lunes, 8 de septiembre de 2014

Universos a punto de estallar

Entrevista a Giovanna Rivero


María Eugenia Villalonga(desde Buenos Aires)vie sep 5 2014
AUTORA DE una obra que crece en extensión y profundidad con la que ganó el Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz en 1996 y el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo en 2005, la boliviana Giovanna Rivero ha sido incluida entre "los 25 secretos mejor guardados de Latinoamérica" por la Feria del Libro de Guadalajara de 2011. Hace ocho años que vive en Gainesville, Florida (USA) pero viaja con frecuencia a Bolivia.
-¿Cuándo empezaste a escribir?
-La escritura literaria comenzó a los veinte años, pero el deseo de narrar comenzó mucho antes, en la infancia, mientras escuchaba los relatos vanguardistas de mi abuela paterna, que mezclaban leyendas populares con ovnis y un futurismo evangelista estremecedor. Ya de entrada el relato oral de esta madre literaria que fue mi abuela me mostró un territorio donde era posible cruzarlo todo.
-Tus historias parecen universos a punto de estallar: está lo ancestral, los saberes campesinos, lo pop y ultramoderno en diálogo con la literatura universal.
-Yo crecí en Montero, un pueblo del oriente boliviano que hasta mediados de los años noventa era muy pueblo. Sin embargo, la modernidad siempre se las arregló para filtrarse a través de fisuras en el provincianismo original, y en ese sentido creo que mi madre fue una ventana interesante. Ella llegó al pueblo cuando se casó con mi padre y, aunque no había podido continuar la carrera de Filosofía y Letras, traía la cabeza llena de ideas y nombres franceses que la hacían ver diferente. Eso, claro, no era del todo placentero y yo podía percibirlo. Lo que quiero decir es que todos esos universos a punto de estallar, que vos mencionás tan acertadamente, en realidad no los he inventado; los tomé de estas contradicciones que me rodearon. Una anécdota: hace poco mis hermanos y yo nos dimos cuenta de que los únicos que en la escuela usábamos la palabra chemis éramos nosotros. Todavía no sabemos cómo se escribe y qué exactamente significa, si mi madre se la inventó o es una mala copia de alguna palabra francesa, pero la bebimos de su lenguaje, un lenguaje que resistía la vida de provincia, que como toda aldea también podía ser un pequeño infierno.

LOS PERSONAJES COMO VIAJES.

-David Viñas definió hace mucho tiempo a la literatura latinoamericana como "literatura de frontera", comenzando por las crónicas de los conquistadores. ¿Cuál pensás que podría ser ese espacio en tu escritura?
-Creo que un elemento de la crónica es esa naturalidad, ese hilo discreto pero sincerísimo que vincula la vida con la sorpresa. Además de que como género mismo cultivo la crónica, sobre todo la que ofrece un umbral mestizo con la ficción o la memoria. Quiero decir que ese ejercicio de trenzar lo ordinario con lo extraordinario no queda excluido a la hora de sentarme a escribir narrativa.
En mi escritura ese espacio fronterizo reside, creo, en el ethos vital de los personajes. Veo a los personajes como viajes de sí mismos, y en ese recorrido están expuestos a transformaciones, a veces dolorosas, que tienen que ver con la orilla opuesta: si no eran religiosos, son amenazados por el fanatismo; si eran apolíticos, se convierten en líderes; si odiaban, conocen el lado más revolucionario del amor. Me interesa mucho esa confrontación con un otro que respira adentro esperando la mínima oportunidad para revelarse y rebelarse.
-Hablando de fronteras, parece ser una constante en nuestros escritores, desde el siglo XIX hasta hoy, escribir desde las grandes metrópolis con la mirada puesta en el terruño.
-Con la era de Internet esa migración que antes se hacía necesaria debería ser menos imperiosa. Los escritores del boom latinoamericano que se desplazaron hasta París necesitaban que el gran diálogo latinoamericano que se había instaurado con la Revolución cubana conquistara otros interlocutores. Hoy no existe esa premisa, hay mucha heterogeneidad y confusión política, de tal modo que se emigra con otra mochila. El éxodo literario actual tiene más que ver con razones académicas, laborales, amorosas, qué se yo. De todos modos la distancia permite una perspectiva distinta sobre el propio país, pero también implica el riesgo de no respirar la vitalidad cotidiana.

