domingo, 16 de marzo de 2025

Fouché: retrato de un hombre político

             En el diccionario político universal, el adjetivo “maquiavélico” como sinónimo de calculador y amoral ha monopolizado todas las connotaciones negativas de una práctica que jamás se caracterizó por la transparencia. Quizás sea por eso que la figura de Joseph Fouché, el producto de un momento histórico trascendental, la Revolución Francesa, haya quedado a la sombra, de la que la pluma incomparable de Stefan Zweig (genial exponente de un momento histórico de altísima producción cultural que se desarrolló en la Mitteleuropa) la rescató.

            Y este animal político imperturbable tuvo, según su biógrafo, la capacidad de leer, en el medio de un proceso vertiginoso que inauguró una nueva edad históricas (“el mejor y el peor de los tiempos”, según Dickens), las líneas que del pasado se abrían hacia un futuro que en pocos años cambió varias veces de signo político, sepultando en el camino a sus máximos dirigentes (Danton, Robespierre, Napoleón) y encontrando a nuestro personaje cada vez más encumbrado y poderoso.

            Dueño de un olfato político extraordinario con el que captó, antes que nadie, hacia dónde giraban los vientos políticos para ubicarse en la primera fila de los ganadores, comenzó como un oscuro profesor de matemáticas en un colegio de curas de provincia y dos años más tarde, era elegido delegado de la Convención dominada por los jacobinos, para la que dirigió la quema y el saqueo de iglesias con la que se ganó el apodo de “el verdugo de Lyon”. Una vez terminado el período del Terror, conspiró contra Robespierre hasta llevarlo a la guillotina y en pocos años trepó al puesto de ministro de policía del Directorio donde organizó, para su propio beneficio, la maquinaria de espionaje desde la que socavó nada menos que a Napoleón (luego de haber participado activamente de su ascenso al poder) y gracias al cual se había convertido, durante el Imperio, en el millonario duque de Otranto dispuesto a trabajar, una vez derrotado el emperador, para la vuelta de la monarquía a la que, veinte años antes, había llevado, con su voto, a la guillotina.

            Este burócrata implacable, de una audacia y frialdad asombrosas, genio de la traición y “el más leal de los enemigos” del poderoso de turno, fue una figura demoníaca y fascinante que encontraría, más tarde, en la figura del agente doble su mejor heredero, y que deslumbró a su biógrafo, quien le dedicó un trabajo que es modelo para historiadores y estadistas en todo el mundo.

Publicado en La gaceta literaria, 16/3/2025

domingo, 23 de febrero de 2025

Entrevista a María Moreno: Por cuatro días locos

 Por cuatro días locos. Pequeño inventario de la patria pop

 

María Moreno es, sin duda, una de las cronistas más agudas e irreverentes de nuestro país, aunque ella, seguramente, rechazaría estos adjetivos. El premio Konex de Brillante que se entrega a la máxima figura de la década y que le fue concedido el año pasado es un legítimo reconocimiento a su trayectoria como narradora, cronista y crítica cultural enfocada en la investigación sobre los feminismos y las disidencias sexuales.

Su carrera como periodista comenzó en el diario La opinión, fue secretaria de redacción del diario Tiempo argentino y columnista en Página 12 y Sur, entre otros. Fundó Alfonsina, la primera revista feminista, y coordinó el área de Comunicación del Centro Cultural Ricardo Rojas de la universidad de Buenos Aires, desde el que impulsó la publicación de la primera revista travesti de Latinoamérica, El Teje

Entre sus obras se encuentran la novela El affair Skeffington y numerosos ensayos, crónicas y textos de no ficción como El petiso orejudo; A Tontas y a locas; El fin del sexo y otras mentiras; Subrayados; Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticasVida de vivos; Banco a la sombra; La comuna de Buenos Aires. Relatos al pie del 2001 y su autobiografía Black out, por la que recibió el Premio de la Crítica de la Feria del Libro de Buenos Aires.

El libro recientemente publicado por la editorial Sigilo, Por cuatro días locos. Pequeño inventario de la patria pop, reúne algunas de las columnas que escribió para Página 12 durante las últimas dos décadas, en las que disecciona, con ese estilo único, capaz de develar “todas las capas que hay en la superficie”, los personajes argentinos que la dupla pueblo-nación convirtió en mitos y que ella desacraliza sin quitarles ni una pizca de bronce, consciente de que “un mito, entre otras cosas, es un convite a lo unánime como condición para disentir -hasta la violencia- en todo lo demás.”

