Un barroco de trinchera
A 30 años de la muerte de Néstor Perlongher, uno de los poetas y
activistas contraculturales más consecuentes del panorama argentino de los 80, su
amigo Osvaldo Baigorria, el destinatario de un intercambio epistolar que se
mantuvo a lo largo de una década, sorteando las requisas de los servicios de
inteligencia, decidió publicar por la editorial Blatt&Ríos las cartas que
fueron encontradas azarosamente en la cabaña donde vivía por aquellos años, en el
norte de Canadá.
El resultado es un riquísimo material literario, biográfico y bibliográfico
y una muy buena ventana a la poética de Néstor Perlongher, que se puede
reconocer en todos los géneros en los incursionó, incluido la escritura de
cartas.
Las notas al pie lo ubican en su contexto, reponen datos bibliográficos
y recuperan parte de su biografía política, en la que se destaca como un personaje
incómodo, tanto para el Frente de Liberación Homosexual, donde militó, que lo
consideraba de ultraizquierda, como para el trotskismo universitario, insensible,
a fines de los 60, a la problemática de género.
En diálogo con La capital de Rosario Osvaldo Baigorria recuerda
los años en que la utopía podía ser hallada en una comunidad hippie o en la
periferia de una megalópolis como San Pablo, para alguien como Perlongher.
- En el prólogo a Un barroco de trinchera, contás que muchos años
después de la primera publicación de las cartas de Perlongher por la editorial
Mansalva, encontraste 16 cartas más. ¿Qué significó para vos ese encuentro con
ese material literario y afectivo?
Recibí la noticia con mucho asombro, cuando un familiar que había
viajado a la comunidad donde viví en Canadá, visitó a mi ex pareja en la cabaña
donde habíamos vivido y me cuenta que allí habían quedado fotos, materiales y
cartas, entre ellas, cartas de Perlongher. Después, en un viaje que hice para
visitar amigos y viejos afectos, encontré todos estos materiales en una valija
de cuero y fue como leerlas por primera vez.
- A la profusa literatura escrita sobre la última dictadura y la
posdictadura, creo que le faltaba la mirada de cómo se vivió este período
dentro del espacio LGBT. ¿Sus cartas pueden ser leídas como una crónica de este
momento histórico desde ese lugar preciso?
Sí, por supuesto que pueden ser leídas así. En general, todo lo que se
ha escrito sobre este espacio en ese período tiene que ver con los “años
del destape” o con la problemática de género y si bien Perlongher era sensible
a cuestiones puntuales de la discriminación, tenía una mirada muy personal y
muy política. Sus reclamos no estaban reducidos a un pedido de tolerancia, a
una defensa de los derechos civiles, él era un activista del deseo. Lo que él
llamaba “el campo en que son posibles las relaciones entre personas del mismo
sexo” lo
veía como un punto de partida para cruzar las fronteras de la identidad en
contra de la normatividad patriarcal y capitalista. Al mismo tiempo, militaba
contra los edictos policiales que castigaban la visibilidad y
consideraban la exhibición pública como indecorosa o una incitación al acto
carnal.
- El seudónimo que él usaba, “Rosa Luxemburgo”, concentra varias líneas de
sentido: está el color rosa, ligado a lo femenino, Doña Rosa como lo popular,
masivo y la figura de Rosa Luxemburgo, del espacio político del comunismo
libertario. ¿Se podría establecer una continuidad entre el Manuel Puig de El
beso de la mujer araña y Perlongher?
Hay una especie de “lengua de mujer” en ambos: formas de decir, de
pasarse información, guiños imbricados con lo femenino y que toman abiertamente
tanto Puig como Perlongher. Cada uno desde un lugar diferente, Puig era mucho
más pudoroso, más cauto que Perlongher, en cuanto a su política
sexual, que tenía una actitud
militante y mucho más desafiante.
- Durante los 70 hiciste este viaje iniciático por Latinoamérica, una
experiencia bastante extrema, la de vivir en una comunidad en el norte Canadá, rodeado
de osos. ¿Cómo fue esta experiencia, cuántos años duró?
