jueves, 22 de junio de 2023

El modelo

 El modelo


Robert Fordyce Aickman, un autor inglés de relatos de fantasmas del siglo pasado descendiente de un escritor gótico victoriano, escribió, en el final de su vida, esta increíble novela fantástica que fue publicada póstumamente, ambientada en la Rusia del siglo XIX, el momento en que la literatura de este país transitaba su siglo de oro.

Su protagonista, Elena, es una niña curiosa y “gran pensadora” que, encerrada en el asfixiante mundo familiar de la burguesía rural, recibe de regalo un libro de prodigios envuelto en un refulgente papel de plata, Las corifeas de la pequeña cava, que lee fervorosamente a la luz del ícono, hasta el amanecer, como un manual de instrucciones para la vida que desea y que está por comenzar.

En él descubre la historia de las corifeas, bailarinas de menor rango en el ballet, metáfora del destino menor que les espera a las mujeres comunes, frente al futuro de gloria que le depara a las primeras bailarinas. Un culebrón en el que no faltarán costureras, madres solteras, duques y champagne francés.

  Encerrada en el altillo de su casa y siguiendo los dibujos del libro, construye un modelo a escala de un teatro de ópera, pequeño artefacto que, como las linterna mágicas, las miniaturas o los relicarios, son representaciones tanto del mundo del arte como del juego y la infancia.

Como relato maravilloso clásico, la heroína recibirá la visita de un personaje benefactor y diabólico a la vez que la sacará de la casa familiar para convertirla en una estrella del ballet. En el camino encontrará diferentes personajes fantásticos (perros fantasma, dragones, una condesa loca e invisible, revolucionarios que parecen salidos de una novela de Dostoiesvski) y atravesará paisajes brumosos por la estepa rusa para alcanzar el destino de gloria presagiado en el libro o en pos de su vocación, ese “llamado de los dioses” que la convoca a transgredir los preceptos familiares. 

Con diálogos absurdos y una sintaxis dislocada que la exquisita traducción respeta, Elena vive, como en un ensueño (“estoy hechizada”) las escenas del libro y como buena historia de transformación que abreva en la tradición clásica de los relatos de metamorfosis, será tanto bailarina clásica como soldado y junto a personajes andróginos y otros, mitad humanos, mitad animales, volverá a la casa paterna, esta vez sí, preparada para enfrentar la realidad.

Una gratísima sorpresa esta novela en la que su autor demuestra su amor por el ballet, la ópera y el ocultismo, con gran maestría.


Publicado en La gaceta de Tucumán, 11/6/2023

miércoles, 21 de junio de 2023

Entrevista a Osvaldo Baigorria

 Un barroco de trinchera


A 30 años de la muerte de Néstor Perlongher, uno de los poetas y activistas contraculturales más consecuentes del panorama argentino de los 80, su amigo Osvaldo Baigorria, el destinatario de un intercambio epistolar que se mantuvo a lo largo de una década, sorteando las requisas de los servicios de inteligencia, decidió publicar por la editorial Blatt&Ríos las cartas que fueron encontradas azarosamente en la cabaña donde vivía por aquellos años, en el norte de Canadá.

El resultado es un riquísimo material literario, biográfico y bibliográfico y una muy buena ventana a la poética de Néstor Perlongher, que se puede reconocer en todos los géneros en los incursionó, incluido la escritura de cartas.

Las notas al pie lo ubican en su contexto, reponen datos bibliográficos y recuperan parte de su biografía política, en la que se destaca como un personaje incómodo, tanto para el Frente de Liberación Homosexual, donde militó, que lo consideraba de ultraizquierda, como para el trotskismo universitario, insensible, a fines de los 60, a la problemática de género.

En diálogo con La capital de Rosario Osvaldo Baigorria recuerda los años en que la utopía podía ser hallada en una comunidad hippie o en la periferia de una megalópolis como San Pablo, para alguien como Perlongher.

 

- En el prólogo a Un barroco de trinchera, contás que muchos años después de la primera publicación de las cartas de Perlongher por la editorial Mansalva, encontraste 16 cartas más. ¿Qué significó para vos ese encuentro con ese material literario y afectivo?

Recibí la noticia con mucho asombro, cuando un familiar que había viajado a la comunidad donde viví en Canadá, visitó a mi ex pareja en la cabaña donde habíamos vivido y me cuenta que allí habían quedado fotos, materiales y cartas, entre ellas, cartas de Perlongher. Después, en un viaje que hice para visitar amigos y viejos afectos, encontré todos estos materiales en una valija de cuero y fue como leerlas por primera vez.

- A la profusa literatura escrita sobre la última dictadura y la posdictadura, creo que le faltaba la mirada de cómo se vivió este período dentro del espacio LGBT. ¿Sus cartas pueden ser leídas como una crónica de este momento histórico desde ese lugar preciso?