SIGNIFICANTE: SER MUJERES.

-En tus libros el universo femenino está explorado en todos sus detalles con perspectiva de género, pero sin conmiseración. ¿Qué ves en las mujeres que después trabajás en tus personajes?
-Mucho de lo que veo en mí misma. Claro que mi última narrativa se aleja del solipsismo. Lo que pasa es que las mujeres pasamos por trayectos culturales, políticos y sociales igual de jodidos que los varones cuando vamos construyendo ese significante, el de ser mujeres. Cuando vas creciendo y las voces legitimadas por lo institucional te dicen qué es ser mujer y qué definitivamente no lo es, y cuando no cabés en esos moldes, claro que sufrís, algo se escinde. Un aspecto que me interesa mucho narrar de mis personajes mujeres es justamente esa escisión, porque ahí, en ese corte, tiene que anidar otra cosa.
-Otro campo de batalla en tus textos es la familia. En tu última novela,98 segundos sin sombra, el odiado padre de la protagonista es un ex guerrillero. ¿Qué permitiría explorar este conflicto?
-La familia... ese sí es un nido de conflictos, para decirlo en onda melodrama televisivo. Cuando yo era niña siempre me preguntaba cómo es que mi padre y mi madre, que parecían de tan distintos planetas, decidieron vivir juntos por el resto de la vida. Ahora creo que, en efecto, la familia es un laboratorio de subjetividades justamente por ese encuentro de dos historias que remiten a otras tantas. Esta genealogía cuántica -dejame que lo diga así- a veces hace crisis en un hijo o en una hija, como si el flujo de vidas ya no pudiera seguir circulando sin confrontar algunas viejas cuentas históricas. En 98 segundos sin sombra el papá es un ex guerrillero, pero además es un ex en todo aspecto, un ex soñador, un ex joven, un ex patriota, y ahí, en esa claudicación se gesta la rabia de la hija, porque a ella se le reclaman victorias que no sabe cómo va alcanzar. Yo no diría que la chica odia al padre. Los adolescentes suelen odiar porque les duele el amor incondicional, que es lo que está de fondo.
-La política nacional tiene un lugar destacado en tus textos. ¿La distancia geográfica mejora la mirada?
-La política, como la religión, es una fuerza que atraviesa a mis personajes, porque es parte de la vida real. Como sucede en muchos países latinoamericanos, Bolivia es muchas Bolivias, y los personajes, aunque pueden ser contemporáneos del mismo conflicto, experimentan una demanda política diferente. Creo que en gran medida esta novela recupera emociones de los años ochenta, cuando entró brutalmente el neoliberalismo a Bolivia. Yo no entendía nada, claro, pero la impronta de cosas contradictorias, de ver gente eufórica y a la vez gente que exudaba derrota, se me quedó para siempre. Quise conectarme con eso en la escritura de este libro.
-¿Estás en algún proyecto nuevo?
-Estoy con una novela en la fase de la escritura inconsciente o del corazón, pero mientras ese story line esté todavía en estado precámbrico prefiero no adelantar nada. Luego ya viene la fase en que la cuento oralmente hasta llenarla de vida; entonces comienza el tecleo. 
Publicada en El País de Montevideo, 5/9/2014

