martes, 28 de mayo de 2013

La dama se confiesa

Agatha Christie. Los planes del crimen





Contra las corrientes estructuralistas y los postulados foucaultianos que celebraban la muerte del autor y la supremacía del texto (y por lo tanto de la lectura), la crítica genética recupera la dimensión material de los textos (en una tarea que la emparenta con la arqueología) y que busca en las marcas del autor, las del proceso de creación.
El trabajo con los manuscritos y el acceso a la biblioteca personal de la “reina del crimen” es la materia de este libro que el especialista en su obra, John Curran abordó. Setenta y tres cuadernos con notas de diferentes épocas, con letra ilegible y sin ninguna cronología es el material que este fanático crítico organizó, para felicidad de los miles de seguidores en todo el mundo de una autora que supo congeniar claridad en la exposición con tramas inteligentes y soluciones inesperadas, y que se convirtieron en la marca del sello “El club del crimen”.
Los manuscritos muestran la composición de sus tramas: su método de caos sistematizado, con listas de escenas señaladas con una letra que recortaba y pegaba según fuera la historia elegida para desarrollar, y que le permitiera cumplir con las exigencias de un mercado editorial (“Un Christie por Navidad”) que la tuvo en el primer puesto de ventas durante casi seis décadas en las que publicó novelas, cuentos, textos teatrales y adaptaciones para radio y cine. (Recordar “Testigo de cargo” de Billy Wilder).
Incluye un relato breve inédito, “El hombre que sabía”, las notas donde explica cómo creó a Hércules Poirot y cómo se llevaba con su criatura y la versión original de “El caso de la mujer del portero” donde se luce la anciana detective, la señorita Marple.
Si bien la descripción de los manuscritos resulta tediosa y excesiva, siempre es un placer ver a un escritor en su laboratorio.

Publicado en diario Perfil, 5/5/13


lunes, 8 de abril de 2013

Entrevista a Marcelo Cohen


"Quiero una perturbación, quiero invitar a entrar en otra cosa, que es lo que para mí es la literatura"



A propósito de Gongue, su último libro publicado por la editorial Interzona, conversamos con Marcelo Cohen, un escritor que lentamente está dejando de ser un autor de culto, que descree de los festivales literarios, del espectáculo de la literatura y sobre todo del realismo, pero cuyas invenciones de mundos posibles se parecen perturbadoramente al que habitamos.

