Nada más aterrador que los dobles
y las repeticiones, ya nos lo advirtió el maestro Kubrick. Y si el escenario es
una ruta hacia la nada o hacia un hotel laberíntico del que no se puede salir, más
todavía. Y allí van dos hermanos, hombre y mujer, con el gato de un hermano recién
muerto, al que quedaron encargados de cuidar.
Con
el peso del dolor y del secreto que los constituye, emprenden un viaje que a
poco de comenzar se va cargando de extrañeza, como los lazos que unen a unos
personajes sin nombre, definidos por su posición en la estructura familiar: el
hermano, la hermana, el muerto, la madre, como cuerpos muchas veces
intercambiables (para seguir en la línea del terror o la ciencia ficción clase
B). Una suerte de equívoco por donde la realidad se disloca, que el nombre de
un pueblo acostumbrado a los avistajes extraterrestres, Saturno, perteneciente
al partido de Guaminí, subraya, donde edificios futuristas muestran su abandono
de la mano de una estación de tren clausurada, bajo una lluvia constante que lo
difumina todo.
Y
si el fantástico argentino de la mitad del siglo pasado ponía en escena el
enigma del otro (social, cultural) en esta novela será la “superficie del
duelo” el espacio donde se dará el encuentro aterrador con los fantasmas que
habitan la memoria desintegrada.
Con
un ritmo preciso compuesto de frases cortas y subtítulos como flechas que
dirigen la lectura al campo de la percepción, García Lao construye un mundo que
pareciera tener frente a sí un espejo cóncavo (con toda clase de fuentes de luz
multiplicándose), donde tiempo y espacio se pliegan y extienden y criaturas
duplicadas transitan los caminos en ambas direcciones. Donde personajes confabulados,
manteniendo diálogos absurdos -en un hermoso homenaje a Los siete locos-
se confunden con el presente de la lectura, en el que un astrólogo, un terraplanista
o un desquiciado sin más puede transformarse en “un líder estrafalario que manotea
el timón hacia cualquier parte y la multitud se reanima”. Un presente que no
parece tener muchas diferencias con el que estaba a punto de sucumbir al crack
económico y que Arlt caracterizó magistralmente.
Y un
hotel chino que es una casa de té, una casa de masajes o un centro de
avistamiento de ovnis resultará el escenario ideal para representar, es decir, sustituir,
reemplazar una realidad que será lo que sus personajes quieran creer que sea.
Donde conectarse con un más allá a través del suicidio, del placer o la
abducción, figuras todas del pasaje al otro lado como forma de sortear el
agobio de la realidad.
Con
imágenes surrealistas como la de un piano en un gallinero (o una torre
monumental de Salamone en medio de la Pampa), la autora construye una novela
notable, inventora de un realismo tangencial para nombrar los desvíos (o los derrapes)
de nuestra historia y preguntarse cuándo fue que se torció, quizás, como nos
informa en el comienzo, hace medio siglo, en 1977, con el último tren llegando a
Saturno.
Publicado en diario Perfil, 12/7/2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario