domingo, 5 de abril de 2020

Lo trabajos y los días


Tiempo sin lluvia


TIEMPO SIN LLUVIA - CYNAN JONES - CHAI EDITORA


Algunos autores británicos que alcanzaron la categoría de clásicos como Virginia Woolf o James Joyce narraron -en La señora Dalloway y Ulises, respectivamente- un día en la vida de sus protagonistas, que concentraba, en ese corte temporal, como un alef, el universo social y cultural de aquellos personajes. La segunda novela traducida a nuestro idioma de este autor galés lo encuentra definitivamente instalado en el espacio de la narrativa rural y narra un día en la vida de una subjetividad que, en las antípodas de aquellos personajes atravesados por la experiencia de la ciudad moderna, tiene en la naturaleza, sus ciclos y sus catástrofes, su razón de ser.
            Gareth, el hijo de un empleado bancario que decidió abandonar un trabajo anodino y empezar una nueva vida como granjero y en ese mismo acto, escribir sus memorias, comienza su día atormentado por algunas preocupaciones (una de sus vacas parturientas se escapó y dos terneros nacieron muertos) que a medida que la novela transcurre, revelan su densidad existencial. Su esposa, Kate, viviendo bajo el peso de unas jaquecas que esconden, en el estrecho vínculo matrimonial, el reclamo por una enfermedad transmitida por el ganado a través de su marido, que le hizo perder dos embarazos. Su hijo, un esquivo adolescente empeñado en odiar todo lo que su familia significa y una encantadora hija pequeña, imaginativa y luminosa que intenta descifrar en el silencioso entorno familiar (“mamá está acostada con su jaqueca en la cama”) los mensajes cruzados y todo lo que se juega alrededor esa “central de operaciones” que es la antigua mesa familiar.
            En esa isla que es la familia y la vida de granjero (todo el imaginario insular de la literatura británica está funcionando en este relato) los temas, como nudos, se concentran para expandirse: el tiempo y las marcas que deja en los cuerpos y los cambios que produce en el deseo y en el amor; la ira que habita en el centro del matrimonio como un cuerpo a punto de estallar en un parto. Y ese día que es puro presente se proyecta hacia el pasado en el único libro que, como la Biblia, ilumina los días del protagonista: las memorias del padre parcialmente escritas en galés que aquél lee, religiosamente, cada noche, descifrando las palabras manuscritas y “pasando las páginas buscando significados.” Y al mismo tiempo se proyecta hacia el futuro en los planes de compra de unas tierras de los que su esposa descree y que unirán a su descendencia al terruño, ese “espacio significativo” que es el lugar propio.
La pérdida, otro de los nudos temáticos, se multiplica en símbolos como el muñón de su dedo meñique, los embarazos fallidos, la vaca desparecida, los terneros nonatos, los relatos fantásticos del pantano de niños desaparecidos en las fauces de animales monstruosos y en la sequía, el gran tema del libro, producto de una larga temporada sin lluvias que convierten la tierra en un ser sediento y omnipresente.
Con una prosa concentrada que enhebra párrafos aislados con subtítulos que anuncian el tema del que se va a ocupar delicada y amorosamente: los trabajos rurales, los ciclos de la naturaleza, el comportamiento de cada una de las especies, el ritual de los partos y los entierros de los animales, replican, en su solemnidad, toda la densidad existencial que suponen para los seres humanos. Y en algunos momentos logra, como en los mejores relatos de Horacio Quiroga, el milagro de narrar desde el punto de vista del animal, para, en esa suerte de deshumanización, hablar de las únicas cosas de las que la verdadera literatura, según Borges, se ocupa: el amor, la muerte, el coraje, y que convierte este libro en uno de aquellos libros que crecen y se multiplican con el correr de las lecturas. Casi una metáfora de sí mismo.