Sí, por supuesto que pueden ser leídas así. En general, todo lo que se ha escrito sobre este espacio en ese período tiene que ver con los “años del destape” o con la problemática de género y si bien Perlongher era sensible a cuestiones puntuales de la discriminación, tenía una mirada muy personal y muy política. Sus reclamos no estaban reducidos a un pedido de tolerancia, a una defensa de los derechos civiles, él era un activista del deseo. Lo que él llamaba “el campo en que son posibles las relaciones entre personas del mismo sexo” lo veía como un punto de partida para cruzar las fronteras de la identidad en contra de la normatividad patriarcal y capitalista. Al mismo tiempo, militaba contra los edictos policiales que castigaban la visibilidad y consideraban la exhibición pública como indecorosa o una incitación al acto carnal.

- El seudónimo que él usaba, “Rosa Luxemburgo”, concentra varias líneas de sentido: está el color rosa, ligado a lo femenino, Doña Rosa como lo popular, masivo y la figura de Rosa Luxemburgo, del espacio político del comunismo libertario. ¿Se podría establecer una continuidad entre el Manuel Puig de El beso de la mujer araña y Perlongher?

Hay una especie de “lengua de mujer” en ambos: formas de decir, de pasarse información, guiños imbricados con lo femenino y que toman abiertamente tanto Puig como Perlongher. Cada uno desde un lugar diferente, Puig era mucho más pudoroso, más cauto que Perlongher, en cuanto a su política sexual, que tenía una actitud militante y mucho más desafiante.

- Durante los 70 hiciste este viaje iniciático por Latinoamérica, una experiencia bastante extrema, la de vivir en una comunidad en el norte Canadá, rodeado de osos. ¿Cómo fue esta experiencia, cuántos años duró?

Era un viaje por Latinoamérica pero la diferencia con el que podía emprender la izquierda era que tenía como destino California del Norte, una experiencia contracultural que estaba más ligada al hippismo norteamericano en lo que este tenía de pacifista, que no era el mismo credo que la izquierda latinoamericana. Ese viaje fue producto de un deseo muy fuerte de conocer esas experiencias comunitarias de liberación corporal, sexual, ideas que no encontrabas en la izquierda latinoamericana en esos años. Duró bastante porque me fui en enero del 74, vendiendo artesanías, que era la única manera en que mi compañera y yo podíamos viajar, subiendo muy de a poco hacia el norte. Y había cosas muy interesantes que estaban pasando por toda Latinoamérica, así que íbamos decidiendo dónde nos quedábamos. Así que ese viaje a San Francisco por tierra duró un año, hubo una parada en México, país por donde viajamos otro año y el tercer año nos fuimos de nuevo a San Francisco. A fines del 76 me establecí en esa comunidad rural en Canadá, una aldea a 900 km. de Vancouver, cerca de las montañas rocosas, que se llama Argenta, nombrada así por la mina de plata que había a principios del siglo XX. Una zona en la que se establecieron refugiados de distintos países, desde polacos que venían del Este europeo hasta estadounidenses que habían huido del servicio militar en la época de Vietnam, cuáqueros que habían huido del macartismo, una suerte de refugio para desterrados, tanto voluntarios como obligados. Viví en ese lugar casi nueve años, haciendo las actividades de una vida rural, sembrar árboles en primavera en los programas de reforestación o combatir los incendios en verano como bombero voluntario. El pueblo más cercano estaba a 40 kilómetros, así que, una vez por semana, el o la que viajaba colgaba un cartel en la “oficina” de correos que era una cabaña de madera y se compartía el vehículo. Era una época muy idealista y las relaciones con la gente, el hecho de ir construyendo comunidad en forma no binaria, no jerárquica fue una experiencia de vanguardia propia de la costa oeste de EE.UU. y Canadá. Quizás hoy también ocurra algo así pero la sensación es que en esa época había mucha más gente involucrada en estos proyectos. Esa experiencia para mí fue muy rica, fue compartir un proyecto con personas de distintas procedencias, la mayoría, emigrados urbanos, de vivir en contacto con la naturaleza, de forma autosuficiente, por afuera de las leyes del capitalismo.

- ¿Perlongher fue un adelantado en cuanto al estudio de las políticas de la sexualidad?

El hizo una investigación militante y participante sobre la prostitución masculina, en la ciudad de Buenos Aires, en la zona de la calle Lavalle, en los años 71, 72 que luego desarrolló en la ciudad de San Pablo, en Brasil, y que se convirtió en su tesis de posgrado en Antropología Social. Perlongher participó de las prácticas que estaba investigando entre los miché, los prostitutos masculinos, y lo mismo ocurrió con el culto del Santo Daime, por su deseo de probar estas experiencias límite en relación a la disolución de la identidad, de transustanciación, de éxtasis mediante el consumo de ayahuasca. No puedo afirmarlo con seguridad, pero no creo que hubiera antecedentes de estudios académicos de esas características sobre la prostitución masculina o sobre el Santo Daime.

- El hace un cruce muy interesante con las teorías que abordaron las políticas de la sexualidad.

Sí, su marco teórico era Deleuze y en parte Foucault. Perlongher era muy deleuziano. Sus investigaciones sobre el callejeo aplicadas a la prostitución, sobre el nomadismo de los chicos de la calle, las prácticas de salirse de la familia, de la escuela, de los lugares de la vida social organizada eran analizadas desde el punto de vista de las líneas de fuga. Contra la pretensión de ser aceptadas por la sociedad, a él le interesaba ver cómo estas prácticas podían modificar la sociedad.