- “Una historia del Delta Panorámico” se subtitula esta novela, que además de constituir una zona literaria propia habla de un espacio circular y completo. ¿Cómo lo definirías vos?
- El Delta Panorámico nació como una solución a mis necesidades de crear espacios virtuales, que son espacios literarios. Yo había inventado ciudades, espacios de recreación, lugares hipotéticos y no quería inventar uno para cada libro. Entonces se me ocurrió crear este espacio de islas de río, entre otras cosas, porque yo estaba por volver a Argentina después de 20 años de vivir en otro país, y tenía mucho miedo de caer preso del inmediato realismo de la vida social argentina. Además era un reencuentro con el delta real argentino.
- Que configura un espacio literario de por sí.
- Totalmente, una de las más grandes novelas argentinas es Sudeste y bueno, después me gustan mucho las novelas que pasan en islas como La afirmación de Christopher Priest, que es una novela que no pude desgrabar de mi mente, debo confesar. Lo que me permitía esto, además, era construir un espacio del que sólo sabía que eran islas unificadas más o menos por una corporación, en un futuro muy lejano, tal que ya ha pasado todo de nuevo. De manera que el resultado es que se parece a nuestro mundo dentro de diez minutos. Porque yo escribo sobre posibilidades fantásticas, sobre lo por venir, o sobre lo que veo agigantado dentro de un tiempo en los síntomas del nuestro. Pero estas islas tienen cada una su religión, su cultura, un vocabulario, una pequeña enciclopedia del lugar, porque tampoco quiero dar gato por liebre. No quiero una desorientación total, quiero una perturbación, no quiero irritar, quiero invitar a entrar en otra cosa, que es lo que para mí es la literatura. Entonces el Delta Panorámico es como el mundo de las posibilidades de nuestro mundo.
- El protagonista vive aislado, con la misión de vigilar los bienes de su patrón y la de mantener la cohesión de un mundo que ha sido abandonado ¿Hay algo de misticismo en él?
- Bueno, él es inocente hasta tal punto que cree en el acatamiento de las órdenes de su patrón, que es un atorrante, porque se va con todas sus cosas. Es curioso, escribí esto hace bastantes años y todavía no existía la fiebre por la seguridad que hay ahora, pero no me disgusta nada que este tipo esté cuidando algo que está bajo una inundación porque el dueño teme que puedan sacar lo que él no pudo llevarse.
Entonces él es un hombre que nació en la sujeción y es con la soledad que empieza a darse cuenta que está cansado de esto. Y es ese soliloquio el que lo va llevando a descubrir algo más grande que las cadenas que heredó. La relación de él con este individuo trascendente que es el Custodio, es algo que heredó del padre y ya se ve en el libro qué pasa con el Gongue que está obligado a tocar. Lo que pasa que en la medida que golpea y el gong suena en la inmensidad, le va dictando el ritmo de las horas, el ritmo de sus obligaciones, casi monásticamente, y de golpe ese ritmo comienza a descarriarlo.
- Este mundo parece exigir una lengua propia, una especie de translengua con términos provenientes de distintos idiomas, épocas, registros ¿tu oficio de traductor tuvo que ver con esta forma de abordar el lenguaje?
- Sí, de varias maneras. En principio porque hace casi 35 años que soy traductor. No soy un teórico pero pienso mucho en la traducción. Este ejercicio diario tiene algo de ejercicio espiritual y a la vez de trabajo forzado. Uno gana golpe de vista, vocabulario, tiene más recursos, pero siempre es difícil y por eso hace pensar mucho en los elementos de la literatura, en el orden de la frase y en la relación de la palabra con el querer decir. Al mismo tiempo si uno es escritor, pone en relación cada libro que está traduciendo con lo que escribe. De manera que uno está continuamente esforzándose por elastizar el castellano para que quepa algo de lo que logran otras lenguas, sobre todo si quiere instalarse e instalar a las personas en algo que no estaba en el mundo y que va a estar a partir de lo que escribe, darle la lengua que va a manifestar ese mundo, y de paso, hace trabajo terrorista sobre el estado de lengua.
Probablemente el mejor escritor de literatura fantástica y ciencia ficción vivo, Jim Woolf, del que traduje muchísimos libros -siempre deslumbrado por él- tiene algunos métodos que me influyeron mucho. El incluye en sus mundos objetos que son llamados con latinazgos o con rémoras de palabras griegas que responden al nombre original. Yo eso no lo hice, más bien me interesan los neologismos que siempre suenan a algo. Como los nombres, que también los invento. Es un juego y una manera más de escapar de la realidad a la que nuestro lenguaje nos sujeta.
- Tiempo y personaje se funden y van conformando un relato en el que, según el protagonista, “Nunca pasa nada”. ¿Es así, nunca pasa nada?
- Lo que se cuenta es el ritmo del pensamiento de un hombre a quien el engaño lo pone en la obligación de cumplir una serie de tareas que le provocan una incomodidad marcial, y cómo ese pensamiento puede llevarlo a una decisión, muy ayudado por el deseo. Porque él toma una decisión porque ve una gorda que le gusta en la pantallita del teléfono ¿no?
Si mística es descubrir que el pensamiento y la voluntad no pueden con la inconmensurabilidad de lo real, este tipo va descubriendo eso. El no es Cohen, entonces no lo dice de esta manera, pero a mí me interesa ponerme en la piel del otro, por eso escribo voces, porque me hace pensar como no suelo pensar.
- Volviendo a la cuestión del lenguaje, resuena en el texto cierto tono de la poesía gauchesca, ¿es una necesidad generada por el propio tema o es una necesidad formal de tu obra?
- Hubo un momento de mi vida en que por testarudez de trasterrado, cuando vivía en España y no quería que el lenguaje español al uso me impregnara totalmente, traté de hacerme una genealogía de la prosodia personal y esto abarcaba, sí, la gauchesca, algunas letras de tango, poetas como Juan L. Ortiz. Me interesaba hacer una historia de la dicción rioplatense, que estaba en Macedonio, en Borges, en Onetti. Desde luego que la gauchesca estaba en sus deslizamientos, sus ironías.
Pero yo creo en las novelas y creo en sus posibilidades de metamorfosis permanente, y me interesa resguardar las riquezas del relato y una de ellas es el personaje. Me interesa que el personaje quede y éste es un campesino del delta panorámico que habla en “deltingo”, que, como se dice en una de mis novelas, a lo mejor es una lejana variante de una lengua original que era el argentino, un deltingo que suena a argentino gauchesco.
- El Gongue, el instrumento que hereda del padre, tendría la misma función que el cuidado de los bienes del patrón. ¿Qué pasa cuando pone en cuestión ambas tareas?
- Y, tiene una crisis vital ¿no? Se pudre, el tipo se pudre. El no es un neurótico y está obligado a cumplir tareas de neurótico. El es un tipo que todavía tiene deseos raros que es capaz de escuchar. Lo del Gongue apareció… no sé muy bien cómo. A mí me gustó la posibilidad de crear religiones porque hace pensar en las que ya tenemos y porque está muy bien que la literatura le cuele al lector algo que antes no estaba en el mundo. Y después venía muy bien como cesura, si hablamos de poesía. Si tiene algunos detalles de la poesía, el Gongue es uno de ellos, opera de cesura.
- Otro de los objetos importantes es el espejo.
- Son muy importantes todos los objetos porque, bueno, esto es la gauchesca con un poco de Beckett. Es un tipo que está solo como esos linyeras de Beckett que tienen dos o tres cositas y continuamente se preocupan por cambiarlas de lugar, saber dónde están. Y esto es así. El tipo está rodeado de agua y está solo y los pocos objetos son esenciales porque están llenos de depósitos de él, las cosas están impregnadas de nosotros y en ese sentido no está mal que tengamos algunas posesiones.
- Y el espejo, que al protagonista le falta y que encuentra en la mirada de una mujer.
- Sobre todo lo que encuentra es la posibilidad de una respuesta. Fijate que la gorda ésta que aparece en el telefonito, lo mira y le dice cosas sobre él, sobre su aspecto… Es un tú. Es la primera vez que el tipo tiene un tú. Y eso lo pone en movimiento.
- Quería preguntarte por tus planes futuros.
- Bueno, desde hace muchos años, junto con mi mujer, Graciela Speranza y con otra gente, hacemos una revista que se llama “Otra parte”, y ahora estamos tratando de llevar el espíritu de una revista de tradición cultural al mundo de la web. Lo que haremos es publicar, además, una revista virtual que se va a llamar “semanalotraparte.com” que va a ser de reseñas muy breves sobre cine, libros, música. Es un trabajo independiente, hecho con cierto espíritu de militancia, que nos entretiene mucho pero que nos hace sudar tinta.
Y desde hace tiempo, escribo un libro de películas del Delta Panorámico. Es un tipo de mi edad que se llama Marcelo Cohen, que cuenta las películas que vio. Y a mí me gustaría que cada película fuera un cuento. Y hay de todo género. Hay de la prehistoria, de amor, de espías, hay una historia de un traductor, hay emigrados, hay un documental sobre la vida de un artista necrofílico.
Es que uno siempre está escribiendo. La literatura es la evasión total, no me canso de decirlo. Y al escribir, uno realmente se va. Y el lugar adonde uno se va es una realidad difusa desde donde nuestra realidad se ve un poco mejor. Cuanto más tiempo pueda pasarse uno ahí, tal vez, pueda ser un poco más dueño de sí y más libre en nuestro mundo.




