lunes, 11 de marzo de 2013

Las palabras, el tiempo y las cosas


Gongue
de Marcelo Cohen




“Nunca pasa nada. Nunca. Pasa. ¿Nunca?” Lo que comienza siendo una afirmación termina poniéndose en cuestión. De eso parece hablar Gongue, la última y (sorpresivamente corta) novela de Marcelo Cohen, cuyo protagonista, Gabelio Támper, último habitante del Delta Panorámico, esa zona imaginaria ya aparecida en anteriores novelas, tiene la tarea de vigilar los bienes de su patrón que han quedado bajo el agua. Aislado e inmóvil en su puesto de vigía, su trabajo tiene más de misionero que de custodio de una propiedad abandonada por su dueño. Con su cuerpo debilitado, su fuerza se concentra en la mirada panorámica con la que domina un espacio indiferenciado y monocromo: el delta inundado, en un tiempo suspendido e igual a sí mismo.
Pero otra tarea lo ocupa, la de gestionar (palabra con la que designa su trabajo) el gongue, el instrumento heredado de su padre junto con una serie de mandatos inquebrantables, con el que sostiene la ilusión de mantener la cohesión en un mundo que ha sido abandonado “a la buena de Dios” y que él intenta religar.
Si “la modernidad es un ácido que disuelve a los dioses”, el mundo del Delta Panorámico resulta análogo al nuestro en lo que tiene de alienante y ultramediatizado pero parece exigir una lengua propia que en este texto (aunque no solamente) habla de una búsqueda por encontrar el nombre preciso a la cosa y no de un ejercicio de estilo personal. Nombres propios inventados, palabras de portmanteau (formadas con partes que vienen de distintos espacios semánticos) tan valoradas por los surrealistas, neologismos formados con voces extranjeras y rurales, términos arcaizantes, adverbios modificados: toda una translengua en la que resuena el oficio de traductor en el que su autor se destaca y que exhibe una profunda reflexión sobre el lenguaje, donde el futuro y el pasado o la modernidad y la tradición conviven tensando los límites de un mundo que paradójicamente parece inmodificable. “Adoblástice” podrá ser un material para la construcción, el “pantallátor”, la TV y un “blablasero”, un charlatán y su construcción nos habla de la arbitrariedad con que se forman los términos de cualquier lengua y de que es la propia enunciación la que muchas veces los crea.
La “Panconciencia”, ese caldo mental al que podríamos llamar “opinión pública”, será, para este texto, un “pensar las noticias de todos con las palabras de todos paseando por la diversidad abstracta de las opiniones de todos” y por lo tanto, la prueba de la necesidad de restituir el sentido perdido. “Porque no era, … para que nos metiéramos en barullo social del mundo falso que el Custodio se había ausentado de las cosas, sino para que nosotros, … les entráramos a las cosas con la vista y el oído y la lengua de cada uno, y con las palabras de muy específico vivir las gestionáramos.”
Y en ese buscar la palabra precisa, se arma el texto con frases que se ligan en un continuo cadencioso, con la compacidad de la poesía, su ritmo, su respiración, sus figuras, en una escritura en la que resuena el tono de cierta poesía gauchesca, aquella que Borges recupera y que habla de personajes solitarios y concentrados en una geografía desierta e infinita como el agua que todo lo cubre.
Y los objetos, que en este texto cobran una significación especial, se recortan del paisaje indiferenciado. El gongue, el instrumento que el vigía tañe acompasadamente, en una suerte de ritual budista, que lo mantiene unido a sus antepasados y a su tarea, es el objeto de la tradición, mientras que el espejo, objeto del que carece y que encuentra en la mirada de una mujer, es el que lo empuja a salir y a salirse de sí, al cambio.
Muy distinta es la relación que establece con las cosas de su mundo, aquellas que debe custodiar de los saqueadores, cuando descubre que de los bienes, lo que importa es su carácter no humano, el ser bienes de cambio y no de uso, mientras que las cosas de la naturaleza, requieren ser acompañadas, no custodiadas. “Las cosas, Erico, hay que cuidarlas no porque sean de alguien sino porque están solas. Ni del jefe son, ni de nosotros. Son sólo de sí mismas, las pobres.”
“Decir el color del río bajo esta luz de luna demandaría fina agudeza” reflexiona el vigía. Sólo recuperando palabras en desuso o arcaísmos (‘mecacho’, ‘gaznate’, ‘endemientras’, ‘repelus’, ‘claror’, ‘pánfilo’) es decir, sólo con viejas palabras nuevas, se podrán nombrar las cosas de un mundo abandonado bajo una lluvia que parece no tener principio ni fin.
Y si el tiempo no es consistencia donde algo transcurra, sólo la acción, el recuperar el cuerpo olvidado por el hábito y la obediencia a los mandatos heredados, le permitirá al protagonista “dejar que las cosas sean solas” e ir al encuentro de aquella en cuyos ojos pudo encontrar la imagen de su propia humanidad.

Publicado en diario Perfil 10/3/13

lunes, 18 de febrero de 2013

El arte narrativo


Cincuenta años de la publicación de
En la zona
de Juan José Saer




Cincuenta años pasaron desde que Juan José Saer apareció en la escena literaria argentina con un libro de relatos, En la zona, que desde el título revela una preocupación sobre el lugar de su escritura, construida a partir de una doble negación: de la literatura regionalista y del centralismo de Buenos Aires (ciudad que Saer soslayó cuando eligió París como destino literario). El lugar desde el cual escribe, el litoral santafesino, era un campo intelectual pobre en el momento de su formación: Juan L. Ortiz era la figura que concentraba el interés de los jóvenes poetas junto con la escuela de cine de la Universidad del Litoral. La poesía y el cine de la nouvelle vague en su vertiente literaria, la del objetivismo francés, conforman, entonces, la matriz de una producción que trazó, en este texto, las líneas que desarrollaría después en sus principales novelas y cuentos.
La zona de las orillas hacia el centro de la ciudad como espacio imaginario que confiere unidad a su producción, a la vez demarca, desde estos primeros textos, el límite de sus ficciones donde exhibe sus coordenadas literarias (Borges, Dostoievski, Kafka, el siglo de oro español) y frente a un contexto cultural que en los 50 y 60 estaba atravesado por la experiencia del boom y la literatura del compromiso, Saer se ubica por fuera de estas líneas, en una postura adorniana de rechazo frontal a la idea de masividad en el arte.
Si la poesía estructura los primeros cuentos de la primera parte, “Zona del puerto”, escritos en una sola frase escandida por el ritmo que las pausas le dan a la lectura, la presencia de Borges (y de Arlt) domina estos relatos de compadritos, prostitutas, jugadores y cafishios que encuentran su destino y mueren traicionados por sus pares.
Atilio (un rufián melancólico y sobreactuado) es el protagonista de varios de estos cuentos, donde se pone en escena todo el sistema de liderazgos en esa microsociedad, en la que la lucha generacional encarnada en el parricidio remite al traspaso de la hegemonía en el campo literario.
En “Los amigos”, quizás el cuento en el que más dialoga con Borges, un taciturno jugador traicionado por su amigo, espejo invertido de sí mismo, espera diez años su regreso con el arma cargada, sentado bajo un árbol del patio de la pensión (topografía predilecta del universo saeriano) hasta descubrirlo sentado en la misma posición, en el patio de la pensión de enfrente y lleva a cabo el acto que los completa a ambos, la muerte del traidor.
Los personajes de los cuentos que forman la segunda parte, “Más al centro”, a medio camino entre el mundo prostibulario y el mundo intelectual, deploran el ahogo provinciano y transitan una ciudad deslocalizada (como los personajes de Cortázar) con una topografía precisa -el bar de la galería, la estación de ómnibus, el puente colgante- pero abstracta. “Una ciudad es para un hombre la concreción de una tabla de valores que ha comenzado a invadirlo a partir de una experiencia irracional de esa misma ciudad. Es el espejo de sus creencias y de sus acciones”, afirma Barco, el protagonista de “Algo se aproxima”, el texto fundante de todo el sistema de personajes y temas que prefiguran su obra.
Este relato o protonovela, se abre con la escena generadora de ficción en Saer: dos personajes, Barco y Tomatis (que aquí todavía es “él”) haciendo un asado y conversando, con una distancia irónica, sobre arte y literatura. Las mujeres, desdibujadas, tontas, poco interesantes, meros objetos que asisten a los hombres, forman parte de un universo decididamente masculino.
Con un comienzo que suspende el desarrollo de la acción y la descompone en sus mínimos gestos (comer, fumar, bailar, hablar), hace de la descripción el procedimiento con el que recorta los objetos (el vino, el paquete de cigarrillos, la carne asándose) hasta darle un peso material a lo narrado, en la línea del objetivismo trabajado por el nouveau roman. Con un registro minucioso de la percepción y un trabajo con el tiempo presente, describe las acciones en su pura gestualidad escamoteando su sentido, su finalidad.
Además de la construcción del universo literario saeriano, este texto formula varias cuestiones estéticas: cómo escribir dentro de un campo literario sin tradición que Saer asimila a la imagen de la ciudad en medio de un desierto (“Es como un cuerpo sólido e incandescente irrumpiendo de pronto en el vacío”) -imagen que define muy bien su proyecto literario- y plantea la universalidad de la literatura cuando sostiene que el escritor debe “dar un paseo por el sistema solar para llegar a la esquina de su casa”.
La política, omnipresente en los comienzos de los 60 (el año en que la joven revolución cubana recibía la visita de Sartre y Simone de Beauvoir) presiona y problematiza una escritura experimental que se pretende autónoma de lo social, que se desentiende del sentido y que apuesta por un arte con mayúsculas. “Dirás que para qué escribo mi novela. No sé. Dirás literatura. Posiblemente. Casi seguro”.

Publicado en diario Perfil

miércoles, 13 de febrero de 2013

Mala leche


Madres Fuck You!
de Marcos Rosenzvaig


¿Qué poderoso hechizo impulsa a las mujeres a convertirse en madres? Esta parecería ser la pregunta que el maltratado narrador/autor cuyo apellido cambia según quien lo pronuncie, lanza al mundo. Y la palabra hechizo no es casual en una historia donde las mujeres, sin excepción, forman parte de una secta de malvadas criaturas decididas a terminar con el género masculino después de haberse apropiado de su único bien: el semen.
Madres, hijas, abuelas, bisabuelas, novias, abogadas, maestras y directoras, utilizando los recursos que su maquiavélica naturaleza les provee, seducen y aniquilan a los hombres librando una guerra que para ellos, está perdida de antemano. El protagonista y sus dos vapuleados amigos emprenden una cruzada contra la poderosa organización “Leche materna”, constituida por un ejército de lesbianas enardecidas, representación grotesca de la no menos poderosa institución de la maternidad y su nave insignia, la arquetípica madre judía, cuyo amor sin límites tiene la capacidad de devorar a sus criaturas. En el camino se encontrarán con la dolorosa historia de su fallida paternidad, contratara de una relación maternal que los ha mantenido “esposado a esa mirada” devastadora y con la perversa realidad de otra forma de aniquilación sobre los hijos, la que viven los miles que viven en la calle, abusados y explotados hasta encontrar su propia muerte.
Pero volviendo a la pregunta del comienzo, quizás lo más pertinente sea preguntarse: ¿Qué hace la maternidad con las mujeres? Pero eso sería formularla en términos políticos y las respuestas seguramente nos hablarían de la necesidad de crear nuevas formas de relación más cercanas al amor autónomo que al dominio afectivo. Pero esto es tema de otros libros y no de esta, por momentos, atolondrada novela.