Barroca e iconoclasta, se mete nada menos que con Maradona, “nuestro único ídolo dionisíaco” al que reconoce, nunca quiso; con Borges, el único escritor argentino incluido en el canon de la literatura universal del académico norteamericano Harold Bloom al que le descubre un costado pop; con el Che Guevara, al que define como un escritor de la generación beat, cronista de su propia epopeya; con Gardel, al que le agradece haberla introducido en la literatura, no a través de esa voz que “se asimila al agujero de la Patria”, sino de sus letras. Con San Martín, al que, en un relato ficcional, instala en un fumadero de opio; con Cortázar, a quien, leyéndolo a contrapelo (como acostumbra), sospecha más interesado en los muchachitos que en la Maga; y en esa línea, con la construcción de la figura del escritor en nuestro campo intelectual (hasta hace veinte años, mayoritariamente masculino) en lo que tiene de impostura y con el amplio abanico de lo que llama el “kitsch peronista” en el que conviven Evita y su modisto, Paco Jamandreu, Juanita Martínez, la fiel amante de José Marrone e Isabel Sarli, musa erótica devenida objeto de consumo “camp” por cierta intelectualidad a la que sus curvas le despertaban, culposamente, las mismas fantasías que a cualquiera de los mortales, en toda Latinoamérica.

En el prólogo al libro, su autora describe la enciclopedia “ágrafa y visual” desde la que partió y con la que comenzó a bosquejar una mirada desde los márgenes tanto de la academia como de la doxa, para inscribirse en la tradición de un tipo particular de crónica que en nuestro país tiene enormes figuras (desde Rodolfo Walsh, Martín Caparrós, Ana Basualdo hasta Juan Forn y siguen las firmas) que, lejos del periodismo gonzo, corre el foco de la experiencia en sí (“un efecto como cualquier otro”) para encontrar un modo único de “escribir al otro” y abrir el camino para este género a la autonomía de la literatura. Quizás sea por eso que logra que unos textos escritos al calor de los acontecimientos políticos no tengan fecha de vencimiento y alcancen algo así como la atemporalidad.

            Como la línea que traza entre la antropología de principios a fines del siglo XX, que va de la exhibición de los cráneos de indios y criminales en los museos al análisis de los huesos de los desaparecidos por el Equipo Argentino de Antropología Forense y que condensa lacanianamente en el nombre de José Luis Cabezas la cifra de una historia que no deja de repetirse.

            O en el personaje de la tilinga de clase alta vituperada en el Borges de Bioy por ambos (y que a ella le fascina), con el que pulveriza la superioridad moral del intelectual que, sostiene, nos es más que otro lugar donde anida el sentido común.

            Un capítulo aparte merece la sección “Iconografías femeninas”, en donde politiza los objetos de uso de las mujeres y hace del abanico de Mariquita Sánchez de Thompson un medio de comunicación clandestino, del miriñaque de Manuelita Rosas, el refugio de su adorada prima, de las pelucas de moda en los 70, el camuflaje de las mujeres en la guerrilla o del antecesor del pañal descartable, el símbolo de la búsqueda de los familiares desaparecidos que las Madres de Plaza de Mayo hicieron universal.

 

Una cronista frívola

- En los epígrafes de Manuel Gutiérrez Nájera y José Martí que abren el libro aparecen los dos modos de abordar el oficio de periodista que pensó el modernismo latinoamericano: el que investiga a fondo y el que escribe sobre sobre la marcha acerca de cualquier tema. ¿Con cuál te sentís más cómoda?

El modernismo tuvo un periodismo “comprometido” por decir así, aunque con todos los manierismos de la época como podía ser el de Martí describiendo el puente de Brooklyn o el asesinato de los italianos y otro considerado frívolo y ornamental como el de Ramón Gómez Carrillo que podía escribir sobre maquillaje. Fue Sylvia Molloy quien demostró cómo esos opuestos no eran tales. Yo me considero una cronista frívola aunque, como dijo el cordobés Luis Ignacio García, esa frivolidad sea estratégica.

- ¿Para qué sirven los mitos? ¿Hay una trampa en ellos?

Los mitos no son una trampa sino una cristalización de creencias que pueden ser analizadas y no hay que subestimarlos. Horacio González usaba el adjetivo “superficial” como negativo y yo le decía que en la superficie está todo el sentido. Y él me cargaba diciendo que antes la superficie tenía más capas. Ahora me acuerdo que hablábamos de esto mientras nos dirigíamos a un velorio, lo que era una frivolidad.

- Las pequeñas mitologías nacionales ¿son especialmente ciegas a la perspectiva de género (y pienso en la ceguera de nuestra sociedad frente a un Maradona depredador) o son ciegas, sin más?

Tenés razón, para analizar los mitos nacionales dejé de lado las críticas de género y me inventé un yo más empático, aunque es evidente la ironía. Justo no publiqué la crónica de Monzón porque la había republicado hacía poco y en sus tiempos fue el inicio de una serie polémica en el diario Sur, donde, a las redactoras del suplemento de la mujer nos llamaban “las viudas de Alicia Muñiz”.

- ¿Qué tiene de pop Borges, nuestro único clásico universal?