En un tiempo suspendido y un espacio que ha sufrido una inundación que pareciera no tener principio ni fin, el custodio Gabelio Támper, el último habitante del Delta Panorámico, se halla inmóvil en un espacio mínimo, su puesto de vigía, en un tiempo en el que nunca pasa nada, más allá de la lluvia continua que decolora el paisaje hasta hacerlo indiscernible.
Aislado y concentrado en la tarea de proteger los bienes de su patrón que han quedado bajo el agua, de posibles merodeadores, lleva a cabo pequeñas tareas que garantizan una supervivencia de anacoreta, cumpliendo el mandato heredado de su padre de tañer el Gongue y el impuesto por su jefe de cuidar sus bienes. Ambos tienen para él un carácter trascendente con los que sostiene la ilusión de mantener la cohesión de un mundo que ha sido abandonado “a la buena de dios” y que él cuida en su lugar.
En ese espacio imaginario, el Delta Panorámico, imagen ligeramente refractada del mundo real, conviven cyborgs con personajes de la gauchesca como el protagonista, un ingenuo campesino, preso de una tradición y de la esclavitud a la que lo somete la codicia de su deshonesto jefe.
Y el lenguaje, el material con que su autor viene construyendo por un camino poco transitado una obra muy personal, expresa, con la plasticidad que le dan los neologismos, las palabras de portmanteau (formadas con partes provenientes de distintos espacios semánticos), los términos arcaizantes y de diferentes épocas, registros e idiomas, la tensión entre pasado y futuro, entre modernidad y tradición.
Si “el futuro ya ha sido” como afirma el vigía, sólo con viejas palabras nuevas se podrá hablar de las cosas de un mundo ligeramente distorsionado o quizás, volver a nombrar las cosas de un mundo homogeneizado por las palabras altisonantes de esa masa gelatinosa llamada “opinión pública”.