Publicado en diario Perfil 10/2/13

lunes, 4 de febrero de 2013

Conocer el mundo por sus extremos


Diario de viaje a Oriente (1850-51)
y otras crónicas del viaje oriental

Autor: Lucio V. Mansilla
Edición, introducción y notas: María Rosa Lojo




Pocos períodos en la historia mostraron tanta confianza en sí mismos como el siglo XIX, en el que la fe en el progreso de la mano de la ciencia potenció el afán de conocer el mundo hasta sus confines. El relato de viajes fue el género que mejor lo expresó y que en Argentina dio grandes nombres como los de Guillermo Hudson, Francisco Moreno y Lucio V. Mansilla. De este último, se publica su inédito diario de viajes a Oriente, encontrado por sus descendientes y transcripto del manuscrito original en forma fiel en esta edición, resultado de un proyecto de investigación del CONICET.
La importancia de este hallazgo radica en que constituye el material con el que Mansilla construyó toda su obra posterior. Muchas de las experiencias que adquirió en este viaje iniciático por la India, Egipto y Europa a la edad de 18 años, fueron la fuente de las futuras Causeries del jueves, la columna semanal que le dio un reconocimiento masivo, pero fundamentalmente, fueron la matriz de un imaginario con el que transgredió las formas de abordar al Otro, cristalizada en nuestro país en la dicotomía civilización/barbarie.
Hijo de una de las principales familias del patriciado argentino, sobrino del poderoso Juan Manuel de Rosas y prototipo de la figura del político letrado, fue un personaje tránsfuga que lejos de consolidar su brillante herencia, dedicó su vida a viajar, leer, conversar y escribir las crónicas que su mirada atenta y curiosa hacia el “otro” plasmó en una de las escrituras más singulares de nuestras letras. Su carrera militar, algo accidentada, exhibe las marcas de su espíritu crítico con las crónicas sobre la Guerra de la Triple Alianza que generarían malestar entre sus superiores y las ocurrencias temerarias que lo hicieron famoso como “la de subirse al merlón de la batería y colocarse cabeza abajo para mirar el mundo desde otra perspectiva, mientras oía silbar las balas sobre él.”
Para sus investigadoras, el largo viaje a Oriente fue la condición de posibilidad de esta mirada sesgada, irónica, cosmopolita, tolerante y a contrapelo del discurso dominante que le permitió transformar en “excursión” lo que para la ideología oficial era conquista y aniquilación. Fascinado por lo desconocido, fascinó con su prosa y su conversación encantadoras a sus contemporáneos y delineó para sus lectores presentes y futuros una imagen heterogénea de la identidad nacional.

Publicado en diario Perfil 3/2/13

lunes, 28 de enero de 2013

Autobiografía de Víctor Shklovski


La tercera fábrica / Erase una vez




Lleno de triste insolencia está este libro. El oximoron pertenece a su autor, que lo escribe “de puño y letra” en una dedicatoria, gesto que encarna los años de la primera vanguardia, la de los años 20 del siglo pasado, el tiempo al que Shklovski vuelve en estos dos textos autobiográficos, “La tercera fábrica” de 1926 y “Erase una vez” de 1964, para interrogarlo y dialogar con la generación que lo edificó: Maiakovski, Jacobson, los formalistas -Tinianov, Eichenbaum-, Blok, Iakubinski, los futuristas, Eisenstein, Gorki, Lenin.
Profundamente imbricado en su tiempo y su espacio amado, la ciudad de San Petersburgo donde nació en 1893 y el epicentro del proceso que llevó a la revolución rusa, con una prosa poética poderosa, ilumina, yuxtaponiendo fragmentos, todo lo que toca: la Gran Guerra; la simpatía de los soldados enemigos por la revolución; las fachadas de San Petersburgo donde lee el conservadurismo de la burguesía autóctona; Tolstoi y el siglo XIX ruso; los modos específicos de narrar en la oralidad; la imprescindible autonomía del intelectual frente al estado (“en nuestro trabajo es mejor no secundar, sino investigar”); el pasaje del lento siglo XIX, al apresurado siglo XX (“la juventud viaja en tranvía, la vejez vuela en un Tu-114”), como del imperio zarista a la república soviética en los modos de nombrar el mundo; la infancia, una y otra vez; el frío, el hambre y la escritura (“la papa y la zanahoria que traían de regalo, como si fuesen flores, la poesía y el día de mañana eran sagrados”); el trabajo comunitario en la OPOIAZ -la Sociedad para el Estudio de la Lengua Poética- donde los formalistas desarrollaron sus trabajos, mientras reflexiona y produce gran parte de la teoría que dominó los estudios literarios en Occidente hasta hoy.
La forma poética -principal preocupación de esta escuela- se presenta desde el inicio de “La primera fábrica”: “Yo pego el fragmento de un trabajo teórico. Como un soldado que al vadear un río levanta su fusil”. El montaje, procedimiento que el cine de Eisenstein inauguró, construye su escritura conformando un texto que entrama pequeños relatos o anécdotas cómicas -noticias interesantes sobre algo se lo llamaba en el siglo XVIII- que desdramatizan la dureza del contexto con afirmaciones definitivas acerca de lo humano en su sentido más profundo. “Quiero hablar con mi tiempo, entender su voz”, reclama Shklovski como condición de posibilidad para pensar la literatura y desde ese lugar debate con sus contemporáneos a través de cartas, como la que le envía a Jakobson cuestionándole su conservadurismo. (“Dime pelirrojo: ¿para qué quieres ser un académico?”)
El resultado es una obra que puede ser leída como un manifiesto hecho de fragmentos, donde el impacto de los medios masivos y de la publicidad que tan bien registró el constructivismo aparece en primer plano. “La ciudad se crispaba y se cortaba en partes.”
De la escultura aprende a hacer surgir en el material, la forma general; del incipiente cine, el montaje de dos ideas para producir una metáfora: “Vino la guerra y me cosió a ella con las charreteras de voluntario”; de la confrontación del escritor con su época y de la disrupción en la historia -la revolución-, las reglas del cambio en el arte; del relato de una historia de aventuras, los procedimientos del arte narrativo; de la idea de Tolstoi acerca de que observar las cosas para describirlas impide verlas, la sutileza de su estilo literario.
Capta en el discurso familiar, las marcas de clase de la pequeña burguesía rural: “Las tías... hablaban discretamente siempre de lo mismo, nunca de algo importante... Habrían podido ser personajes de Dostoievski si se hubieran permitido pensar y hablar de sí mismas.” Contra la filología clásica, busca detrás de los libros la vida del idioma y en la poesía, el mundo. (“Trazos de paisaje se adhirieron al fuego, se fundieron con los versos de Maiakovski.”) o cómo la vida y el artista cambian el sentido de las palabras según las necesidades expresivas de su época, cuestión que percibe en las canciones populares escuchadas en la calle que retornaban, transformadas en poesía, en los experimentos futuristas.
La revolución de Octubre, en su recuerdo, toma la imagen de una tormenta eléctrica en el mar. “Yo querría escribir que veo cómo rompen el pasado usando los relámpagos como palanca”. Y al considerar dialécticamente al pasado en el presente, que cambia como la sociedad humana, describe la ciudad en un doble movimiento (“A la izquierda estaba el redondo circo de madera Modern; aquí habrá mitines después de la revolución.”) con el que liga ambos tiempos irreconciliables.
“Yo tenía una ventana propia por la cual observaba el mundo” recuerda haber escuchado de labios de su maestro. Sus libros, con el tiempo, se transformaron en una de las herramientas imprescindibles para el trabajo intelectual, y conviene, como una linterna, tenerlos siempre a mano, para iluminar épocas oscuras.