Publicado en diario Perfil, 5/4/2020

viernes, 27 de marzo de 2020

De Inglaterra con amor

Los mejores cuentos policiales

Los mejores cuentos policiales - Megustaleer Argentina

Esta selección de los mejores cuentos policiales clásicos, según el criterio entre riguroso y
hedonista de sus compiladores, tiene una larga historia y comienza en la década del 40, la década de gloria de la producción borgeana y de las editoriales nacionales creadas por los exiliados españoles. Una de ellas, Emecé, fue la que le encargó a Borges y a Bioy la dirección de la colección “El Séptimo Círculo”, cuya marca de estilo fueron los diseños geométricos de las tapas de José Bonomi que combinaban las figuras como un rompecabezas, en sintonía con los principios constructivos del policial de enigma.
De esos mismos años data esta compilación de cuentos que Emecé publicó en dos partes, la primera en 1943 y la segunda en 1951, y que Alianza editorial reeditó a partir de los 70, en varias ocasiones.
Esta nueva edición, ilustrada con uno de los diseños de Bonomi, reúne los dos tomos
originales e incluye el pequeño y hermoso prólogo firmado por sus autores en 1981, donde
explicitan los lineamientos estructurales del policial inglés, nacido, paradójicamente en
Norteamérica, con Edgar A. Poe. Un tipo de relato que tiende al orden y que por ese motivo estos dos escritores decimonónicos celebran gozosamente.
Los cuentos elegidos y traducidos por esta dupla (cuyo trabajo intelectual conjunto
merecería un estudio de largo aliento), escritos en su mayoría en el siglo XIX, pertenecen a una zona del policial fronteriza con el relato gótico y a un momento de vacilación del género cuando éste se halla en proceso de formación. Pero una nueva edición de una de los textos más masivos de nuestra historia cultural hubiera merecido un estudio preliminar, la inclusión de la fecha de publicación original de los cuentos y la referencia de la ilustración de tapa, es decir, un trabajo cuidadoso de edición que no todas las empresas editoriales están dispuestas a encarar. Pero el libro se sostiene por sí mismo y no deja de ser una excelente opción a la hora de regalar a algún desorientado milennial.

Publicado por diario Perfil, 22/3/2020

domingo, 1 de marzo de 2020

Cuando la nada es lo más


El reino de NADA

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Los siglos pasan, los lectores cambian y los libros infantiles comienzan, nuevamente, con “Había una vez”. Un sintagma inquietante como pocos, que de tan convencionalizado y repetido produce -como el abracadabra- un efecto de extrañamiento que nos abre las puertas de lo imaginario y es el primer acceso a la ficción al que nos enfrentamos como lectores (u oyentes).
            Pero resulta que lo que había era un reino donde vivían un rey, una reina, una princesa y un príncipe, en el que no hay absolutamente nada y esta es una primera ruptura de las expectativas de lectura para un género que, entre sus principios constructivos, tiene al entretenimiento como uno de los más importantes.
            Un reino desprovisto de todo donde no hay castillos, corceles ni dragones, jardines ni salones, y cuyo único paisaje es un hermoso cielo brillante y luminoso. En este estado de despojamiento total sus personajes son los únicos habitantes de un mundo donde contemplar el cielo puede ser la mayor fuente de alegría y los regalos más esperados, el tiempo y la dedicación que unos padres amorosos les ofrecen a sus hijos.
            Las ilustraciones, un verdadero acierto, conforman, a partir de dibujos planos a un solo color sobre un fondo celeste brillante, una estética deudora del teatro de marionetas en el que sus personajes representan todo aquello que no hay, que es del orden de lo concreto y todo lo que abunda, del orden de lo abstracto, como los sentimientos, las sensaciones y las experiencias.
            Dirigido a los pequeños iletrados (y sobre todo, a sus mediadores de lectura), descubre para ellos un mundo en el que, a pesar de no haber nada, hay algo que seguro no van a encontrar y es el aburrimiento.

Publicado en diario Perfil, 1/3/2020