas en el pasado argentino. El primer número sale financiado por una organización política con la que simpatizaba Ricardo Piglia (Vanguardia Comunista), con un director que presta su nombre para que no fuera ninguno de nosotros.”

            Ese mismo año comienza a escribir Respiración artificial (que saldría publicado en 1980), la novela que hizo de la lectura del siglo XIX argentino una clave de la coyuntura dictatorial. Lo cierto es que el nuevo mapa político lo encontró reflexionando sobre la historia argentina en el interior del juego literario, en la idea, tomada del historiador de la literatura Jean Pierre Vernant, de que “la forma es la historia misma” (de la que esta novela es una muestra acabada), llevando al ámbito de lo privado, la escritura, lo que hasta unos años antes debatía públicamente desde las revistas literarias.

 

Piglia profesor

 

            La docencia, dentro y fuera de la universidad, fue otro de los laboratorios donde Piglia desgranó sus hipótesis literarias. A comienzos de la dictadura, en la Universidad de California, invitado junto a Josefina Ludmer (“en enero del 77 me voy un semestre a enseñar a San Diego, un poco para descomprimir”) y en Buenos Aires, en los grupos de estudio que algunos docentes universitarios cesanteados organizaron en sus casas particulares, lo que se conoció como “universidad de las catacumbas”.  Estos grupos de estudio fueron un espacio importante de resistencia al régimen, el lugar donde se refugiaron el desconcierto y la reflexión sobre lo que estaba ocurriendo, así como el esfuerzo por preservar la propia identidad y revisar la propia tradición política, en un momento en que la vida pública había desaparecido. “En fin, que los profesores que tendrían que estar en la Universidad formábamos a la gente fuera de la Universidad, y la gente que venía a los grupos nuestros son ahora los que están en la Universidad. Y ese modo de enseñar, en mi caso, definió el campo de trabajo y la perspectiva crítica.”

            El ethos que guiaba su trabajo pedagógico era enseñar el modo de leer propio de los escritores, como una forma de desvío con respecto a la crítica académica, que tiene su antecedente en “el más extraordinario lector de vanguardia”, Borges, y que habla de un modo de posicionarse frente a la tradición y de reordenar el canon.

            Unos años más tarde, la enseñanza continuaba en las universidades de Princeton, Harvard y en la de Buenos Aires. En sus seminarios se agolpaban los alumnos para escucharlo discurrir sobre escritores que, en buena medida, pasaron a integrar el canon de lo que no podía dejar de leerse desde este lejano sur: Sarmiento, Macedonio Fernández, Borges, “el mejor escritor argentino del siglo XIX”, y Juan Carlos Onetti, al que sumó lo que consideraba el núcleo de la vanguardia literaria argentina: Saer, Puig y Walsh. Gran parte de su obra ensayística reúne las clases que les dedicó a todos ellos enFormas breves (1999); Diccionario de la novela de Macedonio Fernández (2000); La forma inicial (2015); Por un relato futuro. Conversaciones con Juan José Saer (2015); Las tres vanguardias (2016) y Teoría de la prosa (2019).

             

Crítica y ficción

 

            Mientras tanto, sus textos narrativos y críticos: las novelas La ciudad ausente (1992); Plata quemada (1997); Blanco nocturno (2010) y El camino de Ida (2013); los

relatos, cuentos, ensayos, prólogos y el Diario personal que fue escribiendo a lo largo de su vida y que publicó en tres tomos, Los diarios de Emilio Renzi (Años de formación, de 2015;

Los años felices, de 2016 y Un día en la vida de 2017) iban sumándose hasta conformar una obra construida en paralelo en la que, en muchos casos, ficcionaliza sus hipótesis teóricas.

            Piglia concebía la crítica como una hermenéutica, válida si construye conceptos a partir del análisis de los textos que sirvan para entender el funcionamiento de lo social. Es en esos términos en que plantea su análisis de la novela corta, ligando esta forma narrativa, la nouvelle, al secreto, al que vincula con la máquina estatal y el poder político, como aquel que sabe y oculta y a la vez hace hablar.

