lunes, 16 de enero de 2017

Publicar hasta que duela


EDITORES ARGENTINOS DE POESIA

Publicar hasta que duela

Entre los múltiples recovecos de la edición independiente, brilla en la boca de la tormenta la edición de poesía, empresa ardua si las hay. Sin ningún tipo de ayuda económica por parte del Estado, pequeñas editoriales difunden obras de poetas que de otro modo quedarían olvidadas.
08|01|17

http://www.perfil.com/cultura/publicar-hasta-que-duela.phtml

Los comienzos del milenio, no dejamos de recordar, encontraron a la Argentina en un nuevo ciclo de decadencia en el que las empresas culturales se vieron obligadas a reformularse. Las que no cayeron en el agujero negro de diciembre de 2001 se transformaron a fuerza de empeño e imaginación: unas llegaron a convertir su propio PH en una sala de teatro y otras, que se negaron a aceptar las condiciones cada vez más restrictivas de un mercado en implosión, apostaron por la edición independiente, como recuerda Javier Cófreces, el responsable de Ediciones en Danza, la editorial que fundó ese mismo año, después de dirigir la revista La Danza del Ratón durante veinte años, cuando se dio cuenta de que esa etapa había llegado a su fin. Pero su afán por difundir a los poetas con los que se había formado continuaba intacto. “Fue entonces que resolví arrancar con el sello con un doble propósito: por un lado, encontrar la forma de publicar a todos esos poetas que había estado publicando en la revista y por otro, crear el canal editorial para sortear todos los problemas serios que teníamos cada vez que queríamos publicar, en especial que los libros llegaran a los lectores, que es un trabajo que las distribuidoras no saben hacer”.

Para lograrlo, armó un esquema en el cual los poetas inéditos o poco conocidos, después de pasar por un riguroso proceso de selección a cargo del comité editorial conformado por Alberto Muñoz, Eduardo Mileo y él mismo, pagan por la publicación de su libro. “Lo que se trata es de sostener un equilibrio comercial que permita que, a través de los autores que pagan su libro (y no me importa que sean desconocidos, sí me importa que el libro se sostenga), podamos publicar a aquellos que nuestro sello propulsa: Escudero, Bustiazzo, Madariaga, Olga Orozco, Juan José Cecelli, Urquía y cientos más”. Sostiene que el único motivo por el cual editar a esos poetas reconocidos pero descatalogados es la pasión y un motivo personal de orgullo es haber publicado la antología poética de Francisco Madariaga, en la que trabajó junto a su viuda, Elida Manselli.

Para Miguel Balaguer, el responsable, junto a Valentina Rebasa, de Bajo la Luna, el trayecto fue algo diferente. En el año 2003 se hicieron cargo de la editorial que su madre, Mirta Rosenberg, había fundado diez años antes pero que no sobrevivió a 2001 y que hoy tiene tres colecciones: una de narrativa, otra de ensayo y la más numerosa, de poesía. Encarada como una editorial profesional, sin contar con la participación económica de los autores, considera que “tenemos la suficiente experiencia de lectura como para decidir qué publicamos y en qué invertimos” y afirma que haber franqueado la barrera de los 500 lectores conocidos por nombre y apellido de los que hablaba Ezra Pound es hasta un alivio. A la hora de definir, al elusivo lector de poesía lo encuentra no sólo en los que escriben o estudian literatura sino en “un segundo círculo en el que encontrás músicos, actores, fotógrafos, gente que se interesa por el texto desde otro lugar”.

Con un marcado interés por la poesía universal, publican, en gran medida, textos bilingües. “Este año sacamos una antología de poesía coreana de los últimos cien años, bilingüe. Para el 90% de la gente que lo va a leer acá, ésos van a ser unos dibujitos en las páginas pares pero después habrá gente que podrá hacer el trabajo de leerlos. Nos interesa mucho el ejercicio de la traducción en poesía”. En cuanto a la ayuda estatal, cree que una gran deuda con este sector es la ley del libro.

