domingo, 22 de febrero de 2026

La edición de libros y el rol del Estado en Hispanoamérica

 

           El autor de este trabajo, un especialista en la historia del libro y la edición, en esta oportunidad investigó sobre aquellas editoriales que, creadas en la “época de oro” de la edición hispanoamericana, con la llegada de intelectuales españoles exiliados durante la Guerra Civil, fueron sostenidas por el Estado. Para eso, toma seis casos emblemáticos: el Fondo de Cultura Económica, la Biblioteca Artigas, Eudeba, Monte Ávila, Editora Quimantú y la Biblioteca Ayacucho.

Surgidas en contextos políticos de grandes cambios como la Revolución Mexicana, el ascenso de Allende en Chile, el boom del petróleo en Venezuela o la caída de Perón en Argentina, tuvieron el propósito claro de dotar a estos cambios de sostén ideológico y cultural. La necesidad de actualizar la bibliografía universitaria que no existía en español, en el caso del Fondo de Cultura; el interés por reformular el canon nacional uruguayo, para la Biblioteca Artigas; la conformación de un mercado interno del libro de la mano del crecimiento de la clase media para Eudeba; la perspectiva americanista para la Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila; la política educativa de alcance masivo encarada por el gobierno socialista de Chile, en el caso de Quimantú, fueron los principales motivos de su creación.

Fueron proyectos autónomos pero no autárquicos, por lo que, la llamativa independencia de criterio a la hora de armar los catálogos, muchas veces chocó con las presiones políticas o los cambios abruptos tan habituales en nuestros países.

Muchas fueron las causas del desarrollo de esta figura del “Estado editor”. Además de surgir en condiciones especiales difíciles de repetir, hubo una generación de editores latinoamericanos como Arnaldo Orfila Reynal, Ángel Rama, Boris Spivacow, Emir Rodríguez Monegal o Juan Pivel Devoto, todos, grandes intelectuales, con una fuerte personalidad, que tenían un proyecto definido y mucha experticia, al punto que, cuando fueron despedidos o renunciaron, fundaron otros sellos. Tal el caso de Orfila Reynal con Siglo XXI y Spivacow con el Centro Editor de América Latina. En el caso de Ángel Rama, su muerte prematura puso en evidencia el vacío que se produjo en la Biblioteca Ayacucho, la que había dirigido hasta ese momento.

En el final, el autor se pregunta por el rol del Estado como editor en la actualidad y sostiene que, más que publicar libros, debería generar políticas de incentivo a la lectura, crear lectores. Una pregunta que adquiere relevancia a la luz del dominio de los algoritmos.

Publicado en La Gaceta Literaria, 22/2/26

domingo, 8 de febrero de 2026

Pan de ángeles



            La autora de estas memorias quizás sea una de las últimas artistas renacentistas, aquellas y aquellos para quienes no existían límites entre las artes y el conocimiento. Hija de la posguerra y del “baby boom”, cuando el mundo resurgía de sus cenizas y todo estaba por hacerse, desde pequeña tuvo muy claro su deseo de experimentar, conocer, pensar, escribir, crear, mientras leía como una poseída a Lewis Carroll, Baudelaire, William Blake, Rimbaud o la Biblia, los nombres que le abrieron las puertas a su propia percepción poética del mundo que le tocó vivir.

Dueña de un impulso que la habitó desde siempre y que ella define como su “joroba rebelde”, “tan repulsiva como necesaria”, abandonó la casa paterna, luego de dar en adopción un bebé no deseado, rumbo a Nueva York, con el propósito claro de convertirse en artista. Su encuentro con Robert Mapplethorpe, al que homenajeó en Éramos unos niños, fue el big bang de un movimiento contracultural surgido al calor de la Guerra de Vietnam que tuvo al Hotel Chelsea y al bar CBGB como epicentros, donde veremos aparecer nombres como los de William Burroughs, Allen Ginsberg, Sam Shepard (su pareja por esos años y quien la impulsó a animarse a los escenarios) o su admirado Bob Dylan. Un movimiento que se propuso fundir poesía y rock, del que ella fue su madrina indiscutida.

Su primer disco, Horses, un debut tan explosivo como la corriente de libertad juvenil que expresa, le valió un lugar en la cultura norteamericana, junto con el rock and roll, el jazz, el expresionismo abstracto y los beatniks, la gran contribución de EE.UU. a la cultura occidental, y con el que comenzó las giras, en una de las cuales conoció al amor de su vida, el músico Fred Sonic Smith, con el que se casó y tuvo dos hijos.

Escrito con una prosa deslumbrante, bajo la tutela de los poetas que la formaron, e ilustrado con bellísimas fotos (algunas de las cuales le pertenecen), resulta el legado perfecto de una artista que sobrevivió a muchos de su generación, diezmada por las drogas y el Sida. Un legado dedicado a su generación, la que creció en las calles, se curó con remedios caseros, se educó en el temor a Dios, leyó a los clásicos y fue libre hasta lo impensado, y para el mundo del futuro, donde la naturaleza será reemplazada por un holograma y la libertad será una palabra desconocida, de parte de una creadora que vivió el arte y el amor a sus prójimos como lo único valioso y digno de resguardar.

Publicado en La gaceta literaria, 25/1/26

La lectura: una vida

             Quien vive atravesado por la pasión de la lectura y el conocimiento sabe que “los libros son voluminosas cartas a los amigos.” Con esta premisa, el autor de este trabajo pensó su autobiografía lectora, en la que agradece la fortuna de haber conocido a los grandes maestros con los que se formó: Enrique Pezzoni, Beatriz Sarlo, Ana María Barrenechea, Elvira Arnoux, y a los compañeros de ruta que lo acompañaron en los numerosos proyectos que llevó adelante.

            Desde los primeros libros que recibió de manos de sus maestras como El principito (al que le dedica una lúcida lectura que lo saca de la serie del bestsellerismo), recorre cada una de las etapas de su formación intelectual, donde aprendió, de la filología, la importancia de la reconstrucción de los archivos, como el de Walsh, que la dictadura había desmantelado; del formalismo ruso, a leer en forma clandestina; del análisis del discurso, a desmontar los discursos políticos y publicitarios (muchas veces, indiscernibles); de la literatura contemporánea, las rupturas de las vanguardias y de su experiencia pedagógica en el nivel medio, lo mucho que hacía falta en materiales de estudio, que luego elaboró.  

Pero como su afán pedagógico lo puede, explica cada una de estas disciplinas y transforma esta Memorabilia en un sólido manual de Teoría Literaria, con una prosa que tiene la belleza de lo arcaico para hablar del presente, donde vocablos como petulante, botarate o tarambana nos recuerdan que lo nuevo no siempre está por llegar.

Publicado en El Dipló, edición de febrero 2026