Estos tres textos sobre pintura fueron escritos en 1929, durante los oscuros años de entreguerras. Su autor tenía 40 años y ya había publicado sus novelas más conocidas, cuando comenzó a pintar y encontró en la materialidad de la pintura, todo lo que había expresado en su “escandalosa” literatura: la primacía del cuerpo y los sentidos por sobre lo racional.
Escritos con una prosa militante,
denuncian el fracaso de los ingleses en las artes visuales y encuentra su
origen a fines del siglo XVI, cuando la sífilis hacía estragos en la nobleza
(la clase que podía disfrutar del arte) y sobrevino un terror hacia la vida
sexual que afectó la imaginación y la conciencia, negando el cuerpo y
convirtiendo a hombres y mujeres en seres ideales, dominados por la razón. El
mismo terror que advierte en la dramaturgia de Shakespeare, donde su complejo
parricida, sostiene, se debe al espanto frente a las consecuencias de la “buba”
como se la llamaba en la época isabelina. Y si la sífilis fue traída de
América, Europa se la devolvió en la forma del puritanismo, agrega.
Lo cierto es que el miedo a los instintos y a la intuición ganó la
batalla en Occidente y la pintura, según él, se convirtió en puros “cadáveres
en un mundo que es una tumba de fantasmas, de réplicas.” No resulta difícil
percibir el contexto bélico en que esto fue enunciado. Pero su apuesta es,
definitivamente, estética. Sólo hay creación artística, dirá, cuando se siente
religiosamente la verdad de lo real. El arte, que es “percepción y expiación”,
es una forma de religión, “salvo por el asunto de los diez mandamientos, que es
sociológico”, ironiza.
Y si el ojo y la mente sólo perciben
el frente de un objeto, su apariencia, la intuición, en cambio, nos permite
captarlo en su completud, hasta ver el lado oscuro de la luna. Y es en las
naturalezas muertas de Cézanne donde percibe el esfuerzo del pintor por
desterrar la idea de la manzana para dejarla que viva por sí misma y donde
encuentra, por primera vez en muchos siglos, en el arte occidental, a un pintor
capaz de admitir que la materia, que es “energía compacta”, existe realmente.
No habían pasado muchos años desde la presentación de la teoría de la relatividad,
cuando plantea que los grandes descubrimientos artísticos y científicos se
producen cuando toda la conciencia -instinto, intuición e intelecto- trabaja
junta para producir una percepción física. La misma que descubre cuando decide
dejar la pluma y agarrar el pincel.
Publicado en La gaceta literaria, 10/5/2026
Ampliamente conocido por su
narrativa considerada en su tiempo, escandalosa, hoy nos llegan estos “escritos
sobre pintura” cuando Lawrence, con 40 años, comenzó a pintar y descubrió en este
arte los alcances de una estética que, a partir de la Primera Guerra,
consideraba agotada: la supremacía del espíritu por sobre el cuerpo que
Occidente entronizó. Y encuentra su origen en la Inglaterra de fines del siglo
XVI, cuando la sífilis hacía estragos en la nobleza y su descendencia y el
terror por la vida sexual y el cuerpo se apoderó de la conciencia y la
imaginación europeas. Por la misma época, recuerda, el cartesianismo dominaba
Francia y la razón se imponía como fundamento último.
Y
es en las naturalezas muertas de Cézanne donde percibe el intento por captar lo
que sólo la intuición es capaz: el reverso de la apariencia que el objeto nos
presenta, en toda su completud, lo que él llama la “manzanidad” de las
manzanas, la imagen viviente que no se puede copiar y que se crea cada vez que
el instinto y la intuición llegan al pincel para que la pintura ocurra y las
artes plásticas dejen de ser puros “cadáveres en un mundo de fantasmas”. Escritos
en 1929, en la oscuridad de entreguerras, estos textos abogan por la creación
de pinacotecas circulantes que, como las bibliotecas circulantes, que ampliaron
el número de lectores, construyan un público masivo capaz de disfrutar del
placer estético de observar las obras que la humanidad viene creando desde hace
tantos siglos. Que así sea.
Publicado en El Dipló, edición de mayo/2026
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