lunes, 25 de agosto de 2014

Literatura norteamericana actual

Alt Lit

Varios autores



El oficio de editar —como el de la crítica— tiene muchas veces entre sus cualidades la de recortar una escena literaria contemporánea. La empresa supone riesgos, como las decisiones relacionadas con el registro de la lengua a la hora de la traducción, cuestión de la que este libro se hace cargo, trasladando los modos del habla juvenil norteamericana a los de nuestra propia lengua.
Los compiladores de este trabajo quisieron averiguar cuál es el estado de la literatura norteamericana actual, aquella que no se refleja en los catálogos de las grandes editoriales, y se encontraron con un campo literario potente, en movimiento, y con textos que, al igual que la tradición nacional de la que provienen, exhiben las marcas de su sociedad en toda su complejidad: la de un imperio en decadencia, con la herida narcisista de sus torres derribadas, y la desindustrialización y las burbujas financieras mutando ciudades.
Los jóvenes que integran esta antología —en su mayoría sub treinta— parten de un movimiento cultural que se llamó “Nueva Sinceridad”, en contraste con el cinismo que dominó en los años noventa. También llamados “Generación Offbeat, en una lejana alusión a los beatniks, muchos de ellos se muestran contrarios a la moda y al pop, antimilitaristas y cultores de la alimentación orgánica, a la vez que atravesados por los pilares de la sociedad norteamericana: el consumo y la poderosa industria alimenticia y del entretenimiento.
Si los modos de relación hoy funcionan en redes, los textos de estos autores circulan por Internet (y de allí fueron seleccionados). Su lengua se nutre de los chats y los posts, y son las plataformas digitales y los blogs los espacios que eligieron para construir un modelo literario confesional en sintonía con lo que la crítica viene llamando el “giro autobiográfico” (esa literatura en la que el yo, en su afán de plasmar una identidad literaria, se transforma en espectáculo, y en la que los modos de representación ficcional no tienen mucho que ofrecer a esas “performances de autor”). Estas “vidas literarias” que sostiene el giro autobiográfico transcurren en Internet y, como toda literatura, se preguntan por el vínculo con la experiencia en tiempos en que el cuerpo ha dejado de ser el lugar de la experimentación (y los personajes anoréxicos proliferan como los “amigos” virtuales de los chats), y la imaginación mediática ofrece remedos de experiencias (“ser atacado por un tiburón sería interesante pero sólo porque lo vi en la tele”) a seres que han nacido en la era de la conectividad (“quiero irme de mi habitación una vez por día”).
Desocupados y subocupados, migrantes, alcohólicos, jóvenes white trashpueblan estos relatos de muy diversa factura, que en algunos casos logran momentos de altísima especulación política y filosófica, como un relato de la distopía orwelliana donde la idea de biopolítica se extrema hasta límites intolerables. De ahí que esta antología pueda ser vista como un mapa literario del presente gringo, para recorrerlo y seguir navegando.
Publicado en Otra Parte semanal, 22/8/2014

Doble de cuerpo

Uno es un número solitario


Larry Camonille acaba de fugarse de la cárcel junto con otros nueve convictos con un solo objetivo: ganarle la carrera a una muerte por tuberculosis y para eso cuenta con “seis balas y un arma para llevarlo a México”, la mirada alerta y el olfato desarrollado, dos de los sentidos con los que esta novela registra y explora los códigos de una sociedad en la que la traición, el abuso y la delación son moneda corriente. Cuando descubre que su chica lo abandonó llevándose su dinero, comienza una carrera frenética por conseguirlo y darse a la fuga antes de que alguien lo reconozca.
Pero los planes de este hombre duro y solitario se complican cuando dos mujeres fatales –una belleza en decadencia y una lolita irresistible- lo enredan en sus propios planes ilegales, subrayando la misoginia propia de estos relatos.
Pocos géneros como el noir han sido capaces de exhibir en su trama la materialidad del mundo que se proponen representar. Los detalles saturan los escenarios como los cuartos malolientes donde las mujeres se prostituyen por centavos, los bares donde se respira un aire pegajoso y “usado por todos” como los cuerpos de las mujeres, los antros donde consumir drogas, iluminados con “bombitas rojo sangre y verde bilis” y el barrio de los negros donde se escucha, asordinado, un lamento, el “sonido de terciopelo” de un blues, conformando el cuerpo del delito que no es otro que el cuerpo social de la pobreza.
Y si en este mundo degradado la ética es sólo patrimonio del prófugo de la justicia, la juventud será el valor supremo para una generación que hará de la rebeldía sin causa su mayor bandera.

Otro de sus muchos aciertos: el tiempo del relato, cercano al vértigo cuando el peligro –las mujeres- están cerca y ralentizado en las escenas de enfrentamiento con la policía, narradas “en tiempo real”, con la precisión de un cirujano y desprovistas de toda épica, porque para algunos, finalmente, el único destino posible es el fracaso.