- ¿En cuanto a su producción poética, qué relación tenía con el campo literario argentino en los 70, en los 80?

Sobre los 70 no puedo decir mucho, porque Perlongher recién empezaba a publicar en fanzines algún que otro poema, en publicaciones hechas en mimeógrafo como la del grupo que se reunía en Parque Centenario, donde ni aparecía su nombre completo. Durante la dictadura había hasta miedo de decir que eras poeta, era considerado sospechoso. Ya en los 80, él comienza a hacerse un lugar. En el primer número de la Revista de Poesía, que después se transformó en un faro para muchos lectores, se publica a Perlongher. Pero el mayor lugar de circulación de su nombre como autor fue el espacio de las contraculturas y las minorías sexuales. El venía a dar cursos en el Colegio Argentino de Filosofía sobre la ayahuasca o en el Parakultural, sobre las formas de resistencia que había en Brasil y mucha gente iba a escucharlo. Después, en el 87, le dieron el premio Boris Vian, lo cual habla de un reconocimiento importante. Alguna gente hoy me pregunta por qué no se lo reedita y yo le respondo que eso habría que preguntárselo a las editoriales.

- Tu crítica al libro Austria-Hungría, de la que él habla en una de las cartas ¿generó algún tipo de cortocircuito entre ambos o fue un tema de diferencias estéticas?

No fue una crítica a su libro en sí. No recuerdo bien qué fue lo que dije en una carta, pero ha de haber sido alguna inquietud sobre la inteligibilidad de algunas expresiones. Néstor era muy susceptible y no quería que una opinión expresada de manera tajante pudiera erosionar el vínculo. Calculo que él ya estaba muy comprometido con el barroquismo de las formas, el neobarroco como máquina de guerra contra el sentido común y único y yo no tenía tantas lecturas en aquel momento, era un joven ignorante en muchas cosas y también, influido por el mundo en el que estaba inmerso en aquel momento, tenía una predilección por la claridad. Yo era muy anglófilo, entonces ese barroquismo quizás fuera para mí confuso y le haya cuestionado la falta de legibilidad y él me contestó que tampoco tenía claro por qué había elegido determinadas consonantes, que era solo por su sonoridad. Pero insisto, lo mío era una lectura de alguien que no tenía el compromiso poético que podía tener él, con una estética en la que intervenían el surrealismo, la generación beat, el barroquismo y todo eso producía un cóctel muy interesante desde el punto de vista de la sonoridad. Su proyecto era mucho más ambicioso que el de alguien como yo que estaba más cercano a lo que luego quizá se escribiría en los 90, con una inquietud puesta en ser comprendido.

- En una de las cartas él te pide tu opinión acerca de si publicar Alambres en Barcelona o acá. ¿El tenía especial interés en ser leído acá?

Él viajaba muy seguido a la Argentina, tenía muchas relaciones acá, y aunque tenía vínculos con poetas y editores españoles, me parece que, en el caso de ese libro, no tenía una oferta clara. Él se pagó algunas de sus primeras ediciones, y en cuanto a querer ser leído acá, pienso que sí, él estaba muy comprometido con el Neobarroco que cultivaban poetas tanto de acá como de otros países latinoamericanos.

- ¿Perlongher participó de la escuela de Neobarroco, la fundó o fue único dentro del panorama de la poesía argentina?

El mismo en sus ensayos se presenta como parte de esta corriente, el neobarroco, que no se trata de un movimiento como las vanguardias, con sus manifiestos y sus intervenciones de ruptura, sino de una sensibilidad de la que participaron Tamara Kamenszain, Arturo Carrera, Roberto Echavarren, Emeterio Cerro, Marosa Di Giorgio, Osvaldo Lamborghini, entre otros. A todos ellos Perlongher los incluía en el neobarroco latinoamericano que en el Río de la Plata se convertía en neobarroso, por ese barro fundacional en el que se encuentra al indio, al gaucho, al negro y a otros cuerpos marginales que se resbalan en el lodo y es ahí, a partir de esa base de hibridez cultural, donde Perlongher plantea la posibilidad de desarrollar una poética. Sin dudas, fue el principal animador de esa corriente.

Publicado en La capital de Rosario, 21/6/2023


domingo, 21 de mayo de 2023

Vivir de viaje


Si hay alguien que transformó el viaje de iniciación de los herederos de la élite criolla (a la que pertenecía por su doble filiación) en un modo personal de habitar el mundo, fue Sara Gallardo. Un modo de proyectarse en líneas de fuga y de “vivir entre” (el campo y la ciudad; el país y el extranjero), que le proporcionó esa mirada  al sesgo (pero no sesgada) con la que descubrió, exploró y leyó los signos de un mundo del que se sentía ciudadana.  

Y este nuevo trabajo, prologado por la especialista en su obra, Lucía de Leone, reúne, para felicidad de sus lectores, las crónicas de los innumerables viajes que realizó como corresponsal de los medios para los que trabajó -La Nación, Primera Plana, Claudia, Atlántida, Confirmado- y de aquellos en los que se embarcó por propia iniciativa.