Publicado en diario Perfil 27/1/13

miércoles, 26 de diciembre de 2012

En busca de la madre patria


La casa de Matriona
Incidente en la estación de Kochetovka

de Alexandr Solzhenitsyn



Que estos dos relatos son autobiográficos lo dice el autor en las notas finales, donde denuncia las condiciones de publicación y los cambios exigidos por la editorial, en el año 1963, una muestra de los reacomodamientos políticos posteriores al período stalinista.
La casa de Matriona sería la continuación de Un día en la vida de Iván Denísovich, el relato sobre la vida en un campo de trabajos forzados, e Incidente..., la primera parte de esta trilogía, donde narra una escena en la comandancia militar de una estación de ferrocarril durante la Segunda Guerra.
La vuelta a la aldea de un ex preso político en busca de la identidad rusa es el tema del primer relato, que para este autor, está ligada a los valores campesinos, al pasado, en oposición a la estética del realismo socialista, exaltador del futuro. Matriona -que evoca desde el nombre a la madre tierra- generosa y simple, es la mujer que le da hospedaje en el remoto pueblo donde consigue trabajo de maestro y que morirá trágicamente por la ambición miserable de los otros, en las vías del tren, espacio simbólico de la literatura donde viaje, destino y cruce se conjugan.
El segundo relato se desarrolla en la pequeña oficina del soldado encargado del control de los transportes en una estación de tren, un engranaje de la maquinaria estatal que termina delatando a un actor provinciano a causa de una palabra desafortunada de este último que lo convierte en sospechoso de ser un espía emigrado.
En el epílogo, el traductor explica las dificultades que los giros dialectales le generaron, dificultades difíciles de confirmar por nosotros, ya que la traducción española es tan horrorosa que a duras penas sobrevive la prosa de Solzhenitsyn, que demuestra ser de una gran solidez para resistir semejante maltrato.

Publicado en diario Perfil 23/12/12

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Entrevista a Alberto Nadra

Apogeo y caída del Partido Comunista argentino





Apellido mítico en la historia del Partido Comunista argentino, su autor, Alberto Nadra, dirigente de la FJC y más tarde del Comité Central, cuenta en este libro las razones de su doloroso y definitivo alejamiento, las mismas que explican la implosión del mayor partido de izquierda de nuestro país y formador de varias generaciones de políticos. Militante desde la adolescencia y periodista de oficio, dirigió los periódicos de esa organización y como corresponsal de agencias extranjeras y Jefe de Redacción de la agencia de noticias cubana Prensa Latina, mientras denunciaba las atrocidades que las dictaduras del Cono Sur cometían contra sus ciudadanos, fue el primero en publicar en el exterior la Carta a la Junta Militar de Rodolfo Walsh y el responsable de difundir el último poema escrito por Víctor Jara. Una historia escrita con el cuerpo, con la pluma y la palabra.