Publicado en diario Perfil, 24/8/2014

lunes, 4 de agosto de 2014

En el pantano del capitalismo tardío

En la orilla


Incontables son las novelas que se han escrito y continúan escribiéndose sobre las consecuencias de la Guerra Civil Española. Hay toda una narrativa que no deja de volver sobre esta herida que no cierra y que la transición no hizo más que ahondar. Y Rafael Chirbes, sin ser la excepción, traza una línea que dolorosamente la une con la brutal crisis que a partir del 2008 destruyó la economía de los países más débiles de Europa, de la que España se pensaba a resguardo.
Comienza la novela con el hallazgo de un cadáver disputado por dos perros a orillas de un pantano en la región de Olba, escena registrada por un emigrado marroquí que acaba de perder su trabajo. Pero el protagonista es Ernesto, el dueño de la carpintería heredada de su padre, a quien le han embargado todo, una vez que su socio en varios emprendimientos inmobiliarios terminó de fugarse con rumbo desconocido.
Y es ese mismo pantano el espacio literario que este autor elige para proferir su diatriba contra una sociedad que le dio la espalda a la generación que luchó contra el franquismo y se sumó al tren de la posmodernidad, y que al descarrilar, dejó a la mayoría hundiéndose en la desesperación. Con una escritura despojada y un lenguaje directo, describe a los miserables de su época: recientes propietarios de emprendimientos exitosos quienes se han desentendido de los límites que la ética reclama, a costa de los mismos de siempre, los millones que migran en busca de una vida posible.
Y si bien en este juego Ernesto lo ha perdido todo, descubre que lo que ha perdido jamás le perteneció, porque en su lucha personal contra el mandato de un padre comunista que ha vuelto vencido de la guerra y la cárcel, quedó atrapado en una historia de derrota en la que fue hundiéndose como los cadáveres en el pantano.

Sobremodernidad llama la antropología actual a este presente veloz y saturado que nos impide entender nuestro pasado y nos empuja a la desilusión hasta hacernos perder la brújula. Algo que este autor vislumbra sin llegar a encontrarla.

Publicado en diario Perfil, 3/8/2014  

martes, 22 de julio de 2014

Políticas de la lengua

Escritos sobre el lenguaje


Atento a la formación inicial de Gramsci como catedrático -brillante- en Lingüística, Diego Bentivegna, responsable de la edición de los textos de este autor, (que fue escribiendo, algunos, como apuntes sobre trabajos de otros, la mayoría, desde la cárcel), recupera un aspecto central de la elaboración política que su lectura confirma: la importancia que Gramsci le atribuyó al estudio del lenguaje en toda su complejidad (la cuestión de la enseñanza, la normativa, el habla dialectal, los procesos de formación de las lenguas, el vínculo con su tradición, en definitiva, la lengua en relación con la clase y el poder) consciente de que lengua y sociedad no son términos individuales sino que, por el contrario, la lengua constituye una metáfora de lo social.
Si bien los vientos de la historia lo llevaron a abandonar los estudios académicos para enrolarse en las filas de la militancia activa, del periodismo partidario y de la producción teórica, sus planteos conjugan lo más avanzado de los estudios lingüísticos de la escuela italiana (Croce, Gentile, Bartoli) con la visión clasista del marxismo y de haber continuado, habría llegado seguramente a las mismas conclusiones a las que arribaron por esos años los formalistas rusos respecto de los modos en que se producen los cambios lingüísticos, desde una perspectiva histórico-cultural, opuesta a la que, contemporáneamente desarrollaba Saussure, operando sobre la lengua como un sistema inmanente.
La mezcla y las transformaciones que realizan los hablantes serán para Gramsci la base sobre la cual analizar, desde una concepción política del lenguaje, los fenómenos de la comunicación desde la que se opuso a la idea de “italianizar” a todos los hablantes, cuando la centralización política de Italia avanzaba. Es en relación con la lengua materna -el dialecto- que el aprendizaje de la lengua oficial se enriquece, dirá, pensando en un proyecto político de cambio social y cultural en función de los intereses de las clases populares.
Distingue de la gramática normativa, una gramática no escrita, como todo aquello que los hablantes consideran legítimo y que circula a través de los medios masivos y que, como toda relación de lenguaje, se da en términos de conflicto. Por lo tanto, concluye, la norma es una construcción hegemónica y es este mismo concepto de hegemonía el que lo lleva a destacar el rol de los intelectuales en esta construcción, como agentes organizadores de la cultura.
En sintonía con las formulaciones de Brecht y Benjamin, analiza el impacto de los medios masivos en la difusión de una lengua particular que se deberá (tomando como ejemplo la difusión del dialecto toscano en los siglos XIV al XVI) a la actividad productora de escritura, de tráfico y de comercio de los hombres que la hablan, y como lingüista perspicaz, incluye todas las formas en las que la lengua se reproduce, como las canzonettas y las arias famosas cantadas por el pueblo una y otra vez. Los procesos lingüísticos, recuerda, se dan sólo desde lo bajo hacia lo alto y jamás se mantienen fijos sino que cambian junto con los hablantes, motivo por el cual un idioma artificial e impuesto desde arriba como el esperanto, sólo puede defenderse desde una posición conservadora.
Como historiador de la lengua y políglota advierte sobre aquellas teorías que no rastrean todas las dimensiones de un vocablo para demostrar su verdadero origen, oponiéndose a la tesis de la monogénesis, tan apreciada por los sectores católicos, que Gramsci pulveriza con ejemplos que cita de memoria por las condiciones materiales de encarcelamiento en las que se encuentra.