Borges es muy pop pero hay que saber encontrarlo y casi kitsch en las Beatriz Viterbo o las señoras de Bibiloni. [N.R.: de cuyos comentarios Borges y Bioy se burlan llamando tonterías a lo que la Moreno lee como discurso vanguardista].

- ¿Hay algo de dandismo en tu estilo, según la definición que das de aquel gesto que “pone en contacto contaminante la cultura alta y baja despreciando la media”?

Pero eso no es dandi. Dandi es salir a la calle con un melón en la mano o una tortuga tirando de una correa. La silla de ruedas me impide estos excesos.

- ¿Qué te ofrece este género a la hora de establecer continuidades históricas, que es, en definitiva, el trabajo del historiador?

Pero yo no soy un historiador y la continuidad no me preocupa. Menos la duración de lo que escribo cuando esté muerta. Por algo escribo en medios que duran un día y mis libros son también para un día lejos de los mausoleos.

Publicado en La gaceta Literaria, 23/2/2025

lunes, 27 de enero de 2025

Mundo loco

Mundo loco. Guerra, cine, sexo


            Slavoj Žižek es un pensador verdaderamente raro. Marxista clásico (casi no quedan) y lacaniano (los hay cada vez más), escribe mucho y en profundidad sobre temas de economía política, filosofía, psicoanálisis, política exterior o el cine de Hollywood, uno de sus grandes fetiches, con la misma convicción y una gran convocatoria entre los lectores.

Y este trabajo compila algunas notas que escribió en diferentes medios en el último año, en el que la guerra de Ucrania fue el tema central. Pero no sólo: Žižek analiza y se interroga sobre el estado actual del mundo y define esta etapa como la del “tecnopopulismo”, una suerte de neutralidad apolítica, donde derecha e izquierda han perdido su especificidad, que nos pone frente a un escenario donde la resistencia al poder estatal sólo parece posible a partir de levantamientos fogoneados por la ultraderecha populista, como el ataque al Capitolio o al Planalto.

Reafirma, en cada una de sus intervenciones, su posición antimperialista, tanto frente a Israel como a Rusia, desarmando, en un caso, el argumento del antisemitismo y convocando a las fuerzas progresistas a evitar una nueva guerra mundial que el fundamentalismo nacionalista de las grandes potencias, sostiene, estimula y pone en evidencia los intereses que se juegan en cada una de las confrontaciones, porque, nos recuerda, los conflictos jamás son únicamente por cuestiones geopolíticas, sino “momentos de tensiones internas en la circulación mundial del capital.”

            Discute con la izquierda su ambivalencia respecto de Rusia y reivindica su apoyo a la resistencia ucraniana y a los valores de las democracias liberales como el respeto a las disidencias sexuales o los derechos de las mujeres, mientras condena los crímenes de guerra de EE.UU. en Medio Oriente, tanto como el componente nazi de la sociedad ucraniana.

            En cuanto a los artículos sobre el cine de Hollywood, son mucho más interesantes e intelectualmente productivos sus análisis políticos. Sus críticas, en algunos casos, superficiales, mejoran considerablemente cuando la película se convierte en la excusa para analizar un proceso político actual, como el ascenso de las mujeres dentro de la derecha radical o las enseñanzas que el feminismo occidental debería extraer del movimiento popular iraní de repudio por el asesinato de la joven kurda a manos de la “policía de la moral”.

            Y frente a un mundo que se dirige a su propia destrucción, concluye, la única salida deberá ser un nuevo comunismo al que llama a reinventar.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 19/1/25

Rara, como encendida

 Martha Argerich. Una biografía


 

            Un bello cuadro sin marco. Así define su amigo Daniel Barenboim a la mejor pianista del mundo según la opinión unánime del campo musical clásico, Martha Argerich. Y esta biografía, el producto de largos años de conversaciones entre su único biógrafo y ella, es un riguroso intento por captar en toda su dimensión a esa figura tan esquiva como deslumbrante que sigue convocando el fervor de los melómanos en todo el mundo.

            Su autor, un periodista especializado en música clásica y admirador incondicional de la pianista, cuyo programa en Radio Clásica de Francia lo llevó a viajar por el mundo y conocer al top ten de esta disciplina, fue el único que logró, después de innumerables gestiones con su agente, colarse en sus viajes en tren y entablar una relación que le permitió entrevistar a este huidizo personaje que, cuando estaba de humor, respondía sus preguntas. El viaje que emprendió a la Argentina para captar la atmósfera del país donde ella nació logró conmoverla y seguramente ayudó a acortar distancias.

            Enamorado, desde la primera vez que la escuchó, y no sólo por su manera única de tocar el piano (al punto que reconoce que si no fuera pianista le interesaría igual), considera que no sólo es un genio musical, sino diferente a todos en el plano humano, incluso en la vida diaria. Su naturalidad, que le resulta desconcertante a quienes la conocen por primera vez, la convierte a sus ojos en una de esas pocas personas que, siendo una gran estrella, es capaz de una gran humildad y empatía.