Gog y Magog, nos cuenta su director, Miguel Angel Petrecca, nació en 2004. Junto con Laura Lobov y Vanina Colagiovanni, conforma el comité editorial que decide qué textos se van a convertir en los libros que la editorial financia sin intervención de los autores. Discute la concepción de la poesía como gueto y cree que es un género que tiene muchos lectores. “Con el tiempo te das cuenta de que el núcleo es más amplio y menos previsible de lo que uno pensaría. Los lectores también se van formando y recreando, porque hay lectores que tal vez dejaron de leer poesía pero que vuelven cuando se encuentran frente a algo que los motiva”.

La define como un proyecto en sí mismo que no se continúa en revistas, blogs o poéticas determinadas: “Editamos poetas conocidos y desconocidos, editamos poesía que nos interesa, nos conmueve o que nos parece que vale la pena la apuesta”. Con ayuda ocasional por parte del Estado, señala la que les permitió publicar recientemente una gran antología crítica de Francis Ponge, gracias a un subsidio de la Embajada de Francia.

Una de las más nuevas y con sede en Bahía Blanca es 17 Grises (que remite a la capacidad del ojo humano de percibir 16 tonalidades de gris, a las que le sumaron el gris imaginario), nacida en 2007. Pensada como una pata más del proyecto cultural que se despliega en 17grises.blogspot.com.ar, se define como autogestiva y su criterio de selección descansa sobre un consejo de asesores especializados, pero en lo que respecta a la poesía “confiamos especialmente en amigos y lectores exquisitos”.

Publicando muchos autores jóvenes y coterráneos, apuestan a “fomentar una idea de obra orgánica donde más que el hallazgo de un puñado de versos, lo que prevalezca sea una apuesta poética diferenciada y singular”. Como el espacio plural y heterogéneo del que forma parte, la edición de poesía es una constelación de pequeños proyectos literarios cada vez más necesaria en tiempos en que la realidad se vuelve más ominosa.

Maria Eugenia Villalonga

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lunes, 19 de diciembre de 2016

En las fronteras de la vida

El fin de los días

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“El verano pasado aún fuimos de aquí a Marienbad. ¿Y ahora, adónde vamos ahora?” se pregunta W. G. Sebald desde el epígrafe que abre esta novela y la referencia a aquellos autores europeos de posguerra -como Resnais- que, abrumados frente al infierno de las dos guerra y buscando la forma de narrarlo encontraron un estilo que los hizo únicos, permite ubicar a esta autora nacida en Alemania oriental en esta misma serie.
Con una prosa de una exquisitez notable narra la historia de tres generaciones de mujeres de una familia judía en su desplazamiento por el territorio que formaba el imperio austrohúngaro, desde los años previos a la revolución rusa hasta la caída del muro de Berlín. Frente al horizonte de la muerte individual y colectiva, y contra la idea de que una vida puede ser contada linealmente, imagina para la protagonista distintas vidas posibles según el momento en que sobrevenga su muerte. Y con estos hilos formará la trama de la historia del siglo que Hobsbawn definió como corto -pero que para aquellos que lo transitaron, de una intensidad en las formas de la crueldad que lo distinguió de sus predecesores- con los que logra convertir, en cada uno de sus párrafos separados y yuxtapuestos, piezas de orfebrería.
Y hay un núcleo del cual este texto pareciera surgir y es la idea de frontera que la novela explora en toda su densidad conceptual, como los límites de ese imperio que la Gran Guerra reformuló. O la que, separando dos mundos irreconciliables, encuentra en la ciudad de Berlín y en el muro que la atraviesa la cifra de un territorio escindido que no es otro que su yo, porque esta autora lo sabe, lo personal siempre es político. O el frente de batalla como la única frontera posible (“¿Entonces la muerte no era un momento, sino un frente, a lo largo de toda una vida?”) y un territorio difuso donde los comunistas europeos podían ser fusilados tanto por el ejército nazi como por la inteligencia stalinista.
Poética de frontera podríamos definir a aquella que pone a sus personajes y a sus lectores frente a frente. ¿Se llama cobardía el abandono de la mujer frente a la muerte del hijo o fortaleza para empezar de nuevo? ¿Cómo se mide el valor de un ser humano que se prostituye? ¿Dónde estaba realmente un poema mientras era traducido de una lengua a otra?, interrogantes con los que construye escenas que con diálogos mínimos y condensadas en un gesto, van al hueso de la historia.