Si para ella el viaje sólo tiene sentido si se emprende como una peregrinación o a la conquista de una mirada poética del mundo, el acceso masivo al turismo la encontró en una doble posición, deplorando tanto las voces altisonantes de los pasajeros de un ómnibus a la costa, como al turista burgués y snob (categoría que describe con un humor digno de Landrú), que viaja para confirmar lo que le dictan sus prejuicios.

“Me interesa lo que no se ve, lo que hace la gente con su vida” afirma y encuentra más vida en las cartas de una aldeana española que en las observaciones de aquéllos. 

Con un tono de irreverencia con el que se ríe de su propia clase y una biblioteca mental refinada y exquisita que le permitía captar, escondida en los detalles, la trama cultural e histórica, se demostró capaz de escribir sobre casi cualquier tema. 

El tabú del nazismo en la Alemania dividida de posguerra; la sorpresa de comprobar que la mitad del Mediterráneo es árabe y la invisibilización de sus mujeres (“todo fantasma negro es una mujer”); la alta costura en los principales desfiles del mundo; los primeros signos de la glasnot soviética; el entierro de Borges, la ocasión para ajustar cuentas con “ese que desde siempre usted quiso sacarse de encima”; la rebeldía juvenil neoyorquina; la noche porteña o la adorada pampa argentina, “la encarnación de la patria”.    

Y sus increíbles guías, anti-turísticas, para conocer, en un sentido profundo, las ciudades de Europa, América y Argentina a las que viajó, y poder descubrir la vida que hay en ellas, sus sabores, sus poetas y toda su riqueza, como la que encontró en el noroeste argentino, donde halló el material para algunas de sus mejores obras.


Publicado en La gaceta de Tucumán, 2/4/23

Capitalismo y pulsión de muerte

        Capitalismo y pulsión de muerte reúne una serie de entrevistas y artículos en los que Byung-Chul Han recupera a los pensadores que entendieron la humanidad como una enfermedad infecciosa. Trazando una línea directa con el estado actual del sistema que nos gobierna en forma unipolar, pone en juego el concepto de Freud de pulsión de muerte como causa de las tendencias agresivas del ser humano y sostiene que el capitalismo ha demostrado ser la forma económica a través de la cual la humanidad puede dar rienda suelta a su agresividad, destruyendo hasta su propia fuente de sustento. Por eso, afirma que el capital se comporta como maná, esa sustancia misteriosa que en la antigüedad se creía que se obtenía al matar y que dotaba del poder de dominar la muerte. El capital, al negar la muerte y separarla de la vida, genera según Han una “paradójica” pulsión de muerte, que le quita vida a la vida y que acaba siendo mortal. Y basado en la premisa de que el tiempo es dinero, el capital infinito genera la ilusión de un tiempo infinito, hoy mortíferamente plagado de zombis del rendimiento, del fitness o de la salud, en un ajuste total de la vida humana a la función y, por lo tanto, de alienación, que es la manifestación biopolítica del capital.

        Famoso fue el debate que el autor protagonizó con Antonio Negri en Berliner Schaubühne, en el que confrontaron dos visiones críticas del capitalismo. Frente al entusiasmo de Negri por la resistencia global de las multitudes interconectadas contra el “imperio”, Han sostiene que ya no hay lugar para la revolución, dado que el neoliberalismo ha cambiado la represión por la seducción y ha convertido al trabajador en un empresario de sí mismo, en un empleado autoexplotado. El Estado controlador ha dejado lugar a las corporaciones dueñas de nuestros datos, y lo peor es que somos nosotros quienes colaboramos para construir este panóptico digital subiendo nuestros datos a la red, voluntariamente. Lejos de haber una multitud cooperante alzada como masa crítica y revolucionaria, entiende que lo que hay son trabajadores, empresarios de sí mismos, aislados y, por lo tanto, desactivados políticamente. Para dar cuenta de esto, encuentra en la tienda transparente de Apple la expresión arquitectónica de una forma de dominación que se presenta como libertad y comunicación ilimitadas, pero que resulta mucho más eficaz que cualquier sistema represivo. Este panóptico de la transparencia, imagen del totalitarismo digital que penetra e ilumina todo, coincide con la vigilancia y la autoexplotación total que nos insta permanentemente a comunicar, a compartir, a participar, a opinar… Se trata de una muy exitosa tecnología de poder que no reprime nuestra libertad, sino que la explota a su favor.

        Por fin, haciendo honor a su herencia oriental, plantea que la salida ya no será la revolución sino la filosofía, la vida contemplativa y el silencio. Algo que el capital odia más que a los trabajadores organizados.

Publicado en revista Otra parte, 20/4/23

Entrevista a Fernando Martín Peña

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           Fernando Martín Peña pertenece a una rara especie que afortunadamente no está en extinción: la de los coleccionistas de películas en fílmico. Pero su pasión no se agota ahí. Con Octavio Fabiano, Fabio Manes y Christian Aguirre, un día decidieron unir sus colecciones particulares -nutridas en compras, donaciones y encuentros de material abandonado en contenedores cuando el soporte digital se impuso- para fundar la Filmoteca Buenos Aires, el lugar donde se dedica amorosamente a restaurar películas para después divulgarlas en todos los ciclos que programa.

            Gracias a una audaz iniciativa comercial de la editorial Blatt&Ríos, acaba de publicar Diario de la Filmoteca, un trabajo en el que detalla un año en la vida de esta institución, dedicándole cada día a una película, ilustrada con un fotograma y un texto donde sintetiza abundante información sobre el contexto de cada película y las condiciones de su producción, con esa mezcla de erudición, saber popular y comentarios irónicos (como la fórmula para determinar el “índice de fascismo” de una película norteamericana) pero sobre todo, mucha pasión.

            Consciente de que la calidad artística es una categoría entre otras, tanto como la de “cine de autor”, todo material fílmico (desde películas caseras hasta animaciones eróticas anónimas, documentales de propaganda durante la Guerra Fría hasta joyas inhallables) entra en su colección, en el que el cine argentino, ese género en sí mismo que años de colonización ideológica han descalificado, tiene un lugar preferencial.

            A propósito de la aparición de este verdadero acontecimiento editorial, La gaceta literaria conversó con él sobre esa “alegría sin fin” -el lema que lo acompaña desde siempre- que le provoca el cine desde que recibió de regalo, siendo muy chico, un proyector. 

 

- Me gustaría empezar por la foto de la contratapa, donde estás vos, trabajando concentrado, de cara a un hermoso vitral y rodeado de una cantidad enorme de rollos de películas como en una especie de templo pagano ¿El coleccionismo es un tipo de religión donde se puede encontrar, por ejemplo, a un comisario, a un solitario rodeado de gatos o a uno de los mayores coleccionistas de películas rusas del mundo?

Me he encontrado con toda clase de personas que juntan películas, a muchos no les encuentro explicación, pero recuerdo a un fanático de los westerns de clase B, su coleccionismo era un modo de replicar lo que lo había hecho feliz en su infancia, entonces, en un altillo de su casa reconstruyó un cine que había existido en Villa Urquiza que se llamaba “el tachito”, e invitaba a los vecinos y les pasaba las películas que él había visto de chico, en los años 20. Era gente que tenía una relación indirecta con el cine porque lo que los movilizaba a ellos era una necesidad personal, no todos compartían lo que tenían. Pero el coleccionismo no es un oficio. Nos transformamos accidentalmente en coleccionistas los que, como yo, queríamos ver películas que estudiábamos en los libros de historia del cine, pero a las que jamás accedíamos porque ni en VHS existían. Después se difundió este formato, pero la calidad no nos gustaba, eran películas que no se podían proyectar, las veías en el televisor. A nosotros nos gustaba la pantalla grande y sobre todo nos gustaba pasar las películas con gente, la cosa cinecluística. Yo me formé con Salvador Sammaritano en el Cineclub Núcleo, con Octavio Fabiano con el Club del Cine, lugares que le daban un sentido a juntar películas y el sentido era compartirlas con los demás. Entonces, yo no me defino como coleccionista, soy coleccionista por necesidad, pero sí me defino como archivista, eso sí es un oficio. El coleccionismo es más amateur y está ligado a una forma de la pasión, no sé si muy sana, incluso.

- El trabajo diario de la Filmoteca parece no terminar nunca: además de clasificar los rollos, ordenarlos, restaurarlos, airearlos, poner en cuarentena los que están enfermos, una vez que se termina se vuelve a empezar y así, hasta la eternidad. ¿Vos vendrías a ser una especie de Sísifo pero feliz?

Es un loop sí, que me convierte en un Sísifo, pero muy feliz.

- Una forma de leer este libro es abrirlo en cualquier parte porque no sigue un recorrido cronológico y consultarlo como el I Ching, por ejemplo. Además de ser más grande que la vida ¿el cine es nuestro manual de comportamiento, nuestro espejo deformado, para vos qué es el cine?

Me parece que es más un espejo deformante, porque si lo vas a ver como un manual de comportamiento para tu vida, lo más seguro es que hagas macanas. Me parece que el efecto más sanador es el de sacarte de la realidad, lo que te sirve para la vida del cine es que tiene un efecto catártico, las cosas que no vas a experimentar en la vida real, podés acercarte a ellas a través del cine y muchas veces, es terapéutico, hay películas que te levantan el ánimo automáticamente. Pero para mí, fue y es un modo de descubrir el mundo, una especie de enciclopedia “Lo sé todo”. Yo el otro día estaba viendo Los amantes, cuya música es de Brahms y a partir de ahí lo empecé a escuchar más. Me sirve para meterme en otros lugares donde nunca había ido. Así conocí a Shakespeare, siempre fue un motivo de descubrimiento. Ver una película me lleva a investigar al director, la historia alrededor de la filmación, qué lugar ocupa en la obra de la gente que la hizo, me sigue generando, por suerte, mucha curiosidad, y además me divierte. Ahora existe Internet, pero hay mucha basura, yo sigo consultando mis revistas de cine, contrasto la información, como se hacía el periodismo antes. Para mí es un modo de aprendizaje de otras artes y del mundo, muy eficaz.