Luego de ocho años de escritura, el resultado fue este trabajo polifónico, nutrido por una gran cantidad de voces de los principales músicos, amigos cercanos y familiares, así como por numerosos datos con los que reconstruye la vida musical de la segunda mitad del siglo XX, que el autor organizó con un criterio de divulgación.

            Desde el momento en que sus maestras del jardín de infantes escucharon, atónitas, a la párvula de tres años reproducir en el piano las canciones que le cantaban a la hora de la siesta, hasta los conciertos que dio junto a la emperatriz de Japón, el país que la elevó a la categoría de semidiosa, esta adictiva biografía aun para legos, traza el arco de una vida consagrada, a pesar suyo, a ese instrumento para el cual parece estar hecha pero del que se sintió esclava y con el que sedujo a los oídos más refinados de su generación, que encontraron en su interpretación una mezcla poderosa de erotismo y misticismo, y a una artista salvaje y exquisita que era pura naturaleza.

            Como todo prodigio, careció de una vida normal, por lo que la escuela fue reemplazada por clases particulares donde gozó del raro privilegio de estudiar, durante toda su infancia, con el mejor y más severo maestro de piano de Buenos Aires, bajo la estricta mirada de una madre consagrada a la carrera de su hija, que se propuso disciplinar a este espíritu tan genial como libre y sin la cual, reconoce, no hubiera llegado adonde llegó.

            Si bien a los ocho años dio su primer concierto en público, el pánico escénico nunca la abandonó, a pesar de ser, desde muy pequeña, una habitué del Colón, tanto en el escenario como desde el público y de deslumbrar a los más grandes maestros que por esos años poblaban Buenos Aires, la ciudad que en la posguerra recibió a aquellos que huían de Europa.

            A los 16 años y con la ayuda del gobierno peronista (y el diálogo con Perón es una muestra de su dominio absoluto sobre los resortes del Estado de bienestar), partió junto a toda su familia a Viena, a estudiar con el maestro Friedrich Gulda, quien le había abierto el camino a una nueva forma de interpretar la música, liberada del acartonamiento que regía en esta disciplina, y con la que ella se identificó desde el primer momento. Y fue a esa edad cuando despegó su carrera internacional, al ganar los dos concursos más prestigiosos, el de Ginebra y el de Bolzano, donde, por primera vez en su historia, el público y el jurado aplaudieron de pie al ganador.

            Convertida en una celebridad, empezaron a llover los contratos, pero el ritmo atroz de los conciertos fue demasiado para una adolescente que deseaba disfrutar de la vida y, contra la presión de su madre, se bajó de las giras programadas y puso en pausa su carrera unos años. La vuelta triunfal llegó con el concurso Chopin, a los 24 años, que la convirtió en una leyenda viva a la que nadie veía estudiar ni ensayar, que aprendía el repertorio leyéndolo una sola vez la noche anterior y que parecía tener incorporada la música en el cuerpo.

Sus amores tormentosos, el nacimiento de sus tres hijas, la complicada relación con su madre, sus posiciones políticas de izquierda en un medio tan elitista que la llevaron a tocar tanto en los principales teatros líricos del mundo como en una fábrica recuperada en Villa Martelli, durante el 2001, los malabares de sus agentes para lidiar con las cancelaciones de sus conciertos a último momento (y el teatro Colón lo vivó, una vez más, hace unos pocos meses), su humor cambiante, sus inseguridades y fobias que desaparecían en cuanto empezaba a tocar el piano (“Martha hizo lo imposible por destruir su carrera, pero nunca lo logró” llegó a decir uno de sus tantos agentes), las diferentes casas donde habitó de las que entraban y salían amigos como en una comunidad hippie, los proyectos de promoción para jóvenes pianistas o el fanatismo que despertó en Japón y la recepción que tiene en Europa y EE.UU. que le dieron el privilegio de ser nombrada y reconocida, en el mundo de la música clásica, sólo con su nombre de pila. De todo esto habla su biografía. De una persona contradictoria y genial cuyos estándares artísticos son muy altos, pero con un sentido de la ética igual de alto, algo que para su biógrafo, es muy raro de encontrar en una persona de ese nivel.

            En algunos idiomas, jugar y tocar un instrumento se dice de la misma forma. Quizás Martha Argerich siga siendo una niña que nunca dejó jugar, con la seriedad de vivir ese momento como un eterno presente.

Publicado en diario Perfil, 19/1/25

domingo, 22 de diciembre de 2024

Entrevista a Santiago roncagliolo

 


 


Invitado a la primera edición de la Semana Negra de Buenos Aires y coincidiendo con la salida de su novela El accidente, el monólogo de una mujer empoderada que, empeñada en proteger a su hija, se involucra con la mafia hasta caer en un espiral de violencia y corrupción, habló con Perfil de los caminos que el policial negro tomó en Latinoamérica y de las posibilidades que le da de entretener y hablar de los grandes temas.