Textual

“Y encima de tanto, en la culminación de mis tareas tiene su sede el Gongue. A eso me aboco pues. Gongue. Gooongue. Así suena, ahora que es el momento, o se me hace que ha llegado, pues nunca me guío por el reloj sino por la enseñanza de mi padre, a quien instruyó mi abuelo en conocer los jalones del día. El Gongue no es asunto práctico; es la herramienta del alma del mundo, y el alma del mundo y el Gongue son legado del Custodio. El Gongue es implemento de no descuidar ni un santiamén en tanto su gongue es pegamento del espíritu, lo mantiene congregado para que el Torcedor no lo desmenuce; ya que en ese caso, si el Torcedor le desmenuza el espíritu, muere el humano en vida y es como una bestia. El Gongue es plato de metal colgado de su caballetito: gestiona la vida del mundo mudo desde que el Custodio de las Cosas se ausentó. Gestiona lo manifiesto y lo que no se manifiesta más; mantiene el equilibrio a salvo del Torcedor. […] A mi madre, que murió en el parto de mí, papá me enseñó a recordarla siempre con tres golpes de Gongue, tres, que inclusive en la tumba le mantienen el espíritu pegado. Y recuerdo al Custodio de las Cosas, a la hora en que el campo alienta y se lo echa en falta, con cuatro golpes de Gongue; fatalmente necesarios, dice la oración, pero yo sé que inútiles golpes, pues bien está escrito que el Custodio de las Cosas hace mil estaciones que se retiró muy lejos, sacado de las cosas a retirarse en sí, y las dejó solas con nosotros. Si yo lo llamo con Gongue es para desquiciarle el retiro; asimismo por despecho, mas sobre todo porque me debo. Gongue. A mis antepasados los recuerdo con un golpe mortecino, casi de ni oírse, como de pala en tierra seca. A los seres futuros, con un mero rasguño, para que no despierten todavía.”