- ¿Cuáles son las diferencias entre el soporte fílmico y el digital?

Para el espectador, la textura de la imagen fotográfica es totalmente distinta, la luz se refleja de otra manera, entonces los colores, también. Además, las copias digitales que se han hecho del cine del pasado, no sólo tienden a no respetar la paleta de colores con la que fueron filmados, sino que se las limpia de imperfecciones como si fueran defectos. Hay imperfecciones que tienen que ver con la mecánica, hay un pequeño movimiento porque son piezas mecánicas, la película es un objeto, hay una vibración que además tiene que ver con el obturador, entonces eso, al no estar en el digital, resulta perturbador, le falta algo, yo veo una imagen muerta, mucho más brillante pero muerta. Lo que yo creo es que hay que ver las dos cosas para poder comparar. Las últimas dos o tres generaciones no han tenido la experiencia de ver cine en fílmico entonces no tienen forma de saber cómo era. Yo doy clases en la UBA, en la Universidad de La Plata y en la ENERC, por lo que estoy en contacto con gente muy joven y cuando paso películas en fílmico, entienden que es algo totalmente distinto, porque su información visual es siempre digital, pero ven esto y les encanta. Pienso que hay que mantenerlo vivo y quedarse con lo mejor de los dos mundos, que tiene que haber espacios donde poder ver las películas en su imagen fotográfica original, no tengo dudas.

- Hoy la Filmoteca tiene cerca de 7.500 películas. ¿Es una de las más nutridas del mundo?

De la Argentina, sí. Y respecto de otros países, es una colección importante.

- En cuanto al tema de la tan vapuleada Ley de Creación de la Cinemateca, que entiendo que está reglamentada, pero por algún misterio no funciona. ¿En qué consiste, qué permitiría, es una buena ley o se la puede mejorar?

Era una buena ley, han pasado 24 años, ya no sé si lo es. Era una buena ley porque fue pensada (yo formé del equipo que la redactó. Pino Solanas fue el “alma pater” de todo esto) y la idea era basarse en las experiencias de las instituciones que no habían funcionado para que la nueva tuviese todo lo que no habían tenido las anteriores. Sobre todo, tenía un presupuesto importantísimo y una serie de cuestiones como la libertad para restaurar películas aunque no se localizara al dueño de los derechos, cosa que pasa muchas veces. Entonces, se declaraba el estado de emergencia del patrimonio, de manera que si vos te encontrabas con un material en un tacho de basura pudieras levantarlo, copiarlo y preservarlo, eso se le permitía a la nueva Cinemateca. Lo importante era tener los recursos suficientes para proteger el material, para la búsqueda y repatriación del material que hay afuera. Hay un montón de cosas para hacer porque nunca se hizo nada. Es un tema del cual no quiero seguir hablando, yo decidí dedicar mi energía en hacer todo esto por mi lado, quejarme en cada ocasión que tengo, pero no quedarme enganchado en la frustración por no haber logrado que la ley funcione, lo hago yo en la escala que puedo y en ese sentido, estoy muy satisfecho.

- El día que la Cinemateca sea una realidad ¿qué función pasaría a cumplir un lugar como la Filmoteca Buenos Aires?

No tendría razón de ser. Siempre pensamos que todo el material que nosotros juntamos, sobre todo el argentino, tendría que sumarse algún día al acervo de la Cinemateca Nacional, una institución que existe en cualquier país civilizado,  que cree en la importancia de preservar su memoria audiovisual.

Publicado en La gaceta de Tucumán, 21/5/23

Mundos compartidos


Benjamin Lacombe (1982), uno de los más importantes ilustradores europeos del momento, y el escritor Sébastien Perez (1975) son dos autores franceses de libros ilustrados que han venido a la Feria del Libro de Buenos Aires, donde se encontraron con un nutrido público de fans deleitado con los dibujos que Lacombe les hace a modo de dedicatoria. Unas ilustraciones caracterizadas por una enorme carga emocional y cierto aire melancólico, que no son sólo un apoyo visual para el texto, sino que se convierten en el centro de atención.


Ambos comparten la elaboración de muchos trabajos -Genealogía de una bruja, El herbario de las hadas, Frida, El mago de Oz son algunos- publicados por la editorial Edelvives, la misma que editó Las hadas y Las brujas, títulos que forman parte de la “Enciclopedia de seres mágicos” que Lacombe dirige y que vinieron a presentar, junto con una nueva traducción del original danés de La Sirenita de Hans Christian Andersen. 


Esta versión “lacombiana” incluye un aparato crítico con dos prólogos, varias cartas inéditas del autor y un epílogo, donde se plantea una reivindicación del homoerotismo de Andersen, en contra de la invisibilización que la historia literaria oficial hizo de este dato de su biografía.

“Libros del pasaje” fue el lugar elegido para la entrevista a los autores de estas obras que proponen una mirada ampliada a otras tradiciones y que parecen estar dirigidas a los responsables de la transmisión ideológica a las nuevas generaciones.