 

 

- ¿Qué es lo que el policial negro le proporciona a tu literatura?

Yo no sé si en rigor escribo novela negra. Pero supongo que crecí en un país que en los años 80 era muy violento. Había bombas, había cadáveres por la calle. Y la gran literatura latinoamericana de esos tiempos no tenía nada que ver con mi vida. O sea, Cien años de soledad era maravillosa, pero en mi mundo nadie tenía cola de cerdo y salía volando. La realidad era mucho peor, se parecía mucho más al thriller. Entonces, me gustan esos elementos del thriller y a la vez hacer una historia que sea entretenida, que quiera saber qué va a pasar con los personajes. Pero me interesa eso para hablar de otras cosas, del bien y el mal, de lo delgada que es la línea entre ellos, de cómo las sociedades crean a sus propios monstruos para no ver lo que hay de monstruoso en ellas mismas. Me interesa ver cómo ciertos momentos históricos producen a sus demonios.

- ¿Para vos qué diferencia habría entre un policial como el nórdico, por nombrar a uno que sigue teniendo mucho éxito y el latinoamericano?

Una vez estuve en un encuentro de escritores de novela negra y estábamos con un escritor sueco en una mesa, conversando, y él decía, lo que es desconcertante es que el villano en tus novelas, es el Estado. Yo soy sueco, nosotros creemos que el Estado es bueno.

Y otra diferencia clara es que en el policial europeo resuelven mucho más los casos los policías. En América Latina, todo el mundo sabe que la policía generalmente no va a resolver ningún caso, más bien es la que los causa. En nuestro mundo, la novela negra ha sido muchas veces una herramienta de denuncia del Estado, más cercana a la non fiction. En cambio, lo que te cuentan los policiales nórdicos es el lado oscuro del paraíso.

Yo pienso que hay una diferencia importante entre el policial clásico y el negro y es que en el primero el detective es bueno y el asesino es malo. En la negra el detective no es tan bueno y el asesino a lo mejor no es tan malo tampoco. Hay una ambigüedad moral mucho mayor y nuestra historia es una gigantesca novela negra en la cual el que te va a salvar se llame Perón, Videla, Fujimori o AMLO, puede terminar convertido en un villano.

- El accidente, tu último libro publicado acá ¿fue pensado en principio como un guión? 

Originalmente no era un libro ¿sabes? Esto fue ya hace hace seis o siete años. Yo empezaba a pensar que la tecnología, los podcasts, las series de televisión, te abrían nuevos espacios para contar historias. Y en este caso, escribí esto para una actriz mexicana que se llama Vanessa Bauche. La idea era que iba a ser escuchado, claro. Y entonces había que escribir para alguien que te iba a hablar al oído, la acción no iba a estar en un papel que miras. Entonces pensé cómo mantener la tensión y me inspiré mucho más en series de televisión.

Luego empezamos a hablar de publicarla como libro. Yo no estaba muy seguro al principio, pero me di cuenta de que esa manera de contar se ha vuelto mucho más cercana a los lectores de lo que era hace seis años. Y el tema se ha vuelto más actual después de la pandemia.

Yo creo que hasta la pandemia todavía existía el sueño de los 90, que representa un poco Maritza, la protagonista. Ella no viene de esa clase, ha llegado a ella con su esfuerzo y eso implicaba el sueño de que puedes mejorar si lo haces con tu esfuerzo, cosa que ha entrado en crisis en los últimos años.

- Maritza tiene muchos rasgos del melodrama. Le va cada vez peor y tiene una fuerza y una decisión inquebrantables. ¿En quién te inspiraste para ese personaje?

Sin duda en cómo habla, en cómo piensa, me alimenté de muchas amigas mías que también crecieron con este sueño. Muchas se han hecho artistas o empresarias y han tenido que pelear el triple que un hombre. Y entonces tienden a ser mujeres de armas tomar. Y la verdad que yo crecí en un mundo muy misógino, muy violento, en un colegio de hombres y el machismo puede obligarte a ser alguien que no eres. Y en ese sentido crecí sintiéndome no muy diferente a una mujer que se siente oprimida por los hombres.

A mí me interesa la cultura popular y en ese sentido me interesaba jugar con este personaje que, como tú dices, tiene cosas del melodrama, pero también con un policía que no es el que suele aparecer en las historias. No es corrupto, no es tonto y está comprometido con la investigación. Y en este caso me gustaba que Maritza se embarcara en todo ese desastre, porque cree que en la policía son todos corruptos, pero también puede haber uno que no lo sea y justo ese la va a perseguir a ella. Esa es también la maldición trágica.

- Hay una figura en todo relato policial real o ficcional y es el del monstruo, una especie de núcleo catártico de la sociedad.