Decís que este libro, a pesar de estar escrito desde la conciencia y las vísceras, no es una autobiografía. ¿Cómo lo definirías entonces?

Yo lo definiría como un libro que intenta aprender de las propias derrotas para seguir siendo un militante, que es lo que fui toda mi vida y es lo que voy a seguir siendo hasta el final.

En tu relato hay más recuerdos del edificio del Comité Central del PC, en la Av. Entre Ríos que de las casas donde se fueron mudando, por la militancia de tu padre. ¿Cómo fue la tarea de hacerse un lugar en esa familia?

Se fue dando naturalmente, siendo una familia donde todos fueron destacándose en los ámbitos en los que se movieron. Hay un momento en el que les cuento a mis hermanos que escribí el libro, y de todo lo que sabíamos de nosotros, que es mucho, nos faltaba casi la mitad. Todos habíamos tenido otra vida, una parte secreta de nuestra militancia, que nunca fue revelada. En algunos casos, yo controlaba operaciones que estaba haciendo mi hermano mayor, como parte de la dirección del partido y no sabía que era mi hermano el que las estaba haciendo. Y sí, fue mucho más nuestra casa el local de Entre Ríos que las casas donde vivimos, que eran todas de paso. Muchas veces iba al colegio con documentos fraguados. Mis amigos no podían venir a mi casa, mi familia tampoco. Todo eso nos blindó frente al exterior, fue una consecuencia lógica.

El libro invita a una reescritura de la historia de las organizaciones armadas en la Argentina, al demostrar que fue el PC el organizador del primer grupo guerrillero que existió en nuestro país. ¿Qué otras omisiones encontrás en la historiografía política argentina?

Yo revelo que efectivamente el PC era una organización político-militar y como tal tenía un trabajo hacia las FF.AA. El partido tenía sus propios oficiales y suboficiales, por lo tanto, se trata de redefinir en qué plano se dio el debate ideológico, político, de la lucha armada. Algunos creen que se inició con los Uturuncos y la guerrilla rural, pero entre el 38 y el 42 se desarrolla una potente guerrilla en el Chaco dirigida por los comunistas, cuando el Chaco era territorio libre de las grandes empresas. Esto no está registrado, es la primera vez que se publica. Otro punto esencial son las acciones de sabotaje a los nazis durante la 2da. Guerra Mundial. Otro, absolutamente desconocido, es cómo, entre los servicios de inteligencia de los países socialistas, especialmente la ex Unión Soviética, los partidos comunistas y algunas organizaciones revolucionarias se descubrió la existencia de la “Operación Cóndor” y cómo se armó la contraofensiva ideológica para denunciarla, de la que formé parte junto con otros periodistas latinoamericanos.

Otro secreto bien guardado: el mítico aparato financiero, del que tu familia fue víctima. ¿Qué diferencias hay entre este libro y el trabajo de Gilbert, El oro de Moscú?

La diferencia esencial es que Gilbert hace la investigación más documentada que existe sobre el tema, pero confía en las fuentes ligadas a ese aparato financiero. El tuvo la versión de los victimarios, no de las víctimas. Es decir, de las cosas que hicieron algunos personajes, desde Gelbard a Gold, cuya hija ahora factura 1200 millones de dólares por año. El banco Credicoop, que creció por exigencia del mismo régimen que obligó a disolver las cajas de crédito y convertirse en banco, y todos los que quedaron trabajando en ese “frente” vivieron muy bien, con todas las comodidades, pero es un aspecto menor. Yo hablo de un solo negocio que producía un millón y medio de dólares por mes para sostener al PC, que fue boicoteado por el sector oficial, los que aparecieron como los grandes benefactores, cuando en realidad, ellos, que eran simples testaferros en sus orígenes, terminaron siendo los dueños. El famoso “directorio”, cómo funcionaba y cómo estafó en el sentido de apropiarse de las entregas voluntarias como la de mi padre y muchas otras, y mientras estas personas se hicieron millonarias, los que entregaron sus bienes murieron en la pobreza, y sobre todo, cómo esto ejerció una fuerza ideológica casi de chantaje, en algunos casos forzando posiciones políticas.