¿Para ustedes, a quién está dirigido este género dentro del género infantil que son los libros ilustrados?


Sébastien Perez – Creo que están dirigidos a todos. Cuando uno escribe, tal vez lo que propone son distintos niveles de lectura, pero sus mensajes afectan a todas las generaciones. El libro de las hadas, lo que trata es de la relación de los seres humanos con la naturaleza, de las consecuencias climáticas que hoy estamos viviendo y que habría que poner en conocimiento de los niños, aunque muchos adultos todavía necesitan aprender sobre estos temas.


Bejamin Lacombe – Esta nueva colección se inserta en una continuidad con la colección sobre los cuentos clásicos de Víctor Hugo, Poe o Carroll que hice, porque en realidad, estos personajes pueblan todos los cuentos tradicionales. Lo que quisimos hacer con esta enciclopedia es salir de una visión etnocéntrica y tratar de ofrecer un panorama más global porque estos seres fueron creados por la humanidad para enfrentar distintos problemas. En definitiva, terminan siendo como esos espejos deformantes donde poder encontrarnos y por esa misma razón atraviesan épocas y fronteras.


¿Qué significan los cuentos de hadas, para ustedes, como adultos y como autores, hoy?


BL – Uno siempre tiene la idea de que un cuento de hadas es algo naïf pero, aunque tienen elementos sobrenaturales, son historias que conllevan una reflexión y que muchas veces fueron elaboradas de una manera dogmática como fue el caso de los hermanos Grimm, con su visión patriarcal y eclesiástica. Lo importante en estos cuentos es tratar de comprenderlos, sobre todo cuando hay un autor que dice cosas de sí mismo, de su tiempo.


En Las brujas, la protagonista, Lana, es una nena solitaria, que juega encerrada en su habitación y que, como el héroe de los relatos tradicionales, tiene una marca en la cara, que es la marca de su distinción. ¿El juego infantil sería como un acto de hechicería, un “abracadabra”, en el sentido de esa capacidad de hacer aparecer un mundo?


BL- Por supuesto, la imaginación es el terreno de los niños, es en esta imaginación sin límites donde estos seres cobran verdadera vida, pero la verdad es que forman un universo muy complejo, porque siempre detrás de las leyendas hay razones. Los Yokais, por ejemplo, esos espíritus del Japón que se pueden enojar si hay una vulneración de la naturaleza, funcionan un poco como alarmas. O estos seres que aparecieron en la Edad Media europea, tan chiquitos que no se ven, pero que tienen la capacidad de entrar en tu cuerpo y matarte, es lo que hoy llamamos microbios. Lo mismo se puede decir sobre los cuentos de Poe. Hace un tiempo, escuché en la radio que se descubrió que el maullido de los gatos tiene la misma frecuencia que el llanto de los bebés. Poe escribe “El gato negro” y en ese cuento él asimila el llanto de un gato al de un bebé, en una época en que no había ningún estudio sobre esto. La literatura trabaja con intuiciones que también responden a una gran capacidad de observación o quizás se deba a su capacidad anticipatoria.


¿Cómo fue el proceso de investigación para la escritura de Las hadas?


SP – Primero partí de un catálogo propio que tenía sobre las hadas, luego lo organicé por temas (las hadas peligrosas, las benéficas, las que alertan, las que confunde, etc.) y a partir de ahí, el propósito fue no tener una visión eurocéntrica y decidí abrirlo a otras tradiciones.


Esta edición de La sirenita, además de sus bellísimas ilustraciones casi cinematográficas y de ser traducida del danés original, con una Sirenita bastante andrógina que la aleja de la imagen de princesa de Disney, plantea una lectura en clave queer. ¿Considerás que esta sería la lectura legítima de la novela de Andersen?


BL – ¡Oh, no lo creo! En todo caso, es mi lectura, pero es una lectura que se sostiene en una cantidad de elementos que para mí fueron una sorpresa. Yo sabía que había toda una leyenda alrededor de esas cartas pero hubo que ubicarlas, traducirlas y una vez que aparecieron ya no podíamos hacernos más los tontos, a partir de ahí, la lectura se dirigió hacia ese lugar. Hay muchas otras lecturas de La Sirenita, está la versión de Disney que es hermosa, está la versión de Edmund Dulac, de principios del siglo XX, que cito en mi trabajo. La mía es una lectura sincera, es lo que yo sentí frente a esta historia y lo que sí me enorgullece es haber editado las cartas y haberle dado una voz a Andersen, que pudiera expresar lo que en su época no pudo.


- Los cuentos de hadas, con ese potencial de hacer emerger los deseos más profundos y reprimidos, para el estado actual de la lectura ¿son subversivos? Pensaba en la censura a los relatos de Roald Dahl.


BL – Hay una evolución que nos interroga. Por ejemplo, que Disney haga una Sirenita negra me parece interesante, que mi Sirenita sea fluida, indefinida, que exista una cultura que cambia y que esto se le transmita a los niños, muy bien. Lo que es un no total es a la reescritura de los autores ya muertos. Se pueden recontextualizar las obras, de hecho, puede ser un enorme aprendizaje para el público infantil, pero maquillar, sólo para que encaje en lo que queremos que suceda hoy. 