Los monstruos habitan en grietas de nuestra sociedad, en el caso de Maritza, en la impunidad de los ricos. Ver a estos monstruos implica cuestionar también nuestra responsabilidad como sociedad por haberlos convertido en lo que son y eso es algo que no nos gusta. Nuestro concepto de los monstruos es como el de un marciano llegado de algún lugar, un otro.

- Pero ya Henry James nos había enseñado que el Dr. Jekyll y Mr. Hyde son el mismo.

Claro. Y algo que ocurre mucho en mis personajes es que ellos empiezan siendo personas de bien para irse convirtiendo ellos mismos en monstruos y descubrir que era más monstruosa la sociedad que los rodea que cualquier monstruo imaginado.

-¿Son importantes los festivales para la difusión de la literatura del tercer mundo?

Para toda la literatura. Es una caja de resonancia porque durante 3 o 4 días se junta una cantidad de personas para hablar de libros, que es lo que nos interesa. Los escritores no somos importantes, pero hay algo que sí es importante: en un mundo donde cada vez más hablamos únicamente con gente que piensa como nosotros, leer una novela sobre alguien que no se te parece y que hace cosas que te parecen despreciables, lo es. Me gusta que el lector se pregunte si él no haría lo mismo en las mismas circunstancias.

Publicado en Perfil, 22/12/2024

domingo, 15 de diciembre de 2024

Elvio E. Gandolfo. Novelas breves

Caminando alrededor y otras novelas breves


Una muy buena noticia nos acaba de dar la edición argentina independiente: la publicación de las novelas breves de Elvio Gandolfo por la editorial cordobesa Caballo negro.

Su responsable cuenta que esta publicación obedece a un viejo proyecto compartido con el autor de una obra construida por fuera de las demandas del mercado literario y a lo largo de una vida dedicada al trabajo con la literatura, no sólo como narrador y poeta sino como traductor, editor y periodista cultural.

Los años en los que trabajó en la imprenta fundada por su padre, Francisco Gandolfo, y más tarde en la revista que ambos dirigieron desde 1968 hasta 1976, El lagrimal trifurca, lo formaron en esa doble perspectiva dirigida hacia la poesía y hacia los géneros populares con la que, en su propia literatura, logró una síntesis magistral.

Novelas, cuentos, ensayos, poemas y numerosas colaboraciones en medios culturales a ambos lados del Río de la Plata, lo convirtieron en esa clase de escritor “a dos orillas” empeñado en “desterritorializar” su obra para crear, como Juan Carlos Onetti -del cual es un indudable deudor- un mapa propio.

Reunidas en un solo libro con una fuerte idea de unidad de obra, hoy tenemos la oportunidad de volver sobre un verdadero creador de atmósferas y personajes desmarcados de su contexto y a la vez, profundamente arraigados en su tiempo.

           

El libro abre con La reina de las nieves, de 1977, donde Gandolfo ensayará una lectura desviada -y gran homenaje- de Los adioses de Onetti.

Más cercano al policial de enigma que al policial negro, el relato comienza con Felipe, un antihéroe urbano, jubilado puesto a detective, cuyo antiguo patrón lo contrata para averiguar el paradero de su hija. Con el telón de fondo de la dictadura argentina, unos pocos elementos (una foto, dos direcciones) y su experiencia como lector de “novelitas” policiales en serie, vuelve a la ciudad donde vivió y es en ese viaje en tren donde ve por primera vez a la muchacha -tópico onettiano por excelencia- que lo sacará de su apatía y proverbial desgano.

Pero si hay una experiencia que lo modifica es la del descubrimiento de la alta literatura. Si las novelitas policiales acompañan sus días de monotonía y alienación (gran tema de la narrativa breve de Gandolfo), el encuentro fortuito con Los adioses (al que jamás nombra) lo sacará del marasmo de esa permanente confusión e indecisión que es su vida. Toda una teoría de la lectura se despliega en este texto que utiliza el género policial, no para inscribirlo en él, sino como materia narrativa.

Su lectura se convierte en un desafío, le provoca esfuerzo, le molesta no acceder en forma directa a las escenas, pero a pesar de eso, no se asimila a la visión del almacenero, propia del sentido común, percibe una trampa más allá del misterio. Esta nueva experiencia de lectura hace que ya no le sirva como pasatiempo.

Podríamos decir que la trama del relato se superpone a la lectura que su protagonista hace del texto de Onetti. Cuando Felipe escucha, detrás de una puerta, una pelea de su amigo con su novia, sus conjeturas contaminan el relato, de la misma manera que ocurre con el almacenero en Los adioses.

Y como en la narrativa breve de Onetti, lo imaginario toma el lugar de la realidad y el cruce con el género fantástico le permitirá construir una ciudad que en este caso podrá ser Buenos Aires, Rosario, Montevideo o Londres, una ciudad húmeda, neblinosa, donde sus personajes, “hombrecitos grises”, habitan espacios sórdidos y cuya única salida a una vida miserable es la fantasía erótica representada en la imagen de una muchacha o en el ensueño maravilloso donde poder encontrar a “la reina de las nieves”.