Una poética que busca contar una historia explorando “la forma en que cada palabra se abre paso por entre la espesura de las palabras”, para volver sobre las escenas y contarlas otra vez y en esa repetición, reformular el sentido. Un procedimiento que la poesía conoce muy bien y que los escritores de la OPOYAZ, durante los primeros años de la revolución soviética, pusieron en primer plano, convencidos de la función revolucionaria de las palabras, en una época en que “la literatura misma era algo tan real como un paquete de harina, un par de zapatos o una multitud alborotada.” Un pequeño manifiesto de su extraordinaria prosa poética.

Publicado en Otra parte semanal, 24/11/2106

Formas de desaparecer completamente

98 segundos sin sombra

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La adolescencia, ese estado de metamorfosis aleatoria, es, definitivamente, un tiempo de lucidez brutal en que la certeza de no pertenecer a este mundo se impone con la misma certidumbre de que la única solución es la fuga programada. Freud también lo supo y así lo describió en “La novela familiar del neurótico”, como el momento en que la ilusión de ser el vástago de unos padres encumbrados cae a pique y el de la búsqueda de sustitutos con el deseo de que sean los auténticos.
Y también es el tiempo de la lectura en su puro uso instruccional. Genoveva, la protagonista de esta novela, sobrevive a sus circunstancias familiares gracias a las letras de las canciones de Queen, a citas del Diario de Ana Frank, las revistas esotéricas que su abuela -suerte de sacerdotisa vudú- colecciona, los mapas astrales de una madre zen y las frases de intelectuales recopiladas en las carpetas polvorientas de un padre derrotado.
Estamos a fines de los 80, el año en que el cometa Halley surcaba los cielos de Therox, un pueblo perdido en lo profundo de Bolivia, al que poco tiempo antes de la invasión de agentes de la DEA por el avance de la producción cocalera, sus habitantes llamaban el “Culo del Mundo”, y al que el neoliberalismo arrasó junto con el atraso provinciano para convertirlo en una paradoja de modernidad impostada.
Y es la impostura del lenguaje adulto el mayor enemigo de la protagonista, que encuentra en la retórica revolucionaria de su padre o en el discurso reaccionario de las monjas de su colegio, las trampas que el universo adulto le reserva: “crecer, estar triste, asfixiarte”. Será ese el motivo por el que entrecomilla las palabras, para señalar su carácter de intrusas, sabiendo, junto con Freud, del poder de destrucción del que son capaces, pero también del poder liberador, cuando, en la escritura de su diario, se apropia del léxico heredado para construir su propio guión.
Igual que “la chica Frank”, la ira y la ferocidad de los sentimientos -que, descubre en los rituales vudú de su abuela, duelen en el cuerpo- son el combustible que la impulsan a escapar de ese campo de batalla que es la familia y del infierno de la aldea, donde su padre, un ex guerrillero -pero sobre todo, ex soñador y ex joven- porta el peso de vivir a medio camino entre un pasado heroico y un presente miserable junto a una madre aislada en la melancolía, entre un mundo de trascendencia y una vida doméstica asfixiante.
El universo femenino, explorado en todos sus detalles, está lejos de la conmiseración. Muchos de sus personajes son verdaderas brujas y no siempre en el sentido de sabias. Disfuncionales, desbordan ferocidad y la electricidad, como las imágenes de los videoclips, atraviesa sus cuerpos anoréxicos que se niegan a “tragarse” el mundo de los adultos, otros, ofreciéndose en sacrificio, se convierten en modelo de virtud para la institución religiosa, y otros, como un Pac-Man recién importado, comen vorazmente hasta salirse de sí. Dignos de la Metamorfosis de Ovidio, jamás son lo que parecen. Ambivalentes, contradictorios, mestizos, producto de varios cruces culturales -en el sentido muy amplio del término-, desfasados, desbordan los moldes sociales y subjetivos, y configuran pequeños universos a punto de estallar.