Pero no es la filología la que lo convocó finalmente sino la historia, a la que estaba vitalmente comprometido y frente a la cual no tuvo escapatoria.

Publicado en diario Perfil, 20/7/2014

martes, 1 de julio de 2014

Preferiríamos no hacerlo

Con el sudor de tu frente. 
Argumentos para la sociedad del ocio


En el origen de la extraña costumbre de trabajar que tenemos los humanos está la maldición bíblica que la divinidad nos impuso por haber querido conocer más, y que paradójicamente, sólo es posible alcanzar mediante la contemplación y la reflexión.
Entre anarquista -por explotador- y aristocrática -por ser propio de las clases subalternas-, la crítica al trabajo ha atravesado los discursos a lo largo de la historia, a pesar de lo cual sigue siendo una posición minoritaria asediada desde la lógica de la productividad y el progreso, que hoy ha comenzado a estar en entredicho.
Inspirado en la editorial anarquista londinense Freedom Press, de la que toma varios de sus trabajos publicados, este libro deconstruye los fundamentos ideológicos de la cultura del trabajo -como el que ensalza sus bondades, muy conveniente para quienes viven del trabajo de los demás-, denuncia el control sobre el tiempo -categoría líquida si las hay- que el capitalismo alcanzó cuando inventó el reloj, modelo en escala de la maquinaria de la revolución industrial, y aboga por la desaparición del trabajo como modo de disciplinamiento, sea en beneficio de la acumulación de capital o de un estado colectivizado.
Frente a las semejanzas entre los modos de esparcimiento en la sociedad capitalista y el trabajo, donde, tanto el placer como el espíritu están ausentes, Adorno opone a la productividad, creatividad y juego, para enarbolar el derecho a la pereza.
Muy atrás en la historia, en los Diálogos de Séneca, se oyen las críticas a la deshumanización que éste encuentra en la urbe más avanzada de su época, la Roma imperial, olvidada de los preceptos de la filosofía griega, para quien los ociosos son los únicos que están libres para la contemplación y por lo tanto, para saber vivir, como enseña el Tao, sobre la quietud. “El elegido vive para no hacer nada” afirmará Oscar Wilde, porque la vida tiene como finalidad el ser y no el obrar.
No muy alejada de esta concepción del ocio opuesta a la ocupación constante y pendiente de un presente esquivo, está el concepto de ocio actual, que se ha subsumido bajo el dominio del consumo, por lo que el tiempo de trabajo y el que dedicamos al descanso, ya no tendrían muchas diferencias, de la mano de la desmaterialización de la economía virtual, lo que sus analistas conciben como una compresión del espacio-tiempo, no muy diferente a la denunciada por Séneca.
Consumir entretenimiento está tan alejado de experimentar como conectarse y comunicar, de producir sentido. Es lo que leemos en la apología de los holgazanes que hace Stevenson, quien afirma que mirar y escuchar con atención y con una sonrisa en los labios nos hará mucho más inteligentes (y felices) que encerrarnos a estudiar. Fatigarse es valioso, nos dice Bertrand Russell, sólo porque permite el ocio de los que no trabajan y no porque sea digno, como han predicado los ricos mientras se cuidaban de mantenerse a salvo de esa virtud.
En una de sus aguafuertes, Arlt nos regala una clase de “filología lunfarda”, distinguiendo la palabra “fiaca” (“Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo”) del verbo “esgunfiarse”, referido a los vagonetas que se desmarcan del culto al trabajo que los inmigrantes enriquecidos representaban por aquellos años. Y el sustantivo “squenun”, referido a los “filósofos de azotea” que han decidido tomar vacaciones eternas, de los que “se tiran a muerto”, aquellos que, haciendo que trabajan, viven de los demás.