En el fondo, estos personajes son subversivos porque son anti-sistema. Las hadas, las brujas son seres libres, autónomos y estamos en un momento en que se nos quitan cada vez más libertades, hay palabras que nos están vedadas. En Rusia no se puede decir “guerra”, en China hoy no se puede decir “dictadura”, por ejemplo. Por mi parte, en los próximos contratos, decidí poner una cláusula que prohíba que se reescriban mis textos cuando yo ya no esté.



En esta nueva enciclopedia progresista de seres mágicos, las hadas son seres protectores de la ecología, las brujas, mujeres empoderadas, víctimas de la intolerancia y la Sirenita, un personaje trans. Quizás, en el camino de las buenas intenciones, sus autores pierdan un poco de vista la función que estos personajes tenían en los relatos infantiles, la de elaborar los miedos ancestrales y la relación que estos relatos tenían con los mitos, que convierte a los cuentos de hadas en un mapa de nuestro inconsciente, donde las sirenas serán el símbolo de la fascinación mortífera del deseo y las brujas y ogros, los encargados de enfrentar simbólicamente a sus pequeños lectores con las batallas que deben librar para alcanzar la madurez.

Pero nadie escapa a la época que le tocó vivir y en el primer mundo, la industria editorial, como la del entretenimiento, le impide a sus autores contar historias propias de otra cultura, negra o indígena (y hasta de traducirlas) si no son ellos mismos negros o indígenas, y esto, según Lacombe, “es la negación del proceso creativo. La literatura es la capacidad de ponerse en el lugar del otro” afirma, mientras encuentra una salida elegante frente a la pregunta de si conoce a sus pares de la Argentina.Cuando me gusta un autor, no miro su pasaporte, sólo me importa su trabajo.” 



Manuel Rud y Lulu Kirschenbaum son los responsables de la editorial Limonero y acaban de recibir el premio a los editores del año en la FILBA, el segundo que reciben en un año, ya que, uno de sus títulos, Todo lo que pasó antes de que llegaras, de Yael Frankel, obtuvo a comienzos de este mismo año el premio al mejor libro de ficción en la Feria del Libro de Bologna, que ya los había elegido en 2019 como mejor editorial infantil de América Latina. 

Muy contento por el galardón, Rud entiende que los premios sirven para visibilizar su catálogo y a su autores y, como consecuencia, colaboran también con la difusión del género infantil en general, un rubro relativamente pujante en el contexto de una industria que está a todas luces en crisis. 

Los libros-álbum, con un nivel de elaboración cada vez mayor, a pesar de que son caros, tienen mucha salida en el mercado lo que, según su opinión, se debe a que, en un momento de imperio de las pantallas, el álbum se ha transformado en un espacio de resistencia del libro-objeto: obras que convocan a una experiencia de “lectura lenta” y que parece difícil de reemplazar por una aplicación o un dispositivo. Supone que los progenitores ven en este tipo de libros una herramienta para sacar a los chicos de las pantallas, cosa que ha marcado muy fuerte la pandemia, cuando aparecieron nuevas editoriales, librerías virtuales y clubes de lectura. 

Encuentra en los últimos años una flexibilidad mayor en las escuelas para incorporar textos no instrumentales, más dirigidos al goce lector y en cuanto a quién llegan, finalmente, estos libros, reivindica una de las premisas fundantes de la editorial: hacer libros elegidos con cuidado, de gran calidad literaria y gráfica, que no resulten ni exclusivos ni excluyentes. Que así sea.


Publicado en diario Perfil, 21/5/23

 





 

martes, 16 de mayo de 2023

Cartografías imaginarias

Cartografías imaginarias





En este bellísimo trabajo (con una muy cuidada edición a tono con la calidad de los incunables) el autor, reconocido historiador del libro y la lectura, se propuso elaborar una genealogía histórica de la presencia de mapas en los relatos ficcionales europeos del Renacimiento. 

Novelas, sátiras, utopías, distopías y relatos místicos tuvieron en sus frontispicios mapas que acompañaron unos relatos que, a pesar de su carácter ficcional, se pensaron según el modelo tan exitoso entre los lectores de la época, de los diarios de viaje, lo que acentuaba en ellos la ilusión de realidad.

Desde el Quijote, cuyos itinerarios por España invitan a los lectores a convertirse en compañeros de viaje de los protagonistas; los viajes de Gulliver, con nombres de tierras imaginarias junto a lugares reales; la isla de Robinson Crusoe, con sus mapas narrativos; la sátira política inglesa Mundus Alter et Idem en la que se basó Jonathan Swift para los Viajes de Gulliver; la representación de ese no-lugar que es la Utopía de Tomás Moro; los viajes sentimentales del preciosismo francés con los caminos para alcanzar el amor y los viajes espirituales de Juan de la Cruz, con los que se debían seguir para alcanzar a Dios hasta las aventuras de Orlando furioso, las obras de este período se hicieron eco del interés provocado por los viajes de descubrimiento, que despertaron, para siempre, la conciencia de la globalidad.


Publicado en El Dipló, marzo 2023