Pero hay algo más por lo que este texto deslumbra y es en su factura que logra ensamblar, como un mapa astral, la política, la religión, lo ancestral, los saberes campesinos, las sectas milenaristas, lo pop y ultramoderno, lo ordinario con lo extraordinario, en un diálogo con la literatura universal, para dibujar una constelación en la que el azar puede unir, como en la figura de la analogía, universos tan dispares. O quizás sólo responda a la ley de la reciprocidad, como le gusta pensar a su inteligente y rebeldona protagonista.

Publicado en diario Perfil, 18/12/2016

domingo, 27 de noviembre de 2016

Entrevista a Jenny Erpenbeck



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Con una prosa de una exquisitez notable, esta autora nacida en Alemania oriental narra la historia de tres generaciones de mujeres de una familia judía en su desplazamiento por el territorio que formaba el imperio austrohúngaro, desde los años previos a la revolución rusa hasta la caída del muro de Berlín. Frente al horizonte de la muerte individual y colectiva, y contra la idea de que una vida puede ser contada linealmente, imagina para la protagonista distintas vidas posibles según el momento en que sobrevenga su muerte. Y con estos hilos reconstruye la historia del siglo que Hobsbawn definió como corto y que este texto logra convertir, en cada uno de sus párrafos separados y yuxtapuestos, en piezas de orfebrería.
¿Cómo fue que eligió contar las vidas posibles de un mismo personaje para entramarlas en la historia europea del siglo pasado? “El punto de partida fue mi profunda tristeza después de perder a mi madre, es decir, algo muy privado. Me preguntaba cómo se produce ese paso de un instante en una vida a un llamado “último instante”. Cuando comencé el libro mi idea era hacer un corte abrupto en la misma vida a través de esas cinco muertes que cuento y volver a mirar de nuevo al personaje principal en ese instante en que aparece la muerte… y de repente se está en medio de la historia del último siglo. Y es que si se quiere evaluar una vida es impensable hacerlo sin observar las circunstancias generales que formaban parte de la existencia de las personas en cada época.”
En este entramado hay dos textos que son tutelares: la Biblia y Goethe. ¿Un homenaje a la tradición judío-alemana? “Para mí las obras completas de Goethe son ante todo un requisito en el sentido de que son el tesoro intelectual de la burguesía judía formada, que en la transición del siglo XIX al XX se entendía de forma completamente natural, como “alemana”. Por otro lado, el Viejo Testamento es el nexo entre la religión cristiana y la judía. También fue un auténtico descubrimiento la lectura de los escritos talmúdicos. Además, me marcó el amor por el idioma que se desprende de la traducción de Lutero, hay pocas cosas más hermosas.”
En cuanto a la estructura de la novela -escenas yuxtapuestas, diálogos mínimos integrados al cuerpo del texto, descripciones concentradas de lo brutal- ¿reconoce algún escritor/a con el que se pueda identificar? “Admiro a muchos escritores, como Heiner Müller o Georg Büchner. Pero escribir es un camino individual, no podría imaginarlo de otra manera. Escribir es una especie de traducción de mente a mente, de emoción a emoción. Esto por supuesto sólo funciona describiendo con la mayor precisión posible las cosas que lo movilizan a uno.”