Además de enterarse de la existencia de la “Operación Cóndor”, se enteraron de que la cúpula del partido manejaba esta información desde hacía dos años. ¿Fue ese el disparador de la lucha contra los “dinosaurios”?

Lamentablemente fue el disparador de algunos de nosotros solamente. El gran shock fue la derrota del peronismo en el 83 al que el partido apoyó pese a que estaba impulsando el indulto, y frente a eso, hubo mucha disconformidad. A pesar del papel heroico de muchos militantes y dirigentes (hubo 1500 secuestrados, 500 desaparecidos, 120 de ellos que nunca más aparecieron) la posición política pública era indigerible, lo que determinó toda esta reacción a favor de la democratización, la desburocratización, que fue traicionada por los líderes que elegimos en ese momento.

El capítulo donde denunciás con nombre y apellido a los que, finalmente, se hicieron con el poder y llevaron al partido al vaciamiento, ¿cuánto trabajo te llevó escribirlo?

El relato de la caída del partido me llevó buena parte del trabajo, ya que la otra parte eran revelaciones de las acciones solidarias, que fue absolutamente liberador. En cambio, esta parte tan mezquina, tan lamentable de los que traicionaron dentro del círculo muy estrecho que nos planteamos transformar el partido, me costó muchísimo.

La derrota del proyecto por el que trabajaste y militaste no impidió que volvieras a apostar por una nueva construcción política. ¿Cuál es ese proyecto?

Yo sigo siendo marxista, sigo creyendo que el mundo necesita una sociedad poscapitalista, que no se base en los principios de explotación y superganancia. Pero no opina así el mundo, aunque haya indignados, ni opinan así los argentinos y ningún cambio se da si no es con el acuerdo de la gente. Por el momento tenemos que elegir los mejores caminos dentro de lo posible, y si este proceso encara el tema de los DDHH, el rol del estado, paliar la extrema pobreza, re-estatizar sectores básicos para recuperar cierta soberanía nacional, yo eso lo apoyo con todas mis críticas.

¿Quiénes son los destinatarios de este libro?

En primer lugar, todos los compañeros que se los ha llevado la represión, son los destinatarios de mi alma. En segundo lugar, los sobrevivientes de mi generación, los que fuimos protagonistas de la lucha civil contra la dictadura, que la historia contestataria de estos días omite y finalmente, para las nuevas generaciones, por favor, que comprendan que esto es una vocación real, de compromiso con los que menos tienen y decisión de llevarlo adelante. Uno de los errores que cometimos todos los que compartimos la voluntad de cambio en los 60 y 70, fue pecar de autoritarios, de dueños de la verdad. Las nuevas generaciones, que aprendan de nuestros errores que costaron tan caro… yo creo que si bien estamos en otra época, lo que sí va a costar es construir oportunidades de cambio en este país.




“-Alberto, ¡volvieron los camaradas del primer contingente! –anunció Patricio [Echegaray] exultante. Estábamos tomando mate en su casa de Floresta cuando me anunció estas últimas nuevas sobre un grupo de compañeros que había concurrido a combatir en Centroamérica contra las persistentes zarpas de las dictaduras que aún se perpetuaban en algunos países.
-¿Los que estuvieron en el frente?- pregunté con interés.
-Sí, pero más que eso- rectificó con una amplia sonrisa mientras pensaba, quizás, que me revelaría “la mejor parte de la noticia”.
-Ahora son expertos en interrogatorio “a cuchillo” –aclaró.
Ya habíamos tenido cortocircuitos.
Al escucharlo hablar de ese modo me recorrió un violento escalofrío. ¿En qué se estaba transformando uno de mis mejores amigos en ese entonces?
Pensando a mayor escala, ¿En qué se estaba transformando uno de los principales líderes del Partido, con una popularidad creciente que, sin embargo, se extendía entre una de las peores partes de un PC que se estaba fragmentando?
Lejos del resultado que él esperaba, estallé. La indignación era casi incontenible y, desconcertado, Patricio balbuceó algunas explicaciones para calmarme.
Pero no había vuelta atrás. Algo fundamental y muy profundo, se acababa de romper definitivamente en nuestra relación.”

De Secretos en rojo, Corregidor, 2012, página 124.

Publicado en diario Perfil 8/12/12