 

Algunos autores que teorizaron sobre el género nouvelle como Ricardo Piglia, sostienen que éste está ligado a la estructura del secreto, que se constituye en el motor de la trama. Es una forma literaria específica con características que la acercan al policial, pero al que le han dado una vuelta o torsión, remitiéndolo a lo sórdido, lo sucio.

Relacionado con lo reprimido del psicoanálisis y lo elidido de la lingüística deja sin explicar la causalidad, por lo que su lectura, cercana a una tarea de traducción, no estará dirigida a interpretar sino a entender aquello que, del orden de lo irrecuperable, es algo que ocurrió antes de que comenzara el relato y del que no sabremos nunca a ciencia cierta qué fue.

Como relato enmarcado, el narrador siempre será alguien que cuenta lo que ve, por lo que mantiene una distancia con respecto a lo narrado y a la vez está implicado. En cuanto a aquello que no se narra ocurrirá siempre en un espacio cerrado: una cabaña, un cuarto o guardado en un mueble al que no casualmente se lo ha llamado “secreter”. Porque la idea que rige la nouvelle es la de que todos tenemos una doble vida ominosa.

 

En el relato El instituto, de finales de los 60, un viejo edificio de enseñanza de inglés, espacio laberíntico con reminiscencias góticas (y referencias inequívocas a Borges, con críticas a su voz “hueca y solemne” y a sus tramas como elucubraciones intelectuales), albergará a un grupo variopinto de estudiantes alrededor de la figura de una joven y recién casada profesora, objeto de deseo desviado, a tono con el clima enrarecido que construye.

Narrado desde el punto de vista de un personaje que podría ser cualquiera de los alumnos, observa a la profesora en cada uno de sus detalles al límite del acoso, tensando el clima y ahondando el tedio de una clase que, a fuerza de tropiezos y nerviosismo, se estira hasta el hartazgo.

La muchacha, imagen del deseo que, en su percepción, deviene una suerte de muñeca articulada, tendrá en este relato características fantásticas cuando el protagonista imagine una posible traducción de su apellido, que de Devilacqua se transformará en Diablagua, anticipando el momento en que se desata una lluvia torrencial que desintegra los límites, cuando un grito aterrador de ella despierte las fantasías desbocadas de todo lo temido y deseado a la vez.

 

Pero es Caminando alrededor, de 1970, el relato elegido para darle nombre al libro, el que quizás más resonancia tenga en los lectores actuales, a los que invita, junto con Calvino, desde la cita que abre el texto, a “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”

El protagonista, habitante ilegal de un edificio al borde del derrumbe, sobrevive luego de la muerte de la mujer que amó, en una ciudad sitiada por la represión estatal. Como lumpen y desclasado, observa el colapso político desde un lugar tangencial, que le permite vislumbrar lo que la costumbre oculta, que tanto podrá ser el espectáculo del atardecer visto desde una terraza clausurada o la belleza que encierra la imagen de una mujer comiendo sola en un restaurante, con las que corta esa “sucesión de días opacos, idénticos entre sí” vividos en la oscuridad deprimente de su departamento en ruinas. Ver, desde otro punto de vista, el detalle trivial de lo cotidiano en un mundo hostil y acabado quizás sea la mejor representación del proyecto literario de este autor.

Y frente al misterio de la desaparición y posible muerte de sus amigos, un elemento venido del fantástico, la aparición de una hilera de hormigas que caminan en dos patas, resulta una señal de la distopía futurista que sólo algunos pocos pueden percibir.

 

            Pero es en Rete Carótida, de los años 80, -el andrógino nombre de la protagonista del siguiente relato- donde el misterio se tiñe de un terror indefinido, cuando el solitario y taciturno protagonista reciba la visita de una mujer de edad imprecisa, pura masa monstruosa de colores estridentes que adoptará diferentes disfraces a lo largo del relato, para aparecérsele primero, como un esperpento carnavalesco, luego como una vecina gorda, vendedora a domicilio o abuelita que teje en la plaza, y le entregará, cada vez, un sobre con fotos pornográficas que lo llevarán, lentamente, a la locura, cuando el rechazo y la atracción que le provocan le hagan descubrir la experiencia de lo abyecto.

            Una frase escuchada al azar por el protagonista del último relato, Escamas, piel, de comienzos de los 90, despliega el recuerdo de un amor que lo marcó para siempre y del misterio encerrado en esa mujer con la que vivió una experiencia sensorial única, la de sentirse vivir en un presente eterno.

Algo del orden de lo ominoso se filtra en el pasado de ella, que retorna cuando un viajante de comercio -gran narrador oral y lector de novelas policiales- relata. Como el almacenero de Los adioses y el protagonista de La reina de las nieves, fisgoneando a través de una grieta de una habitación de hotel, describe al misterioso personaje que fuera pareja de ella y descubre el horror de las marcas en su cuerpo que la dictadura le dejó.

