Citando la famosa frase de Ortega y Gasset en la que nos instaba a ser más productivos, Kohan la resignifica en busca de las huellas de una identidad nacional, a partir de pequeños detalles en toda su dimensión material. Y así elige entrar a la historia (tanto con mayúscula como con minúscula), desde un lugar lateral, y con un estilo casi cinematográfico, se acerca al tema que lo convoca, morosa y amorosamente. Y serán la historia y la literatura argentinas y el fútbol, sus grandes pasiones, los lugares donde registrará sus signos, para hacerlos dialogar entre sí.
Como
los que se despliegan en el cuadro de Gardel que preside la pizzería “Los
inmortales”, donde lee, a contraluz, las marcas de una inmortalidad que
comparte con Eva Perón, muerta el mismo año de su fundación. En las ruinas del
hotel Edén, la grandeza imaginada de una nación, que un siglo más tarde se replica
en la frase de un efímero presidente, quien la definió “condenada al éxito”. En
la estatuaria (¿quién puede conocer la ubicación de las estatuas de tantos próceres?),
las marcas de los ganadores y perdedores de las guerras civiles del siglo XIX. O
en el lugar exacto donde se produjo el secuestro de quienes fueron fusilados en
José León Suárez, relatado por Walsh en Operación masacre, el momento en
que la realidad y la ficción perdieron su especificidad.
Pero quizás sea en un mural de
Maradona en la final (perdida) del mundial del 90, donde el autor encuentre
finalmente la identidad buscada: en una ética de la derrota.
Publicado en El Dipló, mayo/2026
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