Publicado en diario Tiempo Argentino, 7/4/13


El largo adiós


La ridícula idea de no volver a verte
de Rosa Montero


Este libro nació por pedido, como tantos que los grandes sellos editoriales encargan a sus escritores rentables, como es el caso de Rosa Montero. La excusa fue la publicación del diario de Marie Curie, unas pocas páginas hermosamente escritas el año posterior a la muerte de su marido que le provocaron a su autora “ganas de usar su vida como vara de medir para entender la mía; y no estoy hablando de teorías feministas, sino de intentar desentrañar cuál es el #LugarDeLaMujer en esta sociedad en que los lugares tradicionales se han borrado.” (Los usuarios de Twiter sabrán qué es ese numeral seguido de ese grupo de palabras y el libro incluye un índice de estos hashtags con las páginas donde aparecen).
Que no está hablando de teorías feministas queda claro a poco de leer las notas que fue tomando a partir de las lecturas sobre la vida y la trayectoria de esta mujer asombrosa que tuvo que endurecerse para quebrar los límites que su origen y su condición de género le marcaron. Y si encuentra en la vida de Curie una vara para entender la propia, no es en su calidad de pionera sino en la brutal experiencia de la muerte del compañero que ambas padecieron y que configura el tema central del libro. Queda por discutir si los lugares tradicionales han desaparecido pero no es éste el espacio donde debatir estos temas, que son abordados desde el lugar común que abruma las revistas femeninas, como cuando habla de la debilidad de los hombres, “una gran verdad que todas conocemos pero ninguna menciona” y que se refuerza con la segunda persona a la que este texto se dirige, un “vosotras” que lo liga todavía más al universo de las publicaciones femeninas.
La vida de Manya Sklodowska, tal su nombre original, los poderosos enemigos que tuvo que enfrentar -además del patriarcado- como el comité del premio Nobel pidiéndole que no fuera a Suecia a recoger el premio (el ¡segundo! que ganó, en 1911, de Química) por el escándalo que se desató cuando se hizo pública la relación clandestina que mantenía con otro científico (casado), por la cual fue acusada de adúltera -para empezar- cuando ya era viuda, merecería, sí, ser leída a la luz de la teoría literaria feminista. Quizás resultaría mucho más provechoso que las notas espontáneas tomadas por una escritora sensible y exitosa.

Publicado en diario Perfil 7/4/13

lunes, 11 de marzo de 2013

Las palabras, el tiempo y las cosas


Gongue
de Marcelo Cohen




“Nunca pasa nada. Nunca. Pasa. ¿Nunca?” Lo que comienza siendo una afirmación termina poniéndose en cuestión. De eso parece hablar Gongue, la última y (sorpresivamente corta) novela de Marcelo Cohen, cuyo protagonista, Gabelio Támper, último habitante del Delta Panorámico, esa zona imaginaria ya aparecida en anteriores novelas, tiene la tarea de vigilar los bienes de su patrón que han quedado bajo el agua. Aislado e inmóvil en su puesto de vigía, su trabajo tiene más de misionero que de custodio de una propiedad abandonada por su dueño. Con su cuerpo debilitado, su fuerza se concentra en la mirada panorámica con la que domina un espacio indiferenciado y monocromo: el delta inundado, en un tiempo suspendido e igual a sí mismo.
Pero otra tarea lo ocupa, la de gestionar (palabra con la que designa su trabajo) el gongue, el instrumento heredado de su padre junto con una serie de mandatos inquebrantables, con el que sostiene la ilusión de mantener la cohesión en un mundo que ha sido abandonado “a la buena de Dios” y que él intenta religar.
Si “la modernidad es un ácido que disuelve a los dioses”, el mundo del Delta Panorámico resulta análogo al nuestro en lo que tiene de alienante y ultramediatizado pero parece exigir una lengua propia que en este texto (aunque no solamente) habla de una búsqueda por encontrar el nombre preciso a la cosa y no de un ejercicio de estilo personal. Nombres propios inventados, palabras de portmanteau (formadas con partes que vienen de distintos espacios semánticos) tan valoradas por los surrealistas, neologismos formados con voces extranjeras y rurales, términos arcaizantes, adverbios modificados: toda una translengua en la que resuena el oficio de traductor en el que su autor se destaca y que exhibe una profunda reflexión sobre el lenguaje, donde el futuro y el pasado o la modernidad y la tradición conviven tensando los límites de un mundo que paradójicamente parece inmodificable. “Adoblástice” podrá ser un material para la construcción, el “pantallátor”, la TV y un “blablasero”, un charlatán y su construcción nos habla de la arbitrariedad con que se forman los términos de cualquier lengua y de que es la propia enunciación la que muchas veces los crea.
La “Panconciencia”, ese caldo mental al que podríamos llamar “opinión pública”, será, para este texto, un “pensar las noticias de todos con las palabras de todos paseando por la diversidad abstracta de las opiniones de todos” y por lo tanto, la prueba de la necesidad de restituir el sentido perdido. “Porque no era, … para que nos metiéramos en barullo social del mundo falso que el Custodio se había ausentado de las cosas, sino para que nosotros, … les entráramos a las cosas con la vista y el oído y la lengua de cada uno, y con las palabras de muy específico vivir las gestionáramos.”
Y en ese buscar la palabra precisa, se arma el texto con frases que se ligan en un continuo cadencioso, con la compacidad de la poesía, su ritmo, su respiración, sus figuras, en una escritura en la que resuena el tono de cierta poesía gauchesca, aquella que Borges recupera y que habla de personajes solitarios y concentrados en una geografía desierta e infinita como el agua que todo lo cubre.
Y los objetos, que en este texto cobran una significación especial, se recortan del paisaje indiferenciado. El gongue, el instrumento que el vigía tañe acompasadamente, en una suerte de ritual budista, que lo mantiene unido a sus antepasados y a su tarea, es el objeto de la tradición, mientras que el espejo, objeto del que carece y que encuentra en la mirada de una mujer, es el que lo empuja a salir y a salirse de sí, al cambio.
Muy distinta es la relación que establece con las cosas de su mundo, aquellas que debe custodiar de los saqueadores, cuando descubre que de los bienes, lo que importa es su carácter no humano, el ser bienes de cambio y no de uso, mientras que las cosas de la naturaleza, requieren ser acompañadas, no custodiadas. “Las cosas, Erico, hay que cuidarlas no porque sean de alguien sino porque están solas. Ni del jefe son, ni de nosotros. Son sólo de sí mismas, las pobres.”
“Decir el color del río bajo esta luz de luna demandaría fina agudeza” reflexiona el vigía. Sólo recuperando palabras en desuso o arcaísmos (‘mecacho’, ‘gaznate’, ‘endemientras’, ‘repelus’, ‘claror’, ‘pánfilo’) es decir, sólo con viejas palabras nuevas, se podrán nombrar las cosas de un mundo abandonado bajo una lluvia que parece no tener principio ni fin.
Y si el tiempo no es consistencia donde algo transcurra, sólo la acción, el recuperar el cuerpo olvidado por el hábito y la obediencia a los mandatos heredados, le permitirá al protagonista “dejar que las cosas sean solas” e ir al encuentro de aquella en cuyos ojos pudo encontrar la imagen de su propia humanidad.