El límite, la frontera parecieran ser el gran tema en este texto. La muerte como el horizonte contra el cual la narración se despliega. Pensaba en el muro de Berlín, o en esa división irreconciliable que fue la guerra fría. “El que yo escriba seguramente tiene que ver con la caída del muro, con el repentino e inesperado levantamiento de la frontera mediante la cual todo lo que conocíamos del lado Este de ese muro fue transformado. Y, por supuesto, la muerte es la frontera más radical: la frontera con aquello que no conocemos. Sólo en las fronteras puede haber cruces al otro lado, transformaciones, es decir, evolución. Si se mira hacia Europa y cómo está intentando en este momento defender sus fronteras de los refugiados, se ve que en última instancia una frontera es siempre un lugar en el que incluso se acepta la muerte de “los otros” para mantener en pie la supuesta propia identidad.”
Las preguntas que cierran cada uno de los segmentos ¿fueron su disparador o surgieron en forma posterior a su escritura? “Fíjese, usted dice cierran. Pero también se podría decir que funcionan como introducción al próximo capítulo. Cada uno de estos intermezzi es final e inicio a la vez, es decir, en el fondo, nada muy distinto a una frontera. Pero las preguntas que planteo en esos pasajes son el texto. ¿Qué pasaría si…? No escribiría si no existieran cosas que no entiendo, sobre las que no tengo ninguna respuesta.”
¿Cuánto de su experiencia familiar está volcado en el capítulo sobre la URSS? “Del lado de mi padre, mis abuelos formaron parte del Partido Comunista desde los años 20. La noche después de que Hitler asumiera el poder migraron a Praga y luego a Moscú. Mi padre nació allí. Recién mucho después comprendí cuán difícil era la situación de los comunistas en la Unión Soviética bajo Stalin. Después del pacto con Hitler, Stalin entregó comunistas a los nazis y puso en marcha una maquinaria para meter en campamentos o fusilar a su propia gente. A pesar de que mis abuelos lograron sobrevivir gracias a que tuvieron mucha suerte, fue una situación difícil para ellos, divididos entre la lealtad hacia la idea por un lado y su experiencia personal por el otro.”
La novela termina con la caída del muro. ¿Cuánto de esa percepción extrañada por lo abrupto de los cambios se percibe hoy en la literatura alemana? “La novela termina a mediados de los ’90, pero es verdad, la experiencia de cuán rápido puede desaparecer un Estado en el que uno se crió y que se consideraba imposible de derribar modifica muchas percepciones. El país que conocíamos no existe más y el país en el que vivimos ya no es el de nuestra infancia. Podemos leer en nuestra propia biografía que las cosas están en movimiento. El precio de comprender esto es la sensación de estar para siempre “afuera”. Pero para escribir no hay mejor punto de partida.