Era un viaje por Latinoamérica pero la diferencia con el que podía
emprender la izquierda era que tenía como destino California del Norte, una
experiencia contracultural que estaba más ligada al hippismo norteamericano en
lo que este tenía de pacifista, que no era el mismo credo que la izquierda
latinoamericana. Ese viaje fue producto de un deseo muy fuerte de conocer esas
experiencias comunitarias de liberación corporal, sexual, ideas que no
encontrabas en la izquierda latinoamericana en esos años. Duró bastante porque
me fui en enero del 74, vendiendo artesanías, que era la única manera en que mi
compañera y yo podíamos viajar, subiendo muy de a poco hacia el norte. Y había
cosas muy interesantes que estaban pasando por toda Latinoamérica, así que
íbamos decidiendo dónde nos quedábamos. Así que ese viaje a San Francisco por
tierra duró un año, hubo una parada en México, país por donde viajamos otro año
y el tercer año nos fuimos de nuevo a San Francisco. A fines del 76 me
establecí en esa comunidad rural en Canadá, una aldea a 900 km. de Vancouver,
cerca de las montañas rocosas, que se llama Argenta, nombrada así por la mina
de plata que había a principios del siglo XX. Una zona en la que se
establecieron refugiados de distintos países, desde polacos que venían del Este
europeo hasta estadounidenses que habían huido del servicio militar en la época
de Vietnam, cuáqueros que habían huido del macartismo, una suerte de refugio
para desterrados, tanto voluntarios como obligados. Viví en ese lugar casi nueve
años, haciendo las actividades de una vida rural, sembrar árboles en primavera en
los programas de reforestación o combatir los incendios en verano como bombero
voluntario. El pueblo más cercano estaba a 40 kilómetros, así que, una vez por
semana, el o la que viajaba colgaba un cartel en la “oficina” de correos que
era una cabaña de madera y se compartía el vehículo. Era una época muy
idealista y las relaciones con la gente, el hecho de ir construyendo comunidad
en forma no binaria, no jerárquica fue una experiencia de vanguardia propia de
la costa oeste de EE.UU. y Canadá. Quizás hoy también ocurra algo así pero la
sensación es que en esa época había mucha más gente involucrada en estos
proyectos. Esa experiencia para mí fue muy rica, fue compartir un proyecto con
personas de distintas procedencias, la mayoría, emigrados urbanos, de vivir en
contacto con la naturaleza, de forma autosuficiente, por afuera de las leyes
del capitalismo.
- ¿Perlongher fue un adelantado en cuanto al estudio de las políticas de
la sexualidad?
El hizo una investigación militante y participante sobre la prostitución
masculina, en la ciudad de Buenos Aires, en la zona de la calle Lavalle, en los
años 71, 72 que luego desarrolló en la ciudad de San Pablo, en Brasil, y que se
convirtió en su tesis de posgrado en Antropología Social. Perlongher participó
de las prácticas que estaba investigando entre los miché, los
prostitutos masculinos, y lo mismo ocurrió con el culto del Santo Daime, por su
deseo de probar estas experiencias límite en relación a la disolución de la
identidad, de transustanciación, de éxtasis mediante el consumo de ayahuasca. No
puedo afirmarlo con seguridad, pero no creo que hubiera
antecedentes de estudios académicos de esas características sobre la
prostitución masculina o sobre el Santo Daime.
- El hace un cruce muy interesante con las teorías que abordaron las
políticas de la sexualidad.
Sí, su marco teórico era Deleuze y en parte Foucault. Perlongher era muy
deleuziano. Sus investigaciones sobre el callejeo aplicadas a la prostitución,
sobre el nomadismo de los chicos de la calle, las prácticas de salirse de la
familia, de la escuela, de los lugares de la vida social organizada eran
analizadas desde el punto de vista de las líneas de fuga. Contra la pretensión
de ser aceptadas por la sociedad, a él le interesaba ver cómo estas prácticas
podían modificar la sociedad.
- ¿En cuanto a su producción poética, qué relación tenía con el campo
literario argentino en los 70, en los 80?