Publicado en diario Perfil 10/3/13

lunes, 18 de febrero de 2013

El arte narrativo


Cincuenta años de la publicación de
En la zona
de Juan José Saer




Cincuenta años pasaron desde que Juan José Saer apareció en la escena literaria argentina con un libro de relatos, En la zona, que desde el título revela una preocupación sobre el lugar de su escritura, construida a partir de una doble negación: de la literatura regionalista y del centralismo de Buenos Aires (ciudad que Saer soslayó cuando eligió París como destino literario). El lugar desde el cual escribe, el litoral santafesino, era un campo intelectual pobre en el momento de su formación: Juan L. Ortiz era la figura que concentraba el interés de los jóvenes poetas junto con la escuela de cine de la Universidad del Litoral. La poesía y el cine de la nouvelle vague en su vertiente literaria, la del objetivismo francés, conforman, entonces, la matriz de una producción que trazó, en este texto, las líneas que desarrollaría después en sus principales novelas y cuentos.
La zona de las orillas hacia el centro de la ciudad como espacio imaginario que confiere unidad a su producción, a la vez demarca, desde estos primeros textos, el límite de sus ficciones donde exhibe sus coordenadas literarias (Borges, Dostoievski, Kafka, el siglo de oro español) y frente a un contexto cultural que en los 50 y 60 estaba atravesado por la experiencia del boom y la literatura del compromiso, Saer se ubica por fuera de estas líneas, en una postura adorniana de rechazo frontal a la idea de masividad en el arte.
Si la poesía estructura los primeros cuentos de la primera parte, “Zona del puerto”, escritos en una sola frase escandida por el ritmo que las pausas le dan a la lectura, la presencia de Borges (y de Arlt) domina estos relatos de compadritos, prostitutas, jugadores y cafishios que encuentran su destino y mueren traicionados por sus pares.
Atilio (un rufián melancólico y sobreactuado) es el protagonista de varios de estos cuentos, donde se pone en escena todo el sistema de liderazgos en esa microsociedad, en la que la lucha generacional encarnada en el parricidio remite al traspaso de la hegemonía en el campo literario.
En “Los amigos”, quizás el cuento en el que más dialoga con Borges, un taciturno jugador traicionado por su amigo, espejo invertido de sí mismo, espera diez años su regreso con el arma cargada, sentado bajo un árbol del patio de la pensión (topografía predilecta del universo saeriano) hasta descubrirlo sentado en la misma posición, en el patio de la pensión de enfrente y lleva a cabo el acto que los completa a ambos, la muerte del traidor.
Los personajes de los cuentos que forman la segunda parte, “Más al centro”, a medio camino entre el mundo prostibulario y el mundo intelectual, deploran el ahogo provinciano y transitan una ciudad deslocalizada (como los personajes de Cortázar) con una topografía precisa -el bar de la galería, la estación de ómnibus, el puente colgante- pero abstracta. “Una ciudad es para un hombre la concreción de una tabla de valores que ha comenzado a invadirlo a partir de una experiencia irracional de esa misma ciudad. Es el espejo de sus creencias y de sus acciones”, afirma Barco, el protagonista de “Algo se aproxima”, el texto fundante de todo el sistema de personajes y temas que prefiguran su obra.
Este relato o protonovela, se abre con la escena generadora de ficción en Saer: dos personajes, Barco y Tomatis (que aquí todavía es “él”) haciendo un asado y conversando, con una distancia irónica, sobre arte y literatura. Las mujeres, desdibujadas, tontas, poco interesantes, meros objetos que asisten a los hombres, forman parte de un universo decididamente masculino.
Con un comienzo que suspende el desarrollo de la acción y la descompone en sus mínimos gestos (comer, fumar, bailar, hablar), hace de la descripción el procedimiento con el que recorta los objetos (el vino, el paquete de cigarrillos, la carne asándose) hasta darle un peso material a lo narrado, en la línea del objetivismo trabajado por el nouveau roman. Con un registro minucioso de la percepción y un trabajo con el tiempo presente, describe las acciones en su pura gestualidad escamoteando su sentido, su finalidad.
Además de la construcción del universo literario saeriano, este texto formula varias cuestiones estéticas: cómo escribir dentro de un campo literario sin tradición que Saer asimila a la imagen de la ciudad en medio de un desierto (“Es como un cuerpo sólido e incandescente irrumpiendo de pronto en el vacío”) -imagen que define muy bien su proyecto literario- y plantea la universalidad de la literatura cuando sostiene que el escritor debe “dar un paseo por el sistema solar para llegar a la esquina de su casa”.
La política, omnipresente en los comienzos de los 60 (el año en que la joven revolución cubana recibía la visita de Sartre y Simone de Beauvoir) presiona y problematiza una escritura experimental que se pretende autónoma de lo social, que se desentiende del sentido y que apuesta por un arte con mayúsculas. “Dirás que para qué escribo mi novela. No sé. Dirás literatura. Posiblemente. Casi seguro”.