Para los que preferiríamos no hacerlo aunque no nos quede más remedio, conviene no olvidar los “Consejos a los criados” que da Jonathan Swift para boicotear las obligaciones y tomar venganza de los empleadores y tener siempre a mano los versos de Lessing: “Debemos haraganear en todo, salvo en amar y en beber, salvo en haraganear.”

Publicado en diario Perfil, 29/6/14

lunes, 9 de junio de 2014

Para invocar al espectro

Sarmiento en intersección: literatura, cultura y política


Este libro es el resultado de las jornadas que el Centro Cultural Rojas organizó en el año 2011 cuando se cumplieron 200 años del nacimiento de Sarmiento, en el convencimiento de que su obra (de la que su autobiografía resulta el modo privilegiado de construcción) sigue produciendo significaciones para la literatura, la historia, la política, la pedagogía y hasta para cierta militancia actual.
Volver sobre el interrogante que planteó Borges, acerca de qué hubiera sucedido si en lugar de canonizar el Martín Fierro se hubiera ubicado en ese lugar al Facundo, -que mientras nos habla de determinadas políticas de la lengua exhibe una confianza en el poder de la letra- no parece ser una opción errada, sobre todo cuando los ecos de la posición política de Borges que lo llevó a considerar al peronismo como una consecuencia de la exaltación de la barbarie -que es lo que le reclama a la generación del Centenario, cuando gauchos e indios habían dejado de ser una amenaza y la conciliación aparecía como una necesidad- resuenan en el abucheo de los jóvenes asistentes a un acto oficial al escuchar el nombre de Sarmiento o en el rechazo de los alumnos en algunos colegios primarios, en los últimos años, a cantar el himno al padre del aula.
Y frente a esta nueva dicotomía (Facundo o Martín Fierro) los autores de estas intervenciones se declaran a favor del primero y si bien lo fundamentan por razones muy diferentes a las de Borges, en la potencia de una prosa que desborda el género ensayístico en el cual fue pensado encuentran la marca de ficcionalidad que lo convierte en origen –palabra de la que deriva originalidad- de la literatura argentina.
Las marcas del romanticismo en la configuración de su figura de autor por la que militó toda su vida, las rastrean varios de los especialistas, así como las huellas de la máquina de escritura que puso en funcionamiento en sus facetas de periodista, cronista de guerra “munido de su imprenta volante”, ideólogo, pedagogo o viajero y que, para Piglia, se agotó cuando llegó a ocupar formalmente el poder y dejó de ser antagonista.
La edición de este libro pone a dialogar trabajos críticos sobre Sarmiento que se han vuelto clásicos -como la lectura que hace Piglia de su lugar como escritor, la de Halperin Donghi en relación a la filosofía política en su obra, el extenso prólogo al Facundo de Noé Jitrik para la Biblioteca Ayacucho y el análisis de las fuentes de la idea de despotismo que Carlos Altamirano encuentra en su obra- con la mirada actualizada de los nuevos investigadores, muchos de los cuales discuten con sus precursores, porque creen, sus compiladoras, que lejos de la canonización, la máquina sarmientina sigue vigente.
Frente a la pregunta acerca de cómo leer a Sarmiento hoy, si a la literatura que se está produciendo en el país su escritura tiene algo para decirle, en uno de los primeros artículos se sospecha que, contrariamente a lo que Piglia sostiene (“A veces pienso que los escritores argentinos escribimos, también, para tratar de rescatar y reescribir ese texto perdido” decía este autor en los años 80, en relación con el discurso que Sarmiento había escrito para asumir como presidente y que sus ministros no le dejaron leer) su voz, su imaginación desbordada, su estilo, ya no ejercen la seducción que Piglia le encuentra. Y es, agrega, desde un concepto moderno de ficción, que lo vuelve todo juego de lenguaje, que se le dio un carácter literario al Facundo, lectura anacrónica pero no por eso menos estimulante a la hora de leerlo y proponerlo como el gran clásico de la literatura argentina.

El destino de prócer pareciera ser la sacralización. Pocos, muy pocos, se resisten al homenaje vacío y continúan interrogando los tiempos por venir, el lugar en que, para nuestro campo intelectual, Sarmiento pervive.

Publicado en diario Perfil, 8/6/2014