            La lectura, en todas sus formas, fue uno de sus grandes nudos teóricos, que desarrolla en El último lector (2005), un ensayo sobre las distintas figuras de lector que aparecen en la literatura. Comienza con un relato sobre un fotógrafo que en el altillo de su casa ha hecho una réplica de la ciudad de Buenos Aires, para él, más real que la real, tan reducida que sólo es posible verla de una vez y de una persona por vez y en esa visión, se cifra, para Piglia, el acto de leer.

            Como lector, asumió desde el comienzo una postura crítica de vanguardia (aunque no lo fuera como escritor), ya que “los momentos de corte, de cambio de velocidad de los conflictos políticos es algo que me permite pensar. El concepto de revolución, que es un concepto que ligo al concepto de vanguardia en el sentido de corte es el contexto en el cual yo he leído desde los años sesenta.”

            Si hay algo que le confiere el carácter de obra a toda su producción literaria es la continuidad de ciertos rasgos, la repetición de temas y la recurrencia de personajes y preocupaciones teóricas que lo llevaron al encuentro de un estilo personal con el que elaboró uno de los trabajos más sólidos de nuestro ecosistema literario y que él sintetiza de este modo: “Yo rompía un poco el esquema del político que se dedica sólo a la política, o del escritor que se dedica sólo a la literatura, o del tipo que se dedica a la historia. Y cuando pude mezclar todo eso, ahí le encontré la vuelta.”

 

La edición de los Cuentos completos

 

               La recopilación de todos sus libros de cuentos en un solo volumen que acaba de publicar la editorial Anagrama responde al deseo personal de su autor quien, los últimos años de su vida, sabiendo que se enfrentaba a una enfermedad -la esclerosis lateral amiotrófica- que le impediría seguir trabajando, quiso reunir toda su narrativa breve, dentro de un plan que él fijó con respecto a la totalidad de su obra. Para eso trabajó junto a un grupo de colaboradores y, gracias a los cuidados de su mujer, Beba Eguía, que le facilitó todos los medios para que su plan se llevara a cabo, aprendió a usar un programa de escritura con la mirada, el Tobii, y dejó muy precisas instrucciones sobre el futuro de su prolífica obra.

            Empieza con La invasión, de 1967, al que le agregó cinco cuentos que en la edición original no estaban y si decidió publicarlos fue al comprobar que no eran muy diferentes a su cuentística posterior. Escrito bajo la sombra de Roberto Arlt, todo el universo prostibulario, “malandrín y estafador” de este venerado escritor y la descripción de los trabajos artesanales como metáforas del oficio de escribir se conjugan para contar historias de personajes desesperados, obsesivos y desdoblados en diferentes identidades, propios del mundo carcelario pero también de la militancia clandestina y del espionaje, en muchos de los cuales resuenan los ecos del universo onettiano.

            La historia argentina, pasada y presente, bajo la forma del testimonio -actas, grabaciones transcriptas- encuentra el espacio donde narrar todo el horror de una historia política cuya literatura comenzó, para David Viñas, en Amalia de Echeverría, con una violación.

            Ya desde este primer título lo vemos aparecer a Emilio Renzi, figura de escritor o alter ego que atraviesa todos los espacios sociales: desde pensiones baratas con sus personajes marginales hasta infinitos bares de ciudades vacías, mientras reflexiona sobre literatura y elabora categorías críticas.

            Nombre falso, de 1975, que incluye el relato ganador de un concurso presidido por Borges, Roa Bastos y Denevi, fue el libro con el que sintió por primera vez que “había logrado percibir lo que realmente se veía del otro lado de la ventana”, es decir, hacer literatura. Y donde conjuga las historias narradas con las entradas de su Diario, en un juego de espejos que hace de la figura del doble la cifra de una vida duplicada en la literatura. Una vieja gloria del canto lírico, un boxeador derrotado por la vida, prostitutas, tahúres y jugadores son el espejo invertido de Emilio Renzi que, deplorando su aburrida vida de crítico literario, lo atraviesa en ambas direcciones.