Sobre los 70 no puedo decir mucho, porque Perlongher recién empezaba a
publicar en fanzines algún que otro poema, en publicaciones hechas en
mimeógrafo como la del grupo que se reunía en Parque Centenario, donde ni aparecía
su nombre completo. Durante la dictadura había hasta miedo de decir que eras
poeta, era considerado sospechoso. Ya en los 80, él comienza a hacerse un
lugar. En el primer número de la Revista de Poesía, que después se
transformó en un faro para muchos lectores, se publica a Perlongher. Pero el
mayor lugar de circulación de su nombre como autor fue el espacio de las
contraculturas y las minorías sexuales. El venía a dar cursos en el Colegio
Argentino de Filosofía sobre la ayahuasca o en el Parakultural, sobre las
formas de resistencia que había en Brasil y mucha gente iba a escucharlo.
Después, en el 87, le dieron el premio Boris Vian, lo cual habla de un
reconocimiento importante. Alguna gente hoy me pregunta por qué no se lo
reedita y yo le respondo que eso habría que preguntárselo a las editoriales.
- Tu crítica al libro Austria-Hungría, de la que él habla en una
de las cartas ¿generó algún tipo de cortocircuito entre ambos o fue un tema de
diferencias estéticas?
No fue una crítica a su libro en sí. No recuerdo bien qué fue lo que dije
en una carta, pero ha de haber sido alguna inquietud sobre la inteligibilidad
de algunas expresiones. Néstor era muy susceptible y no quería que una opinión
expresada de manera tajante pudiera erosionar el vínculo. Calculo
que él ya estaba muy
comprometido con el barroquismo de las formas, el neobarroco como máquina de
guerra contra el sentido común y único y yo no tenía tantas lecturas en aquel
momento, era un joven ignorante en muchas cosas y también, influido por el
mundo en el que estaba inmerso en aquel momento, tenía una predilección por la
claridad. Yo era muy anglófilo, entonces ese barroquismo quizás fuera para mí
confuso y le haya cuestionado la falta de legibilidad y él me contestó que
tampoco tenía claro por qué había elegido determinadas consonantes, que era solo
por su sonoridad. Pero insisto, lo mío era una lectura de alguien que no tenía
el compromiso poético que podía tener él, con una estética en la que intervenían
el surrealismo, la generación beat, el barroquismo y todo eso producía un
cóctel muy interesante desde el punto de vista de la sonoridad. Su proyecto era
mucho más ambicioso que el de alguien como yo que estaba más cercano a lo que luego
quizá se escribiría en los 90, con una inquietud puesta en ser comprendido.
- En una de las cartas él te pide tu opinión acerca de si publicar Alambres
en Barcelona o acá. ¿El tenía especial interés en ser leído acá?
Él viajaba muy seguido a la Argentina, tenía muchas relaciones acá, y
aunque tenía vínculos con poetas y editores españoles, me parece que, en el
caso de ese libro, no tenía una oferta clara. Él se pagó algunas
de sus primeras ediciones, y en cuanto a querer ser leído acá, pienso que sí,
él estaba muy comprometido con el Neobarroco que cultivaban poetas tanto de acá
como de otros países latinoamericanos.
- ¿Perlongher participó de la escuela de Neobarroco, la fundó o fue
único dentro del panorama de la poesía argentina?
El mismo en sus ensayos se presenta como parte de esta corriente, el neobarroco,
que no se trata de un movimiento como las vanguardias, con sus manifiestos y
sus intervenciones de ruptura, sino de una sensibilidad de la que participaron
Tamara Kamenszain, Arturo Carrera, Roberto Echavarren, Emeterio Cerro, Marosa
Di Giorgio, Osvaldo Lamborghini, entre otros. A todos ellos Perlongher los
incluía en el neobarroco latinoamericano que en el Río de la Plata se convertía
en neobarroso, por ese barro fundacional en el que se encuentra al indio, al
gaucho, al negro y a otros cuerpos marginales que se resbalan en el lodo y es ahí,
a partir de esa base de hibridez cultural, donde Perlongher plantea la
posibilidad de desarrollar una poética. Sin dudas, fue el principal animador de
esa corriente.
Publicado en La capital de Rosario, 21/6/2023