Publicado en diario Perfil, 27/11/2016


lunes, 14 de noviembre de 2016

Calidad para grandes y chicos

Entrevista a Catarina Sobral

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Nació en Coimbra, Portugal y es una de las invitadas internacionales del Filbita. Es autora de libros infantiles que ella misma ilustra explorando diferentes técnicas y utilizando una paleta limitada de colores e imágenes bidimensionales muy bien integradas al texto. Publicó diez libros traducidos a once lenguas. Su trabajo fue premiado por la Feria del Libro Infantil de Boloña y recibió varios premios y distinciones en publicaciones como el catálogo White Ravens.
En nuestro país, la editorial Limonero (un sello independiente dedicado a publicar bellísimos libros ilustrados), editó dos de sus libros más conocidos: achimpa y Mi abuelo, que hoy viene a presentar.

Te formaste en diseño e ilustración. ¿La llegada a la literatura infantil fue algo natural o algo elegido entre otras opciones? “Fue una elección, porque cuando estaba estudiando ya tenía la idea de hacer una maestría en ilustración. Y cuando trabajaba en diseño gráfico lo que más me interesaba era el diseño editorial. Tal vez fue por eso, porque lo que más me gustaba era trabajar con libros y hay muchos más libros ilustrados para niños que para adultos.”
Y achimpa es la historia de una palabra en desuso encontrada en un diccionario apolillado en los estantes de una biblioteca, por dos investigadores que discuten qué clase de palabra es. Rápidamente la palabra sale de su encierro y comienza a circular “de boca en boca” por las casas, los barrios, hasta llegar al discurso del presidente en el Parlamento. Lo cómico es que nadie se pregunta qué significa sino qué función tiene. “Es el non sense de la historia” aclara su autora. Mientras tanto, los hablantes la usan, transformándola a su antojo.   
¿Cómo surgió la idea de componer un relato infantil sobre la formación de las palabras y su función gramatical? “Bueno, yo estaba haciendo la maestría con el proyecto de un libro que después salió y se llamó Huelga, y entonces como era un trabajo académico, pensé en explorar algo que está tan relacionado con el texto, como las clases de palabras, pero que no tiene que ver con la semántica, sino con las formas, y ver cómo se puede jugar con eso a través de la ilustración y con ese objetivo escribí achimpa.”
Pero además de la imagen y el texto está la cuestión del sonido. “Achimpa” es una palabra que es puro sonido onomatopéyico, suena como un estornudo. “Sí. Es muy importante jugar con el sonido también cuando se está escribiendo el texto, porque son frases muy cortas y muchas veces son leídas por los mediadores de lectura, así que es importante trabajar el texto desde el punto de vista del sonido.”
Hay algo snob en las personas que cuando escuchan a un especialista que dice: esto es un sustantivo… “Todos lo siguen acríticamente”, agrega y cuenta que cuando estaba escribiendo este libro, en Portugal, había una discusión muy grande entre los políticos sobre lo que llamaban “nova lingua”. Palabras como “inverdad” para no decir “mentira”, por ejemplo, eran palabras que se buscaban para que no fueran ofensivas. Y las personas adoptaban esos términos. Fue entonces que buscó darle a la historia un cariz irónico, hacer una crítica al consumo acrítico.
En cuanto a la ilustración, retoma el dibujo infantil: dibujos planos, sin perspectiva, pintados a lápiz y crayón y con una estética que podría ubicársela en los años 30, 40. ¿El porqué de esa elección? “Porque por un lado, eran mis referencias en ese momento, las técnicas con las que quería experimentar y por otro lado como una adecuación al texto, que siendo tan irónico requería construir los personajes en forma humorística. Ellos son un poco anacrónicos y entonces lo que acentuaba ese tipo de figuración era una estética más infantil.”
En Mi abuelo, el tema es el tiempo visto desde el punto de vista de un niño. El espacio en el libro está dividido en dos: de un lado, un médico siempre apurado, al que el tiempo nunca le alcanza y del otro, el abuelo, al que le sobra y lo disfruta. El tiempo como cronos y como kairós. Además está plagado de referencias literarias, pictóricas y lingüísticas. Es un texto poco usual dentro de la literatura infantil donde el final cierra el sentido de la historia y acá el final queda como en suspenso. No es lo que mayoritariamente las editoriales aconsejan. “Es que a mí me gustan los libros que dan más libertad interpretativa al lector. Tampoco me gustan las historias que son muy estereotipadas, entonces siempre es una opción que tengo cuando armo un libro: puedo indicar un camino de interpretación pero el final suele correrse unos milímetros de la expectativa del lector, trato que no defraude sus expectativas pero tampoco que sea igual a lo que la historia viene proponiendo. Y para mí es importante que los lectores se vuelvan participativos desde niños y que consigan hacer suya la historia.”
Nos cuenta que vino al Filbita a dar un taller de narrativa visual para adultos y dos talleres para niños sobre Mi abuelo, donde van a dibujar a su abuelo o alguien de su familia con quien les guste pasar el tiempo, utilizando técnicas parecidas a las del libro.
¿Cuál creés que es el mejor modo de estimular la lectura?
“Yo pienso que es mostrar los libros a los niños y leérselos y dejarlos escoger sus libros, pero es importante que haya mediación y Filbita es importante también en eso, en hacer del libro un elemento más familiar.”
¡Y conocer a los autores!

“Sí, yo no lo sabía pero a ellos les gusta muchísimo conocer a la persona que está detrás del libro. Yo no sabía que había ese entusiasmo, pero es así.”

Publicado en diario Perfil, 13/11/2016