            Prisión perpetua, de 1988, reúne dos largos relatos, el primero de los cuales le dio nombre al libro, donde cuenta el suceso trágico que le dio origen al Diario que lo acompañó toda su vida: la fuga de la familia de su lugar de nacimiento, Adrogué, a la ciudad de Mar del Plata, después de la caída de Perón, en el 55, que le había valido un año de cárcel a su padre. “También los paranoicos tienen enemigos” fue la frase paterna que guió su vida en la convulsionada Argentina de siempre y que abre este relato de iniciación y texto enmarcado del que salen infinidad de microrrelatos y citas perfectas sobre el arte de narrar.

            Cuentos morales, de 1993, reúne una serie de relatos heterogéneos, donde conviven gauchos y paisanos con historias donde la reflexión sobre el lenguaje adopta la forma de la ciencia ficción. Y un encuentro con Ezequiel Martínez Estrada minado por la enfermedad y la furia, con la réplica a escala de la ciudad de Buenos Aires que un fotógrafo ha construido en el altillo de su casa, y que lo lleva a formular la idea del arte como “una forma sintética del universo.”

            Los casos del comisario Croce, (protagonista de la novela Blanco nocturno, de 2010), se abre con una hermosa cita de Marx donde afirma que el origen de las artes y ciencias se encuentra en el delito. Su héroe es un comisario retirado, mezcla de filósofo y paisano rastreador, metido a investigar los casos más disímiles como un enigma histórico del siglo XIX encerrado en un poema o un mito urbano que circulaba durante los años de la “revolución libertadora” que la tenía a Eva Perón como protagonista; a perseguir al “personaje más importante de la literatura”, el Astrólogo de Arlt, y hasta imaginar un diálogo con un Borges anciano y pícaro donde resuelven a dúo un caso real después de escucharlo dar una conferencia sobre literatura policial.

            Y por último, los relatos de Historias personales (2015-2017) donde recupera, en la voz de Emilio Renzi, los recuerdos de su infancia en Adrogué -uno de los territorios de la literatura borgeana- para imaginar una escena donde un Renzi de tres años, sentado en el umbral de su casa, hace que lee un libro mientras la sombra de Borges le advierte que tiene agarrado el libro al revés. Quizás sea la forma en cómo se pensó a sí mismo en relación a la historia grande de la literatura argentina o la última foto que eligió para despedirse de sus lectores.

Publicado en La capital de Rosario, 23/5/2021

             

           

domingo, 16 de mayo de 2021

Anatomía de un animal bifronte

 Despojos

 


 

            Cómo representar la experiencia -lo subjetivo per se- fue la pregunta fundacional de las vanguardias clásicas. Cien años más tarde, la escritora británica por adopción, Rachel Cusk, dándole una vuelta de tuerca al mismo interrogante, elige la autoficción para narrar el proceso que desembocó en su divorcio, cuando entendió que la novela no le ofrecía los recursos formales para hacerlo. El resultado es un texto de una factura exquisita, que a partir de la imagen con la que se abre, de un puzzle desarmado, reflexiona a lo largo de sus páginas sobre ese constructo que es el matrimonio y la familia.

            Descubre en el interior la pareja, como en su propio texto, una relación entre relato y verdad y que, a pesar de los siglos de civilización transcurridos, el fundamento de su existencia -absorber el desorden y transformarlo en un orden- pervive.

            Como una cirujana experta, disecciona el cuerpo de ese animal bifronte que es la pareja heterosexual y observa, en forma ampliada, ese lugar donde el yo se encuentra con otro yo hasta convertirlos a ambos en travestis, y en la idea cristiana de la sagrada familia, el origen de una maternidad sin fisuras, de un tributo a la adoración infantil y de la impotencia paterna.

            En el dolor provocado por la extracción de una muela concentra la imagen de la separación como una mutilación, y en la tragedia clásica encuentra la cifra de una configuración familiar nacida de la guerra y la constatación de que la paz no engendra nada.

            Y es en la imagen doméstica de una mujer donde descubre lo que “la secta de la maternidad” hace con ella, al transformarla en un ser esquizofrénico que “habla de cosas que no existen, pero lo que quiere en este momento no resulta tan evidente.” Dueña de una mirada capaz de recortar el espacio de la institución familiar, la define, magistralmente, como una fuente de luz que absorbe la oscuridad exterior y al mismo tiempo, impide ver lo que hay afuera, y nos hace esperar fervorosamente la publicación de toda su obra.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 16/5/21