Publicado en diario Perfil

miércoles, 13 de febrero de 2013

Mala leche


Madres Fuck You!
de Marcos Rosenzvaig


¿Qué poderoso hechizo impulsa a las mujeres a convertirse en madres? Esta parecería ser la pregunta que el maltratado narrador/autor cuyo apellido cambia según quien lo pronuncie, lanza al mundo. Y la palabra hechizo no es casual en una historia donde las mujeres, sin excepción, forman parte de una secta de malvadas criaturas decididas a terminar con el género masculino después de haberse apropiado de su único bien: el semen.
Madres, hijas, abuelas, bisabuelas, novias, abogadas, maestras y directoras, utilizando los recursos que su maquiavélica naturaleza les provee, seducen y aniquilan a los hombres librando una guerra que para ellos, está perdida de antemano. El protagonista y sus dos vapuleados amigos emprenden una cruzada contra la poderosa organización “Leche materna”, constituida por un ejército de lesbianas enardecidas, representación grotesca de la no menos poderosa institución de la maternidad y su nave insignia, la arquetípica madre judía, cuyo amor sin límites tiene la capacidad de devorar a sus criaturas. En el camino se encontrarán con la dolorosa historia de su fallida paternidad, contratara de una relación maternal que los ha mantenido “esposado a esa mirada” devastadora y con la perversa realidad de otra forma de aniquilación sobre los hijos, la que viven los miles que viven en la calle, abusados y explotados hasta encontrar su propia muerte.
Pero volviendo a la pregunta del comienzo, quizás lo más pertinente sea preguntarse: ¿Qué hace la maternidad con las mujeres? Pero eso sería formularla en términos políticos y las respuestas seguramente nos hablarían de la necesidad de crear nuevas formas de relación más cercanas al amor autónomo que al dominio afectivo. Pero esto es tema de otros libros y no de esta, por momentos, atolondrada novela.

Publicado en diario Perfil 10/2/13

lunes, 4 de febrero de 2013

Conocer el mundo por sus extremos


Diario de viaje a Oriente (1850-51)
y otras crónicas del viaje oriental

Autor: Lucio V. Mansilla
Edición, introducción y notas: María Rosa Lojo




Pocos períodos en la historia mostraron tanta confianza en sí mismos como el siglo XIX, en el que la fe en el progreso de la mano de la ciencia potenció el afán de conocer el mundo hasta sus confines. El relato de viajes fue el género que mejor lo expresó y que en Argentina dio grandes nombres como los de Guillermo Hudson, Francisco Moreno y Lucio V. Mansilla. De este último, se publica su inédito diario de viajes a Oriente, encontrado por sus descendientes y transcripto del manuscrito original en forma fiel en esta edición, resultado de un proyecto de investigación del CONICET.
La importancia de este hallazgo radica en que constituye el material con el que Mansilla construyó toda su obra posterior. Muchas de las experiencias que adquirió en este viaje iniciático por la India, Egipto y Europa a la edad de 18 años, fueron la fuente de las futuras Causeries del jueves, la columna semanal que le dio un reconocimiento masivo, pero fundamentalmente, fueron la matriz de un imaginario con el que transgredió las formas de abordar al Otro, cristalizada en nuestro país en la dicotomía civilización/barbarie.
Hijo de una de las principales familias del patriciado argentino, sobrino del poderoso Juan Manuel de Rosas y prototipo de la figura del político letrado, fue un personaje tránsfuga que lejos de consolidar su brillante herencia, dedicó su vida a viajar, leer, conversar y escribir las crónicas que su mirada atenta y curiosa hacia el “otro” plasmó en una de las escrituras más singulares de nuestras letras. Su carrera militar, algo accidentada, exhibe las marcas de su espíritu crítico con las crónicas sobre la Guerra de la Triple Alianza que generarían malestar entre sus superiores y las ocurrencias temerarias que lo hicieron famoso como “la de subirse al merlón de la batería y colocarse cabeza abajo para mirar el mundo desde otra perspectiva, mientras oía silbar las balas sobre él.”
Para sus investigadoras, el largo viaje a Oriente fue la condición de posibilidad de esta mirada sesgada, irónica, cosmopolita, tolerante y a contrapelo del discurso dominante que le permitió transformar en “excursión” lo que para la ideología oficial era conquista y aniquilación. Fascinado por lo desconocido, fascinó con su prosa y su conversación encantadoras a sus contemporáneos y delineó para sus lectores presentes y futuros una imagen heterogénea de la identidad nacional.

Publicado en diario Perfil 3/2/13