 

 Columna

Alejo Carbonell, el editor de Caballo negro, cuenta que este trabajo es el fruto de un proyecto pensado con su autor desde hace algunos años: la idea de reunir las cinco novelas breves en un volumen. “Empezó a tomar forma verdadera hace unos meses y apareció en septiembre. El sugirió apenas un cambio en el orden de las novelas y lleva ese nombre porque de las tres primeras novelas breves de Elvio creo que era la menos conocida. A su vez, como la realidad siempre le da nuevas oportunidades a la ficción, Caminando alrededor tiene un tono y una atmósfera profundamente actuales.”

Considera que es necesario leerlo o mejor, releerlo, porque, según su criterio, Gandolfo es uno de los narradores más importantes que ha dado la Argentina. “Su imaginación, su manejo de los géneros, sus climas, sus personajes y sus historias, tienen un nivel parejo en toda su obra. Es algo que a mí me pasa con Fogwill, con Uhart, con Moyano... más que volver están siempre presentes.”

Sus personajes, lúcidos en su derrota, y agobiados por un peso existencial, recorren los espacios de la ciudad -el puerto, los bares, habitaciones sucias de hoteles y departamentos ruinosos- bajo el peso de un clima extremo -no existen ni el otoño ni la primavera en sus relatos- que parece ensañarse con ellos. Una literatura a contrapelo de las demandas del mercado, que su editor reconoce y valora en la misma medida.Francamente no creo que Gandolfo haya hecho ningún esfuerzo en quedar alineado ni a contrapelo, simplemente se dedicó a escribir. Cada tanto viene una oleada de reconocimiento y reseñas, pero en definitiva eso no tiene nada que ver con la literatura.”

La repercusión que esta nueva edición de su obra está teniendo es muy buena, subraya, “pero recién comienza, lleva un mes distribuido. Con las redes pasa algo muy loco: la gente lee un libro e inmediatamente lo postea y comenta algo. Ese rebote tan veloz a veces les sirve a las editoriales para intuir cómo viene la recepción de un libro. Los libros de Gandolfo siempre tienen repercusión porque tiene un enorme universo de lectores silenciosos que esperan cada publicación suya.” Y no podemos estar más de acuerdo.

Publicado en El País de Montevideo, 15/12/2024

domingo, 24 de noviembre de 2024

Monstruos

Monstruos 


La autora de esta crónica, con la que ganó el Mundial de Escritura del año pasado, es una periodista “de pueblo”, como se presenta a sí misma, nacida en la ciudad bonaerense de Dolores, a la que le tocó cubrir el juicio a “los rugbiers” como se los llamó, con toda la connotación de clase de este sustantivo, que tres años antes habían matado a golpes a un joven de su misma edad, Fernando Báez Sosa, a la salida de un boliche, en la ciudad de Villa Gesell de la costa atlántica.

            Peleada con el rumbo que ha tomado el periodismo, de la búsqueda de sensacionalismo, impacto emocional y clicks, se mete con un episodio policial que tuvo a la opinión pública en vilo, abroquelada y sin grietas, en el reclamo de un castigo ejemplar para los jóvenes a los que, sin sombra de dudas, calificaban de asesinos y para los que exigían su reclusión de por vida.

            Veintiséis años antes le había tocado cubrir el crimen de un colega, el fotógrafo José Luis Cabezas, cuyo impacto político sacudió a todos los estamentos del poder, mientras que el crimen de Fernando Báez golpeó en el corazón de la base social: la familia, y remitía al sentimiento más primario de la sociedad. Al reclamo popular que repetía “podría ser mi hijo”, la cronista le da una vuelta de tuerca y se pregunta si no son los agresores los que podrían ser sus hijos, poniendo en evidencia cuánto de autoindulgencia enmascara la indignación popular, mientras escribe una novela autobiográfica sobre su trabajo como docente en las cárceles, y se pregunta acerca de la distancia entre la verdad y lo que estamos dispuestos a escuchar.

            Porque mientras el crimen de Cabezas exhibía la épica del oficio de periodista, el de Báez Sosa mostraba una escena real filmada por miles de celulares y transmitida en loop: la vida y la muerte transformadas en un reality, y demostraba que el quinto poder ya no lo detenta el periodismo sino las redes sociales, con el dato de color añadido que el abogado que había defendido a los asesinos del fotógrafo fue el que esta vez representó a la familia de la víctima, un personaje mediático que acaparó las pantallas de TV durante todo ese verano.

            Y mientras la calle se poblaba de carteles que rezaban “justicia = perpetua” -lo que equivale a decir que la justicia debe ser lo que yo quiero que sea- el silencio de los acusados dentro de la sala de audiencias, como estrategia defensiva, inquebrantable, atronó los oídos de esta sensible cronista que se preguntaba, retóricamente, por la medida de la perpetuidad.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 24/11/2024